Nietzsche: Conocimiento y Lenguaje
1.
La crítica del lenguaje
Un aspecto particular del
“escepticismo” de Nietzsche es el que incidió en la crítica del lenguaje, que vino a considerar como un conjunto de
estructuras que forzaban el pensamiento encaminándolo a una comprensión
inadecuada de la realidad.
En este sentido ya en su obra Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
advertía acerca de la separación entre lenguaje
y verdad, considerando que el lenguaje era el producto de una especie de pacto social espontáneo mediante el que
se fijaba lo que había de ser aceptado como verdad,
aunque sólo se tratase de un falseamiento
de la realidad[1]. Reflexiones como ésta son
las que le llevaron a contraponer el mundo más fiel de las intuiciones al falseamiento ejercido por el mundo de los conceptos, llegando a considerarlos como
“necrópolis de las intuiciones”[2].
Posteriormente, afirmó en un sentido
similar que nuestro conocimiento no unitario sino fragmentado de la realidad
derivaba del lenguaje, pues…
…“las
palabras y las ideas nos llevan [...] a representarnos constantemente las cosas
como más sencillas de lo que son, separadas las unas de las otras,
indivisibles, teniendo, cada una, una existencia en sí y por sí”[3].
Nietzsche asignó al lenguaje la
misión limitada de reflejar sólo la
parte consciente del pensamiento, la
cual representaba para él, que se adelantó a Freud en ésta y en otras doctrinas
importantes del Psicoanálisis, una parte insignificante respecto al conjunto
del psiquismo humano:
“la
conciencia se ha desarrollado únicamente bajo la presión de la necesidad de
comunicación; [...] el hombre solitario y rapaz no habría tenido necesidad de
ella. [... El] pensar consciente representa sólo una ínfima parte del pensar
total, digamos la parte más superficial, la peor parte: pues únicamente el
pensar consciente se vale de palabras”[4].
El lenguaje no sólo es incapaz de
reflejar el modo de ser de la realidad externa, sino que ni siquiera nos sirve…
…“para comunicar nuestros
sentimientos”[5],
pues…
…“las palabras obstruyen nuestro
camino”[6]…
…para llegar al núcleo de la
realidad, en cuanto…
…“toda palabra es un prejuicio”[7].
Para Nietzsche, pues, el lenguaje representaba más un obstáculo
que un puente para enlazar el pensamiento con la realidad. Representaba la
herencia de nuestros antepasados y, de algún modo, la plasmación de sus
interpretaciones sobre la realidad, de manera que, en cuanto éstas hubieran
sido incorrectas, constituían una nueva dificultad a superar, un “prejuicio”
que había de eliminarse para purificar el pensamiento y hacerlo capaz de un
conocimiento auténtico:
“Dondequiera
que los antiguos, los hombres de las primeras edades, colocaban una palabra
creían haber hecho un descubrimiento. ¡Qué equivocados estaban! Habían dado con
un problema, y creyendo haberlo resuelto habían creado un obstáculo para su
solución. Ahora, para alcanzar el conocimiento, hay que ir tropezando con
palabras que se han vuelto duras y eternas como piedras”[8].
1.1. El valor del lenguaje: Nietzsche, Freud y Wittgenstein
Tiene especial interés señalar que,
en sus críticas acerca del lenguaje, Nietzsche adoptó un punto de vista
bastante diferente del que posteriormente defendería Wittgenstein, pues
mientras éste consideraba que el lenguaje establecía los límites dentro de los cuales se daba el conocimiento, Nietzsche,
asumiendo la importancia del lenguaje para nuestra particular comprensión de la
realidad, afirmaba sin embargo que el conocimiento tenía una dimensión mucho
más amplia que la representada por el ámbito de la conciencia, relacionada ésta
a su vez con el mundo conceptual lingüístico.
Por otra parte, el punto de vista de estos
filósofos coincidía en que ambos tomaron conciencia de la enorme trascendencia
que el lenguaje tenía para nuestra particular comprensión de la realidad. En
este sentido Nietzsche había escrito:
-
“…allí donde se da una comunidad lingüística es inevitable que en virtud de la
común filosofía de la gramática [...] todo esté desde un principio preparado
para un paralelismo de desarrollo y orden de sucesión de los sistemas
filosóficos, estando por otra parte como cortado el acceso a ciertas otras
posibilidades de interpretación del mundo”[9];
- “En
otras épocas hasta se llegó a pensar que donde acaba el reino de las palabras
termina también el de la existencia”[10].
