Nietzsche: Críticas a Kant
Por lo que se refiere a la valoración
del pensamiento kantiano por parte de Nietzsche hay que señalar que en un
primer momento fue muy positiva. Concretamente, en El origen de la tragedia, había escrito:
“La
formidable valentía y sabiduría de Kant
y de Schopenhauer han obtenido la más
ardua victoria, la victoria sobre el optimismo inmanente a la lógica que es el
fundamento de nuestra cultura [...] Kant puso en evidencia que el espacio, el
tiempo y la causalidad sólo sirven en definitiva para elevar la simple
apariencia, la obra de Maia, a la categoría de única y suprema realidad,
poniéndola en el lugar de la íntima y verdadera esencia de las cosas e
imposibilitando así el verdadero conocimiento de ésta”[1].
Sin embargo y
frente a este juicio tan favorable al filósofo de Königsberg, más adelante le
criticó por una serie de motivos relacionados tanto con su teoría del
conocimiento como con su ética, pues, a pesar de que en la Crítica de la Razón Pura Kant había negado la posibilidad de la
Metafísica, sin embargo finalmente trató de recuperarla “por la puerta falsa”,
es decir, a partir de la previa aceptación acrítica del valor de la moral y más
concretamente de los “postulados de la Razón Práctica” (libre albedrío,
inmortalidad del alma y existencia de Dios) y a partir, en definitiva, de la
gratuita afirmación de la “primacía de la Razón Práctica” para asegurar el
valor de una teología “práctica”, fundada en la errónea moral del “imperativo
categórico”.
Esta actitud condujo a
Nietzsche a considerar a Kant como un teólogo
disfrazado:
“El instinto de teólogo agazapado en el erudito alemán
[Kant] adivinó lo que volvía a ser posible… Estaba abierto un camino por donde
retornar subrepticiamente al antiguo ideal; el concepto de “mundo verdadero” y
la noción de la moral como esencia
del mundo (¡los dos errores más perniciosos que existen!), gracias a un
escepticismo listo y ladino volvían a ser, ya que no demostrables, sí irrefutables […] El éxito de Kant no es
más que el éxito de un teólogo; Kant, como Lutero, como Leibniz, fue una
cortapisa más de la probidad alemana, harto floja de suyo”[2].
En obras
posteriores Nietzsche se manifestó duramente en contra de este proceder
kantiano, no sólo en sus críticas al imperativo
categórico como vía para la fundamentación de la moral, escribiendo en este
sentido…
…“La hipocresía tan solemne como virtuosa
con que el viejo Kant nos atrae a los tortuosos caminos dialécticos que
conducen, más propiamente seducen a su “imperativo categórico” –este
espectáculo nos hace sonreír a los refinados, que encontramos muy divertido
poner al descubierto las sutiles tretas de vie-jos moralistas y apóstoles de la
moral”[3]…
sino también de la
metafísica teológica e igualmente en sus críticas a la
existencia de la cosa en sí y al
valor de los “juicios sintéticos a priori”[4],
que Kant había defendido como justificación del valor de la ciencia –y, de paso,
como un medio para superar el escepticismo de Hume respecto a dicho valor-.
En sus momentos más
exageradamente críticos Nietzsche llegó a afirmar que la posibilidad del
conocimiento implicaría aceptar la posibilidad de establecer un contacto con la
realidad en sí misma, de manera que,
en cuanto ésta haría referencia a una realidad independiente del propio sujeto que pretendiera conocerla, la
posibilidad de tal conocimiento se convertía en una contradicción en cuanto
aquello que se considerase como existente en
sí mismo en ningún caso podría estar en el sujeto del conocimiento.
