Nietzsche: El valor de la veracidad en su filosofía
Por lo que se refiere a
la veracidad y a su utilización como cualidad
esencial para progresar en el conocimiento de la verdad, los planteamientos y
pronunciamientos de Nietzsche adquieren una extraordinaria intensidad polémica
y se polarizan básicamente en un enfrentamiento
contra el cristianismo, y, muy especialmente, contra la doctrina que
enaltece el valor de la fe como garantía
segura respecto a la verdad de los propios pensamientos, menospreciando el
ineludible camino del análisis racional y crítico, y de la experiencia como
instrumentos insustituibles cuando se quiere progresar en la ardua labor en que
consiste la búsqueda del conocimiento.
Si bien es justo reconocer que la
actitud de Nietzsche ante esta problemática no era revolucionaria, puesto que
en diversas ocasiones –y muy especialmente en los siglos XVII, XVIII y XIX- se
había llegado a un adecuado reconocimiento de la importancia de la razón junto
con la experiencia como instancias últimas a la hora de decidir acerca del
valor de cualquier supuesto conocimiento, hay que señalar, sin embargo, que tal
vez Nietzsche se nos muestra en la historia de la Filosofía como un pensador
radicalmente coherente con este punto de vista, coherencia que paradójicamente
le conduciría finalmente a una “transvaloración de valores”, por la que la mentira –y el arte, considerado como “bella mentira”-, quedaría situado en un nivel
axiológico superior al de la verdad
-al menos desde el punto de vista vital- como herramienta especialmente útil
para superar el nihilismo,
recuperando la confianza en el valor de la vida.
1.
La contraposición entre veracidad y
fe.
La conciencia de la existencia de una
oposición entre la veracidad y la fe -o la veracidad y las convicciones- fue
una constante a lo largo de la evolución filosófica de Nietzsche, puesta
claramente de manifiesto cuando ya en su juventud, en una carta a su hermana,
fechada en Bonn en el año 1865, escribía:
“¿Buscamos
paz, tranquilidad y dicha? No; buscamos sólo la verdad, aunque ésta fuese
repulsiva y horrible [...] Aquí se separan los caminos de los hombres: ¿quieres
paz espiritual y felicidad?, cree; ¿quieres ser un apóstol de la verdad?
entonces busca”[1].
Vemos, pues, aquí que, ya a la
temprana edad de sus veinte años, Nietzsche había tomado conciencia clara de la
diversidad de actitudes que frente al problema del conocimiento adoptan, de
hecho, los hombres: Por una parte, la de quienes se acomodan en la aceptación
acrítica de un bagaje ideológico dogmático que, de alguna manera, puede
proporcionar un sentido positivo y tranquilizador a la propia vida; y, por
otra, la de los “apóstoles de la verdad”, la de quienes se exigen el máximo
rigor intelectual y no se permiten la ligereza de aceptar como verdad aquello
que no ofrezca las más estrictas garantías de serlo, con independencia de su
valor vital o antivital.
Como muy pronto se verá, su actitud
ante esta alternativa cambió posteriormente de modo radical, pues, aunque nunca
dejó de valorar la veracidad como
fuerza impulsora fundamental para la obtención del conocimiento, muy pronto
comprendió la necesidad de sumergirse en la “bella mentira” del arte como medio necesario para escapar a
una visión nihilista o pesimista de la vida.
En cuanto al problema de cuáles
habrían de ser tales garantías, cuestión que tanto había preocupado a los
filósofos durante los siglos inmediatamente anteriores, Nietzsche no se dedicó
a elaborar y a fundamentar un método, como había hecho especialmente Galileo en
el terreno de la Ciencia, y el racionalismo, el empirismo y el apriorismo
kantiano en el terreno de la Filosofía; es más, llegó en algún momento a
desconfiar y a criticar la misma actitud kantiana que suponía que la razón
pudiera convertirse en el tribunal de sí misma -a través de una crítica de
la razón pura realizada por la misma razón-, lo que, a su modo de
ver, se presentaba como absurdo en cuanto implicaba un círculo vicioso, ya que
el hecho de asumir que la razón pudiera juzgarse a sí misma acerca de sus
posibilidades de alcanzar el conocimiento presuponía aceptar de antemano la
existencia de tal capacidad en dicha razón[2]. Toda
esta problemática, además, se convertía en algo realmente secundario si no iba
precedida de un talante previo de amor a
la verdad, es decir, de veracidad, y ese talante fue el que le guió
desde su infancia y desde su misma formación cristiana. Por ello, la expresión
“apóstol de la verdad”, utilizada en su carta, no tiene el valor de un simple
recurso literario, sino que remite precisamente a ese fondo de vivencias religiosas
y morales intensamente asumidas por el joven Nietzsche, que representaron el
impulso, a partir del cual y por cuyo desenvolvimiento intelectual interno, no
sólo se iba a apartar de las firmes creencias infantiles y de adolescencia
heredadas de sus padres, sino que iba a dedicar una parte importante de su obra
a la crítica demoledora contra los decadentes ideales y doctrinas del
cristianismo. Por ello y a pesar de su tajante condena de esta visión de la
realidad, afirma en otro momento:
“hay
que haber amado la religión y el arte como se ama a una madre y a una nodriza;
de lo contrario no se puede llegar a la sabiduría”[3],
aunque
a continuación añade:
“hay
que dirigir las miradas más allá, hay que saber evolucionar”[4].
En muchos momentos la veracidad fue asumida por él como la
energía que impulsa el pensamiento y como la virtud esencial del pensador. Así, por ejemplo, en Humano,
demasiado humano insiste en estos planteamientos y proclama:
“la
verdad no tolera otros dioses. La fe en la verdad comienza con la duda sobre
todas las demás verdades en que se ha creído hasta ahora”[5],
contraponiendo aquí los términos
“verdad” y “verdades”: “Ver-dad”, entendido en su sentido más propio, como
plena correspondencia entre el pensamiento y la realidad, y “verdades”,
entendido como conjunto de doctrinas asumidas de manera acrítica, sin que se
tenga garantía alguna acerca de su valor como auténticas verdades.
