jueves, 8 de mayo de 2008

4. Nietzsche: La doctrina del Eterno Retorno
Nietzsche contó precisamente con esta nueva doctrina del Eterno Retorno como un “descubrimiento” que, si no le sirvió para superar el nihilismo –superación que ya se había dado mediante el conocimiento del carácter unitario de la realidad y mediante la ayuda de la capacidad de recreación artística de dicha realidad-, sí le sirvió para potenciar hasta un grado supremo el enaltecimiento del valor de la vida a partir de la toma de conciencia del valor eterno de cada uno de sus acontecimientos. Tal teoría se tenía su base racional en la consideración de que, siendo limitada la cantidad de partículas últimas o de fuerzas existentes en el Universo y siendo ilimitado el tiempo, las posibles combinaciones de estas partículas o de estas fuerzas, deberían tener igualmente un carácter limitado por muy extraordinario e impensable que pudiera ser el número de sus combinaciones. En consecuencia, todos los fenómenos que se han producido a lo largo del tiempo serían ya la repetición de una serie idéntica que se produjo infinitas veces en los infinitos ciclos anteriores del Eterno Retorno y que infinitas veces volverán a repetirse.
Por ello, si a través de la vivencia del carácter dionisíaco de la existencia el individuo quedaba fusionado, pero a la vez perdido en la unidad del Ser, y si la eternidad de la vida correspondía exclusivamente a ese Ser absoluto, la doctrina del Eterno Retorno significará el enriquecimiento pleno de la vida individual, al comprenderse que no sólo es eterna aquella unidad dionisíaca del Ser sino todas sus manifestaciones, que ya no serán “innumerables”, como había considerado Nietzsche en El origen de la tragedia, sino limitadas y, por ello, eternamente repetidas, una vez acabado el ciclo en el que todas ellas se realizan.
Esta doctrina, sin embargo, no tiene un carácter necesariamente positivo respecto al valor de la vida sino que sólo lo tiene para quien previamente ha conseguido llegar a su previa valoración optimista, pues, según indica en La gaya ciencia, la conciencia del Eterno Retorno podría conducir a la desesperación a aquel que, habiendo llegado a una valoración pesimista de la vida, llegase a tomar conciencia de su constante y eterna repetición, y, por ello, sólo podría ser aceptado con entusiasmo por aquel que realmente la hubiese amado ya:
“¿Qué ocurriría si día y noche te persiguiese un demonio en la más solitaria de las soledades diciéndote: ‘Esta vida, tal como al presente la vives, tal como la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y en ella nada habrá de nuevo; al contrario, cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida, se reproducirán para ti, por el mismo orden y en la misma sucesión; también aquella araña y aquel rayo de luna, también este instante, también yo. El eterno reloj de arena de la existencia será vuelto de nuevo y con él tú, polvo del polvo?’. ¿No te arrojarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablaba? ¿O habrías vivido el prodigioso instante en que podrías contestarle: ‘¡Eres un dios! ¡Jamás oí lenguaje más divino!’ Si este pensamiento arraigase en ti, tal como eres, tal vez te transformaría, pero acaso te aniquilara: la pregunta ‘¿quieres que esto se repita una e innumerables veces’ ¡pesaría con formidable peso sobre tus actos, en todo y por todo! ¡Cuánto necesitarías amar entonces la vida y amarte a ti mismo para no desear otra cosa que esta suprema y eterna confirmación!”
Un planteamiento similar a éste es el que aparece en Así habló Zaratustra, donde el Eterno Retorno aparece más claramente como una doctrina positiva que contribuye a dotar a la vida de un valor más definitivo y absoluto por su carácter eterno:
“Ahora me muero y extingo y al instante seré una nada [...] Mas retorna el nudo de causas de que estoy prendido; ¡este nudo me volverá a crear! Yo mismo figuro entre las causas del eterno retorno.
Retornaré junto con este Sol, esta tierra, este águila y esta serpiente -no a nueva vida, no a mejor vida ni vida por el estilo; -retornaré eternamente a esta misma vida, en lo más grande y también en lo más insignificante, para que enseñe de nuevo el eterno retorno de todas las cosas” .
