Autor: Antonio García Ninet
Catedrático y doctor en Filosofía
Para
abordar la doctrina de Nietzsche acerca del superhombre (Übermensch) es
importante tener en cuenta que este personaje aparece casi exclusivamente en Así
habló Zaratustra (1883-1885), en La genealogía de la moral (1887)
y en Ecce homo (1889). En esta última obra se sorprende de
que alguien hubiera relacionado a este personaje, producto imaginario del
propio Nietzsche, con Parsifal, rendido al cristianismo, y quiso corregir tal
barbaridad indicando que el superhombre podía, si acaso, relacionarse con César
Borgia[1]. Resulta sintomático y tiene interés por ello señalar
que, después de esta referencia al superhombre en las obras mencionadas y
teniendo en cuenta el valor que le había concedido en ellas, apenas volviese a
mencionarlo en el resto de sus escritos y en su lugar emplease otros términos
más corrientes, como el de “aristocracia”, cuyas cualidades, no obstante,
serían las mismas anteriormente atribuidas al superhombre. Por ello,
para entender adecuadamente el concepto del superhombre, desvelando el misterio
que podía rodear a este personaje, no hay que buscar nada nuevo en relación con
dicho término después de La genealogía de la moral, sino, si acaso, en
relación con todo lo que se corresponda con esa aristocracia, término
con el que se refirió a una selección de personas especialmente valiosas desde
el punto de vista intelectual y del interés por el arte y por la cultura en
general, personas alejadas de cualquier sometimiento religioso o moral, con sus
valores vitales propios, favorables a la vida terrena y contrarios a los
antivalores de la moral de esclavos.
Posiblemente en Así habló Zaratustra Nietzsche
utilizó el término “superhombre” (Übermensch) por el hecho de que toda esta
obra está escrita en tono poético y lleno de símbolos, refiriéndose a diversos
personajes y grupos sociales de manera igualmente simbólica. Posteriormente
quizá llegó a disgustarle ese término porque debió de pensar que le daba cierto
aire de personaje esotérico y misterioso que dejó de ser de su agrado.
En sus últimos años lúcidos –aunque, al parecer, no tan lúcidos en
algunos momentos- Nietzsche relacionó el valor de la vida con la superación
del hombre mediante la creación del superhombre, escribiendo
en este sentido
- “…no es mi problema qué
reemplazará al ser humano: sino qué tipo de humano se debe elegir, se
debe querer, se debe criar como
tipo más valioso”[2].
Este ideal no era nuevo en sus escritos en sentido estricto, pues en
cierto modo a lo largo de su obra ya se había referido a él en las ocasiones en
que había hablado de los “señores” o de los “nobles”, pero fue en Así habló
Zaratustra cuando se refirió a un ideal muy próximo al representado por
aquellos nobles, sirviéndose en esta obra del término “Übermensch”, traducido
normalmente como “superhombre”. El pasaje citado tiene especial interés porque
habla de algo que luego trataré con mayor amplitud. Se trata de que en él
Nietzsche se plantea “qué tipo de humano se debe […] criar como tipo más valioso”, frase con
la que da una pista muy clara en cuanto al hecho de que el superhombre no
es ningún personaje sobrenatural que haya de bajar al mundo como una especie de
“Superman” sino, como más adelante se verá, un hombre nuevo que debe surgir
como resultado de la aplicación de métodos eugenésicos al ser humano para
lograr su rápida mejora intelectual que le sirva para superar al actual ser
humano más primitivo, que sólo es “una cuerda tendida entre el animal y el
superhombre”[3] y que en su gran mayoría vive especialmente ligado a lo meramente
animal, sin capacidad para valorar los altos productos del espíritu.
El superhombre
hace referencia al hombre que, además de poseer una capacidad y una
sensibilidad especiales para disfrutar de los diversos productos de la cultura,
deberá poseer igualmente unas facultades que le capaciten para la creación
artística y cultural, así como una sensibilidad especial para disfrutar de los
diversos productos de la cultura. Y se debe caracterizar especialmente por
-
haber superado el nihilismo derivado de la “muerte de Dios”, convirtiéndose en
su propio dios, es decir, en el creador de sus propios valores,
- haber superado los valores de la “moral de
esclavos” propios del cristianismo, negadores del valor de la vida terrena; y
finalmente por
- haber asumido, con “amor al destino” (amor
fati), la doctrina del eterno retorno,
en lo más grande y en lo más insignificante, y en cada una de las alegrías y
tristezas que la vida pueda depararle.
Hasta tal punto ve Nietzsche al superhombre como un ser superior desde un
punto de vista psicológico que considera que será merecedor del sacrificio de
los hombres inferiores, llegando a considerar que éstos deberán sacrificarse
como esclavos a fin de que el superhombre pueda llevar a cabo “su tarea
superior”.
En estas consideraciones Nietzsche estuvo inspirado de manera especial
por el evolucionismo de Ch. Darwin y por la eugenesia de F. Galton -que tenía
su precedente más destacado en el propio Platón de la República- y
también por M. Stirner y por su defensa del egoísmo absoluto, pues
efectivamente, en los momentos en que Nietzsche defiende el sacrificio de la masa para dar paso al superhombre o a
la nueva “aristocracia”, manifiesta de manera muy clara, aunque sólo implícita,
su acuerdo con el egoísmo absoluto defendido por M. Stirner en El
único y su propiedad. Dicho egoísmo serviría de apoyo a su fantasiosa
pretensión de servirse de quienes fueran simplemente masa, en cuanto la
sustitución de la masa por el superhombre -o por la “aristocracia”- le
resultaría especialmente satisfactoria en cuanto supondría la superación de los
antivalores de la moral de esclavos, no sólo distintos sino contrarios a la
vida terrena. De hecho, en Más allá del bien y del mal defiende
directamente el egoísmo, reivindicando el derecho de la aristocracia a tener
sometidos a otros seres humanos. Desde la perspectiva de Nietzsche la masa
tenía un valor negativo en cuanto la implantación de sus valores en el conjunto
de la sociedad había significado una insoportable opresión para los nobles, y,
por ello, lo esencial para lograr un futuro mejor no podía ser la masa sino la
nueva nobleza, la “aristocracia”, o el superhombre.
En el texto siguiente, casi al comienzo de Así habló Zaratustra, contrapone el ser
del hombre al ser del superhombre, considerando al hombre como un ser
imperfecto cuya plenitud vendrá dada por el superhombre, que debe ser “el
sentido de la tierra”, añadiendo la exhortación a que los hombres dejen de
creer en “esperanzas ultraterrenas”. Escribe en este sentido:
“El hombre es algo que debe
ser superado.
[……]
El superhombre es el sentido
de la tierra.
[……]
¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra, y no
creáis a quienes os hablan de esperanzas ultraterrenas!”[4].
En
este pasaje Nietzsche contrapone el ideal de la vida terrena, propio de
la moral de señores, al de la supuesta vida ultraterrena, propio de la
moral de esclavos, mientras que la aspiración al advenimiento del superhombre
puede contraponerse -como en una especie de burla, según pudo ser la intención
de Nietzsche- a la esperanza cristiana en la nueva venida de Cristo como juez y
como rey triunfal. Tal aspiración muestra igualmente el anhelo de que
finalmente la moral de señores triunfe sobre la moral de esclavos, en cuanto
ésta representa un desprecio a la vida terrena.
No obstante, en los diversos pasajes de su
obra en que hace referencia al superhombre hay al menos dos maneras de
referirse a este personaje: En una de ellas aparece como un ser que de algún
modo rompe con lo que es la realidad humana, mientras que en la otra aparece
sólo como una superación que no implica una ruptura ni la aparición de un nuevo
ser diferente del humano. Así, en el primer sentido y por lo que se refiere a
los orígenes remotos del pensamiento de Nietzsche acerca del superhombre,
pueden encontrarse ya en un pasaje de El estado griego y en un texto de
sus primeros años como filósofo, cuando escribió El origen de la tragedia y sentía una especial admiración por R.
Wagner. Así, en El estado griego, un opúsculo del año 1871, aunque
publicado póstumamente, escribe:
“A fin de que haya un amplio, profundo y fructífero
suelo terrestre para un desarrollo del arte, la inmensa mayoría tiene que estar
sometida como esclava al servicio de una minoría”.
En esos
momentos Nietzsche todavía no nombra al “superhombre” para referirse a la élite
y a ese personaje tan especial, pero la idea de esclavizar a la masa en favor
de “una minoría” aparece ya con total claridad.
En ese mismo año, en un prólogo de El
origen de la tragedia dedicado a Wagner, anticipa igualmente la idea del
superhombre, aunque sin exponer en esos momentos cuáles serían las cualidades
con que más adelante lo adornaría. Dice lo siguiente:
“Usted [señor Wagner] sabe
que repudio y aborrezco esa noción errónea de que el pueblo, cuando no el
Estado, ha de ser un “fin en sí mismo”; pero me repugna en no menor grado
buscar el fin de la humanidad en el porvenir de ésta. Ni el Estado ni el
pueblo, ni tampoco la humanidad, existen por sí; el fin está en sus cúspides,
en los grandes “individuos”, los santos[5] y los artistas, es decir, ni en un futuro ni en pasado alguno, sino en
un plano extratemporal. Este fin apunta decididamente más allá de la humanidad”[6].
Tiene interés observar cómo en estos
primeros momentos, en los que todavía el autor no habla del superhombre,
indica, sin embargo, que “este fin apunta decididamente ‘más allá de la
humanidad’ ”. Con tal expresión intensifica la idea de lejanía que existiría
entre esos “grandes individuos” y el resto de la humanidad, lo cual no
significa que se estuviera refiriendo a alguna especie no humana que hubiera de
surgir como superación del hombre sino como una profunda evolución del hombre
en su manera de encarar la vida, afirmando el valor de ésta y desechando
cualquier ilusión con respecto a otra “vida mejor”. Igualmente, cuando escribe
“en un plano extratemporal”, parece querer decir que no es cuestión de tiempo
el que esos grandes individuos aparezcan, sino que aparecen ya, de tarde en
tarde, aunque no sea en su plenitud; y habría que darles todas las
oportunidades necesarias para desarrollarse y dar de sí todo lo que
potencialmente estuviera en ellos como grandes hombres, como genios o artistas
del tipo que fuera.
Tal propuesta, sin duda alguna, estaba muy
alejada del ideal de quienes defendían la igualdad entre los seres
humanos, y se encuentra asimismo alejada de la doctrina de la ética kantiana
según la cual el hombre, todo hombre, es un fin en sí mismo y no un simple
medio o cosa. Sin embargo, desde la defensa del valor de lo “aristocrático”,
considera Nietzsche que el fin se encuentra en los “grandes individuos” y no en
la humanidad en cuanto tal. La defensa de los “artistas” la hizo,
evidentemente, porque ya en aquellos momentos sentía el arte –y de manera muy
especial la música- de un modo muy intenso como la solución al nihilismo
surgido a raíz de la “muerte de Dios” y de los aspectos más negativos de la
vida, y además porque en aquel tiempo admiraba profundamente la música de R.
Wagner[7], a quien iba dirigido ese escrito.
Además de “santos” y de “artistas” de manera genérica,
si hubiera querido ser más explícito, habría incluido a algunas personas
concretas a quienes, si no llegó a considerar como superhombres, sí
admiró como hombres auténticamente superiores, muy por encima de la masa, tales
como Heráclito de Efeso, “…en cuya cercanía siento más calor y
me encuentro de mejor humor que en ningún otro lugar”[8] y con cuyo pensamiento se sintió especialmente
identificado; Aristóteles, otro gran genio filosófico de la antigüedad griega;
Alejandro Magno, “ese Dionisos de carne y hueso”[9]; Julio César, de quien dice “podría ser mi padre”[10]; César Borgia[11], que no tuvo escrúpulos en despreciar cualquier
supuesto “deber” y en hacer lo que realmente expresaba su voluntad de poder,
“más allá del bien y del mal”, sirviendo de inspiración a Maquiavelo; B.
Spinoza, a quien consideró como un alma gemela y con quien coincidió en muchas
de sus doctrinas; J. W. Goethe, que amó la vida terrena encontrando en el arte
y en la ciencia la única religión asumible; W. A. Mozart, L. van Beethoven y R.
Wagner[12], cuya música admiró profundamente; Cósima Wagner, “la
naturaleza más aristocrática”[13]; Napoleón, “síntesis de inhumanidad y de superhombre”; J. Burkhart, compañero y amigo en
la universidad de Basilea, a quien siempre respetó de un modo muy especial,
llegando a asistir a muchas de sus clases; y algunos otros “espíritus libres”.
