Nietzsche: Moral de
señores y moral de esclavos
Un complemento muy importante
de estas consideraciones es la interpretación que Nietzsche presenta en La genealogía de la moral acerca del origen histórico de la propia moral y de
las categorías relacionadas con ella, así
como acerca de su diferenciación entre una ‘moral de señores’ y una ‘moral de
esclavos’, manifestando su radical simpatía por la primera y su desprecio hacia
la última, en cuanto considera que ésta representa una moral basada en el resentimiento, en la defensa de valores contrarios a la vida y en la negación
del derecho a dirigir la vida de acuerdo con fines establecidos desde uno mismo,
sin someterse a supuestos ‘deberes’ ajenos a la propia voluntad.
En La genealogía de la moral Nietzsche
trata de describir la evolución histórica
de la moral, en la que la preeminencia
política, propia del “noble”, en
determinados casos va convirtiéndose en preeminencia
anímica, en cuanto los
nobles mal dotados físicamente necesitan compensar esta deficiencia a fin de
triunfar en su rivalidad con sus compañeros nobles que sí están dotados de
fuerza para la guerra y para asumir la vida plena y espontáneamente, y sin
recurrir a ningún tipo de autoengaño. Y así, esta parte físicamente débil de la
casta suprema se convierte en la casta
sacerdotal.
En ella se
contraponen por primera vez los conceptos de “puro” e “impuro” y se desarrolla un sentido de “bueno” y
de “malo” que ya no tienen carácter estamental.
“Puro” e “impuro” habían tenido un sentido relacionado con cierta forma de
“refinamiento cultural”: el “puro” era
meramente “un hombre que se lava”, que
tenía algunas costumbres refinadas, pero la astucia de la aristocracia sacerdotal fue la causante de la interiorización posterior de estos conceptos y de la radical
separación entre los hombres “bueno” y “malvado” en un nuevo sentido.
En relación
con estas cuestiones escribe Nietzsche:
“Ya se habrá adivinado la
facilidad con que la valoración sacerdotal puede desarrollarse de la caballeresco-aristocrática
y evolucionar hasta convertirse en su antítesis […] Los juicios de valor
caballeresco-aristocráticos suponen un ple-no vigor físico, una salud
pletórica, prodigiosa, hasta desbordante, amén de lo que la conserva, a saber:
la guerra, la aventura, la caza, la danza, torneos, todo cuanto comporta una
actividad alegre, ruda y libre. La valoración sacerdotal-aristocrática […] descansa
en otros supuestos […] Los sacerdotes […] son los enemigos más malignos; […] porque son los más impotentes. Su impotencia
es causa de que su odio adquiera proporciones tremendas y terroríficas, suprema
sutileza y carácter de máximo rencor. —Los grandes odiadores de la
historia universal, también los más sutiles, siempre han sido sacerdotes […]
Los judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa consecuencia osaron
invertir la ecuación valorativa aristocrática (bueno = aristocrático = poderoso
= hermoso = feliz = grato a Dios) y defendieron su inversión con encarnizamiento
de odio frenético, proclamando: “¡únicamente los miserables, los pobres, los
impotentes, los humildes son los buenos; únicamente los atribulados, los agobiados,
los enfermos, los feos son los piadosos y gratos a Dios, y serán los únicos que
gozarán de la eterna bienaventuranza; -en cambio vosotros, los nobles y
poderosos, sois para siempre los malignos, los crueles, los concupiscentes, los
insaciables, los impíos, y hasta la consumación de los siglos seréis los
réprobos, los maldecidos y condenados!”… Sabido es quién ha recogido la herencia
de esta inversión judía de los valores […] con los judíos se inicia la sublevación de los esclavos en la moral;
esa sublevación dos veces milenaria que si hoy no tenemos conciencia de ella es
por la sola razón de que ha triunfado”[1].
En este
pasaje, pretendiendo hacer una crítica y un análisis histórico de la moral en general, Nietzsche incurre en el error de
hablar exclusivamente de algunos pueblos de los dos o tres últimos milenios,
como si esa referencia tan restringida en el espacio y en tiempo pudiera conducir
a una conclusión general y certera respecto al origen de la moral. Olvida en
sus reflexiones que el ser humano vivía hasta no hace mucho como cualquier otra
especie animal, de manera que la ley que presidía sus actos no era otra que “la
ley de la jungla”.
Teniendo en
cuenta la absoluta relación existente entre el ser humano y los demás animales,
fue un error su clasificación tan
polarizada de la sociedad en clases
nobles, con su “moral de señores”, y clases
plebeyas, con su “moral de esclavos”, manifestando su admiración por las clases
guerreros y su moral de señores, y su desprecio por los clases débiles y su moral
de esclavos, que, guiados por el resentimiento, habrían creado su sistema de
valores, contrario a los valores nobles, en cuanto su incapacidad y su
debilidad para gozar de la vida les habría conducido a condenar aquellas cualidades
que para los nobles habían constituido su valor, refugiándose en ilusiones y creencias
relacionadas con “otra vida mejor”.
Lo más cuestionable
de estas consideraciones fue que Nietzsche no comprendiera –o pareciera
olvidar- que en la lucha por la vida todo
vale, por lo que tanto a nivel de las distintas especies como a nivel de
los miembros de una misma especie todos emplean las armas de que disponen para
lograr sobrevivir, tanto las que se basan en la fuerza física como las que se
basan en la inteligencia y en la astucia, o en la posesión de una tecnología
bélica especialmente desarrollada.
Por otra parte,
en contradicción con su rechazo de la moral, Nietzsche tiende a criticar
¡moralmente! a los sacerdotes diciendo que “son los enemigos más malvados”.
Su radical crítica de la moral, en la que despreciaba a los “esclavos” por haber
introducido el concepto de “böse” –“malvado”- para calificar a los nobles,
convirtió por ello mismo en incoherente la utilización que él mismo hizo de ese
calificativo para reprobar la manera de actuar de los “esclavos”, ya que tal calificativo
representaba una forma de condena moral (!)
desde la perspectiva de la supuesta moral absoluta rechazada por él, pero siendo
incoherente con dicho rechazo. Es posible, por otra parte, que su empleo de
calificativos y expresiones morales no tuviera en verdad nada que ver con la moral
previamente criticada sino sólo un modo de expresar más intensamente su desprecio
por quienes defendieron la moral de esclavos.
Nietzsche
habla de dos formas de moral, la “moral de señores” y “moral de esclavos”. A su
vez, la moral de señores se caracteriza por tener dos modalidades, la moral de guerreros y la moral de sacerdotes. Ahora bien,
la moral de sacerdotes habría sido el origen de la “moral
de esclavos”, en cuanto los “sacerdotes”, movidos por el “resentimiento”,
habrían creado los valores de esta moral. Sin embargo, no parece haber reparado en que la mayor parte
de los dirigentes de la iglesia de todos los tiempos, habiendo sido los creadores
de la moral de esclavos, pocos de ellos han sido luego seguidores de dicha
moral. Los creadores de dicha moral comprendieron el enorme poder que iban a
conseguir adoctrinando a la masa en esos antivalores, aunque algunos sacerdotes
y gran parte de la plebe llegaron a creer en ellos. A los sacerdotes que adoctrinaban
de forma hipócrita, en cuanto no vivían de acuerdo con lo que predicaban,
habría que seguir clasificándolos entre los nobles, mientras que tanto a la
masa de creyentes como a sus pastores creyentes habría que clasificarlos como
esclavos. De hecho, el propio Nietzsche consideró que la clase de los señores,
que por su debilidad física no habían podido rivalizar con los miembros fuertes
de su clase, habían pertenecido a la nobleza sacerdotal, y su misma debilidad
física y el resentimiento correspondiente fue lo que les llevó a crear la moral
de esclavos para convencer y controlar a la masa, pero no necesariamente a
creer en tales valores.
