Nietzsche: La negación de la moral y el nihilismo
Autor: Antonio García Ninet
Si la moral cristiana había sido el fundamento
a partir del cual se había desarrollado la virtud de la veracidad en el propio Nietzsche como consecuencia de su formación
cristiana, ahora, de manera aparentemente paradójica, pero como consecuencia
lógica y necesaria, la propia veracidad
se convertía en el argumento fundamental por el que la moral quedaba refutada,
pues, según dijo Nietzsche refiriéndose a la misma moral,
“ella [= la moral] obliga, en cuanto es sinceridad, a la negación de la moral”[1].
1. La crítica de
la moral
En efecto, recurriendo a
Zaratustra, el personaje simbólico central de Así habló Zaratustra, su obra más valorada por el propio Nietzsche,
éste proclamó la superación de la moral
como consecuencia del funcionamiento de la veracidad.
En este sentido escribió:
“Zarathustra creó
ese error, el más fatal de todos, la moral; en consecuencia, también él tiene
que ser el primero en reconocerlo. No
es sólo que él tenga en esto una experiencia mayor y más extensa que ningún
otro pensador. Su doctrina, y sólo ella, considera la veracidad como virtud
suprema [...] La autosuperación de la moral por veracidad, la autosuperación
del moralista en su antítesis -en mí- es lo que significa en mi boca el nombre
de Zarathustra”[2].
Y, en cuanto
Nietzsche consideraba que al dios cristiano se le tenía por el creador de la
misma moral, y a ésta como el origen de los valores correspondientes y de todos
los demás, su rechazo de ese dios implicaba, en un primer momento, la negación
de todos los valores y la caída en el nihilismo, el cual significaba que todo
era absurdo y carente de sentido, de manera que también desde esta perspectiva
la veracidad se convertía en el motor
que conducía al nihilismo:
“El nihilismo radical es el convencimiento de que la
existencia es absolutamente insostenible si se trata de los más altos valores
que se conocen [...] Esta conclusión
es consecuencia de la ‘voluntad de verdad’ inculcada en el hombre; es decir, es
consecuencia de la fe en la moral”[3].
1.1.
Argumentos en contra de la moral
Tratando de sintetizar
los argumentos que condujeron a Nietzsche a la negación del valor de la moral,
hay que hacer referencia a los siguientes:
- En primer lugar, hay que señalar -como
acaba de hacerse-, al simple funcionamiento de la veracidad, según la cual Nietzsche juzgó adecuadamente que la exigencia de una demostración debía ser
el requisito ineludible para la aceptación de dicha moral. En este sentido
escribió:
“Lo que exijo de vosotros, aunque suene mal en
vuestros oídos, es lo siguiente: que sometáis a una crítica vuestras valoraciones
morales. Que al impulso del sentimiento moral que quiere sumisión y no crítica,
le salgáis con esta pregunta: ¿Por qué sumisión? Firmeza es lo que hace falta.
Esta exigencia de un porqué [...] debe ser considerada [...] como la especie
más sublime de moral”[4].
Estas
palabras muestran, por una parte, el alto valor que Nietzsche concedió a la veracidad, cuestión de la que ya se ha
hablado al comienzo de este trabajo, pero, por otra, sugieren que, a pesar de
sus críticas, tal vez pudo seguir aceptando una moral más refinada, más
auténtica, “la especie más sublime de moral”, basada precisamente en la veracidad. Sin embargo, esta impresión
sería meramente ilusoria, pues en esta misma obra afirmaba ya:
“la moral es justamente tan ‘inmoral’ como cualquier otra
cosa sobre la tierra; la moralidad misma es una forma de la inmoralidad”[5].
¿Por qué
afirma Nietzsche esta aparente contradicción? Tal afirmación tiene una
explicación bastante sencilla. Nietzsche considera que todas las acciones
humanas son simplemente naturales y sometidas a la misma necesidad que el
conjunto de todos los fenómenos de la naturaleza, más allá del bien y del mal,
y, por lo mismo, al margen de cualquier valoración moral, a pesar de que en
diversas ocasiones utilice calificativos y descalificaciones en un tono
llamativamente moral.
¿Qué es la moral
entonces? Para comprender el valor o la falta de valor de la moral conviene
remontarnos a sus orígenes. Éstos, según considera en Aurora, se encuentran en las costumbres
de los diversos grupos sociales, y no provendrían de ningún origen divino
ni de ningún bien o de ningún mal considerados en un sentido absoluto, y supuestamente
valiosos en sí mismos. Por el
contrario, la moral ha sido una herramienta inventada por la astucia humana
para estructurar la convivencia entre los hombres, para que unos hombres
dominen a otros sin necesidad de emplear su fuerza ni sus armas, y para tratar
de sobrevivir en la lucha por la vida amoldando las propias acciones a lo que
con el paso del tiempo se ha ido aceptando por los dirigentes y por las clases
dominantes de un grupo social y, por ello mismo, tan al margen del bien y del
mal como cualquier otra forma de actuación. Así, cuando se dice que no se debe mentir, quien defiende tal deber,
puede hacerlo convencido de que en realidad existe tal deber, pero quien
introdujo tal doctrina debió de tener en cuenta sus propios intereses, cuya defensa
se relacionaba con el conocimiento de las intenciones del prójimo y para ello
introdujo la norma de que no se debía mentir… Recordemos que, en este sentido,
ya el sofista Critias había considerado que la religión había sido un invento
de un hombre inteligente para que la gente se abstuviese de cometer delitos a
partir de la idea de que la divinidad le observaba y le castigaría por sus
malas acciones. Pero pensemos también que incluso los animales mienten de manera espontánea e
instintiva: El león permanece agazapado para evitar ser descubierto por su
posible presa y trata de que ésta se mantenga confiada sin llegar a intuir que se
encuentra en peligro, que él está allí esperando para devorarla. Esa actitud frente a su presa no
es otra cosa que un arma instintiva para su propia supervivencia.
Igualmente, observando el
hecho de que los animales siguen sus instintos y pasiones, escribe Nietzsche:
“Los animales siguen sus
instintos y pasiones: nosotros somos animales. ¿Actuamos de otra manera?”[6].
La respuesta
está implícita en las premisas del silogismo planteado por Nietzsche. De
acuerdo con Darwin, considera que nuestra conducta está tan ligada a los
instintos y a las pasiones como la de los demás animales: El hombre es una
especie viviente como cualquier otra y en su lucha por la vida se vale de todos
los medios a su alcance. Algunos hombres, especialmente astutos e inteligentes,
a partir de las costumbres establecidas
en cada grupo social, inventaron la moral como una sacralización de tales costumbres, como un mecanismo para controlar
a los otros miembros de su grupo social a fin de gozar de mayor seguridad o de
mayor dominio sobre los demás, manipulándolos no sólo como consecuencia de sus fuertes
cualidades físicas sino especialmente sirviéndose de sus astutas mentiras. Como
seres inteligentes y astutos, se las ingeniaron para calificar las acciones -y
a sus sujetos- como buenas o como malas, según les beneficiasen o perjudicasen, pero dando a tales
calificativos un valor especial, positivo o negativo, simulando que tal valor
era independiente, hasta cierto punto al menos, de que tales acciones les
beneficiasen o perjudicasen. Para convencer a los demás del valor de sus
doctrinas se valieron además de la ficción de que esas normas provenían de un
“dios” justiciero y vengativo que tomaría represalias contra quienes las
incumplieran. Con la ayuda de diversos medios, consiguieron finalmente imponer
sus mentiras como si fueran verdades y así el grupo social aceptó la moral,
basada en una mentira inicial, como si hubiera tenido un fundamento sólido y objetivo.
En relación con esta cuestión escribe Nietzsche:
“la moral es una mentira piadosa”[7].
Pero, aunque en un principio eso pudo ser así, en la
actualidad sabemos que la moral ya no es una mentira piadosa sino un arma muy
poderosa para controlar a los pueblos y a la gente sencilla.
En sus reflexiones acerca de la moral considera Nietzsche
que por un movimiento dialéctico interno la moralidad se destruye a sí misma,
pues el desarrollo de la moral en general conduce a asumir, entre otras, la
norma de la veracidad, siendo precisamente
la propia veracidad la que conduce al descubrimiento de la falta de fundamento
de la moral y su carácter interesado, tal como él lo escribe:
“entre las fuerzas que crió la moral estaba la veracidad: ésta se vuelve finalmente contra la moral, descubre su teleología, su visión interesada...”[8].
Igualmente y
en este mismo sentido –aunque en referencia al dios cristiano, supuesto
fundamento de la moral-, ya anterior-mente había escrito:
“Se comprende qué fue lo que en realidad venció al
Dios cristiano: fue la misma moral cristiana, la sinceridad aplicada con rigor
creciente, la conciencia cristiana refinada en los confesonarios, que se
transformó en conciencia científica, en probidad intelectual a toda costa”[9],
de manera que, como
consecuencia de dicha probidad, tomó conciencia finalmente del espejismo que
representaba la creencia en el dios cristiano -o en cualquier otro-.