El hombre que sea capaz de decir sí a la vida, aunque sólo sea por un instante, habrá dicho sí al Eterno Retorno, pues la afirmación de cualquier instante implica la aceptación de todos, en cuanto todos ellos son condiciones necesarias para la aparición de ese que hemos amado y por el que se redimen todos los aspectos negativos de esa vida:
“¿Alguna vez dijisteis sí a un gozo? Oh, amigos míos, entonces también dijisteis sí a toda pena. Todas las cosas están entrelazadas, entretejidas por el amor; --...Si alguna vez lo deseasteis todo otra vez, todo eterno, todo entrelazado, entretejido por el amor, oh, entonces amasteis el mundo.
-Eternos, amadlo eternamente, y también a la pena decid: '¡Vete, pero retorna!' Pues todo gozo quiere –eternidad” .
El individuo queda así recuperado como tal para toda la eternidad y no meramente fundido en un Ser absoluto, en el que se perdiera definitivamente su conciencia personal propia. Por ello Nietzsche, ante el pensamiento de que eternamente hemos vivido y eternamente deberemos vivir la misma vida, exhorta a que “¡imprimamos el sello de la eternidad en nuestra vida!” y a que vivamos de modo que deseemos “vivir otra vez y vivir del mismo modo eternamente” .
4.1. El Eterno Retorno tiene además un significado especial por lo que se refiere a la recuperación de la inocencia del devenir y de la consideración de la realidad en cuanto situada situada más allá del bien y del mal, al margen de cualquier interpretación moral, pues cualquier forma de condena moral carece totalmente de sentido en cuanto, al estar todo entrelazado, el hecho de reprobar cualquiera de sus aspectos implicaría la reprobación de todo aquello que depende de lo reprobado, pero ese todo es en realidad toda la realidad en cuanto todo está enlazado. En consecuencia, tal reprobación termina negándose a sí misma al final cualquiera de los infinitos ciclos del Eterno Retorno, y la consecuencia es la de que toda la realidad queda valorada afirmativamente.
“Nada de lo que acaece puede ser en sí reprobable; [...] toda vez que todo va de tal modo ligado a todo que querer excluir algo equivale a excluirlo todo. Un acto reprobable significa que el mundo entero está reprobado [...]
Y en el mundo reprobado hasta el reprobar sería reprobable [...] Y la consecuencia de tal mentalidad que todo lo reprueba sería una práctica que todo lo afirma [...] Si el Devenir es un inmenso ciclo, todo es de igual valor, eterno y necesario” .
4.2. Por lo que se refiere al fundamento de la doctrina del Eterno Retorno, Nietzsche la presenta como un descubrimiento personal, a pesar de encontrar pensamientos parecidos en la filosofía estoica, influida a su vez por la de Heráclito y, especialmente, a pesar de que una doctrina similar aparece también en los escritos de A. Schopenhauer. Es ciertamente sorprendente que Nietzsche no recordase esta fuente, a pesar de la gran admiración que tuvo por su predecesor. Quizá la leyó en algún momento, quizá luego la olvidó y quizá más adelante su inconsciente le ayudó a redescubrirla sin recordar que la había asimilado de sus lecturas anteriores. En cualquier caso lo que parece muy improbable es que Nietzsche ocultase de manera consciente la fuente de una doctrina que sólo utilizó desde el año 1881 y de la que habló como de un descubrimiento personal.
No obstante y como ya se ha señalado, Schopenhauer se refirió claramente a esta doctrina en su obra El mundo como voluntad y como representación escribiendo lo siguiente:
-“Podemos comparar el tiempo con un círculo que diera vueltas eternamente; la mitad que desciende sería el pasado; la otra mitad que siempre asciende el futuro, y el punto superior indivisible que marca el contacto con la tangente sería el presente inextenso” .
- “reconocerá su existencia como algo necesario quien considere que hasta el momento actual en el que existe ha transcurrido ya un tiempo infinito, y por lo tanto una infinidad de cambios, y no obstante ello, él existe: la serie entera de todos los estados posibles se ha agotado ya sin que haya podido suprimir su existencia. Si pudiera dejar de existir en algún momento, ya no existiría en este instante, pues la infinidad de tiempo pasado agotó ya todos los acontecimientos posibles dentro del tiempo, y nos garantiza que todo cuanto existe, existe necesariamente [...] Del hecho de que existimos se sigue que debemos existir siempre [...] como el individuo no tiene recuerdo alguno de su existencia anterior al nacimiento, tampoco después de la muerte podrá tener recuerdo de su actual existir. Pero cada cual coloca su yo en la conciencia y ésta se nos presenta sujeta a la individualidad, con lo cual desaparece todo lo que le es peculiar y lo distingue de los otros” .