Igualmente, en Aurora, aparece la siguiente exhortación:
“No te
ocultes ni calles a ti mismo nada de lo que podría oponerse a tus pensamientos.
Haz este voto que forma parte de la honradez exigible en primer término al
pensador. Es menester que cada día hagas también tu campaña contra ti mismo”[6].
Al mencionar la “honradez”, Nietzsche
se sigue expresando en esta obra con una terminología propia de la moral; y,
sin embargo, ya en estos momentos los planteamientos morales habían quedado
definitivamente atrás y definitivamente superados. Como luego comprobaremos, las
naves de la moral fueron definitivamente abandonadas, una vez cumplida su
misión de impulsarle hasta la región situada “más allá del bien y del mal”, al
reino de la inocencia más absoluta y pura.
Igualmente, cuando escribe “es
menester que cada día hagas también tu campaña contra ti mismo”, se está
refiriendo a la dificultad psicológica que en muchas ocasiones se puede tener
para reconsiderar aquellas opiniones o certezas subjetivas que en cualquier momento
hayamos podido considerar como verdades evidentes, reconociendo, como un
aspecto esencial de la veracidad, aquél por el cual no sólo somos capaces de
adoptar una actitud crítica en relación con las opiniones ajenas sino también y
especialmente con las propias en cuanto no estén rigurosamente fundamentadas.
Por ello, por lo que se refiere a esa
“honradez” antes mencionada y teniendo en cuenta su crítica radical de la
moral, hay que entender dicha “honradez” no como un deber moral sino como la
expresión de una opción vital, de un ideal apasionante o, con palabras del
propio Nietzsche, de una “nueva pasión”:
“La
fiebre del descubrimiento y de la adivinación ha adquirido para nosotros tal
hechizo, que ha llegado a sernos tan indispensable como es para el enamorado el
amor no correspondido, que a ningún precio cambiaría por un estado de
indiferencia. Quizá somos nosotros también amantes desdichados. El conocimiento
se ha transformado para nosotros en una pasión que no retrocede ante ningún
sacrificio”[7].
También en su obra
siguiente, La gaya ciencia, volvía a
insistir en la valoración positiva de este ideal del conocimiento como finalidad de la vida y en la crítica contra la
falta de rigor intelectual:
- “La vida es un medio para el conocimiento:
llevando esta máxima en el corazón se puede no sólo vivir con valor, sino con
alegría, y reír alegremente”[8];
- “la
mayoría de los hombres no juzga despreciable creer tal o cual cosa y vivir
según esa creencia, sin haber adquirido conciencia previa de las razones últimas
y ciertas que la justifican como verdad [...] ¡qué importan el buen corazón, la
firmeza o el genio cuando el hombre que posee estas virtudes tolera en sí mismo
la tibieza de sentimientos respecto a la fe y al juicio, sin que la exigencia de certeza sea para él el más
profundo de los deseos y la más íntima de las necesidades...!”[9].
En relación con estos dos últimos
pasajes tiene especial interés señalar que en estos momentos Nietzsche
encuentra en la búsqueda de la verdad un
ideal que por sí mismo resulta suficiente
para valorar positivamente la vida. No obstante y como se verá más adelante, la
doctrina dominante desde un punto de vista vital a lo largo de su
evolución intelectual será la que considera que, sin la ayuda de la ‘mentira’ del arte, la vida no tendría sentido.
Por otra parte, cuando en esta última
cita califica como “despreciable” la actitud de quienes no viven de acuerdo con
la veracidad, su punto de vista es incoherente con la serie de ocasiones en que
considera que “no hay fenómenos morales”, sino meras interpretaciones morales
de los fenómenos, pues, a raíz de “la muerte de Dios”, es decir, de la toma de
conciencia de la no existencia de ese supuesto ser en el que se había creído a
lo largo de milenios, ser al que se consideraba como fundamento de la moral,
ésta se muestra como pura mitología en cuanto queda privada de tal fundamento.
Además, si esta valoración moral negativa de tales juicios alejados de la
veracidad tuviera sentido, en tal caso Nietzsche hubiera tenido que considerar
igualmente despreciable la “bella mentira del arte”, en cuanto esa “bella
mentira” suponía también de manera evidente un alejamiento de la veracidad.
Esta confrontación entre veracidad y arte será una constante en su filosofía que finalmente quedará
resuelta en favor del arte, aunque
sin abandonar la veracidad en cuanto no esté en juego la superación del
nihilismo.
En Así habló Zaratustra define con suma claridad y belleza literaria
las cualidades que caracterizan al hombre
veraz, identificado en su forma más alta con el “espíritu libre” por su radical independencia y por su
rebeldía frente a la tentación de someterse a la aceptación de cualquier
doctrina consoladora que pudiera llenar su soledad y su necesidad de alcanzar
un “oasis mental” que le liberase de la dureza del inmenso “desierto” de una
vida en constante lucha por mantener la independencia en su búsqueda de la
verdad, venciendo la tentación de refugiarse en tales oasis ilusorios en los
que, renunciando a la búsqueda de la verdad, tratase de satisfacer erróneamente
su sed de auténtico conocimiento y su necesidad de huir a su soledad, sentida
más intensamente a causa del desprecio que provoca en quienes se refugian en
tales oasis ilusorios, rindiéndose ante falsos dioses que les liberen de la
tarea de buscar el conocimiento entre los áridos desiertos de las fantasías
humanas. Y, en efecto, en este sentido escribe:
“Mas a quien el pueblo aborrece, como al lobo los
perros, es al espíritu libre, el enemigo de las cadenas, el que no adora, el
que habita los bosques [...]
Veraz llamo yo al hombre que se retira al desierto sin
dioses, y ha roto en pedazos su corazón venerador.
Entre la amarilla arena del desierto, quemado por el
sol y abrasado por la sed, dirige miradas veladamente ávidas hacia los oasis
abundantes en fuentes, allá donde, entre sombras de árboles, reposan seres
vivos.
Pero su sed no le lleva a imitar a aquellos
indolentes: pues donde hay oasis, allí hay también imágenes de ídolos.
Hambrienta, violenta, solitaria, sin Dios: así se
quiere a sí misma la voluntad-león.
