lunes, 24 de enero de 2022

 

     Nietzsche: La “muerte de Dios”

A partir de la veracidad o de la sinceridad más profunda, Nietzsche había tomado conciencia de la imposibilidad de alcanzar la verdad en los terrenos analizados en el anterior capítulo. Pero, si la verdad en un sentido pleno era un objetivo tan inasequible, no lo era tanto el de la denuncia de los mitos elaborados por la fantasía humana y presentados como verdad.

Precisamente una consecuencia de esta rigurosa actitud de Nietzsche en su búsqueda de la verdad fue lo que le condujo a su crítica de la teología y de la moral, y a mostrar las consecuencias lógicas que derivaban de estas críticas. En lo esencial el esquema de tales críticas se resume en los puntos siguientes:

a) La “muerte de Dios”, es decir, la toma de conciencia de que el dios del cristianismo -y cualquier otro-, en el que el propio Nietzsche había creído durante su infancia, su adolescencia y parte de su juventud, no existía.

b) Una consecuencia de la “muerte de Dios” es la negación del valor de la moral y la toma de conciencia de la falta de sentido de todos los valores en cuanto su fundamento se encontraba en ese Dios inexistente.

Si Dostoievski ya había planteado que si dios no existe, todo está permitido, Nietzsche, admirador de Dostoievski como psicólogo, llegó a ese mismo resultado negando en consecuencia el valor de la moral en cuanto se basaba en la creencia en ese supuesto Dios como legislador.

Lo más paradójico de todo esto es que, como el propio Nietzsche señala, es la propia moral la que se niega a sí misma por moralidad. Pues, efectivamente, la moral cristiana había situado entre sus virtudes, emanadas de la divinidad judeo-cristiana, la de la veracidad, la de no mentir. Y fue precisamente la veracidad la que le condujo a la toma de conciencia de que Dios no existía. Y, por ello, si Dios había sido considerado como el fundamento de la moral, el descubrimiento por veracidad de la inexistencia de ese “Dios” le condujo a la toma de conciencia de que la moral absoluta no tenía fundamento de ninguna clase.

En Así habló Zaratustra, en el capítulo que trata de las tres transformaciones del espíritu, habla Nietzsche del camello, del león y del niño como símbolos de la evolución que la moral debería seguir en la mente de los hombres: El camello, con sus jorobas, simboliza al hombre cargado con el peso de los deberes morales como imposiciones externas que representan una carga y una negación de su propio ser; el león simboliza al hombre que se rebela contra esa carga y, frente al “tú debes” de aquella forma inicial de la moral, proclama de manera desafiante “yo quiero”, rebelándose contra la moral del sometimiento y de los antivalores opuestos a los valores terrenales, rompiendo las cadenas que sometían al hombre a la obediencia a un ser imaginario; y, finalmente, el niño va más allá de la simple rebelión y proyecta su propio ser en todo lo que hace de forma creativa, libre ya de cualquier sometimiento; y, por eso, la expresión de esta actitud es la de “yo soy” que viene a decir que no existe obligación alguna de someterse a cualquier supuesta autoridad  que pretenda imponer sus propios dictados, de forma que el hombre tiene que aprender a ser el conductor de su propia vida, viviendo de acuerdo con los valores que mejor expresen su propio ser.

c) A pesar de que el cristianismo representaba ya una forma de nihilismo, en cuanto negaba el valor de esta vida para poner todo valor en una supuesta vida ultraterrena, sin embargo la desaparición de la creencia en ese dios conducía inicialmente a un intenso nihilismo en cuanto, si “la muerte de Dios” implicaba la desaparición del fundamento de la moral y de todos los valores, una consecuencia de tal vacío, representado por la pérdida absoluta de sentido y de finalidad de la vida humana, era el sentimiento de que todo era absurdo. En eso consistía, en definitiva, el nihilismo a que conducía “la muerte de Dios”, en la vivencia de que no había nada en la vida por lo que valiera la pena esforzarse, pues, con la muerte, cualquier finalidad por la que hubiéramos luchado a lo largo de la vida desaparecería para siempre. 

1. La “muerte de Dios”: La caída más profunda en el nihilismo

En cualquier caso y a pesar de juzgar que el cristianismo representaba ya una forma de nihilismo por su rechazo de los valores de la vida terrena, Nietzsche consideró que “la muerte de Dios”, el advenimiento del ateísmo, podía representar una caída más profunda y, por ello mismo, una vivencia más intensa de la falta de sentido de la vida y de toda la realidad. Este sentimiento de absurdo quedó especialmente reflejado en un pasaje de La gaya ciencia cuya enorme fuerza expresiva muestra plenamente la intensa experiencia del nihilismo en el hombre que, adoctrinado en creencias religiosas como lo había sido el propio Nietzsche, siente de pronto una total desorientación y un vacío insoportable ante la pérdida de Dios, fundamento y sentido último de todos los valores de la anterior interpretación de la realidad. Escribe en este sentido:

“¿No habéis oído hablar de aquel hombre loco que en pleno día encendió una linterna, fue corriendo a la plaza y gritó sin cesar: ‘¡Ando buscando a Dios! ¡Ando buscando a Dios!’? Como en aquellos momentos había en la plaza muchos de los que no creían en Dios, provocó un gran regocijo. ‘¿Es que se ha perdido?’ dijo uno de los circunstantes. ‘¿Es que se ha extraviado como cualquier criatura?’ exclamó otro [...] El hombre loco se precipitó por entre ellos y los fulminó con la mirada. ‘¿Preguntáis qué ha sido de Dios?’ gritó. ‘¡Os lo voy a decir! ¡Le hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la tierra de la cadena de su Sol? ¿Dónde le conducen ahora sus movimientos? ¿Adónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia adelante, hacia atrás, hacia algún lado, erramos en todas las direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento? […] ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran a Dios? [...] ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte! [...] Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo [...] Jamás hubo una acción más grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna’. Al llegar a este punto, calló el loco y volvió a mirar a sus oyentes; también ellos callaron, mirándole con asombro”[1].

Para aquéllos que desde su infancia han vivido en un ambiente ateo o de indiferencia religiosa, estas palabras pueden parecer artificiosamente dramáticas. Sin embargo, las vivencias tan intensas que en este texto se reflejan son más claramente comprensibles si se tiene en cuenta la infancia de este gran pensador, tan fuertemente ligada a las creencias del cristianismo: Su padre y otros antepasados habían sido pastores protestantes y el ambiente familiar de su infancia y adolescencia fue intensamente religioso, hasta el punto de que desde muy pronto había sido encaminado por su familia para dedicarse al mismo “servicio divino” al que se había consagrado su padre, llegando incluso a comenzar sus estudios universitarios dedicándose al mismo tiempo a la Teología y a la Filología Clásica. Los estudios de Teología los dejó bastante pronto, pero el pasaje antes citado puede explicar la intensidad y el carácter realmente trágico de su crisis vital, ocurrida entre sus dieciocho y veinte años, cuando fue tomando conciencia de lo absurdo de aquellos contenidos religiosos y de aquellos ideales, que aparecen reflejados en las vivencias atormentadas del texto citado. En él Nietzsche parece haber olvidado las críticas que había estado realizando en contra del cristianismo y por un momento sólo se centra en la angustia existencial que le produjo la toma de conciencia de que, pese a todos sus aspectos negativos, con el Dios cristiano la vida tenía al menos un sentido, aunque se encontrase en otra supuesta vida y estuviera dirigido hacia una finalidad ajena a todo lo que podía encontrar de satisfactorio en esta vida terrena.

Ante este cambio de enfoque respecto al sentido de la vida, es un “hombre loco”, ése que vive al margen de la sociedad y que sólo está loco en cuanto se aparta de la vida superficial de quienes, adormeciendo su conciencia, se amoldan a cualquier situación sin tratar de comprenderla y sin tratar de tomar conciencia acerca de qué puede significar esa nueva perspectiva respecto al sentido de su vida a partir de “la muerte de Dios”; ese hombre “loco” es quien se hace esa serie de preguntas de manera tan atormentada, expresando el cambio radical tan profundo que puede significar la desaparición de aquella cosmovisión religiosa que al menos y a lo largo de muchos siglos había dado un sentido a la vida, aunque se tratase de un sentido equivocado y nihilista, tanto por su falsedad como por ser contrario a los valores terrenales.

La “muerte de Dios” se presenta como algo tan terrible como si de pronto el mar se hubiese secado, como si la Tierra hubiese comenzado a alejarse del Sol, habiéndose roto la invisible cadena que la había mantenido unida a él a lo largo de millones de siglos, como si de pronto el hombre loco hubiese tomado conciencia de una ausencia absoluta de seguridad en la vida y, por ello, como si estuviera cayendo sin cesar, sin tener nada en que apoyarse y sin dirección alguna hacia donde poder dirigirse, flotando en la nada, en una oscuridad y en un vacío infinitos.

Para percibir la angustiosa vivencia expresada por esas metáforas era necesario haber sentido previamente la confortable seguridad proporcionada por aquellas creencias religiosas anteriores que, a pesar del desprecio al valor de la vida terrena, ofrecían al menos la tranquilidad de poder imaginar que había una realidad trascendente gracias a la cual el hombre encontraba un sentido al aparente absurdo de esta vida. Sin embargo, sólo el loco, el que se atrevía a pensar con profunda sinceridad y a enfrentarse a la verdad, vivía y sufría de pronto la toma de conciencia de que aquellas fantasías acerca de los dioses o del dios cristiano habían sido simples ilusiones con que los hombres habían tratado de compensar la soledad y la ignorancia en que vivían, sin que el mundo diera respuesta alguna a sus preguntas acerca de un porqué y un para qué de su misma vida.

La “muerte de Dios” -referida especialmente al dios cristiano, aunque sin duda también a cualquier otro- queda expresada en muchos otros momentos de la obra de Nietzsche, pero tiene especial interés aludir a uno de El Anticristo en el que se hace una referencia explícita no sólo a la inexistencia de Dios sino también a la falsedad de otras doctrinas fundamentales del cristianismo que irían ligadas a la creencia anterior y que, por ello mismo, deberían haber desaparecido con aquélla en lugar de seguir existiendo gracias a la extrema mendacidad de los sacerdotes –es decir, de los dirigentes del cristianismo, empezando especialmente por su principal impulsor, Pablo de Tarso, acerca del cual escribió Nietzsche:

“Lo que él [Pablo de Tarso] no creía, lo creían los idiotas entre los cuales propagaba su doctrina. Su necesidad era el poder; con Pablo, el sacerdote trató una vez más de erigirse en amo; sólo le convenían conceptos, doctrinas y símbolos que sirvieran para tiranizar masas y organizar una grey”[2].