Por lo que se
refiere a los orígenes de la moral,
pero de manera más concreta a los orígenes de la doctrina de la responsabilidad humana, en una fase
primera, en Humano, demasiado humano, Nietzsche
había presentado una explicación y se había referido a diversos motivos que en
último término desembocaban en el error
del libre albedrío, de manera que, como consecuencia, se descubría la falta
de fundamento de la supuesta responsabilidad y, en consecuencia, de la misma
moral. Y así, indicaba lo siguiente:
“La historia de los
sentimientos en virtud de los cuales hacemos a alguien responsable, partiendo
de los llamados sentimientos morales, recorre las siguientes fases: primero se
designan acciones aisladas, buenas o malas sin consideración ninguna a sus motivos,
sino exclusivamente por las consecuencias útiles o enojosas que engendran para
la colectividad. Pero bien pronto se olvida el origen de estas designaciones, y
llegamos a creer que las acciones en sí, sin consideración a sus consecuencias,
encierran la cualidad de “buenas” o “malas” [...] Luego referimos el hecho de
ser buenas o malas a los motivos, y consideramos los actos en sí como
indiferentes moralmente. Se va más allá, y se da el atributo de bueno o malo no
ya al motivo aislado, sino al ser entero de un hombre, que produce el motivo
como el terreno produce la planta [...] Entonces descubrimos finalmente que
este mismo no puede ser responsable, por ser una consecuencia absolutamente
necesaria y determinada por elementos e influencias de objetos presentes y
pasados; por lo tanto, que el hombre no es responsable de nada, ni de su ser,
ni de sus motivos, ni de sus actos, ni de su influencia. De este modo llegamos
a reconocer que la historia de las apreciaciones
morales es también la historia de un error, del error de la responsabilidad; y
esto porque reposa en el error del libre arbitrio”[10].
Sin embargo, pocos años después, en Más allá del bien y del mal, modificó parcialmente su anterior
punto de vista y consideró que en esta evolución lo primero fue la
consideración del hombre como bueno o como malo, y, como consecuencia de ello,
pensó que fueron los hombres buenos (los nobles, no la plebe) quienes fijaron
el valor de los actos, de manera que sus actos eran buenos sólo por ser suyos,
mientras que los del hombre vulgar eran malos precisamente por ese mismo
motivo, por proceder del hombre vulgar[11],
tal como lo expone cuando escribe:
…………………………………………………………………
Evolución de la moral, según Humano,
demasiado humano:
à Las acciones son buenas o
malas según sus consecuencias.
à Las acciones son buenas o
malas en sí mismas.
à No las acciones, sino las
intenciones son buenas o malas.
à No las intenciones, sino el
hombre que actúa es bueno o malo.
Crítica de
Nietzsche: Pero el hombre no goza de libre albedrío, por lo tanto, no es
responsable de sus acciones, y, en consecuencia los juicios morales no tienen
sentido alguno.
…………………………………………………………………...
“El juicio “bueno” no proviene de aquéllos con los que se ha sido “bueno”, sino que
“los buenos”, es decir, los hombres señoriales, poderosos, superiores y
generosos se sentían y proclamaban a sí mismos y sus actos “buenos” [...] en
contraposición a todo lo bajo, vil, vulgar y plebeyo. En virtud de este pathos de la distancia jerárquica se
arrogaban el derecho de crear valores y acuñar los nombres de los valores: ¡qué
les importaba la utilidad! [...] A raíz de este origen, la palabra “bueno” de
ninguna manera está desde un principio ligada necesariamente a los actos “abnegados”,
como lo quiere la superstición de aquellos genealogistas de la moral. Sólo
cuando declinan los juicios de valor
aristocráticos, se va perfilando en la conciencia humana la antinomia
“egoísta-altruista”. O para decirlo en mi lenguaje, el instinto de rebaño toma finalmente la palabra”[12].
En esta segunda interpretación acerca del origen de la moral
considera Nietzsche que no fueron las acciones
sino los hombres nobles –frente a
los plebeyos-, quienes calificaron sus actos como “buenos”, no por su utilidad
para el grupo sino simplemente por ser suyos, mientras que fueron los plebeyos
–los “esclavos”- quienes se habrían calificado a sí mismos como “buenos” y a
los nobles como “malvados”, en cuanto los valores de los nobles y los de los
plebeyos eran radicalmente opuestos. Esta oposición de valores fue lo que llevó
a Nietzsche a diferenciar entre una “moral de señores” y una “moral de
esclavos”.
Pero
ya en este momento, habiendo adoptado una actitud crítica respecto al valor de
todos los juicios morales, había escrito de manera definitiva:
“no hay fenómenos morales, no hay más que interpretaciones
morales de los fenómenos”[13].
1.2.
Nuevas formas de moral
Asimismo, hay que señalar
que Nietzsche entendió la moral desde otras perspectivas diferentes:
Por una parte, la comprendió
como una “moral creadora” de carácter
individual, fundada en ideales personales, pero no relacionada
con supuestos deberes objetivos sino
con la manifestación espontánea del propio ser, aunque en algún momento la llegó
a entender como la recomendación de
determinadas normas –no de imperativos categóricos, que serían siempre irracionales-,
normas que podrían establecerse a partir de la posible confluencia de intereses
de una comunidad o incluso de la misma humanidad, indicando en este sentido:
“Sólo en el caso de que la humanidad tuviera un fin
universalmente reconocido se podrían proponer imperativos en la manera de obrar [...] Distinto sería recomendar un fin a la humanidad [...]
Mas hasta ahora estaba colocada la ley por encima de nuestra voluntad”[14].
Y tanto en su
importante obra Así habló Zaratustra
como en otros momentos defendió la superación de la moral tradicional del
“deber” por la moral creadora relacionada con la proyección del propio
ser. En este sentido, al comienzo de Así
habló Zaratustra, hizo referencia a “las transformaciones del espíritu”:
“Os indico las tres transformaciones del espíritu: La
del espíritu en camello, la del camello en león y la del león en niño”[15].
El camello simboliza al hombre de la moral tradicional, cargado con el peso
de los supuestos “deberes morales objetivos”; el león simboliza al hombre
que se enfrenta a las falsedades de dicha moral y consigue liberarse de ellas,
al hombre que frente al “tú debes” de la supuesta moral objetiva, consigue proclamar
de manera desafiante: “Yo quiero”, convirtiéndose de este modo su voluntad en
el único origen de sus actos; el niño,
finalmente, representa la última transformación exigida para que la voluntad
del hombre se convierta en un juego creador que establezca nuevas tablas de
valores desde la inocencia más absoluta:
“Es el niño inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un
juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un santo decir
‘sí’. Sí, hermanos míos, para el juego de la creación es necesaria una santa
afirmación”[16].
Y también, en este mismo sentido, defiende en otro momento
que el hombre no debe ponerse al servicio de sus virtudes como si éstas
tuvieran valor por ellas mismas, sino que, por el contrario, son éstas las que
deben estar al servicio del hombre y de sus propios fines, hasta el punto de
servirse de ellas o de cambiarlas según su utilidad:
“Has de llegar a ser señor
de ti mismo, también señor de tus propias virtudes. Antes, ellas eran tus
señoras, pero en verdad sólo han de ser tus instrumentos junto a otros instrumentos.
Has de adquirir poder sobre tu pro y tu contra y aprender a poner y a quitarte
las virtudes según tus fines superiores. Has de aprender a comprender lo
perspectivista en cada valoración”[17].
Es decir, si desde la moral
tradicional se había considerado la virtud
como un hábito que había que
cultivar tanto por estar relacionado con el bien del hombre como, sobre todo,
por ser un valor en sí mismo, desde la perspectiva de Nietzsche hay que
volver a “desacralizar” la virtud y
volver a considerarla como un simple hábito
del que haremos uso en cuanto sigamos viéndolo como útil según las circunstancias y no porque represente un valor por sí mismo.
Sin
embargo, en este último texto hay al menos dos expresiones que conviene matizar.
En primer lugar, la expresión “has de…”, equivalente a “debes…”, puede
entenderse como la afirmación de un deber,
pero tal afirmación sería contradictoria con la negación del valor objetivo de
la moral, de manera que en cuanto la moral sea sólo un producto cultural con
valor subjetivo, no tendría sentido afirmar ningún deber en un sentido absoluto
sino, en el mejor de los casos, aconsejar o proponer normas o consejos para vivir
bien y para tratar de conseguir determinados fines, como parece ser la
intención de Nietzsche.
Por
otra parte, Nietzsche habla de “fines superiores”, pero con tal expresión se
contradice a sí mismo en cuanto, al referirse a tales “fines superiores”,
acepta la existencia de una “jerarquía de fines”, la cual serviría como
fundamento para una moral del deber que se regiría por dicha jerarquía. Pero,
atendiendo a la necesidad con que se
producen todos los acontecimientos del Universo y, entre ellos, las acciones
humanas, todas serían de igual valor, tal como él asume en otros momentos, pues
todo está encadenado con todo, de manera que cada suceso es condición necesaria
de los que le siguen, y él mismo es consecuencia de todos los anteriores, según
veremos al hablar de la doctrina del Eterno
Retorno[18].
2. Objeciones
a la moral absoluta
2.1.
