miércoles, 26 de enero de 2022

 Nietzsche: Acerca de Jesús y del cristianismo

 

 

Por lo que se refiere a la relación entre el Jesús evangélico y la moral de esclavos escribe Nietzsche que la figura de Jesús, digna de admiración y de amor -según su punto de vista-, representó el cebo perfecto para el triunfo de la moral de esclavos, pues, según los evangelios, Jesús, hijo de Dios[1], muere en una cruz sacrificándose para la redención de los hombres:

“Ese Jesús de Nazaret, evangelio viviente del amor, ese ‘redentor’ que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres [...], ¿no era él precisamente la seducción [...] y el desvío hacia aquellos valores judíos [...]? A través de Jesús los judíos alcanzan la meta de “su sublime ansia de venganza”. De la estrategia de esa venganza forma parte esencial el hecho de que el pueblo judío matase a quien constituía el “auténtico instrumento de su venganza, a fin de que ‘el mundo entero’ pudiera morder sin recelos ese cebo de la autocrucifixión de Dios para salvación del hombre. Bajo el signo de la cruz los judíos han triunfado en su venganza sobre los ideales más nobles[2].

Sin embargo y por lo que se refiere a la figura de Jesús, Nietzsche lo presenta desde puntos de vista contradictorios, pues, aunque en diversas ocasiones lo elogia de manera extraordinaria refiriéndose con admiración a la práctica de su vida, en otras lo presenta como “el más maligno de los hombres”, seguramente porque, al margen de lo que fuera su vida, sus doctrinas más nobles van mezcladas con otras indudablemente absurdas, como la del fuego eterno para quienes no crean en él, y se relacionan además con aquella moral de esclavos, negadora de los valores de la vida terrena y, por ello mismo, contraria a los valores de la moral de señores. Pero, en cualquier caso, el artífice fundamental del triunfo de dicha moral de esclavos habría sido Pablo de Tarso, si se tienen en cuenta no sólo los aspectos contradictorios del Jesús evangélico sino, además, que desde un punto de vista rigurosamente histórico ni siquiera se sabe con seguridad si el supuesto Jesús evangélico existió realmente.

Pasando por alto toda una serie de pasajes evangélicos contradictorios entre sí, vemos a continuación un ejemplo de estas valoraciones igualmente contradictorias del filósofo de Röcken, que dice lo siguiente:

“No es una “fe” lo que distingue al cristiano: el cristiano obra, se distingue por un obrar diferente. Él no opone resistencia, ni con palabras ni en el corazón, a quien es malvado con él [...] La vida del Redentor no fue otra cosa que esa práctica [...] Lo que con el evangelio quedó eliminado fue el judaísmo de los conceptos de ‘pecado’, ‘remisión del pecado’, ‘fe’, ‘redención por la fe’ –la entera doctrina eclesiástica judía queda negada en la ‘buena nueva’ ”[3].

Y, efectivamente, se trata de un ejemplo de la serie de contradicciones con que Nietzsche se pronuncia respecto a la figura del Jesús evangélico, pues, si de acuerdo con los evangelios fue importante el ejemplo de la vida de Jesús, también lo fueron sus palabras en favor de la esencial importancia de la fe, de las obras y del pecado. Pero parece que Nietzsche se dejó llevar más por su visión particular de lo que pudo ser en verdad el Jesús evangélico, atendiendo a ciertos pasajes evangélicos que estarían en la línea de su interpretación, pero dejando de lado muchos otros que estarían muy alejados de tal interpretación. 

Y así, el filósofo de Röcken, posiblemente influido por la figura de su padre y por el ambiente religioso familiar durante su infancia y su adolescencia, mantuvo puntos de vista contradictorios acerca de Jesús, presentándolo a la vez como “el hombre más digno de amor” y como “el más maligno de los hombres”, tomando como argumento para cada valoración pasajes evangélicos contradictorios que podían servir por separado como justificación de cada uno de estos puntos de vista, pero que lo que en verdad demostraban era la dificultad insuperable para hacer una valoración objetiva de la figura de Jesús, motivada por la dificultad para presentar una imagen consistente del supuesto creador del cristianismo como consecuencia de las incoherencias de quienes elaboraron los escritos evangélicos.

En la actualidad y desde la metodología científica aplicada a la Historia se considera que los evangelios no son una fuente mínimamente rigurosa ni siquiera como demostración de la existencia del propio Jesús, y que, al menos hasta el momento, no existe ninguna otra fuente que cumpla ese objetivo. Así que ninguno de los “testimonios” existentes puede servir para ofrecer una descripción objetiva de su supuesta doctrina, pues el carácter contradictorio de estos escritos conduce a poder afirmar de Jesús cualquier cosa, ya que del mismo modo que predica el amor y el perdón, amenaza con el fuego eterno. En esos escritos hay un pasaje especialmente significativo por ese carácter contradictorio: Se trata del pasaje en el que, si leemos el evangelio de Lucas, Jesús ordena comprar espadas, mientras que en los evangelios de Mateo y Marcos rechaza el uso de la espada. En efecto, en este sentido, se dice en el evangelio de Lucas:

“Jesús añadió: -Pues ahora, el que tenga bolsa, que la tome, y lo mismo el que tenga alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre […]”.

