sábado, 5 de febrero de 2022

 

Nietzsche: Moral de señores y moral de esclavos

Un complemento muy importante de estas consideraciones es la interpretación que Nietzsche presenta en La genealogía de la moral acerca del origen histórico de la propia moral y de las  categorías relacionadas con ella, así como acerca de su diferenciación entre una ‘moral de señores’ y una ‘moral de esclavos’, manifestando su radical simpatía por la primera y su desprecio hacia la última, en cuanto considera que ésta representa una moral basada en el resentimiento, en la defensa de valores contrarios a la vida y en la negación del derecho a dirigir la vida de acuerdo con fines establecidos desde uno mismo, sin someterse a supuestos ‘deberes’ ajenos a la propia voluntad.

En La genealogía de la moral Nietzsche trata de describir la evolución histórica de la moral, en la que la preeminencia política, propia del “noble”, en determinados casos va convirtiéndose en preeminencia anímica, en cuanto los nobles mal dotados físicamente necesitan compensar esta deficiencia a fin de triunfar en su rivalidad con sus compañeros nobles que sí están dotados de fuerza para la guerra y para asumir la vida plena y espontáneamente, y sin recurrir a ningún tipo de autoengaño. Y así, esta parte físicamente débil de la casta suprema se convierte en la casta sacerdotal.

En ella se contraponen por primera vez los conceptos de “puro” e “impuro” y se desarrolla un sentido de “bueno” y de “malo” que ya no tienen carácter estamental. “Puro” e “impuro” habían tenido un sentido relacionado con cierta forma de “refinamiento cultural”: el “puro” era meramente “un hombre que se lava”, que tenía algunas costumbres refinadas, pero la astucia de la aristocracia sacerdotal fue la causante de la interiorización posterior de estos conceptos y de la radical separación entre los hombres “bueno” y “malvado” en un nuevo sentido.

En relación con estas cuestiones escribe Nietzsche:

“Ya se habrá adivinado la facilidad con que la valoración sacerdotal puede desarrollarse de la caballeresco-aristocrática y evolucionar hasta convertirse en su antítesis […] Los juicios de valor caballeresco-aristocráticos suponen un ple-no vigor físico, una salud pletórica, prodigiosa, hasta desbordante, amén de lo que la conserva, a saber: la guerra, la aventura, la caza, la danza, torneos, todo cuanto comporta una actividad alegre, ruda y libre. La valoración sacerdotal-aristocrática […] descansa en otros supuestos […] Los sacerdotes […] son los enemigos más malignos; […] porque son los más impotentes. Su impotencia es causa de que su odio adquiera proporciones tremendas y terroríficas, suprema sutileza y carácter de máximo rencor. Los grandes odiadores de la historia universal, también los más sutiles, siempre han sido sacerdotes […] Los judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa consecuencia osaron invertir la ecuación valorativa aristocrática (bueno = aristocrático = poderoso = hermoso = feliz = grato a Dios) y defendieron su inversión con encarnizamiento de odio frenético, proclamando: “¡únicamente los miserables, los pobres, los impotentes, los humildes son los buenos; únicamente los atribulados, los agobiados, los enfermos, los feos son los piadosos y gratos a Dios, y serán los únicos que gozarán de la eterna bienaventuranza; -en cambio vosotros, los nobles y poderosos, sois para siempre los malignos, los crueles, los concupiscentes, los insaciables, los impíos, y hasta la consumación de los siglos seréis los réprobos, los maldecidos y condenados!”… Sabido es quién ha recogido la herencia de esta inversión judía de los valores […] con los judíos se inicia la sublevación de los esclavos en la moral; esa sublevación dos veces milenaria que si hoy no tenemos conciencia de ella es por la sola razón de que ha triunfado”[1].

En este pasaje, pretendiendo hacer una crítica y un análisis histórico de la moral en general, Nietzsche incurre en el error de hablar exclusivamente de algunos pueblos de los dos o tres últimos milenios, como si esa referencia tan restringida en el espacio y en tiempo pudiera conducir a una conclusión general y certera respecto al origen de la moral. Olvida en sus reflexiones que el ser humano vivía hasta no hace mucho como cualquier otra especie animal, de manera que la ley que presidía sus actos no era otra que “la ley de la jungla”.

Teniendo en cuenta la absoluta relación existente entre el ser humano y los demás animales, fue un error su clasificación  tan polarizada de la sociedad en clases nobles, con su “moral de señores”, y clases plebeyas, con su “moral de esclavos”, manifestando su admiración por las clases guerreros y su moral de señores, y su desprecio por los clases débiles y su moral de esclavos, que, guiados por el resentimiento, habrían creado su sistema de valores, contrario a los valores nobles, en cuanto su incapacidad y su debilidad para gozar de la vida les habría conducido a condenar aquellas cualidades que para los nobles habían constituido su valor, refugiándose en ilusiones y creencias relacionadas con “otra vida mejor”.

Lo más cuestionable de estas consideraciones fue que Nietzsche no comprendiera –o pareciera olvidar- que en la lucha por la vida todo vale, por lo que tanto a nivel de las distintas especies como a nivel de los miembros de una misma especie todos emplean las armas de que disponen para lograr sobrevivir, tanto las que se basan en la fuerza física como las que se basan en la inteligencia y en la astucia, o en la posesión de una tecnología bélica especialmente desarrollada.

Por otra parte, en contradicción con su rechazo de la moral, Nietzsche tiende a criticar ¡moralmente! a los sacerdotes diciendo que “son los enemigos más malvados”. Su radical crítica de la moral, en la que despreciaba a los “esclavos” por haber introducido el concepto de “böse” –“malvado”- para calificar a los nobles, convirtió por ello mismo en incoherente la utilización que él mismo hizo de ese calificativo para reprobar la manera de actuar de los “esclavos”, ya que tal calificativo representaba una forma de condena moral (!) desde la perspectiva de la supuesta moral absoluta rechazada por él, pero siendo incoherente con dicho rechazo. Es posible, por otra parte, que su empleo de calificativos y expresiones morales no tuviera en verdad nada que ver con la moral previamente criticada sino sólo un modo de expresar más intensamente su desprecio por quienes defendieron la moral de esclavos. 

Nietzsche habla de dos formas de moral, la “moral de señores” y “moral de esclavos”. A su vez, la moral de señores se caracteriza por tener dos modalidades, la moral de guerreros y la moral de sacerdotes. Ahora bien, la moral de sacerdotes habría sido el origen de la “moral de esclavos”, en cuanto los “sacerdotes”, movidos por el “resentimiento”, habrían creado los valores de esta moral. Sin embargo, no parece haber reparado en que la mayor parte de los dirigentes de la iglesia de todos los tiempos, habiendo sido los creadores de la moral de esclavos, pocos de ellos han sido luego seguidores de dicha moral. Los creadores de dicha moral comprendieron el enorme poder que iban a conseguir adoctrinando a la masa en esos antivalores, aunque algunos sacerdotes y gran parte de la plebe llegaron a creer en ellos. A los sacerdotes que adoctrinaban de forma hipócrita, en cuanto no vivían de acuerdo con lo que predicaban, habría que seguir clasificándolos entre los nobles, mientras que tanto a la masa de creyentes como a sus pastores creyentes habría que clasificarlos como esclavos. De hecho, el propio Nietzsche consideró que la clase de los señores, que por su debilidad física no habían podido rivalizar con los miembros fuertes de su clase, habían pertenecido a la nobleza sacerdotal, y su misma debilidad física y el resentimiento correspondiente fue lo que les llevó a crear la moral de esclavos para convencer y controlar a la masa, pero no necesariamente a creer en tales valores.

