Nietzsche: La defensa
de un elitismo extremo
En un sentido radicalmente contrario, en Más allá del bien y del mal, Nietzsche defiende un elitismo tan extremo que le lleva a propugnar la esclavitud, considerando que el sentido y justificación de una sociedad no debería girar en torno a la búsqueda de la igualdad de sus miembros sino en torno a un grupo selecto de personas a las que por encima de todo habría que facilitar todos los medios posibles para su pleno desarrollo, aunque para ello hiciera falta…
…“el sacrificio de innumerables seres
humanos que por causa de ella [ = de la aristocracia] tienen que ser
reducidos a la condición de hombres incompletos, de esclavos e instrumentos”[1].
Se trata del mismo ideal que había
expuesto ya en el prólogo del año 1871 de El origen de la tragedia dedicado
a R. Wagner: Si la moral de esclavos había defendido la igualdad
por encima de todo, y sentía un rencor instintivo por todo lo que destacaba,
desde su defensa de la moral de señores Nietzsche apoya la idea contraria.
Y, aunque no debería haberla defendido desde una perspectiva moral, pues “no hay
fenómenos morales”, el tono de sus escritos y los términos utilizados indican
que incurrió en esta contradicción en lugar de limitarse a manifestar su preferencia
y opción personal, pero adoptando como perspectiva más objetiva la del modo de
actuar de la Naturaleza, donde no hay animales buenos ni malos, donde no hay
otra ley que la de la lucha por la vida. Claro que, a diferencia de lo que
sucede en la Naturaleza y a diferencia de lo que hasta el momento ha sucedido
en la sociedad -en la que de algún modo ha triunfado la moral de esclavos,
de manera que han sido éstos quienes han impuesto sus valores-, la aspiración
de Nietzsche era la de que surgiera una sociedad no democrática ni
igualitaria sino aristocrática, hasta el punto de defender la esclavitud
como un medio para que los nobles pudieran realizar “su tarea superior”, que fuera
la que finalmente propiciase el advenimiento del superhombre.
En relación con el pasaje anterior,
conviene insistir en que, desde el momento en que no existen valores ni deberes
absolutos, todo es cuestión de gustos o de simpatías personales. Nietzsche tenía
una capacidad intelectual y estética especialmente elevadas, y muy posiblemente
esa capacidad y también su misma enfermedad le condujeron a vivir alejado de la
masa y de la gente en general. Pero, además, no se trataba exclusivamente de un
aislamiento físico sino también de un aislamiento en el terreno intelectual y
en el de la sensibilidad, de manera que era muy difícil que entre la gente común
y él se estableciera un contacto que fuera más allá de los saludos y frases convencionales,
sintiendo que la distancia entre la masa y la “aristocracia” -y él mismo, en
cuanto se sentía miembro de esa élite- era realmente insalvable. A partir de la
toma de conciencia de esta lejanía se le planteaban dos posibles opciones, la
reflejada en el pasaje de Aurora, antes citado, y la reflejada en un texto
como el anterior, de Más allá del bien y del mal. La opción primera se
asemejaba en cierto modo a la moral de esclavos, pero sin el resentimiento
que servía de base a ésta, que tendía a la nivelación de todo y a rechazar todo
lo que destacase, y sin el falseamiento de valores, propio del cristianismo, mientras
que la segunda defendía la diferencia, ya que, si la desigualdad existía en la
Naturaleza, no tenía ningún sentido oponerse a ella, y, si la evolución implicaba
la lucha y la muerte o la esclavización de determinadas especies o individuos,
no tenía por qué verse como un sacrilegio la práctica de esa misma lucha por
la vida con todas las consecuencias que derivasen de ella.
