lunes, 10 de enero de 2022

             Nietzsche: La voluntad de poder

Autor: Antonio García Ninet, doctor en Filosofía por la Universidad de Valencia (España)[1]

El concepto de “voluntad de poder”, tan esencial en la filosofía de Nietzsche, proviene del concepto de “voluntad” de A. Schopenhauer, quien lo había utilizado como categoría suprema de su propia filosofía para referirse a la fuerza única y esencia del Universo, que determinaba y se manifestaba tanto en las acciones humanas como en el conjunto de cambios del mismo Universo.

El uso de ese término parecía un antropomorfismo, ya que el concepto de voluntad se había utilizado para hacer referencia a determinada facultad humana y a la conducta humana “voluntaria”. Al parecer, sin embargo, tanto Schopenhauer como Nietzsche pensaron que en el fondo la fuerza que movía la Naturaleza se identificaba con la Naturaleza misma y era la misma que en último término determinaba las decisiones y las acciones humanas. Por ello, no tuvieron inconveniente alguno en denominar a esa fuerza “voluntad”[2] –igual que hubieran podido denominarla “energía”-. Ya en la antigüedad griega Empédocles (s. V a. de n. era) había actuado de manera similar cuando, al referirse a las fuerzas que determinaban la unión o la separación de los diversos fenómenos y elementos del Universo, se había servido de los conceptos de “amor” y de “odio”, sentimientos propios especialmente del ser humano, que pensó que podía aplicar al Universo en general como fuerzas de atracción o de repulsión. 

En Schopenhauer la “voluntad” era la fuerza que caracterizaba esencialmente al Universo y daba lugar a todos los fenómenos que en él se producían. Al concepto de “voluntad”, pero referido al hombre y a los demás seres vivos, Schopenhauer lo calificó de manera especial como “voluntad de vivir”. La manifestación más evidente de esa “voluntad de vivir” se encontraba en las acciones encaminadas a satisfacer el instinto de conservación del individuo y de la especie.

Por su parte, inicialmente pero también en una de sus últimas obras, como Más allá del bien y del mal, Nietzsche asumió el concepto de “voluntad” o de “voluntad de vivir” de Schopenhauer sin modificación alguna, como puede comprobarse en el siguiente pasaje:

“en todo tiempo la ávida voluntad halla la manera de retener a sus criaturas en la vida y de forzarlas a seguir viviendo, mediante una ilusión tendida sobre las cosas”[3].

Sin embargo, más adelante se refirió a esta cuestión, olvidando que inicialmente había seguido a Schopenhauer, y pretendió corregir aquel concepto de voluntad, sustituyéndolo por el de voluntad de poder, considerando que, en cuanto el impulso del ser humano no era simplemente el de vivir, puesto que ya vivía, sino el de adquirir mayor poder, tanto en relación con los miembros de su propia especie como en relación con la Naturaleza en general, en lugar de hablar simplemente de “voluntad de vivir” consideró que había que hablar de “voluntad de poder” y por ello escribió:

- “¡Lo que no es no puede querer! Pero lo que tiene existencia, ¿cómo podría “querer existir”?”[4]

- “No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien contra ella lanzó la frase “voluntad de existir”: ¡tal voluntad no existe!”[5].

Pero, como se ha podido ver en la anterior cita de El origen de la tragedia, el propio Nietzsche había utilizado el término voluntad dándole el sentido que ahora criticaba, atribuyéndolo exclusivamente a Schopenhauer, de manera que en estos dos últimos pasajes Nietzsche pareció haber olvidado este detalle tan importante y, en consecuencia, no interpretó adecuadamente el punto de vista de Schopenhauer acerca de la “voluntad de existir” o “voluntad de vivir”, pues su sentido no era literalmente el de voluntad de existir o de vivir en el ser que ya existía o vivía, sino el de seguir existiendo o viviendo, en cuanto la vida no se mantenía por simple inercia sino que, para mantenerla, se requería de una voluntad o de un esfuerzo continuo –un activo instinto de conservación- a fin de mantener la vida, y ése parece haber sido el sentido de la “voluntad” -o de la “voluntad de existir”- en Schopenhauer. Además, en la obra antes citada el mismo Nietzsche se refiere a la voluntad como fuerza para “seguir viviendo”[6], lo cual demuestra que su sustitución del término “voluntad”, cambiándolo por el de “voluntad de poder”, no era necesaria -al menos por el motivo que adujo- y que, como luego se verá- este cambio llegó incluso a ser un impedimento absoluto para su compatibilidad con la doctrina del eterno retorno, pues la voluntad de poder, en el sentido unidireccional que inicialmente le dio Nietzsche, dirigido hacia la progresiva integración de fuerzas en unidades cada vez mayores, era incompatible con el eterno retorno, cuya posibilidad se relacionaba con la existencia de una fuerza que actuase en una doble dirección: En una primera fase debía actuar integrando unidades de fuerza en otras cada vez mayores, pero, en la fase siguiente, debía actuar disgregándolas para que el círculo del eterno retorno se completase y el nuevo proceso de integración de fuerzas pudiera dar comienzo otra vez en un eterno retorno.    

1. Un misterioso cambio conceptual en la voluntad de poder

Sin embargo y como ya he indicado, en los primeros momentos en que Nietzsche defendió la doctrina del eterno retorno (en 1881), sólo había concedido a la voluntad de poder el sentido de “fuerza unidireccional”, viéndolo como la energía y la esencia propia de la naturaleza, cuya tendencia espontánea era la continua integración de unidades de fuerza más pequeñas en otras cada vez mayores, tendiendo a alcanzar la plena integra-ción del Universo en una especie de unidad más cohesionada:

“...la única realidad es la voluntad de ser más fuerte desde cada centro de fuerza; no conservación, sino voluntad de apropiación, dominación, crecimiento, acrecenta-miento de poder [...] La voluntad no es sino voluntad de poder”[7].

