Nietzsche: Acerca de Jesús y del cristianismo
Por lo que
se refiere a la relación entre el Jesús evangélico y la moral de esclavos escribe Nietzsche que la figura de Jesús, digna
de admiración y de amor -según su punto de vista-, representó el cebo perfecto
para el triunfo de la moral de esclavos, pues, según los evangelios, Jesús,
hijo de Dios[1],
muere en una cruz sacrificándose para la redención de los hombres:
“Ese Jesús de Nazaret, evangelio viviente del amor,
ese ‘redentor’ que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres [...],
¿no era él precisamente la seducción [...] y el desvío hacia aquellos valores
judíos [...]? A través de Jesús los judíos alcanzan la meta de “su sublime
ansia de venganza”. De la estrategia
de esa venganza forma parte esencial el hecho de que el pueblo judío matase a
quien constituía el “auténtico instrumento de su venganza, a fin de que ‘el
mundo entero’ pudiera morder sin recelos ese cebo de la autocrucifixión de Dios
para salvación del hombre. Bajo el
signo de la cruz los judíos han triunfado en su venganza sobre los ideales más nobles”[2].
Sin embargo
y por lo que se refiere a la figura de Jesús, Nietzsche lo presenta desde
puntos de vista contradictorios, pues, aunque en diversas ocasiones lo elogia
de manera extraordinaria refiriéndose con admiración a la práctica de su vida, en otras lo presenta como “el más maligno
de los hombres”, seguramente porque, al margen de lo que fuera su vida, sus
doctrinas más nobles van mezcladas con otras indudablemente absurdas, como la
del fuego eterno para quienes no crean en él, y se relacionan además con
aquella moral de esclavos, negadora
de los valores de la vida terrena y, por ello mismo, contraria a los valores de
la moral de señores. Pero, en cualquier caso, el
artífice fundamental del triunfo de dicha moral
de esclavos habría sido Pablo de Tarso, si se tienen en cuenta no sólo los
aspectos contradictorios del Jesús evangélico sino, además, que desde un punto
de vista rigurosamente histórico ni siquiera se sabe con seguridad si el
supuesto Jesús evangélico existió realmente.
Pasando por
alto toda una serie de pasajes evangélicos contradictorios entre sí, vemos a
continuación un ejemplo de estas valoraciones igualmente contradictorias del
filósofo de Röcken, que dice lo siguiente:
“No es una “fe” lo que distingue al cristiano: el
cristiano obra, se distingue por un obrar diferente.
Él no opone resistencia, ni con palabras ni en el corazón, a quien es
malvado con él [...] La vida del Redentor no fue otra cosa que esa práctica [...] Lo que con el
evangelio quedó eliminado fue el
judaísmo de los conceptos de ‘pecado’, ‘remisión del pecado’, ‘fe’, ‘redención
por la fe’ –la entera doctrina eclesiástica
judía queda negada en la ‘buena nueva’ ”[3].
Y, efectivamente, se trata de un ejemplo
de la serie de contradicciones con que Nietzsche se pronuncia respecto a la
figura del Jesús evangélico, pues, si de acuerdo con los evangelios fue
importante el ejemplo de la vida de Jesús, también lo fueron sus palabras en
favor de la esencial importancia de la fe, de las obras y del pecado. Pero
parece que Nietzsche se dejó llevar más por su visión particular de lo que pudo
ser en verdad el Jesús evangélico, atendiendo a ciertos pasajes evangélicos que
estarían en la línea de su interpretación, pero dejando de lado muchos otros
que estarían muy alejados de tal interpretación.
Y así, el filósofo de Röcken,
posiblemente influido por la figura de su padre y por el ambiente religioso
familiar durante su infancia y su adolescencia, mantuvo puntos de vista
contradictorios acerca de Jesús, presentándolo a la vez como “el hombre más
digno de amor” y como “el más maligno de los hombres”, tomando como argumento
para cada valoración pasajes evangélicos contradictorios que podían servir por
separado como justificación de cada uno de estos puntos de vista, pero que lo
que en verdad demostraban era la dificultad insuperable para hacer una
valoración objetiva de la figura de Jesús, motivada por la dificultad para
presentar una imagen consistente del supuesto creador del cristianismo como
consecuencia de las incoherencias de quienes elaboraron los escritos
evangélicos.