Respecto a la falta de valor de tales doctrinas Nietzsche no adopta aquí una actitud de crítica como consecuencia del nihilismo que tales doctrinas implicaban sino sólo de profundo desprecio y rechazo ante la mentira y la hipocresía de los sacerdotes -“la especie más peligrosa de parásito, […] la auténtica araña venenosa de la vida”[3]-, aquéllos cuyo oficio consiste en  desacreditar la vida terrena y engañar al pueblo ingenuo con doctrinas negadoras de los valores de esta vida, defendiendo por el contrario tales doctrinas nihilistas, siendo conscientes de su falsedad.

De esta crítica deja fuera -aunque no siempre- al propio Jesús de Nazaret, pero no por las doctrinas que se ponen en su boca, sino sólo por la práctica de su vida, que considera, aunque erróneamente, carente de todo resentimiento.

Por lo que se refiere a estas consideraciones respecto a Jesús y al margen incluso del problema de si ese Jesús existió o no, Nietzsche, siendo consciente de las falsedades existentes en los evangelios, intentó profundizar y tratar de diferenciar las doctrinas que en dichos evangelios se defienden de lo que pudo haber sido la personalidad auténtica y la forma de vida de Jesús. Sin embargo, el resultado al que llegó resulta más que discutible, pues –quizá de modo inconsciente- seleccionó aquellos pasajes en que se hace referencia a las cualidades que se correspondían con el modelo que era más de su agrado, dejando de lado aquellas otras que presentaban a Jesús como un personaje en el que el carácter vengativo estaba especialmente presente, con la absurda condena al “fuego eterno” de quienes no creyeran en su palabra o no siguieran sus doctrinas.     

Pero, si en Jesús la práctica de la vida y sus doctrinas se encontraban tan sideralmente alejados entre sí, tal situación debía haber servido, si acaso, para descalificar incluso esa práctica, por su falta de coherencia con lo que, según los evangelios, predicaba[4], a no ser que considerase que tales doctrinas no pertenecían al propio Jesús, sino que fueron incorporadas a los evangelios –como tantos otros pasajes falsos o contradictorios- por su interés estratégico para adoctrinar a la masa inculta. Con-viene tener en cuenta además que los evangelios, escritos bastantes años después de la supuesta muerte de Jesús –especialmente el de Juan el Anciano, escrito hacia el año 100-, son documentos en ocasiones contradictorios y en cualquier caso nada fiables para reconstruir lo que pudo haber sido la vida y doctrinas del supuesto Jesús de Nazaret.     

En relación con esta cuestión, insistiendo en su crítica contra la falsedad de los dirigentes del cristianismo, escribe Nietzsche:

“Lo que en otro tiempo no era más que algo enfermo se ha convertido hoy en algo indecente, hoy es indecente ser cristiano. Y aquí comienza mi náusea. Miro a mi alrededor: ni una palabra ha quedado ya de lo que en otro tiempo se llamó “verdad”, nosotros no soportamos ya ni siquiera que un sacerdote tome en su boca la palabra “verdad”. Aun cuando la pretensión de honestidad sea modestísima, nosotros tenemos que saber hoy que, en cada frase que dice un teólogo, un sacerdote, un papa, no sólo yerra, sino que miente […]. También el sacerdote sabe ya, como lo sabe todo el mundo, que no hay un “Dios”, un “pecador”, un “redentor”, que la “voluntad libre”, el “orden moral del mundo” son mentiras […] Todos los conceptos de la Iglesia se hallan reconocidos como lo que son, como la más maligna superchería que existe, realizada con la finalidad de desvalorar la naturaleza, los valores naturales; el sacerdote mismo se halla reconocido como lo que es: como la especie más peligrosa de parásito, como la auténtica araña venenosa de la vida […] Los conceptos  “más allá”, “juicio final”, “inmortalidad del alma”, el “alma” misma; son instrumentos de tortura, son sistemas de crueldades mediante los cuales el sacerdote llegó a ser señor, siguió siendo señor”[5].

Y poco más adelante:

“hemos descubierto en el odio instintivo a toda realidad el impulso motor, el único impulso motor del cristianismo”[6].

En estas apreciaciones Nietzsche se expresó con una exageración algo retórica tal vez –aunque no demasiado-, pero, si lo hizo, fue quizá por su interés en que la mirada de sus lectores se centrase en esta fuente de la fuerza del cristianismo, basada en el resentimiento de quienes eran incapaces de decir sí a la vida terrena y se refugiaban no sólo en la esperanza de otra vida, en “el más allá”, sino también en la satisfacción por la “condena eterna” de quienes disfrutaban y defendían el valor de esta vida sin refugiarse en la esperanza de otra vida mejor. Pero, aunque es posible que el cristianismo de los primeros tiempos se caracterizase especialmente por ese resentimiento, muy pronto ese rencor, aunque sin desaparecer, dejó su lugar de preponderancia a otro interés especial: Los dirigentes cristianos se centraron muy pronto en redirigir tal sentimiento conduciéndolo hacia la ambición de poder sobre las gentes a quienes adoctrinaban, a los que incluso obligaban bajo pena de muerte a convertirse al cristianismo, y hacia la ambición de riquezas materiales que tanto parecían despreciar cuando ponían en boca de Jesús sus palabras tan atrayentes para los pobres o para quienes ponían sus esperanzas en otra vida mejor, diciéndoles, en este sentido: “bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”, tal y como puede leerse en los evangelios[7]. 

 En realidad, la iglesia católica persiguió en todo momento tales objetivos de poder y no sólo en el Renacimiento –como considera Nietzsche-, aunque en esos años los persiguiera de manera más abierta y sin complejo alguno, tal como sucedió en los casos de los papas Inocencio VIII y Alejandro VI, y de algunos de los hijos de este último, como César y Lucrecia Borgia, y otros “príncipes de la iglesia” (!)[8].

En relación con este cambio en los fines perseguidos por la iglesia católica a lo largo de su historia, conviene recordar, por otra parte, que en distintos lugares de su obra considera Nietzsche la moral de sacerdotes como una de las dos modalidades de la moral de señores, siendo la otra la moral de guerreros. Esta última se caracterizaría por la posesión de “virtudes” especialmente físicas, aptas para la guerra y para enfrentarse abiertamente contra cualquier peligro y cualquier enemigo que se interpusiera en su camino; la otra, la moral de sacerdotes, habría surgido como consecuencia de la debilidad física de aquellos “señores” que, careciendo de fortaleza física, inventaron el “espíritu”, con sus falsos valores, en cuanto aparentaban de modo hipócrita un modo de ser basado en el amor, pero que en realidad había surgido del resentimiento contra la nobleza guerrera y era consecuencia de su debilidad física para hacer frente a la vida. Desde el punto de vista de Nietzsche, fueron tales valores aparentes, como la humildad, la justicia, la paciencia, la castidad, el ayuno, la compasión, la obediencia, la penitencia, surgidos del resentimiento y contrarios a la vida, los que permitieran a los sacerdotes triunfar en su lucha contra la nobleza guerrera y sus valores, emanados de la afirmación de la vida misma, creando así la moral de esclavos.

Afirma Nietzsche que fueron los judíos –en cuanto pueblo sacerdotal, pueblo en el que, durante una larga época, de modo directo o indirecto los sacerdotes detentaron el poder-, quienes tuvieron el papel principal en el desarrollo de esta moral de esclavos. Escribe en este sentido:

Ya se habrá adivinado la facilidad con que la valoración sacerdotal puede desarrollarse de la caballeresco-aristocrática y evolucionar hasta convertirse en su antítesis [...] Los juicios de valor caballeresco aristocráticos suponen un ple-no vigor físico, una salud pletórica, prodigiosa, hasta desbordante, amén de lo que la conserva, a saber: la guerra, la aventura, la caza, la danza, torneos, todo cuanto comporta una actividad alegre, ruda y libre. La valoración sacerdotal-aristocrática [...] descansa en otros supuestos [...] Los sacerdotes [...] son los enemigos más malignos; ¿y por qué? Porque son los más impotentes. Su impotencia es causa de que su odio adquiera proporciones tremendas y terroríficas, suprema sutileza y carácter de máximo rencor. Los grandes odiadores de la historia universal, también los más sutiles, siempre han sido sacerdotes [...] Todo lo que se ha hecho sobre la tierra contra “los nobles”, “los poderosos”, “los amos”, “los gobernantes” es muy poca cosa en comparación con lo que han hecho contra ellos los judíos, ese pueblo sacerdotal que sólo ha sabido vengarse de sus enemigos y opresores, en definitiva, invirtiendo radicalmente los valores de éstos, es decir, mediante un acto de venganza de lo más espiritual. [...] Los judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa consecuencia osaron invertir la ecuación valorativa aristocrática: bueno = aristocrático = poderoso = hermoso = feliz = grato a Dios, y defendieron su inversión con encarnizamiento de odio frenético, proclamando: “¡únicamente los miserables, los pobres, los impotentes, los humildes son los buenos; únicamente los atribulados, los agobiados, los enfermos, los feos son los piadosos y gratos a Dios, y serán los únicos que gozarán de la eterna bienaventuranza; en cambio vosotros, los nobles y poderosos, sois para siempre los malignos, los crueles, los concupiscentes, los insaciables, los impíos, y hasta la consumación de los siglos seréis los réprobos, los maldecidos y condenados!”... Sabido es quién ha recogido la herencia de esta inversión judía de los valores... [...] con los judíos se inicia la sublevación de los esclavos en la moral...[9].

Nietzsche presenta la moral de esclavos en oposición a la moral de señores. Señala que la moral de señores se subdivide en dos modalidades, la moral de guerreros y la moral de sacerdotes. Ambas son creadoras de valores, pero mientras la moral de guerreros se relaciona con los valores espontáneos y vitales de una naturaleza física fuerte, la moral de sacerdotes, relacionada con personas físicamente débiles y guiadas por el resentimiento, inventa los “valores del espíritu”, especialmente opuestos a los valores vitales, para poder enfrentarse a la nobleza guerrera.