1. Nobleza guerrera, nobleza sacerdotal y esclavos
Comenta
Nietzsche que las clases nobles o
aristocráticas se rigen por la espontaneidad de sus acciones, que él considera
muy en la línea de la forma de actuar de los animales depredadores de la selva.
Por ello los juicios de valor aristocráticos
tienen como presupuesto la fortaleza
física, la salud desbordante... y
lo que las acompaña: guerra, aventuras, caza, danza, actividad fuerte, libre y
alegre.
En GM I,
11, hace referencia a diversos pueblos que él consideró como expresión de la
forma de vida propia de los seguidores de la moral de señores y cita expresamente a las aristocracias romana,
árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos, la
raza aria (la magnífica “bestia rubia”, nombre con el que se refiere a la
antigua raza aria –no a los alemanes contemporáneos, en relación con los cuales
se sintió defraudado-). Todos ellos habrían vivido una vida especialmente ligada
a la espontaneidad instintiva, más propia de los animales salvajes que a la
forma de vida de la civilización en la que lo instintivo habría quedado
sometido y reprimido por los valores y las normas de la moral de esclavos, en cuanto
los creadores de la moral de esclavos habrían sido quienes hasta ahora habrían
triunfado en el enfrentamiento contra los “nobles”.
Como cualidades
de los “nobles” Nietzsche se refiere de manera especial al instinto, y, según
escribe en GM I 7, a su
“constitución física poderosa, una salud
floreciente, rica, incluso desbordante, junto con lo que condiciona el mantenimiento
de la misma, es decir, la guerra, las aventuras, la caza, la danza, las peleas
y, en general, todo lo que la actividad fuerte, libre, regocijada lleva consigo”.
Por otra
parte y en su comportamiento recíproco, los “nobles” se caracterizaban por “el
respeto, el agradecimiento, el autodominio, la fidelidad, el orgullo y la
amistad”. Sin embargo, hacia el exterior eran como aves de rapiña, dejando…
…“acaso tras sí una serie abominable de asesinatos,
incendios, violaciones y torturas con el desenfado, la alegre despreocupación
de quien no ha cometido más que una simple travesura”[2].
En esta
misma obra añade como cualidad de la nobleza ateniense, perfectamente aplicable
a los “nobles” en general y de acuerdo con Pericles, que éste…
…“destaca con elogio la rathymía [despreocupación] de los atenienses: su indiferencia, y su
desprecio de la seguridad, del cuerpo, de la vida, del bienestar, su horrible
jovialidad y el profundo placer que sienten en destruir, en todas las voluptuosidades
del triunfo y de la crueldad”[3].
Resulta desconcertante
que Nietzsche se refiera a estas cualidades con admiración por el simple hecho
de que en ellas todo sea consecuencia de la espontaneidad
vital, mientras que a la vez que se
refiera con desprecio a la forma de vida de la “plebe”, en cuanto sus valores
están contaminados por el resentimiento.
Y resulta desconcertante en especial porque olvida que, según sus propias doctrinas,
todo lo que sucede está presidido por la necesidad, tanto la forma de vida de
los “nobles” como la de los “esclavos”. Y, por ello, su labor como pensador
hubiera sido más coherente si se hubiera limitado a investigar y a describir
los motivos de esas distintas formas de vida y de moral sin necesidad de ensalzar
una y condenar la otra, al margen de que simpatizase en especial con una
de ellas, la de los “nobles”.
En La genealogía de la moral comenta que, a
pesar de la fuerza y de la vitalidad de los nobles, en esta lucha entre “señores”
y “plebeyos” han vencido estos últimos:
“ ‘Los señores’ están
liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido [...] La ‘redención’ del
género humano (a saber, respecto de ‘los señores’) se encuentra en óptima vía;
todo se judaíza, o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vistas (¡qué importan
las palabras!)”[4].
Indica
además que la Iglesia refrena esa
marcha en favor de los ideales supuestamente defendidos por Jesús en cuanto se
aleja de lo que predica, pero que en eso puede consistir su mayor engaño, en
cuanto es la Iglesia la que nos repugna y no
su veneno, o lo que es lo mismo, su sistema de valores, pues, prescindiendo
de la Iglesia, también la plebe ama su veneno, lo cual equivale a decir que el
desvío de la crítica en contra de la
Iglesia se convierte en un obstáculo para comprender que su peor veneno se
encuentra en su sistema de valores
antivitales.
Por otra parte, Nietzsche proyecta de
manera acertada en las relaciones humanas lo que Darwin había observado a nivel
de las especies en su constante lucha por la supervivencia, considerando que la
misma explotación no cesaría nunca en
las relaciones humanas sino que es un modo de relación permanente mediante el
cual la especie humana manifiesta internamente la tensión silenciosa y
conflictiva en la lucha por la vida entre sus miembros. Y, por ello, teniendo
en cuenta el modo de ser y de actuar de los nobles, tan ligado a lo instintivo,
considera, a propósito de la explotación,
que ésta
“forma parte
de la esencia de lo viviente”[5].
Sin embargo y por el mismo motivo
debería haber aceptado igualmente que las formas de actuación de aquéllos a
quienes considera esclavos, tratando de luchar contra el yugo capitalista,
eran tan naturales como las de los señores.
Por ello,
teniendo en cuenta su rechazo radical de la moral, su crítica o su defensa de
cualquier sistema de valores sólo podía tener un valor subjetivo, puesto que ya no eran los argumentos morales los
que podían servir para justificar la superioridad de cualquier valor o sistema
de valores respecto a cualquier otro. Y, por ello, la pretendida superioridad
de los valores nobles sobre los plebeyos sólo podría tener esa misma
justificación desde la subjetividad del propio Nietzsche, pero no absoluta. En consecuencia, teniendo en cuenta
su reducción de la moral a la estética, habría sido coherente con su pensamiento
considerar estas críticas contra la moral
de esclavos como provenientes de su particular estética y de sus gustos particulares, que le condujeron a apreciar
de manera especial los “valores aristocráticos” frente a los de la “moral de
esclavos”. Sin embargo, en múltiples ocasiones fue incoherente con su crítica
de la moral y, en este sentido, defendió la “moral de señores” y rechazó la “moral
de esclavos” o bien desde una perspectiva moral o bien tomando prestada la
expresividad lingüística del lenguaje de la moral.