En diversos lugares de su obra -y en especial en sus escritos póstumos acerca de La voluntad de poder- Nietzsche presenta la doctrina del Eterno Retorno desde una perspectiva racionalista que, apoyada básicamente en la consideración del carácter limitado de la energía existente en el universo, viene a concluir que, siendo limitadas sus posibilidades combinatorias y no habiendo alcanzado ya un equilibrio final que determinase que el universo pasara del devenir al ser, el devenir es la única realidad que cíclicamente repite infinitas veces las finitas combinaciones que admite la energía limitada de que está formado.
Son numerosas las ocasiones en que Nietzsche expone sus pensamientos acerca de esta doctrina, pero resultan especialmente claras las siguientes:
“La medida de la fuerza del Todo es definida, no ‘infinita’ [...] Por consiguiente, el número de constelaciones, cambios, combinaciones y evoluciones de esta fuerza es inmenso y prácticamente ‘inconmensurable’, pero de todos modos definido, no infinito. Sí es infinito el tiempo durante el cual ejerce su fuerza el Todo; es decir, la fuerza es eternamente idéntica y eternamente operante: -- hasta este instante, ya ha transcurrido una infinitud, es decir, deben de haberse dado ya todas las evoluciones posibles. ¡Por consiguiente, la evolución actual debe de ser una repetición, y lo mismo la que la generó y la que nacerá de ella, y así sucesivamente hacia adelante y hacia atrás! Todo ha existido infinitas veces” .
Indica Nietzsche que esta repetición cíclica tiene como condición el carácter finito de la fuerza, puesto que si fuera infinito, aunque el tiempo también lo fuera, admitiría entonces una posibilidad también infinita de variaciones:
“En un tiempo se creía que la actividad infinita en el plano temporal presuponía una fuerza infinita que no se agotaba jamás. Ahora a la fuerza se la concibe como idéntica, y ya no tiene por qué ser infinita. Es eternamente operante, mas ya no puede dar lugar a un número infinito de casos, tiene que repetirse” .
A lo largo de estas reflexiones llega a considerar que sólo desde la hipótesis falsa de la existencia de un espacio infinito, podría pensarse, como alternativa a la doctrina del Eterno Retorno, algo así como la disolución progresiva de la fuerza en medio de esa infinitud:
“Sólo sobre el supuesto falso de un espacio infinito donde la fuerza, como quien dice, se volatilice es el estado último un estado improductivo, muerto” ,
pero ya en otro lugar, de acuerdo con los planteamientos kantianos, había negado el carácter material del espacio, y, en consecuencia y con mayor motivo, el de un espacio infinito:
"Al igual que la materia, el espacio es un modo subjetivo, no así el tiempo. El espacio sólo se originó a raíz del postulado de un espacio vacío. Tal no existe. Todo es fuerza" .
Teniendo en cuenta estas reflexiones, Nietzsche concluye considerando que
“Si el mundo tuviese un fin, ese fin ya se habría alcanzado [...] Si el mundo fuese, en general, capaz de inmovilizarse, de cristalizarse, de ‘ser’, si en toda la serie del devenir poseyese un solo instante esa capacidad de ‘ser’, haría mucho tiempo que hubiera terminado todo devenir [...] La idea de que el mundo evita deliberadamente una meta y que sabe prevenirse astutamente de caer en un movimiento cíclico debió ocurrírseles a todos los que querían imponer al universo la facultad de producir eternamente novedad, o sea, de imponer a una fuerza finita, definida [...] la maravillosa capacidad de transformar hasta el infinito sus formas y posiciones [...]” ,
pero, frente a esta interpretación, basada en la antigua costumbre de imaginar “que en alguna parte ‘vive todavía el viejo Dios’” dirigiendo el universo, considera Nietzsche que “todo el devenir consiste en la repetición de un número finito de estados absolutamente idénticos entre sí” , puesto que “al mundo le falta la facultad de producir eterna novedad” .