1. Nobleza guerrera, nobleza sacerdotal y esclavos

Comenta Nietzsche que las clases nobles o aristocráticas se rigen por la espontaneidad de sus acciones, que él considera muy en la línea de la forma de actuar de los animales depredadores de la selva. Por ello los juicios de valor aristocráticos tienen como presupuesto la fortaleza física, la salud desbordante... y lo que las acompaña: guerra, aventuras, caza, danza, actividad fuerte, libre y alegre.

En GM I, 11, hace referencia a diversos pueblos que él consideró como expresión de la forma de vida propia de los seguidores de la moral de señores y cita expresamente a las aristocracias romana, árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos, la raza aria (la magnífica “bestia rubia”, nombre con el que se refiere a la antigua raza aria –no a los alemanes contemporáneos, en relación con los cuales se sintió defraudado-). Todos ellos habrían vivido una vida especialmente ligada a la espontaneidad instintiva, más propia de los animales salvajes que a la forma de vida de la civilización en la que lo instintivo habría quedado sometido y reprimido por los valores y las normas de la moral de esclavos, en cuanto los creadores de la moral de esclavos habrían sido quienes hasta ahora habrían triunfado en el enfrentamiento contra los “nobles”.

Como cualidades de los “nobles” Nietzsche se refiere de manera especial al instinto, y, según escribe en GM I 7, a su

“constitución física poderosa, una salud floreciente, rica, incluso desbordante, junto con lo que condiciona el mantenimiento de la misma, es decir, la guerra, las aventuras, la caza, la danza, las peleas y, en general, todo lo que la actividad fuerte, libre, regocijada lleva consigo”.

Por otra parte y en su comportamiento recíproco, los “nobles” se caracterizaban por “el respeto, el agradecimiento, el autodominio, la fidelidad, el orgullo y la amistad”. Sin embargo, hacia el exterior eran como aves de rapiña, dejando…

…“acaso tras sí una serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas con el desenfado, la alegre despreocupación de quien no ha cometido más que una simple travesura”[2].

En esta misma obra añade como cualidad de la nobleza ateniense, perfectamente aplicable a los “nobles” en general y de acuerdo con Pericles, que éste…

…“destaca con elogio la rathymía [despreocupación] de los atenienses: su indiferencia, y su desprecio de la seguridad, del cuerpo, de la vida, del bienestar, su horrible jovialidad y el profundo placer que sienten en destruir, en todas las voluptuosidades del triunfo y de la crueldad”[3].

Resulta desconcertante que Nietzsche se refiera a estas cualidades con admiración por el simple hecho de que en ellas todo sea consecuencia de la espontaneidad vital, mientras que a la vez que se refiera con desprecio a la forma de vida de la “plebe”, en cuanto sus valores están contaminados por el resentimiento. Y resulta desconcertante en especial porque olvida que, según sus propias doctrinas, todo lo que sucede está presidido por la necesidad, tanto la forma de vida de los “nobles” como la de los “esclavos”. Y, por ello, su labor como pensador hubiera sido más coherente si se hubiera limitado a investigar y a describir los motivos de esas distintas formas de vida y de moral sin necesidad de ensalzar una y condenar la otra, al margen de que simpatizase en especial con una de ellas, la de los “nobles”.

En La genealogía de la moral comenta que, a pesar de la fuerza y de la vitalidad de los nobles, en esta lucha entre “señores” y “plebeyos” han vencido estos últimos:

“ ‘Los señores’ están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido [...] La ‘redención’ del género humano (a saber, respecto de ‘los señores’) se encuentra en óptima vía; todo se judaíza, o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vistas (¡qué importan las palabras!)”[4].

Indica además que la Iglesia refrena esa marcha en favor de los ideales supuestamente defendidos por Jesús en cuanto se aleja de lo que predica, pero que en eso puede consistir su mayor engaño, en cuanto es la Iglesia la que nos repugna y no su veneno, o lo que es lo mismo, su sistema de valores, pues, prescindiendo de la Iglesia, también la plebe ama su veneno, lo cual equivale a decir que el desvío de la crítica en contra de la Iglesia se convierte en un obstáculo para comprender que su peor veneno se encuentra en su sistema de valores antivitales.

Por otra parte, Nietzsche proyecta de manera acertada en las relaciones humanas lo que Darwin había observado a nivel de las especies en su constante lucha por la supervivencia, considerando que la misma explotación no cesaría nunca en las relaciones humanas sino que es un modo de relación permanente mediante el cual la especie humana manifiesta internamente la tensión silenciosa y conflictiva en la lucha por la vida entre sus miembros. Y, por ello, teniendo en cuenta el modo de ser y de actuar de los nobles, tan ligado a lo instintivo, considera, a propósito de la explotación, que ésta

“forma parte de la esencia de lo viviente”[5].

Sin embargo y por el mismo motivo debería haber aceptado igualmente que las formas de actuación de aquéllos a quienes considera esclavos, tratando de luchar contra el yugo capitalista, eran tan naturales como las de los señores.

Por ello, teniendo en cuenta su rechazo radical de la moral, su crítica o su defensa de cualquier sistema de valores sólo podía tener un valor subjetivo, puesto que ya no eran los argumentos morales los que podían servir para justificar la superioridad de cualquier valor o sistema de valores respecto a cualquier otro. Y, por ello, la pretendida superioridad de los valores nobles sobre los plebeyos sólo podría tener esa misma justificación desde la subjetividad del propio Nietzsche, pero no absoluta. En consecuencia, teniendo en cuenta su reducción de la moral a la estética, habría sido coherente con su pensamiento considerar estas críticas contra la moral de esclavos como provenientes de su particular estética y de sus gustos particulares, que le condujeron a apreciar de manera especial los “valores aristocráticos” frente a los de la “moral de esclavos”. Sin embargo, en múltiples ocasiones fue incoherente con su crítica de la moral y, en este sentido, defendió la “moral de señores” y rechazó la “moral de esclavos” o bien desde una perspectiva moral o bien tomando prestada la expresividad lingüística del lenguaje de la moral.