Liberada de los placeres del esclavo, redimida de dioses
y de adoraciones, impávida y aterradora, grande y solitaria: así es la voluntad
del hombre veraz.
En el desierto han vivido siempre los veraces, los
espíritus libres, como señores del desierto”[10].
En el mismo tono de esta cita puede
observarse nuevamente la valoración altamente positiva del hombre veraz, del “espíritu libre”, del que no adora. Pero, como ya
he comentado antes, tal valoración sólo tuvo sentido para Nietzsche mientras se
realizase como una opción personal al
margen de cualquier perspectiva moral,
y en cuanto se optase por ser
coherente con el implícito y explícito rechazo de la mitología de la moral, tantas veces criticada por él.
Por lo que se refiere a sus vivencias
personales, el propio Nietzsche indicaba que para poder mantener ese espíritu libre necesitaba vivir en el
desierto de la soledad, pues se daba
cuenta de que la masa, las convenciones y los prejuicios sociales ejercían una
presión psicológica que le impedía pensar y juzgar con objetividad y sin la
influencia de los diferentes prejuicios y doctrinas asumidos por la cómoda
inercia de la tradición. Escribe en este sentido:
“En
medio de la multitud vivo como la multitud y no pienso como yo pienso; al cabo
de algún tiempo tengo presentimientos de que me quieren desterrar de mí mismo y
robarme el alma, y me pongo a odiar y a temer a todo el mundo. Entonces tengo
necesidad del desierto para volver a ser bueno”[11].
Que la veracidad –aunque por debajo
del arte- continuó siendo hasta el fin uno de los valores supremos en su
axiología puede mostrarse, una vez más, recurriendo a las palabras del propio
filósofo al afirmar en Más allá del bien
y del mal:
“la
fuerza del espíritu se expresaría por la cantidad de verdad que fuera capaz
de soportar”[12],
y al insistir, más adelante, en la
consideración de la veracidad como “nuestra virtud, la única que nos ha quedado”, virtud que a continuación
queda supremamente enaltecida al ser considerada como “nuestro Dios”[13].
Sin embargo, Nietzsche presiente con
plena lucidez que la vida de acuerdo con la veracidad comporta graves riesgos,
en cuanto podrá significar el descubrimiento de los aspectos más negativos y
absurdos de la existencia, el descubrimiento de que todos los valores en que se
sustenta la civilización occidental tal vez sean el resultado de un fatal error, el cristianismo, y el hecho de que este descubrimiento tendrá que
conducir al hombre a una crisis radical respecto al valor de la vida y de todas
las creencias y valores aceptados hasta el momento. En este sentido, advierte
ya desde muy pronto:
“no
hay armonía preestablecida entre el progreso de la verdad y el bien de la
humanidad”[14],
y, así mismo, en El Anticristo, una de sus últimas obras antes de su hundimiento
mental, insiste:
“para
conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro
corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para ello es necesario
grandeza de alma: el servicio de la verdad es el más duro de todos los
servicios”[15].
De nuevo aparece aquí una valoración
especial de la veracidad al considerar, por ejemplo, que la veracidad requiere
“grandeza de alma”.
Pero, como ligera objeción a esta
valoración de Nietzsche, hay que insistir en que desde el momento en que había
llegado a la conclusión de que la moral carecía de fundamento, hablar de
“grandeza de alma” sólo podía tener sentido desde una valoración personal,
estética y subjetiva, pero en ningún caso desde una valoración moral. En
cualquier caso, en estas últimas palabras reaparece la paradoja antes
mencionada, pues, por una parte, Nietzsche equipara la veracidad con la
posesión de “grandeza de alma”, mientras que, por otra, entiende que la
búsqueda de la verdad va acompañada de enormes sacrificios que conllevan
incluso la pérdida de nuestra confianza en la vida. Pero esta alternativa
conduce a la pregunta siguiente: ¿Qué es mejor, esa veracidad relacionada con
la “grandeza de alma”, que sin embargo puede conducirnos a la toma de
conciencia del absurdo de la vida, o esa otra forma de vida de quienes se
despreocupan de la búsqueda de la verdad y viven más o menos felices en medio
de sus ilusorios oasis y de su indolencia? Ante esta alternativa el punto de
vista de Nietzsche es oscilante, pues, si en estos momentos está realizando una
apología del hombre veraz, del “espíritu libre”, en otros llega a rechazar esa
búsqueda de la verdad y presenta la bella
mentira del arte como solución a fin de no caer en un profundo nihilismo o
a fin de salir de él. Escribe en este sentido:
- “[El
arte] ha enseñado […] a considerar con interés y placer la vida bajo todas sus
formas y a fomentar nuestras sensaciones de tal modo que terminemos por
exclamar: ‘Sea lo que sea la vida, la vida es buena’ ”[16]
- “La
sinceridad nos conduciría al tedio y al suicidio. Pero hay una potencia
contraria que se opone a nuestra sinceridad y nos ayuda a librarnos de
consecuencias tales: es el arte como buena voluntad de la ilusión […] La
existencia nos parece soportable como fenómeno estético”[17].
2. La crítica de la fe
Por otra parte, al margen de esta
suprema valoración de la bella mentira del arte y siendo consecuente con su tan
alta estima de la veracidad, Nietzsche se enfrenta duramente contra quienes,
renunciando a la búsqueda de la verdad, se refugian bajo la bandera de las
creencias religiosas y defienden la prioridad de la fe, de carácter irracional, por encima de la veracidad crítica. Su ataque se dirige aquí en contra de la
tradición del cristianismo, en la que sus más destacados representantes habían
defendido el valor de la fe como
único camino para llegar a “conocer” (?) las verdades (?) del cristianismo y
conseguir así la “eterna salvación” (?).
Respecto a esta cuestión Nietzsche se
pronuncia con su oposición más tajante en muy diversas ocasiones y desde perspectivas
convergentes que vienen a coincidir en el rechazo más radical respecto al valor
de la fe, proclamando, por ello, que
la fe
“es la mentira a toda costa”[18]…
…en cuanto “el hombre de fe” llega a
rechazar por principio el análisis racional de sus creencias como consecuencia
de haber sido adoctrinado para considerar el valor de la fe muy por encima
del valor de la razón a la hora de
alcanzar tales supuestas verdades, llegando a juzgar –como proclamó Lutero- que
la razón es enemiga de la fe.
