lunes, 7 de febrero de 2022

 

Crítica a la crítica de Nietzsche al resentimiento

 

 

En su comparación entre la distinta manera de actuar de los “nobles” y de los “esclavos”, mientras Nietzsche crítica con dureza el resentimiento de los “esclavos”, no pone reparo alguno al hecho de que los “nobles” actúen de manera bárbara contra la “plebe”, no dando importancia a la

“serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas”[1]

 realizadas por ellos, y sin advertir que, si los “nobles” no actúan desde el resentimiento, es por la sencilla razón de que ellos, como consecuencia de su fuerza natural, han tomado la iniciativa a la hora de cometer esas “travesuras”, por lo que no tienen motivo para sentir resentimiento alguno, mientras que la plebe actúa desde un resentimiento igualmente natural y espontáneo, consecuencia de las agresiones sufridas por los considerados “nobles”.

Desde el punto de vista de Nietzsche podría aceptarse que la plebe intentase defenderse e incluso agredir a los “nobles”, pero sin resentimiento. Sin embargo, de acuerdo con la necesidad existente en todos los fenómenos, cuya existencia Nietzsche reconoce, debería haber aceptado que el mismo “resentimiento” es un sentimiento tan natural como cualquier otro, de manera que aparece en el ser humano sin que sea consecuencia de una elección personal por la que uno hubiera decidido sentir así o de cualquier otra manera.

En relación con la tan opuesta valoración de los señores y los esclavos, Nietzsche presenta una interesante situación en forma de pequeña fábula, aunque adoptando un punto de vista realmente desacertado, pues mientras justifica el modo de actuar de los nobles –representados, como veremos, por las grandes aves de rapiña-, en relación con las amenazas de aquellas aves critica la “incomprensión” de la plebe –representada por los corderos-, no reparando en que ambas formas de conducta, tanto la de las “aves de rapiña” como la de los “corderos”, merecerían un juicio similar, un juicio “más allá del bien y del mal”, como el que haríamos respecto al comportamiento de cualquier otro animal, tanto si fuera un predador como si fuera una posible presa.

A fin de justificar el comportamiento de los “nobles” se sirve también de la relación existente entre el rayo y el relámpago a que antes me he referido, entendiendo que el relámpago no es otra cosa que la manifestación necesaria del rayo, e indicando a continuación que lo mismo sucede por lo que se refiere a quien es fuerte, que no es libre para suprimir las manifestaciones de su fuerza en cuanto la fuerza se identifica con sus manifestaciones (“no hay un ser detrás del hacer”). Pero Nietzsche olvida de modo sorprendente que esta misma necesidad es la que preside el modo de actuar de los débiles, los cuales no pueden dejar de sentir y de actuar como como lo hacen.

Pero veamos la fábula que presenta:

“El que los corderos guarden rencor a las grandes aves rapaces es algo que no puede extrañar: sólo que no hay en esto motivo alguno para reprochar a las grandes aves de rapiña el que arrebaten corderitos. Y cuando los corderitos dicen entre sí “estas aves de rapiña son malvadas […]” [Entonces] las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de sorna y tal vez se dirán: “Nosotras no estamos enfadadas en absoluto con esos buenos corderos, incluso los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno cordero”. Un quantum de fuerza es justo un tal quantum de pulsión, de voluntad, de actividad ––más aún, no es nada más que ese mismo pulsionar, ese mismo querer, ese mismo actuar, y, si puede parecer otra cosa, ello se debe tan sólo a la seducción del lenguaje […], el cual entiende y malentiende que todo hacer está condicionado por un agente, por un “sujeto”. Es decir, del mismo modo que el pueblo separa el rayo de su resplandor y concibe al segundo como un hacer, como la acción de un sujeto que se llama rayo, así la moral del pueblo separa también la fortaleza de las exteriorizaciones de la misma, como si detrás del fuerte hubiera un sustrato indiferente, que fuera dueño de exteriorizar y, también, de no exteriorizar fortaleza. Pero tal sustrato no existe; no hay ningún «ser» detrás del hacer, del actuar, del devenir; «el agente» ha sido ficticiamente añadido al hacer, el hacer es todo”[2].   

Este fragmento es realmente interesante, pero en su primera parte no es acertado por lo que se refiere a la descripción de lo que hubiera podido ser el punto vista del cordero, que no tendría por qué ser necesariamente el indicado por Nietzsche, pues el cordero, asumiendo como natural que las aves de rapiña quisieran atraparlo, habría podido replicar a éstas:

“No es cierto que los corderos os veamos como malvadas; incluso os admiramos por vuestro majestuoso y envidiable vuelo. No os reprochamos vuestro deseo de alimentaros de nuestra carne, pues sabemos que sois carnívoras por naturaleza; así que, si nos veis correr inquietos, es sólo porque también nosotros, por nuestra propia naturaleza, tratamos de escapar de vuestras punzantes garras, pues queremos evitar vuestros ataques para seguir viviendo”.

Por otra parte, la respuesta del corderito podría incluso haber sido otra que incluyese el sentimiento de rencor o de resentimiento de que habla Nietzsche, que no tenía por qué implicar una “maldad” especial en ellos, pues podría haber sido una simple manifestación de su naturaleza como cualquier otro sentimiento.