Pero, como ya he comentado, dicha voluntad de poder, así entendida, habría sido incompatible con el eterno retorno desde el momento en que iba encaminada en una dirección única, la de la integración de fuerzas, mientras que, a fin de que el eterno retorno fuera posible, se requerían dos direcciones, la de integración y la de disgregación; pues, sólo a partir de la culminación de esta última, se podría reiniciar cada nuevo ciclo del eterno retorno. Sin embargo, parece que Nietzsche no reparó inicialmente en que, como fuerza exclusivamente integradora, dicha voluntad de poder era incompatible con el eterno retorno, ya que el Universo, una vez alcanzado el estado de plena integración, habría quedado inmovilizado para siempre.

Por ello, cuando Nietzsche comprendió que sin la fase de disgregación el eterno retorno era imposible, parece que comprendió a la vez que debía modificar el concepto de voluntad de poder y, en consecuencia, lo cambió dándole el doble significado de voluntad integradora y de voluntad disgregadora de fuerzas. Otra solución que hubiera podido adoptar era la contraria: Puesto que la voluntad de poder tenía una dirección exclusivamente integradora, eso podía llevarle a descartar el eterno retorno. Sin embargo, parece que la obsesión de Nietzsche por la conservación de la doctrina del eterno retorno le condujo a la solución primera. 

Su modificación de este concepto central de su cosmología se debió a que, cuando en 1881 quedó convencido del valor de la doctrina del eterno retorno, la cual implicaba la eterna repetición de la incalculable serie de fenómenos del Universo así como la pervivencia eterna de la vida y de la individualidad personal, debió de comprender también, más pronto o más tarde, que para que el eterno retorno pudiera realizarse, era necesario que la voluntad de poder no tuviera exclusivamente el sentido de una acción integradora sino también disgregadora de la  fuerza del Universo.

Hay que tener en cuenta además que a Nietzsche le atraía la idea del eterno retorno como un modo de asegurarse alguna forma de inmortalidad personal, sucedáneo en cierto modo de aquella vida eterna defendida en la mitología cristiana, en la que había creído durante su infancia y su adolescencia, de manera que tal atracción pudo influir en que viera la idea del eterno retorno con mucha mayor seguridad subjetiva que la que objetivamente le correspondía de acuerdo con los datos objetivos con que contaba para defenderla. Pero, a fin de que esta doctrina pudiera ser aceptable -al menos como hipótesis-, tuvo que asumir no sólo el carácter integrador de la voluntad de poder sino también su carácter disgregador, pues en caso contrario hubiera debido desecharla, en cuanto la trayectoria del tiempo no habría podido ser circular en el sentido de que todos los sucesos posibles del Universo se produjeran hasta llegar un momento en que todas sus combinaciones posibles se hubieran dado, de forma que cualquier otra fuera ya la repetición de una ya sucedida, y, a partir de ésa se produjeran de nuevo todas las demás en un eterno retorno, sino que habría tenido que imaginar el tiempo como un vector rectilíneo dirigido hacia el infinito -en cuanto la serie de sucesos también lo fuera- o hacia un estado final inmóvil -una vez alcanzada la plena integración a que la voluntad de poder, de acuerdo con el primer concepto, conducía-.

En definitiva, Nietzsche modificó el significado que inicialmente había dado al concepto de voluntad de poder especialmente porque sólo de ese modo era compatible con la doctrina del eterno retorno y escribió un pasaje especial y quizá intencionadamente elocuente relacionado con la voluntad de poder con ese doble significado, pero sin advertir que, en efecto, se trataba de un nuevo concepto, como si hubiese querido dar a entender que en todo momento había utilizado el concepto de voluntad de poder con ese doble significado que, sin embargo, era nuevo, como se verá a continuación comparando diversos pasajes en los que la voluntad de poder aparece con un valor únicamente integrador de fuerzas con otros en los que finalmente aparece con esa dualidad de valores, integrador y disgregador de fuerzas.

Así, como ejemplos del uso del concepto de voluntad de poder con un sentido unidireccional, tenemos:

- “Todo ser vivo se extiende todo lo que puede con su fuerza y somete a sí mismo a lo más débil: así se satisface.”[8]

- “Yo me guardo de hablar de “leyes” químicas: esto tiene un resabio moral. Se trata más bien de una absoluta constatación de las relaciones de poder: lo más fuerte se adueña de lo más débil, en la medida en que éste precisamente no puede imponer su nivel de independencia.”[9]

- “Donde divisé un ser vivo, allí encontré también voluntad de poder: e incluso en la voluntad del siervo encontré la voluntad de ser señor”[10].

- “La vida misma es esencialmente apropiación, violación, dominación de lo extraño y débil, opresión, dureza, imposición de las propias formas, absorción y, cuando menos en la forma más suave, explotación [...] la vida es voluntad de poder[11].

- “...la única realidad es la voluntad de ser más fuerte desde cada centro de fuerza; no conservación, sino voluntad de apropiación, dominación, crecimiento, acrecentamiento de poder [...] La voluntad no es sino voluntad de poder”[12],

Es evidente a través de estos ejemplos el valor unidireccional de la voluntad de poder, como ejercicio de poder de lo fuerte sobre lo débil o del fuerte sobre el débil, como aumento de poder en definitiva, pero nunca como disgregación de ese poder.