En la actualidad y desde la metodología científica
aplicada a la Historia se considera que los evangelios no son una fuente
mínimamente rigurosa ni siquiera como demostración de la existencia del propio
Jesús, y que, al menos hasta el momento, no existe ninguna otra fuente que
cumpla ese objetivo. Así que ninguno de los “testimonios” existentes puede
servir para ofrecer una descripción objetiva de su supuesta doctrina, pues el
carácter contradictorio de estos escritos conduce a poder afirmar de Jesús cualquier
cosa, ya que del mismo modo que predica el amor y el perdón, amenaza con el
fuego eterno. En esos escritos hay un pasaje especialmente significativo por ese
carácter contradictorio: Se trata del pasaje en el que, si leemos el evangelio
de Lucas, Jesús ordena comprar espadas, mientras que en los evangelios
de Mateo y Marcos rechaza el uso de la espada. En efecto, en este
sentido, se dice en el evangelio de Lucas:
“Jesús añadió: -Pues ahora, el que
tenga bolsa, que la tome, y lo mismo el que tenga alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre […]”.
Pero, si se compara el pasaje
anterior del evangelio de Lucas con los textos correspondiente de Mateo y de Marcos, vemos que en éstos se hace decir a Jesús:
“-Guarda tu espada, que todos los
que empuñan la espada, perecerán a espada”.
Sin embargo, sin detenerse a
considerar las contradicciones evangélicas, Nietzsche se atreve a defender
incomprensiblemente que el cristianismo
de Jesús fue un ejemplo de absoluta aceptación de su propia vida y muerte,
sin rencor de ningún tipo a quienes le maltrataban[4],
llegando al extremo de considerarle en algún momento como
“el
hombre más digno de amor”[5].
En relación con este ideal de cristianismo auténtico supuestamente
representado por Jesús, afirma Nietzsche:
“en el
fondo no ha habido más que un cristiano y ése murió en la cruz”[6],
pues sus discípulos no comprendieron
que lo esencial del mensaje de Cristo era el ejemplo de su propia vida, una
vida de mansedumbre y de conformidad, en la que el rencor y la venganza
estarían totalmente ausentes.
Por otra parte, Nietzsche no ve en
esas cualidades ningún mérito especial, sino que llega a considerarlas como
manifestaciones propias de una naturaleza especialmente hipersensible, e
incapaz, por ello, de oponer resistencia alguna a cualquier daño que recibiera
de los demás:
“La exclusión instintiva de toda aversión, de
toda enemistad, de todas las fronteras y distancias en el sentimiento: consecuencia
de una extremada capacidad de sufrimiento y de excitación, la cual siente ya
como displacer insoportable (es
decir, como dañoso, como desaconsejado por el instinto de
autoconservación) todo oponerse, todo tener-que-oponerse, que únicamente en no
oponer ya resistencia a nadie, ni a la desgracia ni al mal, conoce la
bienaventuranza (el placer), ―el amor como única, como última posibilidad de la vida…[7].
Nietzsche llega a comparar tal
naturaleza patológica con la de quien tiene una sensibilidad hiperdesarrollada
del sentido del tacto…
…“el
cual retrocede […] temblando ante cualquier contac-to, ante cualquier
aprehensión de un objeto sólido”[8].
En relación con esta especie de
anomalía y teniendo en cuenta además el modo de ser del personaje principal de
la novela de Dostoievski El idiota,
el príncipe Michkin, Nietzsche se refiere a Jesús con el término “idiota”, pero
no en el sentido vulgar de la palabra sino en el mismo sentido en que
Dostoievski considera al protagonista de su novela, caracterizado también por
su mansedumbre “patológica”.