Por su parte, Wittgenstein, de
acuerdo con la última observación de Nietzsche pero en desacuerdo con el punto
de vista del propio Nietzsche, consideró que los límites del conocimiento venían
fijados por el lenguaje en que dicho conocimiento se expresaba, y en este
sentido escribió:
“los límites de mi lenguaje significan los
límites de mi mundo”[11].
La diferencia más importante entre
los planteamientos de ambos pensadores consistía en que mientras Nietzsche
consideró que más allá de los límites lingüísticos y conceptuales se encontraba
el mundo de las intuiciones, más
certero en su visión de la realidad aunque incomunicable, y el mundo de los
sentimientos y el de la subjetividad inconsciente -del que poco más adelante
hablaría Freud, reconociendo el mérito de Nietzsche al adelantarse a muchas de
las doctrinas del Psicoanálisis-, Wittgenstein restringía el ámbito de
conocimiento considerando que éste sólo existía en cuanto fuera expresable
mediante el lenguaje.
Desde la perspectiva de
Nietzsche el conocimiento se relacionaba de manera especial con el mundo de las
intuiciones sensibles, cuya riqueza
en ningún caso podía expresarse mediante la pobreza de los conceptos lingüísticos[12],
de manera que, refiriéndose a los pensamientos, indica igualmente:
“Los pensamientos son las sombras de nuestras
sensaciones, siempre más oscuros, más vacíos, más simples que éstas”[13].
Pero, además y como ya se ha podido
ver, desde la perspectiva del pensador de Röcken el ámbito del conocimiento no
se ciñe exclusivamente a los contenidos de la conciencia, sino que incluye
también el ámbito de lo inconsciente. En este sentido, a diferencia de
Wittgenstein y adelantándose a Freud, escribe:
-
“Durante el período más largo de la historia humana se ha considerado el pensar
consciente como el pensar propiamente dicho; sólo ahora despunta en nuestras
mentes la revelación de que la mayor parte de nuestros procesos mentales se
opera al margen de nuestra esfera consciente y sensible”[14].
- “el
pensar consciente representa sólo una
ínfima parte del pensar total, digamos
la parte más superficial, la peor parte: pues únicamente el pensar consciente se vale de palabras”[15].
En esta valoración de la importancia
capital del inconsciente Nietzsche
consideró que tal realidad era una forma de pensamiento mucho más amplia que la
del conocimiento relacionado con el mundo conceptual consciente, el cual había
surgido como “error vitalmente útil”, como mecanismo para la comunicación entre
los seres humanos y para su supervivencia, pero no para proporcionarle un
conocimiento fiel de la realidad.
S. Freud reconoció el adelanto de
Nietzsche por lo que se refiere a sus reflexiones acerca del inconsciente, pero
indicó que en sus propias investigaciones no había recibido la influencia de
Nietzsche ni la de Schopenhauer, autores cuyas ideas sólo había conocido
posteriormente, cuando sus doctrinas acerca del Psicoanálisis ya estaban
plenamente desarrolladas. En este sentido escribió:
“me he
privado de propósito del alto placer de leer a Nietzsche para evitar toda idea
preconcebida en la elaboración de las impresiones psicoanalíticas. Ello me
obliga a estar dispuesto –y lo estoy gustosamente- a renunciar a toda prioridad
en aquellos frecuentes casos en los que la trabajosa investigación
psicoanalítica no puede hacer más que confirmar la visión intuitiva del
filósofo”[16].
Por su parte Wittgenstein consideró
que el mundo de la realidad inconsciente no podía ser considerado como
conocimiento. Posiblemente entendió que un “conocimiento inconsciente” era una
contradicción, aunque también se podría contraargumentar que, cuando se habla
del “inconsciente”, no se toma este término en su sentido literal, sino
haciendo referencia a unos contenidos mentales difusos, oscuros… que, sin
embargo, pueden tener suficiente
fuerza para lograr de algún modo abrirse paso hacia la conciencia hasta llegar
a convertirse finalmente, al menos en determinados casos, en pensamientos
conscientes.
