Nietzsche:
Acerca de la compasión
En
relación con los opuestos valores de “la moral de señores” y “la moral de esclavos”
Nietzsche se refiere en diversas ocasiones a la compasión, pero no como un sentimiento especialmente valioso sino
como una debilidad, propia de la moral de esclavos y del cristianismo en
particular. En este sentido escribe de manera desconcertante:
“La compasión, en un hombre
del conocimiento, parece casi ridícula, como manos finas en un cíclope”.
Esta opinión resulta desconcertante porque la compasión es un
sentimiento tan natural como cualquier otro, pero, además, es un sentimiento
que mueve a actuar para remediar el sufrimiento o el mal ajeno. Cuando Nietzsche
pone el ejemplo de un cíclope “con manos finas” para criticar la compasión, tal
ejemplo resulta inadecuado, pues un cíclope, como Polifemo, no era un hombre
sino un ser muy distinto procedente de la fantasía homérica con las cualidades
físicas y psíquicas que su autor quiso ponerle y, si entre ellas no figuraban
ni “las manos finas” ni la compasión sino la fiereza y la insensibilidad respecto
a los seres humanos, es lógico que se comiese “sin compasión” a muchos de los compañeros
de Odiseo.
Nietzsche
habla de “la compasión en un hombre del conocimiento” y en este punto parece
que pudo estar influido por B. Spinoza, de quien dijo que veía en él un “alma
gemela”. En efecto, en su Ethica more geometrico demonstrata Spinoza había
tratado de la compasión, entre otros muchos afectos del alma, y con
términos muy similares a los utilizados por Nietzsche escribió:
“La compasión es en sí mala
e inútil en un hombre que vive bajo el gobierno de la razón”.
Dada la similitud entre la frase de Nietzsche y la de Spinoza,
conviene señalar las enormes diferencias entre sus respectivos puntos de vista,
pues Spinoza valoró negativamente la compasión, pero no por los motivos que
impulsaron a Nietzsche sino en cuanto era una modalidad de tristeza y en cuanto
valoró la tristeza como algo malo, entendiendo por tristeza…
…“lo que disminuye o reprime la potencia de pensar del
alma […], y así, en la medida en que el alma se entristece, resulta disminuida
o reprimida su potencia de entender, esto es, su potencia de obrar”,
y entendiendo
por mal…
…“todo
género de tristeza”,
por lo que
su calificación negativa de la compasión era coherente con las premisas de que
partía. No obstante, lo que a primera vista induce a confusión en su planteamiento
es su definición de la compasión de un modo tan restringido, como una modalidad
de tristeza, excluyendo de este concepto tanto el deseo de ayudar al
prójimo como la acción por la que se le ayuda para remediar su mal, entendiendo
tal concepto exclusivamente como
“una tristeza, acompañada por la idea de un mal que le
ha sucedido a otro, a quien imaginamos semejante a nosotros”.
Sin
embargo, Spinoza distingue entre esas fases relacionadas con la compasión, definiendo
la segunda, la benevolencia, como
“un deseo
surgido de la compasión”,
y refiriéndose
luego a la tercera como el acto derivado de tal benevolencia.
Por
ello, desde el planteamiento de Spinoza, como la compasión es una modalidad
de la tristeza
y en la definición de la compasión no entra la acción de ayuda al
prójimo
sino sólo el afecto de tristeza, definida como “el paso del hombre de una mayor a
una menor perfección” de manera que es valorada como mala, la conclusión
evidente es que la compasión en sí misma es valorada igualmente como
mala. Sin embargo, esto no significa que Spinoza rechace de manera absoluta los
actos que se producen como consecuencia de la compasión sino que considera que tales
actos deberían proceder de la razón y no de un afecto:
“A todas las acciones a que somos determinados por un
afecto que es una pasión, podemos ser determinados, sin él, por la razón”,
pues un afecto o pasión del alma es una idea confusa, mientras
que
“actuar absolutamente según la virtud no es
otra cosa que obrar, vivir o conservar su ser […] bajo la guía de la razón”.
Sin embargo, en esta argumentación Spinoza se expresa de
manera equívoca al afirmar que quien actúa desde la razón “no tendrá compasión
por nadie”, pues una cosa es que uno trate de reprimir el afecto de compasión
a fin de actuar bajo el imperio de la razón y otra muy distinta es que podamos
suprimir dicho afecto, pues, en cuanto el hombre forma parte de la Naturaleza y
en cuanto ésta ha puesto en él el sentimiento de compasión, tal afecto
seguirá existiendo de manera natural.