En este sentido en su obra póstuma, ya en 1888,
escribe que “este tipo más fuerte ha existido ya con bastante frecuencia”, pero
indica que ha sido “el más combatido, el más impedido” y que por el
temor que inspiraba “se quiso, se crio, se
alcanzó el animal doméstico, el animal de rebaño, el animal enfermo, el
cristiano”:
“¿Qué tipo reemplazará un día a la humanidad? […] Este
tipo más fuerte ha existido ya con bastante frecuencia, pero como caso
afortunado, como excepción, — nunca como algo querido. Antes bien, justo ese tipo ha sido el mejor combatido, el
más impedido, — él siempre ha
tenido en su contra el número, el instinto de toda especie de mediocridad, más
aún, ha tenido en contra la astucia, la cobardía, el espíritu de los débiles, y
— por tanto — la “virtud”... él fue hasta ahora casi lo temible: y por temor se quiso, se crio,
se alcanzó el animal doméstico, el
animal de rebaño, el animal enfermo, el cristiano”[14].
Tal vez la diferencia entre este
“tipo más fuerte” y el superhombre sería que éste, al que ha dejado de llamar
con ese nombre, viviría en plena libertad y sin estar acorralado por el rencor
de la chusma.
Pero su propuesta resulta realmente sorprendente en
cuanto en ningún momento explicó con claridad por qué o en qué sentido llegó a
considerar que la humanidad o una parte de ella debería sacrificarse para el advenimiento del superhombre, por muy
extraordinario que éste fuera, teniendo en cuenta además que ya en esa misma
obra, Más allá del bien y del mal,
había criticado por completo la moral y, por ello mismo, la idea del deber como una imposición que el hombre
tuviera la obligación de obedecer,
por lo que el deber de sacrificarse
por lo que fuera no podía tener un sentido moral. Es muy probable que su deseo
de que este ser ideal se hiciera realidad le llevase a expresarse en diversas
ocasiones utilizando el lenguaje de la moral, como cuando escribe:
“…a la sociedad no le es lícito existir para la sociedad misma sino sólo como infraestructura y
andamiaje, apoyándose sobre las cuales una especie selecta seres sea capaz de
elevarse hacia su tarea superior y, en general, hacia un ser superior”[15],
aunque sin pretender dar a esa frase un sentido moral.
De hecho, son más las ocasiones en que, en lugar de hacer referencia a un
supuesto deber de sacrificarse, habla del anhelo de que el
superhombre aparezca ya, anhelo que llevaría a muchos incluso a dar su vida,
pero no por deber sino por el hiperbólico deseo de la llegada del
superhombre, como cuando escribe:
“Yo amo a quienes trabajan e
inventan para construir al Superhombre su morada, y preparan para su venida la
tierra, los animales y las plantas, y dan para eso incluso su vida”[16].
En
bastantes ocasiones, al proclamar su anhelo por la llegada del superhombre,
relaciona esta posibilidad futura con la necesidad del “sacrificio” personal y
el del prójimo, aunque sin explicar qué beneficio iba a representar tal
sacrificio para quienes tuvieran que realizarlo, ni para el mismo superhombre:
“Mi exigencia: crear seres que estén muy por encima de la especie
“hombre”: y a esta meta sacrificarme a mí mismo y al “prójimo” ”[17].
Nietzsche habla aquí de “crear seres que estén muy por
encima de la especie hombre”, lo cual sugiere la idea de una comparación entre
el hombre y el superhombre similar a la que podría haber hecho entre las demás
especies y el hombre. Y, efectivamente, el pensamiento de Nietzsche estaba de
algún modo obsesionado, si no por la idea de la abrupta ruptura del futuro
superhombre con la especie humana sí por la idea, inspirada en Ch. Darwin y en
F. Galton, de aplicar a la humanidad en general, pero sobre todo a la plebe en
particular, algún método evolutivo y eugenésico que sirviera para acelerar en
ella una evolución psicológica que la condujese a superar su mentalidad
primitiva y a ser capaz de abandonar la serie de valores contrarios a la vida
en que se encontraba instalada.
Nietzsche no explica cómo iba a repercutir el
sacrificio de la masa en el advenimiento del superhombre, pero parece que se
refería en unas ocasiones a la necesidad de que todos, como siervos o como
esclavos, se pusieran al servicio de este objetivo mediante las tareas físicas
que en la antigüedad griega habían sido propias de los esclavos, mientras que
en otras pudo referirse a la sustitución progresiva de la masa mediante métodos
eugenésicos para dejar paso a una nueva humanidad de espíritus libres,
vencedores del nihilismo y liberados de la tiranía de los antivalores de la
moral de esclavos, siendo por fin los creadores de sus propios valores, que
amarían la vida y su eterno retorno. Esta nueva situación permitiría que el
superhombre o la “aristocracia” se dedicase plenamente a las elevadas tareas
artísticas y culturales, tan alejadas de las posibilidades de la plebe en su situación
actual. De acuerdo con este punto de vista, escribió:
“Un pueblo es un giro de la naturaleza para llegar a 5 o 6 grandes
hombres”[18],
palabras con las que quiso reflejar la enorme
distancia y desproporción existente entre el valor de la masa y el del
superhombre.
En cualquier caso, en Así habló Zaratustra Nietzsche realizó una apología del superhombre
y manifestó con un entusiasmo muy llamativo el deseo de su llegada. El anhelo
por el advenimiento del superhombre se relacionaba en último término con la
toma de conciencia de la “muerte de Dios”, la cual había conducido al
nihilismo, cuya superación debía implicar la superación del vacío dejado por la
“muerte de Dios” y, en estos últimos años de su vida lúcida, el superhombre se
convirtió para Nietzsche en el ideal que podía llenar ese vacío, dando paso a
una “nueva humanidad”. Por ello, había que luchar por su advenimiento a fin de
vencer de una vez por todas a los seguidores de la moral de esclavos, liberando
a aristocracia de la opresión provocada por ellos y por sus antivalores,
abriendo un camino de esplendor y libertad para la humanidad más noble, la
aristocracia, para que ocupase en la sociedad el lugar preponderante que le
correspondía.
En el pasaje que sigue, a fin de destacar la
importante ruptura con el pasado que debía suponer el superhombre, Nietzsche
vuelve a presentarlo como la alternativa a los dioses de las religiones, esos
dioses que han muerto o que deberían haber muerto ya en la conciencia de los
hombres, gracias a la valentía y a la veracidad de algunos:
-“ ‘Muertos están todos los dioses; ahora
queremos que viva el superhombre!’ ―¡Sea
ésta alguna vez, en el gran mediodía, nuestra última voluntad!”[19].
1. Crítica de la igualdad
En cuanto el superhombre -o la aristocracia- se debían
encontrar a una enorme distancia del hombre de su época, Nietzsche criticó
duramente la tendencia de la plebe a rechazar las diferencias existentes y a
proclamar que todos éramos iguales. Veremos a continuación algunos de
los motivos y consideraciones por las que Nietzsche afirma no la igualdad sino
la desigualdad.
A partir de la revolución francesa de 1789, la
burguesía y la masa y diversas agrupaciones políticas defendieron y proclamaron
los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre
todos los hombres. Sin embargo,
ninguno de estos ideales se ha cumplido:
Por lo que se refiere a la libertad son muchos los
condicionantes, tanto políticos como psíquicos y sociales, que la coartan en una
medida muy importante. Respecto a la igualdad parece, de acuerdo con
Nietzsche, que no hay argumentos para defenderla, pues el hecho objetivo es
que, aunque todos o casi todos estamos de acuerdo en que somos seres humanos y
en ese sentido podría decirse que existe un acuerdo sobre la existencia de
cierta igualdad, no parece que exista mucho más en lo que coincidamos, de forma
que las diferencias entre las distintas cualidades y capacidades de las
personas provocan a su vez diferencias abismales de carácter laboral, político,
económico y social. Y, si se tiene en cuenta que la revolución francesa fue una
revolución burguesa, se comprenderá que poco o nada podía esperar la clase baja
respecto al cumplimiento del ideal de “igualdad”. Así que, efectivamente, en los
siglos XIX y XX, con el desarrollo del capitalismo la clase trabajadora ha
sufrido un periodo de enorme sufrimiento, miseria y dificultades de todo tipo
como consecuencia de las abismales diferencias económicas y laborales de la
sociedad. Y, por lo que se refiere a la fraternidad, hay que decir que es un
ideal imposible, pues la fraternidad es un sentimiento y sobre los sentimientos
no se manda, se tienen o no se tienen. Además, si hubiera existido un auténtico
sentimiento de fraternidad, habría conducido, si no a la igualdad plena, sí a
una espontánea solidaridad entre los seres humanos, lo cual está muy lejos de
suceder.
Por su parte, Nietzsche estuvo en total desacuerdo con
la idea de la igualdad. Cuando en Basilea se trataba de pasar
de doce a once horas de trabajo al día, se pronunció contra la disminución de la jornada laboral. Además, defendió
el trabajo de los niños: En Basilea a partir de los doce años se permitían
jornadas de diez a once horas diarias[20].
Pero, al margen de estos problemas de tipo laboral y
económico, Nietzsche se expresó en diversas ocasiones reflejando la enorme
distancia por la que se sentía alejado de la plebe, distancia no de carácter
físico sino intelectual, afectivo y de sensibilidad, como si se tratase de una
distancia insalvable, pues la plebe no podía aceptar la existencia de “hombres
superiores”. En este sentido escribió:
- “ “¡Hombres superiores, aprended esto de mí: en el mercado nadie cree
en hombres superiores! Y si os empeñáis en hablar allí, sea en buena hora; pero
la plebe guiñará el ojo y dirá: ¡todos somos iguales!
¡Hombres superiores! –asegura la plebe, haciendo guiños-, ¡no existen
hombres superiores! Todos somos iguales, y un hombre vale lo mismo que otro.
¡Ante Dios –todos somos iguales!”.
Ante Dios. Mas ese Dios ha muerto ya. Y ante la plebe nosotros no
queremos ser iguales, ¡Hombres superiores, alejaos de la plaza del mercado!”[21].
Resulta
curioso que fueran los cristianos quienes llegaron a defender la idea según la
cual “ante Dios todos somos iguales”, pues lo más sarcástico del asunto es la
enorme desigualdad existente en esa misma iglesia que predica -o llegó a
predicar en algún momento- la igualdad: La jerarquía, por una parte, llena de
lujos y de riquezas materiales, y, por otra, el redil de los fieles, viviendo
muchos de ellos en la miseria más absoluta en espera de “otra vida mejor”. En
cualquier caso y en contra de esa igualdad, predicada al parecer por el propio
Jesús, escribe Nietzsche:
“Cuanto más llega a prevalecer el sentimiento de unidad con los
semejantes, en tanto mayor grado los hombres se nivelan y tienen toda
diferencia por inmoral. Así se forma, necesariamente, la arena humana: todos
muy igualitos, muy pequeñitos, muy puliditos, muy tratables, muy aburridos”[22]:
Nietzsche debió de sentir muy hondamente esa situación
que es realmente frecuente: El diferente suele ser discriminado, tanto si lo es
por motivos de discapacidad como si lo es por lo contrario; y, en ese caso, no
por lástima sino por desprecio o por envidia acompañada de reproches “al que no
se integra”, pues a éste puede resultarle difícil integrarse con los mediocres
o con “la arena humana”, pues se sentiría especialmente alejado de la
reflexión, de las vivencias estéticas, del estudio de las cuestiones que dan
cierto sentido a su vida y, en definitiva, de su mundo interior. Por ello,
insiste en estas consideraciones:
- “Precisamente la
convicción fundamental de que lo que yo hago no debe ni puede hacerlo ningún otro […] esta convicción
fundamental es la causa del distanciamiento
aristocrático, porque las masas creen en “igualdad” y, por ende, en compensación y “reciprocidad”[23].
-“¡vosotros, predicadores de
la igualdad! ¡Tarántulas sois para
mí, y vengativos ocultos! No quiero ser mezclado ni confundido con esos
predicadores de la igualdad. Pues la justicia me dice: “Los hombres no son iguales” ”[24].
Aquí el
punto de vista de Nietzsche es acertado al afirmar la desigualdad entre los
hombres, aunque dicha desigualdad no lo sea en un sentido absoluto sino sólo en
cuanto con tal idea se pretenda hacer referencia a la diferencia entre
quienes viven una vida esencialmente vegetativa o poco más y quienes demuestran
con su obra científica, artística o filosófica su vocación y su capacidad superior
para estas actividades culturales y creativas.