Desde la perspectiva de Wittgenstein,
su punto de vista más restrictivo respecto al concepto de conocimiento queda
plasmado de manera esquemática al final del Tractatus, donde
escribe:
“De lo que no se puede hablar mejor
es callarse”[17],
pues, efectivamente, los problemas
que plantea cualquier supuesto conocimiento de índole inconsciente son, por una
parte, los de su carácter confuso para uno mismo, que les impide aparecer con
claridad ante la conciencia, y, por otra, los de su incomunicabilidad, como
consecuencia de lo anterior. No obstante, hay que recordar que Freud, a través
de la interpretación de los sueños y a través del método de la “libre
asociación de ideas” pretendió, con cierto éxito, hacer conscientes los
contenidos del psiquismo inconsciente. Pensemos también cómo en diversas
ocasiones el éxito de un científico en sus investigaciones y descubrimientos
viene precedido de una etapa de pensamientos difusos que, sin saber
cómo, dan lugar finalmente a la clara visión de un nuevo descubrimiento. Quizá
a esos momentos anteriores a los del descubrimiento, en los que la mente
organiza de algún modo el material de que dispone, no se los pueda considerar
como conocimientos, pero pensemos también que, sin ellos, tal vez el
descubrimiento no se habría producido.
Y conviene tener presente además que
fue la mente en su dimensión más amplia la que precedió al lenguaje y no al
revés, pues si a través del lenguaje se pretende comunicar algo, lo primero que
hace falta es que exista ese algo, aunque sea de manera confusa, en la mente de
quien pretende comunicarlo; lo cual implica reconocer la importancia de esa
mente sin el apoyo del lenguaje, para dar paso a la conciencia y al lenguaje
mediante el cual el hombre dispone de una herramienta esencial, aunque
imperfecta, para la expresión y la comunicación de sus emociones, conocimientos
y pensamientos en general.
Nietzsche señala igualmente que los
errores de la Metafísica y de la psicología tradicional filosófica en gran
medida fueron consecuencia de la creencia en el valor de las categorías
lingüísticas. En este sentido y teniendo en cuenta aquellos planteamientos del
racionalismo de Parménides[18], que
le habrían llevado a construir su filosofía del Ser a partir del análisis lógico del concepto de “ser”, realizaba la siguiente observación:
“nada
ha tenido un poder de convicción tan ingenuo como la noción errónea de Ser, tal
como la han formulado los eléatas; ¡como que parece corroborarla cada palabra,
cada frase que pronunciamos! [...] La ‘razón’ en el lenguaje: ¡oh, qué mujer
tan vieja y engañosa! Temo que no nos deshagamos de Dios mientras sigamos
creyendo en la gramática”[19].
En esta misma línea crítica, y en
referencia a la doctrina del libre arbitrio indicaba:
“Hay,
oculta en el ‘lenguaje’, una mitología filosófica, que a cada instante
reaparece, por muchas precauciones que se tomen. La creencia en el libre
arbitrio [...] posee en el lenguaje un apóstol y un representante perpetuo[20].
La misma creencia en el alma es vista como una consecuencia de
la creencia en el valor objetivo de las estructuras gramaticales de sujeto
y predicado, y, por ello, escribe:
“En
otro tiempo, en efecto, se creía en ‘el alma’ como se creía en la gramática y
en el sujeto gramatical”[21].
Y con observaciones como éstas
mostraba el camino que los filósofos posteriores -y entre ellos en especial
Wittgenstein y sus continuadores- habían de seguir para tratar de “disolver”
diversos problemas semejantes a los señalados por él, tomando como punto de
partida para este objetivo el análisis crítico del lenguaje.
2. El conocimiento como “error
vitalmente útil”
Por lo expuesto en el
punto anterior puede decirse que los planteamientos de Nietzsche suponen un
avance respecto a los kantianos en lo referente a la explicación de las causas evolutivas vitales que
determinaron la aparición de las estructuras del entendimiento, las de la
sensibilidad –como capacidad para recibir
sensaciones-, y las del propio lenguaje, como formas adecua-das para
manipular la realidad interpretándola de manera que fuera útil para la
vida, aunque no para la obtención de su conocimiento objetivo, de forma que,
por ello, el conocimiento expresado mediante el lenguaje o el mismo
conocimiento científico no representarían un conocimiento riguroso plenamente
objetivo sino una visión superficial y deformada de la realidad, aunque
apropiada para la supervivencia.
Y, por ello, llevando su
“escepticismo” al máximo nivel de generalización, se pregunta en La gaya
ciencia:
“¿Qué
son, en definitiva, las verdades del hombre?”,
pregunta
cuya respuesta sigue a continuación:
“Son
los errores irrefutables del hombre”[22].
Ya en otro escrito anterior había
escrito en un sentido similar:
“las
verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”[23].
De acuerdo con Nietzsche en este
punto, Habermas escribió que, para Nietzsche, no podemos pasar del factum de la utilidad de determinadas
ficciones a concluir en la verdad de las mismas, pues
“el no-poder
contradecir demuestra una imposibilidad, no una verdad”[24].