Aunque en muchas ocasiones Nietzsche no se expresa de manera coherente a la hora de señalar la distinción entre la moral de sacerdotes y la moral de esclavos, son una misma realidad, cuyo origen se encuentra en el resentimiento como fuerza que la impulsa. La única diferencia entre ellas consiste en que la moral de sacerdotes crea valores -o antivalores-, aunque se trate de valores de carácter nihilista, los “valores del espíritu”, contrarios a los valores de los nobles. Esa misma moral de sacerdotes, en cuanto Nietzsche sigue considerando a los sacerdotes como nobles, pasaría a convertirse en moral de esclavos cuando simplemente fuera asumida de forma pasiva, pero no creada, por quienes carecían de fuerza y de capacidad natural para aceptar los valores relacionados con la exaltación de la vida terrena:

La diferencia que habría entre los sacerdotes y los seguidores de esta “moral de esclavos” consiste en que los sacerdotes habrían sido sus creadores, mientras que la plebe simplemente habría sido seducida por los sacerdotes para asumir sus valores, contrarios a los de los señores, imponiéndolos finalmente a los señores y al conjunto de la sociedad:      

“La sublevación de los esclavos en la moral se inicia al hacerse creador el resentimiento mismo, creando valores; el resentimiento de seres a los que está vedada la reacción propiamente dicha: la de la acción, y que tienen que contentarse con una venganza imaginaria. En tanto que toda moral aristocrática surge de una triunfante autoafirmación, la moral de esclavos de antemano dice “no” a todo “exterior”, a todo “no yo”; y este “no” es su acto creador. Esta inversión de la visual valorativa […] es característica del resentimiento”[10].

Comentario crítico: En esta estimación de los valores nobles como superiores a los valores de la moral de esclavos el punto de vista de Nietzsche fue incoherente por diversos motivos: En primer lugar, su incoherencia se muestra en que valora de forma especialmente positiva los valores nobles en cuanto representan la proyección espontánea del propio ser, mientras que rechaza los valores de la moral de esclavos, creada por la nobleza sacerdotal, cuyo origen habría surgido del resentimiento como consecuencia de su propia debilidad. Ahora bien, en cuanto Nietzsche había argumentado y refutado adecuadamente el valor de la moral, a partir de ese momento no tenía sentido que se en diversos momentos pronunciase mediante juicios morales en favor de los valores nobles y en contra de los valores de la moral de esclavos, olvidando que todos los valores eran simples armas en la lucha por la vida, mientras que la lucha por la vida era, según su propio punto de vista, una expresión de la voluntad de poder.

En segundo lugar, de acuerdo con el determinismo y con la necesidad que acertadamente defiende para explicar todos y cada uno de los fenómenos, naturales y humanos, el enaltecimiento de los valores nobles y la condena de los valores esclavos resulta es igualmente incoherente en cuanto tanto los primeros como los últimos serían el resultado de la necesidad. Por ello hay que decir que, si fuéramos conscientes de las leyes que determinan el modo de ser o de comportarse el ser humano en ningún caso juzgaríamos moralmente ninguna de sus acciones. Pero sucede que tendemos a aislar tales acciones olvidando la cadena causal de que proceden, y entonces juzgamos al sujeto de tales acciones desde una perspectiva moral, como bueno o como malo, olvidando la necesidad que preside el modo de actuar de todos. Y, por ello, cualquier “valoración moral” sólo podría tener sentido como una simple expresión de la simpatía o antipatía que su comportamiento pudiera provocar, pero los fuertes actúan desde la base de su fortaleza, y los débiles desde la de su debilidad. Y, si en la base de la moral de esclavos el resentimiento juega un papel fundamental, no hay nada moralmente censurable en ello, a pesar de las escandalizadas críticas morales (!) de Nietzsche, en cuanto él mismo había juzgado acertadamente que, con la “muerte de Dios”, la moral había quedado privada de fundamento. 

Por otra parte y al margen de la crítica anterior, hay que tener en cuenta que, si resulta comprensible que el comportamiento de los nobles en relación con los débiles fuera el de una  agresividad espontánea derivada de su fuerza bruta, es igualmente explicable que, como resultado de las agresiones recibidas, el débil tratase de defenderse, que el resentimiento surgiera en él y le impulsase a actuar de manera que pudiera compensar su debilidad física, y que por ese motivo inventase el espíritu y la serie de “valores” contrarios a los de los fuertes, que podían favorecerle para no ser pisoteado por ellos y sirviéndose de ellos para combatirles, llegando incluso a vencerles por su astucia, por otras cualidades psíquicas, como la inteligencia -según considera el propio Nietzsche-, y por la diferencia de número en favor de los débiles respecto a los fuertes.

Y, en tercer lugar, es evidente además que ni la moral de señores ni la moral de esclavos se corresponderían con el sentido propio de la moral absoluta, ya criticada acertadamente por Nietzsche. En realidad, a la supuesta moral de señores no se la podría calificar de moral en el sentido tradicional del término, en cuanto se correspondería con simples actuaciones espontáneas, no sometidas a ningún tipo de “deber”, mientras que la moral de esclavos estaría formada por simples imperativos hipotéticos en cuanto el principio que regiría las acciones en dicha moral sería heterónomo, es decir, basado en el supuesto de que el hombre debía someter sus acciones a supuestas normas provenientes de una realidad ajena a su propio ser, como lo sería aquel Dios cuya existencia había quedado refutada.        

 En definitiva, parece que en esta cuestión y como consecuencia de su intensa visceralidad contra la masa, los planteamientos de Nietzsche no fueron especialmente coherentes al tomar partido desde una perspectiva moral en favor de la moral de señores y en contra de la moral de esclavos.

1.1. Argumentos contra de la existencia de Dios

Por lo que se refiere a esta cuestión, Nietzsche no se preocupó de forma especial por presentar argumentos para refutar la existencia de ese supuesto ser hasta el punto de haber llegado a escribir, aunque de forma exagerada:

“el ateísmo, para mí, no es en absoluto un resultado, y menos un acontecimiento; yo soy ateo por instinto”[11].

En cualquier caso, pareció considerar que los filósofos de la Ilustración y quienes le precedieron de modo más inmediato, como Th. Hobbes, B. Spinoza, D. Hume, D. Diderot, D’Holbach, Stendhal, L. Feuerbach, M. Hess, M. Stirner, K. Marx y A. Schopenhauer entre otros, hablaron ya con suficiente claridad. No obstante, fueron varias las ocasiones en que, sin recurrir a planteamientos críticos anteriores, la “muerte de Dios” se le mostró simplemente como una conclusión derivada de adoptar una actitud veraz frente a tal cuestión. En este sentido, en La gaya ciencia había escrito:

“Se comprende qué fue lo que en realidad venció al dios cristiano: fue la misma moral cristiana, la veracidad aplicada con rigor creciente, la conciencia cristiana refinada en los confesionarios, que se transformó en conciencia científica, en probidad intelectual a toda costa”[12];

y, en este mismo sentido, escribió en sus escritos póstumos:

- “Es cuestión de probidad, de una probidad muy modesta y en absoluto digna de admiración, mantenerse alejado de la creencia en Dios”[13],

- “hemos evolucionado más allá del cristianismo, no porque hayamos vivido demasiado alejados de él, sino por haber vivido demasiado cercanos a él, más aún, por haber surgido de él; nuestro sentimiento piadoso mismo, hoy, por ser más estricto y más refinado, nos veda seguir siendo cristianos-”[14].

Precisamente este último pasaje, cuando dice “por haber surgido de él”, es decir, del cristianismo, representa una clara demostración del carácter exagerado de su anterior afirmación en la que dice “yo soy ateo por instinto”, aunque declara abiertamente que el hecho de haber sido cristiano le condujo a dejar de serlo, precisamente para ser consecuente con la veracidad que la moral cristiana le exigía. Pues, en efecto, el núcleo esencial de estos pasajes se relaciona con el hecho de que la moral cristiana -en concreto, el mandamiento “no mentirás”- había favorecido el desarrollo de la veracidad en él, de la sinceridad llevada a su grado más extremo. Y fue esa veracidad la que le condujo a tomar conciencia de la falsedad del cristianismo, la falsedad de la existencia de su dios y la falsedad de su moral, en cuanto se suponía impuesta por esa divinidad inexistente.

Es evidente, por otra parte, que, al margen de que la veracidad fuera el motor que le condujo a la negación de Dios, dicha veracidad estuvo acompañada además de diversos argumentos suficientemente sólidos que confirmaban una conclusión semejante, al margen de que, en sentido estricto deberían haber sido quienes afirmaron semejante doctrina -la de la existencia de un dios-, quienes aportasen argumentos en favor de su “verdad”, en lugar de ser quienes les escuchaban quienes debieran aportar argumentos para rechazar sus simples afirmaciones dogmáticas.

En relación con la aportación de argumentos en contra de la existencia de Dios Nietzsche los presentó en diversos momentos, y, si no se detuvo a exponerlos con excesivo detalle, fue porque se le presentaban con tal evidencia que pareció considerar una pérdida de tiempo dedicarse a su explicación detallada. Pero veamos qué dijo: 

a) En primer lugar, criticó el hecho de que la idea de Dios había venido tradicionalmente asociada a la de una desvalorización de la vida terrena, y, en consecuencia, consideró inaceptable la idea de un dios que pudiera tener esa cualidad tan absurda. Consecuente con esta reflexión, escribió:

“…hasta ahora, el concepto de ‘Dios’ ha sido la objeción más grave a la existencia [...] Nosotros negamos a Dios, negando a Dios negamos la responsabilidad; sólo así redimimos el mundo”[15].

En otra crítica anterior Nietzsche había hablado también de la oposición entre la idea de Dios y la de la responsabilidad humana, y esta crítica tenía pleno sentido en cuanto el concepto del dios cristiano -así como el de un dios como ser perfecto- va unido al de la omnipotencia de este supuesto ser al que nada escaparía y del que todo absolutamente dependería. Por ello, la existencia de un ser de tales características sería incompatible con la simultánea afirmación de la responsabilidad del hombre, pues ésta implicaría aceptar la existencia de sucesos que no dependerían de la supuesta omnipotencia divina sino de la libertad del hombre, olvidando además la doctrina de Tomás de Aquino según la cual la misma voluntad humana, origen de las decisiones y acciones del hombre, habría sido programada o predeterminada por ese dios[16].