Sin embargo, las reflexiones de Nietzsche acerca del valor de esta doctrina no estuvieron acompañadas de una confianza sin fisuras en su verdad. Una prueba de ello podemos encontrarla en sus escritos póstumos, donde, frente a lo escrito en la cita anterior y adelantándose a la perspectiva posterior de Bergson, escribe que “es un hecho que sin cesar se genera algo absolutamente nuevo” . En esta misma línea de autocrítica, desde un enfoque puramente racionalista al estilo de Parménides e intentando llegar a una explicación plenamente clara del modo de ser del Universo, plantea una serie de consideraciones con las que manifiesta sus propias dudas y sospechas acerca del valor de esta doctrina:
“¿No es la misma existencia de cualquier disparidad, de cualquier falta de circularidad del mundo que nos circunda, una prueba suficiente en contra de una uniforme circularidad de todo lo existente? ¿De dónde la diferencia dentro del ciclo? ¿De dónde la duración de tal diferencia transcurrente? ¿No es todo, con mucho, demasiado diverso como para reconocer un origen uno? [...] En el supuesto de que exista una uniforme ‘energía de contracción’ en todos los centros de fuerza del Universo, ¿de dónde puede provenir la más mínima diferencia? [...] ¿Será [...] que el desarrollo de cualidades es un proceso que en sí carece de legalidad? ¿Será que de la ‘fuerza’ puede nacer una diversidad?” .
Pero, ante esta serie de problemas y renunciando a esa forma de comprensión racionalista que debería conducir a la idea del Universo como una fuerza absolutamente homogénea, Nietzsche concluye en la consideración de que el Universo se encuentra más allá de los límites de lo racional, en cuanto
- “El movimiento cíclico no es nada devenido, es la ley primaria así como el quantum de fuerza es una ley primaria, sin excepción y sin rebasamiento. Todo devenir tiene lugar dentro del movimiento cíclico y el quantum de fuerza” ; y en cuanto que
- “El 'caos del Universo' como exclusión de toda actividad con miras a un fin no está reñido con la idea de movimiento cíclico: es que éste último es una necesidad en que no entra para nada la razonabilidad, exenta de cualquier consideración formal, ética o estética”
4.3. Consideraciones críticas.- La doctrina del Eterno Retorno representó para Nietzsche uno de los pilares fundamentales de su filosofía desde el preciso instante en que llegó a intuirla -agosto de 1881, según lo cuenta en Ecce Homo - . Su aceptación tiene algo de paradójico en cuanto Nietzsche fue un acérrimo defensor de la veracidad y de la búsqueda perseverante de la verdad por encima de cualquier otro objetivo, y, sin embargo, aunque dedicó a esta doctrina abundantes y profundas reflexiones, llegó a asumirla con una certidumbre subjetiva que resulta sorprendente por cuanto se trata de una doctrina que, al margen de su mayor o menor verosimilitud, se encuentra bastante alejada de las exigencias propias de la teoría del conocimiento y de la metodología científica a la hora de poder ser considerada como verdadera y evidente. Pues, en efecto, desde el punto de vista de lo que representa un criterio adecuado de investigación para tratar de alcanzar un conocimiento objetivo, la doctrina del Eterno Retorno resulta discutible como auténtico conocimiento por muy diversos motivos, entre los cuales se encuentra, en primer lugar, el hecho de que, como ya indicó Hume, las teorías que tratan de “cuestiones de hecho” sólo tienen un carácter probable y no necesario, y, en segundo lugar, el hecho de que, además, esta teoría no es susceptible de contrastación empírica, requisito imprescindible desde el punto de vista de la metodología científica.