Sin embargo, en los siguientes pasajes, el segundo de los cuales es especialmente conocido y ambos pertenecen al escrito póstumo La voluntad de poder, esta fuerza aparece ya con ese carácter bidireccional antes mencionado, tanto integrador como disgregador de fuerzas:

a) “ambos procesos —el de disgregación y el de concentración— deben entenderse como efectos de la voluntad de poder. Hasta en sus mínimos fragmentos tiene la voluntad de concentrarse. Mas para concentrarse en alguna parte, es forzado a diluirse en alguna otra parte”[13];

b) “¿Y sabéis qué es para mí “el mundo”? [...] Este mundo: una inmensidad de fuerza, sin comienzo, sin fin, una magnitud sólida y férrea de fuerza, que no aumenta ni disminuye, que no se consume, sino que sólo se transforma, inmutablemente como un todo, una economía sin gastos ni pérdidas, pero asimismo sin crecimiento, sin ingresos, envuelto por la ‘nada’ como por su límite, nada que se desvanezca, que se disipe, nada infinitamente extenso, sino como una fuerza determinada, colocada en un espacio determinado, y no un espacio que estuviera ‘vacío’ en alguna parte, antes bien como fuerza por todas partes, como juego de fuerzas y ondas de fuerza, a la vez uno y “múltiple”; [...] un mar de fuerzas que se precipitan sobre sí mismas y se agitan, cambiando eternamente, refluyendo eternamente, con enormes años de retorno, con un flujo y reflujo de sus formas, pasan-do desde las más sencillas a las más variadas, desde lo más tranquilo, rígido, frío a lo más ardiente, salvaje, contradictorio consigo mismo, y luego de nuevo volviendo desde la plenitud a lo simple, desde el juego de las contradicciones hasta el placer de la armonía, afirmándose a sí mismo incluso en esta igualdad de sus trayectorias y años, bendiciéndose a sí mismo como aquello que tiene que retornar eternamente [...]: éste es mi mundo dionisíaco del eterno crearse- a-sí-mismo, del eterno destruirse-a-sí-mismo [...] Este mundo es la voluntad de poder ¡y nada más! Y también vosotros mismos sois esta voluntad de poder —¡y nada más!”[14]. 

Comento a continuación un aspecto de estos dos pasajes:

En el texto a, hablando de la voluntad de poder, escribe Nietzsche: “para concentrarse en alguna parte, es forzado a diluirse en alguna otra parte”. Ahora bien, el hecho de que la expresión “es forzado” aparezca en voz pasiva puede ser especialmente significativo de que Nietzsche encontró en ese momento una seria dificultad para expresar su nuevo concepto de la voluntad de poder, teniendo que modificar su pensamiento, pues, como hasta este momento la voluntad de poder había teni-do sólo un sentido integrador y no disgregador, posiblemente por ese motivo Nietzsche no escribió que la voluntad de poder fuera la que activamente se disgregaba sino sólo que era forzada a diluirse. Pero, si eso hubiera sido así, la pregunta que surgiría a continuación es: ¿Por quién o por qué fue forzada? ¿Qué podía forzar a la voluntad de poder o al Universo a diluirse o disgregarse, si la única fuerza existente en dicho Universo era la de la voluntad de poder –identificada con el mismo Universo-? La falta de respuesta es también una respuesta.

Observamos, sin embargo, que en el texto b Nietzsche asume con la mayor naturalidad –al menos aparente- que la voluntad de poder abarca tanto “el eterno crearse-a-sí-mismo” como “el eterno destruirse-a-sí-mismo”, sin la mediación del misterioso personaje que había hecho de sujeto paciente de aquel verbo, “es forzado”, del pasaje a. Por otra parte y siendo suspicaz, se podría pensar que la llamativa extensión de este último pasaje así como su barroquismo poético fuera una manera de intentar llamar la atención sobre este aspecto del escrito para conseguir que el final del pasaje, en el que se habla del carácter bidireccional de la voluntad de poder, pasara desapercibido, como si ése hubiera sido el único punto de vista de Nietzsche acerca de la voluntad de poder a lo largo de toda su trayectoria filosófica.

Pero, evidentemente, con estas afirmaciones parece que Nietzsche quiso solucionar el problema que se planteaba si seguía considerando la voluntad de poder con un carácter unidireccional integrador de fuerzas y no el de fuerza igualmente disgregadora, pues en tal caso era imposible que el eterno retorno se produjera, ya que no había forma de que se produjera el proceso por el cual las creaciones de la voluntad de poder se destruyeran para dar lugar a un nuevo comienzo en el proceso de integración y, en definitiva, a su eterna repetición.

Parece evidente, pues, que Nietzsche se dio cuenta del problema consistente en cómo hacer compatibles la voluntad de poder y el eterno retorno, y que, a partir de entonces, utilizó el concepto de voluntad de poder de una manera más amplia, abarcando ambos procesos antagónicos.

No obstante, debería haber cambiado el término “voluntad de poder”, en cuanto equivalente exclusivamente a voluntad de integración de fuerzas, por otro que abarcase en su significado tanto la integración como la disgregación de fuerzas. Parece, sin embargo, que no lo hizo porque eso habría significado el reconocimiento de su error inicial, tanto al criticar a Schopenhauer como al atribuir a la voluntad de poder un significado exclusivamente integrador.

Evidentemente, si Nietzsche deseaba dar una explicación del ciclo del eterno retorno, tenía que encontrar una explicación respecto a la causa de los procesos disgregadores del Universo, en cuanto estos eran necesarios para completar el ciclo completo del eterno retorno, pero lo que entonces quedaba sin explicar era la contradictoria tendencia de la voluntad de poder a integrar y a disgregar las diversas formaciones del Universo, pues su propio nombre hacía referencia exclusivamente a su carácter integrador y no al disgregador, y, quizá por este motivo, E. Fink atribuyó erróneamente esta fuerza disgregadora al eterno retorno, a pesar de que éste sólo representaba una descripción de la trayectoria temporal de los cambios que debían producirse en el Universo hasta completar todas sus posibilidades combinatorias para dar lugar a un nuevo ciclo, repetición del anterior, mientras que la voluntad de poder habría sido el auténtico motor, sujeto agente y paciente de todos los procesos, y, por ello mismo, la que habría determinado la trayectoria cíclica temporal de los fenómenos del Universo.

Lo que en cualquier caso quedaría sin responder en relación con estas cuestiones serían algunas preguntas como las siguientes:

a) ¿Son compatibles entre sí ambas tendencias de la voluntad de poder?