Consecuente con esta crítica a tan curiosa doctrina, Nietzsche declaró:

“termina la vida allí donde empieza el ‘reino de Dios’”[17].

De acuerdo con la idea de Nietzsche, pensemos que los dioses antiguos eran seres con sus poderes, sus virtudes y sus defectos, pero que para un pensamiento racional tales dioses no lo serían en realidad en cuanto se entienda por “dios” un ser perfecto, considerando además que dicha perfección sólo admitiría cualidades positivas, pero en ningún caso cualidades negativas, como lo sería la del rechazo del mundo y el de los valores de la vida terrena[18].

Nietzsche observa que el dios cristiano, en el que había creído durante su infancia y su adolescencia, es un dios contrario a esta vida terrena; en consecuencia, ese dios es sólo un fraude que hay que denunciar. La antítesis entre el dios cristiano y el valor de la vida terrena representaba por sí sola una refutación directa de Dios, en cuanto las doctrinas del cristianismo, supuestamente dictadas por ese dios, representaban de manera inadmisible una negación del valor de la vida terrena, por lo que resultaba absolutamente innecesario buscar otros argumentos para rechazar la existencia de ese dios. Por este motivo, Nietzsche escribió:

“el concepto cristiano de Dios [...] es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra; [...] ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno ! ¡En Dios, declarada la hostilidad a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vida! [...] ¡En Dios, divinizada la Nada, santificada la voluntad de nada!”[19].

Y, en cuanto el cristianismo ha tomado partido en favor de la moral de esclavos, opuesto al disfrute de la vida terrena y en contra de los valores vitales de la moral de señores, ligados al goce terrenal, Nietzsche manifestó su rechazo más absoluto en muy diversas ocasiones: 

“[el cristianismo] ha librado una guerra a muerte a ese tipo humano superior de hombre, él ha proscrito todos los instintos fundamentales de ese tipo, él ha extraído de esos instintos, por destilación, el mal, el hombre malvado, el hombre fuerte considerado como hombre típicamente reprobable, como ‘hombre réprobo’. El cristianismo ha tomado partido por todo lo débil, bajo, malogrado; ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte”[20].

En este mismo sentido presentó con insistencia otras duras críticas contra el cristianismo por su rechazo a todo lo que de algún modo podía significar una exaltación y una afirmación del valor de la vida terrena y de todo lo que contribuyese a darle un significado realmente valioso, escribiendo en este sentido:

      “¿Cuál ha sido, hasta el presente, en la tierra, el máximo pecado? ¿Acaso no lo fue la palabra de quien dijo: ‘Desgraciados de los que ríen aquí abajo’?

¿Es que no encontró de qué reír sobre la tierra? Mal buscaría, seguro. Hasta un niño encuentra aquí motivos para reír.

Aquel hombre no amaba bastante: ¡De lo contrario nos habría amado también a nosotros, los que reímos! Pero nos odió y nos insultó, nos anunció el llanto y el crujir de dientes [...] No amaba él lo bastante: De lo contrario no se habría encolerizado tanto porque no se le amase”[21].

En definitiva y de forma generalizada, teniendo en cuenta la serie de ocasiones en que el cristianismo ha condenado los valores intrínsecos de la vida terrenal, juzgó que el cristianismo representaba

“la negación de la voluntad de vida hecha religión”[22].

Como explicación de estas críticas, se refirió en diversas ocasiones a la interpretación del cristianismo según la cual el hombre había sido desterrado del Paraíso como consecuencia del pecado de Eva y Adán, y su vida terrena debía verse como una condena y como penitencia, de manera que el mundo debía ser un valle de lágrimas al que el hombre había sido desterrado para pagar con su sufrimiento y contribuir con él a su propia redención. Tal absurdo castigo implicaba la negación de los valores de la vida terrena y la condena de los instintos y placeres, mediante cuya satisfacción el hombre pudiera disfrutar de la vida en lugar de tener que sufrirla.

La religión cristiana había surgido de la religión de Israel, y Yahvé, el dios de Israel y del propio cristianismo, era un dios vengativo, caracterizado especialmente por su cólera, que, según los escritos bíblicos, castigaba las ofensas y desobediencias de manera salvaje, con la muerte del transgresor de la ley y la de sus descendientes “hasta la tercera y la cuarta generación”. Hacia el final del Antiguo Testamento surgió la idea del infierno, y posteriormente los creadores del cristianismo, asumiendo el odio patológico del antiguo Yahvé, asumieron igualmente el morboso invento del fuego eterno para todo aquél que no creyese en su dios o no siguiera sus doctrinas.

El cristianismo era absurdo por muchos otros motivos, como el de la doctrina sobre la muerte del “hijo de Dios”, como si tuviera sentido considerar que un dios inmortal tuviera hijos, como si pudiera morir y como si esta supuesta y absurda muerte de su propio hijo hubiera sido un sacrificio necesario (!) para que el hombre obtuviera el perdón divino… por una culpa inexistente. Al parecer y al margen de la absurda incongruencia de considerar que la humanidad naciera ya con la supuesta culpa de Adán y Eva, su dios no era tan infinitamente misericordioso como para perdonar sin necesidad de sacrificio de ninguna clase –al margen de que tal sacrificio sólo podría servir para satisfacer la sed de venganza del ofendido, el propio Dios (?)-.

Por otra parte y respecto a esta misma cuestión, Nietzsche manifestó también su admiración hacia Stendhal, quien, ante la contemplación de los grandes desastres y sufrimientos padecidos en Lisboa como consecuencia del terremoto de 1755, sólo exculpaba a Dios a partir de la consideración de que no existía, de manera que, bajo tal condición, difícilmente hubiera podido hacer algo para evitar tales desastres y sufrimientos. Por ello, refiriéndose al novelista francés, comentó:

“A lo mejor hasta le tengo envidia. Me ha escamoteado el mejor chiste ateo, para hacer el cual precisamente yo hubiera sido el hombre indicado: ‘la única excusa de Dios es que no existe’ [...] Yo he dicho en algún lugar: ¿cuál ha sido hasta ahora la objeción más grave a la existencia?: Dios”[23].

b) Complementariamente, el filósofo de Röcken utilizó otros argumentos para criticar la existencia de un dios. Así, por ejemplo, los siguientes:

b1) En primer lugar, el que tenía en cuenta la unión contradictoria entre el Dios-Amor, que habría tenido que amar incondicionalmente, y el Dios-Juez, que juzga y castiga, y que no ama suficientemente al hombre, sino que sólo es capaz de un amor condicionado, llegando incluso a tomar venganza contra quien no cree en él.

Evidentemente, un amor condicionado era incompatible con la idea que se pretendía dar del dios cristiano, considerándole amor infinito. Escribe Nietzsche por este motivo:

- “¿Cómo? ¡Un dios que ama a los hombres siempre que crean en él y fulmina con terribles miradas y amenazas a quien no cree en ese amor! ¿Cómo? ¡Un amor condicionado, como sentir de un dios todopoderoso! [...] ‘Si yo te amo, ¿a ti qué te importa? ¿qué tienes tú que ver en ello?’, estas palabras bastan para refutar a todo el cristianismo”[24].

Y, efectivamente, no tendría sentido que el teórico amor infinito del dios cristiano viniera condicionado -y por lo mismo subordinado- a cómo fuera el comportamiento del hombre, y mucho menos si se tiene en cuenta la doctrina ya citada de Tomás de Aquino según la cual Dios es la causa no sólo de la existencia de nuestra voluntad sino también de nuestro querer, es decir, de las decisiones que parecen provenir de nuestra voluntad.

Por un motivo similar criticó Nietzsche igualmente la vinculación del dios-amor con el dios que juzga, premia y castiga, pues efectivamente no tendría sentido hablar de ese dios como amor infinito en cuanto su actuación respecto al hombre se hiciera depender de cómo se comportase el hombre –y mucho menos si se considera, como apoyo al punto de vista de Nietzsche, que, de acuerdo con la doctrina cristiana y con la supuesta omnipotencia de ese dios, el mismo comportamiento humano habría sido predeterminado por él desde la eternidad-. Por ello, escribe:  

-“Quien le alaba como Dios de amor no tiene una idea cabal del amor mismo. Ese Dios ¿no quería también ser juez? Pero quien ama, ama más allá del castigo y de la recompensa”[25].

Desde la perspectiva cristiana y a fin de justificar los castigos divinos, hay quien afirma que, aunque Dios ama al hombre infinitamente, el castigo del hombre se produce porque Dios es también infinitamente justo y la justicia exige ese castigo como la forma de que el hombre pague por sus pecados. Pero es evidente que tal argumento no tiene sentido en cuanto considera absurdamente el castigo como una forma de pago o de compensación por los pecados cometidos y en cuanto sitúa la justicia como una realidad valiosa por sí misma y por encima de la omnipotencia divina, de manera que las actuaciones de ese dios tendrían que estar sometidas a dicha justicia, sin reparar en que todo valor y toda virtud –como la de la misma justicia- tendrían que estar subordinados al propio dios, en cuanto su omnipotencia estaría por encima de la justicia, siendo la causa del valor de la propia justicia y de cualquier otro valor. 

b2) En segundo lugar, Nietzsche critica la concepción cristiana de dios por su incomprensible lejanía, por las muchas dificultades que encuentra para hacer patente su existencia, cosa ciertamente incomprensible en un ser omnipotente por definición que, en el caso de que existiera, no habría jugado a mantener oculta su existencia ni habría tenido dificultad alguna para lograr que el hombre la reconociera con absoluta claridad. Por ello, escribe:

“¡Cómo se encolerizaba con nosotros, ese iracundo, porque no le comprendíamos! Mas, ¿por qué no hablaba más claramente? Y si la culpa era de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro, ¿quién lo puso en ellos?”[26];

b3) Y, en tercer lugar, argumenta en contra de la existencia de Dios a partir de lo absurdo que resultaba su incoherente actitud vengativa contra sus criaturas, especialmente cuando, desde el determinismo que Nietzsche defiende, pero también desde la propia teología cristiana, ese dios habría sido responsable de la naturaleza del hombre y, de acuerdo con su omnipotencia, habría predeterminado sus actos.