Pero, como ya he indicado, de manera
asombrosa Nietzsche olvida en algunos momentos que el propio Jesús –o quienes
escribieron los evangelios- también amenazaba con la venganza mayor que pudiera
imaginarse, la venganza del “fuego eterno”, lo cual nada tiene que ver con el
amor ni con la misericordia que debían caracterizarle, al margen de que su
comportamiento en la cruz fuera el de la aceptación resignada de su destino,
sin rencor hacia sus enemigos. En cualquier caso, es evidente que quienes
escribieron los evangelios fueron severamente incapaces de construir un relato
mínimamente coherente.
Igualmente, el desafiante final con
el que Nietzsche cierra su obra Ecce Homo:
“Dionisos
contra el Crucificado”[9],
no parece tener otro significado que
el que se relaciona con una crítica al cristianismo
oficial de la tradición así como con una defensa de los valores
relacionados con la espontaneidad vital instintiva, pero no con el de un ataque
personal a la figura de Jesús.
En el pasaje de El Anticristo que presento a continuación, Nietzsche, pasando por
alto textos como el antes citado de Lucas, considera la forma de vida de Jesús
como un ideal absolutamente digno, escribiendo en este sentido:
“Este
‘buen mensajero’ [=Jesús] murió tal como enseñó
—no para ‘redimir a los hombres’, sino para mostrar cómo se ha de
vivir. Lo que él legó a la humanidad es la práctica:
su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores y ante
toda especie de calumnia y burla, —su comportamiento es la cruz. Él no opone resistencia, no defiende su derecho [...] Y él
ora, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen mal... […] No
defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie... Por el
contrario, no oponer resistencia ni siquiera al malvado, —amarlo...”[10].
Por otra parte, aunque Nietzsche no
defiende aquí las supuestas doctrinas
de Jesús sino su ejemplo de “cómo hay que vivir”, este enaltecimiento de tal
forma de vida resulta desconcertante en cuanto no encaja para nada con la forma
de vida propia de la moral de señores,
que es la que defendió de forma generalizada hasta el final de su vida
lúcida.
Por ello y para dar una visión más
completa acerca de cómo vio Nietzsche la figura de Jesús -al margen de esta
valoración tan positiva que le lleva a presentarlo como símbolo del amor-, hay
que decir que, como estudioso y conocedor de los evangelios, en algunos
momentos lo presentó desde una perspectiva radicalmente opuesta a la anterior,
mostrando su figura con unas cualidades contrarias a la previamente señalada, y
diciendo en este nuevo sentido:
“Jesús
quiere que se crea en él y manda al Infierno a cuanto se le resiste [...] La
bondad junto a lo más opuesto a ella en la misma alma: he aquí el más maligno
de los hombres”[11].
Y, efectivamente, esta nueva valoración
tan negativa de la figura de Jesús tiene un claro fundamento en distintos
pasajes evangélicos donde Jesús se expresa con palabras que no son precisamente
el reflejo de un amor especial, sino todo lo contrario, amenazando del
siguiente modo a quienes no le sigan:
-“Así
será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al
horno de fuego”[12],
-“
‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus
ángeles’ […]. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”[13],
Y, por ello, de acuerdo con lo que
Nietzsche indica ahora, la anterior perspectiva habría resultado excesivamente
parcial en sentido positivo, al haber pasado por alto la serie de ocasiones en
que Jesús aparece en los evangelios amenazando con el fuego eterno. Éste es el
motivo principal de que, comparando el cristianismo con el budismo, juzgue que,
aunque ambas religiones son nihilistas[14],
“el budismo es cien veces más realista que el
cristianismo”,
aceptando, por otra parte, de manera
incoherente con los pasajes anteriores, que
“lo
que lo distingue radicalmente del cristianismo es el hecho de que está con el
autoengaño de los conceptos morales tras sí, hallándose [...] más allá del bien y del mal”[15].