Añade
Spinoza a la consideración anterior que
“el que con facilidad siente
compasión, y se conmueve ante la miseria y las lágrimas ajenas, hace a menudo
algo de lo que más tarde se arrepiente”,
queriendo
decir con estas palabras que el papel de la razón consiste hacernos distinguir lo
verdadero de lo falso, llevándonos a adoptar la decisión acertada, mientras que
“si nos guiamos por el mero afecto, no hacemos nada
que sepamos con certeza ser bueno”.
Y añade finalmente:
“el que no es movido ni por la razón ni por la
conmiseración a ayudar a los otros, merece el nombre de inhumano”,
mostrando de forma evidente que lo malo
de la compasión es que se trata exclusivamente de un sentimiento de tristeza,
una “idea confusa”, que no es lo que debe dirigir las acciones del hombre. Así
que Spinoza no condena el deseo de ayudar a quien se encuentra en una situación
penosa y llega a considerar “inhumano” a quien, desoyendo su razón y su propio
sentimiento de compasión, se desentiende del prójimo.
La
motivación de Nietzsche a la hora de criticar la compasión es distinta a la de
Spinoza, a pesar de expresarse con términos casi idénticos. Considera que, al actuar
de acuerdo con la compasión, se pretende conservar aquello que por naturaleza
está destinado a perecer por ser débil y no estar suficientemente dotado para
luchar y sobrevivir por sí mismo:
“Lo que es débil y malogrado
debe perecer: imperativo supremo de la vida. Y no se debe hacer de la compasión
una virtud”.
¿Por qué dice Nietzsche que “lo que es débil debe perecer”?
¿Qué clase de deber es ése? ¿Tiene carácter moral? En tal caso, sería
contradictorio. Y, si no tiene carácter moral, ¿qué valor tendría? ¿Acaso hay
algo que no sea débil? ¿Hay algo que más pronto o más tarde no sea devorado por
la misma naturaleza que lo creó? La respuesta es evidente, y, en consecuencia,
el planteamiento de Nietzsche es equivocado en cuanto, al afirmar que “lo que
es débil debe perecer”, establece una diferencia errónea entre dos clases de
realidad, lo fuerte y lo débil, como si lo fuerte estuviera cargado de voluntad
de poder, mientras que lo débil no la tuviera en absoluto. Sin embargo, de
acuerdo con su misma concepción de la voluntad de poder, ésta se encuentra en
toda realidad y, por ello, la única diferencia entre lo fuerte y lo débil se
encontraría en su mayor o menor grado de poder, pero no en su presencia o ausencia.
Así, uno de los errores de Nietzsche consiste en haber olvidado en estos
momentos que también el débil tiene su propia voluntad de poder, aunque en un
momento dado necesite de la ayuda ajena para seguir adelante, al igual que
todos la necesitamos en casi todos los momentos de nuestra vida, de manera que,
en este sentido, todos somos “débiles y malogrados”, en cuanto todos somos dependientes
y, por ello, necesitamos -como el propio Nietzsche la necesitó y la obtuvo- de
la compasión y de la solidaridad de los demás.
Nietzsche
reconoció en otros momentos esa semejanza entre el fuerte y el débil, al menos
en lo referente a la existencia en ambos de voluntad de poder, y en este
sentido escribió:
“Dondequiera
que encontrara vida, encontré la voluntad de poder; y aun en la voluntad del
servidor encontré la voluntad de ser amo”.
El sentimiento de compasión debió de surgir como un mecanismo
evolutivo favorecedor de la supervivencia de muchas especies y, entre ellas, la
de la especie humana, de manera que no es que la compasión sea mejor o peor considerada
en sí misma -pues ya Nietzsche criticó adecuadamente aquella moral del bien y
del mal-, sino mejor o peor en relación con la posibilidad de supervivencia de
determinadas especies de acuerdo con su estructura biológica general, del mismo
modo que en otras especies no-compasivas lo que les ha servido para su
supervivencia han sido otras cualidades que compensaban las dificultades propias
de su individualismo biológico.