Por otra parte, Nietzsche criticó de manera inadecuada la teoría evolucionista de Darwin al considerar erróneamente que, según el gran biólogo inglés, la selección natural avanzaría en favor de los fuertes. Por su parte, Nietzsche entiende que el resultado de esa selección natural es

“la eliminación de los hijos predilectos de Fortuna, la inutilidad de los tipos superiores”[6],

y presenta una explicación de este paradójico resultado según el cual la clase poderosa habría sido derrotada por la plebe:

“Lo que más sorprende en la consideración de los grandes destinos del hombre es comprobar siempre lo contrario de lo que comprueban o quieren comprobar hoy Darwin y su escuela, a saber: selección en favor de los fuertes y privilegiados, progreso de la especie. Salta a la vista precisamente lo contrario: la eliminación de los hijos de Fortuna, la inevitable supremacía de los tipos medios y aun de los inframedios [...] Esa voluntad de poder en que percibo la razón y la esencia de todo cambio nos proporciona la explicación del hecho de que no tenga lugar la selección en favor de los tipos excepcionales: los más fuertes y privilegiados son débiles cuando enfrentan instintos de rebaño organizados, el miedo de los débiles, la superioridad numérica [...] Yo me sublevo contra esta formulación de la realidad como moral: por eso aborrezco al cristianismo con un odio mortal [...] Hasta ahora, nada corrobora la tesis de que los organismos superiores se han desarrollado de los inferiores. Veo que los inferiores predominan por su superioridad numérica, su cordura y astucia”[7].

Sin embargo, hay que puntualizar que Darwin no defendió tal tesis sino la de que en la lucha por la vida triunfaban los mejor adaptados al medio natural, pues efectivamente son estas especies e individuos, que conjuntamente se complementan for-mando un ecosistema las que prevalecen, y no una especie o unos individuos concretos por destacar en una cualidad como la fuerza, el tamaño o cualquier otra: ¿De qué le serviría al león su fuerza y demás cualidades si no hubiera otras especies “más débiles” a las que pudiera cazar y de las que pudiera alimentarse? Gracias a la existencia de la “débil” gacela, el “fuerte” león puede sobrevivir y no extinguirse. ¿Por qué, pues, considerar al león –o al ave de rapiña- “superior” a la gacela o al cordero?

Por su parte, Nietzsche considera que la selección natural conduce a un predominio de una supuesta “mediocridad”, ya que la mayoría numérica de ésta tiende a sofocar la existencia de los individuos que destacan de manera especial, situación que no es en absoluto del gusto de los mediocres, que, por ello mismo, defenderán la idea de que todos somos iguales.

No obstante, Nietzsche realizó su propia clasificación y habló de los “hijos de Fortuna”, “los superiores”, “los señores” o “los nobles”, sin explicar qué criterio había seguido para etiquetar con esos calificativos, tan bien valorados y distinguidos, a los nobles en cuanto a la vez los presentaba como asesinos, incendiarios y violadores

Por lo que se refiere al ser humano, puede parecer que se ha dado lo que Nietzsche indica, en el sentido de que la “plebe” ha conseguido dominar a los “nobles” como consecuencia de su mayoría numérica. Sin embargo, esa apariencia no es nada precisa, lo cual no significa que aquella clase noble de que habla Nietzsche haya triunfado: La clase que ha triunfado ha sido la que Nietzsche llama “clase noble sacerdotal”, cuyos valores no son los de carácter cultural que Nietzsche apreció sino los valores económicos y de poder, relacionados con la inteligencia y la astucia.

En este sentido conviene no olvidar que, según el propio Nietzsche, fueron los señores, en su variedad de los sacerdotes, los creadores de la moral de esclavos y, por ello, se equivoca cuando afirma que los esclavos han vencido a los señores. Para ser más coherente tendría que haber dicho, si acaso, que habrían sido los señores, en su variedad sacerdotal, quienes habrían triunfado sobre los señores en su variedad guerrera. La plebe, los auténticos esclavos, sigue siendo esclava, tanto antes como ahora… y se caracteriza por su superficialidad, falta de inteligencia e instinto de rebaño, que le sirve, si acaso, para sobrevivir, aunque haya sido engañada o adoctrinada por la nobleza sacerdotal, que habría sido –hasta el momento- la auténtica ganadora en esta lucha. Por eso, cuando dice Nietzsche que los esclavos triunfaron frente a los señores, en eso estuvo confundido o se expresó de forma inadecuada, pues los esclavos han sido incapaces de escapar a la continua explotación a que les somete el capitalismo, mientras tengan “panem et circenses”, o –dicho en términos más actuales- mientras se les ofrezca fútbol o telebasura que les conduzca a alienarse y a aceptar con resignación sus problemas económicos, laborales y de supervivencia, explotados precisamente por aquéllos que les inculcaron tales valores de mansedumbre, resignación y sufrimiento de la propia vida, de manera que, paradójicamente, lo que permite subsistir a los esclavos es precisamente su capacidad de resignación y obediencia para someterse a quienes detenten el poder y a quienes les oprimen.     

Si Marx hablaba de clases sociales dominantes, como los señores feudales en la Edad Media, o como la burguesía en la Edad Moderna, de algún modo estaba diciendo que en la Edad Media dominaron los señores en su variedad guerrera, y que en la Edad moderna dominaron igualmente los señores en su varie-dad sacerdotal o burguesa, que no se caracteriza por sus cualidades de fortaleza física sino por su ambición, su inteligencia y su astucia, cualidades que Nietzsche atribuye a la clase sacerdotal, es decir, a los creadores de la moral de esclavos.

Conviene insistir, por otra parte, en que los valores que Nietzsche considera nobles lo son desde su propia subjetividad, aunque hubiera podido comprender que, si alguien tiene autoridad en este terreno, es la propia Naturaleza, que es la que “decide” qué valores triunfan en la lucha por la vida, tanto en relación con la especie humana como en relación con las demás, pues no parece que exista otro criterio mejor por el cual se puedan clasificar los valores que atendiendo a cuáles son los que prevalecen a lo largo del proceso evolutivo, aunque a la larga todas estén destinadas a desaparecer.  

Como ya he señalado, Nietzsche se basa en su predilección personal hacia determinados valores para otorgarles su consideración de “nobles” frente a los valores contrarios, que cataloga como “esclavos” –aunque, de manera confusa, tiende a atribuir el valor de la inteligencia, tan apreciada y distinguida, a los “esclavos” en lugar de atribuirlo a los creadores de la moral correspondiente, la nobleza sacerdotal-.

Su simpatía hacia los supuestamente “nobles” y especialmente a un grupo muy selecto de ellos se manifiesta de forma muy clara en el siguiente escrito de 1871:

“Usted [señor Wagner] sabe que repudio y aborrezco esa noción errónea de que el pueblo, cuando no el Estado, ha de ser un “fin en sí mismo” […] Ni el Estado ni el pueblo, ni tampoco la humanidad, existen por sí; el fin está en sus cúspides, en los grandes “individuos”[8].

