sábado, 26 de febrero de 2022

 

Nietzsche: La defensa de un elitismo extremo

 

 

En un sentido radicalmente contrario, en Más allá del bien y del mal, Nietzsche defiende un elitismo tan extremo que le lleva a propugnar la esclavitud, considerando que el sentido y justificación de una sociedad no debería girar en torno a la búsqueda de la igualdad de sus miembros sino en torno a un grupo selecto de personas a las que por encima de todo habría que facilitar todos los medios posibles para su pleno desarrollo, aunque para ello hiciera falta…

…“el sacrificio de innumerables seres humanos que por causa de ella [ = de la aristocracia] tienen que ser reducidos a la condición de hombres incompletos, de esclavos e instrumentos”[1].

Se trata del mismo ideal que había expuesto ya en el prólogo del año 1871 de El origen de la tragedia dedicado a R. Wagner: Si la moral de esclavos había defendido la igualdad por encima de todo, y sentía un rencor instintivo por todo lo que destacaba, desde su defensa de la moral de señores Nietzsche apoya la idea contraria. Y, aunque no debería haberla defendido desde una perspectiva moral, pues “no hay fenómenos morales”, el tono de sus escritos y los términos utilizados indican que incurrió en esta contradicción en lugar de limitarse a manifestar su preferencia y opción personal, pero adoptando como perspectiva más objetiva la del modo de actuar de la Naturaleza, donde no hay animales buenos ni malos, donde no hay otra ley que la de la lucha por la vida. Claro que, a diferencia de lo que sucede en la Naturaleza y a diferencia de lo que hasta el momento ha sucedido en la sociedad -en la que de algún modo ha triunfado la moral de esclavos, de manera que han sido éstos quienes han impuesto sus valores-, la aspiración de Nietzsche era la de que surgiera una sociedad no democrática ni igualitaria sino aristocrática, hasta el punto de defender la esclavitud como un medio para que los nobles pudieran realizar “su tarea superior”, que fuera la que finalmente propiciase el advenimiento del superhombre.

En relación con el pasaje anterior, conviene insistir en que, desde el momento en que no existen valores ni deberes absolutos, todo es cuestión de gustos o de simpatías personales. Nietzsche tenía una capacidad intelectual y estética especialmente elevadas, y muy posiblemente esa capacidad y también su misma enfermedad le condujeron a vivir alejado de la masa y de la gente en general. Pero, además, no se trataba exclusivamente de un aislamiento físico sino también de un aislamiento en el terreno intelectual y en el de la sensibilidad, de manera que era muy difícil que entre la gente común y él se estableciera un contacto que fuera más allá de los saludos y frases convencionales, sintiendo que la distancia entre la masa y la “aristocracia” -y él mismo, en cuanto se sentía miembro de esa élite- era realmente insalvable. A partir de la toma de conciencia de esta lejanía se le planteaban dos posibles opciones, la reflejada en el pasaje de Aurora, antes citado, y la reflejada en un texto como el anterior, de Más allá del bien y del mal. La opción primera se asemejaba en cierto modo a la moral de esclavos, pero sin el resentimiento que servía de base a ésta, que tendía a la nivelación de todo y a rechazar todo lo que destacase, y sin el falseamiento de valores, propio del cristianismo, mientras que la segunda defendía la diferencia, ya que, si la desigualdad existía en la Naturaleza, no tenía ningún sentido oponerse a ella, y, si la evolución implicaba la lucha y la muerte o la esclavización de determinadas especies o individuos, no tenía por qué verse como un sacrilegio la práctica de esa misma lucha por la vida con todas las consecuencias que derivasen de ella.

El pensamiento social de Nietzsche no fue siempre tan novedoso como podría parecer: De hecho, pudo haber estado inspirado en su conocimiento de la cultura y de la filosofía griega, especialmente la relacionada con los sofistas Menón, Critias, Trasímaco y Calicles, cuyas teorías pudo conocer por la lectura de obras de Platón, como La República, en la que Trasímaco es uno de los interlocutores, y Gorgias, donde lo es Calicles. La opinión de que el valor de la moral o de la justicia era algo relativo existía ya en bastantes pensadores de este ámbito cultural, y Calicles -en el Gorgias platónico- había defendido un punto de vista muy próximo al que después defendió Nietzsche, diciendo que, en contra de lo que debería suceder de acuerdo con la physis,

…“los que establecen las leyes son los débiles y la multitud […] tratando de atemorizar a los hombres más fuertes […] Pero […] la naturaleza misma demuestra que es justo que el fuerte tenga más que el débil y el poderoso más que el que no lo es”[2]

…y que el más fuerte domine al débil y lo esclavice.

