Nietzsche y la clase trabajadora
Desde la
perspectiva de Nietzsche, la democracia, el anarquismo y el socialismo significan, al igual que el
propio cristianismo y el budismo, formas del contragolpe
de la raza inicialmente dominada y un síntoma de decadencia de la raza de
los conquistadores, en cuanto estas ideologías políticas estarían relacionadas
con la negación de los valores superiores
de los nobles y con la afirmación
de los valores de la moral de esclavos. Este cambio habría
estado motivado por el resentimiento de la plebe, aunque
preparado y dirigido por la nobleza sacerdotal, dando lugar a su triunfo sobre
los nobles y sus respectivos valores.
Sin embargo,
en contra del pronunciamiento de Nietzsche en favor de la “moral de señores”, hay
que insistir nuevamente en que su negación del valor de la moral es
contradictoria con su defensa de los supuestos valores superiores (?) de los
nobles, a no ser que su intención en estos pronunciamientos no hubiera
tenido un carácter moral sino meramente de simpatía
personal. No obstante, olvidando su crítica a la moral absoluta, Nietzsche se
refiere con bastante frecuencia a los valores
aristocráticos como si fueran intrínsecamente superiores a los plebeyos y,
en tales casos contradice sus propias conclusiones en contra de la moral
absoluta.
Por lo que
se refiere a las valoraciones de
carácter político, su rechazo de la “democracia”, del “socialismo” y del
“anarquismo” se produjo porque entendió que la ideología de estos movimientos
no provenía de un afán de superación de las abismales diferencias sociales,
laborales y económicas del proletariado respecto al capitalista, sino sobre todo
por el resentimiento que, al igual
que en el caso del cristianismo, estaría plasmado en su afán de venganza contra quienes triunfaron en sus empresas políticas
y económicas.
Nietzsche no
consideró que estos movimientos políticos pudieran representar un progreso por
lo que se refiere a la búsqueda de una forma de convivencia mejor para todos,
sino que su elitismo le llevó a despreocuparse de los problemas laborales, económicos
y sociales de la clase trabajadora, aunque con algunas excepciones puntuales,
pues en algún momento llegó a criticar el modo de producción capitalista,
en cuanto implicaba una esclavitud alienante para el trabajador, al que se
utilizaba como un simple objeto, como el “tornillo de una máquina”. Señaló con
acierto que esta situación no se resolvía con un aumento de sueldo, pues el trabajador
seguiría siendo esclavo de la
máquina. Sin embargo, su propia solución a este problema -la emigración masiva
para recuperar la libertad-, tampoco representaba una auténtica solución, en cuanto
las condiciones laborales y económicas del capitalismo se repetirían allá donde
el trabajador emigrase. La
solución que propuso para remediar la consiguiente escasez de mano de obra en
Europa fue la inmigración de mano de obra china, lo cual habría trasladado el
problema de la esclavitud a los propios chinos, considerados por él como
“hormigas laboriosas”, quienes -a su parecer- ya estarían acostumbrados a esa
for-ma de esclavitud y, por ello, no los valoró como personas con el mismo derecho
a gozar de su propia liberación de la esclavitud que pretendía para el proletariado
europeo. Esta idea de convertir a inmigrantes chinos en nuevos proletarios,
esclavos del capitalismo europeo, fue, desde luego, muy desafortunada, y derivada
posiblemente del escaso valor que Nietzsche dio al mundo oriental, tan desconocido
en aquellos momentos en que Europa parecía sentirse el centro de la
civilización mundial. En definitiva, Nietzsche mostró un prejuicio muy
simplista respecto al pueblo chino, considerando que éste estaría fatalmente constituido
por “hormigas laboriosas”, de manera que a su gente no le afectaría convertirse
en “tornillos de una máquina”.
En
cualquier caso, tiene interés reflejar su pensamiento acerca de esta cuestión, que
muestra, aunque de manera desafortunada, que en algún momento fue sensible ante
el problema del proletariado, por lo menos del europeo. Y así en Aurora,
cuando sus tendencias aristocráticas todavía no habían alcanzado el grado de
exaltación que tuvieron posteriormente en Así habló Zaratustra, escribió:
“Pobre, alegre e independiente son tres cualidades
que pueden darse juntas en una misma persona; lo mismo cabe decir de pobre, alegre
y esclavo, suma de cualidades que pueden atribuirse a los obreros esclavizados de
las fábricas, si es que no les resulta vergonzoso
que les utilicen como tornillos
de una máquina y, en cierto modo, como comparsas de la inventiva humana. Que
nadie crea que con un salario más elevado desaparecería lo que hay de esencial en su miseria, en su servidumbre
impersonal […] Que nadie crea que, mediante un precio cualquiera, se puede dejar
de ser persona para convertirse en tornillo […] Lejos de esto, cada uno debería
pensar: “Más vale emigrar para llegar a ser amo
en comarcas del mundo nuevas y salvajes, y ante todo para hacerse señor de
sí mismo; cambiar de residencia mientras haya una amenaza de esclavitud [...]
[Los trabajadores de Europa] deberían abrir una era de emigración del enjambre
fuera de la colmena europea tal como no se ha visto hasta ahora, y protestar
por medio de un acto de libertad de establecimiento, de un acto de gran
relieve, contra la máquina, el capital y la alternativa que les amenaza: ser
esclavos del Estado o esclavos de un partido revolucionario. Descárguese Europa
de la cuarta parte de sus habitantes; será un alivio para ella y para ellos [...]
¡Qué importa que falten brazos para el trabajo! [...] Acaso podrían importarse
chinos, los cuales traerían la manera de vivir y de pensar que conviene a hormigas
laboriosas...”[1].
Resulta
desconcertante el cambio tan radical que se produjo entre el año 1881, en que
manifestó esta preocupación por los simples trabajadores animándoles a que tratasen
de ser dueños de sí mismos en lugar de
permitir que les utilizasen como tornillos
de una máquina, y el año 1886, en el que, en Más allá del bien y del mal,
defendió un elitismo tan extremo que llegó hasta el esclavismo y al
desprecio más absoluto por la vida de la masa, tal como se muestra en el siguiente pasaje:
“…lo
esencial de una aristocracia buena y sana es que no se siente función (de la
realeza o de la comunidad), sino su sentido y suprema justificación;
―que, por ende, acepta sin inmutarse el sacrificio de innumerables seres
humanos que por ella tienen que ser reducidos a la condición de hombres
incompletos, de esclavos e instrumentos. Su creencia fundamental debe ser la
base y fundamento sobre el cual un tipo selecto de seres pueda elevarse hacia
su tarea superior y, en un plano general, una existencia superior”[2].
Estos
puntos de vista resultan tan absurdos que no parece descabellado imaginar que
en estos momentos su enfermedad se encontraba ya en una fase avanzada que le
llevó a defender teorías asombrosamente alejadas del sentido común, tanto en
este momento como en las ocasiones en que defendió sus doctrinas acerca del
superhombre, según se verá más adelante.
Por lo que se refiere a la relación de su
“esclavismo” de estos últimos años de su vida lúcida (?) con las posteriores
ideas del nacionalsocialismo hitleriano, hay que decir que, aunque Nietzsche
siempre atacó el racismo y fue un admirador del pueblo judío, es bastante probable
que sus ideas acerca del superhombre -tergiversadas además por la tergiversación
de su obra póstuma realizada por su hermana-, influyesen de algún modo en el
nazismo hitleriano, tan nefasto en la historia de la humanidad.
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