Pero, si se compara el pasaje anterior del evangelio de Lucas con los textos correspondiente de Mateo y de Marcos, vemos que en éstos se hace decir a Jesús:

“-Guarda tu espada, que todos los que empuñan la espada, perecerán a espada”.

Sin embargo, sin detenerse a considerar las contradicciones evangélicas, Nietzsche se atreve a defender incomprensiblemente que el cristianismo de Jesús fue un ejemplo de absoluta aceptación de su propia vida y muerte, sin rencor de ningún tipo a quienes le maltrataban[4], llegando al extremo de considerarle en algún momento como

“el hombre más digno de amor”[5].

En relación con este ideal de cristianismo auténtico supuestamente representado por Jesús, afirma Nietzsche:

“en el fondo no ha habido más que un cristiano y ése murió en la cruz”[6],

pues sus discípulos no comprendieron que lo esencial del mensaje de Cristo era el ejemplo de su propia vida, una vida de mansedumbre y de conformidad, en la que el rencor y la venganza estarían totalmente ausentes.

Por otra parte, Nietzsche no ve en esas cualidades ningún mérito especial, sino que llega a considerarlas como manifestaciones propias de una naturaleza especialmente hipersensible, e incapaz, por ello, de oponer resistencia alguna a cualquier daño que recibiera de los demás:

La exclusión instintiva de toda aversión, de toda enemistad, de todas las fronteras y distancias en el sentimiento: consecuencia de una extremada capacidad de sufrimiento y de excitación, la cual siente ya como displacer insoportable (es decir, como dañoso, como desaconsejado por el instinto de autoconservación) todo oponerse, todo tener-que-oponerse, que únicamente en no oponer ya resistencia a nadie, ni a la desgracia ni al mal, conoce la bienaventuranza (el placer), ―el amor como única, como última posibilidad de la vida…[7]  

Nietzsche llega a comparar tal naturaleza patológica con la de quien tiene una sensibilidad hiperdesarrollada del sentido del tacto…

…“el cual retrocede […] temblando ante cualquier contac-to, ante cualquier aprehensión de un objeto sólido”[8].

En relación con esta especie de anomalía y teniendo en cuenta además el modo de ser del personaje principal de la novela de Dostoievski El idiota, el príncipe Michkin, Nietzsche se refiere a Jesús con el término “idiota”, pero no en el sentido vulgar de la palabra sino en el mismo sentido en que Dostoievski considera al protagonista de su novela, caracterizado también por su mansedumbre “patológica”.

Pero, como ya he indicado, de manera asombrosa Nietzsche olvida en algunos momentos que el propio Jesús –o quienes escribieron los evangelios- también amenazaba con la venganza mayor que pudiera imaginarse, la venganza del “fuego eterno”, lo cual nada tiene que ver con el amor ni con la misericordia que debían caracterizarle, al margen de que su comportamiento en la cruz fuera el de la aceptación resignada de su destino, sin rencor hacia sus enemigos. En cualquier caso, es evidente que quienes escribieron los evangelios fueron severamente incapaces de construir un relato mínimamente coherente.

Igualmente, el desafiante final con el que Nietzsche cierra su obra Ecce Homo:

“Dionisos contra el Crucificado[9],

no parece tener otro significado que el que se relaciona con una crítica al cristianismo oficial de la tradición así como con una defensa de los valores relacionados con la espontaneidad vital instintiva, pero no con el de un ataque personal a la figura de Jesús.

En el pasaje de El Anticristo que presento a continuación, Nietzsche, pasando por alto textos como el antes citado de Lucas, considera la forma de vida de Jesús como un ideal absolutamente digno, escribiendo en este sentido:

“Este ‘buen mensajero’ [=Jesús] murió tal como enseñó no para ‘redimir a los hombres’, sino para mostrar cómo se ha de vivir. Lo que él legó a la humanidad es la práctica: su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores y ante toda especie de calumnia y burla, —su comportamiento es la cruz. Él no opone resistencia, no defiende su derecho [...] Y él ora, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen mal... […] No defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie... Por el contrario, no oponer resistencia ni siquiera al malvado, —amarlo...”[10].