Continuando con estas reflexiones,
declara Nietzsche también:
“las
convicciones son enemigas de la verdad, más poderosas que las mentiras”[19],
en cuanto desde el punto de vista
psicológico, al igual que la fe, las convicciones en general se encuentran
fuertemente asentadas en la propia mente y ello representa un obstáculo para su
revisión racional, de manera que puedan ser modificadas en cuanto se advierta
en ellas la carencia de fundamentos suficientes o la presencia incluso de
incoherencias manifiestas.
Por ello, Nietzsche centra su mirada
atenta en la actitud fanática de quienes defienden sus convicciones
de modo irreflexivo y obstinado, como si realmente fuera un deber la defensa
perpetua de aquello que una vez pudo parecernos verdadero. Frente a esa
actitud, defiende el derecho a “traicionar” las propias creencias, el derecho
de los “los espíritus libres” a someter continuamente a crítica intelectual y a
revisión las más profundas y vitales convicciones. Critica, pues, el hecho de que hasta el momento actual
“dejarse
arrebatar las creencias equivalía quizá a poner en riesgo la salvación eterna”
y que
“cuando
las razones contrarias se mostraban muy fuertes, siempre había el recurso de
calumniar a la razón y acudir al ‘credo quia absurdum’, bandera del extremo
fanatismo”[20].
La expresión “credo quia absurdum”
-“creo, puesto que es absurdo”-, atribuida a Tertuliano, es un ejemplo muy
claro de la supremacía que los creadores del cristianismo concedieron a la fe,
no porque verdaderamente estuvieran convencidos de que tal exaltación de la fe
tuviera algún valor o algún fundamento objetivo sino porque era el mejor método
de que disponían para disuadir, bajo la amenaza del fuego eterno, a quienes
pretendieran obtener razones en favor
de la verdad de las absurdas doctrinas con que adoctrinaron a sus confundidos y
temerosos oyentes.
Por ello, al tomar conciencia del
carácter falible de la propia subjetividad, Nietzsche defiende el derecho
inalienable a la constante revisión intelectual de cualquier doctrina o
creencia, planteándose en consecuencia, la siguiente cuestión:
“¿Estamos
obligados a ser fieles a nuestros errores, aún sabiendo que con esta fidelidad
dañamos nuestro yo superior? No, no hay tal ley, no hay tal obligación; debemos
ser traidores, abandonar siempre nuestro ideal”[21]…
...desde el
mismo instante en que tomemos conciencia de que se trataba de un ideal
equivocado[22].
Complementariamente, Nietzsche ataca
la postura de quienes utilizan como argumento para la defensa de sus creencias
la sangre derramada por los mártires de dichas creencias. Afirma efectivamente
en El Anticristo:
- “Que
los mártires demuestran la verdad de una causa es una creencia tan falsa que me
inclino a creer que jamás mártir alguno ha tenido que ver con la verdad [...]
Los martirios [...] han sido una gran desgracia en la historia, pues seducían [...] ‘Sin embargo, la sangre es el peor testigo de la verdad’
[...]”[23]
- “Y
si alguien entra en la hoguera por defender su doctrina, ¿qué prueba eso?”[24].
Con estas palabras, Nietzsche, como
extraordinario psicólogo que fue, se da cuenta de la existencia de una
tendencia muy común a creer en una doctrina porque quienes la defienden sean
capaces de dar la vida por ella en lugar de defenderla o rechazarla a partir
del valor o de la falta de valor de los argumentos a partir de los cuales se la
debería aceptar o rechazar.
Su punto de vista es plenamente
acertado y su crítica es contraria curiosamente a los posteriores
planteamientos de Unamuno, quien afirmaba erróneamente que eran los mártires
quienes impulsaban la verdad a través de su fe[25],
pues el fanatismo que conduce al sacrificio de la propia vida no demuestra
absolutamente nada y, por ello, en lugar de impulsar la verdad, impulsa, si acaso,
el progreso de ese mismo fanatismo por el que puede llegar a defenderse
cualquier doctrina por absurda que sea. Escribe Nietzsche en este sentido:
- “La “fe” como imperativo es
el veto contra la ciencia; en la práctica es la mentira a toda costa [...] Pablo comprendió que la mentira –que “la
fe”- es necesaria; a su vez la Iglesia, más tarde, comprendió a Pablo”[26].
-
“…que la fe no mueve montañas […] es algo de lo que cualquiera se convence
realizando un breve recorrido por cualquier manicomio”[27].
- “
‘La fe’ significa no querer saber qué es la verdad”[28].
Complementariamente y de manera
generalizada, afirma:
“la
moral cristiana es la forma más maligna de voluntad de mentira”[29],
pero dejo para más adelante un
estudio detallado de esta cuestión, especialmente importante en el pensamiento
de este gran pensador.
2.1. La crítica de la fe (II)
Tratando de explicar los motivos que
han conducido a los cristianos a la exaltación de la fe, Nietzsche los atribuye, en La
gaya ciencia, a una especie de enfermedad
de la voluntad, por la cual
“cuanto
menos se es capaz de mandar, tanto más afanosamente se anhela a quien mande
autoritariamente, ya sea un dios, un príncipe, un médico, un confesor, un dogma
o una conciencia partidaria”[30].
Y, por suerte o por desgracia, parece
que la naturaleza humana es así a nivel psíquico individual y de organización
social en una gran parte de los seres humanos: Son muchas las personas que de
manera instintiva tienden a someterse o a seguir ciegamente las ideas o
doctrinas de unos pocos que tengan suficiente habilidad para convencer no por
auténticas razones sino mediante discursos elocuentes y amenazantes, o llenos
de atractivas promesas, consignas y frases altisonantes, vacías de contenido y
vacías, sobre todo, de argumentos racionales.
La actitud intelectual del débil de
voluntad se caracteriza además porque ante
“un
artículo de fe, así esté refutado mil veces, si lo necesita, creerá siempre de
nuevo que es verdadero”[31].