Cuando
Nietzsche escribe:
“a lo que está cayendo debe
dársele, además, un empujón […] A quien no le enseñéis a volar, enseñadle ¡a caer más de prisa!”,
tal punto
de vista, aplicado a la especie humana, conduciría a su completa extinción,
pues, en cuanto cualquier debilidad es relativa al conjunto, los más débiles
serían los primeros en sucumbir; pero, a continuación, sucumbirían los medianamente
fuertes, en cuanto habrían pasado a ser los nuevos débiles; después sucumbirían
los fuertes pero menos, que habrían pasado a ser los nuevos débiles, quedando
sólo el más fuerte, que moriría finalmente por sus carencias afectivas y de
todo tipo y, en definitiva, por su propia debilidad derivada de su soledad.
Al margen de la influencia que, según parece, Nietzsche pudo haber
recibido de Spinoza, si no por el punto de vista de este pensador, sí por la gran
similitud de las frases con que ambos parecían haber condenado la compasión, parece
evidente que en este punto Nietzsche recibió especialmente la influencia del
evolucionismo de Ch. Darwin.
En
efecto, teniendo en cuenta lo que sucede en el proceso evolutivo presidido por
la selección natural, observamos que la naturaleza en general no actúa de
manera compasiva, sino que inexorablemente abre paso a las especies y a los
individuos suficientemente adaptados al medio natural, mientras que lo va
cerrando a las especies e individuos inadaptados e incapaces de luchar con
éxito en la lucha por la vida. Sin embargo, conviene no olvidar que el
sentimiento de compasión, como todos los demás, ha sido también un producto de
la evolución, por lo que no hay que generalizar respecto al panorama de una
naturaleza actuando de manera siempre fría y mecánica, pues, aunque la lucha
por la vida no está dirigida por ningún sentimiento sino que es ciega respecto
a ellos, de hecho, del mismo modo que hay especies cuyos individuos viven de
modo aislado unos de otros, hay otras que viven en colaboración recíproca, de
forma que el sentimiento de compasión se da en muchas especies, de manera
especial en relación con la propia prole, pero también respecto a otros
individuos de la propia especie e incluso respecto a individuos de otras
especies -como la especie humana respecto a los perros-, de manera que, si tal
sentimiento no existiera, gran cantidad de especies no existiría, ya que las
crías de la mayoría de especies evolucionadas necesitan del cuidado de sus
progenitores, cuidado que sólo se da en cuanto exista un sentimiento de amor o
de compasión hacia ellas, o un sentimiento similar, que observamos en multitud
de especies. Y, aunque la naturaleza en sí misma no tiene sentimientos,
sino que funciona de acuerdo con la necesidad de frías leyes naturales, sin
embargo el ser humano, producto de esas mismas leyes, sí los tiene y uno de ellos
es el de la compasión.
Nietzsche,
sin embargo, a la hora de enfocar el evolucionismo toma como modelo el proceder
de la Naturaleza en cuanto carece de compasión con los débiles -a los que en el
pasaje siguiente califica como “degenerados”- y critica la actitud contraria, relacionada
con la compasión, como propia de una “moral enfermiza e innatural”, escribiendo
en este sentido:
“No es inmoral la naturaleza
al carecer de compasión con los degenerados: el crecimiento de los males fisiológicos
y morales en el género humano es, a la inversa, la consecuencia de una moral enfermiza e innatural”,
Estas palabras resultan tendenciosas en contra de la compasión
en cuanto recurre al argumento de que “la naturaleza no es inmoral al carecer
de compasión”, pues Nietzsche pone a la propia naturaleza como ejemplo de
realidad carente de compasión sin tener en cuenta que el concepto de naturaleza
es abstracto y genérico, un universal, a diferencia de los individuos
concretos en quienes sí se dan tales sentimientos. Siguiendo la forma de
razonar de Nietzsche podría decirse que del mismo modo que la especie perro no
ladra, los perros concretos no deberían ladrar. Pero una cosa es hablar de
conceptos genéricos y otra hablar de realidades individuales y concretas.
En
su defensa de la “lucha por la vida” como la ley fundamental de funcionamiento
de la voluntad de poder en el ámbito biológico, Nietzsche llega al extremo de
defender la guerra como el escenario en el que se dirime hacia dónde se dirige la
humanidad, hasta el punto de que en Así habló Zaratustra, escribió:
“¿Decís vosotros que la
buena causa es la que santifica incluso la guerra? Yo os digo: ¡la buena guerra
santifica toda causa”,
confiando
en que finalmente en un nuevo enfrentamiento entre los nobles” y los “esclavos”
-en el que hasta el momento actual habían triunfado los esclavos- triunfasen
finalmente los “nobles” imponiendo sus valores, entre los que no estaba la
compasión.