En este sentido, con su manera radical de expresarse, en sus escritos acerca de
La voluntad de poder Nietzsche comienza negando la posibilidad
del conocimiento para después criticar de manera especial el concepto de cosa en sí y, en consecuencia, para rechazar
nuevamente la posibilidad de un conocimiento objetivo de la realidad. Indica en
este sentido:
“la mayor fábula que se ha inventado nunca es la del
conocimiento. Se quiere conocer la naturaleza de las cosas en sí; pero he aquí que no existen cosas en sí. ¡Y suponiendo
que existiera un en sí, un absoluto, precisamente en razón de esta naturaleza
suya no nos sería posible conocerlo! ¡Un absoluto no puede ser conocido; de
lo contrario no sería absoluto!
Conocer significa “condicionarse por algo”, sentirse condicionado por algo y
condicionar, por su parte ese algo[5].
Insistiendo
en este punto, considera absurda la afirmación de tal supuesta cosa en sí en cuanto se pretenda diferenciarla del conjunto de sus cualidades:
“La ‘cosa en sí’ es absurda. Si todas las
relaciones, todas las ‘propiedades, todas las ‘actividades’ de una cosa
desaparecen, no queda la cosa, porque la ‘coseidad’ es algo añadido por
nosotros, por necesidades lógicas, es decir, con fines de definición, de
comprensión”[6].
Al igual que anteriormente habían hecho los filósofos del
idealismo alemán y posteriormente B. Russell, Nietzsche señala acertadamente
que la afirmación de la existencia de la cosa
en sí como causa de las
sensaciones implica una contradicción en el sistema kantiano por lo que se
refiere al uso de los conceptos puros del entendimiento, ya que, según la propia
doctrina kantiana, si tales conceptos sólo son aplicables al ámbito fenoménico,
no podía afirmarse de manera coherente
que la cosa en sí fuera causa -concepto puro del entendimiento- de
las sensaciones:
“Kant
ya no tenía derecho a distinguir entre la “apariencia”
y la “cosa en sí”; se había privado
a sí mismo del derecho a esta vieja distinción tradicional en cuanto
consideraba ilícito deducir del fenómeno una causa del fenómeno, en consonancia con su formulación del concepto
de causalidad y de la validez exclusivamente
intrafenoménica del mismo; formulación que, sin embargo, implica ya esa
distinción, como si la “cosa en sí” estuviese no sólo dilucidada, sino dada”[7].
No obstante, hay que señalar que,
cuando Kant afirma la existencia de la cosa
en sí como causa de los fenómenos, lo que quiere decir es que, aunque las
sensaciones y el conocimiento en general tienen un carácter fenoménico, pues
sólo conocemos la realidad según aparece ante
nosotros de acuerdo con el modo de ser de nuestra sensibilidad y de nuestras
estructuras intelectuales, sin embargo son sensaciones de algo que aparece, aunque la razón no pueda ir más allá y por
encima de la sensibilidad para alcanzar un conocimiento de lo que pueda ser
ese algo en sí mismo. Y así, indica
Kant:
“...del
mismo modo que el que sostiene que el color no es una propiedad que dependa del
objeto mismo, sino sólo de la modificación del sentido de la vista, no puede
ser, por esto, llamado idealista, del mismo modo mi doctrina no puede llamarse
idealista sencillamente, porque yo encuentro que, aún más, todas las propiedades que completan la intuición de un cuerpo
pertenecen meramente a su fenómeno; pues la existencia de la cosa que aparece
no es de este modo suprimida, [...] sino que se indica que, por medio de los
sentidos, no podemos, en modo alguno, conocer lo que esta existencia sea en sí misma”[8].
En este mismo sentido, afirma
igualmente:
“el
entendimiento [...] precisamente por lo mismo que admite fenómenos, confiesa
también la existencia de cosas en sí mismas”[9]…
…aunque nunca pueda llegar a conocerse
otra cosa que su existencia[10].