Por otra parte, aunque Nietzsche no defiende aquí las supuestas doctrinas de Jesús sino su ejemplo de “cómo hay que vivir”, este enaltecimiento de tal forma de vida resulta desconcertante en cuanto no encaja para nada con la forma de vida propia de la moral de señores, que es la que defendió de forma generalizada hasta el final de su vida lúcida.

Por ello y para dar una visión más completa acerca de cómo vio Nietzsche la figura de Jesús -al margen de esta valoración tan positiva que le lleva a presentarlo como símbolo del amor-, hay que decir que, como estudioso y conocedor de los evangelios, en algunos momentos lo presentó desde una perspectiva radicalmente opuesta a la anterior, mostrando su figura con unas cualidades contrarias a la previamente señalada, y diciendo en este nuevo sentido: 

“Jesús quiere que se crea en él y manda al Infierno a cuanto se le resiste [...] La bondad junto a lo más opuesto a ella en la misma alma: he aquí el más maligno de los hombres”[11].

Y, efectivamente, esta nueva valoración tan negativa de la figura de Jesús tiene un claro fundamento en distintos pasajes evangélicos donde Jesús se expresa con palabras que no son precisamente el reflejo de un amor especial, sino todo lo contrario, amenazando del siguiente modo a quienes no le sigan:

-“Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar   a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego”[12],

-“ ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ […]. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”[13],

Y, por ello, de acuerdo con lo que Nietzsche indica ahora, la anterior perspectiva habría resultado excesivamente parcial en sentido positivo, al haber pasado por alto la serie de ocasiones en que Jesús aparece en los evangelios amenazando con el fuego eterno. Éste es el motivo principal de que, comparando el cristianismo con el budismo, juzgue que, aunque ambas religiones son nihilistas[14],

“el budismo es cien veces más realista que el cristianismo”,

aceptando, por otra parte, de manera incoherente con los pasajes anteriores, que

“lo que lo distingue radicalmente del cristianismo es el hecho de que está con el autoengaño de los conceptos morales tras sí, hallándose [...] más allá del bien y del mal”[15].

En esta misma línea de interpretación y teniendo en cuenta no las amenazas de Jesús sino sólo aquellos matices parciales que más encajaban con su idea preconcebida, considera Nietzsche que

- “lo que distingue al cristiano [auténtico] no es una ‘fe’: el cristiano obra, se distingue por ‘otro’ modo de obrar”[16].

- “sólo la práctica cristiana, una vida tal como la vivió el que murió en la cruz, es cristiana… Todavía hoy esa vida es posible, para ciertos hombres es incluso necesaria: el cristianismo auténtico, el originario, será posible en todos los tiempos…”[17].

Parece que la influencia inconsciente de su padre y la del ambiente religioso de su infancia pudieron haberle llevado a ver la figura de Jesús de ese modo, tan alejado del resentimiento, tan unido al amor y a la mansedumbre, y tan unido a la aceptación resignada de su fatal destino. Pero, en cualquier caso, resulta sorprendente que esa influencia se extendiese durante tanto tiempo a lo largo de su vida, hasta el punto de impedirle ver la figura de Jesús de un modo menos contradictorio –o más acorde con las fuentes de que disponía, los evangelios, al margen del carácter nada científico de éstos como fuente rigurosa-.

Por otra parte y posiblemente en conexión con esta interpretación del modo de vida de Jesús, tiene interés señalar que, aunque en su clasificación de las formas de moral Nietzsche critique la moral de esclavos, manifestando su apoyo a la moral de señores, en algún momento defendió una moral o una forma de vida similar a la que había atribuido a Jesús, pues, efectivamente, aunque fuera de manera excepcional, en Aurora hay un texto especialmente sorprendente y significativo en el que expone un ideal de vida que se aproxima mucho a ciertos aspectos de aquella forma de vida de Jesús -según su propia interpretación- que él siempre respetó. Dice lo siguiente:

“¡Vivir sin fama, o siendo objeto de amistosas burlas, demasiado oscuramente para despertar la envidia y la enemistad, armado de un cerebro sin fiebre, de un puñado de conocimientos y de un bolsillo lleno de experiencia; ser, en cierto modo, el médico de los pobres de espíritu; ayudar a éste o al otro [...] sin que el favorecido advierta que se le ayuda! ¡Ser como una posada modesta, abierta a todos, pero que se olvida en seguida o inspira burlas! ¡No aventajar en nada, ni en alimentación mejor, ni en aire más puro, ni en espíritu más alegre, pero dar siempre, devolver, comunicar, empobrecerse! ¡Saber hacerse pequeño para volverse accesible a muchos, sin humillar a nadie! ¡Tomar sobre sí muchas injusticias [...] para poder llegar, por sendas secretas, a lo más íntimo de muchas almas cerradas! ¡Eso sería una vida, eso sería una razón para vivir mucho tiempo!”[18].