Por otra parte,
Nietzsche criticó de manera inadecuada la teoría evolucionista de Darwin al
considerar erróneamente que, según el gran biólogo inglés, la selección natural avanzaría en favor de los
fuertes. Por su parte, Nietzsche entiende que el resultado de esa selección
natural es
“la eliminación de los hijos
predilectos de Fortuna, la inutilidad de los tipos superiores”[6],
y presenta
una explicación de este paradójico resultado según el cual la clase poderosa
habría sido derrotada por la plebe:
“Lo que más sorprende en la consideración
de los grandes destinos del hombre es comprobar siempre lo contrario de lo que
comprueban o quieren comprobar hoy Darwin y su escuela, a
saber: selección en favor de los fuertes y privilegiados, progreso de la
especie. Salta a la vista precisamente lo contrario: la eliminación de los
hijos de Fortuna, la inevitable supremacía de los tipos medios y aun de los
inframedios [...] Esa voluntad de poder en que percibo la razón y la esencia de
todo cambio nos proporciona la explicación del hecho de que no tenga lugar la selección en favor de
los tipos excepcionales: los más fuertes y privilegiados son débiles cuando
enfrentan instintos de rebaño organizados, el miedo de los débiles, la superioridad
numérica [...] Yo me sublevo contra esta formulación de la realidad como moral:
por eso aborrezco al cristianismo con un odio mortal [...] Hasta ahora, nada
corrobora la tesis de que los organismos superiores se han desarrollado de los
inferiores. Veo que los inferiores predominan por su superioridad numérica, su
cordura y astucia”[7].
Sin
embargo, hay que puntualizar que Darwin no defendió tal tesis sino la de que en
la lucha por la vida triunfaban los mejor adaptados al medio natural, pues efectivamente son estas especies
e individuos, que conjuntamente se complementan for-mando un ecosistema las que
prevalecen, y no una especie o unos individuos concretos por destacar en una
cualidad como la fuerza, el tamaño o cualquier otra: ¿De qué le serviría al
león su fuerza y demás cualidades si no hubiera otras especies “más débiles” a
las que pudiera cazar y de las que pudiera alimentarse? Gracias a la existencia
de la “débil” gacela, el “fuerte” león puede sobrevivir y no extinguirse. ¿Por
qué, pues, considerar al león –o al ave de rapiña- “superior” a la gacela o al cordero?
Por su parte,
Nietzsche considera que la selección
natural conduce a un predominio de una supuesta “mediocridad”, ya que la
mayoría numérica de ésta tiende a sofocar la existencia de los individuos que destacan de manera especial, situación
que no es en absoluto del gusto de los mediocres, que, por ello mismo, defenderán
la idea de que todos somos iguales.
No
obstante, Nietzsche realizó su propia clasificación y habló de los “hijos de
Fortuna”, “los superiores”, “los señores” o “los nobles”, sin explicar qué
criterio había seguido para etiquetar con esos calificativos, tan bien
valorados y distinguidos, a los nobles en cuanto a la vez los presentaba como asesinos,
incendiarios y violadores
Por lo que
se refiere al ser humano, puede parecer que se ha dado lo que Nietzsche indica,
en el sentido de que la “plebe” ha conseguido dominar a los “nobles” como consecuencia
de su mayoría numérica. Sin embargo, esa apariencia no es nada precisa, lo cual
no significa que aquella clase noble de que habla Nietzsche haya triunfado: La
clase que ha triunfado ha sido la que Nietzsche llama “clase noble sacerdotal”,
cuyos valores no son los de carácter cultural que Nietzsche apreció sino los
valores económicos y de poder, relacionados con la inteligencia y la astucia.
En este
sentido conviene no olvidar que, según el propio Nietzsche, fueron los señores,
en su variedad de los sacerdotes, los creadores de la moral de esclavos y, por ello, se
equivoca cuando afirma que los esclavos han vencido a los señores. Para
ser más coherente tendría que haber dicho, si acaso, que habrían sido los
señores, en su variedad sacerdotal, quienes habrían triunfado sobre los señores en su variedad guerrera.
La plebe, los auténticos esclavos, sigue siendo esclava, tanto antes
como ahora… y se caracteriza por su superficialidad, falta de inteligencia e
instinto de rebaño, que le sirve, si acaso, para sobrevivir, aunque haya sido
engañada o adoctrinada por la nobleza sacerdotal, que habría sido –hasta el momento- la auténtica ganadora
en esta lucha. Por eso, cuando dice Nietzsche que los esclavos triunfaron
frente a los señores, en eso estuvo confundido o se expresó de forma inadecuada,
pues los esclavos han sido incapaces de escapar a la continua explotación a que
les somete el capitalismo, mientras tengan “panem et circenses”, o –dicho en
términos más actuales- mientras se les ofrezca fútbol o telebasura que les
conduzca a alienarse y a aceptar con resignación sus problemas económicos,
laborales y de supervivencia, explotados precisamente por aquéllos que les inculcaron
tales valores de mansedumbre, resignación y sufrimiento de la propia vida, de
manera que, paradójicamente, lo que permite subsistir a los esclavos es precisamente su capacidad de resignación
y obediencia para someterse a quienes detenten el poder y a quienes les oprimen.
Si Marx
hablaba de clases sociales dominantes, como los señores feudales en la Edad
Media, o como la burguesía en la Edad Moderna, de algún modo estaba diciendo
que en la Edad Media dominaron los
señores en su variedad guerrera,
y que en la Edad moderna dominaron igualmente los señores en su varie-dad sacerdotal o burguesa, que no se
caracteriza por sus cualidades de fortaleza física sino por su ambición, su inteligencia
y su astucia, cualidades que Nietzsche atribuye a la clase sacerdotal, es decir,
a los creadores de la moral de esclavos.
Conviene insistir,
por otra parte, en que los valores que Nietzsche considera nobles lo son desde su propia subjetividad, aunque hubiera podido comprender
que, si alguien tiene autoridad en este terreno, es la propia Naturaleza, que
es la que “decide” qué valores triunfan en la lucha por la vida, tanto en
relación con la especie humana como en relación con las demás, pues no parece
que exista otro criterio mejor por el cual se puedan clasificar los valores que
atendiendo a cuáles son los que prevalecen a lo largo del proceso evolutivo,
aunque a la larga todas estén destinadas a desaparecer.
Como ya he
señalado, Nietzsche se basa en su predilección
personal hacia determinados valores para otorgarles su consideración de “nobles”
frente a los valores contrarios, que cataloga como “esclavos” –aunque, de
manera confusa, tiende a atribuir el valor de la inteligencia, tan apreciada y
distinguida, a los “esclavos” en lugar de atribuirlo a los creadores de la
moral correspondiente, la nobleza sacerdotal-.
Su simpatía
hacia los supuestamente “nobles” y especialmente a un grupo muy selecto de
ellos se manifiesta de forma muy clara en el siguiente escrito de 1871:
“Usted [señor Wagner] sabe que repudio y aborrezco
esa noción errónea de que el pueblo, cuando no el Estado, ha de ser un “fin en sí
mismo” […] Ni el Estado ni el pueblo, ni tampoco la humanidad, existen por sí; el fin está en sus cúspides, en los grandes
“individuos” ”[8].
