Nietzsche: El resentimiento en el cristianismo
Respecto a Tomás de Aquino, cita,
aunque de manera no literal, una frase de la Suma Teológica según la cual,
“Los
bienaventurados en el reino celestial contemplarán los castigos de los
condenados para que su felicidad más les complazca”[1].
Evidentemente es una muestra del resentimiento de que habla Nietzsche el que una parte de la felicidad de alguien sea consecuencia de la contemplación del sufrimiento de otro. Y, por lo mismo, es una contradicción que en la supuesta “religión del amor” el odio a los condenados y la contemplación de sus sufrimientos vaya a formar parte de la felicidad de sus fieles.
Nietzsche cita igualmente un largo
párrafo de Tertuliano, con un sentido similar al del texto de Tomás de Aquino,
en el que su autor se recrea de manera más descriptiva ante la visión
gratificante y consoladora (!) del sufrimiento de los condenados. Y, respecto al
Apocalipsis, escribe con acierto que
es…
…“el
más salvaje de los atentados escritos que la venganza tiene sobre su conciencia”[2].
Quien haya leído este último libro de
la Biblia católica sabe que realmente
se trata de un libro terrorífico, a pesar de que, por su carácter absurdo,
puede verse más bien como una obra que sólo puede servir de guión para una
película de terror o para asustar a niños y a mayores sin capacidad de
reflexión crítica. Desde luego, se trata de un escrito que para nada sugiere haber
sido inspirado por el supuesto dios amor
del cristianismo sino, si acaso, por un ser sumamente cruel, dominado por un
odio ciego y absurdo. Parece que el propósito de quien volcó su imaginación en este
escrito pudo ser, precisamente, el de provocar el terror en sus lectores a fin de
coaccionarles para que aceptasen la nueva fe[3].
Como consecuencia del resentimiento patente en estos escritos,
es comprensible que Nietzsche reflejase en diversos textos críticas como las
siguientes:
a) “Lo
que en otro tiempo no era más que algo enfermo se ha convertido hoy en algo
indecente, —es indecente ser cristiano. Y aquí comienza mi náusea [...] Por muy modesta que sea la probidad
exigida, hoy día no se puede menos que saber que con cada frase que pronuncia
un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente [...] También el
sacerdote sabe ya, como todo el mundo, que no hay un ‘Dios’, un ‘pecador’ un
‘Redentor’; que la ‘voluntad libre’, el ‘orden moral del mundo’ son mentiras”[4].
b) “La
Iglesia pertenece al triunfo de lo
anticristiano igual que el Estado moderno, el nacionalismo moderno... La Iglesia
es la barbarización del cristianismo”[5].
c) “La
Iglesia es exactamente aquello contra
lo cual predicó Jesús y contra lo cual enseñó a luchar a sus discípulos”[6].
Sin embargo, su visión dual del cristianismo, viendo en el cristianismo oficial una degeneración del cristianismo de Jesús, no fue acertada, pues, al margen de las dificultades insuperables para llegar a conocer cuál pudo ser el pensamiento de Jesús –suponiendo que hubiera existido-, es evidente que la imagen que de él presentan los evangelios es contradictoria, en cuanto en ellos Jesús, del mismo modo que defiende la doctrina del amor, proclama igualmente la de la venganza contra quienes no hayan creído en él.
Por otra parte y en relación con los
últimos textos citados, tiene interés realizar algún comentario:
Así, respecto al texto a, hay quien podría decir que Nietzsche exagera al afirmar que los dirigentes del cristianismo mienten cuando hablan sobre temas de su religión, pero ciertamente eso es lo que parece suceder en muchos casos, de manera que el pensador alemán se aproxima a la verdad cuando dice que “un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente…”, pues es la forma de vida de cada persona, más que sus palabras, lo que muestra cuáles son sus auténticas convicciones, y en este sentido la forma de vida de la jerarquía católica en particular no sugiere que esté guiada por otro ideal que el de amasar poder y riquezas, lo cual representa el polo opuesto a lo que en teoría constituía el pilar esencial de las doctrinas del Jesús evangélico, al margen de que estas doctrinas sean igualmente una larga serie de falsedades, como las que Nietzsche enumera en ese mismo pasaje.