Nietzsche se asombra y lamenta que
incluso hombres de una categoría intelectual tan extraordinaria como Pascal
hayan sucumbido a esa ceguera intelectual que viene significada por la fe,
“esa
fe […] que se parece de una manera horrible a un suicidio permanente de la
razón”[32].
En contraposición con esa debilidad
de la voluntad sitúa su alta valoración del espíritu
libre, concepto que hace referencia al hombre que en ningún caso se siente
definitivamente ligado ante ideología alguna, sino que vive
“únicamente
para el conocimiento”[33],
y se caracteriza, en su búsqueda de
la verdad, por el rigor más absoluto, por su disposición intelectual permanente
para rechazar una doctrina desde el preciso instante en que se le manifieste
como falsa, y, en este mismo sentido,
“por
la voluntad incondicional de decir no,
allí donde el no es peligroso”[34].
Pasando a polemizar más directamente
en contra del cristianismo y, en especial, en contra de la doctrina que
considera la fe como requisito
indispensable para “la salvación”, Nietzsche pone en evidencia lo absurdo de
esta teoría comparando las supuestas relaciones entre Dios y los hombres con
las de un carcelero y sus presos a través del siguiente texto perteneciente a El caminante y su sombra:
“Una
mañana los presos salieron al patio de trabajo; el carcelero estaba ausente
[...] Entonces uno de ellos salió de las filas y dijo a voces: ‘Trabajad si
queréis, y si no queréis, no trabajéis: es igual. El carcelero ha descubierto
vuestros manejos y os va a castigar terriblemente. Ya le conocéis; es duro y
rencoroso. Pero escuchad lo que os voy a decir: no me conocéis; yo no soy lo
que parezco. Yo soy el hijo del carcelero, y tengo un poder absoluto sobre él.
Puedo salvaros, y voy a salvaros. Pero entendedlo bien, no salvaré más que a
aquellos de vosotros que crean que yo
soy el hijo del carcelero. ¡Que los otros recojan el fruto de su incredulidad!”
“Pues bien -dijo, tras una corta pausa, uno de los presos más jóvenes-: ¿qué
importancia tiene para ti que creamos o que no creamos? Si eres verdaderamente
el hijo del carcelero y puedes hacer lo que dices, intercede en nuestro favor y
harás verdaderamente una buena obra; ¡pero deja esos discursos sobre la fe y la
incredulidad!’ ”[35].
En relación con esta metáfora puede
observarse que efectivamente hay múltiples textos en el Nuevo Testamento
en los que se aprecia esta alta valoración de la fe, que llega a exigirse como
condición necesaria para la “salvación”. Así, por ejemplo, el evangelio de Juan
el Anciano afirma en este sentido:
“...es
necesario que sea puesto en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea
en él alcance la vida eterna. Porque así amó Dios al mundo, que entregó a su
Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en él no perezca, sino alcance la
vida eterna”[36].
Y, puestas en boca del Jesús
evangélico, se dicen las siguientes palabras:
“En
verdad, en verdad os digo, el que escucha mi palabra y cree al que me envió,
tiene vida eterna y no incurre en sentencia de condenación, sino que ha pasado
de la muerte a la vida”[37].
Del mismo modo en su Epístola a los Romanos afirma Pablo de
Tarso:
“si
confesares con tu boca a Jesús por Señor y creyeres en tu corazón que Dios le
resucitó de entre los muertos, serás salvo”[38].
Es evidente el excelente resultado
que a los inventores del cristianismo les dio este método de adoctrinamiento
por el cual anteponían de forma radical la fe
a la razón. Al parecer fueron muy
conscientes de que pretender convencer del valor de sus doctrinas a partir de
simples razonamientos les habría resultado imposible y por ello recurrieron a
engañar al pueblo ingenuo diciéndole que sólo mediante la fe en Jesús y en sus
doctrinas conseguirían la salvación. Esas mentiras, el temor y otros elementos
de la irracionalidad humana consiguieron los efectos deseados: El cristianismo
se abrió paso en el imperio romano y en poco tiempo se convirtió en su religión
oficial, desterrando por la fuerza las demás creencias religiosas.
Posteriormente, el cristianismo, a
través de muchas de sus más ilustres figuras (Agustín de Tagaste, Lutero,
Pascal, Kierkegaard, etc.), ha venido insistiendo en estos mismos planteamientos.
En esta radical contraposición entre
la fe y la razón, y de acuerdo con Nietzsche, tiene especial interés recordar
las absurdas palabras de Lutero en contra de la razón y, evidentemente, en
favor de la fe:
“la
razón es la mayor enemiga de la fe. Quienquiera que desee ser cristiano debe
arrancarle los ojos a su razón”[39].
3. Las causas del error
En relación con la cuestión de las
causas que provocan nuestros errores, en Humano,
demasiado humano, escribía Nietzsche:
“El hambre no prueba que ‘haya’ un
alimento para satisfacerla [...] ‘Presentir’ no significa, en modo alguno,
reconocer la existencia de una cosa, sino tenerla por posible, en la medida en
que se la desea o se la teme: el ‘presentimiento’ no hace avanzar un paso en la
región de la certidumbre. Se cree involuntariamente que las partes de una
filosofía que ostentan un colorido de religión están mejor probadas que las
otras; pero, en el fondo, es lo contrario, sólo que se tiene el íntimo deseo de
que sea así, de que aquello que nos hace felices sea verdad. Este deseo nos
conduce a tomar por buenos, razonamientos malos”[40].
De este modo y teniendo en cuenta que
para Nietzsche la fe equivalía en el fondo a una falta de rectitud intelectual,
motivada por el temor a vivir en lo problemático y por la tendencia a pisar el
terreno más tranquilizador ofrecido en el contenido de las creencias,
consideró que la fe representaba
“la mentira a toda costa”[41].
Ciertamente, era un síntoma
sospechoso respecto al valor de la fe
su conexión con los deseos y con la necesidad humana de felicidad, y, por ello,
ya anteriormente Nietzsche había manifestado su sospecha escéptica:
“Si la
fe no diese felicidad, no habría fe: por consiguiente, ¡cuán poco valor debe de
tener!”[42].