En principio parecen contradictorias, pues evidentemente integrar es lo contrario de disgregar. Así que por mucho que Nietzsche afirmase finalmente que la voluntad de poder tendría esas dos formas de actuar, no ofrece en ningún momento una explicación de por qué y cómo podrían alternarse estas dos fases, la de disgregación y la de integración. Hay que tener en cuenta además que la percepción del Universo, tanto en el tiempo de Nietzsche como en la actualidad es una percepción de una región mínima de dicho Universo en relación con su totalidad, por lo que la experiencia no puede informarnos más que de esta zona del Universo y de lo que sucede en este lapso temporal tan corto, pero nada nos muestra que pueda servirnos para proclamar que se encuentra en una fase absoluta de integración o de disgregación, ni por ello mismo si después de una fase comenzará otra tan opuesta como la indicada por Nietzsche.

Además, cuando observamos la naturaleza y las leyes con que parece funcionar, no vemos que éstas cambien en su forma de actuar según plazos de tiempo más o menos largos, sino que actúan siempre igual, al margen de que, como indicó Hume, esta regularidad constante de los fenómenos sólo indica que hasta ahora y según lo que conocemos la Naturaleza se ha comportado de un determinado modo, pero no indica que en el futuro deba comportarse necesariamente de ese mismo modo. Así, vemos que la fuerza de la gravitación universal actúa invariablemente en un sentido parecido al descrito por Newton –con las correcciones señaladas por Einstein, poco más o menos-. Y, según lo que conocemos, hasta ahora la naturaleza ha funcionado de acuerdo con esas mismas leyes, de manera que la probabilidad de que cambien, atendiendo a lo sucedido en el pasado, parece enormemente remota. Es cierto, por otra parte, que esta visión del Universo se ciñe a un periodo de tiempo muy corto desde un punto de vista cosmológico -aunque aparentemente largo desde un punto de vista antropológico-, y, por ello, no habría que descartar la posibilidad de que, efectivamente, tanto la ley de la gravitación como muchas otras leyes que nos parecen inamovibles y eternas dejasen de funcionar como lo hacen en cualquier otro momento del tiempo.    

b) ¿Cuándo y por qué la voluntad de poder dejaría de actuar como fuerza integradora para comenzar a actuar como fuerza disgregadora?

El Universo es tan grandioso que tal vez no seamos capaces de encontrar una respuesta razonable para esta pregunta. Pero tal vez llegue un momento en el que veamos como compatibles los conceptos de integración y disgregación, comprendiendo que el Universo tiene dos fases en su constante evolución, la de expansión y la de compresión, y en ese caso habría una explicación para el hecho de que el Universo se encontrase en expansión sin que las galaxias se hayan alejado tanto que hayan dejado de ver-se desde la Tierra, pues no parece que deban estar alejándose de manera indefinida sino que debe de haber un momento en el que la expansión, provocada por no sabemos qué fenómenos anteriores -tal vez el big bang-, dé paso a la compresión por la ley de la gravedad actuando sobre la masa total del Universo. Y, en este sentido, los posibles movimientos de integración y disgregación del Universo serían explicables al igual que el movimiento de una piedra, que, cuando es lanzada hacia arriba, después de algunos segundos deja de ascender y comienza a descender, de manera que su movimiento resulta comprensible a partir de la combinación de la masa de la piedra, de la fuerza imprimida, del principio de inercia y de la ley de la gravitación.     

Tal vez un motivo similar al de esta dualidad de movimientos antagónicos fue el que condujo a Empédocles a recurrir a dos fuerzas contrarias para explicar los diversos fenómenos del Universo, el amor y el odio; por el amor la realidad tendía a unirse hasta alcanzar el máximo nivel de concentración en el que los diversos elementos perdían sus cualidades y todo se convertía en una unidad homogénea a la que Empédocles denominó “Sphairos” -esfera-; y, por el odio, a partir de esta realidad los elementos fueron separándose hasta llegar a una situación de máximo desorden, por lo que a este estado, tan opuesto al del “Sphairos”, lo llamó “Acosmia”, es decir, “Desorden”. Y la fuerza por la que estas situaciones opuestas se repetían incesantemente la lla-mó “anánke” -necesidad-, condición que también permaneció en el pensamiento de Nietzsche como absolutamente imprescindible para que el eterno retorno pudiera producirse. 

Pero, en definitiva, aunque los conceptos de amor y de odio, aplicados al Universo, sean antropomórficos, muestran cómo, desde la perspectiva de Empédocles, los movimientos opuestos de la realidad requerían no sólo de una fuerza sino de al menos dos, mientras que, en el caso de Nietzsche, que había recurrido a una sola fuerza, tuvo que dar finalmente a ésta las funciones opuestas que Empédocles había atribuido a dos. Como es natural, los planteamientos de Empédocles se producían en medio de una cultura mítica en la que el lógos comenzaba a buscar su lugar, pero la fantasía seguía teniendo el suyo. No obstante, resultaba bastante comprensible atribuir a dos fuerzas los movimientos opuestos de la realidad en lugar de atribuirlos a una y la misma fuerza, al margen de que Empédocles diera a esas fuerzas los nombres de “amor” y de “odio”.

Pero en este punto parece lógico dejar que sean los científicos quienes estudien esta cuestión y, si es posible, nos ofrezcan la solución adecuada.

2. Críticas a E. Fink y J. Habermas, y acuerdo parcial con W. Kaufmann

Por lo que se refiere a la relación entre la voluntad de poder y el eterno retorno, y hasta cierto punto al menos como consecuencia de la propia incoherencia de Nietzsche respecto al cambio de significado asignado a la voluntad de poder, hay algunas interpretaciones incorrectas, como las que se dan en los casos de E. Fink y J. Habermas, y una interpretación más adecuada, la de W. Kaufmann, que me parece conveniente comentar:

a) Así, E. Fink, posiblemente como consecuencia de haber interpretado el concepto de voluntad de poder en el primer sentido que Nietzsche le dio, es decir, como fuerza integradora, se equivoca cuando afirma:

“la voluntad de poder y el eterno retorno están relacionados por una extraña contradicción que no afecta a su verdad, sino que es precisamente la verdad radical de la vida, la contradicción de la vida misma [...] La voluntad de poder quiere forma. El eterno retorno destroza todas las formas. La voluntad de poder se proyecta al futuro; el eterno retorno convierte todo futuro en repetición y, por tanto, en pasado [...] La voluntad de poder y el eterno retorno se relacionan entre sí... como lo apolíneo y lo dionisíaco [...] Todos los productos de la voluntad de poder son en verdad ‘apariencia’. No hay cosas; sólo existe el devenir, la vida”[15].