Nietzsche critica la compasión en cuanto determina la conservación
de individuos débiles y enfermizos. En este sentido es evidente que el progreso
de la medicina ha servido para que muchos individuos física o psíquicamente débiles
hayan podido sobrevivir mejor y durante mucho más tiempo del que habrían podido
sobrevivir sin esa ayuda. Pero compasión por los débiles no ha repercutido en
la desaparición de los más fuertes sino en el enriquecimiento de la propia
especie, que, gracias a la compasión, junto con la medicina y el progreso
tecnológico en general, no sólo ha mantenido en la vida a los “individuos
débiles”, sino que ha facilitado que algunos de ellos hayan contribuido a la
cultura y al progreso, produciendo importantes obras, tanto científicas (St.
Hawking y otros) como artísticas (F. Kafka, M. Proust y muchos otros escritores
y pensadores).
Además,
Nietzsche se refiere a quienes inspiran compasión considerándolos “degenerados”.
Pero, ¿por qué degenerados? La humanidad está formada tanto por individuos
sanos y fuertes como por individuos menos sanos y menos fuertes, pero, en realidad,
todos “enfermos” de una enfermedad que, más pronto o más tarde, conduce a la
muerte sin que la medicina pueda hacer nada por remediarlo. Pero este hecho no
es un motivo para calificar a nadie como “degenerado”. Además, considerado cada
individuo de manera aislada, el propio Nietzsche admitiría que todos se caracterizan
y se guían en su vida por la voluntad de poder, de manera que la única diferencia entre ellos sería la de su mayor o menor grado
de voluntad de poder, y, por ello, ni tiene sentido calificar a algunos como
“degenerados”, ni tiene sentido considerar que tales personas sean responsables
de “los males fisiológicos y morales en el género humano”, pues, como él mismo
reconoce, todos somos eslabones de la misma cadena, manifestación de la voluntad
de poder en sentido amplio.
Resulta
igualmente incoherente por parte de Nietzsche el final de la cita anterior,
donde considera que, como consecuencia de la compasión, se desarrolla “una
moral enfermiza e innatural”, olvidando en estos momentos que la naturaleza
es el todo, por lo que no tiene sentido hablar de una “moral enfermiza e innatural”,
cuando él mismo había criticado acertadamente la moral absoluta, ni calificar como
“innatural” ni una mínima parte de ese todo.
Es verdad, por otra parte, que la moral de esclavos,
criticada por él, va unida al afecto relacionado con la compasión, a diferencia
de la moral de señores, que se guiaría por una espontaneidad instintiva
violenta, alejada de tal afecto, con la excepción del que los nobles se tuvieran
entre sí, aunque para ser coherente al menos con la doctrina contraria a la compasión,
Nietzsche tampoco debería haber creído y defendido la existencia de un compañerismo
entre los nobles, pues la voluntad de poder existente en ellos debería haberles
conducido de forma natural al enfrentamiento y a la lucha antagónica. Es
evidente que en este punto tomaba partido por los “señores” y por las cualidades
que les atribuía, caracterizados por la violencia contra los débiles, y no precisamente
por la compasión.
Es igualmente cierto que la moral de
esclavos, con su defensa de la compasión, influye en la supervivencia de
individuos físicamente mucho más débiles de lo que lo serían los señores. Pero
Nietzsche olvida que en último término todos somos débiles y que al final todos
perecemos, por lo ridículo es pretender contribuir mediante la práctica de la eugenesia
a la creación de una humanidad formada por individuos especialmente fuertes,
como debía de serlo el superhombre. Como indico más adelante, en esta obsesión de Nietzsche por
la mejora de la especie humana, que debía de culminar en la aparición del superhombre,
influyeron en él de manera realmente importante los estudios de F. Galton sobre
la Eugenesia. Escribe en este sentido:
“Adelantemos nuestra mirada un siglo, supongamos que
mi atentado contra los milenios de contranaturaleza y de violación del hombre
tiene éxito. Aquel nuevo partido de la vida que tiene en sus manos la más
grande de todas las tareas, la cría selectiva de la humanidad, incluida la
inexorable aniquilación de todo lo degenerado y parasitario, hará posible de
nuevo en la tierra aquella demasía de vida de la cual tendrá que volver a nacer
también el estado dionisiaco”.