En esta misma línea de interpretación
y teniendo en cuenta no las amenazas de Jesús sino sólo aquellos matices
parciales que más encajaban con su idea preconcebida, considera Nietzsche que
- “lo que
distingue al cristiano [auténtico] no es una ‘fe’: el cristiano obra, se
distingue por ‘otro’ modo de obrar”[16].
-
“sólo la práctica cristiana, una vida
tal como la vivió el que murió en la cruz, es cristiana… Todavía hoy esa vida es posible, para ciertos hombres es incluso necesaria: el
cristianismo auténtico, el originario, será posible en todos los tiempos…”[17].
Parece que la influencia inconsciente
de su padre y la del ambiente religioso de su infancia pudieron haberle llevado
a ver la figura de Jesús de ese modo, tan alejado del resentimiento, tan unido
al amor y a la mansedumbre, y tan unido a la aceptación resignada de su fatal
destino. Pero, en cualquier caso, resulta sorprendente que esa influencia se
extendiese durante tanto tiempo a lo largo de su vida, hasta el punto de
impedirle ver la figura de Jesús de un modo menos contradictorio –o más acorde
con las fuentes de que disponía, los evangelios, al margen del carácter nada
científico de éstos como fuente rigurosa-.
Por otra parte y posiblemente en
conexión con esta interpretación del modo de vida de Jesús, tiene interés
señalar que, aunque en su clasificación de las formas de moral Nietzsche
critique la moral de esclavos, manifestando su apoyo a la moral de señores, en algún momento
defendió una moral o una forma de vida similar a la que había atribuido a
Jesús, pues, efectivamente, aunque fuera de manera excepcional, en Aurora hay un texto especialmente
sorprendente y significativo en el que expone un ideal de vida que se aproxima
mucho a ciertos aspectos de aquella forma de vida de Jesús -según su propia
interpretación- que él siempre respetó. Dice lo siguiente:
“¡Vivir sin fama, o siendo objeto de amistosas
burlas, demasiado oscuramente para despertar la envidia y la enemistad, armado
de un cerebro sin fiebre, de un puñado de conocimientos y de un bolsillo lleno
de experiencia; ser, en cierto modo, el médico de los pobres de espíritu;
ayudar a éste o al otro [...] sin que el favorecido advierta que se le ayuda!
¡Ser como una posada modesta, abierta a todos, pero que se olvida en seguida o
inspira burlas! ¡No aventajar en nada, ni en alimentación mejor, ni en aire más
puro, ni en espíritu más alegre, pero dar siempre, devolver, comunicar,
empobrecerse! ¡Saber hacerse pequeño para volverse accesible a muchos, sin
humillar a nadie! ¡Tomar sobre sí muchas injusticias [...] para poder llegar,
por sendas secretas, a lo más íntimo de muchas almas cerradas! ¡Eso sería una
vida, eso sería una razón para vivir mucho tiempo!”[18].
Pero, frente a un ideal de vida como
éste, Nietzsche consideró que en el cristianismo
oficial prevaleció el sentido menos evangélico, el resentimiento. Y, por ello, comparando la vida y la muerte de
Jesús con la actitud posterior del cristianismo, escribe:
“Evidentemente,
la pequeña comunidad [de los primeros cristianos] no comprendió precisamente lo
principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la libertad, la
superioridad sobre todo tipo de rencor [...] Pero sus discípulos estaban muy
lejos de ‘perdonar’ su muerte [...] Prevaleció el sentimiento menos evangélico:
la ‘venganza’ ”[19].
Sin embargo, al afirmar que la
venganza sea el “sentimiento menos evangélico”, Nietzsche olvida las amenazas
de Jesús relacionadas con el infierno, que es la mayor venganza imaginable.
Complementariamente considera que el cristianismo oficial
“ha
hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida
fuerte”[20].
Ese
cristianismo representa la negación de los valores de la vida terrena por parte
de aquellos que no se sienten con fuerzas suficientes para entregarse a ella y
a esa mezcla de placer y dolor que sólo los espíritus fuertes pueden no sólo
soportar sino también amar.