Por ello, critica igualmente la inconsistencia de considerar a dios como un ser omnipotente y omnisciente, en cuanto la realidad, supuestamente creada por él, es claramente defectuosa en relación con aquello que hubiera creado un dios que hubiera estado realmente en posesión de tales cualidades. Y, por ello, escribe de manera sarcástica: 

“Demasiadas cosas le salieron mal a ese alfarero que no había aprendido suficientemente el oficio. Pero eso de vengarse en sus cacharros y en sus criaturas, porque le habían salido mal a él, eso fue un pecado contra el buen gusto.

Y también hay un buen gusto en la piedad. Y el buen gusto acabó por decir: ¡Fuera semejante Dios! ¡Vale más no tener ninguno, vale más que cada cual se construya su destino con sus propios puños! ¡Vale más ser un loco, o, mejor, ser Dios uno mismo!”[27].

Ante estas palabras de Zaratustra-Nietzsche es el propio personaje del papa, jubilado a raíz de la muerte de Dios, quien reconoce que es la piedad lo que ha conducido a Zaratustra a ese rechazo de Dios y que es igualmente su honradez lo que le conducirá a la superación de la moral:

“¿No es tu misma piedad lo que no te permite seguir creyendo en Dios? ¡Y tu excesiva honradez acabará llevándote más allá del bien y del mal!”[28]. 

Nietzsche contrapone en este pasaje la piedad de ese “último papa” a la absurda venganza de ese dios; y contrapone su honradez, puesta de manifiesto a través de su veracidad, al ciego despotismo de ese dios que habría olvidado que las acciones del hombre son la simple manifestación de la naturaleza que él mismo le habría dado, por lo que en ningún caso sería responsable de nada ni merecedor de castigo alguno. Igualmente, con las palabras finales de ese pasaje adelanta lo que será la idea funda-mental y el título de su siguiente obra, “más allá del bien y del mal”.

Como consecuencia de lo anterior y a pesar de que la muerte de Dios desemboca en una nueva forma de nihilismo, Nietzsche la considera en La gaya ciencia como una auténtica liberación:

“Nosotros los filósofos, los espíritus libres, ante la nueva de que el Dios antiguo ha muerto, nos sentimos iluminados por una nueva aurora; nuestro corazón se desborda de gratitud, de asombro, de expectación y curiosidad, el horizonte nos parece libre otra vez”[29].

A estas consideraciones conviene añadir que, en sus críticas a la existencia de Dios, Nietzsche se centra de manera exclusiva en el dios del cristianismo y, aunque se da por entendido, no llega a plantear crítica alguna de carácter general en contra de la existencia de cualquier otro “Dios”[30]. En cualquier caso, tales críticas eran innecesarias en cuanto la supuesta perfección del dios cristiano era lo que habría debido tenerse en cuenta en relación con cualquier teórico dios para admitir la posibilidad de su existencia. Realmente la existencia de un dios, como un ser supuestamente perfecto, habría sido incompatible con la existencia de cualquier imperfección, como el sufrimiento, argumento que también tuvo en cuenta Nietzsche.

1.2. Jesús y el cristianismo

Por lo que se refiere a la relación entre el Jesús evangélico y la moral de esclavos escribe Nietzsche que la figura de Jesús, digna de admiración y de amor -según su punto de vista-, representó el cebo perfecto para el triunfo de la moral de esclavos, pues, según los evangelios, Jesús, hijo de Dios[31], muere en una cruz sacrificándose para la redención de los hombres:

“Ese Jesús de Nazaret, evangelio viviente del amor, ese ‘redentor’ que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres [...], ¿no era él precisamente la seducción [...] y el desvío hacia aquellos valores judíos [...]? A través de Jesús los judíos alcanzan la meta de “su sublime ansia de venganza”. De la estrategia de esa venganza forma parte esencial el hecho de que el pueblo judío matase a quien constituía el “auténtico instrumento de su venganza, a fin de que ‘el mundo entero’ pudiera morder sin recelos ese cebo de la autocrucifixión de Dios para salvación del hombre. Bajo el signo de la cruz los judíos han triunfado en su venganza sobre los ideales más nobles[32].

Sin embargo y por lo que se refiere a la figura de Jesús, Nietzsche lo presenta desde puntos de vista contradictorios, pues, aunque en diversas ocasiones lo elogia de manera extraordinaria refiriéndose con admiración a la práctica de su vida, en otras lo presenta como “el más maligno de los hombres”, seguramente porque, al margen de lo que fuera su vida, sus doctrinas más nobles van mezcladas con otras indudablemente absurdas, como la del fuego eterno para quienes no crean en él, y se relacionan además con aquella moral de esclavos, negadora de los valores de la vida terrena y, por ello mismo, contraria a los valores de la moral de señores. Pero, en cualquier caso, el artífice fundamental del triunfo de dicha moral de esclavos habría sido Pablo de Tarso, si se tienen en cuenta no sólo los aspectos contradictorios del Jesús evangélico sino, además, que desde un punto de vista rigurosamente histórico ni siquiera se sabe con seguridad si el supuesto Jesús evangélico existió realmente.

Pasando por alto toda una serie de pasajes evangélicos contradictorios entre sí, vemos a continuación un ejemplo de estas valoraciones igualmente contradictorias del filósofo de Röcken, que dice lo siguiente:

“No es una “fe” lo que distingue al cristiano: el cristiano obra, se distingue por un obrar diferente. Él no opone resistencia, ni con palabras ni en el corazón, a quien es malvado con él [...] La vida del Redentor no fue otra cosa que esa práctica [...] Lo que con el evangelio quedó eliminado fue el judaísmo de los conceptos de ‘pecado’, ‘remisión del pecado’, ‘fe’, ‘redención por la fe’ –la entera doctrina eclesiástica judía queda negada en la ‘buena nueva’ ”[33].

Y, efectivamente, se trata de un ejemplo de la serie de contradicciones con que Nietzsche se pronuncia respecto a la figura del Jesús evangélico, pues, si de acuerdo con los evangelios fue importante el ejemplo de la vida de Jesús, también lo fueron sus palabras en favor de la esencial importancia de la fe, de las obras y del pecado. Pero parece que Nietzsche se dejó llevar más por su visión particular de lo que pudo ser en verdad el Jesús evangélico, atendiendo a ciertos pasajes evangélicos que estarían en la línea de su interpretación, pero dejando de lado muchos otros que estarían muy alejados de tal interpretación. 

Y así, el filósofo de Röcken, posiblemente influido por la figura de su padre y por el ambiente religioso familiar durante su infancia y su adolescencia, mantuvo puntos de vista contradictorios acerca de Jesús, presentándolo a la vez como “el hombre más digno de amor” y como “el más maligno de los hombres”, tomando como argumento para cada valoración pasajes evangélicos contradictorios que podían servir por separado como justificación de cada uno de estos puntos de vista, pero que lo que en verdad demostraban era la dificultad insuperable para hacer una valoración objetiva de la figura de Jesús, motivada por la dificultad para presentar una imagen consistente del supuesto creador del cristianismo como consecuencia de las incoherencias de quienes elaboraron los escritos evangélicos[34].

Sin embargo, sin detenerse a considerar las contradicciones evangélicas, Nietzsche se atreve a defender incomprensiblemente que el cristianismo de Jesús fue un ejemplo de absoluta aceptación de su propia vida y muerte, sin rencor de ningún tipo a quienes le maltrataban[35], llegando al extremo de considerarle en algún momento como

“el hombre más digno de amor”[36].

En relación con este ideal de cristianismo auténtico supuestamente representado por Jesús, afirma Nietzsche:

“en el fondo no ha habido más que un cristiano y ése murió en la cruz”[37],

pues sus discípulos no comprendieron que lo esencial del mensaje de Cristo era el ejemplo de su propia vida, una vida de mansedumbre y de conformidad, en la que el rencor y la venganza estarían totalmente ausentes.

Por otra parte, Nietzsche no ve en esas cualidades ningún mérito especial, sino que llega a considerarlas como manifestaciones propias de una naturaleza especialmente hipersensible, e incapaz, por ello, de oponer resistencia alguna a cualquier daño que recibiera de los demás:

La exclusión instintiva de toda aversión, de toda enemistad, de todas las fronteras y distancias en el sentimiento: consecuencia de una extremada capacidad de sufrimiento y de excitación, la cual siente ya como displacer insoportable (es decir, como dañoso, como desaconsejado por el instinto de autoconservación) todo oponerse, todo tener-que-oponerse, que únicamente en no oponer ya resistencia a nadie, ni a la desgracia ni al mal, conoce la bienaventuranza (el placer), ―el amor como única, como última posibilidad de la vida…[38].    

Nietzsche llega a comparar tal naturaleza patológica con la de quien tiene una sensibilidad hiperdesarrollada del sentido del tacto…

…“el cual retrocede […] temblando ante cualquier contacto, ante cualquier aprehensión de un objeto sólido”[39].

En relación con esta especie de anomalía y teniendo en cuenta además el modo de ser del personaje principal de la novela de Dostoievski El idiota, el príncipe Michkin, Nietzsche se refiere a Jesús con el término “idiota”, pero no en el sentido vulgar de la palabra sino en el mismo sentido en que Dostoievski considera al protagonista de su novela, caracterizado también por su mansedumbre “patológica”.

Pero, como ya he indicado, de manera asombrosa Nietzsche olvida en algunos momentos que el propio Jesús –o quienes escribieron los evangelios- también amenazaba con la venganza mayor que pudiera imaginarse, la venganza del “fuego eterno”, lo cual nada tiene que ver con el amor ni con la misericordia que debían caracterizarle, al margen de que su comportamiento en la cruz fuera el de la aceptación resignada de su destino, sin rencor hacia sus enemigos. En cualquier caso, es evidente que quienes escribieron los evangelios fueron severamente incapaces de construir un relato mínimamente coherente.

Igualmente, el desafiante final con el que Nietzsche cierra su obra Ecce Homo:

“Dionisos contra el Crucificado[40],

no parece tener otro significado que el que se relaciona con una crítica al cristianismo oficial de la tradición así como con una defensa de los valores relacionados con la espontaneidad vital instintiva, pero no con el de un ataque personal a la figura de Jesús.