En efecto, cuando Fink dice que el eterno retorno “destroza todas las formas”, se equivoca, pero su error se debe especialmente a que sigue entendiendo la voluntad de poder en aquel sentido unidireccional integrador que había tenido dicho concepto en casi todos los momentos de la producción filosófica de Nietzsche. Pero, como ya se ha podido ver, no es el eterno retorno el que destruye las diversas formas o centros de fuerza creados por la voluntad de poder, sino que es esta misma voluntad de poder la que, precisamente como consecuencia del nuevo concepto bidireccional, integrador y disgregador, que Nietzsche le atribuye, finalmente genera todos los procesos del Universo, tanto integradores como disgregadores de fuerza.

Por otra parte, aunque resulte atractiva la idea de establecer un paralelismo entre los conceptos de lo dionisiaco y lo apolíneo, por una parte, y los conceptos de “voluntad de poder” y “eterno retorno”, por otra, tal paralelismo resulta inaceptable, pues, aunque la “voluntad de poder” sí podría equipararse con lo dionisiaco, como fondo unitario del que surgen sus diversas manifestaciones apolíneas, el “eterno retorno” no tiene nada que ver con el concepto de lo apolíneo, en cuanto el eterno retorno sólo hace referencia al tiempo en el que las diversas configuraciones del Universo se realizan, un tiempo infinito, pero unas configuraciones limitadas como consecuencia de que el Universo también lo es. El eterno retorno hace referencia a la evolución temporal de los diversos centros de fuerza de la voluntad de poder, formando unidades cada vez mayores para de nuevo disgregarse por la misma fuerza de la voluntad de poder y para repetir infinitas veces los mismos procesos de integración y disgregación, en cuanto la fuerza que la impulsa nunca se pierde y en cuanto las configuraciones de dicha fuerza, por muy numerosas que sean, acaban por agotarse como consecuencia del carácter limitado del Universo.

Además, conviene tener presente que Nietzsche se sirve de los conceptos de lo apolíneo y lo dionisiaco ya hacia 1872, mientras que su aceptación del Eterno Retorno sólo se produce a partir de 1881.

Parece que Fink asumió el primer concepto de voluntad de poder, en el que ésta tenía un carácter exclusivamente integradora de fuerzas, y no llegó a tomar conciencia clara de los textos en que Nietzsche cambió dicho concepto, atribuyendo a la voluntad de poder esas dos fuerzas antagónicas, la integradora y la disgregadora, y por este motivo Fink atribuyó al eterno retorno el papel que Nietzsche asignó a la voluntad de poder cuando comprendió que sin la disgregación de fuerzas el eterno retorno era imposible.

b) Una opinión similar a la de E. Fink fue la defendida por J. Habermas, quien hizo referencia a

“la relación dialéctica que guardan entre sí estas dos tesis, [la de la voluntad de poder y la del curso cíclico de la naturaleza] al parecer, inconciliables”[16].  

En este caso concreto la opinión de Habermas acerca del supuesto carácter “inconciliable” entre la voluntad de poder y el eterno retorno puede ser comprensible en cuanto, efectivamente, en un primer momento y durante mucho tiempo Nietzsche entendió la voluntad de poder como una fuerza únicamente integradora de otras fuerzas menores. Y, efectivamente, de acuerdo con tal concepto, la voluntad de poder y el eterno retorno eran “inconciliables”, pues desde tal concepto no podía darse el eterno retorno. Ahora bien, si se tiene en cuenta que, de hecho, aunque sin previo aviso del motivo, Nietzsche modificó su concepto de voluntad de poder atribuyéndole tanto la integración de centros de fuerza como la de su disgregación, en tal caso la voluntad de poder y el eterno retorno dejaban de ser “inconciliables”.

No obstante, seguiría presentándose el problema de cómo explicar que una misma y única fuerza, la voluntad de poder, pudiera actuar de esas maneras tan opuestas, integrando y disgregando los centros de fuerza del Universo.  

En cualquier caso, la voluntad de poder y el eterno retorno serían perfectamente compatibles, siempre que la voluntad de poder se entendiera en el sentido último que le dio Nietzsche, y siempre que tal forma de actuar fuera posible y al margen de que la doctrina del eterno retorno fuera o no acertada por sí misma por otros motivos.

Así que parece que o bien Habermas no conocía los textos póstumos de Nietzsche, en los que utilizó el concepto de voluntad de poder en ambos sentidos, como integrador y como disgregador de fuerzas, o bien no se percató de este cambio conceptual introducido por Nietzsche, quizá por el hecho de que el propio Nietzsche no dijo nada al respecto ni acerca de los motivos que le habían llevado a introducirlo.

Desde su punto de vista, la voluntad de poder determinaba el ciclo perpetuo del eterno retorno de lo mismo, teniendo en cuenta además que, según insiste Nietzsche en diversas ocasiones, el postulado de la conservación de la energía sería un argumento más en favor del eterno retorno[17]. Pero evidentemente, sólo si Habermas hubiera entendido que desde el cambio de enfoque de Nietzsche la voluntad de poder poseía ambas cualidades, las de integración y disgregación de fuerzas, habría podido ver que dicha voluntad de poder era compatible con el eterno retorno. 

c) Por su parte y en relación con esta misma cuestión, W. Kaufmann presenta una interpretación distinta a las de Fink y Habermas, considerando acertadamente que, en los últimos años de su filosofía, Nietzsche habría defendido la voluntad de poder como único principio fundamental:

“The basic difference between Nietzsche’s earlier and later theories is that his final philosophy is based on the assumtion of a single basic principle [...] When Nietzsche introduced the will of power into his thought, all the dualistic tendencies wich had rent it previously could be reduced to mere manifestations of this basic drive”[18].