El deber y el superhombre
En cualquier caso, en
relación con el tema de la moral Nietzsche no fue coherente con las ideas
expuestas sino que en diversas ocasiones, especialmente en los últimos años de
su producción filosófica, tanto en Así
habló Zaratustra como en otros escritos, se obsesionó de manera realmente
incomprensible con su idea del superhombre, llegando a considerar casi
como un deber –un insólito y
sorprendente deber- el sacrificio de la humanidad o el de la plebe o el de sí
mismo en aras del advenimiento del superhombre, incurriendo en una
contradicción en relación con su crítica radical de la moral y mostrando quizás
en estos exaltados escritos síntomas de que su salud mental comenzaba a dar
síntomas de deterioro, impidiéndole ponderar adecuadamente hasta qué punto
tales doctrinas tenían algún sentido y eran realmente valiosas o dignas de
tomarse en cuenta, hasta el punto de merecer ¡el sacrificio de la humanidad!
(?), que Nietzsche planteaba en relación con el advenimiento del superhombre –así
como también el entusiasmo tan extremo que le provocó su convicción acerca del
valor de la doctrina del eterno retorno-. Por lo que se refiere a la afirmación
de un “deber” relacionado con el advenimiento del superhombre, llegó a
escribir:
“Mi exigencia: crear seres que estén muy por encima de la especie
“hombre”: y a esta meta sacrificarme a mí mismo y al ‘prójimo’ ”[19].
Parece
evidente que la “exigencia” de Nietzsche no tenía ningún sentido –especialmente
la que se refería al “sacrificio del prójimo”-, al margen de que, una vez
superada la moral, pudiera intentar realizar –o que otros realizasen- cualquier
capricho que se le ocurriese.
En un sentido similar
escribe:
“El hombre es una cuerda
tendida entre el animal y el superhombre: —una cuerda tendida sobre un abismo
[…] Yo amo a quienes no buscan tras las estrellas alguna razón para desaparecer
o inmolarse, sino que se ofrendan a la tierra misma para que algún día ésta sea
del Superhombre”[20].
Es comprensible que Nietzsche rechace aquel ideal de vida por
el que uno busca inmolarse como consecuencia de sus creencias erróneas “tras
las estrellas” –o, más claramente, relacionadas con “el más allá” del
cristianismo-, pero, por el mismo motivo, resulta igualmente absurdo el
sacrificio de la propia vida en favor del advenimiento del superhombre, fuera
como fuese ese misterioso personaje.
A continuación habla de la existencia de un progreso en
el sacrificio de la humanidad por el advenimiento del superhombre:
“la humanidad como masa
sacrificada a la prosperidad de un tipo humano individual más fuerte sería un progreso”[21].
Sin embargo, tal afirmación se contradice con otra según la
cual el eterno retorno implica que todo es de igual valor, por lo que no
tiene sentido hablar de ningún progreso. Pero, además, también aquí se equivoca de forma
asombrosa, de forma que tal idea parece nuevamente producto de una mente
enferma, pues evidentemente tal sacrificio no representaría progreso alguno para
aquellos que se sacrificasen –o hubieran de ser sacrificados-. Además, este
punto de vista se encuentra en contradicción con los pasajes en los que
considera que, de acuerdo con la unidad de lo real y con la necesidad que
preside sus cambios, no tiene sentido establecer juicios de valor comparativos,
pues “todo es de igual valor, eterno y necesario”:
“no hay nada susceptible de juzgar, valorar, comparar,
condenar nuestro ser, pues significaría juzgar, valorar, comparar, condenar el
todo... ¡Mas no existe nada fuera del
todo!”[22],
o, también,
“Si el devenir es un inmenso
ciclo, todo es de igual valor, eterno
y necesario”[23]
2.2.
Otras objeciones a la moral
En cualquier caso, fue el
funcionamiento de la veracidad lo que
condujo a Nietzsche al ateísmo y al nihilismo, y lo que le llevó a preguntarse
en diversas ocasiones por el sentido último de las diversas categorías morales
de forma que, además de presentar una interpretación del origen histórico -de
la genealogía- de tales categorías,
criticó aquellos planteamientos que, como en el caso de Kant en el siglo XVIII
o en el de G. E. Moore en el pasado siglo, habían considerado que bueno y malo eran categorías que tenían por sí mismas un valor absoluto,
cuando en realidad se trataba de conceptos cuyo valor era simplemente subjetivo y relativo.
Así, en primer lugar, respecto
a los planteamientos morales kantianos –o frente a los defendidos
posteriormente por Moore- defiende de forma escueta y clara pero muy acertada y
coincidente con los puntos de vista de Epicuro o de Spinoza que los conceptos
“bueno” y “malo” no tienen valor absoluto sino relativo:
“ ‘Bueno para algo’, ‘malo para algo’; originalmente todos los juicios morales
son juicios sobre medios para el logro de
fines. Mas paulatinamente se olvidaron los fines, y quedaron ‘bien’ y
‘mal’ –como si pudiese haber algo
bueno en sí”[24].
En el pasado siglo XX tanto G. E. Moore como sus seguidores fueron
partidarios de este intuicionismo
relacionado con la creencia en acciones buenas
o malas en sí mismas, al margen de su utilidad o falta de utilidad,
mientras que, desde otros planteamientos anteriores, como los de Epicuro y
Spinoza o como el de B. Russell o el del emotivismo
de A. J. Ayer, el concepto de bueno
se entendió como relativo, de manera
que decir que algo es bueno equivaldría a decir que es útil para alcanzar determinado
fin deseado, o que es placentero. Moore llamó “falacia naturalista” al
planteamiento que reducía el concepto de bueno
al de útil o placentero, pero él mismo dudó del valor de sus propias teorías
cuando conoció el emotivismo de Ayer
y de Stevenson. Por su parte, Nietzsche defendió acertadamente, como se acaba
de ver, este mismo punto de vista.
En segundo lugar, pero como consecuencia de esa misma actitud
relacionada con la veracidad, en cuanto juzgó que el fundamento de la moral se
encontraba en la existencia de Dios, la “muerte de Dios” implicaba, como una de sus consecuencias, la falta de un
fundamento para dicha moral y, en consecuencia, su rechazo. Éste fue el motivo
que le llevó a criticar la pretensión del utilitarismo
de seguir aceptando la moral al margen de la existencia de Dios, expresando su
rechazo a tal pretensión con la
siguiente exclamación:
“¡Qué ingenuidad, como si subsistiese la moral cuando
falta un Dios que la sancione!”[25].
Este planteamiento
crítico muestra un claro paralelismo con Dostoievski, quien en su novela Los hermanos Karamazov había defendido
ya -a través de Iván Karamazov- la
tesis según la cual si Dios no existe,
todo está permitido.
Pero lo cierto es que Nietzsche
pudo haber llevado más lejos su crítica de la moral absoluta, hasta el punto de
plantear si la existencia de Dios habría podido servir como fundamento de una
moral absoluta, una moral que fuera más allá del deber de obrar de determinada
manera por la esperanza de una recompensa o por el temor a un castigo
proveniente de ese supuesto Dios.
Es decir, el fundamento
de la moral a partir de una teórica divinidad sólo es capaz de generar
imperativos de carácter hipotético, según los clasificaría Kant, quien además había
considerado acertadamente que tales imperativos carecerían de valor moral por
su carácter interesado, pues, ante la pregunta de por qué habría que obedecer
los mandatos divinos y ante la respuesta de que lo que esa divinidad ordenase
habría que acatarlo por ser bueno, se podría responder que no tendría sentido
mandar a nadie que hiciera lo que es bueno, pues lo haría espontáneamente, ya
que “bueno” o “lo bueno” o “el bien” es aquello que todos apetecen, de manera
que, como ya dijo Sócrates acertadamente “nadie obra el mal sino por
ignorancia”. En este mismo sentido también Spinoza escribió con acierto que no
deseamos algo por considerarlo “bueno” sino que lo consideramos “bueno” porque
lo deseamos, de manera que “lo bueno” no podría considerarse como el criterio
moral de las acciones, en cuanto este concepto estaría subordinado al hecho de
que las acciones así consideradas –como “buenas”- lo serían en cuanto las
sintiéramos como satisfactorias, deseables o apetecibles, pero no en cuanto
fuera un deber realizarlas sin tener
en cuenta su carácter satisfactorio.
En cualquier caso, la
“muerte de Dios” es el motivo principal que repercute en que Nietzsche niegue
el valor de la moral y de todos los valores tradicionales, en cuanto Dios
representaba el pilar fundamental sobre el que estos se alzaban. Escribe en
este sentido:
“El más importante de los acontecimientos recientes,
‘la muerte de Dios’; el hecho de que se
haya quebrantado la fe en el Dios cristiano, empieza ya a proyectar sobre
Europa sus primeras sombras [...] Hasta puede decirse [...] que el
acontecimiento es demasiado grande, demasiado lejano [...], para que pueda
extrañarse que no haya producido ruido la noticia, y que las masas no se den
cuenta de ella, ni puedan saber lo que se hundirá, por haber sido minada esa
fe: todo lo que se apoya en ella [...], por ejemplo, toda la moral europea”[26].
En tercer lugar y desde la defensa de un
determinismo basado en la absoluta conexión entre el modo de ser y el
modo de actuar de cualquier realidad, Nietzsche indica, de manera
concisa, pero con total acierto, que la defensa de la existencia del deber, en el sentido propio de una moral
absoluta –sin demostración alguna de su valor como tal- es una afirmación gratuita
y absurda, y en este sentido escribe de manera absolutamente clara y llena de
sentido:
“Un hombre tal como debe ser —nos parece tan absurdo como si se dijese: ‘un árbol tal
como debe ser’ ”[27].