Pero, frente a un ideal de vida como éste, Nietzsche consideró que en el cristianismo oficial prevaleció el sentido menos evangélico, el resentimiento. Y, por ello, comparando la vida y la muerte de Jesús con la actitud posterior del cristianismo, escribe:

“Evidentemente, la pequeña comunidad [de los primeros cristianos] no comprendió precisamente lo principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la libertad, la superioridad sobre todo tipo de rencor [...] Pero sus discípulos estaban muy lejos de ‘perdonar’ su muerte [...] Prevaleció el sentimiento menos evangélico: la ‘venganza’ ”[19]

Sin embargo, al afirmar que la venganza sea el “sentimiento menos evangélico”, Nietzsche olvida las amenazas de Jesús relacionadas con el infierno, que es la mayor venganza imaginable.

Complementariamente considera que el cristianismo oficial

“ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte”[20].

Ese cristianismo representa la negación de los valores de la vida terrena por parte de aquellos que no se sienten con fuerzas suficientes para entregarse a ella y a esa mezcla de placer y dolor que sólo los espíritus fuertes pueden no sólo soportar sino también amar.

Teniendo en cuenta estas observaciones, puede entenderse el motivo por el cual juzga Nietzsche que Jesús fue el cebo utilizado por los judíos,

“ese cebo de la autocrucifixión de Dios para salvación del hombre”.

La forma de vida de Jesús había sido, tal vez, un auténtico modelo, pero no precisamente de los valores aristocráticos que Nietzsche defendió ni tampoco de los valores de la moral de esclavos sino de aquellos valores por los cuales Jesús aceptaba la vida y la muerte sin rencor alguno hacia nadie. En lo que Nietzsche tuvo una grave confusión o incluso contradicción de ideas fue en considerar que en la supuesta vida del Jesús evangélico no hubiera resentimiento de ningún tipo. Pero entonces ¿qué nombre habría que dar al “sentimiento” que le había llevado a amenazar con el “fuego eterno” a quien no creyera en sus palabras o no cumpliera sus exigencias? El Jesús evangélico, a pesar y en contra de su mensaje de amor, amenazó precisamente a tales personas con el fuego eterno. Pero ¿qué le importaba que la gente le creyera o que siguiera o no sus normas de vida? Es lógico pensar que quien se caracterizó por una vida de mansedumbre y amor no pudo haber amenazado con esa barbaridad tan absurda y de una crueldad tan infinita, pero es también un hecho que así consta en los evangelios y no parece que Nietzsche tuviera otra fuente para el conocimiento de Jesús que la de esos evangelios, a pesar de sus contradicciones. En consecuencia, es evidente que se precipitó de manera incomprensible en sus juicios acerca de ese personaje mítico, viéndolo como “evangelio viviente del amor”.        

Desde entonces un grupo de judíos –aunque Nietzsche habla de los judíos en general- crearon el cristianismo y se sirvieron de él para atacar los valores aristocráticos y establecer su propio sistema de valores antivitales y nihilistas. Y, entre esos judíos, el artífice fundamental de dicha moral de esclavos fue Pablo de Tarso.

Quiero señalar que, al hablar de “ideales más nobles”, Nietzsche incurre de nuevo en contradicción, pues, si en Más allá del bien y del mal había negado el valor de la moral diciendo que no había fenómenos morales, es una incoherencia que hable luego de ideales más nobles, en cuanto tal consideración representa una valoración moral. La contradicción sólo quedaría anulada en cuanto el sentido de las palabras de Nietzsche fuera exclusivamente subjetivo y estético. De hecho, en determinado momento considera, al igual que lo haría posteriormente Wittgenstein, que la ética se reduce a la estética.

Complementariamente y por lo que se refiere a la valoración del cristianismo, conviene matizar el punto de vista de Nietzsche, pues efectivamente consideró que había una fundamental diferencia entre el cristianismo oficial de la tradición, hacia el que manifestó un rechazo absoluto, y el cristianismo originario de Jesús -según su propia interpretación-, con el que siempre simpatizó y se mostró respetuoso.  

 



[1] Pero identificado con el propio Dios y a la vez distinto de él, lo cual no hay por donde cogerlo.

[2] GM, I, 8.

[3] AC, cap. 33.

[4] AC, cap. 33.

[5] HH, parág. 475.

[6] AC, cap. 39.

[7] AC, cap. 30.

[8] AC, cap. 29.

[9] EH, “Por qué soy un destino”, parág. 9.

[10] AC, cap. 35.

[11] ID, parág. 2303..

[12] Mateo, 13, 49 - 50.

[13] Mateo, 25, 41- 46.

[14] AC, cap. 20.

[15] Ibídem.

[16] AC, cap. 33.

[17] AC, cap. 39.

[18] A, V, parág. 449.

[19] AC, cap. 40.

[20] AC, cap. 5.

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