¿Cómo se atrevía Nietzsche a proclamar que el fin se encontraba en los “grandes individuos”? Es evidente que ya en estos momentos iniciales de su actividad filosófica no se limitó a describir aspectos de la realidad sino también a dogmatizar a partir de sus preferencias y desde las antípodas de lo que debería haber hecho como filósofo. En realidad tenía todo el derecho a defender lo que dijo, pero sólo a partir de sus gustos personales y no desde una valoración pretendidamente absoluta. Veremos más adelante cómo, al hablar del superhombre, este punto de vista tan elitista se repite de manera obsesiva.

Es verdad que las personas dotadas de un alto cociente intelectual o de una gran sensibilidad estética tienden a relacionarse con otras con similares cualidades; y lo mismo sucede con la masa de individuos que posee sus cualidades características. Pero ese hecho no justifica en absoluto el punto de vista de Nietzsche, tan categóricamente positivo respecto a esa élite de que habla y, a la vez, tan negativo respecto a todos los demás.    

En este mismo sentido y como consecuencia de su sentimiento (pathos) de la distancia respecto a la masa, Nietzsche tuvo la intención de formar una especie de comunidad de amigos, con intereses intelectuales similares para vivir juntos en Niza o en Córcega a fin de dedicarse al intercambio de pensamientos y vivencias de carácter estético –musical, sobre todo- y filosófico y, en especial, para poder explicarles su propia filosofía[9]. Sin duda ninguna, tal comunidad de amigos habría sido considerada por el solitario de Sils-María como un ejemplo de agrupación de “nobles”, de “hombres superiores”[10]. Ahora bien, si tenemos en cuenta que a ningún biólogo se le ocurre catalogar a las diversas especies animales como buenas o malas, como superiores o inferiores ¿existe algún motivo para considerar al hombre o a determinados hombres como superiores a los demás en un sentido absoluto en lugar de considerarlos simple-mente diferentes o superiores en determinada cualidad e inferiores en otras? Parece evidente que simplemente existe una diversidad de individuos con cualidades físicas y psíquicas distintas, que les permiten estar mejor o peor adaptados al medio natural en que viven, al margen de que personalmente todos tengamos nuestras propias simpatías o antipatías como consecuencia de la afinidad existente entre su modo de ser y el nuestro[11].

Además, en muy diversos escritos y también en su obra póstuma, La voluntad de poder, defendió acertadamente el pun-to de vista contrario al anterior, y, en este sentido, afirmó:

“Si el devenir es un inmenso ciclo, todo es de igual valor, eterno y necesario”[12],   

afirmación que contradice su constante valoración desigual de los nobles con respecto a la plebe, o de determinados individuos que sobresalen en determinadas cualidades frente a quienes no destacan, cualidades que él valora de manera especial desde su propia subjetividad. Y, por este motivo, el único modo en que Nietzsche hubiera podido evitar incurrir en contradicción consistía en haber aclarado los motivos que explicaban su diversa valoración favorable a determinados individuos, reconociendo además que tales motivos sólo tenían un valor subjetivo.

En definitiva, si no existen valores morales absolutos y si todo es consecuencia de la ciega necesidad en todos los niveles de la vida, el filósofo en cuanto tal, al igual que cualquier científico, sólo debería realizar una descripción de lo que observa, no teniendo sentido que realice cualquier tipo de valoración “moral” –en cuanto no hay fenómenos morales-; de manera que su anterior afirmación –“aborrezco al cristianismo con un odio mortal”- sólo puede tener sentido como la expresión de lo que es, una aversión personal –que muchos podemos compartir- sin que vaya unida a una descalificación “moral” que no tendría sentido.

Indica Nietzsche que el modo de ser de los “esclavos” -o, corrigiéndole, a los creadores de la moral de esclavos- les llevará a ser más inteligentes, mientras que para los “nobles” lo esencial es la seguridad del instinto y la espontaneidad en sus acciones y sentimientos. El mismo resentimiento que podría darse en los nobles tendría un carácter inmediato y fugaz o ni siquiera llegaría a producirse, frente al “plebeyo”, que cultiva en su interior los sentimientos de venganza. Considera que el noble respeta a sus enemigos, asumiendo que hay en ellos mucho de valioso, mientras que el hombre del resentimiento ve al enemigo como “el malvado” para poder verse a sí mismo como “bueno”[13].

De nuevo Nietzsche manifiesta una simpatía especial hacia los señores frente a los esclavos, simpatía que parece ir más allá de su propia identificación con la clase de los “nobles” y no se queda en el terreno meramente estético, sino que por su mediación defiende nuevamente los “valores nobles” desde una perspectiva moral, en contradicción con su anterior crítica de la moral y con afirmación del carácter necesario de cuanto existe.                                         

Por otra parte, resulta desconcertante que critique una cualidad como la de la inteligencia, propia de los esclavos -o, más exactamente, de la nobleza sacerdotal-, frente a la cualidad del instinto, propia de la nobleza guerrera. En este punto el plantea-miento de Nietzsche es incoherente, pues, aunque había reconocido que la moral de esclavos había sido obra de la nobleza sacerdotal, luego parece haber olvidado que las cualidades psíquicas de la inteligencia y la astucia no caracterizan a la plebe o a los esclavos sino que serían cualidades de dicha nobleza sacerdotal. Sin embargo y como ya he indicado, en diversos momentos de su vida había pensado en la posibilidad de formar una agrupación de “hombres superiores”, una especie de “orden” de personas afines por su manera de pensar: ¿Qué cualidad iba a ser especialmente importante para tal agrupación de “espíritus libres” sino la de la inteligencia, además de la sensibilidad estética? ¿Qué otra cualidad le había servido a él para evolucionar en su pensamiento y para llegar a sus nuevas teorías acerca de la moral, de la religión y de tantos aspectos de la cultura humana acerca de los que realizó profundos estudios y críticas?  

Según Nietzsche, los creadores de la moral de esclavos –los sacerdotes- pertenecían a la clase noble, pero carecían de cualidades físicas suficientes en comparación con la nobleza guerrera; y por ello, impulsados por el resentimiento, crearon la moral de esclavos, antivalores respecto a la moral de señores que fueron asumidos tanto por la plebe como por los partidarios de ideologías políticas como la democracia, el socialismo y el anarquismo. Señala Nietzsche por ello que los sacerdotes serían los enemigos más malignos[14] de los señores, que habían afirmado los valores vitales. 

2. Los sacerdotes. Incoherencias de Nietzsche

Entre los sacerdotes todo se vuelve más peligroso; pero, además,

“Los sacerdotes son […] los enemigos más malvados ¿por qué? Porque son los más impotentes. A causa de esa impotencia el odio crece en ellos hasta convertirse en algo monstruoso y siniestro […] Los máximos odiadores de la historia universal […] han sido siempre sacerdotes”[15]

De nuevo en el pasaje anterior utiliza Nietzsche el término malvado, calificativo moral que, indignado por el uso que de él hacían los seguidores de la moral de esclavos para calificar a los nobles, él mismo había rechazado. Por ello, resulta sorprendente que utilice dicho término, pues, desde el momento en que había llegado a la conclusión de que la moral no tenía fundamento alguno, si resultaba absurdo que los esclavos utilizasen dicho tal calificativo, más absurdo debía ser que él mismo, que lo había criticado, lo utilizase para referirse con él a los sacerdotes.