Es decir, que del mismo modo que a
nadie se le ocurre plantear cómo debe ser
un árbol, pues el árbol es y no puede dejar de ser otra cosa que lo que la
naturaleza ha determinado que sea, de acuerdo con las circunstancias en que se
ha desarrollado, igual-mente el ser humano es como la naturaleza -y el
ambiente, que también es naturaleza- le ha ido formando, pues también él, como
cualquier otro ser, es parte y producto de la naturaleza, y actuará de
acuerdo con las características que la misma naturaleza haya puesto en él de
acuerdo con su genética y su ambiente, no habiendo ningún “modelo platónico” al
que tenga el deber ni la posibilidad de aproximarse.
Más adelante
utiliza otro ejemplo, el del rayo y el relámpago, viendo en el relámpago no una
actuación libre del rayo sino sólo su manifestación necesaria. Evidentemente,
esta misma relación es la que se daría en el hombre entre su ser y su
manera de actuar o de comportarse, de acuerdo con el aforismo medieval “operari
sequitur esse”, pero en un sentido mucho más radical y coherente.
En cuarto lugar y como un último
argumento contra la moral tradicional del deber, hay que tener en cuenta que, en cuanto Nietzsche rechaza
acertadamente el pseudo-problema del libre
albedrío y en cuanto este concepto ha sido considerado por los moralistas
cristianos como otra condición necesaria para que los juicios morales queden
justificados, éstos –según veremos en el punto siguiente-, así como el concepto
de responsabilidad moral, quedan
privados de fundamento. Por ello, desde un planteamiento radicalmente
determinista y contrario a la doctrina defensora del “libre albedrío, escribe:
“[el hombre] no puede ser responsable, por ser una
consecuencia absolutamente necesaria y determinada por elementos e influencias
de objetos presentes y pasados; por lo tanto [...] el hombre no es responsable
de nada, ni de su ser, ni de sus motivos, ni de sus actos, ni de su influencia.
De este modo llegamos a reconocer que la historia de las apreciaciones morales
es también la historia de un error, del error de la responsabilidad; y esto
porque reposa en el error del libre arbitrio [...] Nadie es responsable de sus
actos; nadie lo es de su ser”[28].
3. Crítica del libre albedrío
La doctrina del libre albedrío –a la que he hecho referencia
en el apartado anterior- tiene trascendental interés en los planteamientos de
Nietzsche relacionados con la moral. Por ello, a continuación expondré los
argumentos que emplea en diversos momentos de su obra para rechazar esta
doctrina, tan esencial para quienes defienden el valor de una moral absoluta.
Se trata de los
siguientes:
a) En primer
lugar, el que se relaciona con el intelectualismo
socrático, doctrina también defendida por Nietzsche, según la cual
“haga lo que haga el hombre, siempre hace el bien, es
decir, siempre hace lo que le parece bueno (útil), según su grado de
inteligencia, según la medida actual de su razonamiento”[29].
Sócrates ya
había defendido que nadie hace el mal voluntariamente sino por ignorancia.
Conviene indicar que esta doctrina, a pesar de su antigüedad, no ha perdido
nada de su vigencia, de manera que sigue siendo defendida por muchos filósofos
de reconocida valía, al margen de que, al igual que ya hizo Aristóteles, se
hayan introducido consideraciones y aclaraciones que ayudan a comprender mejor
su valor.
b) En segundo
lugar, Nietzsche critica la doctrina del libre
albedrío desde la perspectiva del
determinismo mecanicista, mediante un ejemplo idéntico al utilizado por
Hobbes y desde un planteamiento similar al de Laplace –y al del propio Kant,
aunque el filósofo de Königsberg para escapar al determinismo introdujo el concepto de “libertad inteligible”, es
decir, una libertad que no se daría
en el ámbito fenoménico sino sólo en el nouménico,
punto de vista que Nietzsche considera absurdo[30]-. Escribe en este sentido:
“Al contemplar un salto de agua creemos ver, en las
innumerables ondulaciones, serpenteos, rompientes, la libertad y el capricho;
pero todo es necesidad; cada momento puede calcularse matemáticamente. Lo mismo
sucede con las acciones humanas; deberíamos poder calcular de antemano cada
acción si fuéramos omniscientes [...]. El hombre al obrar está, es verdad,
poseído de la ilusión del libre arbitrio; si por un momento se parase la rueda
del mundo y hubiese una inteligencia calculadora omnisciente para aprovechar
esta pausa, podría continuar calculando el porvenir de cada ser hasta los
tiempos más remotos y marcar cada uno de los puntos por donde había de pasar
esta rueda. La ilusión sobre sí mismo del hombre que obra, la convicción de su
libre arbitrio, pertenecen igualmente a este mecanismo que es objeto de
cálculo”[31].
Como es
lógico, a partir de este planteamiento, en el que la negación del libre albedrío lleva consigo la negación
de la responsabilidad, Nietzsche extrae la consecuencia lógica
de que los calificativos morales carecen
de sentido:
- “Los hombres crueles [...] son tan poco responsables
como un trozo de granito pudiera serlo de ser granito”[32]
- “La completa irresponsabilidad del hombre respecto
de sus actos y de su ser es la gota más amarga que el investigador tiene que
tragar cuando se ha acostumbrado a ver en la responsabilidad y el deber los
títulos de nobleza de la humanidad. Todas sus apreciaciones [...] pierden por
este hecho su valor y su verdad [...]: no tiene ya el derecho de alabanza ni de
censura, pues no tiene sentido alabar ni censurar a la Naturaleza y a la
necesidad. Del mismo modo que le gusta una bella obra, pero no la alaba, porque
por sí misma ella no puede nada [...], lo mismo debe proceder ante las acciones
de los hombres y ante las suyas propias. Puede admirar su fuerza, su belleza,
su plenitud, pero no le es lícito encontrar mérito en ellas [...] En los
hombres que son ‘capaces’ de tristeza -¡cuán pocos!- es donde se hace el primer
ensayo de saber si la humanidad, de ‘moral’ que es, puede transformarse en
‘sabia’ [...] Todo es necesidad: así habla la nueva ciencia, y esta ciencia
misma es necesaria. Todo es inocencia, y la ciencia es la vía que conduce a penetrar
esta inocencia”[33].
c) En tercer
lugar, en El ocaso de los ídolos, vuelve a plantear esta cuestión y a criticar al cristianismo por haber
utilizado la doctrina del libre albedrío
como un medio de justificar su rencoroso deseo de responsabilizar, juzgar,
culpabilizar y condenar:
“Hoy día ya no tenemos contemplaciones con el concepto
de ‘libre albedrío’; sabemos demasiado bien lo que es: el más cuestionable
truco de los teólogos con miras a hacer a la humanidad ‘responsable’ [...]
Dondequiera que se busquen responsabilidades suele ser el instinto de querer castigar y juzgar el que impera
[...] La doctrina de la voluntad [libre][34] ha
sido inventada esencialmente para los fines del castigo, esto es, para
satisfacer el afán de declarar culpable
[...] Se concebía a los hombres ‘libres’ para que se los pudiera juzgar y
castigar, para que pudieran ser culpables
[...] El cristianismo es metafísica de verdugo...”[35].
He incluido
el término “libre” a continuación del término “voluntad” a fin de que se
entienda mejor que la crítica de Nietzsche se dirige a la doctrina del “libre
albedrío” y no a la de la mera “voluntariedad” de una parte considerable de los
actos humanos, pues dicha voluntariedad no
es otra cosa que la expresión de la propia naturaleza en cada momento en que el
hombre toma cualquier decisión. Fijémonos en que, como ya señalaba Hobbes,
aunque podamos decidir y realizar aquello que deseamos, no somos libres para
elegir nuestros deseos, pues estos son una manifestación de la propia
naturaleza, por lo que sería contradictorio que a partir de dicha naturaleza se
pudiera elegir lo que no se desea –pues el hecho de elegirlo es la auténtica
prueba de que se lo desea-, o simplemente cambiar el propio querer, que es el
que impulsa a actuar tal como lo hacemos, ya que para cambiar ese querer debería
haber cambiado previamente la propia naturaleza, de la que emana el querer de
cada momento.
d) En cuarto
lugar, Nietzsche ataca a un mismo tiempo tanto el concepto de libre albedrío como el de maldad moral desde simples
consideraciones biológicas, considerando
que el modo de ser de una persona es una simple consecuencia de su fisiología:
“Hoy día ya no concebimos la degeneración moral al margen
de la fisiología [...]; se es malo necesariamente, así como se es enfermo
necesariamente”[36].