Teniendo en
cuenta estas observaciones, puede entenderse el motivo por el cual juzga
Nietzsche que Jesús fue el cebo
utilizado por los judíos,
“ese cebo de la autocrucifixión
de Dios para salvación del hombre”.
La forma de
vida de Jesús había sido, tal vez, un auténtico modelo, pero no precisamente de
los valores aristocráticos que
Nietzsche defendió ni tampoco de los valores de la moral de esclavos sino de aquellos valores por los cuales Jesús
aceptaba la vida y la muerte sin rencor alguno hacia nadie. En lo que Nietzsche
tuvo una grave confusión o incluso contradicción de ideas fue en considerar que
en la supuesta vida del Jesús evangélico no hubiera resentimiento de ningún
tipo. Pero entonces ¿qué nombre habría que dar al “sentimiento” que le había
llevado a amenazar con el “fuego eterno” a quien no creyera en sus palabras o
no cumpliera sus exigencias? El Jesús evangélico, a pesar y en contra de su
mensaje de amor, amenazó precisamente a tales personas con el fuego eterno.
Pero ¿qué le importaba que la gente le creyera o que siguiera o no sus normas
de vida? Es lógico pensar que quien se caracterizó por una vida de mansedumbre
y amor no pudo haber amenazado con esa barbaridad tan absurda y de una crueldad
tan infinita, pero es también un hecho que así consta en los evangelios y no
parece que Nietzsche tuviera otra fuente para el conocimiento de Jesús que la
de esos evangelios, a pesar de sus contradicciones. En consecuencia, es
evidente que se precipitó de manera incomprensible en sus juicios acerca de ese
personaje mítico, viéndolo como “evangelio viviente del amor”.
Desde
entonces un grupo de judíos –aunque Nietzsche habla de los judíos en general-
crearon el cristianismo y se sirvieron de él para atacar los valores
aristocráticos y establecer su propio sistema de valores antivitales y
nihilistas. Y, entre esos judíos, el artífice fundamental de dicha moral de esclavos fue Pablo de Tarso.
Quiero
señalar que, al hablar de “ideales más nobles”, Nietzsche incurre de nuevo en
contradicción, pues, si en Más allá del bien y del mal había negado el
valor de la moral diciendo que no había fenómenos morales, es una
incoherencia que hable luego de ideales más nobles, en cuanto tal
consideración representa una valoración moral. La contradicción sólo
quedaría anulada en cuanto el sentido de las palabras de Nietzsche fuera
exclusivamente subjetivo y estético. De hecho, en determinado momento
considera, al igual que lo haría posteriormente Wittgenstein, que la ética se
reduce a la estética.
Complementariamente y por lo que se
refiere a la valoración del cristianismo, conviene matizar el punto de vista de
Nietzsche, pues efectivamente consideró que había una fundamental diferencia
entre el cristianismo oficial de la
tradición, hacia el que manifestó un rechazo absoluto, y el cristianismo originario de Jesús -según su propia interpretación-, con el que
siempre simpatizó y se mostró respetuoso.
[1] Pero identificado con el propio Dios y a la vez distinto de él,
lo cual no hay por donde cogerlo.
[2] GM, I, 8.
[3] AC, cap. 33.
[4] AC, cap. 33.
[5] HH, parág. 475.
[6] AC, cap. 39.
[7] AC, cap. 30.
[8] AC, cap. 29.
[9] EH, “Por qué soy un
destino”, parág. 9.
[10] AC, cap. 35.
[11] ID, parág. 2303..
[12] Mateo, 13, 49 - 50.
[13] Mateo, 25, 41- 46.
[14] AC, cap. 20.
[15] Ibídem.
[16] AC, cap. 33.
[17] AC, cap. 39.
[18] A, V, parág. 449.
[19] AC, cap. 40.
[20] AC, cap. 5.
No hay comentarios:
Publicar un comentario