En relación con esta cuestión tiene interés hacer referencia a otros
planteamientos, como el de Descartes
sobre las causas del error, a las
críticas de Russell a “la voluntad de creer” de W. James, y a un comentario de Sartre
acerca de la creencia:
a) Descartes explicaba la posibilidad del error a partir de la relación entre la
voluntad y el entendimiento, en cuanto la primera se pronunciase sin que el
entendimiento le hubiese proporcionado la suficiente “claridad y distinción”
sobre la cuestión correspondiente, y, en este sentido, afirmaba:
“Si me
abstengo de dar mi juicio sobre una cosa cuando no la concibo con suficiente
claridad y distinción, es evidente que hago bien y no me equivoco, pero si me
determino a negarla o afirmarla, no me sirvo como debo de mi libre arbitrio”,
pues
“el conocimiento
del entendimiento debe preceder a la determinación de la voluntad”[43],
de manera que un
pronunciamiento de la voluntad respecto a una cuestión carente de claridad y
distinción representaría una actuación moralmente defectuosa.
Ahora bien, si la fe hace referencia a unas doctrinas que la razón
no puede comprender, su aceptación como verdad no puede provenir de otra
actitud que la de ese pronunciamiento
defectuoso de la voluntad frente a unos contenidos que, por definición, no
pueden ser ni claros ni distintos, ya que, de lo contrario, no se relacionarían
con la fe sino con el conocimiento. Sin embargo, a pesar de
estas acertadas observaciones, Descartes fue incoherente con ellas en diversas
ocasiones tal vez por temor a las represalias de la jerarquía católica.
b) Por su parte,
B. Russell indica acertadamente que
ante situaciones objetivamente inciertas no tiene sentido tratar de actuar a
partir de la aceptación de una solución desde
la creencia en ella, sino meramente desde la sim-ple necesidad de tener que
optar y, en consecuencia, de tener que asumir una hipótesis que tendrá que ponerse a prueba, pero sin que esto
implique que se crea en su verdad más allá de lo que permiten los datos
objetivos de que se disponga.
Resumiendo su punto de vista, indica:
“el verdadero precepto de la
veracidad [...] es el siguiente: ‘Debemos dar a toda proposición que
consideramos [...] el grado de crédito que esté justificado por la probabilidad
que procede de las pruebas que conocemos’ ”[44].
c) Igualmente, Sartre presentaba la aparente paradoja según la cual
“creer es
saber que se cree y saber que se cree es no creer ya”, puesto que “saber que se
cree” es tener conciencia de la creencia como “pura determinación subjetiva,
sin correlato exterior”[45].
Es decir, si se admite que entre saber y creer existen diferencias, y se es
consciente de que creer no es saber, se tendrá que asumir la conciencia de creer como conciencia de no saber y como conciencia de que la
creencia se produce por motivos subjetivos. Esta conciencia desembocará en la desaparición de la creencia en cuanto se
produzca la disociación entre los datos
objetivos insuficientes, por una parte, y los motivos subjetivos, por otra, como ingredientes cuya combinación ha
producido esa vivencia especial de la creencia,
que podríamos en tales casos llamar simplemente “querencia”, en cuanto tendemos
a “creer” lo que “queremos”, o lo que de algún modo nos atrae.
Por otra parte,
es cierto que la tesis de Sartre, aunque “debería” cumplirse desde la coherencia
lógica, rara vez se cumple en la práctica, y ello es una prueba más de que,
como han señalado diversos autores (Schopenhauer, Nietzsche y Freud entre
otros), la débil racionalidad humana extrae su propia fuerza de un fondo vital
básicamente irracional, frente a cuyas motivaciones la fuerza de la razón en
muchas ocasiones queda adormecida. Pues, en efecto, el que cree, aunque sea consciente de que simplemente “cree” y de que carece
de bases objetivas suficientes para poder considerar su creencia como conocimiento,
no por ello deja de creer, y este simple hecho representa la más clara
refutación de la afirmación sartreana.
Dicha afirmación
habría sido correcta si el hombre fuera siempre consecuente con los
planteamientos racionales, pero Sartre parece olvidar la enorme fuerza de
nuestro sustrato psíquico irracional, el cual dificulta que los planteamientos
racionales puedan sustituir fácilmente a los que previamente y de manera
acrítica ocuparon un lugar en nuestra mente.
Como resumen y conclusión respecto a este problema, podemos
señalar la existencia de dos actitudes extremas en los pronunciamientos de la
voluntad: la que resulta proporcional y consecuente con los datos objetivos, y
la que resulta desproporcionada con tales datos pero que viene impulsada por
factores ajenos a la razón, como nuestros deseos o temores. Ahora bien, en
relación con tales actitudes y en cuanto se esté interesado en la posesión de
auténticas verdades, se intentará evitar las actitudes del segundo tipo y sustituirlas
por las del primero. Pero, en cualquier caso, lo que resulta totalmente
inadmisible es la consideración moral positiva respecto a esta segunda actitud,
en cuanto se caracterizaría más bien por su oposición a la veracidad.
4. Apología vital de la mentira
Hasta aquí hemos podido ver la pasión
de Nietzsche por la veracidad, por la búsqueda de la verdad por encima de
cualquier ilusión o fantasía consoladora.
Pero nos preguntamos ahora: ¿Fue éste
el único punto de vista que Nietzsche defendió respecto a la búsqueda de la verdad?
Veremos a continuación que la respuesta fue negativa: Desde el momento en que
Nietzsche tomó conciencia de la “muerte de Dios”, de que Dios no existía, y de
que se había considerado que el supuesto Dios era el fundamento de la moral, a
la vez que se tenía en cuenta que la veracidad era un “valor” o una “norma”
emanada de esa moral, tal veracidad dejaba de tener el valor de una
“obligación” y sólo podía seguir siendo estimada por ella misma, como actitud a
seguir ante el simple interés por el conocimiento de la verdad en un sentido
similar en cierto modo al que tenía para Aristóteles el conocimiento teorético
(theoría) de la realidad.