No obstante, Nietzsche no podía afirmar sin
contradecirse la superioridad absoluta de una clase sobre la otra, si se
tiene en cuenta que ya señaló, como una de las consecuencias del eterno
retorno, que todo era de igual valor. Además, podría haber llegado a
esta misma conclusión a partir del determinismo sobre el que descansa la
misma teoría del eterno retorno, pues, si todo está encadenado y es causa o
consecuencia de la larga cadena de fenómenos en que consiste la realidad, no
tiene sentido fragmentar dicha realidad y considerar unos fragmentos como superiores
a los otros en cuanto todos son interdependientes y forman una unidad absoluta.
En este sentido, pues, más que hablar de superioridad debería haber
hablado simplemente de diferencias entre los seres humanos, lo cual no tenía
por qué implicar una valoración mayor o menor en un sentido absoluto.
Al margen de estas
consideraciones de carácter general, es evidente que en muchas ocasiones los
grandes hombres o los genios pasan desapercibidos o incluso son tenidos por
locos, en cuanto el interés y la capacidad de comprensión de “los mediocres” es
igualmente mediocre. Éstos se sienten felices cuando se reúnen en grupos muy numerosos para
participar en lo que llaman “conciertos musicales”, que tienen muy poco de
música y muy mucho de masas que disfrutan de sentirse muy iguales en cuanto arropadas por
otras masas y por ruidos ensordecedores y provistos además de drogas y de
bebidas alcohólicas que, al parecer, les suponen la mayor felicidad imaginable
desde la anulación de la propia personalidad. Y, efectivamente, nunca se ve que
se reúnan ni diez mediocres para disfrutar de un concierto de Mozart o de
Beethoven, o para asistir entusiasmados a la conferencia de un gran pensador o
de un gran científico. Por un motivo como éste Nietzsche llegó a escribir:
“La
música buena nunca tiene “público”: nunca es, nunca puede ser ‘pública’;
pertenece a ‘los escogidos’ ”[25].
Como complemento de estas reflexiones, ante la contemplación de la
realidad en que vivía y ante su vivencia de la soledad, Nietzsche cita una
frase de Chamfort como reflejo de su propia situación, en la que la misantropía
aparece como consecuencia de la decepción sufrida:
“ ‘Quien a los 40 no es un
misántropo es que jamás ha amado a los hombres’ solía decir Chamfort”[26].
Por motivos como los
expuestos Nietzsche critica la idea de la igualdad entre los seres humanos,
pues, aunque es evidente la existencia de la desigualdad en el terreno de las
cualidades físicas, desde los planteamientos de la moral de esclavos se llega a
negar la existencia de aquellas diferencias que, como las de carácter psíquico,
podrían ser más difíciles de detectar. Y así, del mismo modo que el punto de
vista de Platón acerca de las diferencias entre los hombres fue acertado y tal
idea le condujo a establecer las tres clases sociales de su utópica república,
igualmente lo fue el de Nietzsche al señalar esas mismas diferencias, al margen de los efectos
prácticos que pudieran derivar de tal reconocimiento.
En relación con esta
cuestión, el pensador alemán no defendió una aristocracia de carácter
plutocrático, sino la relacionada con las diferencias de inteligencia, de
sensibilidad y de creatividad, que determinaban la mayor o menor capacidad para
superar los antivalores de la moral de esclavos y para investigar, crear,
comprender y valorar las grandes obras científicas y culturales.
El problema con el que se
enfrentaba no derivaba de la existencia de la mediocridad en sí sino del hecho
de que el número de mediocres, “la arena humana”, era tan elevado que llevaba
al conjunto de la sociedad en general y a sus mediocres dirigentes políticos a
implantar sus propios “valores”, los valores de la masa, identificados con la
“moral de esclavos”, rechazando de modo directo o indirecto los valores
señoriales de los “espíritus libres”, de quienes no adoraban, de quienes
destacaban por su sensibilidad estética o por su capacidad intelectual,
provocando en el pensador alemán una insoportable sensación de ahogo que le
condujo a despreciar a la masa y a necesitar mantenerse alejado de ella. En Así habló
Zaratustra se refiere a la masa con la frase “las moscas del mercado” o “moscas
venenosas”, expresiones duras que reflejan el desprecio que le inspiraba por su
actitud rencorosa contra todo aquél que destacaba. Su “sentimiento de la
distancia” (“pathos de la distancia”) respecto a la masa le llevó a remarcar
esa distancia entre la masa y el superhombre, pero no se limitó a hablar de
“diferencias” sino de “superioridad” e “inferioridad”, olvidando que sólo desde
su propia subjetividad podía utilizar tales calificativos, pero no en un
sentido absoluto, del mismo modo que tampoco tendría sentido hablar de la
superioridad o inferioridad de las demás especies biológicas entre sí, sino
sólo de sus diferencias y semejanzas. Sin embargo, Nietzsche
presentó estas diferencias concediéndoles un valor absoluto y, en este sentido,
escribió:
“Yo enseño que hay hombres superiores y hombres inferiores y que
eventualmente un solo individuo justifica la existencia de milenios enteros, es
decir, un hombre cabal pletórico, grande, íntegro, con respecto a innumerables
hombres fragmentados, incompletos”[27].
2. El superhombre como continuidad
superadora de la especie “hombre”
Del
mismo modo que a lo largo del proceso evolutivo el “hombre” había representado
la superación de la capacidad intelectual de las especies anteriores, el
“superhombre” debía representar la superación del “hombre”, aunque no por tratarse
de una nueva especie biológica sino por tratarse de una nueva forma de ser del
hombre y de encarar la vida, desenmascarando la mentira de la existencia de un
Dios a quien el hombre había estado ilusoriamente esclavizado, superando el
nihilismo derivado de la desaparición de aquel ídolo, dirigiendo su vida desde
una voluntad absolutamente autónoma, sin estar sometido a normas y valores
ajenos que tuvieran que regirla, sin buscar “detrás de las estrellas” –en el
“más allá” del cristianismo- razón alguna para encontrar sentido a la vida, y
asumiendo con entusiasmo el eterno retorno de todas las cosas en cuanto
representaba la plena y definitiva afirmación de la vida.
Por
lo que se refiere a la relación entre el hombre y el superhombre, escribe
Nietzsche:
“El hombre es una cuerda
tendida entre el animal y el superhombre […] Yo amo a quienes, para hundirse en
su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que
se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del
superhombre”[28].
En este pasaje Nietzsche compara el sacrificio de
quienes “buscan detrás de las estrellas alguna razón para desaparecer o
inmolarse” con el sacrificio de quienes “se ofrendan a la tierra misma para que
algún día ésta llegue a ser del superhombre”. Es decir, parece que, con la
utilización del término “sacrificio”, haya querido jugar -como lo hace en
tantas ocasiones- comparando el supuesto sacrificio de Jesús por la redención de los hombres
con el sacrificio de los hombres, a la inversa, por la
llegada del superhombre. Pero es evidente que ninguno de estos
sacrificios tendría sentido alguno, que ambos sacrificios habrían sido
igualmente absurdos, y que Nietzsche quiso sustituir, como en una especie de
parodia, un sacrificio por el otro, pero sin reparar en que, si el supuesto sacrificio
de Cristo era absurdo, el sacrificio de la humanidad para el advenimiento del
superhombre era igualmente absurdo, y parecía en el mejor de los casos un
simple ejemplo de su afición a utilizar los textos bíblicos inspirándose en
ellos, pero con la intención de retorcerlos y darles un nuevo sentido, muy
alejado del que tuvieron en aquellos escritos.
3. La eugenesia y el superhombre
En sus escritos póstumos, entusiasmado con el
desarrollo y la popularización de la eugenesia gracias a Francis
Galton (1822-1911), que implicaba la posibilidad de mejora de las
cualidades de la especie humana hasta límites insospechados, Nietzsche, según ya
he indicado antes, desde un cálculo frío que dejaba al margen las emociones y
los sentimientos, y expresando mediante sus palabras mucho más de lo que
realmente sentía, llegó a defender, aunque lo hiciera de manera conscientemente
hiperbólica, tanto la muerte de los niños deformes como la de gran parte de la
humanidad en general en cuanto fuese un obstáculo para la creación de una
humanidad más evolucionada desde el punto de vista psíquico, cultural y de
superación de los antivalores en que actualmente estaba instalada. Y así
escribió:
- “Exterminio de los
malogrados ―para esto es preciso emanciparse de la moral existente”[29].
- “Principio: ser como la
Naturaleza: ser capaz de sacrificar a innumerables seres con el fin de lograr
algo con la humanidad”[30].
-
“…la humanidad en cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una única y más
fuerte especie hombre ⸺eso
sería un progreso”[31].
A partir
de la crítica de la moral absoluta no había argumento alguno por el que se
debiera respetar nada, más allá de las posibilidades materiales de
realizarlo, si existía el deseo correspondiente, de manera que el respeto a la
vida humana, si se producía, sería como consecuencia del deseo de hacerlo, pero
no por ningún deber absoluto. Y, en cuanto Nietzsche deseaba fervientemente el
advenimiento del superhombre y en cuanto consideraba que la masa o la misma
humanidad representaba un impedimento casi absoluto para el cumplimiento de
este deseo, la conclusión lógica de estas premisas era la que él defendió en cuanto
quedasen al margen los sentimientos espontáneos de afecto por el prójimo en
general. Por ello, en 1888 llegó a escribir comentarios como el siguiente:
“Adelantemos nuestra mirada un siglo, supongamos que
mi atentado contra los milenios de contranaturaleza y de violación del hombre
tiene éxito. Aquel nuevo partido de la vida que tiene en sus manos la más
grande de todas las tareas, la cría selectiva de la humanidad, incluida
la inexorable aniquilación de todo lo degenerado y parasitario, hará
posible de nuevo en la tierra aquella demasía de vida de la cual tendrá que
volver a nacer también el estado dionisiaco”[32].
La práctica de la eugenesia y del mismo infanticidio y
la “aniquilación de todo lo degenerado” que aquí propugna Nietzsche se había
dado ya en gran parte de las civilizaciones antiguas. Como buen conocedor de la
filosofía griega, sabía que Platón había sido partidario de la eugenesia
y del sacrificio de los niños deformes[33], y esta defensa platónica pudo haber influido
en que reflexionase sobre ella y llegase a parecerle razonable. Parece también
que su entusiasmo por la eugenesia, ya defendida por Platón[34] y popularizada por F. Galton[35] en el siglo XIX, le animó a considerar como posible y
deseable utilizar las mismas técnicas de selección que se usaban en la
ganadería, pero en este caso para conseguir la procreación de los ejemplares
humanos que tuvieran las mejores cualidades -según su punto de vista-, y así
conseguir la mejora de la humanidad dando lugar a la aparición del superhombre.
Tiene interés reflejar aquí el punto de vista
de C. P. Janz, quien considera que las ideas de Nietzsche acerca del
superhombre estarían relacionadas con el evolucionismo de Darwin y con las
ideas en favor de la eugenesia defendidas por F. Galton -y mucho antes por
Platón-. En efecto, escribe C. P. Janz:
“El superhombre puede entenderse muy bien como un proyecto racial a fundar
científico-naturalmente, en la línea de Darwin; aunque [siguiendo] la híbrida
idea de que el hombre es capaz de dirigir su futuro corporal, específico, y
planificarse a sí mismo.
El postulado del cultivo del superhombre
puede ser entendido igualmente sólo al nivel del espíritu, a saber: con el
objetivo de elevar hasta su total y último nivel […] las potencias y
posibilidades del occidente espiritual, fundado en la filosofía griega y en la
idiosincrasia griega en general”[36]
Igualmente, comenta que las investigaciones de
Galton, que Nietzsche conocía y admiraba, …
… “se dirigen a la cuestión
práctica de si es posible promover y modificar de tal modo el proceso de
selección natural, que pueda conseguirse una forma más perfecta de humanidad”[37],
de manera que, en consecuencia, …
… “Nietzsche encontró aquí,
confirmada por un científico, su idea del cultivo del superhombre”[38].
Estas palabras sirven de apoyo a la
consideración de que lo que Nietzsche deseaba profundamente no podía ser el “sacrificio
de la humanidad”, a pesar de sus palabras tan hiperbólicamente duras en este
sentido, sino la superación del hombre desde un punto de vista biológico y
sobre todo intelectual, de manera que en un plazo de tiempo no muy largo la masa,
la “arena humana”, tan alejada de inquietudes intelectuales y culturales, fuera
reemplazada por el superhombre o por una “aristocracia” con unos valores
contrarios a los antivalores de la masa.