Y, efectivamente, el punto de vista de W. Kaufmann resulta más acertado que los anteriores, pues, en efecto, desde la perspectiva de Nietzsche, la única fuerza que determina los cambios del Universo es la voluntad de poder, que se identifica además con el mismo Universo, mientras que el eterno retorno no representa fuerza alguna sino sólo la trayectoria “circular” relacionada con los cambios del Universo a lo largo del tiempo, en la que existiría una fase de integración y una fase de disgregación, al estilo de Heráclito y de Empédocles pero impulsadas ambas fases por una única fuerza, la voluntad de poder.

Por ello mismo, Kaufmann acierta cuando afirma que la filosofía última de Nietzsche “se basa en la aceptación de un único principio básico”, la voluntad de poder, pues la doctrina del eterno retorno, aceptada por Nietzsche, no era un “principio básico” sino sólo una cualidad en la manera de comportarse la misma voluntad de poder.     

En definitiva, cuando Nietzsche afirma que este mundo es

“una inmensidad de fuerza, sin comienzo, sin fin, [...] con un flujo y reflujo de sus formas, pasando desde las más sencillas a las más variadas, desde lo más tranquilo, rígido, frío a lo más ardiente, salvaje, contradictorio consigo mismo, y luego de nuevo volviendo desde la plenitud a lo simple, [...] éste es mi mundo dionisíaco del eterno crearse-a-sí-mismo, del eterno destruirse-a-sí-mismo [...]”[19],

al menos consigue que la voluntad de poder sea compatible con el eterno retorno, aunque desconozca las leyes y pormenores que hipotéticamente hubieran podido explicar ese misterioso proceso eterno, con su doble y opuesto movimiento.

Resulta sorprendente, sin embargo, que Kaufmann no mencione en ningún momento el cambio tan radical que Nietzsche introdujo en el concepto de la voluntad de poder para poder explicar el proceso del eterno retorno.

Y resulta curioso que precisamente esta nueva manera de entender la voluntad de poder se acerque de nuevo a –o incluso llegue a identificarse con- aquel concepto de “Voluntad”, anteriormente utilizado por Schopenhauer e inicialmente por el propio Nietzsche, tratando de corregirlo posteriormente para luego tener que regresar a ese mismo concepto, desde la crítica a su admirado Schopenhauer hasta el regreso a una doctrina más en la línea inicialmente sostenida en El origen de la tragedia. Tal vez, el bochorno ante la toma de conciencia de su propia evolución de ida y vuelta, en cuanto inicialmente había aceptado el concepto de voluntad de Schopenhauer para luego criticarlo y para finalmente volverlo a asumir, le frenó por completo a la hora de reconocer de manera explícita este cambio conceptual tan importante.

Por otra parte, desde esta nueva perspectiva habría mayor afinidad entre los planteamientos de Nietzsche y los de los cien-tíficos que, como Richard Tolman, plantean la hipótesis de un Universo oscilante –y por lo mismo cíclico- como alternativa a la de quienes defienden la hipótesis del Universo como una realidad que habría comenzado de manera absoluta (!) a partir del big bang, como el mismo papa Juan Pablo II se atrevió a proclamar –en cuanto la ignorancia y el dogmatismo son atrevidos y suelen ir  muy unidos-, pretendiendo dar lecciones a científicos como Stephen Hawkins y otros, y advirtiéndoles de que

“estaba bien estudiar la evolución del universo después del big bang, pero que no debíamos indagar en el big bang mis-mo, porque se trataba del momento de la Creación y por lo tanto de la obra de Dios”[20].     

Pero dejando a un lado al papa y sus dogmáticas opiniones basadas en la ignorancia, seguimos con Nietzsche.

Cuando el caminante de Sils María comenzó a utilizar el concepto de voluntad de poder, lo hizo reconociéndole un único sentido; pero, cuando escribió su texto más famoso relacionado con dicho concepto, consideró que esta fuerza tenía dos sentidos.

Desde el cambio conceptual producido, no habría contradicción en el pensamiento de Nietzsche por lo que se refiere a la compatibilidad entre voluntad de poder y eterno retorno, si no fuera por la existencia de una gran mayoría de otros textos en los que la voluntad de poder aparecía con un único sentido: como una fuerza con carácter unidireccional, dirigida a la integración de centros de fuerza cada vez mayores, lo cual dejaba sin explicar cuál era la causa de la disgregación de esos mismos centros de fuerza, al no existir un principio complementario y opuesto al de esa voluntad de poder integradora, defendida por él cuando, por ejemplo, escribió:

“...la única realidad es la voluntad de ser más fuerte desde cada centro de fuerza; no conservación, sino voluntad de apropiación, dominación, crecimiento, acrecenta-miento de poder [...] La voluntad no es sino voluntad de poder”[21].

Además, el hecho de que, frente al simple concepto de Voluntad -o Voluntad de existir-, afirmado por Schopenhauer para referirse a la fuerza inconsciente que plasma todas las formaciones del Universo, Nietzsche introdujera su voluntad ‘de poder’, especificando para dicha voluntad una determinada dirección, cerraba el paso para introducir un concepto nuevo, compatible con la cualidad contraria, es decir, como voluntad ‘disgregadora’, ya que, en tal caso, habría sido no sólo superfluo sino además contradictorio entenderla como voluntad ‘de poder’, término que guarda afinidad con el carácter unidireccional integrador de esa fuerza y que, por ello mismo, podría llamarse también voluntad ‘de integración’, pero que no parece que sea el más adecuado para hacer referencia a la fase “disgregadora” de dicha voluntad de poder.