Y, si la veracidad no podía tener el
valor de un deber moral, en cuanto la moral no tenía fundamento alguno,
tal situación dejaba abierto el camino para asumir como una posibilidad la del
uso de la mentira para los fines que fueran de algún valor para el
hombre. En consecuencia, Nietzsche siguió valorando la veracidad para
los fines relacionados con el conocimiento de la realidad, pero al mismo
tiempo consideró que, para encontrar un sentido a la vida que le permitiera
escapar del nihilismo en el que se podía haber permanecido a partir de
la toma de conciencia de la inexistencia de Dios, era necesario recurrir a la bella
mentira del arte. Por ello, hay que comprender que, en realidad, la apología o elogio vital de la mentira por
parte de Nietzsche no es necesariamente contradictoria con la veracidad, a
pesar de que haya ocasiones en que él llega a presentar así esta aparente
“alternativa”. Veamos algunos pasajes realmente significativos de esta valoración de la mentira que, sobre
todo, es en especial una valoración del
arte, entendido en un sentido amplio:
- En el
primer pasaje, poniendo como ejemplo la forma de comprensión de la vida propia
de los antiguos griegos, indica Nietzsche que éstos tenían una visión muy
negativa de la vida cuando “les habla el entendimiento” y que, por tal motivo,
tenían que servirse del arte para transformar positivamente aquella visión
negativa, que él comparte:
“[A los griegos], cuando les habla el entendimiento,
¡qué dura y cruel les parece la vida! No se engañan. Pero juegan con la vida
envolviéndola con mentiras: Simónides aconsejaba tomarse la vida como un juego
[...] Los griegos sabían que únicamente por medio del arte puede la miseria
convertirse en un goce”[46].
- En el siguiente pasaje,
perteneciente a los últimos tiempos de su vida lúcida, Nietzsche mantuvo
aquella opinión anterior, pero ampliando el ámbito de la mentira incluso a la
misma ciencia y considerando que “el ser humano ha de ser ya por naturaleza un
mentiroso” o, lo que para él es lo mismo, un “artista”. Escribe en este sentido:
- “La
metafísica, la moral, la religión, la ciencia —entran en consideración en este
libro sólo como formas diversas de la mentira: con su ayuda se cree en la vida. “La vida debe inspirar confianza”: la tarea, así
planteada, es enorme. Para resolverla, el ser humano ha de ser ya por
naturaleza un mentiroso, ha de ser más aún que cualquier otra cosa, un artista... Y no hay duda de que lo es:
metafísica, moral, religión, ciencia —sólo son criaturas de su voluntad de
arte, de mentira, de huida ante la “verdad”, de negación de la “verdad” [...]”[47].
- “Hemos terminado con este mal gusto, esta voluntad
de verdad, de “verdad a toda costa”, esta locura de adolescente en el amor a la
verdad; somos ahora muy avezados, muy serios, muy alegres, muy escarmentados,
muy profundos para todo eso… Ya no creemos que la verdad continúa siendo verdad
si se le arrancan los velos […] Hoy se nos antoja decoroso no pretender verlo todo
desnudo, presenciarlo todo, entenderlo y “saberlo” todo […] Se debería respetar
más el pudor con que la Naturaleza se
ha ocultado tras enigmas y toda clase de incertidumbres”[48].
- Pero,
insistiendo en esta apología vital de
la mentira, más acentuada, al parecer,
en esos últimos años de su actividad filosófica, escribe:
“La
voluntad de apariencia, de ilusión, de engaño, de devenir y cambiar es más
profunda, más “metafísica” que la voluntad de verdad, de realidad, de ser”[49].
Y ya, como resumen esquemático de estas
consideraciones, en sus escritos póstumos sobre La voluntad de poder escribe:
“La verdad es fea. Tenemos el arte para no perecer a causa de
la verdad”[50]
Y, aunque parece que Nietzsche
acierta plenamente cuando defiende esa importancia vital de transfigurar y
recrear la realidad mediante las fantasías o “mentiras” del arte, sería una contradicción,
sin embargo, que, cuando pretendiéramos avanzar en el conocimiento de la
realidad en sus diversos aspectos, en lugar de utilizar el rigor más absoluto
en su búsqueda, nos dejásemos llevar por tales fantasías accediendo así a una
realidad más agradable y satisfactoria, pero más alejada de la verdad. Eso
sería cerrar los ojos a un conocimiento, que, a pesar de ser vitalmente muy
negativo, iría en contra de la “voluntad de verdad”, la cual, según el propio
Nietzsche considera, es una de las formas de expresión de la “voluntad de
poder”.
Por ello, a pesar de las
exageraciones literarias de Nietzsche, hay que diferenciar la veracidad como auténtica búsqueda de la verdad y la fantasía
o las ilusiones del arte como realidades
complementarias que responden a auténticas necesidades humanas: La búsqueda del
conocimiento, por una parte, y el refugio en la fantasía del Arte, por otra.
Pensemos cómo, tanto en el pasado como en la actualidad, el científico y el
filósofo actúan rigurosamente buscando la verdad cuando investigan la realidad,
pero también recreándose en la fantasía, cuando, tratando de escapar del
nihilismo o, simplemente, de descansar de su rigurosa labor investigadora, se
refugian en dicha fantasía mediante la lectura de una buena novela, la
asistencia a un buen concierto, a una obra teatral o cinematográfica, o
mediante las ilusiones inspiradas por los “hermosos”[51]
paisajes de lugares a los que viajamos en diversas ocasiones.
Y, como
luego se verá, esa voluntad de mentira,
a la que Nietzsche se refiere en muchas ocasiones con el nombre de “arte”,
representa la categoría suprema de su pensamiento por lo que se refiere a la
superación del nihilismo más absoluto desde una perspectiva antropológica,
mientras que la otra categoría, la que tiene carácter supremo en un sentido
ontológico y absoluto, es la de la voluntad
de poder.
[1] Carta fechada en Bonn el 11 de junio de 1865.
[2] A, prefacio, parág. 3.
[3] HH, I, parág. 292.
[4] Ibidem.
[5] HH, II, 1ª, parág. 20.
[6] A, IV, parág. 370.
[7] A, parág. 429.
[8] GC, IV, parág. 324.
[9] GC, I, parág. 2.
[10] Z, II, De los sabios
célebres.
[11] A, parág. 491.
[12] BM, parág. 39.
[13] BM, parág. 227.