En el pasaje de El Anticristo que presento a continuación, Nietzsche, pasando por alto textos como el antes citado de Lucas, considera la forma de vida de Jesús como un ideal absolutamente digno, escribiendo en este sentido:

“Este ‘buen mensajero’ [=Jesús] murió tal como enseñó no para ‘redimir a los hombres’, sino para mostrar cómo se ha de vivir. Lo que él legó a la humanidad es la práctica: su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores y ante toda especie de calumnia y burla, su comportamiento es la cruz. Él no opone resistencia, no defiende su derecho [...] Y él ora, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen mal... […] No defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie... Por el contrario, no oponer resistencia ni siquiera al malvado,                      amarlo...”[41].

Por otra parte, aunque Nietzsche no defiende aquí las supuestas doctrinas de Jesús sino su ejemplo de “cómo hay que vivir”, este enaltecimiento de tal forma de vida resulta desconcertante en cuanto no encaja para nada con la forma de vida propia de la moral de señores, que es la que defendió de forma generalizada hasta el final de su vida lúcida [Esta valoración es contradictoria con su defensa de la moral de señores, tan alejada de la “compasión” como el propio Nietzsche].

Por ello y para dar una visión más completa acerca de cómo vio Nietzsche la figura de Jesús -al margen de esta valoración tan positiva que le lleva a presentarlo como símbolo del amor-, hay que decir que, como estudioso y conocedor de los evangelios, en algunos momentos lo presentó desde una perspectiva radicalmente opuesta a la anterior, mostrando su figura con unas cualidades contrarias a la previamente señalada, y diciendo en este nuevo sentido: 

“Jesús quiere que se crea en él y manda al Infierno a cuanto se le resiste [...] La bondad junto a lo más opuesto a ella en la misma alma: he aquí el más maligno de los hombres”[42].

Y, efectivamente, esta nueva valoración tan negativa de la figura de Jesús tiene un claro fundamento en distintos pasajes evangélicos donde Jesús se expresa con palabras que no son precisamente el reflejo de un amor especial, sino todo lo contrario, amenazando del siguiente modo a quienes no le sigan:

-“Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar   a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego”[43],

-“ ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’ […]. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”[44],

Y, por ello, de acuerdo con lo que Nietzsche indica ahora, la anterior perspectiva habría resultado excesivamente parcial en sentido positivo, al haber pasado por alto la serie de ocasiones en que Jesús aparece en los evangelios amenazando con el fuego eterno. Éste es el motivo principal de que, comparando el cristianismo con el budismo, juzgue que, aunque ambas religiones son nihilistas[45],

“el budismo es cien veces más realista que el cristianismo”,

aceptando, por otra parte, de manera incoherente con los pasajes anteriores, que

“lo que lo distingue radicalmente del cristianismo es el hecho de que está con el autoengaño de los conceptos morales tras sí, hallándose [...] más allá del bien y del mal”[46].

En esta misma línea de interpretación y teniendo en cuenta no las amenazas de Jesús sino sólo aquellos matices parciales que más encajaban con su idea preconcebida, considera Nietzsche que

- “lo que distingue al cristiano [auténtico] no es una ‘fe’: el cristiano obra, se distingue por ‘otro’ modo de obrar”[47].

- “sólo la práctica cristiana, una vida tal como la vivió el que murió en la cruz, es cristiana… Todavía hoy esa vida es posible, para ciertos hombres es incluso necesaria: el cristianismo auténtico, el originario, será posible en todos los tiempos…”[48].

Parece que la influencia inconsciente de su padre y la del ambiente religioso de su infancia pudieron haberle llevado a ver la figura de Jesús de ese modo, tan alejado del resentimiento, tan unido al amor y a la mansedumbre, y tan unido a la aceptación resignada de su fatal destino. Pero, en cualquier caso, resulta sorprendente que esa influencia se extendiese durante tanto tiempo a lo largo de su vida, hasta el punto de impedirle ver la figura de Jesús de un modo menos contradictorio –o más acorde con las fuentes de que disponía, los evangelios, al margen del carácter nada científico de éstos-.

Por otra parte y posiblemente en conexión con esta interpretación del modo de vida de Jesús, tiene interés señalar que, aunque en su clasificación de las formas de moral Nietzsche critique la moral de esclavos, manifestando su apoyo a la moral de señores, en algún momento defendió una moral o una forma de vida similar a la que había atribuido a Jesús, pues, efectivamente, aunque fuera de manera excepcional, en Aurora hay un texto especialmente sorprendente y significativo en el que expone un ideal de vida que se aproxima mucho a ciertos aspectos de aquella forma de vida de Jesús -según su propia interpretación- que él siempre respetó. Dice lo siguiente:

“¡Vivir sin fama, o siendo objeto de amistosas burlas, demasiado oscuramente para despertar la envidia y la enemistad, armado de un cerebro sin fiebre, de un puñado de conocimientos y de un bolsillo lleno de experiencia; ser, en cierto modo, el médico de los pobres de espíritu; ayudar a éste o al otro [...] sin que el favorecido advierta que se le ayuda! ¡Ser como una posada modesta, abierta a todos, pero que se olvida en seguida o inspira burlas! ¡No aventajar en nada, ni en alimentación mejor, ni en aire más puro, ni en espíritu más alegre, pero dar siempre, devolver, comunicar, empobrecerse! ¡Saber hacerse pequeño para volverse accesible a muchos, sin humillar a nadie! ¡Tomar sobre sí muchas injusticias [...] para poder llegar, por sendas secretas, a lo más íntimo de muchas almas cerradas! ¡Eso sería una vida, eso sería una razón para vivir mucho tiempo!”[49].

Pero, frente a un ideal de vida como éste, Nietzsche consideró que en el cristianismo oficial prevaleció el sentido menos evangélico, el resentimiento. Y, por ello, comparando la vida y la muerte de Jesús con la actitud posterior del cristianismo, escribe:

“Evidentemente, la pequeña comunidad [de los primeros cristianos] no comprendió precisamente lo principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la libertad, la superioridad sobre todo tipo de rencor [...] Pero sus discípulos estaban muy lejos de ‘perdonar’ su muerte [...] Prevaleció el sentimiento menos evangélico: la ‘venganza’ ”[50]. 

Sin embargo, al afirmar que la venganza sea el “sentimiento menos evangélico”, Nietzsche olvida las amenazas de Jesús relacionadas con el infierno, que es la mayor venganza imaginable.

Complementariamente considera que el cristianismo oficial

“ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte”[51].

Ese cristianismo representa la negación de los valores de la vida terrena por parte de aquellos que no se sienten con fuerzas suficientes para entregarse a ella y a esa mezcla de placer y dolor que sólo los espíritus fuertes pueden no sólo soportar sino también amar.

Teniendo en cuenta estas observaciones, puede entenderse el motivo por el cual juzga Nietzsche que Jesús fue el cebo utilizado por los judíos,

“ese cebo de la autocrucifixión de Dios para salvación del hombre”.

La forma de vida de Jesús había sido, tal vez, un auténtico modelo, pero no precisamente de los valores aristocráticos que Nietzsche defendió ni tampoco de los valores de la moral de esclavos sino de aquellos valores por los cuales Jesús aceptaba la vida y la muerte sin rencor alguno hacia nadie. En lo que Nietzsche tuvo una grave confusión o incluso contradicción de ideas fue en considerar que en la supuesta vida del Jesús evangélico no hubiera resentimiento de ningún tipo. Pero entonces ¿qué nombre habría que dar al “sentimiento” que le había llevado a amenazar con el “fuego eterno” a quien no creyera en sus palabras o no cumpliera sus exigencias? El Jesús evangélico, a pesar y en contra de su mensaje de amor, amenazó precisamente a tales personas con el fuego eterno. Pero ¿qué le importaba que la gente le creyera o que siguiera o no sus normas de vida? Es lógico pensar que quien se caracterizó por una vida de mansedumbre y amor no pudo haber amenazado con esa barbaridad tan absurda y de una crueldad tan infinita, pero es también un hecho que así consta en los evangelios y no parece que Nietzsche tuviera otra fuente para el conocimiento de Jesús que la de esos evangelios, a pesar de sus contradicciones. En consecuencia, es evidente que se precipitó de manera incomprensible en sus juicios acerca de ese personaje mítico, viéndolo como “evangelio viviente del amor”.        

Desde entonces un grupo de judíos –aunque Nietzsche habla de los judíos en general- crearon el cristianismo y se sirvieron de él para atacar los valores aristocráticos y establecer su propio sistema de valores antivitales y nihilistas. Y, entre esos judíos, el artífice fundamental de dicha moral de esclavos fue Pablo de Tarso.

Comentario crítico: Quiero señalar que, al hablar de “ideales más nobles”, Nietzsche incurre de nuevo en contradicción, pues, si en Más allá del bien y del mal había negado el valor de la moral diciendo que no había fenómenos morales, es una incoherencia que hable luego de ideales más nobles, en cuanto tal consideración representa una valoración moral. La contradicción sólo quedaría anulada en cuanto el sentido de las palabras de Nietzsche fuera exclusivamente subjetivo y estético. De hecho, en determinado momento considera, al igual que lo haría posteriormente Wittgenstein, que la ética se reduce a la estética.

Complementariamente y por lo que se refiere a la valoración del cristianismo, conviene matizar el punto de vista de Nietzsche, pues efectivamente consideró que había una fundamental diferencia entre el cristianismo oficial de la tradición, hacia el que manifestó un rechazo absoluto, y el cristianismo originario de Jesús -según su propia interpretación-, con el que siempre simpatizó y se mostró respetuoso.  

2. El resentimiento en el cristianismo

Desde la perspectiva de Nietzsche, el cristianismo oficial reniega de la vida terrena poniendo sus esperanzas en otra vida mejor en la que los bienaventurados tendrán, entre otros motivos de felicidad, el de disfrutar contemplando los sufrimientos de los condenados. En apoyo de este juicio, el pensador alemán hace referencia a determinados escritos de Tertuliano, de Tomás de Aquino y del último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, que resultan especialmente representativos de esta doctrina del rencor y del sadismo.

Respecto a Tomás de Aquino, cita, aunque de manera no literal, una frase de la Suma Teológica según la cual,

“Los bienaventurados en el reino celestial contemplarán los castigos de los condenados para que su felicidad más les complazca”[52].

Evidentemente es una muestra del resentimiento de que habla Nietzsche el que una parte de la felicidad de alguien sea consecuencia de la contemplación del sufrimiento de otro. Y, por lo mismo, es una contradicción que en la supuesta “religión del amor” el odio a los condenados y la contemplación de sus sufrimientos vaya a formar parte de la felicidad de sus fieles.       