¿Cómo se
atrevía Nietzsche a proclamar que el fin
se encontraba en los “grandes individuos”? Es evidente que ya en estos
momentos iniciales de su actividad filosófica no se limitó a describir aspectos de la realidad sino
también a dogmatizar a partir de sus
preferencias y desde las antípodas de lo que debería haber hecho como filósofo.
En realidad tenía todo el derecho a defender lo que dijo, pero sólo a partir de
sus gustos personales y no desde una valoración pretendidamente absoluta.
Veremos más adelante cómo, al hablar del superhombre, este punto de vista tan elitista
se repite de manera obsesiva.
Es verdad
que las personas dotadas de un alto cociente intelectual o de una gran sensibilidad
estética tienden a relacionarse con otras con similares cualidades; y lo mismo sucede
con la masa de individuos que posee sus cualidades características. Pero ese
hecho no justifica en absoluto el punto de vista de Nietzsche, tan categóricamente
positivo respecto a esa élite de que habla y, a la vez, tan negativo respecto a
todos los demás.
En este
mismo sentido y como consecuencia de su sentimiento (pathos) de la distancia
respecto a la masa, Nietzsche tuvo la intención de formar una especie de
comunidad de amigos, con intereses intelectuales similares para vivir juntos en
Niza o en Córcega a fin de dedicarse al intercambio de pensamientos y vivencias
de carácter estético –musical, sobre todo- y filosófico y, en especial, para
poder explicarles su propia filosofía[9].
Sin duda ninguna, tal comunidad de amigos habría sido considerada por el
solitario de Sils-María como un ejemplo de agrupación de “nobles”, de “hombres
superiores”[10].
Ahora bien, si tenemos en cuenta que a ningún biólogo se le ocurre catalogar a
las diversas especies animales como buenas
o malas, como superiores o inferiores
¿existe algún motivo para considerar al hombre o a determinados hombres como superiores a los demás en un sentido
absoluto en lugar de considerarlos simple-mente diferentes o superiores
en determinada cualidad e inferiores en otras? Parece evidente que simplemente
existe una diversidad de individuos con cualidades físicas y psíquicas distintas,
que les permiten estar mejor o peor adaptados al medio natural en que viven, al
margen de que personalmente todos tengamos nuestras propias simpatías o
antipatías como consecuencia de la afinidad existente entre su modo de ser y el
nuestro[11].
Además, en
muy diversos escritos y también en su obra póstuma, La voluntad de poder, defendió acertadamente el pun-to de vista
contrario al anterior, y, en este sentido, afirmó:
“Si el devenir es un inmenso
ciclo, todo es de igual valor, eterno
y necesario”[12],
afirmación que
contradice su constante valoración
desigual de los nobles con respecto
a la plebe, o de determinados
individuos que sobresalen en determinadas cualidades frente a quienes no
destacan, cualidades que él valora de manera especial desde su propia
subjetividad. Y, por este motivo, el único modo en que Nietzsche hubiera
podido evitar incurrir en contradicción consistía en haber aclarado los motivos
que explicaban su diversa valoración favorable a determinados individuos,
reconociendo además que tales motivos sólo tenían un valor subjetivo.
En
definitiva, si no existen valores morales absolutos y si todo es consecuencia
de la ciega necesidad en todos los
niveles de la vida, el filósofo en cuanto tal, al igual que cualquier científico,
sólo debería realizar una descripción
de lo que observa, no teniendo sentido que realice cualquier tipo de valoración
“moral” –en cuanto no hay fenómenos
morales-; de manera que su anterior afirmación –“aborrezco al cristianismo
con un odio mortal”- sólo puede tener sentido como la expresión de lo que es,
una aversión personal –que muchos
podemos compartir- sin que vaya unida a una descalificación “moral” que no
tendría sentido.
Indica
Nietzsche que el modo de ser de los “esclavos” -o, corrigiéndole, a los
creadores de la moral de esclavos- les llevará a ser más inteligentes, mientras
que para los “nobles” lo esencial es la seguridad del instinto y la espontaneidad
en sus acciones y sentimientos. El mismo resentimiento que podría darse en los
nobles tendría un carácter inmediato y fugaz o ni siquiera llegaría a producirse,
frente al “plebeyo”, que cultiva en su interior los sentimientos de venganza. Considera
que el noble respeta a sus enemigos, asumiendo que hay en ellos mucho de valioso,
mientras que el hombre del resentimiento ve al enemigo como “el malvado” para poder
verse a sí mismo como “bueno”[13].
De nuevo
Nietzsche manifiesta una simpatía especial hacia los señores frente a los esclavos, simpatía que parece ir más
allá de su propia identificación con la clase de los “nobles” y no se queda en
el terreno meramente estético, sino que por su mediación defiende nuevamente los
“valores nobles” desde una perspectiva moral, en contradicción con su
anterior crítica de la moral y con afirmación del carácter necesario de cuanto
existe.
Por otra
parte, resulta desconcertante que critique una cualidad como la de la inteligencia, propia de los esclavos -o, más exactamente, de la nobleza
sacerdotal-, frente a la cualidad del instinto,
propia de la nobleza guerrera. En
este punto el plantea-miento de Nietzsche es incoherente, pues, aunque había
reconocido que la moral de esclavos había sido obra de la nobleza sacerdotal,
luego parece haber olvidado que las cualidades psíquicas de la inteligencia y
la astucia no caracterizan a la plebe o a los esclavos sino que serían
cualidades de dicha nobleza sacerdotal. Sin embargo y como ya he indicado,
en diversos momentos de su vida había pensado en la posibilidad de formar una
agrupación de “hombres superiores”, una especie de “orden” de personas afines
por su manera de pensar: ¿Qué cualidad iba a ser especialmente importante para
tal agrupación de “espíritus libres” sino la de la inteligencia, además de la
sensibilidad estética? ¿Qué otra cualidad le había servido a él para
evolucionar en su pensamiento y para llegar a sus nuevas teorías acerca de la
moral, de la religión y de tantos aspectos de la cultura humana acerca de los
que realizó profundos estudios y críticas?
Según
Nietzsche, los creadores de la moral de esclavos –los sacerdotes- pertenecían a
la clase noble, pero carecían de
cualidades físicas suficientes en comparación con la nobleza guerrera; y
por ello, impulsados por el resentimiento, crearon la moral de esclavos, antivalores respecto a la moral de señores que fueron asumidos tanto por la plebe
como por los partidarios de ideologías políticas como la democracia, el socialismo
y el anarquismo. Señala Nietzsche por ello que los sacerdotes serían los
enemigos más malignos[14]
de los señores, que habían afirmado los valores vitales.