También Epicuro defendió un punto de vista similar al de los sofistas, aunque más sistemático y elaborado. Posteriormente, ya en el siglo XVII, tanto Hobbes como Spinoza defendieron la equivalencia entre derecho y poder. Y en el siglo XVIII, en el ámbito de la moral D. Hume criticó acertadamente el paso ilegítimo de proposiciones de ser a proposiciones de deber, y, en este sentido, manifestó su convicción acerca de la falta de legitimidad de este paso desde un punto de vista lógico. Hubo, en fin, diversos pensadores durante los últimos siglos cuyo pensamiento estuvo en algún sentido bastante próximo al punto de vista de Nietzsche y cuyos escritos fueron conocidos y valorados por él, como especialmente N. Maquiavelo, Th. Hobbes, B. Spinoza y M. Stirner.

Nietzsche estuvo de acuerdo con la generalidad de estos planteamientos, pero comprendió que no era esto lo que abiertamente se defendía en la sociedad, aunque sí tal vez lo que había sucedido en épocas antiguas, en las que los fuertes habían dominado, y lo que debería de suceder en el futuro, cuando nuevamente tal vez el superhombre recuperase el poder y reimplantase sus valores “superiores”, desligados de supuestos deberes ajenos a su voluntad y ligados a la espontaneidad vital, al amor a la vida terrena -la única existente-, y a la aceptación jubilosa del eterno retorno de todas las cosas.  

Nietzsche pertenecía a la minoría tan minoritaria que vibraba con la formidable música de Mozart, de Beethoven o de Wagner frente a la inmensa mayoría -la plebe-, a quien esa música no le decía nada. Y lo mismo, respecto a los demás aspectos de la cultura. Pero es cierto, en cualquier caso, que no tenía sentido que hablase de una “tarea superior” o de una “existencia superior”, pues no había argumento alguno a partir del cual pudiera afirmar la superioridad absoluta de determinada tarea o de determinada forma de vida sobre cualquier otra. Pero, a pesar de todo, de nuevo defendió desde la emotividad subjetiva lo que no podía defender desde la racionalidad objetiva.

En el capítulo siguiente de esta misma obra, a diferencia de Marx, que consideraba que la explotación cesaría con el triunfo final de la revolución comunista, Nietzsche juzgó, posiblemente con acierto, que situaciones como la de la explotación eran manifestaciones inevitables de la voluntad de poder:

“La “explotación” no es característica de una sociedad depravada o imperfecta y primitiva, sino que forma parte de la esencia de lo viviente, como función orgánica fundamental; es consecuencia de la voluntad de poder [...] ¡Seamos lo suficientemente honestos para admitirlo siquiera en nuestro fuero interno”[3].


A diferencia de Marx, que veía la explotación como una característica propia de los modos de producción económica anteriores a la esperada revolución comunista, Nietzsche la consideró como una característica inevitable de las relaciones humanas y como una simple manifestación más de la voluntad de poder, pero del mismo modo podría haber dicho que era una de las manifestaciones de la lucha por la vida, en la que los explotadores tenían sometidos a los explotados, es decir, los capitalistas a los trabajadores. Tal vez en esa continua lucha la situación podía cambiar, al igual que habían cambiado a lo largo del tiempo las clases dominante y dominada, pero, en cualquier caso, lo único que podía suceder era un cambio de explotador y de explotado, pero no la existencia de la explotación en sí. Y, si hacemos un repaso a la historia de la humanidad, observamos que eso es lo que ha pasado y sigue pasando en la actualidad, tal como observó el solitario de Sils


[1] BM, IX, 258.

[2] Platón: Gorgias, 483b-d. Por su parte, en La República, Trasímaco aparece manifestando que son quienes detentan el poder quienes establecen las leyes y de este modo establecen “la justicia”, que no es otra cosa que ese conjunto de leyes que les beneficia frente al resto de la población: “Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte” (República, I, 338c).

[3] BM, IX, cap. 259.

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