La ciencia –insiste Nietzsche- sólo
consigue, en resumidas cuentas,
“esquematizar,
imponer al caos bastante regularidad y suficiente número de formas para
satisfacer nuestras necesidades prácticas”[25]…
…pero…
…“es
una ilusión creer que conocemos alguna cosa cuando tenemos una fórmula
matemática de lo que sucede”[26].
2.1. El valor vital de lo falso frente a lo
verdadero.
Por otra parte, conviene señalar que
el hecho de que el conocimiento obtenido mediante el lenguaje no consista en
otra cosa que en “errores vitalmente útiles” no constituye para Nietzsche una
objeción en su contra, por cuanto, ante la opción entre vida y conocimiento,
Nietzsche se inclina por la primera, y, por ello, escribe:
“La
falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra el mismo [...]
La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio favorece la vida, conserva
la vida [...]; y nosotros estamos inclinados por principio a afirmar que los
juicios más falsos (...) son los más imprescindibles para nosotros [...], —que
renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida, negar la vida[27].
En este mismo sentido afirma poco
después:
“Que
la verdad sea más valiosa que la apariencia, eso no es más que un prejuicio
moral [...] Confesémonos al menos una cosa: no existiría vida alguna a no ser
sobre la base de apreciaciones y de apariencias perspectivistas”[28].
Pero,
evidentemente, no parece que exista problema alguno en diferenciar entre proposiciones falsas pero útiles para la vida y proposiciones verdaderas, al margen de que sean útiles o
no y al margen de que sea posible alcanzarlas.
Vemos que
en esta defensa de la “apariencia” y de la falsedad, Nietzsche se aleja de
aquella anterior defensa entusiasta de la veracidad y de la verdad por encima
de todo. Pero conviene no perder de vista que su defensa de la apariencia y de
las ilusiones del arte obedecen a la necesidad de superar el nihilismo que
proviene de la veracidad y de la verdad misma. Por ello y a pesar de estas
expresiones tan hiperbólicas a las que Nietzsche es tan aficionado, hay que
tener en cuenta que una cosa es el plano vital y otra el plano del
conocimiento, y que, si en el plano vital la ilusión y la apariencia eran
necesarias para la superación del nihilismo, en el plano del conocimiento no
tenía sentido una valoración positiva de la mentira y, en consecuencia, de acuerdo
con su alta valoración de la veracidad, siguió investigando muy
escrupulosamente tratando de alcanzar auténticas verdades.
Además, Nietzsche no sólo consideró
que el valor del supuesto conocimiento era el de su utilidad para la vida, sino que, como una consecuencia de lo
anterior, planteó la sospecha de que tal vez la misma veracidad, en cuanto
voluntad de alcanzar la verdad, pudiera ser un síntoma de decadencia vital, de voluntad de
morir, tal como indica en el siguiente pasaje:
“si es
verdad que vivimos gracias al error, ¿qué puede ser, en este caso, la ‘voluntad
de saber’? ¿No debería ser la ‘voluntad de morir’? El esfuerzo de los filósofos
y de los científicos ¿no sería un síntoma de vida feneciente, decadente, una
especie de asco de la vida que experimentaría la vida misma?”[29].
En consecuencia, no sólo entendió que
el valor del supuesto conocimiento era el de su utilidad para la vida, sino que, en cuanto la “voluntad de verdad”
podría representar un síntoma de “voluntad de morir”,
…“semejante
empeño [en buscar la verdad] podría compararse a una especie de quijotismo, a
una sinrazón entusiástica, mas podría ser algo peor todavía: un prejuicio
destructor que hiciera peligrar la vida. El afán de verdad podría ocultar afán
de muerte”[30],
de
manera que…
…“la voluntad de verdad es ya un síntoma
de degeneración”[31].
Quizá por este motivo entre otros
-podría añadirse- no hay demasiadas personas ocupadas en la tarea de intentar comprender
el sentido -o sinsentido- de la vida y del conjunto de la realidad, en cuanto
el instinto de supervivencia aparta a la inmensa mayoría de plantearse tales
preguntas y, más aún, de investigar las respuestas a ellas, considerándose
incluso “de mal gusto” introducir estos temas en una conversación.