Por
otra parte, la crítica de Nietzsche al concepto de cosa en sí fue algo equívoca, pues, si la hubiera efectuado a fin
de rechazar el concepto de sustancia,
entendido en sentido etimológico como “substantia” -o “hypokéimenon”-, es decir, como sustrato de un conjunto de cualidades, tal como ya lo había hecho
Hume, en tal caso su crítica hubiera sido correcta, aunque sólo en el marco de
lo que constituye el conocimiento fenoménico, en el cual evidentemente, cuando
mediante un proceso de abstracción se elimina el conjunto de cualidades de un
objeto, no queda nada al margen de
tales cualidades. Es decir, no tiene sentido afirmar que el árbol sea una “realidad
X” que tenga raíz, tronco, ramas,
hojas y frutos, como si, eliminadas tales cualidades, quedase algo a lo que pudiera llamarse “árbol”,
Sin embargo, Nietzsche confunde en estos momentos el concepto de sustancia con el de cosa en sí, pues, al margen de que sirva de poco afirmar la
existencia de algo acerca de lo cual no puede saberse nada más que dicha existencia,
no tenía por qué aplicar a la cosa en sí
la crítica que sí habría sido válida para el concepto de sustancia, a no
ser que hubiera querido negar la existencia de aquello que, por definición, no
podía ser conocido, pues, como el propio Nietzsche afirma, todo conocimiento representa
una interacción entre el sujeto y el
objeto, por lo que sería contradictorio pretender un conocimiento –como el de
la cosa en sí- que no fuera el
resultado de tal interacción.
En relación con este
punto podría pensarse, aunque no demostrarse, la existencia de una “realidad X”
como origen de las sensaciones, a pesar de que, según Kant, cualquier categoría
del entendimiento –y entre ellas la de causalidad- sólo era aplicable a la
realidad fenoménica, por lo que afirmar que la “cosa en sí” fuera causa de las sensaciones implicaría,
como señaló Nietzsche, una contradicción en el planteamiento kantiano. No obstante
tal contradicción podría excusarse en cuanto se considerase que las sensaciones
no parecen surgir de la nada ni ser una creación del sujeto, por lo que sería
admisible suponer la existencia de dicha realidad X como su causa o su origen,
al margen de que acerca de ella no pudiera decirse nada más y considerando
además dicha relación de causalidad entre la supuesta cosa en sí y la realidad
fenoménica como una excepción al
punto de vista kantiano acerca de la aplicabilidad de la categoría de causalidad
a dicha cosa en sí considerada como causa del componente material –no formal- de la realidad fenoménica, es decir, de las sensaciones.
No obstante, a efectos prácticos se
podría ignorar dicha “cosa en sí” en cuanto la afirmación de su existencia no tendría
repercusión científica de ningún tipo, ya que la Ciencia, como señala el propio
Nietzsche, sólo establece relaciones y fórmulas numéricas entre los diversos
fenómenos, sin traspasar su superficie para intentar alcanzar su núcleo en una
dimensión plena. Por otra parte, lo que resulta especialmente criticable en la
anterior afirmación kantiana es la incoherencia de haber utilizado las
categorías de pluralidad y de existencia refiriéndolas a las “cosas en
sí mismas” en lugar de referirlas a “la realidad en sí misma”, proclamando la existencia de dichas “cosas en sí”, en plural, sin ser
consciente de la incongruencia de haber afirmado que los conceptos del
entendimiento puro, y entre ellos los conceptos puros de existencia y de pluralidad,
sólo podían ser aplicados al mundo fenoménico y, sin embargo, haberlos aplicado
a supuestas “cosas en sí”, que por definición no pertenecerían al mundo
fenoménico. Por ello mismo, Kant no tenía derecho a afirmar nada en el sentido
de que dicha realidad estuviera formada por una pluralidad de cosas en sí,
ni tenía derecho a afirmar la existencia
de la cosa en sí, a no ser que previamente hubiese explicado la correspondiente
necesidad de efectuar tales excepciones a su norma de aplicabilidad de los conceptos
del entendimiento puro exclusivamente a los fenómenos.
Por su
parte, Nietzsche indica de manera acertada –aunque calificando de “caos” de
manera injustificada la realidad que se pretende conocer-, que la ciencia, en
resumidas cuentas, sólo consigue
“esquematizar,
imponer al caos bastante regularidad y suficiente número de formas para
satisfacer nuestras necesidades prácticas”[11].