Evidentemente cuando escribe “se es malo necesariamente” no emplea el
término “malo” en el sentido de la moral cristiana, sino que lo que pretende es
indicar que esa supuesta maldad no es otra cosa que la manifestación de una
enfermedad o, mejor, de una anomalía o de una peculiaridad, que determina
diversas formas de conducta que pueden resultar perjudiciales para la sociedad
o para cualquier grupo de personas. Y al unir los términos “malo” y
“necesariamente” es evidente que el término “malo” no puede estar siendo
utilizado en el sentido de un carácter y de unos actos en los que libremente se busque el “mal” sino en el
sentido de que la supuesta “maldad” sólo es una manifestación de la anomalía o
la simple peculiaridad de la persona a quien se le atribuye erróneamente el calificativo
de “malo”. Desde esta misma perspectiva, en Aurora,
insiste en la consideración según la cual
“no existe una diferencia esencial entre los
criminales y los enfermos mentales [...] Hoy por hoy [...] el damnificado [...]
insiste en vengarse y para tal fin
recurre a los tribunales, y éstos mantienen, por lo pronto, nuestros
abominables códigos penales, con su mezquina balanza y la pretensión de contrapesar la culpa por el castigo [...] ¡Desterremos del mundo el
concepto de pecado, y no tardemos en
proceder así también con el concepto de castigo”[37].
e) En quinto
lugar, en La genealogía de la moral,
rechaza el concepto de “libre albedrío” desde una crítica del lenguaje y, en particular, desde una crítica del
concepto de sujeto entendido como una
realidad diferenciable respecto a sus manifestaciones. Por su interés en
relación con esta cuestión reproduzco aquí un precioso pasaje, ya citado antes
parcialmente, relacionado con esta cuestión:
“Exigir de la fortaleza que no sea un querer dominar
[...] es tan absurdo como exigir de la debilidad que se exteriorice como fortaleza.
Un quantum de fuerza es justo un tal quantum de pulsión, de voluntad, de actividad —más aún, no es nada más que
ese mismo pulsionar, ese mismo querer, ese mismo actuar, y, si puede parecer
otra cosa, ello se debe tan sólo a la seducción del lenguaje (...), el cual
entiende y malentiende que todo hacer está condicionado por un agente, por un
‘sujeto’. Es decir, del mismo modo que el pueblo separa el rayo de su
resplandor y concibe al segundo como un hacer,
como una acción de un sujeto que se llama rayo, así la moral del pueblo separa
también la fortaleza de las exteriorizaciones de la misma, como si detrás del
fuerte hubiera un sustrato indiferente, que fuera
dueño de exteriorizar y, también, de no exteriorizar fortaleza. Pero tal
sustrato no existe; no hay ningún ‘ser’ detrás del hacer, del actuar, del devenir;
‘el agente’ ha sido ficticiamente añadido al hacer, el hacer es todo [...]:
nada tiene de extraño el que las reprimidas y ocultamente encendidas pasiones
de la venganza y del odio aprovechen en favor suyo esa creencia e incluso, en
el fondo, ninguna otra sostengan con mayor fervor que la de que el fuerte es libre de ser débil, y el
ave de rapiña, libre de ser cordero: —con ello conquistan, en efecto, para sí
el derecho de imputar al ave de
rapiña ser ave de rapiña [...] Por un instinto de autoconservación, de
autoafirmación, en el que toda mentira suele santificarse, esa especie de
hombre necesita creer en el ‘sujeto’
indiferente, libre para elegir”[38].
Considera Nietzsche que es el lenguaje, a través de las categorías gramaticales de sujeto y predicado, la causa determinante del error de separar agente y acción, llegando a considerar que existe una separación entre ambas
categorías no sólo en el lenguaje que utilizamos sino también en la mente
humana, por la que llega a considerar que el agente podría actuar y
podría no actuar, al margen de la acción que debiera producirse como
con-secuencia de la naturaleza de dicho agente.
Pero
Nietzsche indica acertadamente que no existe esa dualidad de sujeto y acción,
sino que todo es una realidad única, de manera que…
…“el “agente” es un
complemento ficticio de la acción ―ésta
lo es todo”[39].
Y, precisamente por la ignorancia respecto a esta identidad
entre agente y acción, del mismo modo que se tiende a separar el rayo del
relámpago, considerando el segundo
como una acción del primero…
…“así la moral del pueblo
separa también la fortaleza de las exteriorizaciones de la misma, como si detrás del fuerte hubiera un sustrato indiferente,
que fuera dueño de exteriorizar y, también,
de no exteriorizar fortaleza. Pero tal sustrato no existe; no hay ningún ‘ser’
detrás del hacer”[40].
En efecto, desde un condicionamiento como el de la gramática,
una oración impersonal como “llueve”, en cuanto se construye sin un ‘sujeto’ al
cual se atribuya el fenómeno de la lluvia, resulta más objetiva que las
oraciones que tienen una estructura de sujeto-predicado, por cuanto estas
últimas tienden a hacernos ver la realidad como si en verdad estuviera troceada
en partes y como si existiera una auténtica separación
entre un sujeto y sus predicados, entre una realidad y las
acciones mediante las que se expresa, hasta el punto de poder imaginar dicha
realidad como si mantuviera una separación
real respecto al conjunto de sus manifestaciones,
de manera que -señala Nietzsche- la seducción del lenguaje se habría apoderado de la misma ciencia (“la fuerza
mueve”, “la fuerza causa”). Y así, insiste Nietzsche,
“…no existe “ser” detrás de
la acción, detrás del devenir […]; nada tiene de extraño el que las reprimidas
y oculta-mente encendidas pasiones
de la venganza y del odio aprovechen
en favor suyo esa creencia [...] de que el fuerte es libre de ser débil, y el ave de rapiña, para ser cordero; —pues así se ganan el derecho de reprocharle al ave de rapiña ser ave de
rapiña [...] Por un instinto de
autoconservacion [...] esa especie de hombre necesita creer en el ‘sujeto’
indiferente, libre para elegir” [...] La idea de sujeto y de alma ha sido el mejor dogma tal vez porque
a los débiles les permitía el autoengaño de interpretar su debilidad como libre elección y como mérito”[41].
Nietzsche presenta en el pasaje anterior, a un mismo tiempo,
1)
una crítica del lenguaje,
2)
una defensa implícita del determinismo y
3)
una justificación de la vitalidad destructiva de los fuer-tes, que, sin embargo, no viene acompañada de otra justificación
similar para la conducta de los débiles,
en cuanto la propia vitalidad –o falta de ella- determinaría su acción agresiva
–o defensiva- respecto a lo que se le opusiera.
Comento
brevemente estos aspectos de su crítica:
1) Por lo que se refiere a la crítica del lenguaje, su propia
estructura, desde el punto de vista de Nietzsche, conduce a “errores vitalmente
útiles”, pero las categorías de sujeto
y predicado, aunque resulten útiles
para la vida, falsean la realidad en cuanto la presentan fragmentada en tales sujetos y predicados, considerando que los sujetos
podrían tener o no, originar o no, tales predicados, a pesar de que cualquier
realidad se identifica con el conjunto de sus predicados o
cualidades y a pesar de que el modo de actuar es la manifestación necesaria del modo de ser de cada
realidad.
En
consecuencia, del mismo modo que el rayo no puede actuar de otro modo que dando
lugar al relámpago, por lo mismo el fuerte no puede actuar de otro modo que
como fuerte, y el débil como débil, y todo ser expresando su propio modo de ser
y no otra cosa. El núcleo de estas consideraciones se encuentra en el hecho de
que, como indica Nietzsche, no existe diferencia ni separación alguna entre el sujeto y lo que hace, pues su manera de comportarse se identifica con su
propio ser: “no hay ningún ‘ser’ detrás del hacer […]; el hacer es todo”.
b) Por lo que se refiere al “determinismo”, conviene recordar
que, aunque en algunas ocasiones lo critica tal como lo explico en el punto 4.3.1.,
en tales casos sus críticas se dirigen contra la forma particular de
determinismo consistente en considerar la naturaleza como formada por diversas
unidades aisladas que causan como efectos otros fenómenos
igualmente aislados e independientes de aquellas causas, o contra el
determinismo teológico, basado en la suposición de la existencia de un legislador –el dios cristiano, por
ejemplo- que decretaría las leyes que
regirían en el conjunto del Universo, lo cual supondría un antropomorfismo mítico. Por este motivo Nietzsche considera que, en
cuanto hablar de leyes presupone la existencia de un legislador, debe
rechazar esos términos, pero asumiendo el determinismo
entendido como la doctrina según la cual todo
lo que sucede se produce de manera necesaria:
“Guardémonos [de pensar] que
el Universo es una máquina. No ha sido creado ciertamente en consideración a un
fin, y aplicándole la palabra máquina le hacemos demasiado favor [...]
Abstengámonos de decir que la Naturaleza está regida por leyes; en ella no hay
más que necesidades; allí no hay
quien mande, ni quien obedezca, ni quien refrene”[42].
Por ello mismo y en este mismo sentido, conviene recordar que
una de las defensas del determinismo presentadas por él se basa precisamente en
un planteamiento similar al utilizado anteriormente desde el mecanicismo de P.
S. Laplace[43].
Nietzsche critica en estos momentos tanto las teorías
sobre el azar (“casualidad absoluta”) como –al menos en algunos momentos- las
que propugnan un determinismo mecanicista
por el carácter finalista que tienen
las máquinas en cuanto construidas por un ser inteligente con un
determinado objetivo, y en su lugar defiende la doctrina
según la cual “en la naturaleza no hay más que necesidades”. Por ello, la crítica al mecanicismo
no choca con su defensa del determinismo
presentada en muchos otros lugares y con su doctrina del Eterno Retorno que tiene como presupuesto la aceptación del
determinismo.
En cualquier caso, en cuanto considera que en la
Naturaleza todo es necesario,
Nietzsche defiende el determinismo de manera indudable -por más que él prefiera
hablar de necesidad-, de manera que, en definitiva, el problema que esta
cuestión podría plantear queda reducido a una cuestión lingüística.