De manera más concreta y a pesar de
la existencia de esa voluntad de verdad, indica Nietzsche que ni las
construcciones científicas, ni la comprensión de la realidad a través del
lenguaje, ni siquiera el pensamiento más abstracto permiten alcanzar un
conocimiento auténtico de la realidad. Por lo que se refiere al motivo último
que subyace a esta negativa respecto a la posibilidad del conocimiento, aunque
en un primer momento puede encontrarse en la aceptación de la perspectiva
kantiana según la cual el conocimiento no puede sobrepasar el ámbito de lo fenoménico,
posteriormente Nietzsche criticó esta misma perspectiva, y, como se ha podido
ver, se refirió de manera especial al hecho de que tanto la ciencia como el
lenguaje interpretan la realidad inmovilizándola y aislando sus aspectos, a
pesar de que ésta es siempre fluyente y en ningún caso es un mosaico de átomos
o de unidades aisladas las unas de las otras.
[1] Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, citado en
adelante con las siglas “VM”, parág.
20. Escribe en esta misma obra: “Este
tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución
de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que
a partir de entonces ha de ser ‘verdad’, es decir, se ha inventado una
designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria”.
[2] VM, parág. 33.
[3] El caminante y su sombra, citado en adelante con las
siglas “CS”, parág. 11.
[4] La gaya ciencia, citado en adelante con las siglas “GC”, parág. 354.
[5] Humano, demasiado humano, citado en adelante con las
siglas “HH”, II, parág. 107.
[6] Aurora, citado en adelante
con la sigla “A”, I, parág. 47.
[7] CS, parág. 55.
[8] A, I,
parág. 47.
[9] Más allá del bien y del mal, citado en adelante con las
siglas “BM”, I, parág. 20.
[10] A, parág. 115.
[11] Wittgenstein, L.: Tractatus logico-philosophicus, 5.6.
[12] Recordemos, en este sentido, en la abismal diferencia existente
entre el mero concepto de “árbol”,
tan carente de matices, y la intuición
concreta de un árbol, tan rica e imposible de describir por su enorme
variedad de matices, relacionados con la ingente diversidad de sensaciones
provocadas por su mera intuición sensible (visual, táctil, olfativa…).
[13] GC, III, parág. 179.
[14] GC., IV, parág. 333.
[15] GC., IV, parág. 354.
[16] S.
Freud: Historia del movimiento
psicoanalítico, capítulo 1. No obstante y a pesar de estas palabras de
Freud, parece realmente difícil de creer que no recibiera de modo directo -por
la lectura de las obras de Nietzsche que poseía- o indirecto -a través de la
común amiga Lou Salomé- alguna influencia. Llama especialmente la atención que
tanto Nietzsche como Freud se refiriesen a la conciencia con el mismo término:
“Ich” (yo), mientras que en el caso del inconsciente Nietzsche empleó el
término “Selbst” (“sí mismo”) y Freud el término “Es” (ello), no muy alejados
ambos términos por lo que se refiere a su significado.
[17] L. Wittgenstein: Tractatus
lógico-philosophicus, 7.
[18] No obstante, es posible que Parménides no defendiera tal punto de
vista desde un planteamiento
lingüístico, sino que simplemente realizase un proceso de abstracción racional
a partir de la realidad sensible, que le llevó hasta el concepto de ser
como cualidad compartida por cualquier realidad, y luego extrajo de
dicho concepto las cualidades que le debían ser propias desde la simple
deducción racional, al margen de lo que la experiencia le mostrase en relación
con las realidades percibidas por los sentidos.
[19] El ocaso de los ídolos, citado en adelante con las siglas “OI”, La ‘razón’ de la Filosofía, parág. 5.
[20] A, II, parág. 115. Recordemos cómo también en El viajero y su sombra (parág. 11) y en
La genealogía de la moral Nietzsche
critica el concepto de ‘libre albedrío’ a partir de estas consideraciones
relacionadas con el lenguaje, sobre las que más adelante presentaré un
comentario.
[21] BM, III, parág. 54.
[22] GC, parág. 265.
[23] VM,
p. 25.
[24] J. Habermas: Sobre
Nietzsche y otros ensayos, p. 53. Ya Nietzsche había dicho una frase
similar a la de Habermas, indicando que el hecho de que una tesis sea
irrefutable no representa una demostración de que sea verdadera.
[25] La voluntad de poder, citado en adelante con las
siglas “VP”,
parág. 514. Ed. Prestigio, B. Aires,
1970.
[26] VP, parág. 625.
[27] BM, secc. I, parág. 4.
[28] BM, secc. II, parág.
34.
[29] VP, III, parág. 584.
[30] GC, V, 344.
[31] La
inocencia del devenir, parág.
1271. La inocencia del devenir. Fragmentos póstumos. Tomo V de Obras
completas de Nietzsche, Ed. Prestigio, B. Aires, 1970.
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