Era evidente que medidas eugenésicas como la de la
procreación programada entre hombres y mujeres especialmente dotados, física y
psíquicamente, serían contrarias a las normas morales y a las costumbres
vigentes, pero esa moral ya había sido debidamente criticada, por lo que no
había por qué descartar una medida como ésa. Platón había llegado a plantear la
conveniencia de la eugenesia humana hasta el punto de la eliminación de los
niños deformes o simplemente la de quienes no tuvieran valor para la república.
En este sentido había escrito:
“De lo convenido se desprende
-dije- la necesidad de que los mejores [varones] cohabiten con las mejores
[mujeres] tantas veces como sea posible y los peores con las peores, al
contrario; y, si se quiere que el rebaño sea lo más excelente posible, habrá
que criar la prole de los primeros, pero no la de los segundos”[39].
Y, en un sentido parecido, escribió Nietzsche:
“Los hombres extraordinarios
deberían tener la oportunidad de procrear con varias mujeres; y las mujeres que
tengan condiciones especialmente propicias no deberían por su parte quedar
atadas al azar de un único hombre”[40].
Además de estos procedimientos eugenésicos, el
pensador alemán defendió también que debería fomentarse una “evolución
cultural”, no generalizada al conjunto de la humanidad sino sólo aplicable
a la élite, un grupo selecto de seres humanos. La especie humana había
representado el ascenso máximo respecto al resto de las especies, pero el
superhombre, producto de la eugenesia tal vez o al menos en parte, debía de
representar un nuevo y definitivo ascenso del hombre y su plena reconciliación
con la vida terrena.
4. El superhombre como “progreso”
Ante esta valoración tan polarizada positiva o
negativamente por lo que se refiere al superhombre y a la masa, surge la
pregunta acerca de qué argumentos llevaron a Nietzsche a defender que el
superhombre representase un progreso. Parece que pueden señalarse diversos
motivos como los siguientes:
- Su toma
de conciencia y aceptación de la idea especialmente importante del siglo XVIII
acerca de la existencia de un continuo progreso de la humanidad en casi todos
los aspectos de la vida a lo largo de la historia. Tanto Hegel como Marx habían
presentado el proceso de la historia desde la perspectiva de ese progreso.
En el caso de Hegel (1770-1831) se trataba de un progreso en la toma de
conciencia de lo Absoluto acerca de sí mismo, lo cual sucedía de manera plena
cuando el espíritu, a través de la Filosofía, llegaba al nivel de la
autoconciencia por medio de la conciencia del hombre. Por su parte, Marx
(1818-1883), desde el materialismo histórico, defendió la tesis de que
la sociedad, dividida en clases sociales antagónicas, sufría una serie de
cambios de acuerdo con leyes necesarias que determinaban las sucesivas
estructuras sociales (esclavista, feudal, capitalista…); estos cambios
representaban un progreso que conduciría necesariamente al levantamiento
del proletariado contra el capitalismo y al establecimiento de una sociedad sin
clases.
Estos planteamientos pudieron llevar a que Nietzsche,
sintiéndose muy decepcionado por la “arena humana” existente a su alrededor, se
plantease también la posibilidad de un progreso pero no de carácter social
igualitario como en el caso de Marx, sino consistente por el contrario en
el triunfo de la aristocracia y de sus valores sobre la masa de “esclavos” y sus
antivalores, que habían dominado en la sociedad europea durante ya demasiados
siglos.
-El evolucionismo de Darwin, expuesto de manera especialmente definitivo en
El origen de las especies en 1859 suponía igualmente un progreso
continuo por lo que se refiere a la transformación de las diferentes especies
biológicas, que iban adquiriendo formas anatómicas especializadas en la lucha
por la vida a la hora de competir con otras en el proceso de adaptación al
medio natural para conseguir su supervivencia, lo cual determinaba el triunfo
de las mejor adaptadas al medio y la correspondiente extinción de las peor
adaptadas.
- La eugenesia, existente ya en las culturas
antiguas en el terreno de la ganadería y de la agricultura, podía servir para
la mejora de las cualidades del ser humano, por lo que podía representar un progreso,
siendo de gran utilidad para el proceso evolutivo y eugenésico que convirtiese
al hombre en superhombre.
Cuando escribe que el sacrificio de la humanidad o su
mismo sacrificio sería un progreso, tales palabras podrían tener sentido en el
marco de su alta valoración del evolucionismo y de la eugenesia, pero no en el sentido
de haber defendido tal “sacrificio” en un sentido literal sino desde la
consideración de que debería favorecerse especialmente la procreación de la
élite, de los “hombres superiores”, mediante los procedimientos antes
señalados, relacionados con la eugenesia.
- La constante vivencia de agobiante opresión sentida
por Nietzsche en medio de una masa que imponía sus antivalores por todos los
medios y despreciaba los valores “nobles” y los intereses artísticos,
filosóficos y culturales por los que guiaba su vida fue sin duda un impulso en
favor de este progreso a nivel individual y social.
- Su admiración hacia los “hombres superiores”,
esencialmente valiosos desde el punto de vista intelectual, como varios de los
ya mencionados, con quienes se sentía especialmente identificado, le llevó a
desear y a considerar como un progreso una sociedad en la que tales
hombres superiores no fueran una excepción sino lo habitual. Nietzsche entendió
que la transvaloración representaba un progreso mediante el cual se recuperaría
la espontaneidad vital perdida y triunfarían los valores de la moral de señores
sobre los de la moral de esclavos. De esta situación provenía su obsesivo deseo
de un nuevo enfrentamiento entre señores y esclavos, y del triunfo de la
aristocracia -o del superhombre- sobre
la masa.
- Su sentimiento de soledad por sentirse rodeado de gente con
quien le resultaba imposible relacionarse por hallarse a enorme distancia
intelectual y sometida a los valores y a la moral de esclavos le impulsó
igualmente a este mismo objetivo, hasta el punto de ilusionarse con la idea de
formar una agrupación de personas selectas que hubiese superado la moral de
esclavos, estableciendo una comunidad al estilo pitagórico a la que pudiera
transmitir su propia filosofía. En relación con esta idea, escribe C. P. Janz:
“[Nietzsche confía en]
reunir en torno suyo en Niza su círculo soñado de “personas superiores” [como
lo serían para él en aquel momento Meta von Salis, Helen Zimmern, Resa von
Schirnhofer, Heinrich von Stein, Paul Lanzky, Heinrich Köselitz, Lou Salomé,
Paul Rée][41].
C. P. Janz cita además una carta de Nietzsche a
Köselitz en la que le manifiesta esta misma idea:
“Tengo la esperanza para el
futuro de que se formará en Niza una pequeña, pero exquisita, sociedad, de esta
creencia en la gaya ciencia […]”[42].
Hay que decir, por otra
parte, que existen enormes diferencias entre las hiperbólicas expresiones de
Nietzsche exigiendo el sacrificio de la masa, que no hay que tomar al pie de la
letra sino como un recurso estilístico que utilizó en multitud de ocasiones, y
su forma concreta de relacionarse con la gente, pues, aunque su manera de
expresar sus ideas contra la masa fue extremadamente exaltada, en la práctica
vivió de manera moderada y en buena relación con todo tipo de personas. Escribe
C.P. Janz en este sentido:
“En las cartas de Paneth se
encuentra por primera vez la descripción de la personalidad de Nietzsche en el
trato con la gente, tal como lo confirman y alaban todos sus conocidos:
conciliador, de tacto exquisito, sobre todo con las damas, porte tranquilo,
completamente falto de pretensiones, firme convencimiento de su misión
filosófica, pero sin petulancia alguna ni jactancia al hablar de ella, al
contrario, un ser seductoramente modesto”[43].
Por ello, es evidente que Nietzsche no se planteó
seriamente la monstruosidad consistente en el sacrificio de la masa en el
sentido literal de la expresión, de manera que el haber dejado por escrito tal
idea pudo representar simplemente un desahogo verbal, muy frecuente en sus
escritos, respecto a la enorme frustración que sentía al vivir fuertemente
oprimido en medio de una sociedad dominada por los antivalores de la masa[44].
En este mismo sentido es
igualmente reseñable que, según comenta R. Safranski, en una carta a Overbeck
en el año 1885, le dijera:
“Para mí la vida consiste ahora en el deseo de que todas las cosas salgan
contra la manera como yo las entiendo, y de que alguien me haga increíbles mis
‘verdades’ ”[45].
Al parecer
Nietzsche estaba realmente preocupado por las consecuencias que podían
deducirse de sus ideas para la vida real, y, en especial, de la idea del
sacrificio de la humanidad en favor del superhombre en cuanto se la
interpretase al pie de la letra.
5. Esclavización de la masa
En relación con la llegada del superhombre Nietzsche se plantea en
diversas ocasiones la necesidad de la “transformación” de la masa para dar paso
al superhombre. Habla, por ejemplo, de su esclavización sometiéndola al dominio
de la “aristocracia” a fin de que se ocupase de las tareas simples para las que
estaba capacitada; y también habla de su sacrificio, aunque en un sentido no
literal y en cuanto lo considera necesario para lograr la llegada del
superhombre, es decir, la llegada de una nueva humanidad formada por auténticos
espíritus libres que vivieran de acuerdo con los nuevos valores de un modo
generalizado.
5.1. La esclavización de la masa
Por lo que se refiere a la esclavización de la masa en
favor de la aristocracia y del desarrollo del arte y de la cultura, se trata de
una idea que Nietzsche ya defendió desde sus primeros tiempos como filósofo.
Así, en su opúsculo El estado griego, del año 1871, había escrito ya:
“A fin de que
haya un amplio, profundo y fructífero suelo terrestre para un desarrollo del
arte, la inmensa mayoría tiene que estar sometida como esclava al servicio de
una minoría”.
Es muy probable que el conocimiento que Nietzsche tuvo
de la cultura griega en general influyese en él hasta el punto de llegar a
considerar la esclavitud como una institución perfectamente natural en cuanto
consideraba que había un abismo por lo que se refiere a las capacidades
intelectuales y de sensibilidad artística respectivas de la masa y de los
grandes hombres, de la masa y del superhombre, de manera que consideró que la
esclavitud de la masa era necesaria para que la aristocracia pudiera dedicarse
a sus “tareas superiores”.
Sin embargo, entendió la esclavitud de un modo muy
distinto al de Aristóteles, según éste la explica en la Política, donde
considera que…
…“el esclavo
es una parte del señor, es como una parte viva de su cuerpo, aunque separada. Y
así, entre el dueño y el esclavo, cuando es la naturaleza la que los ha hecho
tales, existe un interés común, una recíproca benevolencia”[46].
o al que se refleja en la Odisea, cuando
Odiseo se dirige a su esclavo Eumeo diciéndole…
…“¡Ojalá,
Eumeo, fueras tan querido a Zeus Padre como lo eres para mí…”[47].
Nietzsche estuvo, en efecto, muy lejos de entender la
esclavitud que propugnaba para la masa de un modo tan humanitario como el que
sugieren tanto las palabras de Aristóteles como las del personaje homérico,
pues en caso contrario no habría tenido sentido que hubiera defendido ideas
como la del…
…“sacrificio de un sinnúmero
de hombres, los cuales […] tienen que ser rebajados y disminuidos hasta
convertirse en hombres incompletos, en esclavos, en instrumentos”[48].
Y así, aunque, al igual que Aristóteles, consideró la
esclavitud como algo natural, no dio al concepto de “natural” el sentido que
tenía en la filosofía aristotélica, y, desde luego, no llegó a considerar al
esclavo como parte de la familia con la que pudiera convivir. Y así como
Aristóteles pensaba en el beneficio recíproco que se debían dar mutuamente el
señor y el esclavo, Nietzsche pensaba esencialmente en el beneficio del
superhombre, que, al igual que el señor, también podría dedicarse a las tareas
más altas de la cultura, tareas para las que juzgaba que el esclavo -o la masa-
no estaba capacitado. Igualmente, por lo que se refiere al trato entre el
superhombre y el esclavo, mientras Aristóteles consideraba que habrá una
“recíproca benevolencia” entre señor y esclavo, Nietzsche sólo habla del
“sacrificio de la masa”, desprovista de valor propio.
Por ello, lo esencial para el solitario de
Sils María era allanar el camino para el advenimiento del superhombre o de la
aristocracia, con la pretensión de que ésta quedase liberada de los trabajos
meramente físicos de forma que pudiera dedicarse a los asuntos más elevados de
la cultura. En consecuencia, consideró de manera realmente extremista que había
que reducir a esclavitud a la “arena humana”, la plebe seguidora de la
“moral de esclavos”, sin plantearse la posibilidad de una convivencia armoniosa
entre ellos.