Nietzsche cita igualmente un largo párrafo de Tertuliano, con un sentido similar al del texto de Tomás de Aquino, en el que su autor se recrea de manera más descriptiva ante la visión gratificante y consoladora (!) del sufrimiento de los condenados. Y, respecto al Apocalipsis, escribe con acierto que es…

…“el más salvaje de los atentados escritos que la venganza tiene sobre su conciencia”[53].

Quien haya leído este último libro de la Biblia católica sabe que realmente se trata de un libro terrorífico, a pesar de que, por su carácter absurdo, puede verse más bien como una obra que sólo puede servir de guión para una película de terror o para asustar a niños y a mayores sin capacidad de reflexión crítica. Desde luego, se trata de un escrito que para nada sugiere haber sido inspirado por el supuesto dios amor del cristianismo sino, si acaso, por un ser sumamente cruel, dominado por un odio ciego y absurdo. Parece que el propósito de quien volcó su imaginación en este escrito pudo ser, precisamente, el de provocar el terror en sus lectores a fin de coaccionarles para que aceptasen la nueva fe[54].

Como consecuencia del resentimiento patente en estos escritos, es comprensible que Nietzsche reflejase en diversos textos críticas como las siguientes:

a) “Lo que en otro tiempo no era más que algo enfermo se ha convertido hoy en algo indecente, es indecente ser cristiano. Y aquí comienza mi náusea [...] Por muy modesta que sea la probidad exigida, hoy día no se puede menos que saber que con cada frase que pronuncia un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente [...] También el sacerdote sabe ya, como todo el mundo, que no hay un ‘Dios’, un ‘pecador’ un ‘Redentor’; que la ‘voluntad libre’, el ‘orden moral del mundo’ son mentiras[55].

b) “La Iglesia pertenece al triunfo de lo anticristiano igual que el Estado moderno, el nacionalismo moderno... La Iglesia es la barbarización del cristianismo”[56].

c) “La Iglesia es exactamente aquello contra lo cual predicó Jesús y contra lo cual enseñó a luchar a sus discípulos”[57].

Sin embargo, su visión dual del cristianismo, viendo en el cristianismo oficial una degeneración del cristianismo de Jesús, no fue acertada, pues, al margen de las dificultades insuperables para llegar a conocer cuál pudo ser el pensamiento de Jesús –suponiendo que hubiera existido-, es evidente que la imagen que de él presentan los evangelios es contradictoria, en cuanto en ellos Jesús, del mismo modo que defiende la doctrina del amor, proclama igualmente la de la venganza contra quienes no hayan creído en él.

Por otra parte y en relación con los últimos textos citados, tiene interés realizar algún comentario:

Así, respecto al texto a, hay quien podría decir que Nietzsche exagera al afirmar que los dirigentes del cristianismo mienten cuando hablan sobre temas de su religión, pero ciertamente eso es lo que parece suceder en muchos casos, de manera que el pensador alemán se aproxima a la verdad cuando dice que “un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente…”, pues es la forma de vida de cada persona, más que sus palabras, lo que muestra cuáles son sus auténticas convicciones, y en este sentido la forma de vida de la jerarquía católica en particular no sugiere que esté guiada por otro ideal que el de amasar poder y riquezas, lo cual representa el polo opuesto a lo que en teoría constituía el pilar esencial de las doctrinas del Jesús evangélico, al margen de que estas doctrinas sean igualmente una larga serie de falsedades, como las que Nietzsche enumera en ese mismo pasaje.

Así, por lo que se refiere a la crítica de Nietzsche respecto a la existencia de un “Redentor”, hay que decir que en efecto se trata de una doctrina ridícula y contradictoria, pues un dios infinitamente misericordioso no necesitaba enviar ningún “redentor” para perdonar a quien hubiera querido, pero es evidente que en los tiempos en que se inventó esta doctrina no se concebía la idea de Dios desde el punto de vista de su amor y misericordia infinitos, sino como la de un ser sumamente vengativo, tal como aparece ya en el Antiguo Testamento y como vuelve a aparecer en el nuevo, con sus amenazas relacionadas con el “fuego eterno”. Y es el colmo del absurdo que el dios cristiano no sólo fuera impotente para perdonar a la humanidad sin necesidad de redentor alguno, sino que además la víctima del sacrificio tuviera que ser el supuesto hijo de ese Dios, del que a la vez se dice que se identifica con el mismo Dios, por lo que la redención implicaría la absurda inmolación de Dios sacrificándose a sí mismo para conceder el perdón a la humanidad, como si no hubiera podido perdonar sin necesidad de sacrificio alguno. Pero, además, ¿de qué tenía que redimirnos? ¿del pecado original? Evidentemente es un nuevo absurdo la doctrina que generaliza para toda la descendencia humana el hecho de que sus míticos antepasados, Adán y Eva, desobedecieran una orden de su supuesto creador.

Por lo que se refiere al “libre albedrío”, a lo largo de estas páginas muestro la serie de acertados argumentos utilizados por el pensador alemán para criticar este pseudo-concepto.

Y, por lo que se refiere al “orden moral”, su crítica tiene diversos fundamentos, cada uno de los cuales sería suficiente para validarla. Además, ya desde su acertada crítica al libre albedrío una consecuencia lógica es que la responsabilidad, la moral del bien y del mal, del mérito y de la culpa, del premio y del castigo, no tienen sentido alguno.

Respecto a la pregunta por cuál sería el fundamento que podría justificar dicha moral, nos encontramos con la respuesta según la cual, desde la perspectiva de Nietzsche la “muerte de dios” implica la desaparición del único fundamento que hubiera servido para justificarla. Aunque sólo sería una causa necesaria, pero no suficiente[58]-.    

En relación con el texto b, Nietzsche acierta también si entendemos que la esencia del cristianismo podría haber consistido en una doctrina de amor auténtico y universal, pero, ya desde muy pronto, el cristianismo se convirtió en un formidable negocio compulsivo, movido sobre todo por la ambición de poder y de riquezas materiales, con la simple tapadera hipócrita de sus dirigentes manifestando su preocupación por el amor, la compasión y la ayuda a los pobres, y disimulando de este modo sus auténticos intereses que todo el mundo puede conocer viendo simplemente las incalculables riquezas de que se ha apoderado la iglesia católica a lo largo de la historia, viendo cómo vive su jerarquía y haciendo un ligero repaso histórico de lo que ha sido y sigue siendo esta asociación.

Los ideales de Jesús, aunque diferentes, no representarían el polo opuesto a los de la iglesia que dice seguirle, pues Jesús habría predicado al margen de toda racionalidad desde el momento en que exigía la fe ciega en sus palabras y amenazaba con el fuego eterno a quienes no creyeran en él.

Y, cuando afirma Nietzsche que “la Iglesia es la barbarización del cristianismo”, hay que decir que acierta en cuanto el Jesús evangélico predicó en favor de los pobres y en contra de los ricos, mientras que Pablo de Tarso justificó a los ricos y abrió el camino a la Iglesia para que se convirtiera en una potencia económica mundial, especialmente asombrosa por la enorme riqueza obtenida a cambio de nada, o, si se quiere, a cambio de multitud de mentiras absurdas o de tareas como la legitimación y el apoyo de multitud de gobiernos ilegítimos, defendiendo, cuando le ha interesado, que el poder de los gobernantes proviene de Dios y exigiendo, en consecuencia, a sus fieles el sometimiento a ellos, obteniendo de los gobernantes a cambio toda una serie de privilegios y donaciones que le han servido y le sirven para seguir llenando las arcas sin fondo del Vaticano.    

Y respecto al texto c, coherente y consecuente con el texto b, su consideración es parcialmente acertada, pues al margen de los ideales del Jesús evangélico, de carácter religioso -y quizá también político-, lo que es evidente es que su forma de vida, sencilla y próxima especialmente a la gente humilde, habría sido traicionada por la jerarquía de la iglesia católica, la cual ha estado guiada a través de los siglos por el ansia de poder y de riquezas y por la ostentación de ese poder mediante sus lujos faraónicos que desmienten su hipócrita defensa de quienes viven y mueren en medio de la más absoluta miseria sin que la jerarquía de la iglesia haga nada por remediar esta situación, a pesar de los exorbitantes medios con que cuenta.     

Sin embargo, a pesar de estas críticas al cristianismo oficial, Nietzsche no lo ataca por su compulsiva obsesión por las riquezas materiales sino por el resentimiento, por la sed de venganza que predomina en dicha asociación contra quienes, dotados de fortaleza y energía, gozan de la vida sin someterse a otros dictados que a los de su propia voluntad, y, en definitiva, por su teórico desprecio a los valores de la vida terrena, al margen de que en la práctica la jerarquía cristiana, casi desde sus comienzos, se haya caracterizado especialmente por su hipocresía y por su incoherencia respecto a las doctrinas que predica.

Jesús había dicho “mi reino no es de este mundo” y Nietzsche desprecia estas palabras en cuanto implican un rechazo de los valores de esta vida terrena para poner todo valor en una vida meramente imaginaria, la “vida eterna”. Por esta misma razón en otros momentos insistió en la frase según la cual el mayor pecado contra esta vida era la creencia en otra vida mejor.

Como consecuencia de estas reflexiones, Nietzsche pronuncia su ‘veredicto final’ contra el cristianismo:

Declaro culpable al cristianismo, formulo contra la Iglesia cristiana la acusación más terrible que ha sido formulada jamás por acusador alguno. Ella es para mí la más grande de todas las corrupciones imaginables [...] La Iglesia cristiana [...] ha hecho de todo valor un sin valor, de toda verdad una mentira y de toda probidad una falsía de alma [...]

El parasitismo es la práctica exclusiva de la Iglesia; con su ideal de anemia, de ‘santidad’, chupa toda sangre, todo amor, toda esperanza en la vida; el más allá como voluntad de negación de toda realidad; la cruz como signo de la conspiración más solapada que se ha dado jamás, contra la salud, la belleza, la plenitud, la valentía, el espíritu y la bondad del alma; contra la misma vida... […].