En cualquier caso, a nivel humano hay situaciones en las que la reacción de las posibles “presas”, provocada por el hambre, consecuencia a su vez de las enormes diferencias económicas entre explotadores y explotados, etc., va unida al resentimiento contra el agresor, pero, en cuanto todo lo real es natural, el mismo resentimiento es igualmente un sentimiento natural, y con mayor motivo si se tiene en cuenta el determinismo defendido por el mismo pensador alemán.

Sin embargo y de manera asombrosa, Nietzsche reprueba “moralmente” -al menos según los calificativos que utiliza- este sentimiento de rencor que supuestamente experimentarían los corderos contra las aves de rapiña, mientras que juzga como inocente la actividad de los “nobles”, consistente en agresiones, violaciones y asesinatos. Ahora bien, desde el valor de su crítica a la moral tendría que haber desterrado todos los juicios morales, tanto los que se relacionan con la conducta despiadada de los “nobles” como los que se relacionan con el resentimiento de los “esclavos”, al margen de que todos tengamos derecho a agredir y a defendernos en esta lucha por la vida en la que todos participamos.

El resentimiento es un sentimiento tan natural como cualquier otro, al margen de que un conocimiento exhaustivo de la realidad tal vez pudiera conducirnos a su inhibición ante la toma de conciencia de que todo lo que sucede sucede necesariamente. Sin embargo, el propio Nietzsche declara abiertamente su odio -o resentimiento- mortal contra el cristianismo, y el motivo de su odio es comparable al motivo del resentimiento odio del “esclavo” al “señor”[3] . Pero de manera equivocada critica que la moral de esclavos no tiene el carácter de la propia afirmación, sino el de una reacción negativa y de rechazo, guiada por el resentimiento, contra los señores…  

…“y ese ‘no’ es lo que constituye su acción creadora”[4].

Ahora bien, una vez demostrada la falta de valor de la moral, no tenía sentido condenar el resentimiento desde una perspectiva moral, pues desde los mismos planteamientos de Nietzsche todos los sentimientos son naturales, y todo lo natural es inocente y “más allá del bien y del mal”.

Por otra parte, el resentimiento forma parte de un mecanismo de defensa tan natural como cualquier otro: Por su mediación los “esclavos”, siendo físicamente más débiles que los “señores”, habrían sentido el impulso de defenderse y de enfrentarse al dominio de los “señores” hasta que lograron vencerles, en el terreno de los valores económicos, culturales y morales vigentes en su sociedad y en la nuestra.

El hecho de que el pensador de Röcken valorase de forma especialmente positiva la conducta espontánea de los “nobles” frente a la conducta reactiva de la “plebe” sólo tiene sentido como una expresión de su particular simpatía hacia aquel grupo con el que se sentía especialmente identificado, pero, de acuerdo con sus conclusiones respecto a la falta de valor de la moral, no tiene sentido su condena “moral” del resentimiento y, por ello, resulta sorprendente que viera tan natural que los nobles calificasen a los esclavos como “despreciables” y que, sin embargo, se indignase de que los esclavos calificasen a los señores como “malvados”, no poniendo objeción alguna a las “travesuras” de esos nobles, consistentes en esa “serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas”, que llega a justificar por el hecho de que se realizan “sin resentimiento”.

Por todo ello su crítica contra el “resentimiento” de la plebe y contra sus modos de actuar y su sistema de antivalores para no ser esclavizada por los “nobles” fue claramente incoherente.

Es cierto, por otra parte, que, si se quiere hacer una crítica contra el resentimiento, puede hacerse, pero no desde una condena moral sino desde la consideración de que quienes tienen esa manera de sentir podría ser que a la vez tendieran a creen que cualquiera que haya actuado de modo agresivo contra ellos era libre para haber actuado de manera distinta, por lo que deben juzgarlo como “malvado” y merece el resentimien-to y la venganza que provoca. Pero desde el determinismo que Nietzsche defiende, todo sucede necesariamente, por lo que, si los agredidos fueran conscientes de tal necesidad, simplemente tratarían de defenderse y de luchar contra tales agresiones, pero tal vez intentasen hacerlo superando el sentimiento de rencor que la evolución natural ha implantado en nuestra especie y en otras próximas a la nuestra como mecanismo de defensa, y como lo harían contra los desastres causados por las inundaciones -sin un odio especial contra las implacables nubes negras- o por cualquier otro fenómeno, tan natural como las acciones y agresiones humanas.

 



[1] Ibidem.

[2] GM I 13.

[3] En este sentido, escribe Safranski: “Nietzsche, el crítico del resentimiento, a veces está lleno él mismo de ansia de venganza contra los hombres ordinarios del resentimiento, tal como se advierte cuando, en Así habló Zaratustra, con sus invectivas contra los «muchos, demasiados», quiere hacer sitio para el superhombre” (R. Safranski: Nietzsche, biografía de su pensamiento, p. 328; Círculo de Lectores, Barcelona, 2001.

[4] Ibidem.

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