En relación con esta cuestión Nietzsche había considerado acertadamente que la “nobleza sacerdotal” no obró con sinceridad, sino que mintió, y esto parecía escandalizarle. Pero, siendo consecuente con su negación de la moral, debería haber visto la mendacidad de los sacerdotes como natural y perfectamente comprensible en cuanto la mentira era una de tantas armas en la lucha por la vida, que les servía para tratar de vencer a la “nobleza guerrera”. Además, el propio Nietzsche valoró finalmente la mentira de modo especialmente positivo -en especial la del arte- como superior a la verdad.

En esta misma línea de incoherencias, Nietzsche llega a calificar la manera de juzgar de la Iglesia como la más “malvada sofisticación”. Pero de nuevo resulta difícil entender cómo pudo ser tan incoherente al utilizar de nuevo el calificativo moral que él mismo había rechazado cuando se utilizaba desde la moral de esclavos para atacar a los “nobles”, pues, desde el momento en que tomó conciencia de que no había fenómenos morales y de que todo sucedía necesariamente, dejaba de tener sentido que siguiera utilizando calificativos morales como éste.

Pero, continúa Nietzsche,

“Por muy modesta que sea la probidad exigida, hoy día no se puede menos que saber que con cada frase que pronuncia un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente; que ya no es posible mentir “con todo candor”, “por ignorancia”. También el sacerdote sabe ya como todo el mundo que no hay ningún “Dios”, ningún “pecador” ni ningún “Redentor”; que el “libre albedrío” y el “orden moral” son mentiras […] Todos los conceptos de la Iglesia están desenmascarados como lo que son: como la más maligna sofisticación que existe con miras a desvalorizar la Naturaleza, los valores naturales; el sacerdote mismo está desenmascarado como lo que es: como el tipo más peligroso de parásito, la araña venenosa propiamente dicha de la vida […] Los conceptos “más allá”, “juicio final”, “inmortalidad del alma”, “alma”; se trata de instrumentos de tortura, de sistemas de crueldades mediante los cuales el sacerdote llegó al poder y se ha mantenido en él”[16].

Hay que observar de nuevo que los calificativos “probidad”, “parásito”, “araña venenosa”, que Nietzsche utiliza en un sentido moral despectivo, no son precisamente neutrales, sino que expresan una valoración moral especialmente negativa, al margen de que la intención de Nietzsche hubiera sido exclusivamente estética y al margen de que quisiera expresar con la mayor intensidad el rechazo que la causaban los sacerdotes por la serie de falsas y absurdas mentiras con las habían conseguido someter a la plebe.

Para ser coherente con su crítica de la moral Nietzsche podía haber investigado y explicado de manera simplemente descriptiva cómo habían actuado los sacerdotes hasta hacerse con el poder, por muy antipática que pudiera resultarle la conducta de los sacerdotes a lo largo de la historia, pero la condena moral que él mismo realizó era incoherente con su propia condena de la moral de forma generalizada. Visceralmente puede causar repugnancia la serie de mentiras utilizadas por los sacerdotes, pero, si Nietzsche hubiera reflexionado fríamente, habría comprendido que esas mentiras eran una parte de sus armas para conseguir el apoyo de la plebe en su lucha contra los “nobleza guerrera” y en su lucha por controlar y dominar a la misma plebe.

En esta lucha considera Nietzsche que hasta ahora los esclavos han vencido y que no parece que vayan a ser derrotados fácilmente. Pero en realidad y como ya he indicado no habrían sido los esclavos los vencedores sino la clase sacerdotal[17]. Igualmente hay que señalar que los sacerdotes consiguieron colocarse en un nivel de poder político, económico y social similar al de la clase noble o incluso superior en bastantes casos, pues fue la nobleza sacerdotal la que se encargó de adoctrinar a la plebe, y ésta, en una inmensa mayoría, le siguió, pero siguió siendo plebe, que, con su fuerza y su número, dio a la clase sacerdotal el poder que había pertenecido a la nobleza guerrera. Por ello Nietzsche se equivoca cuando da a entender que la plebe ha triunfado sobre los señores. Si acaso, habría que decir que la plebe, adoctrinada y seducida por los valores de la “moral de esclavos” de la clase sacerdotal, ayudó decisivamente a ésta a conseguir un puesto de suma relevancia en la sociedad, y que la derrota de la clase noble guerrera se produjo por el triunfo de los valores de la clase sacerdotal en los que consiguió adoctrinar a la plebe para servirse posteriormente de ella.   

Recordemos que en la lucha por la vida o en la guerra todo vale y que, por mucho que la sociedad humana pretenda disfrazarse, condenando la mentira, el robo o la violencia, sigue viviendo en esta jungla especial a la que llamamos “civilización” y practicando esas mismas acciones que dice condenar. Por ello no tiene sentido que Nietzsche se escandalizase ante las falsedades de los sacerdotes, al margen de que le atrajese la idea de desenmascararlos poniendo en evidencia las mentiras que utiliza. Esta serie de mentiras podrían explicar, al menos en parte, que Nietzsche, que tanto había valorado la veracidad, adoptase un lenguaje especialmente agresivo contra los sacerdotes, llegando a criticar a quienes, desde la moral de esclavos, habían calificado a los nobles como “malignos”, pero recurriendo a su vez en bastantes momentos al uso de ese mismo término de carácter moral.

Insistiendo en estos planteamientos y en referencia a la actividad adoctrinadora de los sacerdotes, dirigentes de la plebe cristiana, escribe Nietzsche:     

“En todos los tiempos los sacerdotes han pretendido que se proponían ‘mejorar’... Pero nosotros [...] reímos cuando a un domador se le ocurre hablar de sus animales ‘mejorados’ ”[18],

pues, efectivamente, el sacerdote pretende “mejorar”, es decir, “adoctrinar” y reprimir los instintos espontáneos de su redil y que interiorice su sistema de valores contrarios a los de la moral de señores y relacionados con la obediencia, la humildad, la resignación, la castidad, la compasión, la penitencia y, en general, con el rechazo de los valores de la vida terrena, para someterse al cumplimiento de unos supuestos deberes emanados de una supuesta voluntad divina que los habría establecido, aunque en realidad fueron introducidos por el sacerdote para enfrentarse con éxito a la nobleza guerrera.

Como ya he indicado antes, la supuesta mejora -o la misma domesticación de algunos animales- hay que entenderla como una actuación adecuada para la supervivencia y para el triunfo de los sacerdotes, pero no para que la plebe, el redil de sus obedientes y sumisos seguidores, pudiera adquirir un estatus político, económico y social de cierta relevancia, pues la nobleza sacerdotal, conseguido su objetivo de adoctrinamiento de la plebe y de obtención de su cuota de poder, se convirtió muy pronto en la aliada natural de la clase dominante, tanto la de la monarquía y de la nobleza medievales como la de la clase burguesa y capitalista moderna y actual.