2. Los sacerdotes. Incoherencias
de Nietzsche
Entre los sacerdotes todo se vuelve más peligroso;
pero, además,
“Los sacerdotes son […] los enemigos más malvados
⸺¿por qué? Porque son los más impotentes. A causa de esa impotencia
el odio crece en ellos hasta convertirse en algo monstruoso y siniestro […] Los
máximos odiadores de la historia universal […] han sido siempre sacerdotes”[15]
De nuevo en
el pasaje anterior utiliza Nietzsche el término malvado, calificativo
moral que, indignado por el uso que de él hacían los seguidores de la moral de
esclavos para calificar a los nobles, él mismo había rechazado. Por ello,
resulta sorprendente que utilice dicho término, pues, desde el momento en que había
llegado a la conclusión de que la moral no tenía fundamento alguno, si
resultaba absurdo que los esclavos utilizasen dicho tal calificativo, más
absurdo debía ser que él mismo, que lo había criticado, lo utilizase para
referirse con él a los sacerdotes.
En relación
con esta cuestión Nietzsche había considerado acertadamente que la “nobleza sacerdotal”
no obró con sinceridad, sino que mintió, y esto parecía escandalizarle. Pero,
siendo consecuente con su negación de la moral, debería haber visto la mendacidad
de los sacerdotes como natural y perfectamente comprensible en cuanto la
mentira era una de tantas armas en la lucha por la vida, que les servía para
tratar de vencer a la “nobleza guerrera”. Además, el propio Nietzsche valoró
finalmente la mentira de modo especialmente positivo -en especial la del arte-
como superior a la verdad.
En esta misma línea de incoherencias, Nietzsche llega a calificar la manera
de juzgar de la Iglesia como la más “malvada
sofisticación”. Pero de nuevo resulta difícil entender cómo pudo ser tan
incoherente al utilizar de nuevo el calificativo moral que él mismo había rechazado
cuando se utilizaba desde la moral de esclavos para atacar a los “nobles”,
pues, desde el momento en que tomó conciencia de que no había fenómenos morales
y de que todo sucedía necesariamente, dejaba de tener sentido que siguiera utilizando
calificativos morales como éste.
Pero,
continúa Nietzsche,
“Por muy modesta que sea la probidad exigida, hoy día no se puede menos que saber que con cada
frase que pronuncia un teólogo, un sacerdote,
un papa, no yerra, miente; que ya no
es posible mentir “con todo candor”, “por ignorancia”. También el sacerdote
sabe ya como todo el mundo que no hay ningún “Dios”, ningún “pecador” ni ningún
“Redentor”; que el “libre albedrío” y el “orden moral” son mentiras […] Todos los conceptos de la Iglesia están desenmascarados
como lo que son: como la más maligna
sofisticación que existe con miras a desvalorizar
la Naturaleza, los valores naturales; el sacerdote mismo está desenmascarado
como lo que es: como el tipo más peligroso de parásito, la araña venenosa
propiamente dicha de la vida […] Los conceptos “más allá”, “juicio final”,
“inmortalidad del alma”, “alma”; se trata de instrumentos de tortura, de
sistemas de crueldades mediante los cuales el sacerdote llegó al poder y se ha
mantenido en él”[16].
Hay que observar de nuevo que los
calificativos “probidad”, “parásito”, “araña venenosa”, que Nietzsche utiliza
en un sentido moral despectivo, no
son precisamente neutrales, sino que expresan una valoración moral
especialmente negativa, al margen de que la intención de Nietzsche hubiera sido
exclusivamente estética y al margen de que quisiera expresar con la mayor intensidad
el rechazo que la causaban los sacerdotes por la serie de falsas y absurdas
mentiras con las habían conseguido someter a la plebe.
Para ser
coherente con su crítica de la moral Nietzsche podía haber investigado y
explicado de manera simplemente descriptiva
cómo habían actuado los sacerdotes hasta hacerse con el poder, por muy
antipática que pudiera resultarle la conducta de los sacerdotes a lo largo de
la historia, pero la condena moral que
él mismo realizó era incoherente con
su propia condena de la moral de forma generalizada. Visceralmente
puede causar repugnancia la serie de mentiras utilizadas por los sacerdotes,
pero, si Nietzsche hubiera reflexionado fríamente, habría comprendido que esas mentiras
eran una parte de sus armas para conseguir el apoyo de la plebe en su
lucha contra los “nobleza guerrera” y en su lucha por controlar y dominar a la
misma plebe.
En esta lucha
considera Nietzsche que hasta ahora los esclavos han vencido y que no parece
que vayan a ser derrotados fácilmente. Pero en realidad y como ya he indicado no
habrían sido los esclavos los vencedores sino la clase sacerdotal[17].
Igualmente hay que señalar que los sacerdotes consiguieron colocarse en un
nivel de poder político, económico y social similar al de la clase noble o
incluso superior en bastantes casos, pues fue la nobleza sacerdotal la que se
encargó de adoctrinar a la plebe, y ésta, en una inmensa mayoría, le siguió,
pero siguió siendo plebe, que, con su fuerza y su número, dio a la clase
sacerdotal el poder que había pertenecido a la nobleza guerrera. Por ello
Nietzsche se equivoca cuando da a entender que la plebe ha triunfado sobre los
señores. Si acaso, habría que decir que la plebe, adoctrinada y seducida por los
valores de la “moral de esclavos” de la clase sacerdotal, ayudó decisivamente a
ésta a conseguir un puesto de suma relevancia en la sociedad, y que la derrota
de la clase noble guerrera se produjo por el triunfo de los valores de la clase
sacerdotal en los que consiguió adoctrinar a la plebe para servirse
posteriormente de ella.
Recordemos
que en la lucha por la vida o en
la guerra todo vale y que, por
mucho que la sociedad humana pretenda disfrazarse, condenando la mentira, el
robo o la violencia, sigue viviendo en esta jungla especial a la que llamamos “civilización”
y practicando esas mismas acciones que dice condenar. Por ello no tiene
sentido que Nietzsche se escandalizase ante las falsedades de los sacerdotes,
al margen de que le atrajese la idea de desenmascararlos poniendo en evidencia
las mentiras que utiliza. Esta serie de mentiras
podrían explicar, al menos en parte, que Nietzsche, que tanto había
valorado la veracidad, adoptase un
lenguaje especialmente agresivo contra los sacerdotes, llegando a criticar a
quienes, desde la moral de esclavos, habían calificado a los nobles como
“malignos”, pero recurriendo a su vez en bastantes momentos al uso de ese mismo
término de carácter moral.
Insistiendo
en estos planteamientos y en referencia a la actividad adoctrinadora de los sacerdotes, dirigentes de la plebe
cristiana, escribe Nietzsche:
“En todos los tiempos los
sacerdotes han pretendido que se proponían ‘mejorar’... Pero nosotros [...]
reímos cuando a un domador se le ocurre hablar de sus animales ‘mejorados’ ”[18],
pues,
efectivamente, el sacerdote pretende “mejorar”, es decir, “adoctrinar” y reprimir
los instintos espontáneos de su redil y que interiorice su sistema de valores
contrarios a los de la moral de señores y relacionados con la obediencia,
la humildad, la resignación, la castidad, la compasión, la penitencia y, en
general, con el rechazo de los valores de la vida terrena, para someterse al
cumplimiento de unos supuestos deberes emanados de una supuesta voluntad divina
que los habría establecido, aunque en realidad fueron introducidos por el sacerdote
para enfrentarse con éxito a la nobleza guerrera.