Yo llamo al cristianismo la única gran maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, sigiloso, subterráneo, pequeño, yo lo llamo la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad…”[59] 

Por ello, frente a esa actitud nihilista, dominada por el resentimiento y la falsedad, propia de este cristianismo oficial, Nietzsche aconseja tener fortaleza para permanecer fieles a esta tierra, librándonos del espejismo de la “otra vida”:

“No ocultéis por más tiempo la cabeza en el polvo de las cosas celestiales; llevad la cabeza erguida, llevad una cabeza de tierra, que engendre el sentido de la tierra”[60].

Comentario crítico: En relación con las anteriores palabras de Nietzsche me parece conveniente hacer un nuevo comentario: Al margen de los motivos objetivos que tuviera para criticar a la iglesia católica, Nietzsche incurrió de nuevo en la misma contradicción antes señalada, la de criticar el cristianismo mediante juicios morales, a pesar de que anteriormente había llegado a la conclusión de que no existían fenómenos morales. Hubiera tenido cierto sentido que manifestase su antipatía y desprecio por esa institución, pero no lo tenía que la calificase con términos morales, como cuando la califica como “la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad”. Es evidente que Nietzsche no pudo reprimir su indignación ante la actuación de la iglesia, tan contraria a los valores supuestamente predicados por Jesús, pero, desde que la moral había desaparecido del escenario, solo tenía sentido manifestar la repugnancia que esta organización provocaba en él y describir lo que sucedía, pero sin realizar condena moral alguna a fin de no incurrir en contradicción. Tal vez el odio que sentía por esta institución le condujo a manifestarse mediante estos pronunciamientos “morales” por resultar más intensamente expresivos, a pesar de que su intención no fuera por el camino de la condena moral.

 



[1] GC, III, parág. 125.

[2] AC, cap. 42.

[3] AC, cap. 38.

[4] Al realizar esta crítica sólo me refiero al personaje evangélico de “Jesús”, ya que, según parece, no hay un auténtico conocimiento histórico del supuesto Jesús, ni siquiera de que haya existido realmente.

[5] AC, cap. 38.

[6] Ibidem.

[7] Las “santas cruzadas” y la “santa Inquisición” impulsadas o creadas por la Iglesia Católica son otros ejemplos de cómo se esforzaron por conseguir aquellos objetivos de poder y de riquezas materiales por medio de procedimientos especialmente sanguinarios contra quienes podían representar un obstáculo para el logro de tales ambiciones. Al mismo tiempo descubrieron y practicaron muy adecuadamente el “teatro religioso” a través de sus diversas ceremonias, de su colorida vestimenta, de sus lujos faraónicos y del arte de sus iglesias y catedrales, como medios al margen de la razón para adoctrinar y someter a la masa a fin de lograr sus objetivos en cuanto no disponían de argumento racional alguno para demostrar el valor de sus doctrinas.

[8] En el año 1492, siendo papa Inocencio VIII, llegó a haber corridas de toros en la plaza de san Pedro en Roma. Resulta curioso que en el siglo siguiente, en 1567, Pío V prohibiese las corridas de toros bajo pena de excomunión. Parece que todavía no se habían puesto de acuerdo acerca del dogma de la infalibilidad, según el cual las contrarias actitudes de Inocencio VIII y Pío V habrían sido inaceptables desde un punto de vista lógico. Evidentemente la explicación de este cambio de actitud no tuvo nada que ver con motivos teológicos o compasivos con los animales, sino de temor y preocupación por el avance del protestantismo de Lutero, escandalizado por la forma de vida de los máximos dirigentes de la Iglesia, tan ligada a los placeres terrenales y tan alejada de los principios morales que predicaban.

[9] GM, I, 7. Habría que puntualizar que tal sublevación no se inicia con los judíos en general ni con los creadores del cristianismo -sobre todo, con Pablo de Tarso desde la moral de señores en su variante moral de sacerdotes-, sino que la creación de valores contrarios a los de los nobles es algo mucho más general y más antiguo, que surge en cualquier sociedad en la que existan personas físicamente débiles, pero inteligentes, astutas y ambiciosas, pues en la lucha por la vida cada uno lucha con las armas de que dispone.

[10] GM II 10.

[11] EH, “Por qué soy tan inteligente”, parág. 1.

[12] GC, V, parág. 357.

[13] ID, parág. 2323.

[14] ID, parág. 2326.

[15] OI, “Los cuatro grandes errores”, parág. 8.

[16] Así, por ejemplo, en los capítulos 89 y 90 del libro III de la Suma contra los gentiles, Tomás de Aquino defiende la tesis de que Dios no sólo es la causa de la existencia de la voluntad humana como potencia, sino también la causa de las elecciones concretas de la voluntad:

“Algunos […] decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. [Pero,] Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación”[16].

Insistiendo en este mismo punto de vista, añade Tomás de Aquino un poco más adelante: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer”. Y en el capítulo siguiente concluye así: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”. Es decir, en cuanto Dios es causa de la existencia de nuestra voluntad o capacidad de querer y, en cuanto es causa igualmente de que queramos esto o aquello, es igualmente la causa de las elecciones concretas que en cada momento realicemos como consecuencia de nuestro querer –que no es otra cosa que lo que Él haya querido que queramos-.

[17] OI, “Moral como antinaturalidad”, parág. 4.

[18] En realidad, un dios perfecto se identificaría con todo bien imaginable, por lo que sería contradictorio con su propio ser que deseara crear o hacer cualquier cosa, pues sólo se desea aquello que no se posee, mientras que, por definición, ese dios se encontraría en posesión o identificado con todo lo deseable. Y, en cuanto nada podía desear que no tuviera ya, nada crearía, por lo que permanecería eternamente inactivo como consecuencia de su absoluta perfección.

[19] AC, cap. 18.

[20] AC, cap. 5.

[21] Z, IV, ‘Del hombre superior’, XVI. Nietzsche alude aquí al evangelio de Lucas, en el que se dice: “¡Ay de vosotros los que ahora reís, pues lamentaréis y lloraréis!”.

[22] EH, “El caso Wagner”, parág. 2.

[23] EH, “Por qué soy tan inteligente”, parág. 3.

[24] GC, III, parág. 141.

[25] Z, IV, “El jubilado”, parág. 140.

[26] Ibidem.

[27] GC, parág. 289.

[28] Ibidem.

[29] GC, V, parág. 343.

[30] Pero, si el concepto de Dios hace referencia a un ser perfecto, no necesitado de nada, en tal caso Dios y el Universo, supuestamente creado por Él, son incompatibles, puesto que la perfección divina implicaría que Dios se identifica con el bien en una dimensión plena y absoluta, por lo que no necesitaría de nada y, en consecuencia, nada desearía, y, en cuanto nada desearía, nada crearía. En consecuencia, la existencia del universo sería una demostración más de la inexistencia de Dios, mientras que la mera existencia de ese ser absolutamente inactivo no tendría ningún sentido, ni en sí mismo ni en relación con el ser humano.

[31] Pero identificado con el propio Dios y a la vez distinto de él, lo cual no hay por donde cogerlo.

[32] GM, I, 8.

[33] AC, cap. 33.

[34] En la actualidad y desde la metodología científica aplicada a la Historia se considera que los evangelios no son una fuente mínimamente rigurosa ni siquiera como demostración de la existencia del propio Jesús, y que, al menos hasta el momento, no existe ninguna otra fuente que cumpla ese objetivo. Así que ninguno de los “testimonios” existentes puede servir para ofrecer una descripción objetiva de su supuesta doctrina, pues el carácter contradictorio de estos escritos conduce a poder afirmar de Jesús cualquier cosa, ya que del mismo modo que predica el amor y el perdón, amenaza con el fuego eterno. En esos escritos hay un pasaje especialmente significativo por ese carácter contradictorio: Se trata del pasaje en el que, si leemos el evangelio de Lucas, Jesús ordena comprar espadas, mientras que en los evangelios de Mateo y Marcos rechaza el uso de la espada. En efecto, en este sentido, se dice en el evangelio de Lucas:

     “Jesús añadió: -Pues ahora, el que tenga bolsa, que la tome, y lo mismo el que tenga alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre […]”.

Pero, si se compara el pasaje anterior del evangelio de Lucas con los textos correspondiente de Mateo y de Marcos, vemos que en éstos se hace decir a Jesús:

“-Guarda tu espada, que todos los que empuñan la espada, perecerán a espada”.

[35] AC, cap. 33.

[36] HH, parág. 475.

[37] AC, cap. 39.

[38] AC, cap. 30.

[39] AC, cap. 29.

[40] EH, “Por qué soy un destino”, parág. 9.

[41] AC, cap. 35.

[42] ID, parág. 2303..

[43] Mateo, 13, 49 - 50.

[44] Mateo, 25, 41- 46.

[45] AC, cap. 20.

[46] Ibídem.

[47] AC, cap. 33.

[48] AC, cap. 39.

[49] A, V, parág. 449.

[50] AC, cap. 40.

[51] AC, cap. 5.

[52] GM I 14. Nietzsche escribe: “Beati in regno coelesti videbunt poenas damnatorum ut beatitudo illis magis complaceat”; sin embargo, aunque no cita las palabras de Tomás de Aquino de manera literal, refleja fielmente su sentido. Las palabras de la Suma Teológica son las siguientes: “Ut beatitudo sanctorum eis magis complaceat, et de ea uberiores gratias Deo agant, datur eis ut poenam impiorum perfecte intueantur” (Summa Theologica, V, Suppl., q. 94, a. 1).

[53] Las referencias a estos escritos se encuentran en La genealogía de la moral, I, 14.

[54] En dicha obra se manifiesta una absoluta y caprichosa predilección por los israelitas y una total indiferencia por los demás pueblos: De los israelitas doce mil miembros de cada una de las doce tribus debían ser marcados “en la frente con el sello a los servidores de nuestro Dios”, mientras que los no israelitas quedarían al margen de dicha selección.

[55] AC, cap. 38.

[56] VP, parag. 250. Prestigio.

[57] VP, parág. 221. Prestigio.

[58] Es verdad, por otra parte, que, si al término “moral” se le da un sentido amplio y relativo, referido a determinadas normas de convivencia con valor simplemente humano y convencional, en tal caso se podría seguir hablando de moral, pero sin las absurdas connotaciones y consecuencias que iban ligadas a la “moral absoluta” que Nietzsche critica.

[59] AC, parág. 62.

[60] Z, I, “De los de detrás del mundo”.

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