[14] HH, parág. 517. En este
mismo sentido, escribe más adelante: “Nada se prueba contra la verdad de una
planta demostrando que no puede servir para la curación de los enfermos. Mas
antaño se creía que el hombre era el fin de la Naturaleza, hasta el punto de
admitir sin más averiguación que el conocimiento nada podía revelar que no
fuera útil y saludable para el hombre [...] Acaso se deducirá de esto que la
verdad como entidad total no existe más que para las almas fuertes y
desinteresadas, alegres y tranquilas (la de Aristóteles)” (Aurora, V, parág. 424).
[15] AC, cap. 50.
[16] HH, parág. 222.
[17] GC, II, parág. 107.
[18] AC, cap. 47.
[19] HH, parág. 483.
[20] HH, parág. 629.
[21] HH, parág. 628.
[22] Como antítesis a la
actitud aquí defendida, en La gaya
ciencia escribe: “Ese hombre se aferra por obstinación a una causa en que
ya no cree, pero le llama a eso ‘lealtad’ ” (La gaya ciencia, III, parag. 229).
[23] AC, cap. 53.
[24] Z, II, “De los sacerdotes”.
[25] No obstante, esta oposición no es tan radical como parece.
Recordemos a este respecto la gran lucha, la “agonía”, del pensador español, Unamuno,
entre su razón negadora y destructora, que le alejaba de Dios, y el sentimiento
que, por sus ansias de inmortalidad, trataba de acercarle a ese espejismo. Su
lema “veritas prius pace” -la verdad antes que la paz- es también muy significativo
respecto a esa alta valoración de la veracidad por parte de Unamuno, a pesar de
sus palabras tan desacertadas a las que se ha hecho referencia.
[26] AC, cap. 47.
[27] AC, cap. 51.
[28] AC, cap. 52.
[29] EH, “Por qué soy un
destino”, parág. 7. Los motivos
fundamentales de esta crítica se analizan en el punto 2.2.1.
[30] GC, parág. 347.
[31] Ibídem.
[32] BM, parág. 46.
[33] HH, parág. 291.
[34] VP, IV, parág. 464. Obras
completas, Ed. Aguilar, Madrid, 1961. Una parte de las citas correspondientes a
esta obra póstuma proceden de esta misma editorial, otras proceden de las Obras Completas, publicadas por la
editorial Prestigio, B. Aires, 1970, otras proceden de la obra Nietzsche:
Fragmentos póstumos, publicada por Ed. Tecnos en Madrid, en el año 2008,
y finalmente otras proceden del libro Filosofía
para pasado mañana, una selección de textos de la obra póstuma de
Nietzsche, publicada en Madrid por la editorial Tecnos en 2009.
[35] CS, parág. 84.
[36] Juan, 3:14-17.
[37] Juan, 5:24.
[38] Romanos, 10:9.
[39] Otra frase más escueta pero absolutamente clara que resume muy
bien el punto de vista de Lutero acerca de la razón dice: “la razón es contraria a
la fe” (Disputationes, a cura di Paul
Drews, Göttingen, 1895, 42).
[40] HH, I, 3ª parte, parág. 131.
[41] AC, cap. 47.
[42] HH,
parág. 20. Al margen de la fe religiosa,
es evidente que en el conjunto de las actividades vitales la mayor parte de nuestras
acciones tiene como supuesto la creencia
correspondiente en la eficacia de nuestra conducta para conseguir aquello que nos
proponemos, de manera que sin esa creencia
instintiva, la actividad humana quedaría paralizada. Por ello, cuando se
habla de las creencias, conviene
precisar el significado de este concepto, pues el término no tiene un sentido
unívoco, de manera que podemos diferenciar al menos dos sentidos básicos, uno débil, de carácter espontáneo, y otro fuerte, de carácter dogmático. La creencia
espontánea se caracteriza por
tratarse de una simple vivencia involuntaria que no pretende justificarse
racionalmente, pero que, aunque sea de manera pre-reflexiva y acrítica, implica
en cualquier caso una certeza subjetiva acerca de doctrinas objetivamente inciertas. Por otra parte, se puede hablar de una creencia dogmática, la cual añade a los caracteres de
la anterior una consciente y firme disposición a afirmar como verdadero el
contenido de la creencia, a pesar de no contar con suficientes garantías de que
lo sea. Se trata de la creencia como acto
de fe, que se produce por sugestión y se fortalece por autosugestión para
evitar su debilitamiento como consecuencia de posibles críticas procedentes de
la Filosofía, de la Ciencia o del simple sentido común. Por ello, si desde la
perspectiva de una actitud veraz no
habría nada objetable respecto a la creencia
espontánea, puesto que es involuntaria y no pretende suplantar al auténtico
conocimiento sino todo lo más suplirlo mientras éste no haya surgido, no ocurre
lo mismo por lo que se refiere a la creencia
dogmática, ya que ésta pretende ocupar el lugar que le corresponde al
conocimiento, y, por ello, su relación con la veracidad sería la de una
proporción inversa: un aumento de veracidad
vendría acompañado de un descenso de creencia
dogmática, y un aumento de creencia dogmática
vendría acompañado de un descenso de veracidad
respecto a la doctrina correspondiente. Hay que tener en cuenta además que
la fe, como creencia dogmática y sin fundamento, ni racional ni empírico, se
opone a la veracidad y que, en consecuencia,
se encuentra en contradicción con el
mismo precepto de la moral cristiana que prohíbe mentir, por lo que en lugar de
laudable sería condenable.
[43] R. Descartes: Meditaciones Metafísicas, IV.
[44] R. Russell: Ensayos
filosóficos, p. 117-118, Alianza Editorial, Madrid, 1968.
[45] J. P. Sartre: El ser y la
nada, 1ª parte, c. 2º, 3.
[46] SPM, Primavera - Verano de 1875, p. 91-92.
[47] SPM, noviembre de 1887- Marzo de 1888, p. 325-326.
[48] GC, Prefacio de la segunda edición (otoño de 1886).
[49] SPM, primavera de 1888, p. 326-327.
[50] VP, parág. 509, Prestigio, IV, Barcelona, 1970.
[51] Pongo las comillas para
remarcar que, como sabemos, la belleza no se encuentra en esos paisajes sino en
la sensibilidad de quien los ve.
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