En
relación con estas palabras, conviene puntualizar que la consideración de la
realidad sensible como un caos no se
corresponde con el punto de vista kantiano, quien sólo habla de la “diversidad
de lo sensible”, pero nunca de caos, pues una cosa es reconocer que desconocemos
cómo pueda ser la realidad en sí misma considerada, y otra muy distinta es
pretender que sabemos que esa realidad es un caos, una realidad carente
de orden o estructura, pues en tal caso incurriríamos en la contradicción de
negar el cono-cimiento de dicha realidad y de afirmar al mismo tiempo que
sabemos de ella que es un caos.
Añade Nietzsche a continuación:
“es
una ilusión creer que conocemos alguna cosa cuando tenemos una fórmula
matemática de lo que sucede”[12].
Pues, efectivamente, una cosa es
conocer las relaciones de los diversos fenómenos entre sí y otra muy distinta
es conocer la realidad en su dimensión más profunda. Y, de hecho, cuando
Nietzsche niega que el avance de la ciencia sea incapaz de alcanzar el conocimiento
de “alguna cosa”, con la palabra “cosa” se está refiriendo a esa cosa en sí kantiana, que, por
definición, es incognoscible y, por ello mismo, las fórmulas matemáticas que se
le aplican, aunque sean errores útiles
para la vida humana, no van más allá.
Por lo que se refiere a
los juicios sintéticos a priori, Nietzsche
los criticó con especial dureza, aunque no se detuvo a analizarlos de otra
manera que mediante consideraciones como las anteriores, que, por otra parte,
eran suficientes. En este sentido escribió:
“ya es tiempo de reemplazar la pregunta de Kant ‘¿Cómo
son posibles los juicios sintéticos ‘a priori’?’ por otra pregunta: “¿por qué
es ‘necesario’ creer en semejantes juicios?” Es decir, que ha llegado el tiempo
de comprender que, para la conservación de los seres de nuestra especie, esos juicios
deben ser tenidos por ‘verdaderos’, lo que no les impide, por otra parte, ser
‘falsos’ ”.
Esta crítica, sin embargo, no parece
plenamente correcta en cuanto Nietzsche malinterpreta la doctrina kantiana
acerca de tales juicios, al margen de que tal doctrina sea criticable por
motivos distintos a los considerados por él. Si Kant hubiera pretendido que los
juicios sintéticos a priori fueran
aplicables a la realidad en sí misma, evidentemente habría incurrido en una
contradicción, pero su pretensión fue la de señalar que en el conocimiento de
la realidad fenoménica había una materia del conocimiento, las sensaciones, que
no permanecían como “intuiciones ciegas” sino que eran estructuradas por el “yo
trascendental” mediante las intuiciones puras de la sensibilidad y mediante los
conceptos puros del entendimiento dando lugar al conocimiento fenoménico.
Sin embargo
y al igual que sucede en otras formas de “conocimiento”, Nietzsche sólo descalifica
los juicios sintéticos a priori en
cuanto Kant pretende presentarlos como conocimiento
y
no simplemente como una forma de dominar la realidad, tal como se indica en
este y en otros textos:
“los
juicios más falsos (entre los que figuran los juicios sintéticos a priori) son los más necesarios para
nosotros […] Sin mantener las ficciones lógicas, sin medir la realidad por el
mundo totalmente ficticio de lo absoluto, lo idéntico, sin una constante
desvirtuación del mundo por el número, el hombre no podría existir […]
Renunciar a los juicios falsos equivaldría a renunciar a la vida, a negar la
vida”[13].
Por otra parte, Kant había criticado
el valor de la Metafísica en sus
vertientes cosmológica, psicológica y teológica, llegando a la conclusión de
que era imposible establecer como conocimiento ninguna afirmación que hiciera
referencia al Universo en cuanto tal, a la existencia del alma y a la
existencia de Dios, en cuanto ni el Universo como tal, ni el alma, ni Dios eran
objeto de experiencia alguna.
