Crítica a la
crítica de Nietzsche al resentimiento
En su comparación entre la distinta manera de actuar de los “nobles” y de los “esclavos”, mientras Nietzsche crítica con dureza el resentimiento de los “esclavos”, no pone reparo alguno al hecho de que los “nobles” actúen de manera bárbara contra la “plebe”, no dando importancia a la
“serie abominable de asesinatos, incendios,
violaciones y torturas”[1]
realizadas por
ellos, y sin advertir que, si los “nobles” no actúan desde el
resentimiento, es por la sencilla razón de que ellos, como consecuencia de su
fuerza natural, han tomado la iniciativa
a la hora de cometer esas
“travesuras”, por lo que no tienen motivo para sentir resentimiento alguno,
mientras que la plebe actúa desde un resentimiento igualmente natural y espontáneo, consecuencia de las agresiones sufridas por los
considerados “nobles”.
Desde el punto de vista de Nietzsche podría aceptarse que
la plebe intentase defenderse e incluso agredir a los “nobles”, pero sin resentimiento. Sin embargo, de acuerdo
con la necesidad existente en todos los fenómenos, cuya
existencia Nietzsche reconoce, debería haber aceptado que el mismo
“resentimiento” es un sentimiento tan natural como cualquier otro, de manera que
aparece en el ser humano sin que sea consecuencia de una elección personal por la que uno hubiera decidido sentir así o de cualquier
otra manera.
En relación con la tan opuesta valoración de los señores y los esclavos, Nietzsche presenta una interesante situación en forma de
pequeña fábula, aunque adoptando un punto de vista realmente desacertado, pues
mientras justifica el modo de actuar de los nobles –representados, como
veremos, por las grandes aves de rapiña-, en relación con las amenazas de
aquellas aves critica la “incomprensión” de la plebe –representada por los
corderos-, no reparando en que ambas formas de conducta, tanto la de las “aves
de rapiña” como la de los “corderos”, merecerían un juicio similar, un juicio
“más allá del bien y del mal”, como el que haríamos respecto al comportamiento
de cualquier otro animal, tanto si fuera un predador como si fuera una posible
presa.
A fin de justificar el comportamiento de los “nobles”
se sirve también de la relación existente entre el rayo y el relámpago a que antes me he referido,
entendiendo que el relámpago no es otra cosa que la manifestación necesaria
del rayo, e indicando a continuación que lo mismo sucede por lo que se refiere
a quien es fuerte, que no es libre para suprimir las manifestaciones de su
fuerza en cuanto la fuerza se identifica
con sus manifestaciones (“no hay un ser
detrás del hacer”). Pero Nietzsche olvida de modo sorprendente que esta
misma necesidad es la que preside el modo de actuar de los débiles, los cuales
no pueden dejar de sentir y de actuar como como lo hacen.
Pero veamos la fábula que presenta:
“El que los corderos guarden rencor
a las grandes aves rapaces es algo que no puede extrañar: sólo que no hay en
esto motivo alguno para reprochar a las grandes aves de rapiña el que arrebaten
corderitos. Y cuando los corderitos dicen entre sí “estas aves de rapiña son
malvadas […]” [Entonces] las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de
sorna y tal vez se dirán: “Nosotras no estamos enfadadas en absoluto con esos
buenos corderos, incluso los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno
cordero”. Un quantum de fuerza es justo un tal quantum de pulsión, de voluntad, de
actividad ––más aún, no es nada más que ese mismo pulsionar, ese mismo
querer, ese mismo actuar, y, si puede parecer otra cosa, ello se debe tan sólo
a la seducción del lenguaje […], el cual entiende y malentiende que todo hacer
está condicionado por un agente, por un “sujeto”. Es decir, del mismo modo que
el pueblo separa el rayo de su resplandor y concibe al segundo como un hacer,
como la acción de un sujeto que se llama rayo, así la moral del pueblo separa también
la fortaleza de las exteriorizaciones de la misma, como si detrás del fuerte
hubiera un sustrato indiferente, que fuera dueño de exteriorizar y, también, de
no exteriorizar fortaleza. Pero tal sustrato no existe; no hay ningún «ser»
detrás del hacer, del actuar, del devenir; «el agente» ha sido ficticiamente
añadido al hacer, el hacer es todo”[2].
Este
fragmento es realmente interesante, pero en su primera parte no es acertado por
lo que se refiere a la descripción de lo que hubiera podido ser el punto vista
del cordero, que no tendría por qué ser necesariamente el indicado por
Nietzsche, pues el cordero, asumiendo como natural que las aves de
rapiña quisieran atraparlo, habría podido replicar a éstas:
“No es cierto que los corderos os
veamos como malvadas; incluso os admiramos por vuestro majestuoso y envidiable
vuelo. No os reprochamos vuestro deseo de alimentaros de nuestra carne, pues
sabemos que sois carnívoras por naturaleza; así que, si nos veis correr inquietos,
es sólo porque también nosotros, por nuestra propia naturaleza, tratamos de
escapar de vuestras punzantes garras, pues queremos evitar vuestros ataques
para seguir viviendo”.
Por otra
parte, la respuesta del corderito podría incluso haber sido otra que incluyese el
sentimiento de rencor o de resentimiento de que habla Nietzsche, que no tenía por
qué implicar una “maldad” especial en ellos, pues podría haber sido una simple
manifestación de su naturaleza como cualquier otro sentimiento.