Así, por lo que se refiere a la crítica de Nietzsche respecto a la existencia de un “Redentor”, hay que decir que en efecto se trata de una doctrina ridícula y contradictoria, pues un dios infinitamente misericordioso no necesitaba enviar ningún “redentor” para perdonar a quien hubiera querido, pero es evidente que en los tiempos en que se inventó esta doctrina no se concebía la idea de Dios desde el punto de vista de su amor y misericordia infinitos, sino como la de un ser sumamente vengativo, tal como aparece ya en el Antiguo Testamento y como vuelve a aparecer en el nuevo, con sus amenazas relacionadas con el “fuego eterno”. Y es el colmo del absurdo que el dios cristiano no sólo fuera impotente para perdonar a la humanidad sin necesidad de redentor alguno, sino que además la víctima del sacrificio tuviera que ser el supuesto hijo de ese Dios, del que a la vez se dice que se identifica con el mismo Dios, por lo que la redención implicaría la absurda inmolación de Dios sacrificándose a sí mismo para conceder el perdón a la humanidad, como si no hubiera podido perdonar sin necesidad de sacrificio alguno. Pero, además, ¿de qué tenía que redimirnos? ¿del pecado original? Evidentemente es un nuevo absurdo la doctrina que generaliza para toda la descendencia humana el hecho de que sus míticos antepasados, Adán y Eva, desobedecieran una orden de su supuesto creador.
Y, por lo que se refiere al “orden moral”,
su crítica tiene diversos fundamentos, cada uno de los cuales sería suficiente
para validarla. Además, ya desde su acertada crítica al libre albedrío una
consecuencia lógica es que la responsabilidad, la moral del bien y del mal, del
mérito y de la culpa, del premio y del castigo, no tienen sentido alguno.
Respecto a la pregunta por cuál sería
el fundamento que podría justificar dicha moral, nos encontramos con la respuesta
según la cual, desde la perspectiva de Nietzsche la “muerte de dios” implica la
desaparición del único fundamento que hubiera servido para justificarla. Aunque
sólo sería una causa necesaria, pero no suficiente[7]-.
En relación con el texto b, Nietzsche acierta también si entendemos que la esencia del cristianismo podría haber consistido en una doctrina de amor auténtico y universal, pero, ya desde muy pronto, el cristianismo se convirtió en un formidable negocio compulsivo, movido sobre todo por la ambición de poder y de riquezas materiales, con la simple tapadera hipócrita de sus dirigentes manifestando su preocupación por el amor, la compasión y la ayuda a los pobres, y disimulando de este modo sus auténticos intereses que todo el mundo puede conocer viendo simplemente las incalculables riquezas de que se ha apoderado la iglesia católica a lo largo de la historia, viendo cómo vive su jerarquía y haciendo un ligero repaso histórico de lo que ha sido y sigue siendo esta asociación.
Los ideales de Jesús, aunque
diferentes, no representarían el polo opuesto a los de la iglesia que dice
seguirle, pues Jesús habría predicado al margen de toda racionalidad desde el momento en que exigía la fe ciega en sus palabras y amenazaba con el fuego eterno a quienes
no creyeran en él.
Y, cuando afirma Nietzsche que “la Iglesia es la barbarización del cristianismo”, hay que decir que acierta en cuanto el Jesús evangélico predicó en favor de los pobres y en contra de los ricos, mientras que Pablo de Tarso justificó a los ricos y abrió el camino a la Iglesia para que se convirtiera en una potencia económica mundial, especialmente asombrosa por la enorme riqueza obtenida a cambio de nada, o, si se quiere, a cambio de multitud de mentiras absurdas o de tareas como la legitimación y el apoyo de multitud de gobiernos ilegítimos, defendiendo, cuando le ha interesado, que el poder de los gobernantes proviene de Dios y exigiendo, en consecuencia, a sus fieles el sometimiento a ellos, obteniendo de los gobernantes a cambio toda una serie de privilegios y donaciones que le han servido y le sirven para seguir llenando las arcas sin fondo del Vaticano.
Y respecto al texto c, coherente y consecuente con el texto b, su consideración es parcialmente acertada, pues al margen de los ideales del Jesús evangélico, de carácter religioso -y quizá también político-, lo que es evidente es que su forma de vida, sencilla y próxima especialmente a la gente humilde, habría sido traicionada por la jerarquía de la iglesia católica, la cual ha estado guiada a través de los siglos por el ansia de poder y de riquezas y por la ostentación de ese poder mediante sus lujos faraónicos que desmienten su hipócrita defensa de quienes viven y mueren en medio de la más absoluta miseria sin que la jerarquía de la iglesia haga nada por remediar esta situación, a pesar de los exorbitantes medios con que cuenta.
Sin embargo, a pesar de estas críticas al cristianismo oficial, Nietzsche no lo ataca por su compulsiva obsesión por las riquezas materiales sino por el resentimiento, por la sed de venganza que predomina en dicha asociación contra quienes, dotados de fortaleza y energía, gozan de la vida sin someterse a otros dictados que a los de su propia voluntad, y, en definitiva, por su teórico desprecio a los valores de la vida terrena, al margen de que en la práctica la jerarquía cristiana, casi desde sus comienzos, se haya caracterizado especialmente por su hipocresía y por su incoherencia respecto a las doctrinas que predica.