4.3.1. Por otra parte y a pesar de que Nietzsche considera que el Eterno Retorno y la Voluntad de poder se complementan , parece que existe una dificultad nada fácil de superar a la hora de hacer compatibles ambos conceptos. Observa E.Fink, en este sentido, que
“la voluntad de poder y el eterno retorno están relacionados por una extraña contradicción que no afecta a su verdad, sino que es precisamente la verdad radical de la vida, la contradicción de la vida misma [...] La voluntad de poder quiere forma. El eterno retorno destroza todas las formas. La voluntad de poder se proyecta al futuro; el eterno retorno convierte todo futuro en repetición y, por tanto, en pasado [...] La voluntad de poder y el eterno retorno se relacionan entre sí... como lo apolíneo y lo dionisíaco [...] Todos los productos de la voluntad de poder son en verdad 'apariencia'. No hay cosas; sólo existe el devenir, la vida” .
El Eterno Retorno se presenta como un movimiento circular que eternamente se repite; la Voluntad de Poder, sin embargo, sólo podría estar representada por un vector rectilíneo de carácter unidireccional, puesto que representa no sólo la fuerza que mueve la rueda del Eterno Retorno, sino también la fuerza que tiende a integrar progresivamente cualquier unidad de fuerza en otra unidad mayor.
Ahora bien, el Eterno Retorno presupone, según indica E.Fink, la destrucción de todas las formaciones apolíneas derivadas de la Voluntad de Poder y la desintegración de esa fuerza suprema a la que tiende la Voluntad de Poder para que el ciclo pueda completarse e iniciarse de nuevo.
Sin embargo, la interpretación nietzscheana no coincide con la señalada por E. Fink, pues explícitamente considera Nietzsche que “ambos procesos --el de disgregación y el de concentración-- deben entenderse como efectos de la voluntad de poder. Hasta en sus mínimos fragmentos tiene la voluntad de concentrarse. Mas para concentrarse en alguna parte, es forzado a diluirse en alguna otra parte” . Pero, a pesar de lo dicho, no parece nada fácil comprender la compatibilidad de este punto de vista con el significado más propio de la Voluntad de Poder, introducido por Nietzsche tratando de especificar el sentido de aquella "Voluntad" ciega que había representado el concepto central de la filosofía de Schopenhauer y que, en cuanto se relaciona con una agregación de fuerzas, parece incompatible con una forma de actuar relacionada al mismo tiempo con la propia disgregación de tales fuerzas.
En consecuencia y en contra de esa supuesta conciliación entre el Eterno Retorno y la Voluntad de Poder, conciliación que lleva a E. Fink a afirmar que su contradicción “no afecta a su verdad”, la Voluntad de Poder, entendida como integradora de fuerzas, parece incompatible con la disgregación de aquellas formaciones apolíneas a que da lugar, a no ser que se acepte que tiene un carácter ciego que, a la vez, le llevaría a destruir aquellas estructuras que hubiera podido generar. Quizá, por otra parte, este impulso, en cuanto representaría el proceso inverso al generado por la Voluntad de Poder, sólo podría entenderse como resultado de una especie de ‘voluntad de Impotencia’ (?) o de voluntad destructora –al igual que el niño que introduce como parte de su juego tanto la construcción como la destrucción de sus figuras en la arena.
Y, en este sentido, cuando Nietzsche presenta su texto más famoso relacionado con el concepto de la Voluntad de poder, considera que esta fuerza tiene ambos valores: es una fuerza constructora, pero igualmente es la fuerza que todo lo destruye, de manera que, desde estas consideraciones no habría contradicción en su pensamiento si no fuera por la existencia de otros textos en los que dicho concepto aparece como el de una fuerza con un carácter unidireccional, relacionado con la acumulación progresiva de unidades de fuerza cada vez mayores, lo cual dejaría sin explicar la causa de la destrucción de esas mismas unidades de fuerza, al no existir un principio contrario al de esa Voluntad de Poder . Además, el hecho de que, frente al simple concepto de Voluntad, afirmado por Schopenhauer para referirse a la fuerza inconsciente que plasma todas las manifestaciones o representaciones del Universo en cuanto Voluntad, Nietzsche introduzca su Voluntad ‘de poder’, especificando para esa voluntad una determinada dirección que difícilmente puede entenderse como compatible con su contraria -ya que, en tal caso, habría sido no sólo superfluo sino además contradictorio entenderla como Voluntad ‘de Poder’-, está más en consonancia con el carácter unidireccional de esa fuerza.