No obstante, cuando en el pasaje antes citado de La voluntad de poder escribe

“éste es mi mundo dionisíaco del eterno crearse-a-sí-mis-mo, del eterno destruirse-a-sí-mismo [...] Este mundo es la voluntad de poder —¡y nada más!”,

esta contraposición entre el crearse-a-sí-mismo y el destruirse-a-sí-mismo podría haber sido asumible si el propio Nietzsche no hubiera utilizado en tantas ocasiones el concepto de voluntad de poder en el sentido unidireccional de integración de fuerzas a que había hecho referencia en tantas ocasiones, o si, en el caso de modificar ese concepto, al menos hubiera advertido en sus escritos de manera explícita del cambio realizado y de la justificación de dicho cambio.

Sin embargo, en ningún momento presentó una advertencia ni una explicación de este cambio de significado tan importante que daba al concepto de voluntad de poder ni del motivo de tal cambio, y, además, resulta sintomático que los pasajes incluidos, en los que defiende ese doble valor de la voluntad de poder, pertenezcan ambos a la obra póstuma de Nietzsche. Parece evidente que el motivo de que no diera una explicación de este cambio conceptual se relacionaba con la vehemencia con que anteriormente había defendido el carácter exclusivamente integrador de la voluntad de poder hasta el punto de renegar del simple término “voluntad” que Schopenhauer había dado a dicha fuerza, pero que luego, al comprender la incompatibilidad de tal sentido de la voluntad de poder con el eterno retorno, lo modificó para que fuera compatible con esta nueva teoría. Al parecer, tuvo un fuerte reparo en reconocer su error anterior, que le había llevado a pretender corregir el concepto de “voluntad” de Schopenhauer, y, por ese motivo, ni avisó del cambio conceptual realizado ni, en consecuencia, dio explicación alguna del motivo de dicho cambio.

Por otra parte, hay que hacer todavía una puntualización que resulta bastante sintomática:

Como terminamos de ver, cuando Nietzsche introdujo su cambio conceptual de la voluntad de poder, lo hizo especialmente a nivel cosmológico, refiriéndolo a la tendencia del Universo a integrar, pero también a disgregar, los distintos centros de fuerza en unidades cada vez mayores o menores según el momento del ciclo. Sin embargo, no introdujo o no aplicó de hecho este cambio conceptual cuando se refería a cuestiones de carácter biológico y humano, a pesar de que tal fuerza no debería haber tenido excepción de ninguna clase, ya que Nietzsche había rechazado que en estos dos planos de la realidad, el cosmológico y el biológico, la voluntad de poder actuase de distinto modo, por la sencilla razón de que juzgó acertadamente que en realidad no eran dos planos, sino un único plano, y, en este sentido, había escrito de manera explícita:

“la voluntad de poder gobierna también el mundo inorgánico, o mejor dicho […] no existe ningún mundo inorgánico[22].

¿Por qué no aplicó al ser humano el nuevo concepto de voluntad de poder? Pues parece que por la sencilla razón de que el único cambio que le interesaba era el necesario para presentar como compatible la voluntad de poder con el eterno retorno, cambio que era especialmente importante desde la perspectiva cosmológica, en cuanto desde ella era mucho más fácil tomar conciencia de la compatibilidad o de la falta de compatibilidad entre ambos conceptos, mientras que a nivel simplemente biológico el cambio conceptual habría sido especialmente llamativo y detectable por los lectores en cuanto había habido toda una serie de momentos y situaciones históricas que Nietzsche había interpretado de acuerdo con aquel primer concepto de voluntad de poder, por lo que habría resultado imposible explicarlos desde el nuevo concepto de voluntad de poder. Sin embargo, tal como se ha visto en el pasaje anterior, el propio Nietzsche proclama que no existen diferencias entre ambos planos de la realidad por la sencilla razón de que no hay dos planos sino uno solo, de mane-ra que todo se debería regir por una misma voluntad de poder en cuanto no existen diferencias esenciales sino sólo aparentes en ese todo que es el mismo Universo en cuanto tal.

Otra respuesta a este problema podría ser la de que sí había aplicado el nuevo concepto a los sucesos humanos, pero que había que tener en cuenta que éstos ocupaban un lapso temporal minúsculo al lado del amplísimo ciclo cósmico, de manera que, como todo estaba unido, a lo largo de este gran ciclo surgían y se derrumbaban todas las conquistas biológicas, incluida la humana, para volver a producirse y derrumbarse en cada uno de los ciclos siguientes. Sin embargo, a lo largo de la historia biológica conocida no observamos ningún momento en el que ninguna especie haya buscado su disgregación o destrucción, sino que todas -y la humana entre ellas- han luchado siempre por sobrevivir y triunfar en su lucha por la vida, de acuerdo con la voluntad de poder, pero exclusivamente en su sentido integrador, al margen de que muchas de ellas se hayan quedado en el camino por diversos motivos.

Por otra parte, al hablar de “integración” y “disgregación”, Nietzsche podría haber diferenciado entre el universo como unidad dionisiaca, y el universo como diversidad apolínea, a fin de no confundir el mundo aparencial apolíneo, donde la realidad se manifiesta como “diferenciada y diversa”, con el mundo real dionisiaco, donde la naturaleza aparece desde la perspectiva de su unidad como un todo, más allá de la “integración” y de la “disgregación”, y más allá de las individuaciones apolíneas, que pertenecen al mundo aparencial, según doctrina del propio Nietzsche.

Además, hay otros problemas que Nietzsche no encara:

En primer lugar, cuando afirma que este mundo, impulsado –o incluso constituido- por la “voluntad de poder”, “se crea a sí mismo eternamente y eternamente a sí mismo se destruye”, no demuestra su constante afirmación de la necesidad que presidiría estos movimientos del mundo, al margen de que tal supuesta necesidad era imposible demostrarla.