El pensamiento social de Nietzsche no fue siempre tan novedoso como podría
parecer: De hecho, pudo haber estado inspirado en su conocimiento de la cultura
y de la filosofía griega, especialmente la relacionada con los sofistas Menón, Critias,
Trasímaco y Calicles, cuyas teorías pudo conocer por la lectura de obras de
Platón, como La República, en la que Trasímaco es uno de los
interlocutores, y Gorgias, donde lo es Calicles. La opinión de que el valor
de la moral o de la justicia era algo relativo existía ya en bastantes
pensadores de este ámbito cultural, y Calicles -en el Gorgias platónico-
había defendido un punto de vista muy próximo al que después defendió
Nietzsche, diciendo que, en contra de lo que debería suceder de acuerdo con la physis,…
…“los que establecen las leyes son los débiles y la
multitud […] tratando de atemorizar a los hombres más fuertes […] Pero […] la
naturaleza misma demuestra que es justo que el fuerte tenga más que el débil y
el poderoso más que el que no lo es”[2]…
…y que el
más fuerte domine al débil y lo esclavice.
También
Epicuro defendió un punto de vista similar al de los sofistas, aunque más sistemático
y elaborado. Posteriormente, ya en el siglo XVII, tanto Hobbes como Spinoza
defendieron la equivalencia entre derecho y poder. Y en el siglo
XVIII, en el ámbito de la moral D. Hume criticó acertadamente el paso
ilegítimo de proposiciones de ser a proposiciones de deber, y, en
este sentido, manifestó su convicción acerca de la falta de legitimidad de este
paso desde un punto de vista lógico. Hubo, en fin, diversos pensadores durante
los últimos siglos cuyo pensamiento estuvo en algún sentido bastante próximo al
punto de vista de Nietzsche y cuyos escritos fueron conocidos y valorados por
él, como especialmente N. Maquiavelo, Th. Hobbes, B. Spinoza y M. Stirner.
Nietzsche
estuvo de acuerdo con la generalidad de estos planteamientos, pero comprendió que
no era esto lo que abiertamente se defendía en la sociedad, aunque sí tal vez
lo que había sucedido en épocas antiguas, en las que los fuertes habían dominado,
y lo que debería de suceder en el futuro, cuando nuevamente tal vez el superhombre
recuperase el poder y reimplantase sus valores “superiores”, desligados de supuestos
deberes ajenos a su voluntad y ligados a la espontaneidad vital, al amor a la
vida terrena -la única existente-, y a la aceptación jubilosa del eterno retorno
de todas las cosas.
Nietzsche
pertenecía a la minoría tan minoritaria que vibraba con la formidable música de
Mozart, de Beethoven o de Wagner frente a la inmensa mayoría -la plebe-, a
quien esa música no le decía nada. Y lo mismo, respecto a los demás aspectos de
la cultura. Pero es cierto, en cualquier caso, que no tenía sentido que hablase
de una “tarea superior” o de una “existencia superior”, pues no había argumento
alguno a partir del cual pudiera afirmar la superioridad absoluta de
determinada tarea o de determinada forma de vida sobre cualquier otra. Pero, a
pesar de todo, de nuevo defendió desde la emotividad subjetiva lo que no podía
defender desde la racionalidad objetiva.
En el
capítulo siguiente de esta misma obra, a diferencia de Marx, que consideraba
que la explotación cesaría con el triunfo final de la revolución comunista,
Nietzsche juzgó, posiblemente con acierto, que situaciones como la de la explotación
eran manifestaciones inevitables de la voluntad de poder:
“La “explotación” no es característica de una
sociedad depravada o imperfecta y primitiva, sino que forma parte de la esencia de lo viviente, como función
orgánica fundamental; es consecuencia de la voluntad de poder [...] ¡Seamos lo
suficientemente honestos para admitirlo siquiera en nuestro fuero interno”[3].
[1] BM, IX, 258.
[2]
Platón: Gorgias, 483b-d. Por su parte, en La República, Trasímaco
aparece manifestando que son quienes detentan el poder quienes establecen las leyes
y de este modo establecen “la justicia”, que no es otra cosa que ese conjunto de
leyes que les beneficia frente al resto de la población: “Afirmo que lo justo
no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte” (República, I, 338c).
[3] BM, IX, cap. 259.
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