Tal situación podrá gustarnos o disgustarnos, pero hay que insistir en que no tiene sentido juzgarla desde una perspectiva moral, que es la incongruencia en que incurre Nietzsche como consecuencia de su aprecio por la moral de señores y por su desprecio a quienes se sirven del resentimiento y de la mentira para crear los valores de la moral de esclavos.

Por ello tanto su defensa de la moral de señores como su rechazo de la moral de esclavos sólo podrían tener sentido desde el ámbito estético, al que el propio Nietzsche -y luego Wittgenstein- redujeron la Ética. Insistiendo en estas consideraciones, podríamos imaginar a un grupo de científicos extraterrestes visitando la Tierra para hacer un estudio de la vida en este planeta. Desde una hipótesis como ésta, del mismo modo que a nuestros biólogos no se les ocurre clasificar moralmente a ninguno de los animales no humanos, a esos científicos tampoco se les ocurriría clasificar moralmente a los animales humanos. Nos verían simplemente como una especie más, con las peculiaridades de nuestra especie, pero sin nada que nos diferenciase radicalmente de ellas.

3. Judíos y cristianos, y su relación con la moral de esclavos.

Nietzsche considera que los judíos –de la época bíblica[19]- y los dirigentes cristianos a partir de Pablo de Tarso -que también era judío- representan especialmente a esa casta sacerdotal que mediante una inversión de los valores “nobles” logró vengarse de ellos, de quienes estaban dotados de fortaleza física para triunfar ante las dificultades de la vida y para amar y disfrutar de esa misma vida.

Del mismo modo entiende que desde la moral de esclavos, propia de judíos y cristianos, sólo los miserables, los pobres, los impotentes y los enfermos son los llamados por Dios a la felicidad eterna, mientras que los nobles y violentos son los malvados y serán también “eternamente los desventurados, los malditos y condenados”[20]. En Más allá del bien y del mal se había ocupado de esta misma cuestión, afirmando que con los judíos se iniciaba “la sublevación de los esclavos en la moral”, es decir, daba comienzo el predominio de “la moral de esclavos”:

“los judíos realizaron ese prodigio de inversión de los valores gracias al cual la vida sobre la tierra ha cobrado por espacio de un par de milenios un encanto nuevo y prodigioso; sus profetas hicieron de lo “rico”, lo “impío”, lo “violento” y lo “sensible” una y la misma cosa y por primera vez confirieron a la palabra “mundo” un sentido deshonroso. En esta inversión de los valores [...] reside la significación del pueblo judío: éste marca el comienzo de la sublevación de los esclavos en la moral[21].

Como ya he indicado en otros momentos, Nietzsche se equivoca cuando habla de la “sublevación de los esclavos”, pues los esclavos sólo son esa plebe que cae en las redes de la “nobleza sacerdotal”, la cual es la auténtica triunfadora en esa sublevación contra la “nobleza guerrera”. Los sacerdotes siguen perteneciendo a la clase de los “señores”, mientras que los “esclavos” no son otros que esa plebe que es engañada y dominada por los sacerdotes mediante su adoctrinamiento en favor de la resignación, de la humildad y de la obediencia a los dirigentes políticos -es decir, a la nobleza guerrera o sacerdotal capitalista-.

Son los cristianos quienes –gracias especialmente al impulso y a la astucia de Pablo de Tarso- asumieron, al menos en parte, esa inversión de valores. Por ello, aunque de manera inexacta, proclama Nietzsche en El Anticristo:

“…la Iglesia ha librado su guerra sin cuartel a todo lo aristocrático de la tierra!”[22],

y de nuevo aquí toma partido desde una perspectiva aparentemente moral en favor de los “nobles” al referirse a todo lo “aristocrático” como aquello contra lo que habría luchado la Iglesia. Y en efecto la lucha de la Iglesia fue contra la nobleza guerrera, pero no con la intención de derrotarla de forma aplastante sino para poder situarse a su lado recuperando su estatus de “noble” y, junto con la nobleza guerrera, seguir oprimiendo a la clase baja. Por eso hay que decir que contra quien luchó la nobleza sacerdotal de manera especial pero soterrada fue contra la misma plebe, representada por el redil de la iglesia católica y cristiana en general, a la que simplemente “domesticó” para ponerla a su servicio en su enfrentamiento contra la nobleza y en su posterior alianza con ella. La mayor parte de la nobleza sacerdotal, de manera consciente o inconsciente, no creía en aquellos valores que predicaba, pero le interesaba enormemente que su adoctrinado rebaño creyera en ellos porque tal rebaño constituía su ejército particular a la hora de enfrentarse a la nobleza guerrera en el caso de que ésta no estuviera de acuerdo en compartir su poder sobre el resto de la sociedad.

Durante la Edad Media el hijo primogénito de una familia noble era quien heredaba los títulos y las riquezas familiares, mientras que el segundo era destinado al clero, ocupando un cargo de relevancia, acorde con las donaciones que su familia hubiese dado a la iglesia. Es decir, no se trataba de un destino escogido por vocación ni por especial devoción religiosa sino evidentemente por el estatus político-social que suponía el cargo comprado a la iglesia y por los ingresos económicos que obtendría como consecuencia de ocupar dicho cargo. Recordemos igualmente que durante muchos siglos los estamentos fundamentales de una nación en Europa fueron la monarquía, la nobleza y el clero, de manera que la “nobleza sacerdotal” consiguió recuperar aquel poder que había perdió inicialmente como consecuencia de su debilidad física frente a la “nobleza guerrera”, mientras que la plebe siguió siendo oprimida por ambos tipos de “nobleza”.

De manera no muy explícita pero fácilmente comprensible, la nobleza sacerdotal venía a proponer a la guerrera que siguiera dominando a la plebe con tal que a la jerarquía sacerdotal le concediesen toda una serie de privilegios con los que recuperaría un estatus político muy similar al de la nobleza guerrera, tanto por sus privilegios políticos y económicos como por su íntima proximidad al poder, hasta el punto de que en diversas ocasiones fueron ellos mismos quienes ocuparon a un tiempo los cargos de suma autoridad religiosa y suma autoridad política. A cambio de esta recuperación de su estatus, la “nobleza sacerdotal” ofrecía sus servicios a la “nobleza guerrera” inculcando de manera especial a la adoctrinada plebe la idea de que debía someterse y obedecer en todo momento a la “nobleza guerrera”, ya que el poder de los gobernantes provenía del propio Dios.   

Nietzsche se lamenta por el hecho de que…

…“ ‘Los señores’ están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido […] La “redención” del género humano (a saber, respecto de “los señores”) se encuentra en óptima vía; todo se judaíza o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vistas”[23].