Con su referencia al sacrificio de la masa
Nietzsche llega a hablar en diversos pasajes de quienes para tal objetivo “dan
para eso incluso su vida”, de manera que la masa, en cuanto no esta-ría
capacitada para crear ni para comprender o ser sensible respecto a los
auténticos (?) valores culturales, debería sacrificarse -o ser
sacrificada- convirtiéndose en su esclava.
Comparando
el punto de vista de Nietzsche con el de Platón en La República, se observa que, mientras en Nietzsche la plebe debía sacrificarse o quedar esclavizada, en la república platónica las clases
inferiores debían ocuparse de tareas relacionadas con el sostenimiento de
la república y, por ello
mismo, del sostenimiento de las clases superiores a fin de que éstas pudiesen
ocuparse del gobierno de la república. A Platón no se le ocurrió defender el
sacrificio de las clases inferiores, sino, por el contrario, su integración en
la pólis y la posibilidad de que sus miembros pudieran ascender de clase
social en el caso de que su capacidad y nivel de preparación fuesen las
adecuadas. Y, por ello, llama especialmente la atención que en El estado
griego Nietzsche manifestase su admiración por la obra platónica y
que, sin embargo, se alejase tanto de la idea integradora platónica según la
cual, en una clase social o en otra, todos los miembros de la república tenían
cabida, pues todos podían colaborar al servicio del bien común. Es
evidente, por el contrario, que Nietzsche defendió que todos debían colaborar,
pero no al servicio del bien común sino al servicio de la “aristocracia”, que
sería, según interpretación particular del pensador alemán, la “partícula
divina” que “se debía conservar”. En
efecto, escribía Nietzsche en aquel momento:
“El
verdadero fin del Estado, la existencia olímpica y la génesis y preparación
constante del genio, respecto del cual todos los demás hombres sólo son
instrumentos, medios auxiliares y posibilidades, es descubierto en aquella gran
obra y descrito con firmes caracteres por una intuición poética. Platón hundió
su mirada en el campo espantosamente devastado de la vida del Estado y adivinó
la existencia de algo divino en su interior. Creyó que esta partícula divina se
debía conservar y que aquel exterior rencoroso y bárbaro no constituía la
esencia del Estado; todo el fervor y sublimidad de su pasión política se
condensó en esta fe, en este deseo, en esta divinidad”[49].
Por otra parte, Nietzsche había planteado la idea del sacrificio
de la masa desde dos perspectivas, la voluntaria y la impuesta
por quienes tuvieran la fuerza suficiente para llevarla a cabo. Sin embargo y
por lo que se refiere al sacrificio voluntario, hay que tener en cuenta
que para cada ser humano lo prioritario es su propia vida y no existe argumento
alguno que demuestre que la llegada del superhombre merezca el sacrificio de la
propia vida -y mucho menos la de la humanidad en general, tal como Nietzsche
llegó a imaginar, al margen de la intención con que lo hiciera, cuestión de la
que hablo un poco más adelante-.
En cuanto defendió que la actividad humana seguía la misma dirección que
la de las demás especies, consistente en la
lucha por la vida, tan tenida en cuenta por él como expresión biológica de
la voluntad de poder, cualquier sacrificio que no fuera el
resultado de una imposición ajena representaría una conducta contradictoria con
la tendencia biológica propia de la lucha por la vida, por lo que no
tendría sentido que nadie se sacrificase voluntariamente -es decir: negando su
propia voluntad de poder- para propiciar el advenimiento de una especie más fuerte de hombre,
considerando además tal sacrificio como “un progreso”. El autosacrificio
de la masa estaría en
contradicción con aquella voluntad de poder, relacionada igualmente con la
voluntad de preservación de la propia vida, que ejercería su fuerza tanto sobre
la aristocracia como sobre la masa, según lo expresaba el propio Nietzsche:
“Allí donde he visto vida,
he encontrado voluntad de poder: y hasta en la voluntad del servidor he
encontrado voluntad de poder...”[50].
Algo distinto sería que tal sacrificio fuera una imposición
realizada por la élite contra la masa, lo cual pudo ser un pensamiento de
Nietzsche, pretendiendo la revancha de los “señores” contra los “esclavos” y
confiando en que en esta ocasión fueran los señores quienes triunfasen de
manera definitiva.
Su punto de vista acerca de la sociedad ideal
se asemejaba hasta cierto punto al que tenemos acerca de una colmena de abejas,
en cuanto el fin que todas ellas pretenden no se relaciona especialmente con la
conservación de su propia vida sino con el cuidado y la protección de la abeja
reina, la “superabeja”. En este mismo sentido, Nietzsche animaba al sacrificio
“voluntario” en favor del superhombre -o de la aristocracia-, pero es evidente
que la programación genética humana es distinta de la de las abejas, de forma
que la pretensión de que la masa se sacrificase “voluntariamente” no tenía
sentido, por lo que sólo quedaba la alternativa de que la “aristocracia” se
impusiera por la fuerza a la masa en cuanto pudiera lograrlo.
5.2. El “sacrificio de la
humanidad” como un progreso
Al utilizar expresiones tan
hiperbólicas como las referentes al “sacrificio de la humanidad” la intención
de Nietzsche debió de ser la de llamar la atención acerca de lo insoportable
que se le hacía vivir en medio de aquella mediocridad que se regía por los
antivalores de la “moral de esclavos”, pues tales valores eran especialmente
opresores, mientras que los valores aristocráticos liberadores eran objeto de
incomprensión y desprecio por parte de la masa. Tal situación debió de
conducirle a rebelarse y a defender los valores “nobles” y, en consecuencia, a
defender la llegada del “superhombre” o la de una “aristocracia” vencedora de
la masa, que debía sacrificarse quedando como esclava de dicha aristocracia o
siendo pronto transformada mediante procedimientos eugenésicos para dar paso al
“hombre nuevo”, al “superhombre”.
Respecto a esta cuestión y su relación con el progreso
escribe Nietzsche:
“…la magnitud de un “progreso” se mide […]
por la masa de todo lo que hubo de sacrificarle; la humanidad en cuanto masa,
sacrificada al florecimiento de una única y más fuerte especie hombre ⸺eso sería un progreso”[51].
Esta referencia al “sacrificio de la
humanidad” es sólo un ejemplo que por sí mismo muestra el carácter
absolutamente hiperbólico que suelen tener una gran parte de los escritos de
Nietzsche, que, no obstante, presenta esta propuesta utilizando una forma verbal
en modo subjuntivo, “sería”, equivalente a “podría ser”, como si
estuviera pensando en voz alta, y no de forma categórica. A pesar de todo, es
evidente que exageró de manera inefable cuando habló del sacrificio
de la humanidad a fin de dar paso al superhombre, considerando
tal cambio como un progreso. Su punto de vista, a pesar de lo
sorprendente que resulta, si no se tiene en cuenta la costumbre de Nietzsche de
recurrir a toda clase de excesos verbales para llamar la atención acerca de la
importancia de lo que escribe, puede tener diversas explicaciones, todas ellas
complementarias, pero indudablemente alejadas de una interpretación literal de
sus palabras: Es evidente que, al margen de los sufrimientos físicos que le
provocaba su mala de salud, Nietzsche sufría al sentir, día tras día y año tras
año, la opresión de una sociedad dominada por los valores de la “moral de
esclavos”, por los que, según lo percibió personal-mente, tal como lo da a
entender en sus escritos, quienes vivían de acuerdo con aquellos antivalores no
se limitaban a practicarlos respetando a quienes no los compartían, sino que
despreciaban a quienes pretendían vivir de otro modo, de acuerdo con valores
propios y afirmando el valor de la vida terrena. Es evidente la enorme opresión
que Nietzsche sentía provocada por “el rebaño”, por la masa en
general y sus antivalores,
tan asfixiantes contra quienes trataban de vivir siendo fieles a esta vida, por
“la arena humana”, que sólo sirve para pisarla y caminar
sobre ella y en la que ni siquiera puede apreciarse la personalidad de nadie,
pues la arena está formada por una infinidad de granos diminutos, muy iguales
entre sí, como lo serían los individuos pertenecientes a la masa informe en
comparación con los de la aristocracia, o por “moscas venenosas”, según llama a la plebe cuando
escribe:
“ Huye, amigo mío, a tu soledad: Te veo acribillado
por moscas venenosas. ¡Huye allí donde sopla un viento áspero, fuerte!
¡Huye a tu soledad! Has vivido
demasiado cerca de los pequeños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible!
Contra ti no son otra cosa que venganza”[52].
Ante tal
frustración no tenía posibilidad alguna de responder con agresividad física,
pero le quedaba la agresividad verbal extrema, que tan bien supo utilizar en
sus escritos. En relación con tal frustración, escribe Nietzsche a este
respecto:
“Toda moral de Europa se
basa, en definitiva, en la conveniencia
del rebaño: la desventura de todo hombre superior, excepcional, reside en
que todo lo que lo distingue entra en su conciencia como algo que lo
empequeñece y degrada”[53].
En apoyo de esta interpretación de las palabras de
Nietzsche desde un punto de vista simplemente eugenésico conviene recordar
diversos pasajes ya citados. Como muestra, recordemos los dos siguientes:
- “Mi exigencia: crear seres que estén muy por encima de la especie
“hombre”: y a esta meta sacrificarme a mí mismo y al ‘prójimo’ ”[54].
En este pasaje, del año 1883, Nietzsche manifiesta su
obsesión por la creación de seres humanos superiores al hombre actual, llegando
a ofrecer para ello el propio sacrificio. Parece bastante evidente que esa
“creación” sólo podía imaginarla como posible a partir de las ideas del
evolucionismo y, sobre todo, de la eugenesia, a la que me he referido en el
punto 3. Es evidente igualmente que tal objetivo era sólo una utopía que en
cierto modo pudo servir a Nietzsche de consuelo ante las vivencias tan
negativas que le provocaba la sociedad en que vivía.
- “El hombre es una cuerda
tendida entre el animal y el superhombre […] Yo amo a quienes, para hundirse en
su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que
se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del
superhombre”[55].
Este
pasaje, perteneciente al prólogo de Así habló Zaratustra, es
enormemente significativo de la importancia de esta misma problemática, la de
la “evolución” o transformación eugenésica del hombre para dar paso al
superhombre, lo cual implicaría de algún modo, en algún sentido que Nietzsche
no precisa, el sacrificio de la humanidad anterior.
Pero lo que es evidente es que en ningún caso hay que
dar otro sentido a este sacrificio que el de ese cambio que haría que el
ser humano evolucionase desde el punto de vista de sus cualidades mentales
dando paso a una nueva humanidad que superase definitivamente los antivalores
de la “moral de esclavos” y asumiese los valores que afirmaban la vida y los
instintos naturales.
Junto a esta posibilidad evolutiva pensó también en la
necesidad de un nuevo enfrentamiento contra la masa con la esperanza de que en
esta ocasión fuera la “aristocracia” la que triunfase. El sufrimiento de Nietzsche, provocado por la irrespirable atmósfera que
iba unida a la “moral de esclavos”, le condujo a sentir como insoportable tal
situación y por ello llegó a proclamar:
“¡Hace falta que los hombres
superiores declaren la guerra a la masa!”[56].
Y, en
consecuencia, así como la moral de esclavos había triunfado anteriormente y su
victoria había determinado el sometimiento de los nobles al ambiente sofocante
de los valores de esa masa inepta e incapaz de valorar los insignes productos
del espíritu, se produjera un nuevo enfrentamiento con la esperanza de que en
esta ocasión se produjera finalmente el triunfo de la élite.
Con esa especie de declaración de guerra el solitario
de Sils María manifestaba su desprecio y su propio resentimiento contra la
masa, los “esclavos”, el mismo resentimiento que les había atribuido a ellos
respecto a los nobles, provocado ahora especialmente por el hecho de que los
esclavos habían triunfado y habían impuesto sus valores a nivel de toda la
sociedad. Y, por ello, ante tal situación, se rebeló manifestando de manera
desorbitada la necesidad de la guerra contra ellos a fin de que se impusieran
los valores aristocráticos.
Tiene
cierto interés, por otra parte, señalar que mientras en Así habló Zaratustra
Nietzsche se refirió al superhombre sin asociar dicho personaje consigo
mismo como un ejemplo de tal futura realidad -pues habla del sacrificio de la
masa, pero también del sacrificio de sí mismo[57]-, en Más allá del bien y del mal, de 1886, no
tuviese reparo alguno en incluirse en el conjunto de “almas aristocráticas” -o
de “superhombres”- con derecho a someter y a esclavizar a quienes pertenecieran
a la masa. En este sentido escribe:
“...de la esencia del alma aristocrática forma parte
el egoísmo, quiero decir, aquella creencia inamovible de que a un ser como
“nosotros lo somos” tienen que estarle sometidos por naturaleza otros seres y
tienen que sacrificarse a él”[58].
