miércoles, 23 de febrero de 2022

 

Nietzsche: El falseamiento de valores en el cristianismo

 

 

 

En La genealogía de la moral, I 14, Nietzsche trata de la creación de ideales -o de valores-, que en el caso de la “moral de esclavos” del cristianismo habría consistido más bien en un falseamiento de ideales basado en la mentira, en el resentimiento y en lo que, según la terminología del Psicoanálisis, se designa como racionalización, consistente en un autoengaño inconsciente por el cual se trata de justificar mediante argumentos que resultan satisfactorios pero que no son los verdaderos, aquellas acciones cuyos motivos auténticos resulta angustioso aceptar. Desde una perspectiva como ésta Nietzsche juzga que los seguidores de la moral de esclavos transforman (mendazmente) la debilidad en mérito; la impotencia en ‘bondad’; la temerosa bajeza en ‘humildad’; la sumisión a quienes se odia, en ‘obediencia’... a Dios; la cobardía en paciencia; “el no-poder-vengarse” se presenta como no-querer-vengarse, y tal vez incluso como perdón.

Quienes así actúan son miserables, pero

- “La obra maestra de esos nigromantes [...] esos animales de sótano, llenos de venganza y de odio […] lo que piden no lo llaman venganza y castigo sino ‘el triunfo de la justicia’; dicen que no odian a su enemigo [...] sino la ‘injusticia’, la ‘impiedad’; dicen que no esperan la venganza […], sino la victoria de Dios, del Dios justo sobre los impíos; […]

—¿Y cómo llaman a lo que les sirve de consuelo en todas las desventuras de la vida […]?

—[…] Lo llaman ‘el juicio final’ […] pero dicen que por lo pronto, viven ‘en la fe’, ‘en el amor’, ‘en la esperanza’ ”.

—¡Basta ya! ¡Basta!”[1].

Aunque las críticas de Nietzsche son acertadas por su agudeza psicológica en la interpretación del origen profundo de muchas de las “virtudes” de la moral de esclavos, tampoco aquí presenta estas críticas de un modo meramente descriptivo sino que aparecen enmarcadas en una perspectiva moral (!) negativa contra esos valores basados en la hipocresía y en el resentimiento. Esta crítica sería comprensible si sólo fuera la expresión de una antipatía espontánea, pues todos tenemos nuestras preferencias de manera natural, aunque seamos deterministas y aunque consideremos la moral absoluta como un error. Pero, en cualquier caso, las críticas de Nietzsche serían incorrectas en cuanto pretendiera expresar algo distinto de su personal antipatía hacia los valores de la plebe, pues el hecho de que la “nobleza religiosa” disfrace, consciente o inconscientemente, sus valores y los presente como “virtudes” sublimes sólo representa un aspecto concreto de su lucha contra la “nobleza guerrera” mediante esas armas que, aunque basadas en la hipocresía y en la mentira, no pueden ser criticadas desde una perspectiva moral en cuanto la moral había sido previamente criticada. En definitiva, se trata de armas con el mismo valor que las empleadas por los nobles, pero, según parece, mucho más eficaces en el mundo en que vivimos. Recordemos que en la lucha por la vida todo vale y que la eficacia o el valor de las armas empleadas sólo queda demostrada por su éxito en esa lucha. Reparemos también en que esos “antivalores” de la moral de esclavos se emplean con toda normalidad en todas las guerras: El espionaje, la mentira, el camuflaje, la apariencia, el asesinato… Lo mismo hay que decir de la pretensión de Nietzsche de legislar acerca de qué valores valen o no valen, considerando despreciable la racionalización que hayan podido realizar los creadores de la moral de esclavos en relación con sus valores, pues en cuanto la moral sólo sea “una mentira piadosa”[2], ningún juicio de alabanza o de condena moral tiene sentido.

- En GM, I 15, Nietzsche insiste en sus críticas de carácter moral (!) y ataca a la plebe, a esos “falseadores de la realidad”, y dice de ellos que necesitan la vida eterna para poder resarcirse eternamente, es decir, para poder vengarse, de la vida terrena “en la fe, en el amor, en la esperanza”. Considera además que sobre la puerta del paraíso cristiano y de su “bienaventuranza” podría inscribirse, al estilo de Dante pero al revés, “también a mí me creó el odio eterno[3], pues esa bienaventuranza no se relaciona con el amor sino con el odio y la crueldad, tal como se pone especialmente de manifiesto en los textos antes citados de Tomás de Aquino, de Tertuliano y del Apocalipsis, ejemplos del resentimiento cristiano por el que una parte importante de la bienaventuranza de los elegidos iba a consistir en la satisfacción de contemplar los castigos eternos de los condenados.