Como ya he
indicado antes, la supuesta mejora -o
la misma domesticación de algunos
animales- hay que entenderla como una actuación adecuada para la supervivencia y
para el triunfo de los sacerdotes, pero no para que la plebe, el redil de sus
obedientes y sumisos seguidores, pudiera adquirir un estatus político,
económico y social de cierta relevancia, pues la nobleza sacerdotal,
conseguido su objetivo de adoctrinamiento de la plebe y de obtención de
su cuota de poder, se convirtió muy pronto en la aliada natural de la clase dominante,
tanto la de la monarquía y de la nobleza medievales como la de la clase
burguesa y capitalista moderna y actual.
Tal
situación podrá gustarnos o disgustarnos, pero hay que insistir en que no tiene
sentido juzgarla desde una perspectiva moral, que es la incongruencia en
que incurre Nietzsche como consecuencia de su aprecio por la moral de
señores y por su desprecio a quienes se sirven del resentimiento y de la
mentira para crear los valores de la moral
de esclavos.
Por ello
tanto su defensa de la moral de señores
como su rechazo de la moral de esclavos sólo podrían tener sentido desde el ámbito estético, al que el
propio Nietzsche -y luego Wittgenstein- redujeron la Ética. Insistiendo en estas consideraciones,
podríamos imaginar a un grupo de científicos extraterrestes visitando la Tierra
para hacer un estudio de la vida en este planeta. Desde una hipótesis como
ésta, del mismo modo que a nuestros biólogos no se les ocurre clasificar moralmente a ninguno de los animales no
humanos, a esos científicos tampoco se les ocurriría clasificar moralmente a los animales humanos. Nos
verían simplemente como una especie más, con las peculiaridades de nuestra especie,
pero sin nada que nos diferenciase radicalmente de ellas.
3. Judíos y cristianos, y su relación con la moral de esclavos.
Nietzsche
considera que los judíos –de la época
bíblica[19]-
y los dirigentes cristianos a partir
de Pablo de Tarso -que también era judío- representan especialmente a esa casta sacerdotal que mediante una inversión
de los valores “nobles” logró vengarse de
ellos, de quienes estaban dotados de fortaleza física para triunfar ante las
dificultades de la vida y para amar y disfrutar de esa misma vida.
Del mismo
modo entiende que desde la moral de esclavos, propia de judíos y cristianos,
sólo los miserables, los pobres, los impotentes y los enfermos son los llamados
por Dios a la felicidad eterna, mientras que los nobles y violentos son los
malvados y serán también “eternamente los desventurados, los malditos y
condenados”[20]. En Más allá del bien y del mal se había ocupado
de esta misma cuestión, afirmando que con los judíos se iniciaba “la sublevación
de los esclavos en la moral”, es decir, daba comienzo el predominio de “la
moral de esclavos”:
“los judíos realizaron ese prodigio de inversión de
los valores gracias al cual la vida sobre la tierra ha cobrado por espacio de
un par de milenios un encanto nuevo y prodigioso; —sus profetas hicieron
de lo “rico”, lo “impío”, lo “violento” y lo “sensible” una y la misma cosa y
por primera vez confirieron a la palabra “mundo” un sentido deshonroso. En esta
inversión de los valores [...] reside la significación del pueblo judío: éste marca el comienzo de la sublevación de
los esclavos en la moral”[21].
Como ya he indicado en otros momentos,
Nietzsche se equivoca cuando habla de la “sublevación de los esclavos”, pues
los esclavos sólo son esa plebe que cae en las redes de la “nobleza sacerdotal”,
la cual es la auténtica triunfadora en esa sublevación contra la “nobleza
guerrera”. Los sacerdotes siguen perteneciendo a la clase de los “señores”,
mientras que los “esclavos” no son otros que esa plebe que es engañada y
dominada por los sacerdotes mediante su adoctrinamiento en favor de la resignación,
de la humildad y de la obediencia a los dirigentes políticos -es decir, a la
nobleza guerrera o sacerdotal capitalista-.
Son los cristianos quienes –gracias
especialmente al impulso y a la astucia de Pablo de Tarso- asumieron, al menos
en parte, esa inversión de valores.
Por ello, aunque de manera inexacta, proclama Nietzsche en El Anticristo:
“…la Iglesia ha librado su guerra sin cuartel a todo
lo aristocrático de la tierra!”[22],
y de nuevo
aquí toma partido desde una perspectiva aparentemente moral en favor de
los “nobles” al referirse a todo lo “aristocrático” como aquello contra lo que
habría luchado la Iglesia. Y en efecto la lucha de la Iglesia fue contra la
nobleza guerrera, pero no con la intención de derrotarla de forma aplastante
sino para poder situarse a su lado recuperando su estatus de “noble” y, junto
con la nobleza guerrera, seguir oprimiendo a la clase baja. Por eso hay que
decir que contra quien luchó la nobleza sacerdotal de manera especial pero soterrada
fue contra la misma plebe, representada por el redil de la iglesia católica y
cristiana en general, a la que simplemente “domesticó” para ponerla a su
servicio en su enfrentamiento contra la nobleza y en su posterior alianza con ella.
La mayor parte de la nobleza sacerdotal, de manera consciente o inconsciente,
no creía en aquellos valores que predicaba, pero le interesaba enormemente que
su adoctrinado rebaño creyera en ellos porque tal rebaño constituía su ejército
particular a la hora de enfrentarse a la nobleza guerrera en el caso de que
ésta no estuviera de acuerdo en compartir su poder sobre el resto de la
sociedad.
Durante la Edad Media el
hijo primogénito de una familia noble era quien heredaba los títulos y las
riquezas familiares, mientras que el segundo era destinado al clero,
ocupando un cargo de relevancia, acorde con las donaciones que su familia hubiese
dado a la iglesia. Es decir, no se trataba de un destino escogido por vocación ni
por especial devoción religiosa sino evidentemente por el estatus político-social
que suponía el cargo comprado a la iglesia y por los ingresos económicos que obtendría
como consecuencia de ocupar dicho cargo. Recordemos igualmente que durante
muchos siglos los estamentos fundamentales de una nación en Europa fueron la monarquía,
la nobleza y el clero, de manera que la “nobleza sacerdotal” consiguió
recuperar aquel poder que había perdió inicialmente como consecuencia de su
debilidad física frente a la “nobleza guerrera”, mientras que la plebe siguió
siendo oprimida por ambos tipos de “nobleza”.
De manera
no muy explícita pero fácilmente comprensible, la nobleza sacerdotal venía a proponer
a la guerrera que siguiera dominando a la plebe con tal que a la jerarquía
sacerdotal le concediesen toda una serie de privilegios con los que recuperaría
un estatus político muy similar al de la nobleza guerrera, tanto por sus
privilegios políticos y económicos como por su íntima proximidad al poder,
hasta el punto de que en diversas ocasiones fueron ellos mismos quienes
ocuparon a un tiempo los cargos de suma autoridad religiosa y suma autoridad
política. A cambio de esta recuperación de su estatus, la “nobleza sacerdotal”
ofrecía sus servicios a la “nobleza guerrera” inculcando de manera especial a
la adoctrinada plebe la idea de que debía someterse y obedecer en todo momento
a la “nobleza guerrera”, ya que el poder de los gobernantes provenía del propio
Dios.