La
expresión “tienen que”, equivalente a “deben”, suena a esa “moralina” que en
tantas ocasiones criticó. Tal vez con tal expresión quiso dar mayor intensidad
a la manifestación de sus propios deseos, pero habría sido un grave error
confundirlos con auténticos “deberes”. Es muy posible que considerase que, una
vez suprimida la moral, no había otra justificación para lograr el sometimiento
de la masa que el simple poder. Y es evidente que a partir de la desaparición
de Dios y de la moral absoluta “todo estaba permitido” -como diría
Dostoievski-, y parece que a Nietzsche se le pasó por la cabeza la idea de
llevar este principio hasta sus últimas consecuencias, al menos desde el punto
de vista teórico y asumiendo un egoísmo absoluto que le llevó a plantearse la
esclavización de la masa para la consecución de un ideal como el del
advenimiento del “superhombre”, tan valorado desde su electrizada sensibilidad.
Además,
en cuanto la moral absoluta había sido justamente criticada por él y en
cuanto tampoco existía un derecho absoluto que estableciese limitación alguna a
la satisfacción de los deseos de nadie en cuanto tuviera la capacidad para
materializarlos, el derecho del hombre a esclavizar a otros hombres provenía
exclusivamente de su poder para hacerlo, tal como habían defendido
Hobbes y Spinoza. En este sentido Hobbes había escrito:
“El
derecho natural, que los escritores llaman comúnmente ius naturale,
es la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder, como él quiera,
para la preservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida y,
por consiguiente, de hacer toda cosa que su propio juicio, y razón, conciba
como el medio más apto para aquello”[59]
Con tales antecedentes y con los
correspondientes argumentos no era muy descabellado que Nietzsche llegase a
tales resultados en cuanto sus reflexiones sólo tuvieran en cuenta estas
premisas de carácter frío y al margen de cualquier sentimiento de empatía, de
manera que como premisa esencial de su argumentación le faltó tener en cuenta
el lado afectivo del ser humano o la naturaleza social del hombre, aspectos de
la cuestión que posiblemente le habrían llevado a otro resultado, buscando una
solución distinta a la de la extremista esclavización de la masa, de manera que
el triunfo de la aristocracia fuera compatible con la integración social de
aquélla, que, además, con la ayuda de la eugenesia tal vez podría evolucionar
hacia un nuevo tipo de humanidad.
Por otra
parte, resulta sorprendente la enorme diferencia de estas ideas con respecto a
aquel ideal humanitario de Aurora, de 1881, no tan lejano en el
tiempo. ¿Comenzaba ya entonces la enfermedad a mostrar sus primeros síntomas a
nivel de estos escritos? Es una cuestión que tal vez los biógrafos podrían
investigar, pero la verdad es que el paréntesis de Aurora fue especialmente
llamativo y difícilmente explicable desde la simple coherencia lógica y, de
hecho, el propio Nietzsche, nunca dio explicación alguna acerca de ese
paréntesis tan especial que supuso aquel ideal de vida de Aurora, al que
me he referido en otro momento[60].
5.3.
El supuesto deber de aspirar a la llegada del superhombre
A pesar del atractivo que pueda tener la idea
del superhombre para la plena superación del nihilismo y por la decisión que
implica de conducir la propia vida no desde valores impuestos sino desde
valores propios, conviene no olvidar que Nietzsche llega a proponer como un deber
la aspiración al advenimiento del superhombre, a cuyo cumplimiento llega a
exhortar obsesivamente en Así habló
Zaratustra. Pero, como ya he dicho, este punto de vista, en cuanto
introduce un concepto como el de deber, perteneciente al ámbito de la
moral, es indudablemente criticable por ser contradictorio con su proclamación
de que “no existen fenómenos morales”, que implica que no existe ningún deber.
Sin embargo, son bastantes las ocasiones en
que Nietzsche utiliza expresiones de carácter moral relacionadas con prohibiciones o deberes, con lo noble o
con lo vil, con repudiar al que meramente goza, o, en definitiva, términos con una
connotación moral tales como “superior”, “merecer”, “tener que”, “deber”. Así
sucede cuando escribe:
- “es superior la voluntad de hacer”,
- “¡debemos tener una meta por la cual
amarnos unos a otros!”,
- “¡todas las otras metas merecen ser destruidas!”[61],
- “...el alma aristocrática comporta el egoísmo, es decir, esa
inconmovible creencia de que a un ser como “somos nosotros” otros seres tienen
que estar naturalmente subordinados y obligados a sacrificarse”[62], y
- “no es mi problema qué reemplazará al ser
humano: sino qué tipo de humano se debe elegir, se debe querer, se
debe criar como tipo más
valioso...[63].
Es evidente que tales
pronunciamientos son ejemplos de contradicciones en cuanto se las entienda en
un sentido literal y se olvide la exagerada afición de Nietzsche al uso de hipérboles
a la hora de expresar sus ideas y sus críticas. En cualquier caso, no es lo
mismo aspirar a algo por simple deseo o
satisfacción personal que tender a ello por una supuesta obligación que nadie sabe de dónde provendría y que, además, estaría
en contradicción con la serie de acertadas críticas realizadas por Nietzsche en
contra de la moral absoluta.
Por ello, su hiperbólica consideración según
la cual
“la
humanidad en cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una única y más
fuerte especie hombre ⸺eso sería un progreso”[64].
sería contradictoria
con su propia filosofía en cuanto estuviera utilizando el concepto de progreso
en un sentido absoluto y no meramente subjetivo, pues, según el propio pensador
declara, …
… “si el devenir es un inmenso ciclo, todo es de igual valor, eterno y
necesario”[65].
6. El
superhombre y el nazismo hitleriano
En algunas ocasiones se ha llegado a considerar, aunque sólo sea por
quienes tienen un conocimiento superficial del pensamiento de Nietzsche, que su
concepto del superhombre hacía referencia a hombres del tipo de la antigua raza
aria, a la que menciona en diversas ocasiones como ejemplo de raza noble, con su conducta espontánea,
impetuosa y libre, comportándose desde valores propios y no sometidos a
supuestos deberes objetivos, en contraposición a la masa de “esclavos”.
Sin embargo, el superhombre, aunque compartiría sus valores, al menos en
parte, con aquella “raza aria” y con otros pueblos, representa más un ideal
para el futuro que una nostalgia del pasado. Según el propio Nietzsche, los
alemanes de su tiempo nada tenían que ver con aquella raza, respecto a la cual,
al igual que respecto al imperio romano, manifestó su admiración por su forma
de vida realizada desde la libertad más absoluta y desde el desprecio a
cualquier norma externa que frenase sus impulsos espontáneos, agresivos y
dominadores, similares a los que pudiera sentir cualquier animal predador.
En
la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX, el tiempo de Nietzsche, hubo ya
un movimiento nacionalista alemán con la tendencia a ensalzar a este país desde
un chauvinismo exagerado que quedó plasmada en agrupaciones como la Asociación
Pangermánica, antecesora del posterior partido nazi hitleriano. A dicha
asociación y como un personaje de alguna relevancia perteneció Bernhard
Förster, cuyo matrimonio con Elisabeth, la hermana de Nietzsche, éste desaprobó,
manifestando en diversas ocasiones su antipatía hacia el antisemitismo de esta
agrupación. En relación con la ideología de la Asociación Pangermánica se creó
el himno alemán, que tenía como uno de sus versos
“¡Alemania, Alemania, sobre todo!”,
que fue utilizado también como consigna. En relación con ella escribió Nietzsche:
“es quizá la consigna más
estúpida que haya existido jamás”[66].
Además,
lejos de ser un fanático defensor de todo lo alemán, Nietzsche criticó
duramente a sus compatriotas, a quienes en cierto momento definió como
“obediencia y piernas largas” y a quienes criticó también por su exagerada
afición a la cerveza.
También
dijo de ellos:
- “Los alemanes son perezosos y de ahí el que
prefieran adaptarse a un modelo; se ahorran el tener que pensar”[67].
- “…desde hace casi mil años
este pueblo [Alemania] se ha venido entonteciendo paulatinamente; en parte
alguna se ha hecho un uso más vicioso de los dos grandes narcóticos europeos:
el alcohol y el cristianismo […] ¡…cuánta cerveza hay en la inteligencia
alemana!”[68].
En Ecce homo, su última obra, publicada póstumamente, hay toda una
serie de críticas a los alemanes que, a pesar de ser exageradas, merecen ser
recordadas a fin de eliminar cualquier sospecha que pudiera quedar acerca de un
posible enaltecimiento nacionalista alemán por parte de Nietzsche. Cito a
continuación algunos pasajes especialmente significativos que no requieren de
comentario alguno:
- “¡Todos los
grandes crímenes contra la cultura en los últimos cuatro siglos los tienen
ellos [ los alemanes] sobre su conciencia! Y siempre por el mismo motivo, por
su profundísima cobardía frente a la realidad, que es también la cobardía
frente a la verdad, por su falta de veracidad, cosa que en ellos se ha
convertido en un instinto”[69].
- “El «espíritu
alemán» es mi aire viciado: me cuesta respirar en la cercanía de esa suciedad
in psychologicis [en asuntos psicológicos] convertida en instinto y que se
revela en cada palabra, en cada gesto de un alemán”[70]
- “Forma
incluso parte de mi ambición el ser considerado como despreciador par
excellence [por excelencia] de los alemanes. La desconfianza contra el carácter
alemán la manifesté ya cuando tenía veintisiete años […]; para mí los alemanes
son imposibles. Cuando me imagino una especie de hombre que contradice todos
mis instintos, siempre me sale un alemán”[71].
- “Pero los
alemanes son canaille [chusma]. Uno se rebaja con el trato con alemanes: el
alemán nivela. Si excluyo mi trato con algunos artistas, sobre todo con Richard
Wagner, no he pasado ni una sola hora buena con alemanes”[72].
En relación con esta cuestión tiene también interés hacer referencia al
sentimiento de Nietzsche respecto a sus orígenes familiares, pues, lejos de
mostrarse orgulloso de sus ascendientes alemanes, lo estaba de sus posibles
ascendientes polacos, hasta el punto de llegar a escribir:
“Yo soy un
aristócrata polaco pur sang [pura sangre], al que ni una sola gota de sangre
mala se le ha mezclado, y menos que ninguna, sangre alemana”[73].
De
hecho, cuenta también que en múltiples ocasiones los polacos con quienes se
encontraba lo saludaban como a un polaco por su fisonomía.
Y
en sus escritos póstumos había escrito:
“Me han contado que el origen de mi linaje y de mi
nombre se retrotrae a unos nobles polacos que se llamaban Niëtzky, que hace
unos cien años abandonaron la casa y el título […] Lo que en mí haya de sangre
alemana proviene únicamente de mi madre, de la familia Oehler, y de la madre de
mi padre, de la familia Krause, pero me parece que en lo esencial sigo siendo
polaco”[74].
Por
otra parte, no tuvo inconveniente alguno en renunciar a su nacionalidad
prusiana (alemana), lo cual habría sido impensable en alguien que hubiese
pretendido enaltecer a su pueblo de manera fanática, al margen de que también y
a pesar de sus críticas afirmase su amor por Alemania.
Además,
a pesar de sentir especial admiración por Goethe y también en determinados
momentos por A. Schopenhauer y por R. Wagner y a pesar de sentir un afecto
natural hacia Alemania, llegó a lamentar haber escrito en alemán su obra Así habló Zaratustra en cuanto tal
detalle pudiera servir de excusa para que se interpretase su pensamiento como
un apoyo a las aspiraciones imperialistas de los gobernantes alemanes:
“El hecho de que esté escrito en alemán es, por lo
menos intempestivo; desearía haberlo escrito en francés, para que no aparezca
como apoyo de algún tipo de aspiración imperial alemana”[75].
Por
quien Nietzsche mostró su admiración en diversos momentos no fue por los
alemanes sino por los franceses y por los mismos judíos, a quienes tanto odio manifestó el partido nazi y contra
quienes tantos actos de barbarie realizaron antes y duran-te la segunda guerra
mundial. No obstante, también criticó a los judíos del pasado, pero no por otro
motivo sino porque consideró que habían sido los creadores de la “moral de
esclavos”, basada en el resentimiento,
y porque a través del judío Pablo de Tarso habían creado el cristianismo, con
su carácter igualmente nihilista, negador de los valores de la vida y basado en
el resentimiento contra los señores, quienes estaban dotados de una fuerte
vitalidad que les había llevado a afirmar el valor de la vida terrena y a vivir
sin someterse a otro valor o a otra norma que no fuera la de su propia
voluntad.