Por ello, aunque la doctrina del amor también está en el cristianismo, lo está de manera contradictoria, tanto en la teoría como en la práctica, pues tal doctrina es incompatible con el castigo del Infierno, y tanto en Tomás de Aquino como en Tertuliano o como en el Apocalipsis y en los mismos evangelios aparecen continuas referencias a ese castigo tan absurdo, cuyo valor no es otro que el de la venganza irracional más absoluta. Pero Nietzsche parece olvidar que, según él mismo defiende, en cuanto todo está ligado por la necesidad, en ningún caso tienen sentido las críticas morales, como las que hace a esas racionalizaciones -en cuanto serían igualmente necesarias, como cualquier otro fenómeno- aunque sí pueda tener una explicación psicológica su antipatía hacia tales valores morales basados en el resentimiento. En relación con el castigo eterno del Infierno conviene tener presente que desde la moral de esclavos la principal utilidad de los castigos es la de satisfacer la sed de venganza de los “buenos” o la de quienes suelen pedir “justicia”, cuando lo que realmente desean es “venganza”, que nada soluciona. Dicha venganza –o dicha “justicia”-, sería contradictoria además con el supuesto amor infinito de Dios.

La idea del castigo está tan asociada a la del pecado que para una mayoría de cristianos ni Dios mismo podría actuar en contra de la justicia liberando del Infierno al pecador, y así, de manera contradictoria, la supuesta justicia, como valiosa por sí misma, estaría por encima de la supuesta omnipotencia e infinita misericordia divinas, de forma que el mismo Dios estaría limitado en su supuesta omnipotencia por la necesidad de actuar sometiéndose a dicha “Justicia”. Como se verá más adelante, Nietzsche critica acertadamente esta unión, que tan natural parece, entre pecado y castigo, unión por la que se da a entender de manera absurda que el castigo sirve para pagar por el pecado.  

- En GM, I 16, indica Nietzsche que, en la lucha entre los dos ideales, el noble y el plebeyo, ha triunfado el segundo, aunque la lucha todavía continúa. El símbolo que expresa esta lucha es “Roma contra Judea, Judea contra Roma”, donde “Roma” es el símbolo de los “nobles”, mientras que “Judea” es el de los “esclavos”. Y en el Apocalipsis de Juan,

“la más salvaje de todas las invectivas escritas que la venganza tiene sobre su conciencia”[4],

puede contemplarse la visión de Judea: el triunfo de la moral de los débiles, aunque en aquel tiempo lo que los judíos anhelaban era la liberación de su pueblo respecto al yugo romano y no el odio porque sí, de manera que en este ámbito no fueron los judíos en general quienes crearon la moral de esclavos sino un pequeño grupo de ellos, escandalizado tal vez por la actitud ser-vil de las autoridades religiosas judías ante Roma y por la hipocresía con que cumplían con las doctrinas de su propia religión, pero especialmente por su “voluntad de poder”, como diría Nietzsche, es decir, por su necesidad y deseo de triunfar frente a las autoridades políticas y religiosas que les tenían sometidos. Pablo de Tarso captó muy bien el sistema de valores con el que podrían ser aceptados por el imperio romano llegando finalmente a vencer no sólo desde la perspectiva de sus valores morales sino incluso desde la política, pues, aunque el imperio romano sucumbió, el cristianismo y su jerarquía sobrevivió y sigue gozando de buena salud, tanto en el ámbito religioso como en el político.

Según el punto de vista de Nietzsche, “no ha habido en la tierra hombres más fuertes ni más nobles” que los romanos, mientras que los judíos fueron, en cambio, el pueblo sacerdotal del resentimiento por excelencia. Pero el pensador alemán sigue hablando de cualidades que serían mejores o peores (“más fuerte”, “más noble”), sin reparar en que este punto de vista resulta nuevamente contradictorio con su rechazo de la moral, rechazo que implica que los valores pueden ser diversos, pero no mejores ni peores en un sentido absoluto.

Por otra parte, habría que diferenciar entre el resentimiento, propio de la moral judeo-cristiana, y las reivindicaciones y luchas de la clase trabajadora por lograr mejoras económicas, laborales y sociales que alcancen a todos, pues mientras en la moral judeo-cristiana el resentimiento pudo tener una fuerza especial sobre todo en el pasado, en la lucha del proletariado no tiene por qué ser el único origen de sus luchas y de sus reivindicaciones, pues de manera especial lo es la conciencia de que, mientras ellos producen la riqueza en condiciones económicas y laborales miserables, apenas reciben una compensación económica y unas condiciones laborales que les permitan la supervivencia en condiciones aceptables, de manera que el capitalista, aprovechándose de su situación dominante, se apropia de la práctica totalidad de los beneficios producidos. Es natural, por ello, que las revoluciones se produzcan cuando el nivel de opresión de los trabajadores se hace insoportable y es igualmente natural que se produzcan enfrentamientos contra la clase social que les hunde en la miseria. En este punto, aunque Nietzsche llega a pronunciarse en algún momento con cierta preocupación por la clase trabajadora, su elitismo le lleva en general a defender las diferencias de clase y los privilegios de la “nobleza” frente a la “plebe”.