Nietzsche
se lamenta por el hecho de que…
…“ ‘Los señores’ están liquidados; la moral del hombre
vulgar ha vencido […] La “redención” del género humano (a saber, respecto de
“los señores”) se encuentra en óptima vía; todo se judaíza o se cristianiza, o
se aplebeya a ojos vistas”[23].
Y, efectivamente, los valores de esa moral representan los
antivalores contrarios a la nobleza guerrera. Si ésta amaba la vida terrena y
todo lo que la representa, los sacerdotes defienden -al menos en apariencia-
una moral de rechazo a tales valores y en defensa de los contrarios, adoctrinando
a sus ovejas para que la asuman, poniendo todo el valor en la quimera de “la
vida eterna”.
En el caso
del cristianismo, Nietzsche se refiere de manera especial a Pablo de Tarso con
palabras muy duras, pero acertando en su interpretación acerca de su esencial importancia
en la creación del cristianismo:
“Pablo: la ambición desenfrenada y hasta
demencial de un agitador; con una inteligencia refinada que nunca se confiesa
lo que realmente quiere y que manipula con instinto la mentira a sí mismo como
medio de fascinación. Humillándose y administrando bajo mano el veneno seductor
de ser un elegido”[24].
Como muestra de las doctrinas introducidas por Pablo
de Tarso para lograr que el cristianismo se convirtiese en un próspero negocio
pueden mencionarse de manera especial su defensa de los ricos, su defensa de la
esclavitud y su defensa del sometimiento
de los cristianos a las autoridades
políticas[25]. Pablo de
Tarso y sus colaboradores fueron los auténticos creadores de esos valores y de esa
religión, y quienes pusieron en marcha ese inconmensurable negocio que encontró
en el pueblo bajo, entre judíos y no judíos, un terreno abonado para la aceptación
de su sistema de valores, su “moral de esclavos”.
Como
pueblos o agrupaciones entre los que la moral de esclavos habría
triunfado inicialmente se
encontrarían los pueblos pre-arios de Europa y también los seguidores del budismo,
pero sobre todo los judíos y los pueblos que asumieron el cristianismo.
Los
“esclavos” -o más exactamente la nobleza sacerdotal- se habrían caracterizado
por haber desarrollado cualidades psíquicas, como la astucia y la inteligencia,
y, de manera especial, el resentimiento
como sentimiento impulsor de sus valores contrarios a los nobles y a sus
valores terrenales. El propio Nietzsche reconoce en otro momento que fue la nobleza
sacerdotal la creadora de los nuevos valores y de la nueva religión, que habría
tenido la suficiente astucia e inteligencia para adoctrinar a la plebe, la cual
no se caracterizaría precisamente por su inteligencia ni por su astucia sino
por su mente ingenua y cerrada y por su conducta aborregada, dispuesta a
aceptar tales creencias y doctrinas que les ofrecían la “vida eterna” a cambio
de la sumisión y la obediencia a sus señores y a sus “pastores”, los propios
sacerdotes.
Sin
embargo, por lo que se refiere a la actitud de los sacerdotes respecto a
la moral de esclavos la interpretación de Nietzsche es errónea, pues, aunque los
sacerdotes habían sido sus creadores, la mayoría de ellos no vivió sometida a tales
valores -o antivalores- sino que
simplemente, de manera consciente o inconsciente, se sirvió de ellos y de la
plebe, adoctrinada y domesticada, como instrumentos para conseguir por su mediación
ocupar simbióticamente un lugar privilegiado al lado de la nobleza guerrera, un
lugar superior en bastantes ocasiones al de la misma nobleza guerrera, pues a ésta
le venía muy bien que su autoridad se mantuviera no sólo por la fuerza, sino
especialmente por la sumisión espontánea de la plebe, convencida de que debían
obediencia a su rey en cuanto, según escribió Pablo de Tarso, “no hay
autoridad que no venga de Dios”.
Recordemos
en este sentido el enorme poder de la iglesia católica a lo largo de su
historia desde el siglo IV en el imperio romano y posteriormente en todos aquellos
lugares en que su presencia ha sido y es esencial como soporte “espiritual” del
capitalismo y del poder político dominante.
Por lo que
se refiere a la distinción entre valores
aristocráticos y valores plebeyos,
escribe Nietzsche:
“La espiritualidad elevada y soberana, la voluntad
de distanciamiento [...] provocan alarma; de ahí en adelante todo lo que
destaca al individuo por encima del rebaño y alarma al prójimo es tenido por malo, en tanto que la mentalidad vulgar,
modesta, sumisa y niveladora, el término
medio de los instintos, llega a ser el más alto valor moral”[26].
Parece que
en líneas generales esta consideración es acertada, incluso hasta el punto de que
desde esa mentalidad propia de la masa se llega a despreciar a quienes destacan
en los ámbitos científico, literario, artístico o filosófico, para enaltecer,
si acaso, a alguien de su propio ámbito de mediocridad. El motivo de esta
situación se encuentra en el hecho de que los intereses culturales de quienes
se encuentran a gran distancia de la masa están muy alejados de los de esa misma
masa. Y, en este sentido, es evidente que personalmente Nietzsche, tal como
cuenta en diversas ocasiones, sufrió intensamente de soledad en medio de la
masa, que tenía intereses muy distintos de los suyos, de manera que por ese
mismo motivo buscó dicha soledad para alejarse de las “moscas venenosas del mercado”.
Escribe en este sentido:
“¡Huye a tu soledad! Demasiado has vivido ya entre
los mezquinos y los envilecidos. ¡Huye de su venganza invisible!”[27].
Como
ideologías defensoras de la moral de
esclavos Nietzsche no sólo hace referencia a la judía, a la budista y a la
cristiana sino también a diversas
corrientes políticas -democracia, socialismo y anarquismo- que buscarían la
“igualdad” y la “ni-velación” movidas también por el resentimiento.
En relación
con estas observaciones Nietzsche critica la actitud de la masa, que tiende a
valorar positivamente la uniformidad mediocre y que no tolera que nadie destaque
por encima de ella. Por su parte, defiende la peculiaridad y los valores propios
del individuo frente al aborregamiento de la masa:
a) “Cuanta más
preponderancia adquiera el sentimiento de unidad con los semejantes, tanto más
uniformados estarán los hombres y con tanto mayor rigor considerarán inmoral
toda diferencia. Así surge necesariamente la arena de la humanidad: todos muy
iguales, muy pequeños, muy redondos, muy tolerables, muy aburridos. El
cristianismo y la democracia son los que hasta ahora han llevado a la humanidad
lo más lejos posible en el proceso de convertirla en arena […] Sé distinto de
todos los demás y alégrate si cada uno es distinto del otro”[28].
En este
pasaje se habla de la tendencia de la plebe
a la envidia hacia cualquiera que
destaque: Se busca la igualdad en
todo, hasta el punto de llegar a considerar como inmoral o despreciable la
existencia de cualquier diferencia en sentido positivo. De ahí podría provenir
la valoración positiva de la “virtud”
de la humildad, en cuanto la simple
manifestación de cualquier forma de superioridad respecto al otro puede llegar
a verse como un insulto.
b) “Cuanto más arriba nos elevamos, más pequeños
parecemos a los que no saben volar”[29].