Sin embargo, la postura de Nietzsche,
siendo más crítica que la kantiana por lo que se refiere a las vertientes
psicológica y teológica de la Metafísica, en las que no sólo negó la posibilidad
del conocimiento de esas supuestas realidades del alma y de Dios sino también
su misma existencia, por lo que se refiere al Universo presentó una
interpretación personal igualmente alejada de cualquier posibilidad de ser
demostrada, considerando la voluntad de
poder, como realidad última
que determinaría los cambios del Universo a lo largo de ciclos necesarios y eternamente
repetidos.
En cualquier caso, fueron numerosos los
momentos de su obra en que Nietzsche presentó su interpretación personal de la
realidad desde matices que, en líneas generales, se complementan entre sí y que
presuponen la aceptación de que sí es
posible el conocimiento en una dimensión última que sobrepasaría el ámbito de aquellos “errores vitalmente útiles”. Igualmente,
sus críticas a las diversas concepciones metafísicas o morales acerca del Universo
y de la realidad humana, en cuanto situado más
allá del bien y del mal, representan planteamientos sumamente profundos,
que para nada encajan con la defensa de un escepticismo.
No obstante y con las excepciones
mencionadas, las críticas al valor de la metafísica y de la ciencia, realizadas
ya anteriormente en una medida muy importante por Hume, por Kant y por
Schopenhauer sirvieron de base para el pensamiento de Nietzsche, impulsándole a
profundizar en esta postura crítica y a sostener que el auténtico valor de la
ciencia y del lenguaje consistía en su utilidad
para la vida.
[1] El origen de la tragedia, parág. 18.
[2] El Anticristo, cap. 10.
[3] Más allá del bien y del mal, citada en adelante con las siglas "BM", I, par. 5)
[4] BM, I, parág. 11.
[5] La voluntad de poder, citada en adelante con las siglas "VP", III, parág. 386. Ed. Prestigio.
[6] VP., III, parág. 388. Ed. Prestigio.
[7] VP, III, parág. 392; Ed. Prestigio.
[8] Kant: Prolegómenos a toda
metafísica futura, p. 90. Edit. Aguilar, Buenos Aires, 1968.
[9] Kant: O. c., p. 127.
[10] Con su afirmación de la cosa
en sí Kant pretendió escapar del solipsismo
de Hume y, por ello, de algún modo introdujo, como excepción al uso meramente
fenoménico de la categoría de causalidad,
su uso referido a la cosa en sí considerándola
como causa de dicha realidad
fenoménica -y más concretamente de su componente material, es decir, de las
sensaciones-. Y, de hecho, aunque el avance científico se está produciendo a un
ritmo vertiginoso, no por ello los científicos consideran, a la manera del
idealismo, que la realidad investigada no tenga una entidad propia más allá de sus manifestaciones,
que son las que llegan a ser objeto de experiencia dando lugar a un progresivo
conocimiento de las regularidades que presiden el comportamiento de la Naturaleza
como “conjunto de todos los fenómenos”. Como es lógico, al científico lo que le
interesa es aquello que pueda llegar a ser conocido, y, en cuanto nada puede
decir de la cosa en sí, deja de lado
esta cuestión cuyo desconocimiento no impide para nada el progreso de la
ciencia. Además y de manera paradójica respecto al rechazo de la cosa en sí, conviene tener en cuenta que el
concepto nietzscheano de voluntad de
poder deriva del concepto de Schopenhauer de voluntad y que ésta fue afirmada por el filósofo del pesimismo
alemán como la forma mediante la cual el ser humano accedía al conocimiento de la cosa en sí como trasfondo último de toda
realidad de la que surgirían las diversas representaciones
o fenómenos, propios de la conciencia
[11] VP, parág. 514. Ed. Aguilar.
[12] VP, parág. 625; Ed. Aguilar.
[13] BM,
I, parág. 4.
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