Así que el pensador alemán se equivocó cuando condenó la
compasión, pues, aunque llegase a considerar, como M. Stirner,
que el hombre no tenía por qué guiarse en sus actos de otra cosa que de un
egoísmo absoluto, es un hecho que el sentimiento de compasión existe de manera
natural y que, en cuanto el ser humano es una realidad natural y social, este
sentimiento siempre repercutirá en sus acciones en mayor o menor medida sin que
tenga sentido criticar las conductas cuyo origen se encuentre en él.
Es
verdad, por otra parte, que, desde el determinismo, defendido tanto por Spinoza
como por Nietzsche, todo sucede necesariamente, y desde tal consideración el ser
humano podría intentar, si no eliminar la compasión, sí al menos controlar racionalmente
este sentimiento -como lo pretendieron los estoicos a través de la apatheia-
en aquellos casos en que no se pudiera hacer nada por remediar el mal ajeno,
como cuando se produce la muerte de algún ser querido. Pero lo que no tendría
sentido es adoptar la actitud del “determinista perezoso”, que dejaría de
actuar al pensar que, como todo está determinado, si el enfermo se tiene que
curar, se curará, y, si tiene que morir, morirá, olvidando que su propia acción
o inacción es una parte de la serie de factores que contribuirán a que suceda lo
primero o lo segundo.
Si
Schopenhauer había considerado la compasión como un sentimiento derivado de la
toma de conciencia de que la voluntad individual era sólo una manifestación de
la Voluntad como fuerza única del mundo, Nietzsche, que podía haber llegado a
esta misma conclusión a partir de su consideración de las realidades apolíneas
como simples manifestaciones de la realidad absoluta dionisíaca y a
pesar de haber defendido la superación del nihilismo a partir de la consideración
de esa unidad del individuo con el todo dionisíaco, no fue consecuente con
este punto de vista y consideró que la compasión por el prójimo no era un
sentimiento beneficioso en cuanto daba lugar a una humanidad más debilitada.
Pero, en realidad y de acuerdo con las bases de su pensamiento, la voluntad de
poder, como única fuerza existente, determinaba que todo, incluida la misma
compasión, debía representar en todo momento una manifestación suya, pues nada
había que pudiera oponerse a ella.
Schopenhauer
había puesto el acento de su concepto de Voluntad en su mismo carácter unitario,
que se manifestaba separadamente en el conjunto de todos los individuos, y,
precisamente por ello, valoró positivamente la compasión como único fundamento
de la moral. Por su parte, Nietzsche puso el acento de la voluntad de poder en la
lucha, en el enfrentamiento por el que dicha voluntad se manifestaba en los diversos
ámbitos de la realidad, tratando cada uno de ellos de enfrentarse y apoderarse
de los demás, tal como parecía existir de acuerdo con la apreciación del ser humano
como “un lobo para el hombre”, o tal y como parecían actuar las diversas especies
en su constante “lucha por la vida” a la que hacía referencia el evolucionismo
de Darwin. Y así, desde una perspectiva como ésta, llevada hasta un grado
extremo, parecía no quedar lugar alguno para la compasión, si no se reparaba en
el hecho de que en el medio natural no todo era lucha por la supervivencia y por
el triunfo sobre las demás especies e individuos, sino también sentimientos de
afecto y de solidaridad que repercutían tanto en los favorecidos como en aquéllos
en quienes existían tales sentimientos, como el ser humano y muchas otras
especies.
“La compasión es una
tristeza, acompañada por la idea de un mal que le ha sucedido a otro, a quien
imaginamos semejante a nosotros” (Ética, III, prop. 18).
Así habló Zaratustra,
I, “De la guerra y del pueblo guerrero”. Respecto a su valoración positiva de la
guerra parece que de algún modo Nietzsche recibió también la influencia de
Hegel, quien consideró que la guerra era un fenómeno racional necesario por el
que los pueblos se enfrentaban entre sí, de manera que los vencedores demostraban
con su victoria ser la expresión más perfecta del espíritu en relación con los
pueblos vencidos.
Nietzsche parece haber
estado igualmente inspirado por M. Stirner, quien en su obra El único
y su propiedad, obra que leyó con admiración, Stirner defendió un individualismo
extremo.