En relación con esta cuestión conviene recordar que ya Hume señaló acertadamente que la experiencia sólo nos da hechos, pero no la necesidad de que un hecho de tipo a deba ir siempre seguido de un hecho de tipo b por muchas veces que hayamos observado una sucesión permanente entre ellos, de manera que sólo puede hablarse de necesidad en referencia a las proposiciones analíticas, aquellas en las que el predicado de una proposición es necesariamente verdadero en virtud de estar contenido en la definición del correspondiente sujeto. Además, según señaló el propio Hume, la experiencia sólo hace referencia a los hechos del pasado y nada nos dice sobre los hechos futuros: Que el curso de la Naturaleza pueda cambiar es una hipótesis que no implica ninguna contradicción y que, por lo tanto, es siempre posible.

Por ello, la afirmación de Nietzsche acerca de la necesidad que preside todos los procesos del Universo puede entenderse sólo como una hipótesis, pero nunca como una teoría demostrable y, por ello, la doctrina del eterno retorno sólo podría tener ese mismo carácter de simple hipótesis. 

En segundo lugar y como consecuencia de no haber podido demostrar la necesidad que debería presidir los cambios del Universo, Nietzsche no tiene otro remedio que dejar igualmente sin explicar qué es lo que determinaría que la voluntad de poder, una vez culminada su labor integradora, comenzara de manera caprichosa su opuesta labor disgregadora, que actuaría en sentido contrario al de la integración de fuerzas. Sin embargo, la causa de tal cambio en la manera de actuar de la voluntad de poder debería haber sido deducida racionalmente al menos o conocida mediante la experiencia para poder ser asumida, pero Nietzsche afirma como verdad establecida lo que sólo podía adoptarse como simple postulado.

Por ello y como ya he dicho antes, su punto de vista en favor del eterno retorno habría sido más coherente y menos improbable si, junto a la afirmación de la voluntad de poder, hubiese podido demostrar de manera inequívoca la existencia de una necesidad en la sucesión de las diversas formaciones del Universo y no sólo el carácter limitado de las configuraciones posibles del Universo y la constancia de la energía -primer postulado de la Termodinámica-.

La consecuencia que de ello se sigue es que en ningún caso puede demostrarse la existencia de una conexión necesaria entre los diversos sucesos de la Naturaleza, y ello representa una refutación de la tesis favorable al eterno retorno, por lo menos en cuanto deja claro que la verdad de esta doctrina no quedó demostrada[23].



[1] Mi correo electrónico es agarninet@gmail.com .

[2] Schopenhauer utilizó igualmente el término “voluntad” como parte del título de su obra Sobre la voluntad en la Naturaleza, y con dicho término se refería, por ejemplo, a la misma fuerza de la gravedad.

[3] El origen de la tragedia, cap. 18. La cursiva es mía.

[4] Sabiduría para pasado mañana, verano de 1883. Tecnos, Madrid, 2009.

[5] Así habló Zaratustra, II, “De la superación de sí mismo”.

[6] Reproduzco aquí el pasaje en que Nietzsche utiliza el término “voluntad” dándole el sentido que posteriormente había echado en falta y que le dio pie para introducir su propio término “voluntad de poder”: “en todo tiempo la ávida voluntad halla la manera de retener a sus criaturas en la vida y de forzarlas a seguir viviendo, mediante una ilusión tendida sobre las cosas” (El origen de la tragedia, cap. 18). La cursiva es mía.

[7] La voluntad de poder, parág. 366; Obras completas, Prestigio, B. Aires, 1970.

[8] Sabiduría para pasado mañana, Otoño de 1883, p. 196. Tecnos, Madrid, 2009.

[9] O.c., Junio-Julio de 1885, p. 244. Tecnos, Madrid, 2009.

[10] Así habló Zaratustra, II, “De la superación de sí mismo”.

[11] Más allá del bien y del mal, sección novena, parág. 259.

[12] La voluntad de poder, parág. 366, Ed. Prestigio, B. Aires, 1970.

[13] La inocencia del devenir, parág. 2169. Prestigio, B. Aires, 1970.  

[14] Sabiduría para pasado mañana, Mayo - Julio de 1885, p. 245-246. Tecnos, Madrid, 2009.

[15] E. Fink: La filosofía de Nietzsche, p. 248-250, Alianza. Ed., Madrid, 1966.

[16] J. Habermas: Sobre Nietzsche y otros ensayos, p. 35; Madrid, Tecnos, 1982.

[17] Así, por ejemplo, en Sabiduría para pasado mañana, Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 267 (Tecnos, Madrid, 2009). En cualquier caso -y pese a Nietzsche- sería un argumento insuficiente.

[18] W. Kaufmann: Nietzsche, philosopher, psycologist, antichrist, Princeton Univ. Press, 1968, p. 178: “La diferencia fundamental entre las teorías anterior y posterior de Nietzsche es que su filosofía última se basa en la aceptación de un único principio básico [...] Cuando Nietzsche introdujo la voluntad de poder en su pensamiento, todas las tendencias dualistas que había aceptado anteriormente pudieron reducirse a meras manifestaciones de este impulso básico”.

[19] Sabiduría para pasado mañana, Mayo-Julio de 1885, p. 245-246. Tecnos, Madrid, 2009.

[20] Stephen W. Hawking: Historia del tiempo, p. 156; Planeta-Agostini, Barcelona, 1992. Es decir que la polémica científica entre los partidarios de la teoría del big bang y los partidarios de la teoría del universo oscilante parece que habría quedado resuelta por ese papa, de manera que, siempre que los científicos se encuentren en apuros, no tienen más que telefonearle y asunto resuelto. Quizá habría que exigir a las autoridades políticas del mundo católico y no católico que en los libros de texto de universidades y colegios, públicos y privados, constase esa revelación tan trascendental según la cual el big bang había sido el momento de la creación del Universo por parte del dios judeo-cristiano.

[21] La voluntad de poder, parág. 366, Prestigio, B. Aires, 1970. La cursiva es mía.

[22] La inocencia del devenir, Obras completas, V, parág. 1600. La cursiva es mía. Prestigio, B. Aires, 1970.

[23] Curiosamente el propio Nietzsche había escrito ya que el no poder refutar una doctrina no constituía una demostración de su verdad.


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