En favor de esta interpretación de la Voluntad de Poder como una fuerza ciega, constructora y destructora a un mismo tiempo, tiene especial interés recordar el texto más conocido de Nietzsche en relación con este concepto en el que se describe su sentido fundamental:
“¿Y sabéis qué es para mí el mundo?[...] Este mundo: una inmensidad de fuerza, sin comienzo, sin fin, una magnitud fija y broncínea de fuerza que no se hace grande ni más pequeña, que no se consume, sino que sólo se transforma, de magnitud invariable en su totalidad, una economía sin gastos ni pérdidas, pero también sin aumento, sin ganancias, circundado por la ‘nada’ como por su límite; no es una cosa que se desvanezca ni que se gaste, no es infinitamente extenso, sino que como fuerza determinada ocupa un determinado espacio, y no un espacio que esté ‘vacío’ en algún lugar, sino que más bien, como fuerza, está en todas partes, como juego de fuerzas y ondas de fuerza; que es a la vez uno y múltiple; [...] un mar de fuerzas que fluyen y se agitan a sí mismas, un mundo que se transforma eternamente, que retorna eternamente[...]; un mundo con un flujo y reflujo de sus formas, que se desarrollan desde la más simple a la más compleja; un mundo que de lo más tranquilo, frío y rígido pasa a lo más ardiente, salvaje y contradictorio, y que luego de la abundancia retorna a la sencillez, que del juego de las contradicciones retorna al placer de la armonía, que se afirma a sí mismo aun en esta uniformidad de sus cauces y de sus años y se bendice a sí mismo como algo que debe retornar eternamente [...]: este mundo mío dionisíaco, que se crea a sí mismo eternamente y eternamente a sí mismo se destruye [...]; este mi ‘más allá del bien y del mal’, sin finalidad, a no ser que la haya en la felicidad del círculo, sin voluntad a no ser que un anillo tenga buena voluntad para sí mismo. ¿Queréis un nombre para este mundo? [...] Este mundo es la voluntad de poder, y nada más. Y también vosotros mismos sois esta voluntad de poder, y nada más” .
Desde esta perspectiva la Voluntad de Poder y el Eterno Retorno resultan compatibles entre sí, pero se trata de una perspectiva a partir de la cual resulta difícil encontrar diferencias respecto al concepto de “Voluntad” de Schopenhauer, que Nietzsche pretendió corregir.
Quizá por este motivo y en relación con su valoración afirmativa de la vida Nietzsche tuvo que seguir recurriendo constantemente a su consideración como juego, como arte y como ilusión transfiguradora, en cuanto pudo ver en el arte, al igual que en el juego del niño que construye y destruye sus figuras de arena en la playa, una finalidad inmanente valiosa por ella misma y sin que la vivencia de su repetición perpetua tuviese que presentarse como algo angustioso y absurdo. Desde el momento en que el hombre toma conciencia de la existencia simultánea del Eterno Retorno y de la Voluntad de Poder, tiene que ser necesariamente consciente, como en el caso de Sísifo, de la falta de trascendencia de cualquier finalidad que se proponga, por muy en consonancia que esté con la Voluntad de Poder, puesto que todo está condenado a su eterna destrucción, y tiene que ser igualmente consciente de que, como afirma el propio Nietzsche, el devenir no puede transformarse en ser , o, lo que viene a ser lo mismo, de que no existe un fin realmente definitivo. Aun así, Nietzsche considera que el arte como realidad inmanente es suficiente para que Edipo y también a Sísifo consigan ser felices. Y esta misma consideración es la que, desde una filosofía del absurdo sólo superada por la ilusión estética, llevó a A. Camus a pensar que “uno debe imaginar a Sísifo feliz” , superando de este modo la alternativa del suicidio ante la falta de trascendencia de los actos y de los fines humanos.