Y, efectivamente, los valores de esa moral representan los antivalores contrarios a la nobleza guerrera. Si ésta amaba la vida terrena y todo lo que la representa, los sacerdotes defienden -al menos en apariencia- una moral de rechazo a tales valores y en defensa de los contrarios, adoctrinando a sus ovejas para que la asuman, poniendo todo el valor en la quimera de “la vida eterna”.

En el caso del cristianismo, Nietzsche se refiere de manera especial a Pablo de Tarso con palabras muy duras, pero acertando en su interpretación acerca de su esencial importancia en la creación del cristianismo:

Pablo: la ambición desenfrenada y hasta demencial de un agitador; con una inteligencia refinada que nunca se confiesa lo que realmente quiere y que manipula con instinto la mentira a sí mismo como medio de fascinación. Humillándose y administrando bajo mano el veneno seductor de ser un elegido”[24].

Como muestra de las doctrinas introducidas por Pablo de Tarso para lograr que el cristianismo se convirtiese en un próspero negocio pueden mencionarse de manera especial su defensa de los ricos, su defensa de la esclavitud y su defensa del sometimiento de los cristianos a las autoridades políticas[25]. Pablo de Tarso y sus colaboradores fueron los auténticos creadores de esos valores y de esa religión, y quienes pusieron en marcha ese inconmensurable negocio que encontró en el pueblo bajo, entre judíos y no judíos, un terreno abonado para la aceptación de su sistema de valores, su “moral de esclavos”.

Como pueblos o agrupaciones entre los que la moral de esclavos habría triunfado inicialmente se encontrarían los pueblos pre-arios de Europa y también los seguidores del budismo, pero sobre todo los judíos y los pueblos que asumieron el cristianismo.

Los “esclavos” -o más exactamente la nobleza sacerdotal- se habrían caracterizado por haber desarrollado cualidades psíquicas, como la astucia y la inteligencia, y, de manera especial, el resentimiento como sentimiento impulsor de sus valores contrarios a los nobles y a sus valores terrenales. El propio Nietzsche reconoce en otro momento que fue la nobleza sacerdotal la creadora de los nuevos valores y de la nueva religión, que habría tenido la suficiente astucia e inteligencia para adoctrinar a la plebe, la cual no se caracterizaría precisamente por su inteligencia ni por su astucia sino por su mente ingenua y cerrada y por su conducta aborregada, dispuesta a aceptar tales creencias y doctrinas que les ofrecían la “vida eterna” a cambio de la sumisión y la obediencia a sus señores y a sus “pastores”, los propios sacerdotes.    

Sin embargo, por lo que se refiere a la actitud de los sacerdotes respecto a la moral de esclavos la interpretación de Nietzsche es errónea, pues, aunque los sacerdotes habían sido sus creadores, la mayoría de ellos no vivió sometida a tales valores  -o antivalores- sino que simplemente, de manera consciente o inconsciente, se sirvió de ellos y de la plebe, adoctrinada y domesticada, como instrumentos para conseguir por su mediación ocupar simbióticamente un lugar privilegiado al lado de la nobleza guerrera, un lugar superior en bastantes ocasiones al de la misma nobleza guerrera, pues a ésta le venía muy bien que su autoridad se mantuviera no sólo por la fuerza, sino especialmente por la sumisión espontánea de la plebe, convencida de que debían obediencia a su rey en cuanto, según escribió Pablo de Tarso, “no hay autoridad que no venga de Dios”.

Recordemos en este sentido el enorme poder de la iglesia católica a lo largo de su historia desde el siglo IV en el imperio romano y posteriormente en todos aquellos lugares en que su presencia ha sido y es esencial como soporte “espiritual” del capitalismo y del poder político dominante. 

Por lo que se refiere a la distinción entre valores aristocráticos y valores plebeyos, escribe Nietzsche:

“La espiritualidad elevada y soberana, la voluntad de distanciamiento [...] provocan alarma; de ahí en adelante todo lo que destaca al individuo por encima del rebaño y alarma al prójimo es tenido por malo, en tanto que la mentalidad vulgar, modesta, sumisa y niveladora, el término medio de los instintos, llega a ser el más alto valor moral”[26].

Parece que en líneas generales esta consideración es acertada, incluso hasta el punto de que desde esa mentalidad propia de la masa se llega a despreciar a quienes destacan en los ámbitos científico, literario, artístico o filosófico, para enaltecer, si acaso, a alguien de su propio ámbito de mediocridad. El motivo de esta situación se encuentra en el hecho de que los intereses culturales de quienes se encuentran a gran distancia de la masa están muy alejados de los de esa misma masa. Y, en este sentido, es evidente que personalmente Nietzsche, tal como cuenta en diversas ocasiones, sufrió intensamente de soledad en medio de la masa, que tenía intereses muy distintos de los suyos, de manera que por ese mismo motivo buscó dicha soledad para alejarse de las “moscas venenosas del mercado”. Escribe en este sentido:

“¡Huye a tu soledad! Demasiado has vivido ya entre los mezquinos y los envilecidos. ¡Huye de su venganza invisible!”[27].

Como ideologías defensoras de la moral de esclavos Nietzsche no sólo hace referencia a la judía, a la budista y a la cristiana sino también a diversas corrientes políticas -democracia, socialismo y anarquismo- que buscarían la “igualdad” y la “ni-velación” movidas también por el resentimiento.

En relación con estas observaciones Nietzsche critica la actitud de la masa, que tiende a valorar positivamente la uniformidad mediocre y que no tolera que nadie destaque por encima de ella. Por su parte, defiende la peculiaridad y los valores propios del individuo frente al aborregamiento de la masa:

a) “Cuanta más preponderancia adquiera el sentimiento de unidad con los semejantes, tanto más uniformados estarán los hombres y con tanto mayor rigor considerarán inmoral toda diferencia. Así surge necesariamente la arena de la humanidad: todos muy iguales, muy pequeños, muy redondos, muy tolerables, muy aburridos. El cristianismo y la democracia son los que hasta ahora han llevado a la humanidad lo más lejos posible en el proceso de convertirla en arena […] Sé distinto de todos los demás y alégrate si cada uno es distinto del otro”[28].

En este pasaje se habla de la tendencia de la plebe a la envidia hacia cualquiera que destaque: Se busca la igualdad en todo, hasta el punto de llegar a considerar como inmoral o despreciable la existencia de cualquier diferencia en sentido positivo. De ahí podría provenir la valoración positiva de la “virtud” de la humildad, en cuanto la simple manifestación de cualquier forma de superioridad respecto al otro puede llegar a verse como un insulto.

b) “Cuanto más arriba nos elevamos, más pequeños parecemos a los que no saben volar”[29].

Este segundo pasaje es complemento del anterior por esa misma referencia implícita a la envidia, cualidad de quienes carecen de determinadas cualidades y son incapaces de aceptar que otros las tengan. Nietzsche viene a decir que la superioridad, cuanto más alta es, más difícil les resulta aceptarla a quienes son inferiores, hasta el punto de que la envidia puede llevar a aquellos que no destacan a cerrar los ojos ante dicha superioridad, y a despreciar y calumniar a quienes la poseen.