En cualquier caso, a nivel humano hay situaciones en las
que la reacción de las posibles “presas”, provocada por el hambre, consecuencia
a su vez de las enormes diferencias económicas entre explotadores y explotados,
etc., va unida al resentimiento
contra el agresor, pero, en cuanto todo lo real es natural, el mismo resentimiento
es igualmente un sentimiento natural, y con mayor motivo si se tiene en cuenta
el determinismo defendido por el mismo pensador alemán.
Sin embargo y de manera asombrosa, Nietzsche reprueba “moralmente”
-al menos según los calificativos que utiliza- este sentimiento de rencor que
supuestamente experimentarían los corderos contra las aves de rapiña, mientras
que juzga como inocente la actividad de los “nobles”, consistente en agresiones, violaciones y asesinatos. Ahora bien, desde el valor de su
crítica a la moral tendría que haber desterrado todos los juicios morales,
tanto los que se relacionan con la conducta despiadada de los “nobles” como los
que se relacionan con el resentimiento de los “esclavos”, al margen de que todos
tengamos derecho a agredir y a defendernos en esta lucha por la vida en
la que todos participamos.
El resentimiento es un sentimiento tan natural
como cualquier otro, al margen de que un conocimiento exhaustivo de la realidad
tal vez pudiera conducirnos a su inhibición ante la toma de conciencia de que
todo lo que sucede sucede necesariamente. Sin embargo, el propio Nietzsche
declara abiertamente su odio -o resentimiento- mortal contra el cristianismo, y
el motivo de su odio es comparable al motivo del resentimiento odio del
“esclavo” al “señor”[3]
. Pero de manera equivocada critica que la moral de esclavos no tiene el carácter de la propia afirmación, sino el de
una reacción negativa y de
rechazo, guiada por el resentimiento,
contra los señores…
…“y ese ‘no’ es lo que constituye su acción
creadora”[4].
Ahora bien, una
vez demostrada la falta de valor de la moral, no tenía sentido condenar el resentimiento desde una perspectiva moral, pues desde los mismos
planteamientos de Nietzsche todos los sentimientos son naturales, y todo lo natural es inocente y “más allá del bien y del
mal”.
Por otra parte, el resentimiento
forma parte de un mecanismo de defensa tan natural como cualquier
otro: Por su mediación los “esclavos”, siendo físicamente más débiles
que los “señores”, habrían sentido el impulso de defenderse y de enfrentarse al
dominio de los “señores” hasta que lograron vencerles, en el terreno de los
valores económicos, culturales y morales vigentes en su sociedad y en la
nuestra.
El hecho de que el pensador de Röcken valorase de forma especialmente
positiva la conducta espontánea de
los “nobles” frente a la conducta
reactiva de la “plebe” sólo tiene sentido como una expresión de su particular
simpatía hacia aquel grupo con el que se sentía especialmente identificado,
pero, de acuerdo con sus conclusiones respecto a la falta de valor de la moral,
no tiene sentido su condena “moral” del resentimiento y, por ello, resulta
sorprendente que viera tan natural que los nobles calificasen a los esclavos
como “despreciables” y que, sin embargo, se indignase de que los esclavos calificasen
a los señores como “malvados”, no poniendo objeción alguna a las “travesuras”
de esos nobles, consistentes en esa “serie abominable de asesinatos, incendios,
violaciones y torturas”, que llega a justificar por el hecho de que se realizan
“sin resentimiento”.
Por todo ello su crítica contra el “resentimiento” de la plebe y contra sus
modos de actuar y su sistema de antivalores para no ser esclavizada por los
“nobles” fue claramente incoherente.
Es cierto, por otra parte, que, si se quiere hacer una crítica contra el
resentimiento, puede hacerse, pero no desde una condena moral sino desde la
consideración de que quienes tienen esa manera de sentir podría ser que a la
vez tendieran a creen que cualquiera que haya actuado de modo agresivo contra
ellos era libre para haber actuado de manera distinta, por lo que deben
juzgarlo como “malvado” y merece el resentimien-to y la venganza que provoca. Pero
desde el determinismo que Nietzsche defiende, todo sucede necesariamente, por
lo que, si los agredidos fueran conscientes de tal necesidad, simplemente
tratarían de defenderse y de luchar contra tales agresiones, pero tal vez
intentasen hacerlo superando el sentimiento de rencor que la evolución natural
ha implantado en nuestra especie y en otras próximas a la nuestra como
mecanismo de defensa, y como lo harían contra los desastres causados por las
inundaciones -sin un odio especial contra las implacables nubes negras- o por
cualquier otro fenómeno, tan natural como las acciones y agresiones humanas.
[1]
Ibidem.
[2]
GM I 13.
[3]
En este sentido, escribe
Safranski: “Nietzsche, el crítico del resentimiento, a veces está lleno él mismo
de ansia de venganza contra los hombres ordinarios del resentimiento, tal como
se advierte cuando, en Así habló Zaratustra, con sus invectivas contra
los «muchos, demasiados», quiere hacer sitio para el superhombre” (R. Safranski:
Nietzsche, biografía de su pensamiento, p. 328; Círculo de Lectores, Barcelona,
2001.
[4]
Ibidem.
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