4.3.2. El pensamiento de Nietzsche nunca prescindió de la importancia de la consideración estética como fuerza transfiguradora para la contemplación de la realidad, y, por ello, si en El origen de la tragedia había escrito que “la vida sólo es posible gracias a las ilusiones del arte” , en La voluntad de poder seguirá diciendo que “tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad” . Además, si bien es verdad que para Nietzsche la doctrina del Eterno Retorno tuvo una importancia fundamental para su valoración positiva de toda la realidad, conviene no perder de vista que, ya desde el principio de su labor filosófica, su postura fue siempre la de una constante afirmación del valor de la vida sin necesidad de apoyarse en dicha doctrina, tal como se ha podido ver cuando en El origen de la tragedia la categoría de lo dionisíaco aparecía por sí misma como una justificación suficiente a la hora de encontrar pleno sentido a la vida o cuando en La gaya ciencia condiciona la aceptación optimista del Eterno Retorno a la existencia previa del amor a la vida: “¡Cuánto necesitarías amar entonces la vida y amarte a ti mismo para no desear otra cosa que esta suprema y eterna confirmación!” .
Igualmente y como en una especie de síntesis entre la visión transfiguradora de la realidad por medio del Arte y el conocimiento del Eterno Retorno, en Así habló Zaratustra Nietzsche presenta una visión exaltada del valor de la vida con una extraordinaria sensibilidad poética. En ella Zaratustra-Nietzsche se dirige a la Vida como al ser amado en quien encuentra esa mezcla de cualidades antitéticas que a la vez provocan el deseo y el temor, la atracción y la aversión, siendo causa, por ello mismo, de una seducción a la que el amante no puede sustraerse; esa pasión por la Vida se presenta unida al conocimiento del gran secreto, el secreto del Eterno Retorno, que implica la sublime felicidad de saber que la unión con la amada, la Vida, durará eternamente:
“Te temo cuando estás cerca, te amo cuando estás lejos, tu huida me atrae y tu persecución me detiene: yo sufro, mas ¿qué no habré sufrido, gustoso, por ti?
Por ti, cuya frialdad enardece, cuyo odio seduce, cuya huida aprisiona, cuya burla conmueve.
¿Quién no te odiaría, oh, gran atadora y envolvedora, seductora, buscadora, descubridora? ¿Quién no te amaría, pecadora, inocente, impaciente, rauda como el viento, de ojos infantiles?
¿Hacia dónde me arrastras ahora, criatura portentosa, niño travieso, indómito prodigio? ¡Y otra vez ahora huyes de mí, dulce presa y niño ingrato!
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¡Quisiera recorrer contigo caminos placenteros!
¡Senderos del amor, a través de silenciosas y multicolores espesuras, o a lo largo del lago, donde danzan y nadan pececillos dorados!
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Entonces la vida [...] me respondió así:
“[...] ¡Oh Zaratustra! Tú no me eres bastante fiel. Estás muy lejos de amarme tanto como pregonas: Sé que piensas abandonarme pronto [...]”
“Sí -respondí vacilante-, pero tú también sabes esto”. Y le susurré algo al oído, entre los mechones de sus cabellos alborotados, amarillentos y locos.
“¡Lo sabes, oh, Zaratustra! ¡Eso nadie lo sabe...!”
Entonces nos miramos uno a otro, y extendimos la mirada por el verde prado, por donde empezaba a correr el fresco atardecer, y lloramos juntos. Entonces, sin embargo, la vida me resultó más querida que lo que jamás me lo había sido mi sabiduría” ” .
Resulta evidente que eso que nadie sabe no es otra cosa que el secreto de la eternidad de la Vida, el secreto del Eterno Retorno, doctrina que implica que en realidad el abandono de la Vida es sólo aparente, puesto que, además, la idea de que habrá de transcurrir una interminable espera hasta que se produzca el reencuentro con la Vida es un espejismo pesimista que no tiene sentido, pues del mismo modo que entre el momento en que, al comenzar a dormir, perdemos la conciencia y el momento en que, al despertar, la recobramos no somos conscientes del tiempo transcurrido, de manera que parece existir una completa continuidad entre los momentos anterior y posterior al del sueño, asimismo entre el final de la vida y el retorno de la nueva vida existiría esa misma continuidad:
“Creéis que faltará mucho para que llegue la hora de vuestro renacimiento --pero ¡no os engañéis! Entre el postrer instante de conciencia y la primera claridad de la nueva vida no media 'ningún tiempo' --el intervalo pasa con la velocidad del rayo, aunque seres vivientes podrían, ni siquiera podrían, medirlo en términos de billones de años. ¡La intemporalidad se compagina con la sucesión en cuanto no esté de por medio el intelecto!” .

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