Este
segundo pasaje es complemento del anterior por esa misma referencia implícita a
la envidia, cualidad de quienes carecen de determinadas cualidades y son
incapaces de aceptar que otros las tengan. Nietzsche viene a decir que la
superioridad, cuanto más alta es, más difícil les resulta aceptarla a quienes
son inferiores, hasta el punto de que la envidia puede llevar a aquellos que no
destacan a cerrar los ojos ante dicha superioridad, y a despreciar y calumniar
a quienes la poseen.
Con su uso
del plural (“nos elevamos”) Nietzsche manifiesta, con sinceridad y sin esa “virtud”
de la humildad -propia de la moral de esclavos-, su convicción de estar situado,
en cuanto a su valor su capacidad intelectual, a una altura especialmente
considerable, muy por encima de la masa, cuyos valores culturales tal vez
puedan adivinarse observando qué programas tienen más éxito en la televisión,
el medio principal de comunicación de masas.
Pero, a
pesar de todo, de nuevo hay que indicar que no existen valores absolutos, de
manera que si ya Heráclito dijo “los asnos prefieren la paja al oro”, su
observación fue acertada en cuanto los asnos son asnos y de nada les serviría
el oro. Y, del mismo modo, a nivel humano hay quien tiene cualidades para disfrutar
de la música de Mozart y quien sólo las tiene para disfrutar de una música
mucho más ruidosa y tosca. Es cierto, no obstante, que los valores estéticos son
“relativos”, pero Nietzsche tiende, aunque sea de modo inconsciente, a defender
la existencia de una jerarquía absoluta de valores. Ahora bien,
aunque tal jerarquía no exista, sí se puede hablar de valores que se
corresponden con las capacidades correspondientes en diversas personas para
poder o no apreciarlos. La posesión o no de cualidades adecuadas para apreciar
las distintas artes determina que la masa disfrute con las artes, pero en unos
niveles muy superficiales, mientras que quienes tienen una sensibilidad especialmente
desarrollada son capaces de valorar y de disfrutar de esas mismas artes, pero en
un nivel especialmente alto. Por eso viene a decir Nietzsche:
“La música buena nunca
tiene ‘público’: nunca es, nunca puede ser ‘pública’; pertenece a ‘los
escogidos’ ”[30].
Por otra
parte, ataca la democracia, el socialismo y el anarquismo[31],
por cuanto, desde su punto de vista, serían nuevas manifestaciones de la moral
de esclavos en las que habría sido el resentimiento,
derivado de la debilidad vital, lo que habría conducido a los defensores de
estas ideologías a luchar por la “igualdad” y al consiguiente rechazo de
cualquier desigualdad que pudiera conducirles a sentirse inferiores.
[1] GM, I, 7.
[2] GM I 11.
[3] GM I 11.
[4] GM I 9.
[5] BM, IX, 259.
[6] VP, parág, 429, p. 567.
Prestigio.
[7] VP, parág. 429, p. 657-658, Ed. Prestigio.
[8] OT, Prólogo a Richard Wagner, originalmente proyectado en febrero
de 1871. La cursiva es mía.
[9] En una carta a Köselitz le dice: “Tengo la esperanza para el futuro
de que se formará en Niza una pequeña, pero exquisita, sociedad, de esta
creencia en la gaya ciencia […] (C.P. Janz, Friedrich Nietzsche, III,
p. 265).
[10] C. P. Janz: Friedrich Nietzsche, III. Los diez años
del filósofo errante, p. 284, 287, 297-298.
[11] Si clasificamos a los animales por su tamaño, podremos decir que
la ballena, el elefante y la jirafa se encuentran en el nivel superior de esa clasificación; y, si los
clasificamos por su velocidad en tierra, parece que el animal superior, el
más veloz, es el guepardo. Pero ¿acaso tendría sentido preguntar qué animal es
“el mejor” de todos, sin especificar desde qué punto de vista hablamos de “el
mejor”. Es evidente que no, y que, por lo mismo, si nos preguntamos en qué se
basaba Nietzsche para considerar que determinados individuos –los pertenecientes
a la clase “noble”- eran más valiosos que otros –los plebeyos-, la respuesta
debería haber sido la misma.
[12] VP, II, parág. 131. La
cursiva es mía.
[13] Ibidem.
[14] GM I 7. La cursiva es mía.
[15] GM I 7.
[16] AC, cap. 38. La cursiva es mía.
[17] La plebe tenía escasa capacidad intelectual para abrirse camino
y, por ello, estaba condenada a seguir siendo pisoteada por las clases poderosas
en la lucha por la vida, pero Nietzsche tiende a confundir a la nobleza sacerdotal,
creadora de la moral de esclavos, con los propios esclavos.
[18] VP, parág.
169. Prestigio.
[19] Nietzsche
se refiere a los judíos de aquel tiempo y no a los de su propia época, como puede
comprobarse leyendo diversos textos en los que habla con admiración del pueblo
judío de su tiempo; por ejemplo, en Más
allá del bien y del mal, VIII, parág. 251.
[20] GM I parág. 7.
[21] BM, parág. 195.
[22] AC, cap. 60.
[23] GM I 9.
[24] SPM,
Otoño de 1887, p. 306.
[25] En efecto, por lo que se
refiere a los ricos escribe Pablo de Tarso: “A los ricos de este mundo recomiéndales
que no sean orgullosos, ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las
riquezas, sino en Dios, que nos provee de todos los bienes en abundancia para
que disfrutemos de ellos” (Pablo, 1 Timoteo,
6:17). Por lo que se refiere a la esclavitud, Pablo de Tarso la defendió de manera inequívoca, como puede
comprobarse en sus escritos: “Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con
profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara. No
con una sencillez aparente que busca sólo el agrado a los hombres, sino como
siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios” (Efesios,
6:5-6). A pesar de que el “Jesús evangélico” no apoyó esta institución
opresora, Pablo de Tarso la defendió de un modo muy cínico, como una
institución derivada de la voluntad de Dios, exhortando a los esclavos a
que cumplieran con devoción y humildad las órdenes de sus señores en cuanto
representaban al propio Dios: “Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de la
tierra; no con una sujeción aparente, que sólo busca agradar a los hombres,
sino con sencillez de corazón, como quien honra al Señor” (Colosenses, 3:22. La cursiva es mía). Igualmente,
defendió el sometimiento incondicional a las autoridades: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas. No hay autoridad
que no venga de Dios, y las que hay, por él han sido establecidas. Por
tanto, quien se opone a la autoridad, se opone al orden establecido por Dios” (Romanos, 13:1-2).
[26] SPM, parág. 200.
[27] Z, I, De las moscas
del mercado.
[28] SPM, Primavera de 1880, pág. 134-135.
[29] SPM, Verano de 1883.
[30] ID, VII, p. 173; Ed.
Prestigio.
[31] SPM, parág. 202-203.
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