Por lo que se refiere a su actitud
respecto a los judíos, manifestó
con absoluta claridad su admiración hacia ese pueblo, así como la consideración
y apoyo a la idea de que los judíos deseaban sentirse aceptados e integrados en
Europa. Criticó, por ello, a los antisemitas y llegó incluso a pedir su
“destierro”. Sin embargo, hay que matizar lo anterior señalando que en otros
momentos fue especialmente crítico con ellos por su introducción y defensa de
la “moral de esclavos”, y es posible que, como consecuencia de sus duras
críticas, se malinterpretase su pensamiento, considerándolo equivocadamente
como racista. En ese sentido y en relación con la moral judía, escribió:
“Todo lo que se ha hecho sobre la tierra contra “los
nobles”, “los poderosos”, “los amos”, “los gobernantes” es muy poca cosa en
comparación con lo que han hecho contra ellos los judíos, ese pueblo sacerdotal
que sólo ha sabido vengarse de sus enemigos y opresores, en definitiva,
invirtiendo radicalmente los valores de éstos, es decir, mediante un acto de venganza de lo más espiritual. [...] Los
judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa consecuencia osaron invertir la
ecuación valorativa aristocrática (bueno = aristocrático = poderoso = hermoso =
feliz = grato a Dios) y defendieron su inversión con encarnizamiento de odio
frenético, proclamando: “¡únicamente los miserables, los pobres, los
impotentes, los humildes son los buenos; únicamente los atribulados, los
agobiados, los enfermos, los feos son los piadosos y gratos a Dios, y serán los
únicos que gozarán de la eterna bienaventuranza; —en cambio vosotros,
los nobles y poderosos, sois para siempre los malignos, los crueles, los
concupiscentes, los insaciables, los impíos, y hasta la consumación de los
siglos seréis los réprobos, los maldecidos y condenados!”... Sabido es quién ha
recogido la herencia de esta inversión judía de los valores... [...] con los
judíos se inicia la sublevación de los
esclavos en la moral...”[76].
Pero, como ya he indicado, desde una perspectiva no moral sino sólo
hablando de los judíos como pueblo, el punto de vista de Nietzsche fue de una
profunda admiración, tal como queda de manifiesto en el siguiente pasaje:
“...los judíos
son, hoy por hoy, la raza más fuerte, tenaz y pura en Europa; saben sobrevivir
bajo las condiciones más adversas [...] Es innegable que los judíos, si
quisieran -o si se los forzaba, como parecen proponérselo los antisemitas-,
podrían asegurarse ya ahora el predominio, y aun literalmente el dominio sobre
Europa, como lo es, por otra parte, que no
aspiran, no hacen planes, para tal objetivo. Por ahora, muy al contrario, quieren y desean [...] ser absorbidos,
asimilados en Europa, por Europa; ansían verse por fin firmemente arraigados,
admitidos y respetados en alguna parte y poner término a su existencia
trashumante, al ‘judío erran-te’”. Debiera prestarse atención y apoyo a esta
tendencia y aspiración [...], para cuyo fin sería quizá conveniente y natural
desterrar a los gritones antisemitas. Debiera facilitarse la asimilación de
los judíos”[77].
Como
ejemplo de otro pueblo especialmente valioso en la historia de la humanidad
Nietzsche manifestó su admiración no por Alemania sino por el Imperio Romano, pueblo organizado que
conquistó y estructuró política y culturalmente una gran parte de los pueblos
de Europa y del norte de África. De ellos, entre otras cosas, escribió
Nietzsche:
“Los romanos eran fuertes y nobles; nunca antes ni
después hubo, ni siquiera se soñaron, otros más fuertes y nobles”[78]
El
motivo principal por el que en diversas ocasiones se haya interpretado su
pensamiento como precursor del nazismo se encuentra especialmente en la actitud
de su hermana, quien, aprovechando el estado de absoluta postración de
Nietzsche durante sus últimos años de vida, sumido ya en la locura, no tuvo
escrúpulos en introducir en la obra no publicada de su hermano una serie de
modificaciones de tendencia pronazi. Con posterioridad se descubrió este falseamiento
de sus escritos póstumos, y a raíz de este descubrimiento se realizaron
estudios detallados a fin de conocer qué era lo escrito realmente por Nietzsche
y qué era un falseamiento introducido por su hermana. Estos estudios dieron
finalmente como resultado la publicación en los años sesenta del pasado siglo
de una nueva edición de las obras de Nietzsche a cargo de Mazzino Montinari y
de Giorgio Colli, eliminando de ella las lamentables falsedades introducidas
por su hermana.
Y,
por lo que se refiere a la hipótesis de que su doctrina acerca del superhombre tuviera algo que ver con una
supuesta raza aria, es evidente que
tal concepto no tuvo nada que ver con ese ridículo interés del fanatismo nazi,
a pesar de que la obsesiva idea de Nietzsche de favorecer la llegada del
superhombre le condujese a defender de manera hiperbólica el sacrificio o la
esclavización de la masa, según se ha podido ver, y a pesar de que este “ideal”
del superhombre pudo influir de algún modo en que se interpretase su pensamiento
desde una perspectiva muy alejada de sus auténticas ideas. Por ello, hay que
evitar cualquier interpretación racista,
nacionalista o antisemita de su pensamiento, pues son muchas las ocasiones en las
que abiertamente Nietzsche se pronunció en contra de las tendencias indicadas.
En efecto, por lo que se refiere al racismo y al nacionalismo, se pronunció
de manera explícita en contra de tales
ideologías y en favor de la unión
europea, de la que fue en cierto modo precursor, de acuerdo con pasajes
como los siguientes:
- “Los hombres sin patria
somos demasiado múltiples y heterogéneos en punto a raza y origen, en cuanto
“hombres modernos”, y en consecuencia no
estamos dispuestos a participar de la mendaz y narcisista autoadmiración racial
que se exhibe hoy día en Alemania como signo de “alemanidad” [...] En una
palabra — ¡y que sea nuestra “palabra de honor”! — somos buenos europeos”[79].
- “Me agradaría [...] que Europa se vea, al fin, obligada [al igual que
Rusia] a volverse igualmente peligrosa, es decir, a aunarse, por obra de una
casta nueva, ama de Europa, en una voluntad única, una denodada y terrible
voluntad propia capaz de fijarse metas a través de milenios; —para que
se acabe, por fin, la larga comedia de su fragmentación en Estados y también de
su fragmentación en voluntades dinásticas y democráticas”[80].
- “A causa del divorcio morboso que la locura nacionalista ha
establecido, y establece todavía, entre los pueblos de Europa, [...] se pasan
por alto o se interpretan de una manera antojadiza y mendaz signos
absolutamente inequívocos de que Europa
quiere unificarse”[81].
Y así, de manera más concreta y en relación con el nacionalismo alemán
-o con el de otros pueblos- el punto de vista de Nietzsche fue inequívocamente
crítico y expresamente favorable a la unidad de Europa, pretendiendo,
eso sí, para Europa una hegemonía mundial. En este sentido podría decirse que
Nietzsche defendió un cierto nacionalismo: Se trataría de un nacionalismo
europeo, defendido como antítesis frente a la fragmentación de Europa en
diversos nacionalismos regionalistas. Escribe en relación con esta
cuestión:
- “el nacionalismo, esa enfermedad e
insensatez más reñida con la cultura que darse pueda, esa névrose nationale [neurosis nacional] de que está aquejada Europa, esa
perpetuación de la fragmentación del continente en un mosaico de pequeños
estados, de la política mezquina;
han despojado a la propia Europa de su sentido, de su razón, la han metido en un callejón sin salida…”[82].
- “Estamos en medio del peligroso carnaval del delirio de las
nacionalidades, donde toda fina razón se ha escabullido y la vanidad de los más
groseros pueblos perdidos grita por sus derechos de existencia separada y de
soberanía...”[83].
Refiriéndose
al nacionalismo de diversas regiones de la propia Alemania, Nietzsche se
lamentaba igualmente a causa de esta forma de pensamiento político:
“En ese momento [año 1815] cayó de pronto la noche sobre el espíritu
alemán, que hasta entonces había tenido un día prolongado y alegre: la patria,
las fronteras, el terruño, los ancestros —todo tipo de estrecheces
comenzaron de pronto a reivindicar sus derechos”[84].
Y ya, en su
propia época, le resultó fácil ver lo absurdo y ridículo que resultaba la
exaltación patria, como si tuviera sentido que cualquier pueblo se creyera el
centro del universo y como una realidad tan especial que no pudiese convivir en
paz y armonía con los demás:
“No somos lo bastante estúpidos para entusiasmarnos por el principio de
“Alemania por encima de todo” o por el Reich
alemán”[85].
En
definitiva, resulta evidente que, en relación con los nacionalismos de
pequeños estados o regiones europeas, Nietzsche los criticó en diversas
ocasiones, tanto desde reflexiones de carácter general como en referencia a la
propia Alemania y sus diversas regiones.
Desde un
planteamiento general había escrito ya mucho antes:
“Es sabido que ciencia y sentimiento nacional son términos
contradictorios”[86].
Respecto a estas breves palabras, hay que decir que efectivamente desde
una perspectiva científica no hay argumento ninguno que sirva para apoyar los
nacionalismos, sobre todo cuando analizamos los argumentos con que los
nacionalistas suelen defender tales doctrinas, que tienen como base el Rh
sanguíneo, la lengua hablada, la identidad y supuesta superioridad del propio
pueblo, los supuestos orígenes inmemoriales y las incomparables virtudes de
sus habitantes, aunque en el fondo y de manera más o menos consciente, sea la
mayor riqueza de la correspondiente región separatista el argumento principal
-aunque no reconocido- por el que los nacionalistas suelen reclamar su independencia,
en cuanto consideren que sus habitantes, separados del resto, vivirían mejor
todavía.
En relación con el nacionalismo escribe
Nietzsche:
“La simpatía por los que pertenecen a la comunidad y el odio por el
extranjero crecen juntos”[87].
Aquí la perspicacia de Nietzsche acierta plenamente en cuanto es un hecho
fácilmente observable que cuanto más unidos se sienten quienes apoyan un
sentimiento nacionalista, más crece en ellos el odio contra el diferente o
simplemente contra quien piensa de manera distinta. Y, si se quiere un ejemplo
no muy lejano, no hay más que recordar el de Hitler y lo sucedido en Alemania
como consecuencia de su locura nacionalista y racista.
Por otra parte y en cuanto
el nacionalismo racista de Hitler iba unido a un militarismo extremo, tiene
interés reflejar el utópico punto de vista de Nietzsche, quien acerca de esta
cuestión escribió:
“Llegará el día en que el
pueblo de los ejércitos más victoriosos decida la supresión del ejército”[88]
Lo que sí se puede decir de Nietzsche es que tuvo un
pensamiento exageradamente elitista,
pues no sólo señaló la existencia de
dos tipos de moral, la moral de señores y la moral de esclavos, sino que habló
ampliamente de la existencia de dos tipos de personas claramente diferenciadas,
la “aristocracia” y la “plebe”, y se pronunció abiertamente en favor de la
“aristocracia”, defendiendo además que la plebe -los “esclavos”- debía realizar
las tareas físicas necesarias para que los “nobles” -los “señores”- pudieran
cumplir con su propia misión, relacionada con la cultura -la filosofía, el
arte, la ciencia, la política-, tareas para las que la plebe no estaba
capacitada, ni convenía que lo estuviera, tanto por el bien de la “plebe” como,
sobre todo, por el bien de los “nobles”, pues, según escribe en relación con
esta cuestión,
“En realidad, los
sufrimientos y privaciones aumentan con el crecimiento de la cultura del
individuo; las capas inferiores son las más obtusas; mejorar su situación
significa: hacerlas más aptas para el sufrimiento.
[…] Si la necesidad y el
refinamiento de una formación cultural superior se infiltran en la clase
trabajadora, entonces ésta ya no podrá realizar ese trabajo sin sufrir de una
manera desproporcionada. Un obrero formado hasta ese punto aspira al ocio y no
se limita a reivindicar un alivio de su trabajo, sino la liberación de el
mismo, es decir: quiere endosárselo a otro. Podría pensarse tal vez en una
satisfacción de sus deseos y en una importación masiva de poblaciones bárbaras
de Asia y África, de forma que el mundo civilizado tuviese permanentemente a su
servicio al mundo no civilizado, y de esta manera se considerase propiamente la
incultura como motivo forzoso de servidumbre”[89].
