viernes, 25 de febrero de 2022

 

Nietzsche y la clase trabajadora

 

 

 

Desde la perspectiva de Nietzsche, la democracia, el anarquismo y el socialismo significan, al igual que el propio cristianismo y el budismo, formas del contragolpe de la raza inicialmente dominada y un síntoma de decadencia de la raza de los conquistadores, en cuanto estas ideologías políticas estarían relacionadas con la negación de los valores superiores de los nobles y con la afirmación de los valores de la moral de esclavos. Este cambio habría estado motivado por el resentimiento de la plebe, aunque preparado y dirigido por la nobleza sacerdotal, dando lugar a su triunfo sobre los nobles y sus respectivos valores.

Sin embargo, en contra del pronunciamiento de Nietzsche en favor de la “moral de señores”, hay que insistir nuevamente en que su negación del valor de la moral es contradictoria con su defensa de los supuestos valores superiores (?) de los nobles, a no ser que su intención en estos pronunciamientos no hubiera tenido un carácter moral sino meramente de simpatía personal. No obstante, olvidando su crítica a la moral absoluta, Nietzsche se refiere con bastante frecuencia a los valores aristocráticos como si fueran intrínsecamente superiores a los plebeyos y, en tales casos contradice sus propias conclusiones en contra de la moral absoluta.

Por lo que se refiere a las valoraciones de carácter político, su rechazo de la “democracia”, del “socialismo” y del “anarquismo” se produjo porque entendió que la ideología de estos movimientos no provenía de un afán de superación de las abismales diferencias sociales, laborales y económicas del proletariado respecto al capitalista, sino sobre todo por el resentimiento que, al igual que en el caso del cristianismo, estaría plasmado en su afán de venganza contra quienes triunfaron en sus empresas políticas y económicas.

Nietzsche no consideró que estos movimientos políticos pudieran representar un progreso por lo que se refiere a la búsqueda de una forma de convivencia mejor para todos, sino que su elitismo le llevó a despreocuparse de los problemas laborales, económicos y sociales de la clase trabajadora, aunque con algunas excepciones puntuales, pues en algún momento llegó a criticar el modo de producción capitalista, en cuanto implicaba una esclavitud alienante para el trabajador, al que se utilizaba como un simple objeto, como el “tornillo de una máquina”. Señaló con acierto que esta situación no se resolvía con un aumento de sueldo, pues el trabajador seguiría siendo esclavo de la máquina. Sin embargo, su propia solución a este problema -la emigración masiva para recuperar la libertad-, tampoco representaba una auténtica solución, en cuanto las condiciones laborales y económicas del capitalismo se repetirían allá donde el trabajador emigrase. La solución que propuso para remediar la consiguiente escasez de mano de obra en Europa fue la inmigración de mano de obra china, lo cual habría trasladado el problema de la esclavitud a los propios chinos, considerados por él como “hormigas laboriosas”, quienes -a su parecer- ya estarían acostumbrados a esa for-ma de esclavitud y, por ello, no los valoró como personas con el mismo derecho a gozar de su propia liberación de la esclavitud que pretendía para el proletariado europeo. Esta idea de convertir a inmigrantes chinos en nuevos proletarios, esclavos del capitalismo europeo, fue, desde luego, muy desafortunada, y derivada posiblemente del escaso valor que Nietzsche dio al mundo oriental, tan desconocido en aquellos momentos en que Europa parecía sentirse el centro de la civilización mundial. En definitiva, Nietzsche mostró un prejuicio muy simplista respecto al pueblo chino, considerando que éste estaría fatalmente constituido por “hormigas laboriosas”, de manera que a su gente no le afectaría convertirse en “tornillos de una máquina”.

En cualquier caso, tiene interés reflejar su pensamiento acerca de esta cuestión, que muestra, aunque de manera desafortunada, que en algún momento fue sensible ante el problema del proletariado, por lo menos del europeo. Y así en Aurora, cuando sus tendencias aristocráticas todavía no habían alcanzado el grado de exaltación que tuvieron posteriormente en Así habló Zaratustra, escribió:

“Pobre, alegre e independiente son tres cualidades que pueden darse juntas en una misma persona; lo mismo cabe decir de pobre, alegre y esclavo, suma de cualidades que pueden atribuirse a los obreros esclavizados de las fábricas, si es que no les resulta vergonzoso que les utilicen como tornillos de una máquina y, en cierto modo, como comparsas de la inventiva humana. Que nadie crea que con un salario más elevado desaparecería lo que hay de esencial en su miseria, en su servidumbre impersonal […] Que nadie crea que, mediante un precio cualquiera, se puede dejar de ser persona para convertirse en tornillo […] Lejos de esto, cada uno debería pensar: “Más vale emigrar para llegar a ser amo en comarcas del mundo nuevas y salvajes, y ante todo para hacerse señor de sí mismo; cambiar de residencia mientras haya una amenaza de esclavitud [...] [Los trabajadores de Europa] deberían abrir una era de emigración del enjambre fuera de la colmena europea tal como no se ha visto hasta ahora, y protestar por medio de un acto de libertad de establecimiento, de un acto de gran relieve, contra la máquina, el capital y la alternativa que les amenaza: ser esclavos del Estado o esclavos de un partido revolucionario. Descárguese Europa de la cuarta parte de sus habitantes; será un alivio para ella y para ellos [...] ¡Qué importa que falten brazos para el trabajo! [...] Acaso podrían importarse chinos, los cuales traerían la manera de vivir y de pensar que conviene a hormigas laboriosas...”[1].

Resulta desconcertante el cambio tan radical que se produjo entre el año 1881, en que manifestó esta preocupación por los simples trabajadores animándoles a que tratasen de ser dueños de sí mismos en lugar de permitir que les utilizasen como tornillos de una máquina, y el año 1886, en el que, en Más allá del bien y del mal, defendió un elitismo tan extremo que llegó hasta el esclavismo y al desprecio más absoluto por la vida de la masa, tal como se muestra en el siguiente pasaje:  

“…lo esencial de una aristocracia buena y sana es que no se siente función (de la realeza o de la comunidad), sino su sentido y suprema justificación; ―que, por ende, acepta sin inmutarse el sacrificio de innumerables seres humanos que por ella tienen que ser reducidos a la condición de hombres incompletos, de esclavos e instrumentos. Su creencia fundamental debe ser la base y fundamento sobre el cual un tipo selecto de seres pueda elevarse hacia su tarea superior y, en un plano general, una existencia superior”[2].

Estos puntos de vista resultan tan absurdos que no parece descabellado imaginar que en estos momentos su enfermedad se encontraba ya en una fase avanzada que le llevó a defender teorías asombrosamente alejadas del sentido común, tanto en este momento como en las ocasiones en que defendió sus doctrinas acerca del superhombre, según se verá más adelante.

Por lo que se refiere a la relación de su “esclavismo” de estos últimos años de su vida lúcida (?) con las posteriores ideas del nacionalsocialismo hitleriano, hay que decir que, aunque Nietzsche siempre atacó el racismo y fue un admirador del pueblo judío, es bastante probable que sus ideas acerca del superhombre -tergiversadas además por la tergiversación de su obra póstuma realizada por su hermana-, influyesen de algún modo en el nazismo hitleriano, tan nefasto en la historia de la humanidad.       



[1] A, II, parág. 206.

[2] BM, IX, parág. 58.

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