viernes, 9 de mayo de 2008

La soberbia de un lacayo
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

El señor Aznar acaba de comunicar hace unos días que se ha enterado de que en Irak no había armas de destrucción masiva. ¡Enhorabuena por sus progresos! Sin embargo, su comunicado ha venido acompañado de nuevas mentiras y de ridículos sofismas, y su sentido de la humildad no le ha permitido disculparse por la irresponsable decisión de hacer intervenir a España en una guerra absurda.
En su discurso del día 7 en Pozuelo de Alarcón, pretendiendo hacernos cómplices de su estulticia, dijo que en 2003 «todo el mundo pensaba que había armas de destrucción masiva…» en Irak. Y dijo tal insensatez a pesar de que lo único que casi todo el mundo sí sabía era que los inspectores de la ONU habían visitado Irak con resultados siempre negativos.
Después del atentado contra las Torres Gemelas el inepto mister Bush quiso recuperar su ya escaso prestigio mediante una ciega agresión que hiciera olvidar la humillación recibida. Y la bestial agresión a Irak fue la respuesta de este irresponsable. Fue un crimen contra la humanidad, tanto de quien fue su protagonista principal como de quienes fueron simples marionetas serviles. Nuestro ínclito presidente, fiel vasallo de su tejano señor, aplaudió tal agresión, asumiendo la absurda justificación de aquel pistolero, oponiéndose a la opinión y a los deseos de la inmensa mayoría de nuestro pueblo y despreciando las resoluciones de la ONU.
Iniciar una guerra “por si acaso”, “porque me da la gana” o porque se trata de “una guerra preventiva”, no es más que una excusa de quienes carecen de escrúpulos ante el sufrimiento y las muertes provocados por sus decisiones criminales. Durante la dictadura franquista también en España se realizaban “detenciones preventivas” contra cualquier sospechoso de conspirar en favor de la libertad: Los agentes del orden y de la justicia consideraban a priori que cualquier detenido era culpable mientras no demostrase lo contrario. Y, así, a nuestro iluminado líder, nostálgicamente inspirado, le resultó muy fácil asumir que Irak era culpable mientras no demostrase lo contrario.
Claro que, con esas argumentaciones nuestro esclarecido dirigente hubiera podido tomar la decisión “preventiva” de agredir a Portugal o a la misma Andorra “por si acaso”, en cuanto también hubieran podido poseer alguna de aquellas armas. Pero es que, suponiendo que Irak hubiese tenido tales armas, eso no podía ser un argumento para intervenir en aquella guerra, pues, en caso contrario, con mucho mayor motivo nuestro genial dirigente hubiera debido declarar la guerra a los Estados Unidos, país del que sí se sabía que disponía de aquellas armas.
Este histriónico personaje se excusa cínicamente diciendo que tuvo el «problema de no haber sido tan listo y no haberlo sabido antes», añadiendo a continuación, «pero es que, cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía». Y es verdad que no fue “tan listo” -eso pocos lo dudan-, pero ignoro si el grado de su necedad llegó hasta el punto de impedirle comprender que una cosa es ignorar que en Irak no había armas de destrucción masiva y otra muy distinta es deducir a partir de tal ignorancia la absurda conclusión, defendida con tanta soberbia y dogmatismo, de que sí las había. Tal afirmación fue una mentira insultante contra nuestro pueblo por cuanto si ahora sabe que no había aquellas armas, no puede ser verdad que entonces supiera que sí las había. Su mentira fue además especialmente grave porque sólo fue una excusa repugnante para justificar su previa decisión de apoyar a su patrono en sus inocentes “juegos de guerra”.
Encima pretende hacernos cómplices de sus funestas decisiones añadiendo que entonces «nadie lo sabía» y pasando por alto que era él quien, como presidente, tenía la obligación de haber sabido antes de haber decidido sobre un asunto tan serio como el de participar en una guerra. Sin embargo, prefirió creer las mentiras de aquel vaquero y convertirlas en verdad sacrosanta, desoyendo las voces de nuestro pueblo y decidiendo que España participase en aquella guerra infame. Por desgracia, después de esta decisión tan servil se produjeron los atentados de Atocha.
El servicial amigo de Bush dijo también que el gobierno «tomó la decisión que tomó porque creía que era lo más conveniente para los intereses nacionales». Hitler habría podido decir exactamente lo mismo cuando se anexionó los Sudetes o cuando se anexionó Austria y todo lo que siguió después, pues también él pudo creer que su decisión “era lo más conveniente para los intereses nacionales”. Desconozco a qué “intereses nacionales” se refería nuestro dirigente de infausta memoria, pero si no tenía otros que los de mostrar su servicialidad rastrera ante su cacique tejano o los de participar en el botín de aquella guerra, como un buitre carroñero, habría sido muy ignominioso para nuestro pueblo estar representado por un personaje de tal catadura moral y política, pues, si una guerra defensiva es totalmente legítima, una guerra de agresión, basada en tales “intereses nacionales”, es una vergonzosa y absoluta ruindad.
Afirmó además que ni España ni su gobierno «enviaron una sola persona a combatir en la guerra de Irak» y que, en caso de haberlo hecho, «hubieran sido soldados profesionales”. Pero se trata de una excusa ridícula, pues tales soldados, por muy profesionales que fuesen, representaban a nuestro pueblo, el cual en su inmensa mayoría se había manifestado en contra de aquella guerra.
Si puede extraerse alguna lección de toda aquella pesadilla es la de que, antes de votar en unas elecciones, quienes defendemos los derechos humanos, los valores democráticos y la libertad no otorguemos nuestro voto a enanos mentales pretenciosos que, despreciando tales valores, al estilo de Luis XIV pretendan hacernos callar diciéndonos: “La Verdad soy Yo”.

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