Estas
palabras pueden parecer duras y crueles contra la plebe, pero pensemos en que,
de hecho, dentro de la sociedad actual el trabajo más o menos especializado
requiere de una formación que determina que los mejor preparados y más aptos
intelectualmente tengan tales trabajos y una remuneración bastante superior a
la de quienes se ocupan de tareas más simples que sólo exigen un bajo nivel de
formación. Esta realidad económico-laboral no parece muy distinta de la que
Nietzsche propone.
Sin embargo, a diferencia del punto de vista de Platón
sobre estos trabajos y sobre la permeabilidad de las clases sociales de su
utópica república, Nietzsche no consideró una medida positiva la formación
cultural de la masa trabajadora, que podría permitirle mejorar su estatus
laboral, sino que, por el contrario, sólo pensó que dicha formación podría
perjudicar a la clase trabajadora en cuanto sólo sería causa de sufrimiento
para ella, pues pensó que la vida de un esclavo con un nivel cultural alto
sería mucho más dura que si estaba simplemente adaptado al trabajo rutinario de
cada día. En consecuencia, no se planteó la posibilidad de que el proletario o
una parte de él pudiera dejar de serlo para ascender a un trabajo de categoría
superior.
Igualmente y en relación con la formación de la
infancia y de la juventud, y como una consecuencia de su elitismo, no fue
partidario de generalizar la enseñanza para todas las personas y clases
sociales sino que, a diferencia de Platón, defendió un sistema de clases absolutamente
separadas, llegando a condenar a la clase trabajadora a permanecer eternamente
en su bajo estatus económico-laboral, al margen de cuáles fueran sus
capacidades para ascender a una clase más acorde con tales capacidades y a fin
de que la élite siempre dispusiera de esclavos, pues…
…“si se quiere esclavos
[...] no se los ha de educar para señores”[90].
Consecuente con el punto de vista manifestado en el
pasaje anterior, pero de manera más dura, Nietzsche, según escribe R.
Safranski, estuvo en contra de las medidas que se planteaban en Basilea para
mejorar la vida de los trabajadores, como la reducción de la jornada laboral, y
apoyó igualmente el trabajo infantil. Sin embargo, parece que en algunos
momentos defendió que las condiciones laborales del trabajador fueran
soportables[91], aunque esta defensa estaba en contradicción con su
falta de apoyo a las medidas que no apoyó y que podrían haber hecho más
tolerables tales condiciones.
Posiblemente el ambiente de su época así como el de su
vida, alejada del conocimiento directo de la vida tan miserable del
proletariado del siglo XIX, centrada en sus problemas de salud y en su vocación
por cuestiones filosóficas y culturales de otro tipo así como su exagerado
elitismo le impidieron ponderar adecuadamente cómo eran en realidad esas
condiciones de vida de los trabajadores, y tal desconocimiento pudo condicionar
en una medida importante su falta de sensibilidad respecto a este problema tan
grave, aunque, por otra parte, su elitismo pudo conducirle a creer que el
trabajador no debía hacer otra cosa que trabajar, de manera que, teniendo
cubiertas sus necesidades básicas elementales, no cayese en la tentación de
tratar de salir de su estatus de “esclavo” al servicio de los “nobles”.
No obstante y en relación con esta cuestión, conviene
recordar también que anteriormente, en 1881, había mantenido todavía un punto
de vista social mucho más humanista, a diferencia de su esclavismo posterior, llegando en aquellos momentos a criticar el
capitalismo en cuanto implicaba una esclavitud para los trabajadores, a los que
se utilizaba como “tornillos de una máquina”[92].
[1] EH, “Por qué escribo tan buenos libros”, 1.
[2] SPM,
Noviembre de 1887 - Marzo de 1888, p. 324. La cursiva en la expresión repetida
“se debe” es mía. En relación con este y con otros pasajes similares resulta
contradictorio -o al menos hiperbólico, en cuanto ésa haya sido la intención de
Nietzsche- que se plantee como un “deber” el obrar de determinada manera
respecto al superhombre en cuanto, ya antes había llegado a la conclusión de
que “no hay fenómenos morales” y de que, por lo tanto, no existía deber alguno.
[3] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[4] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 3.
[5] La
cursiva es mía. Llama la atención que en este texto incluya entre los grandes
individuos a los “santos”, pues resulta difícil saber en qué contexto los
santos podrían tener un auténtico valor para Nietzsche. Parece que con esa
expresión se refería a personajes como el ermitaño que aparece en Así habló
Zaratustra, o a los místicos que viven tan intensamente la vida
desde una contemplación estética y extática que apenas necesitan de nada más
para gozar de una plenitud vital. Por su parte y en relación con esta cuestión
escribe R. Safranski: “El genio y el santo eran para Nietzsche la «cúspide del
arrobamiento» del mundo; eran ascetas, extáticos, hombres ingeniosos y
creadores, pero todavía no tipos como César Borgia, no eran héroes de la
vitalidad ni naturalezas vigorosas ni atletas de la amoralidad” (R. Safranski; Nietzsche.
Biografía de su pensamiento, p. 319-320; Ed. Círculo de lectores,
Barcelona).
[6] OT, Prólogo a Richard Wagner, originalmente proyectado en febrero
de 1871. La cursiva es mía.
[7] A propósito de la música de Wagner Nietzsche había escrito: “No
logro comportarme con frialdad crítica frente a esta música; se estremece en mí
cada fibra, cada nervio; durante mucho tiempo no he tenido semejante
sentimiento duradero de arrobamiento” (27 de octubre de 1868) (citado por R.
Safranski en Nietzsche, biografía de su
pensamiento, p. 58).
[8] “La afirmación del fluir y del aniquilar, que es lo decisivo en
la filosofía dionisiaca, el decir sí a la antítesis y a la guerra, el devenir,
el rechazo radical incluso del concepto mismo de «ser»; en esto tengo que
reconocer, en cualquier circunstancia, lo más afín a mí entre lo que hasta
ahora se ha pensado” (Ecce Homo, “Por qué escribo tan buenos libros”, El
origen de la tragedia, 3).
[9] EH, “Por qué soy tan
sabio”, 3.
[10] Ibidem.
[11] Escribe en Ecce homo: “a una persona a quien le
soplé al oído que debería buscar un Cesare Borgia más bien que un Parsifal, no
dio crédito a sus oídos” (Ecce Homo, “Por qué escribo tan buenos
libros”, 1.
[12] “…afirmo que Richard Wagner ha sido, con
mucho, el hombre más afín a mí” (Ecce Homo: “Por qué soy tan sabio”, 3).
[13] “La señora Cósima Wagner es, con mucho, la naturaleza más
aristocrática” (Ecce Homo, “Por qué soy tan sabio”, 3).
[14] SPM, Primavera de 1888, p. 351.
[15] BM, IX, 258).
[16] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[17] SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179.
[18] SPM, Verano-Otoño de 1882, p. 172.
[19] Z, I, “De la virtud dadivosa”, 3.
[20] Safranski: O. c., p.
158.
[21] Z,
IV, “Del hombre superior”, I.
[22] ID, parag, 1695; Prestigio.
[23] VP, parag. 557.
[24] Z, II, “De las
tarántulas”.
[25] ID, 426, VII, p. 173.
[26] SPM, Otoño de 1881, p. 166.
[27] VP, IV, 545; Prestigio.
[28] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[29] ID, parág. 2110. Ed.
Prestigio.
[30] ID, parág. 2111. Ed.
Prestigio.
[31] GM, II, 12.
[32] EH, “El origen de la tragedia”, 3. La cursiva es mía.
[33] Platón: La
República, V, cap. IX.
[34] Platón: La República,
V, cap. VIII y IX. Consideradas estas palabras de Platón, es evidente que
Galton no dijo nada esencialmente nuevo acerca de la eugenesia, al
margen de que fuera un entusiasta de estas ideas y consiguiera popularizarlas.
[35] En relación con esta cuestión escribe C. P. Janz: “Entre los libros que Nietzsche me dio para que hojeara
[cuenta Resa von Schirnhofer], uno de los primeros fue la obra […] de Francis
Galton, el fundador de la eugenesia: ‘Inquiries into Human Faculty and
Development’. Mientras yo hojeaba el libro… Nietzsche me explicaba […] los
problemas tratados en él, y los resultados conseguidos en el campo de la
trasmisión hereditaria, y la evolución, siguiendo a Darwin y refutando en parte
sus teorías.” (C. P. Janz: Friedrich Nietzsche, III, p. 218-219).
[36] C. P. Janz: F.
Nietzsche, III, p. 190.
[37] C. P. Janz: F.
Nietzsche, III, p. 219.
[38] Ibidem.
[39] Platón: República, V, cap. IX, 459.
[40] FP, II, 11, Primav. -
Otoño de 1881.
[41] C. P. Janz: F. Nietzsche, III, p. 264-265.
[42] C.P. Janz: O. c., III, p. 265.
[43] Curt Paul Janz: O. c.,
III, p. 204.
[44]
Pensemos en una madre encolerizada por la conducta de sus hijos, que se dirige
a ellos gritando fuera de sí y les dice: “¡Os voy a matar!”. A los cinco
minutos ni ella ni sus hijos se acordarán de tal amenaza. Una situación similar
pudo ser la que llevó a Nietzsche a expresarse tan duramente contra la masa y
contra la misma humanidad, aunque no lo hiciera con la momentánea exaltación de
aquella madre, pero sí con un constante sentimiento depresivo y de indignación
ante tal situación tan enormemente frustrante.
[45] R. Safranski: O.c., p.
325-326.
[46] Aristóteles: Política I, 3-7.
[47] Homero: Odisea,
XV, 341.
[48] BM, IX, 258.
[49] EG.
[50] SPM, Junio-Julio de 1883, p. 194.
[51] GM, II, 12.
[52] Z, I, “De las moscas
del mercado”.
[53] VP, II, 85; p. 472; Prestigio.
[54] SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179.
[55] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[56] VP, IV, 622; Ed. Prestigio.
[57] Por ejemplo en SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179.
[58] BM, IX, 265.
[59] Th. Hobbes: Leviatán, cap. XIV, De las leyes naturales
primera y segunda, y de los contratos.
[60] Véase el punto 6.1.7. La insólita defensa de
un ideal humanista.
[61] ID, parág. 2601. Prestigio. La cursiva es mía.
[62] BM,
IX, 265. La cursiva es mía. Es evidente que aquí la expresión “tiene que” es
equivalente a “deben”, de carácter moral.
[63] SPM,
Noviembre de 1887-Marzo de 1888, p. 324. La cursiva es mía.
[64] GM, II, 12.
[65] VP, II, parág. 131. La cursiva es mía.
Prestigio.
[66] SPM, Principios de 1884, pág. 209. Con esa letra y, en especial,
con las palabras «Deutschland, Deutschland über alles» se pretendía fortalecer el
sentimiento de unidad de Alemania, que por entonces (1841) todavía no era
fuerte. Por cierto, se trata de una consigna muy parecida a la consigna
elec-toral utilizada por D. Trump “¡America first!” (“¡América primero!”).
[67] SPM, Finales de
1880, pág. 149.
[68] OI, “Lo que falta a los
alemanes”, 2.
[69] EH, “El caso Wagner”, 2.
[70] EH, “El caso Wagner”, 3.
[71] EH, “El caso Wagner”, 4.
[72] EH, “El caso Wagner”, 4.
[73] EH, “Por qué soy tan sabio”, 3.
[74] FP, II, 21 [2]; verano de 1882.
[75] SPM,
Verano de 1887, p. 300.
[76] GM, I, parágrafo 7.
[77] BM, parág. 251. La
cursiva es mía.
[78] GM, I, 16.
[79] GC, parág. 377. La
cursiva es mía.
[80] BM, parág. 208.
[81] BM, parág. 255.
[82] EH, “El caso Wagner”, 2.
[83] SPM,
Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 251.
[84] SPM, Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 251.
[85] ID, parág 2514.
[86] SPM, Otoño de 1878, p. 126.
[87] SPM, Verano de 1883.
[88] SPM, Julio-agosto de 1879, p. 127.
[89] SPM, pág. 121-122; Otoño de 1877.
[90] SPM,
Noviembre de 1887-Marzo de 1888, p. 310.
[91] Safranski, R.: O. c., p. 158.
[92] A, II, parág. 206.
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