Jesús había dicho “mi reino no es de
este mundo” y Nietzsche desprecia estas palabras en cuanto implican un rechazo
de los valores de esta vida terrena para poner todo valor en una vida meramente
imaginaria, la “vida eterna”. Por esta misma razón en otros momentos insistió
en la frase según la cual el mayor pecado
contra esta vida era la creencia en otra vida mejor.
Como consecuencia de estas reflexiones,
Nietzsche pronuncia su ‘veredicto final’ contra el cristianismo:
“Declaro
culpable al cristianismo, formulo contra la Iglesia cristiana la acusación
más terrible que ha sido formulada jamás por acusador alguno. Ella es para mí
la más grande de todas las corrupciones imaginables [...] La Iglesia cristiana
[...] ha hecho de todo valor un sin valor, de toda verdad una mentira y de toda
probidad una falsía de alma [...]
El parasitismo es la práctica exclusiva de la Iglesia; con su ideal de anemia, de ‘santidad’, chupa toda sangre, todo amor, toda esperanza en la vida; el más allá como voluntad de negación de toda realidad; la cruz como signo de la conspiración más solapada que se ha dado jamás, contra la salud, la belleza, la plenitud, la valentía, el espíritu y la bondad del alma; contra la misma vida... […].
Yo llamo al cristianismo la única gran maldición, la única
grande intimísima corrupción, el único
gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso,
sigiloso, subterráneo, pequeño, —yo
lo llamo la única inmortal mancha
deshonrosa de la humanidad…”[8]
Por ello, frente a esa actitud nihilista, dominada por el resentimiento y la falsedad, propia de este cristianismo
oficial, Nietzsche aconseja tener fortaleza para permanecer fieles a esta
tierra, librándonos del espejismo de la “otra vida”:
“No
ocultéis por más tiempo la cabeza en el polvo de las cosas celestiales; llevad
la cabeza erguida, llevad una cabeza de tierra, que engendre el sentido de la
tierra”[9].
Comentario crítico: En relación con las anteriores palabras de Nietzsche me parece conveniente hacer un nuevo comentario: Al margen de los motivos objetivos que tuviera para criticar a la iglesia católica, Nietzsche incurrió de nuevo en la misma contradicción antes señalada, la de criticar el cristianismo mediante juicios morales , a pesar de que anteriormente había llegado a la conclusión de que no existían fenómenos morales. Hubiera tenido cierto sentido que manifestase su antipatía y desprecio por esa institución, pero no lo tenía que la calificase con términos morales, como cuando la califica como “la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad”. Es evidente que Nietzsche no pudo reprimir su indignación ante la actuación de la iglesia, tan contraria a los valores supuestamente predicados por Jesús, pero, desde que la moral había desaparecido del escenario, solo tenía sentido manifestar la repugnancia que esta organización provocaba en él y describir lo que sucedía, pero sin realizar condena moral alguna a fin de no incurrir en contradicción. Tal vez el odio que sentía por esta institución le condujo a manifestarse mediante estos pronunciamientos “morales” por resultar más intensamente expresivos, a pesar de que su intención no fuera por el camino de la condena moral.
[1] GM I
14. Nietzsche escribe: “Beati in regno
coelesti videbunt poenas damnatorum ut beatitudo illis magis complaceat”; sin embargo,
aunque no cita las palabras de Tomás de Aquino de manera literal, refleja fielmente
su sentido. Las palabras de la Suma
Teológica son las siguientes: “Ut beatitudo sanctorum eis magis complaceat,
et de ea uberiores gratias Deo agant, datur eis ut poenam impiorum perfecte
intueantur” (Summa Theologica, V, Suppl.,
q.
[2] Las referencias a estos escritos se encuentran en La genealogía de la moral, I, 14.
[3] En dicha obra se manifiesta una absoluta y caprichosa predilección
por los israelitas y una total indiferencia por los demás pueblos: De los
israelitas doce mil miembros de cada una de las doce tribus debían ser marcados
“en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios”, mientras que los
no israelitas quedarían al margen de dicha selección.
[4] AC, cap. 38.
[5] VP, parag. 250.
Prestigio.
[6] VP, parág. 221. Prestigio.
[7] Es verdad, por
otra parte, que, si al término “moral” se le da un sentido amplio y relativo,
referido a determinadas normas de convivencia con valor simplemente humano y
convencional, en tal caso se podría seguir hablando de moral, pero sin las
absurdas connotaciones y consecuencias que iban ligadas a la “moral absoluta”
que Nietzsche critica.
[8] AC, parág. 62.
[9] Z, I, “De los de detrás del mundo”.
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