De hecho, defendió simultáneamente ese determinismo junto con la idea
de la voluntad de poder, considerando que, de hecho, el funcionamiento de la
necesidad conduciría hacia una progresiva integración de fuerzas que
implicarían la formación continua de organismos cada vez más complejos e
integradores de fuerzas mayores, tanto a nivel físico-natural, como biológico y
social[44], al
margen de que posteriormente, como luego se verá, Nietzsche tuvo que abandonar
esta forma de entender la voluntad de poder a causa de su incompatibilidad con
la doctrina del eterno retorno.
3) Sin embargo y como consecuencia de tal necesidad universal,
aunque lo que dice respecto a la conducta del fuerte es correcto, olvida
aplicar esta misma consideración al débil, al que critica por su motivación
relacionada con el resentimiento, pero que, dada su naturaleza, tampoco puede
hacer otra cosa que actuar movido por tal motivación. Por ello, resulta
criticable su justificación unilateral
del modo de actuar de los fuertes, en cuanto viene acompañada de un rechazo
(¿moral?) del modo de actuar de los débiles, pues, efectivamente, el mismo
argumento que utiliza para justificar a los
fuertes debería haberle servido para justificar a los débiles e incluso para
justificar sus valores, inspirados en el
resentimiento, pues tampoco los débiles pueden actuar de otro modo que como
lo hacen, incluso con su resentimiento,
al margen de que los débiles no le inspiren especial simpatía-.
Por
ello, frente al punto de
vista reflejado en la cita anterior, hay que insistir en que desde la
perspectiva de la “lucha por la vida” todo vale, tanto la fortaleza y la
vitalidad del guerrero como los supuestos “antivalores” (?) creados desde el
resentimiento -real o supuesto- de los débiles, pues todos los valores,
“nobles” o “plebeyos”, son armas para la lucha por la vida, sin que tenga
sentido juzgar a unas como buenas y a las otras como malas. El único juicio
válido respecto al valor de tales armas es el que da la misma evolución, la
cual es la que muestra qué especies sobreviven y qué especies se extinguen como
consecuencia del nivel de adecuación de las armas que utiliza cada una
en su lucha por la vida. Por ello, el juicio acerca de tales valores –o de tales
armas- no tiene sentido referirlo a su excelencia o a su nobleza en sí
mismas sino sólo a su mayor o menor eficacia
para lograr la supervivencia de las distintas especies o de los distintos
grupos humanos, según su mayor o menor utilidad como mecanismos de adaptación
al medio natural y social en que todos nos movemos. En otros momentos, el
propio Nietzsche adopta esta misma perspectiva, pero de un modo muy general,
considerando la lucha por la vida
como una manifestación de la voluntad de
poder.
Sin embargo, apenas hace
referencia explícita al modo de ser de quienes actúan a partir del resentimiento y de los correspondientes
valores propios de la moral de esclavos,
e incluso, en la mayoría de los casos en que se refiere a la moral de esclavos, manifiesta
su antipatía y su odio[45]
hacia quienes introdujeron esta forma de enfrentarse a la vida, introduciendo
valores nihilistas, “antivalores” respecto a los valores nobles, adoctrinando a
su redil de chusma fracasada para que despreciasen a quienes habían triunfado y
vivían de acuerdo con la “moral de señores”, y para que, frente a ellos,
adoptasen la moral de la conformidad, de la esperanza en otra vida mejor, de la
paciencia, de la humildad, de la obediencia, de la compasión, y, en definitiva,
del desprecio a los valores terrenales, sirviéndose de la mentira, de la
astucia y de la inteligencia para enfrentarse a la nobleza guerrera, que era la
que afirmaba el valor de la vida terrena, a pesar de su mezcla de placer y
dolor.
El motivo del odio de
Nietzsche al cristianismo oficial consiste esencialmente en el nihilismo existente en su forma de
valorar la vida terrena, pero, en cuanto desde la misma perspectiva de
Nietzsche todo está sometido a la
necesidad, por lo mismo todo se encontraría más allá del bien y del mal, todo sería inocencia pura y representaría una expresión necesaria de la voluntad de poder, y, por ello, esa
moral de esclavos tendría que haber sido objeto de comprensión y, en
consecuencia, de mera descripción de sus características y de las causas
de su aparición y de su triunfo, de manera que no debería haber sido condenada
a no ser desde el punto de vista de la simpatía personal del propio Nietzsche,
que en diversas ocasiones tuvo serias dificultades para desvincular lo
emocional de lo racional.
f) Nietzsche utiliza un nuevo argumento para criticar el libre albedrío,
pero también para criticar cierta forma de determinismo basada en una
interpretación que entendería la realidad como una suma de fenómenos aislados, en la que los primeros determinarían la aparición de los últimos. En este sentido, en Humano, demasiado humano criticó
igualmente la relación de causalidad
por cuanto dicho concepto presuponía la existencia de tales fenómenos aislados, unos considerados como
causas, y los otros considerados como efectos de los anteriores. Pero, como ya
se ha dicho, consideró acertadamente que esta doctrina era errónea en cuanto
partía de una visión fragmentada de la realidad en esa serie de hechos aislados, no teniendo en cuenta
que la realidad es un todo continuo[46]:
“La observación inexacta que nos es
habitual toma un grupo de fenómenos por una unidad y la llama un hecho; entre
este hecho y otro hecho se representa un espacio vacío, ‘aísla’ cada hecho.
Pero, en realidad, el conjunto de nuestra actividad y de nuestro conocimiento
no es una serie de hechos y de espacios intermedios vacíos, sino una corriente
continua. Pero la creencia en el libre arbitrio es justamente incompatible con
la concepción de una corriente continua, homogénea, indivisible; supone que
toda ‘acción particular es una acción aislada e indivisible’, es una
‘atomística’ en el dominio del querer y del saber...”[47].
Este mismo análisis reaparece en La
gaya ciencia, donde vuelve a
criticar el concepto de causalidad,
rechazándolo a partir de esta consideración de la realidad como un todo
unitario, no dividido en partes aisladas, y un
proceso continuo:
“Causa y efecto: he ahí una dualidad que
probablemente no existe. En realidad, lo que tenemos delante es una continuidad,
de la cual aislamos algunas partes... Una inteligencia que viese las causas y
los efectos en forma de continuidad [...] negaría los conceptos de causa y
efecto y toda condicionalidad”[48].
Por otra parte, esta crítica se complementa con la correspondiente
crítica al concepto de ‘sujeto’, concepto imprescindible para poder
utilizar el de causalidad, ya que,
para que ésta funcionase como tal, haría falta un sujeto que fuera causa y
otro que fuera efecto:
“Sólo el haber introducido en las cosas
la noción de sujeto, de ‘alguien que actúa’, hemos dado lugar a la apariencia
de que todo acaecer sea la consecuencia de una coerción ejercida sobre sujetos [...] Causa y efecto —he aquí un
concepto peligroso mientras se imagine algo
que causa y algo en lo que se produce el efecto”[49].
Estas apreciaciones, aunque se correspondan con una crítica al concepto
de causalidad y aunque la defensa del
determinismo se hace en muchas ocasiones desde el principio de causalidad, no suponen, sin embargo, un rechazo del determinismo psicológico, el cual, como
se ha podido ver, es defendido por Nietzsche en diversas ocasiones, sino sólo
un rechazo a la percepción atomística y fragmentada de la realidad y
especialmente a la relacionada con los conceptos de causa y efecto
como hechos aislados, no teniendo en cuenta que la realidad es un todo
continuo.
3.1. Crítica a cierta
forma de determinismo
Sin
embargo, Nietzsche critica cierta forma de determinismo, si se entiende ese
término en un sentido muy particular, como lo sería el de la consideración de
que la realidad estuviera regida por leyes
–y por un legislador, tal como se había considerado al dios judeo-cristiano-.
Su crítica a la hipotética existencia de una “ley coercitiva” proviene precisamente
de su consideración de que esta “ley” supondría la existencia de un
“legislador” antropomórfico con poder sobre toda la realidad, lo
cual queda descartado precisamente por ese carácter antropomórfico.
Para
evitar equívocos, en lugar de hablar de leyes
-que sugieren la idea de “un legislador”- Nietzsche prefiere hablar de la
existencia de una “necesidad” en los cambios que experimenta el Universo, lo
cual sigue siendo una forma de hablar de determinismo, pero criticando la
anterior forma del determinismo y el mismo concepto de causalidad. No obstante,
critica también el concepto de necesidad cuando se lo asocia con el de causalidad,
en cuanto éste ya presupone la dualidad de realidades causa y efecto,
igualmente criticada por Nietzsche, siendo consecuente con su concepción
unitaria de la realidad. Por ello
escribe:
“De que algo ocurra de
manera regular y calculable no resulta que ocurra necesariamente [...] La necesidad no es un hecho sino una
interpretación […] La coacción no es demostrable en las cosas […] Sólo
porque nosotros hemos introducido interpretativamente sujetos, “agentes” en las
cosas, surge la apariencia de que todo acontecer es la consecuencia de una
coacción ejercida sobre sujetos ⸺¿ejercida
por quién? Nuevamente por un “agente” ”[50].
Por ello, en cuanto la realidad no consta de tales “agentes”, separados
unos de otros, sino que es unitaria,
en ese sentido su crítica a esa forma particular de determinismo que la
acompaña es acertada, de manera que, si tenemos en cuenta que en todo momento
Nietzsche defiende la necesidad de
todos los cambios en la Naturaleza, su doctrina es inequívocamente determinista en cuanto se entienda que
los conceptos de “determinismo” y “necesidad” son equivalentes en este contexto.