Por otra parte, conviene insistir en que en este conflicto entre la clase capitalista y el proletariado la primera no se identifica con la nobleza guerrera sino con la nobleza sacerdotal, que fue la que triunfó contra la nobleza guerrera en la revolución francesa de 1789. Ahora la lucha o las tensiones se producen entre la nobleza sacerdotal, que detenta el poder económico y político, y la plebe proletaria, que trata de conseguir sus reivindicaciones económico-laborales, aunque sus posibilidades de conseguirlo parecen muy escasas.

Nietzsche considera que, en el enfrentamiento entre los señores y los esclavos ha vencido Judea, es decir, los “esclavos”. Roma -los “nobles”- ha sucumbido. Indica que el Renacimiento significó una espléndida resurrección del ideal clásico a nivel de la jerarquía católica -representada especialmente por el papa Alejandro VI y dos de sus hijos, César Borgia y Lucrecia Borgia, o también por el papa León X. Pero Nietzsche pecó de ingenuo cuando creyó que la iglesia posterior a la del Renacimiento representó un nuevo triunfo de la moral de esclavos, pues no comprendió que lo único que había pasado fue que la nobleza sacerdotal comprendió el grave peligro representado por el protestantismo y no tuvo más remedio que actuar de manera más hipócrita todavía, reservando para el ámbito privado la práctica de aquellos valores que parecían exclusivos de la nobleza guerrera, lo cual no equivalía precisamente a condenar tales valores propios de la moral de señores y a poner en práctica por auténtica convicción los valores de la moral de esclavos del cristianismo.  

Por ello el pensador alemán consideró que, como consecuencia de la Reforma Protestante de Lutero y, después, de nuevo en la Revolución Francesa, había triunfado el ideal judío, en cuanto la burguesía que triunfó sobre el feudalismo provenía de la nobleza sacerdotal burguesa y de la masa popular conducida por dicha nobleza sacerdotal revolucionaria. Pues, en efecto, tanto los reformadores religiosos como los dirigentes revolucionarios provenían de la nobleza sacerdotal, mientras que la masa, como siempre, pertenecía a la plebe, que había sido adoctrinada por aquella clase sacerdotal y que, a pesar de todo, ha permanecido hundida en la miseria.

El camino alternativo al del resentimiento, al del primado de los más, juzga Nietzsche que apareció de nuevo en Napoleón, esa “síntesis de inhumanidad y de superhombre. Pero de nuevo fracasó con su derrota, de manera que los valores de la “moral de esclavos” siguieron prevaleciendo hasta ahora.

Finalmente, en GM I 17, expresa Nietzsche su deseo de que esa antítesis de ideales vuelva a plantearse y triunfe el ideal “noble”, situado “más allá del bien y del mal”.

Pero, de nuevo habría que objetar a Nietzsche que no reparase en la incoherencia entre su afirmación de que “no hay fenómenos morales” y su pronunciamiento “moral” en favor de los valores considerados por él como nobles frente a los valores de la moral de esclavos. Su actitud refleja simplemente un elitismo extremo, que, en cuanto la moral absoluta no tiene valor, tampoco es criticable desde una perspectiva moral, aunque sí lo es en cuanto Nietzsche defienda tal elitismo desde un punto de vista moral, por su carácter contradictorio.

A esto habría que añadir que, a pesar de que Nietzsche reconoce que los creadores de la “moral de esclavos” fueron los mismos nobles carentes de fuerza física pero dotados de inteligencia y astucia, es decir, la “nobleza sacerdotal”, tiende sin embargo a hablar de forma generalizada considerando a la masa, a los débiles, no sólo como simples seguidores de la moral de esclavos, sino también como formando una única clase junto con sus auténticos creadores, a pesar de que la masa, inculta y hundida en la miseria, no tenía las cualidades psíquicas apropiadas para crear ninguna moral sino que habría sido adoctrinada por aquella nobleza sacerdotal y tendría un papel de rebaño, adoctrinado y sumiso con sus dirigentes.

Por otra parte, la valoración que Nietzsche presenta de los momentos históricos en que habría dominado la nobleza guerrera es en gran medida un espejismo, pues, aunque practicaron el inmoralismo de hacer lo que quisieron sin otra ley que la de su voluntad acompañada de su fuerza, no destacaron por valores culturales ni desde el punto de vista científico ni el artístico, aunque en algunos casos actuasen como mecenas de artistas (arquitectos, pintores, escultores, músicos), pero más por favorecer su imagen de “mecenas” y de auténticos defensores de la cultura que por auténtica valoración del arte. Recordemos además que gran parte de su obra, sobre todo de arquitectura, escultura, pintura y música, se dirigió a exaltar lo relacionado con la simbología del cristianismo    

 



[1] GM I 14.

[2] SPM, Otoño 1885-86; p. 252.

[3] En La divina comedia de Dante, a la entrada del Infierno, figuran las palabras: “También a mí me creó el amor eterno”.

[4] GM I 16.

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