Con su uso del plural (“nos elevamos”) Nietzsche manifiesta, con sinceridad y sin esa “virtud” de la humildad -propia de la moral de esclavos-, su convicción de estar situado, en cuanto a su valor su capacidad intelectual, a una altura especialmente considerable, muy por encima de la masa, cuyos valores culturales tal vez puedan adivinarse observando qué programas tienen más éxito en la televisión, el medio principal de comunicación de masas.

Pero, a pesar de todo, de nuevo hay que indicar que no existen valores absolutos, de manera que si ya Heráclito dijo “los asnos prefieren la paja al oro”, su observación fue acertada en cuanto los asnos son asnos y de nada les serviría el oro. Y, del mismo modo, a nivel humano hay quien tiene cualidades para disfrutar de la música de Mozart y quien sólo las tiene para disfrutar de una música mucho más ruidosa y tosca. Es cierto, no obstante, que los valores estéticos son “relativos”, pero Nietzsche tiende, aunque sea de modo inconsciente, a defender la existencia de una jerarquía absoluta de valores. Ahora bien, aunque tal jerarquía no exista, sí se puede hablar de valores que se corresponden con las capacidades correspondientes en diversas personas para poder o no apreciarlos. La posesión o no de cualidades adecuadas para apreciar las distintas artes determina que la masa disfrute con las artes, pero en unos niveles muy superficiales, mientras que quienes tienen una sensibilidad especialmente desarrollada son capaces de valorar y de disfrutar de esas mismas artes, pero en un nivel especialmente alto. Por eso viene a decir Nietzsche:

“La música buena nunca tiene ‘público’: nunca es, nunca puede ser ‘pública’; pertenece a ‘los escogidos’ ”[30].  

Por otra parte, ataca la democracia, el socialismo y el anarquismo[31], por cuanto, desde su punto de vista, serían nuevas manifestaciones de la moral de esclavos en las que habría sido el resentimiento, derivado de la debilidad vital, lo que habría conducido a los defensores de estas ideologías a luchar por la “igualdad” y al consiguiente rechazo de cualquier desigualdad que pudiera conducirles a sentirse inferiores.

Sin embargo, la crítica de Nietzsche a estos movimientos políticos es demasiado simplista y no tiene en cuenta que en su creación intervinieron factores como los de la solidaridad o la empatía espontánea que el ser humano puede llegar a sentir hacia los demás cuando contempla la situación de miseria en que muchos viven. Además, recordando de nuevo que nuestra “jungla civilizada” sigue siendo jungla, es lógico que quienes viven en medio de la miseria traten de unirse en diversos organismos, como partidos y sindicatos, para tratar de enfrentarse con éxito contra las clases opresoras, sin necesidad de recurrir a supuestos valores o derechos absolutos, al margen de que también se recurra a ellos, convencidos o no de su valor, como otros instrumentos para esa lucha.  

[1] GM, I, 7.

[2] GM I 11.

[3] GM I 11.

[4] GM I 9.

[5] BM, IX, 259.

[6] VP, parág, 429, p. 567. Prestigio.

[7] VP, parág. 429, p. 657-658, Ed. Prestigio.

[8] OT, Prólogo a Richard Wagner, originalmente proyectado en febrero de 1871. La cursiva es mía.

[9] En una carta a Köselitz le dice: “Tengo la esperanza para el futuro de que se formará en Niza una pequeña, pero exquisita, sociedad, de esta creencia en la gaya ciencia […] (C.P. Janz, Friedrich Nietzsche, III, p. 265).

[10] C. P. Janz: Friedrich Nietzsche, III. Los diez años del filósofo errante, p. 284, 287, 297-298.

[11] Si clasificamos a los animales por su tamaño, podremos decir que la ballena, el elefante y la jirafa se encuentran en el nivel superior de esa clasificación; y, si los clasificamos por su velocidad en tierra, parece que el animal superior, el más veloz, es el guepardo. Pero ¿acaso tendría sentido preguntar qué animal es “el mejor” de todos, sin especificar desde qué punto de vista hablamos de “el mejor”. Es evidente que no, y que, por lo mismo, si nos preguntamos en qué se basaba Nietzsche para considerar que determinados individuos –los pertenecientes a la clase “noble”- eran más valiosos que otros –los plebeyos-, la respuesta debería haber sido la misma.

[12] VP, II, parág. 131. La cursiva es mía.

[13] Ibidem.

[14] GM I 7. La cursiva es mía.

[15] GM I 7.

[16] AC, cap. 38. La cursiva es mía.

[17] La plebe tenía escasa capacidad intelectual para abrirse camino y, por ello, estaba condenada a seguir siendo pisoteada por las clases poderosas en la lucha por la vida, pero Nietzsche tiende a confundir a la nobleza sacerdotal, creadora de la moral de esclavos, con los propios esclavos.

[18] VP, parág. 169. Prestigio.

[19] Nietzsche se refiere a los judíos de aquel tiempo y no a los de su propia época, como puede comprobarse leyendo diversos textos en los que habla con admiración del pueblo judío de su tiempo; por ejemplo, en Más allá del bien y del mal, VIII, parág. 251.

[20] GM I parág. 7.

[21] BM, parág. 195.

[22] AC, cap. 60.

[23] GM I 9.

[24] SPM, Otoño de 1887, p. 306.

[25] En efecto, por lo que se refiere a los ricos escribe Pablo de Tarso: “A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean orgullosos, ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que nos provee de todos los bienes en abundancia para que disfrutemos de ellos” (Pablo, 1 Timoteo, 6:17). Por lo que se refiere a la esclavitud, Pablo de Tarso la defendió de manera inequívoca, como puede comprobarse en sus escritos: “Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara. No con una sencillez aparente que busca sólo el agrado a los hombres, sino como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios” (Efesios, 6:5-6). A pesar de que el “Jesús evangélico” no apoyó esta institución opresora, Pablo de Tarso la defendió de un modo muy cínico, como una institución derivada de la voluntad de Dios, exhortando a los esclavos a que cumplieran con devoción y humildad las órdenes de sus señores en cuanto representaban al propio Dios: “Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de la tierra; no con una sujeción aparente, que sólo busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, como quien honra al Señor” (Colosenses, 3:22. La cursiva es mía). Igualmente, defendió el sometimiento incondicional a las autoridades: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas. No hay autoridad que no venga de Dios, y las que hay, por él han sido establecidas. Por tanto, quien se opone a la autoridad, se opone al orden establecido por Dios” (Romanos, 13:1-2).

[26] SPM, parág. 200.

[27] Z, I, De las moscas del mercado.

[28] SPM, Primavera de 1880, pág. 134-135.

[29] SPM, Verano de 1883.

[30] ID, VII, p. 173; Ed. Prestigio.

[31] SPM, parág. 202-203.

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