Resulta, pues, evidente
que, cuando Nietzsche critica el determinismo,
lo que en realidad critica es la doctrina mítico-religiosa de que el Universo se
mueva cumpliendo leyes establecidas por un misterioso legislador, o la doctrina
que considera la realidad como constituida por unidades atómicas aisladas
que, de forma encadenada, irían provocando
ciertos efectos en otras unidades atómicas que, a su vez, ejercerían su
propia acción sobre otras, y así sucesivamente, de acuerdo con leyes mecánicas[51].
3.2. Necesidad e inocencia del
devenir
En definitiva y por todas
estas razones, frente a la doctrina del libre
albedrío, Nietzsche afirma de manera contundente y clara la necesidad de todo lo que sucede y, por
ello mismo, la necesidad y la inocencia implícita de todos los actos humanos. Y
en este sentido proclama:
“Nadie es responsable de su existencia, de su modo de ser, de
las circunstancias y el ambiente en que se halla. La fatalidad de su ser no
puede ser desglosada de la fatalidad de todo lo que fue y será [...] Se es,
necesariamente, un trozo de fatalidad; se forma parte del todo, se está
integrado en el todo; no hay nada susceptible de juzgar, valorar, comparar,
condenar nuestro ser, pues significaría juzgar, valorar, comparar, condenar el
todo... ¡Mas no existe nada fuera del
todo!”[52].
Es decir,
nada de lo que existe puede ser condenado, pues tal condena implicaría condenar
el todo en cuanto todos los aspectos de la realidad están absolutamente
enlazados, y, por ello, en cuanto cualquier aspecto de ella quedase condenado,
ello implicaría la condena de todo lo que fuera consecuencia de aquel
aspecto de la realidad condenada, y esta condena, a su vez, se extendería a las
consecuencias de la anterior consecuencia y así indefinidamente,
por lo que, teniendo en cuenta el proceso circular del eterno retorno, la
condena inicial recaería finalmente sobre sí misma, por lo que, como
consecuencia última, la propia condena quedaría condenada y todo quedaría libre
de dicha condena.
Para
completar esta exposición del punto de vista de Nietzsche acerca del libre albedrío, hay que añadir que, al
igual que Hobbes, Hume y otros filósofos, sólo aceptó la existencia de la libertad entendiéndola adecuadamente como
falta de coerción, y defendiendo igualmente la coincidencia entre necesidad y libertad,
del mismo modo que la existente en el agua de un torrente, que a la vez que baja
libremente, en cuanto nada la detenga
en su recorrido, baja también necesariamente
de acuerdo con la necesidad existente en toda la realidad.
Y, evidentemente, en
cuanto a la “libertad” de que habla Nietzsche, hay que insistir en que no tiene
nada que ver con el absurdo “libre albedrío” sino que se refiere al hecho de
que, cuando sentimos que actuamos libremente,
eso no significa otra cosa sino que actuamos desde nosotros mismos, como partes
de la misma fuerza del Universo, y no coaccionados por fuerza externa a
nosotros, lo cual es perfectamente compatible con el sentimiento de la
necesidad con la que el todo -del que formamos parte- se manifiesta también de
manera cambiante pero igualmente necesaria. Escribe Nietzsche en este
sentido:
“Nuestra creencia básica es la de que somos entes actuantes, fuerzas. Libre quiere decir
‘no empujados’, sin sentimiento de coerción”[53].
Y, efectivamente,
la defensa del determinismo y la negación del “libre albedrío” son
perfectamente compatibles con ese sentimiento de “falta de coerción” en cuanto,
aunque no hubiera fuerzas externas que nos obligasen a realizar actos en contra
del propio querer, seguiría existiendo el determinismo emanado de la propia
naturaleza, el cual efectivamente no implica sentimiento de coerción, en cuanto
todos nos identificamos con esa naturaleza de la que surgen nuestras decisiones
y nuestras acciones -aunque surjan de modo necesario-. En este sentido escribe:
“[los artistas] saben demasiado bien que justo cuando
no hacen nada ‘voluntariamente’, sino necesariamente, es cuando llega a su
cumplimiento su sentimiento de libertad, de finura, de omnipotencia, de establecer,
disponer, configurar creadoramente —en suma, que entonces es cuando la
necesidad y la ‘libertad de la voluntad’ son en ellos una sola cosa”[54].
El sentido de
este último texto, aunque pueda parecer confuso, queda claro si se tiene en
cuenta que, cuando Nietzsche utiliza la expresión “voluntariamente”, quiere
decir “de acuerdo con su propio ser”, de manera que el artista es llevado por
una inspiración que emana de su propia naturaleza por la que a un tiempo siente
la necesidad de cada movimiento que realiza, como si fuera movido por una
fuerza inconsciente –tal vez hermana de aquel “duende” de García Lorca y de
muchos otros artistas-, pero a la vez se siente plenamente libre en cuanto lo
que le impulsa a obrar como lo hace no proviene de ninguna fuerza ajena a sí
mismo sino que aquello de donde surge su inspiración es su naturaleza inconsciente
más íntima, y, por ello, sus actos reflejan a un tiempo la necesidad y la
libertad –pues su mismo sentimiento de necesidad proviene de esa intimidad inconsciente
más propia que le impulsa a expresarse como lo hace, mientras que el sentimiento
de libertad proviene de la falta de barreras y condicionantes externos que le
impidan actuar de acuerdo con su voluntad, la cual se expresa a través de sus
manifestaciones artísticas-.
Por ello mismo, si la
ética puede seguir teniendo algún sentido, éste, en cuanto nada hay que pueda
fundamentar el valor de una moral absoluta, deberá coincidir con los valores
estéticos, es decir, con los sentimientos por lo que ciertas formas de comportamiento
nos causan admiración, simpatía, satisfacción o sentimiento de plenitud,
mientras que otras nos provocan los sentimientos contrarios, pues de la misma
manera que en la Naturaleza surgen las diversas especies y se diversifican, y
unas sobreviven mientras que otras se extinguen, igualmente sucede con las
actuaciones humanas, en cuanto unas representan mejor que otras la dirección
hacia la que necesariamente se dirige la misma vida humana, de manera que
aquello que expresa la fuerza de la evolución tal vez se presenta al artista
como bello, fuerte y grandioso, mientras que lo que expresa la debilidad tal
vez se le presente como feo, frágil y enfermizo. Y quizá, por ello, el mejor
artista es aquel que consigue identificarse y captar a través de su obra
aquellas cualidades que expresan, de manera directa o por contraste, la plenitud
vital, mientras que los otros consiguen expresarla sólo de un modo más
limitado, no acabando de identificarse con la naturaleza y con la vida en su constante
evolución mediante el “sentimiento de la belleza”, por el que se vive esa compenetración
plena con la realidad.
No obstante -y como ya he
adelantado-, en diversos momentos Nietzsche cae en la tentación absurda de proponer valores y formas de comportamiento
como si se tratase de auténticos deberes
que tuvieran que regir la propia vida, como lo sería especialmente el que se
refiere al sacrificio de una persona
o de todo un grupo social o incluso ¡de la misma humanidad! en cuanto fuera
necesario para el advenimiento del superhombre.
Sin embargo, en otros
momentos Nietzsche presenta estos supuestos “deberes” sólo como exhortaciones que, al margen de su valor
o falta de valor, son al menos compatibles con la negación del valor de aquella
moral irracional, aunque tradicional, pero carente de fundamento. En este
sentido –asumiendo todavía el concepto de causalidad-, Nietzsche había escrito:
“A medida que el sentido de
la causalidad aumenta, el de la moralidad disminuye. Cada vez que comprendemos
la necesidad de los efectos y nos los representamos independientes de todo
azar, de toda consecuencia ocasional (post
hoc), destruimos por este mismo hecho una enorme suma de causalidades
imaginarias, causalidades consideradas has-ta entonces como fundamentos de la
moral”[55].
Y en Más allá del bien y del mal, así
como en su obra póstuma, proclama abierta y definitivamente:
“No hay fenómenos morales, sino sólo una
interpretación moral de los fenómenos.”[56].
Por ello,
como consecuencia y resumen de todas estas críticas a la moral, adelantándose a
Wittgenstein, escribe:
“Lo
bello, lo repugnante, etc., es el juicio más antiguo. En cuanto reclama ser la
verdad absoluta, se transforma el juicio estético en exigencia moral.
En cuanto negamos la verdad absoluta, debemos renunciar a toda
exigencia absoluta y retrotraernos a los juicios estéticos […]
¡¡¡Reducción de la moral a la estética!!!”[57].
Por su parte
y en este mismo sentido, Wittgenstein, posiblemente inspirado por Nietzsche,
afirmó posteriormente en un sentido idéntico al de Nietzsche:
“Ética y
Estética son lo mismo”[58].
A pesar de
estas críticas y de su rotunda negación de la moral[59], la
postura de Nietzsche representa en muchos momentos un rechazo de una
determinada concepción de la moral, pero no siempre de la moral entendida en
todos sus posibles sentidos: Su crítica va dirigida especialmente contra la
moral del sometimiento irracional a normas supuestamente objetivas, pero no
contra la moral creadora que extrae las normas y los ideales de vida a partir
de una proyección del propio ser, por el que el hombre afirma el valor de la
vida terrena, aceptando y amando su destino y asumiendo, no como una fatalidad
sino como una bendición, la doctrina del eterno retorno de lo mismo.
Recordemos que dicha transformación
del sentido de la moral queda expresada, entre otros momentos, cuando al comienzo
de Así habló Zaratustra hace referencia
a las transformaciones del espíritu,
rechazando la moral de los deberes supuestamente objetivos –simbolizada por el
camello- y afirmando la moral creadora de los propios valores –simbolizada por
el niño-.
Sin embargo, los
planteamientos de Nietzsche se vuelven contradictorios e incoherentes en la
serie de ocasiones en que, al hacer referencia al superhombre, llega a
presentar como un deber el sacrificio
personal o incluso el de la humanidad entera para el advenimiento de ese
personaje ideal tan asombrosamente valorado por él.
A: Aurora
AC: El Anticristo
BM: Más allá del bien y
del mal
CS: El caminante y su
sombra
EH: Ecce Homo
GC: La gaya ciencia
GM: La genealogía de la
moral
HH: Humano, demasiado
humano
ID: La inocencia del
devenir (Tomo V de Obras completas
de Nietzsche, Ed. Prestigio, B. Aires, 1970).
OI: El ocaso de los
ídolos
OT: El origen de la
tragedia
VM: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
VP: La voluntad de
poder
Z: Así habló Zaratustra
FP: Fragmentos póstumos.
Ed. Tecnos, Madrid, 2008.
SPM: Sabiduría
para pasado mañana. Antología de frag-mentos póstumos
(1869-1889); Ed. Tecnos, Madrid, 2009.
Nietzsche: Obras completas: Ed. Prestigio, Barcelona, 1970.
[1] VP, parág. 404. Ed.
Aguilar, Madrid, 1961. La cursiva es mía. Evidentemente, sinceridad es un sinónimo
de veracidad.
[2] EH, “Por qué soy un
destino”, parág. 3.
[3] VP, I, parág. 24.
Prestigio, B. Aires, 1970.
[4] O. c., parág. 399.
Aguilar, Madrid, 1966.
[5] VP, parág. 308.
Aguilar, Madrid, 1966.
[6] SPM, Primavera - Verano de 1883, p. 182.
[7] SPM, Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 252.
[8] SPM, El nihilismo europeo,
10 de junio de 1887. Tecnos, Madrid, 2009.
[9] GC, V, parág. 357.
[10] HH, parág. 280. La cursiva es mía.
[11] BM, parág. 569.
[12] GM, I, 2.
[13] BM, parág. 108. Una
observación idéntica aparece en su obra póstuma La voluntad de poder.
[14] A, I, 108.
[15] Z, I, “De las tres transformaciones”.
[16] Ibidem. Un complemento muy importante de estas consideraciones
acerca de la moral –del que se hablará más adelante- es la interpretación de Nietzsche
acerca del origen histórico de la propia moral y de los conceptos relacionados
con ella, como los de responsabilidad, conciencia moral, bueno, malo, mala
conciencia, culpa, y su diferenciación entre ‘moral de señores’ y ‘moral de
esclavos’, así como su defensa de la primera y su rechazo de la última.
Nietzsche rechaza la moral del sometimiento, afirmando que “la meta es [...]
que cada cual elabore su propio
paradigma y lo realice” (ID, parág. 1705).
[17] Citado por Safranski, en Nietzsche,
biografía de su pensamiento, p.
196. Círculo de Lectores, Barcelona, 2001.
[18] En
cualquier caso, la contraposición entre moral
e inmoral posiblemente resulta
más inteligible si tal antítesis se expresa mediante los términos moral y amoral, pues parece que la calificación de algo como inmoral presupone la aceptación de una moral a la que se opone aquello que se
considera ‘inmoral’, mientras que la
afirmación del carácter amoral de las
acciones humanas no implica ningún tipo de subordinación o relatividad de las
acciones humanas con respecto a una
supuesta moral, sino sólo la consideración de esta última forma de
valoración como un simple error en la interpretación de la conducta humana,
pues, por muy conveniente que nos parezca para nuestra seguridad personal la
existencia de unos principios morales que todos deban (?) respetar, el determinismo defendido por Nietzsche
contradice la posibilidad de cualquier deber
que pudiera regir la conducta humana por encima de la necesidad que
preside todos los sucesos del universo, incluidas las acciones humanas.
[19] SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179. Tecnos, Madrid, 2009. La
cursiva es mía. Eso de “sacrificarme a mí mismo” no es muy coherente con la negación
de la moral, a no ser que en tal sacrificio Nietzsche encontrase su propio
bien.
[20] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[21] GM II 12.
[22] OI, ‘Los cuatro grandes
errores’, parág, 8.
[23] VP, II, parág. 131. La
cursiva es mía. Prestigio, B. Aires, 1970.
[24] ID, parág. 2597; Obras
Completas, V. Prestigio, B. Aires, 1970.
[25] VP, parág. 253.
Aguilar, Madrid, 1966.
[26] GC, V, parág 343. La
cursiva es mía.
[27] VP, parág. 129; p. 498.
Ed. Prestigio, IV, B. Aires, 1970.
[28] HH, I, parág. 39.
[29] O. c., II, parág. 100.
[30] OI, ‘Los cuatro grandes
errores’, parág. 8. Habría sido más acertado llamarla “libertad ininteligible”,
pues, no perteneciendo al ámbito fenoménico, ni Kant ni nadie podía saber nada
de ella.
[31] HH, II, parág. 106. Este texto sugiere una influencia
bastante probable de P. S. Laplace.
[32] HH, I, parág. 43.
[33] O. c., II, parág. 107.
[34] La inclusión del término “libre”, entre corchetes, a continuación
del término “voluntad”, es mía.
[35] OI, ‘Los cuatro grandes
errores’, parág. 7.
[36] VP, parág. 133; p. 496,
Ed. Prestigio, B. Aires, 1970.
[37] A, parág. 202.
[38] GM I 13.
[39] GM I 13.
[40] Ibidem.
[41] GM I 13.
[42] GC, III, 109. La cursiva es mía.
[43] P.
S. Laplace (1749-1827) había escrito: “Una inteligencia que en un instante dado
conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza y la situación
respectiva de los seres que la componen, y que, por otra parte, fuera suficientemente
amplia como para someter estos datos al análisis, abarcaría en la misma fórmula
los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los de los átomos más
ligeros; nada le sería incierto, y tanto el futuro como el pasado estarían
presentes delante de ella” (Ensayo filosófico sobre las probabilidades).
[44] Un claro ejemplo del determinismo que Nietzsche defiende podemos
verlo en el siguiente pasaje de Humano,
demasiado humano: “…este mismo [ser humano] no puede ser responsable, por
ser una consecuencia absolutamente necesaria y determinada por elementos e
influencias de objetos presentes y pasados; por lo tanto, que el hombre no es
responsable de nada, ni de su ser, ni de sus motivos, ni de sus actos, ni de su
influencia. De este modo llegamos a reconocer que la historia de las
apreciaciones morales es también la historia de un error, del error de la
responsabilidad; y esto porque reposa en el error del libre arbitrio” (HH, parág. 280). Otro ejemplo -y éste
definitivo- es el de la consideración de que el eterno retorno sería
imposible sin la aceptación del determinismo -al margen de que el eterno
retorno tampoco sea demostrable por diversos motivos-.
[45] En este sentido escribe Nietzsche: “Contra la formulación de la
realidad en una moral yo me rebelo:
por eso aborrezco yo el cristianismo con un odio mortal, porque el cristianismo
creó las palabras y los gestos sublimes para que una realidad horrorosa estuviese
provista con el manto del derecho, de la virtud, de la divinidad...” (VP, parág. 429, Prestigio, B. Aires, 1970).
[46] En esta consideración
unitaria de la realidad es posible que exista una coincidencia -y tal vez
influjo- de Parménides y de Heráclito sobre Nietzsche, pues su estudio de la
filosofía griega parece haber tenido una importancia decisiva en la formación
de la suya propia. Personalmente reconoció en Heráclito el pensador griego con
quien sentía mayor afinidad, pero quien más argumentó en favor del carácter
unitario de la realidad fue Parménides.
[47] HH, II, 2ª parte,
parág. 11.
[48] GC, III, 112.
[49] VP, parág. 361, pág.
622; Prestigio, IV, B. Aires, 1970.
[50] SPM,
Verano de 1887, 9 [91], p. 290. Tecnos, Madrid, 2009.
[51] No
obstante, en momentos anteriores llegó a defender el determinismo desde esta
consideración de la relación causal entre fenómenos. Así, por ejemplo, en Aurora
I, 10.
[52] OI, ‘Los cuatro grandes
errores’, parág, 8.
[53] ID, Obras Completas, V, parag. 1659. Prestigio, B. Aires, 1970.
[54] BM, secc. VI, parág.
213.
[55] A, I, 10.
[56] SPM, Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 265. La cursiva es mía. Esta
tesis aparece igualmente en Más allá del
bien y del mal. Tecnos, Madrid,
2009.
[57] FP, II, 11 [79]; Tecnos, Madrid, 2008.
[58] L. Wittgenstein: Tractatus logico-philosophicus, 6.421.
[59] En muchos otros momentos
escribe frases similares que expresan su rechazo a la moral y al deber,
entendidos en sentido absoluto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario