Nietzsche: La “muerte de Dios”
A partir de la veracidad o de la sinceridad más profunda, Nietzsche había llegado a la toma de conciencia de la imposibilidad de alcanzar la verdad en los terrenos analizados en el anterior capítulo. Pero, si la verdad en un sentido pleno era un objetivo tan inasequible, no lo era el de la denuncia de los mitos elaborados por la fantasía humana y presentados como verdad. Precisamente una consecuencia de esta rigurosa actitud de Nietzsche en su búsqueda de la verdad fue lo que le condujo a su crítica de la teología y de la moral tradicional cristiana, y a mostrar las consecuencias que se derivaban de estas críticas. En lo esencial el esquema de tales críticas se resume en los puntos siguientes:
a) La “muerte de Dios”,
es decir, la toma de conciencia de que ese dios del cristianismo, en el que el
propio Nietzsche había puesto su confianza en la vida durante su infancia, su
adolescencia y parte de su juventud, no existía.
b) Una de las consecuencias
de la “muerte de Dios” es la de la negación
del valor de la moral y la toma de conciencia de la falta de sentido de todos los valores en cuanto su propio
valor se había hecho derivar de ese Dios inexistente como su principio y
fundamento último y único. Si Dostoievski ya había planteado en su novela Los hermanos Karamazov –a través de su
personaje Iván Karamazov- que, si dios no
existe, todo está permitido, Nietzsche, admirador de Dostoievski como
psicólogo, llega a ese mismo resultado negando en consecuencia el valor de la moral tradicional en cuanto se basaba en
la creencia en ese supuesto Dios como su legislador.
Lo más paradójico de todo
esto es que, como el propio Nietzsche señala, es la propia moral la que se niega a sí misma por moralidad. Pues, efectivamente, la
moral cristiana había situado entre sus virtudes, emanadas de la divinidad
judeo-cristiana, la de la veracidad, la de no mentir. Y fue precisamente la
veracidad, como luego se verá, la que le condujo a la toma de conciencia de que
Dios no existía. Y, por ello, si Dios había sido considerado como el fundamento
de la moral, el descubrimiento por veracidad de la inexistencia de ese “Dios” le
condujo a la toma de conciencia de que la moral no tenía fundamento de ninguna
clase.
En Así habló Zaratustra, en el capítulo que trata de las transformaciones del espíritu, habla Nietzsche del camello,
del león y del niño como símbolos de la evolución que la moral debería seguir
en la mente de los hombres: El camello,
con sus jorobas, simboliza al hombre cargado con el peso de los deberes morales
como imposiciones externas que representan una carga y un aplastamiento de su
propio ser; el león simboliza al
hombre que se rebela contra esa carga y, frente al “tú debes” de aquella forma
inicial de la moral, representada por el camello, proclama de manera desafiante
“yo quiero”, rebelándose contra esa moral del sometimiento y de los antivalores
opuestos a los valores terrenales, rompiendo las cadenas que sometían al hombre
a la obediencia a un ser imaginario, sin justificación alguna; finalmente el niño va más allá de la simple rebelión y
proyecta su propio ser en todo lo que hace de forma creativa, libre ya de
cualquier sometimiento; y, por eso, la expresión de esta actitud es la de “yo
soy” que viene a decir que no existe obligación alguna de someterse a cualquier
tiranía que pretenda imponer sus propios dictados y que el hombre tiene que
aprender a ser el conductor de su propia vida, tratando de vivir de acuerdo con
los fines e ideales que mejor expresan su propio ser.
c) A pesar de
que el cristianismo representaba ya una forma de nihilismo, en cuanto
negaba el valor de esta vida para poner todo valor en una supuesta vida
celestial, más allá de la vida terrena, sin embargo, la desaparición de la
creencia en ese dios conducía inicialmente a un intenso nihilismo en cuanto, si “la muerte de Dios” implicaba la
desaparición del fundamento de la moral y de todos los valores, una
consecuencia de este vacío, representado por la pérdida absoluta de sentido y
de finalidad de la vida humana, era el sentimiento de que nada tenía sentido,
de que todo era absurdo. En eso consistía, en definitiva, el nihilismo a que conducía “la muerte de
Dios”. Recordemos que “nihilismo” proviene del latín “nihil”, que significa
“nada”, y justamente el nihilismo no es otra cosa que la vivencia de que no hay
nada en la vida por lo que valga la
pena esforzarse, pues nada tiene sentido ya que, con la muerte, cualquier
finalidad por la que hayamos luchado a lo largo de la vida desaparecerá para
siempre.
1. La “muerte de Dios”: La caída más
profunda en el nihilismo
En cualquier caso y a
pesar de juzgar que el cristianismo representaba ya una forma de nihilismo por su rechazo de los valores
de la vida terrena, Nietzsche consideró que “la muerte de Dios”, el
advenimiento del ateísmo, podía representar una caída más profunda en el
nihilismo y, por ello mismo, la vivencia más intensa de la falta de sentido de
la vida y de toda la realidad. Este sentimiento de absurdo quedó especialmente
reflejado en un pasaje de La gaya ciencia
cuya enorme fuerza expresiva muestra plenamente la vivencia del nihilismo en el hombre –muy posiblemente en el propio
Nietzsche- que de pronto siente una total desorientación y un vacío
insoportable ante la pérdida de Dios, fundamento y sentido último de todos los
valores de su anterior interpretación del sentido de la vida:
“¿No habéis oído hablar de aquel hombre loco que en
pleno día encendió una linterna, fue corriendo a la plaza y gritó sin cesar:
‘¡Ando buscando a Dios! ¡Ando buscando a Dios!’? Como en aquellos momentos
había en la plaza muchos de los que no creían en Dios, provocó un gran
regocijo. ‘¿Es que se ha perdido?’ dijo uno de los circunstantes. ‘¿Es que se
ha extraviado como cualquier criatura?’ exclamó otro [...] El hombre loco se
precipitó por entre ellos y los fulminó con la mirada. ‘¿Preguntáis qué ha sido
de Dios?’ gritó. ‘¡Os lo voy a decir! ¡Le
hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! Pero ¿cómo
hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja
para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la tierra de
la cadena de su Sol? ¿Dónde le conducen ahora sus movimientos? ¿Adónde la
llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia adelante, hacia
atrás, hacia algún lado, erramos en todas las direcciones? ¿Hay todavía un
arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con
su aliento? […] ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran a Dios?
[...] ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte!
[...] Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha
teñido con su sangre nuestro cuchillo [...] Jamás hubo una acción más
grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella,
a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna’. Al llegar a este
punto, calló el loco y volvió a mirar a sus oyentes; también ellos callaron,
mirándole con asombro”[1].
Para aquéllos
que desde su infancia han vivido en un ambiente ateo o de indiferencia
religiosa, estas palabras pueden parecer artificiosamente dramáticas. Sin
embargo, las vivencias tan intensas que en este texto se reflejan son más
claramente comprensibles si se tiene en cuenta de manera especial la biografía
de este gran pensador: Su padre y otros antepasados habían sido pastores
protestantes y el ambiente familiar de su infancia y adolescencia fue
intensamente religioso, de manera que desde muy pronto había sido encaminado
por su familia para dedicarse a este “servicio divino” al que se había
consagrado su padre, hasta el punto de que incluso llegó a comenzar sus
estudios universitarios dedicándose a un tiempo a la Teología y a la Filología Clásica. Los estudios de Teología los
dejó el curso siguiente, cuando marchó a estudiar a Leipzig, pero el pasaje
antes citado puede explicar la intensidad y el carácter realmente trágico de su
crisis vital, ocurrida hacia sus dieciocho, diecinueve y veinte años, cuando
fue tomando conciencia de lo absurdo de aquellos contenidos doctrinales y de
aquellos ideales, que aparecen reflejados en las vivencias atormentadas del
texto citado. En él Nietzsche parece haber olvidado las críticas que había
estado realizando en contra del cristianismo y por un momento sólo se centra en
la angustia vital que le produce la toma de conciencia de que, pese a todos sus
aspectos negativos, con el Dios cristiano la vida tenía al menos un sentido,
aunque se encontrase en otra vida y estuviera dirigido hacia una finalidad
ajena a todo lo que podía encontrar de positivo y satisfactorio en esta vida
terrena.
Ante este cambio de
enfoque respecto al sentido de la vida, es un “hombre loco”, ése que vive al
margen de la sociedad y que sólo está loco en cuanto se aparta de la vida
borreguil de quienes, adormeciendo su conciencia, se amoldan a cualquier
situación sin tratar de comprenderla, sin tratar de tomar conciencia acerca de
qué puede significar esa nueva perspectiva respecto al sentido de su vida a
partir de “la muerte de Dios”, ese hombre “loco” es quien se hace esa serie de
preguntas de manera tan atormentada.
Cuando el hombre loco se
hace tales preguntas, está expresando el cambio radical tan profundo que puede
significar para el ser humano la desaparición de aquella cosmovisión religiosa
que al menos y a lo largo de milenios había dado un sentido a la vida, aunque
se tratase de un sentido equivocado y nihilista tanto por su falsedad como por
ser contrario a los valores terrenales.
Pero “¡Dios ha muerto!”,
y su muerte se presenta como algo tan terrible como si de pronto el mar se
hubiese secado, como si la Tierra hubiese comenzado a alejarse del Sol,
habiéndose roto la invisible cadena que la había mantenido unida a él a lo
largo de millones de siglos, como si de pronto el hombre loco hubiese tomado
conciencia de una ausencia absoluta de seguridad en la vida y, por ello, como
si estuviera cayendo sin cesar, sin tener nada en que apoyarse y sin dirección
alguna hacia donde poder dirigirse, flotando en la nada, en una oscuridad y en
un vacío infinitos.
Para percibir la
angustiosa vivencia expresada por esas metáforas era necesario haber sentido
previamente la seguridad proporcionada por aquellas creencias religiosas
anteriores que, a pesar del desprecio al valor de la vida terrena, ofrecían al
menos la tranquilidad de imaginar que podía haber una realidad trascendente
gracias a la cual encontrar un sentido al aparente absurdo de esta vida. Sin
embargo, sólo el loco, el que se atrevía a pensar con profunda sinceridad y a
enfrentarse a la verdad, vivía y sufría de pronto la toma de conciencia de que
aquellas fantasías acerca de los dioses o del dios cristiano habían sido
simples ilusiones con que los hombres habían tratado de compensar la soledad en
que vivían, sin que el mundo diera respuesta alguna a sus preguntas acerca de
un porqué y un para qué de su misma vida.
La “muerte de Dios”
-referida especialmente al dios cristiano,
aunque sin duda también a cualquier otro-
queda expresada en muchos otros momentos de la obra de Nietzsche, pero tiene
especial interés aludir a uno de El
Anticristo en el que se hace una referencia explícita no sólo a la
inexistencia de Dios sino también a la falsedad de otras doctrinas
fundamentales del cristianismo que irían ligadas a la creencia anterior y que,
por ello mismo, deberían haber desaparecido con aquélla en lugar de seguir existiendo
gracias a la extrema mendacidad de los sacer-dotes
–es decir, de los dirigentes del cristianismo, empezando especialmente por su
principal impulsor, Pablo de Tarso, acerca del cual escribió:
“Lo que él [Pablo de Tarso]
no creía, lo creían los idiotas entre los cuales propagaba su doctrina. Su
necesidad era el poder; con Pablo, el sacerdote trató una vez más de
erigirse en amo; sólo le convenían conceptos, doctrinas y símbolos que
sirvieran para tiranizar masas y organizar una grey”[2].
Respecto a la
falta de valor de tales doctrinas Nietzsche no adopta aquí una actitud de
crítica como consecuencia del nihilismo que tales doctrinas implicaban sino
sólo de profundo desprecio y rechazo ante la mentira y la hipocresía de los
sacerdotes -“la especie más peligrosa de parásito, […] la auténtica araña
venenosa de la vida”[3]-,
aquéllos cuyo oficio consiste en desacreditar la vida terrena y engañar al
pueblo ingenuo con doctrinas negadoras de los valores de esta vida, defendiendo
por el contrario tales doctrinas nihilistas, conscientes de su falsedad.
De esta crítica deja
fuera al propio Jesús de Nazaret,
pero no por las doctrinas que se ponen en su boca, sino sólo por la práctica de su vida, que considera
–aunque erróneamente- carente de todo resentimiento.
Por lo que se refiere a
estas consideraciones respecto a Jesús y al margen incluso del problema de si
ese Jesús existió o no, Nietzsche, siendo consciente de las falsedades
existentes en los evangelios, intentó profundizar en ellos para tratar de diferenciar
las doctrinas que en dichos evangelios se defienden de lo que pudo haber sido
la personalidad auténtica y la forma de vida de Jesús.
Sin embargo, el resultado
al que Nietzsche llegó resulta más que discutible, pues –quizá de modo
inconsciente- seleccionó aquellas cualidades que se correspondían con el modelo
que era más de su agrado, dejando de lado aquellas otras que presentaban a
Jesús como un personaje en el que el carácter vengativo estaba especialmente
presente, con la absurda condena al “fuego eterno” de quienes no creyeran en su
palabra o no siguieran sus doctrinas.
Es evidente que los
evangelios están llenos de contradicciones y falsedades, pero el problema a la
hora de investigar en ellos consiste en saber cómo podría distinguirse entre lo
verdadero y lo falso desde un punto de vista histórico, suponiendo además que
Jesús hubiera existido realmente, cuestión para cuya solución
histórico-científica sigue sin haber datos suficientes.
Pero, si la práctica en la vida de Jesús y sus doctrinas se encontraban tan
sideralmente alejados, tal situación habría servido, si acaso, para
descalificar incluso esa práctica,
por su falta de coherencia con lo que, según los evangelios, predicaba[4], a no
ser que se considerase que tales doctrinas no pertenecían al propio Jesús, sino
que fueron incorporadas a los evangelios –como tantos otros pasajes falsos o
contradictorios- por su interés estratégico para adoctrinar a la plebe inculta.
Conviene tener en cuenta además que los evangelios, escritos bastantes años
después de la supuesta muerte de Jesús –especialmente el de Juan el Anciano,
escrito hacia el año 100-, son documentos nada fiables para reconstruir lo que
pudo haber sido la vida y doctrina del supuesto Jesús de Nazaret.
En relación con esta
cuestión, insistiendo en su crítica contra la falsedad de los dirigentes del
cristianismo, escribe Nietzsche:
“Lo que en otro tiempo no era más que algo enfermo se
ha convertido hoy en algo indecente, — hoy es indecente ser cristiano. Y aquí comienza mi náusea. —Miro a mi
alrededor: ni una palabra ha quedado ya de lo que en otro tiempo se llamó
“verdad”, nosotros no soportamos ya ni siquiera que un sacerdote tome en su
boca la palabra “verdad”. Aun cuando la pretensión de honestidad sea
modestísima, nosotros tenemos que saber
hoy que, en cada frase que dice un teólogo, un sacerdote, un papa, no sólo
yerra, sino que miente […]. También
el sacerdote sabe, como lo sabe todo el mundo, que ya no hay un “Dios”, un
“pecador”, un “redentor”, —que la “voluntad libre”, el “orden moral del mundo”
son mentiras […] Todos los conceptos de la Iglesia se hallan reconocidos como lo
que son, como la más maligna superchería que existe, realizada con la finalidad
de desvalorar la naturaleza, los
valores naturales; el sacer-dote mismo se halla reconocido como lo que es: como
la especie más peligrosa de parásito, como la auténtica araña venenosa de la
vida […] —Los conceptos “más allá”,
“juicio final”, “inmortalidad del alma”, el “alma” misma; son instrumentos de
tortura, son sistemas de crueldades median-te los cuales el sacerdote llegó a
ser señor, siguió siendo señor”[5].
Y poco más adelante:
“hemos descubierto en el odio instintivo a toda
realidad el impulso motor, el único impulso motor del cristianismo”[6].
En esta
apreciación el punto de vista de Nietzsche resulta exagerado –aunque no
excesivamente- quizá por su interés en que la mirada de sus lectores se
centrase en esta fuente de la fuerza del cristianismo, basada en el resentimiento de quienes son incapaces
de decir sí a la vida y se refugian no sólo en la esperanza de otra vida, en
“el más allá”, sino también en la satisfacción por la “condena eterna” de
quienes defienden el valor de esta vida sin refugiarse en la esperanza de otra
vida mejor.
Pero, aunque es posible
que el cristianismo de los primeros tiempos se caracterizase especialmente por
ese resentimiento, muy pronto ese rencor, aunque sin desaparecer, dejó su lugar
de preponderancia a otro interés especial: Los dirigentes cristianos se
centraron muy pronto en redirigir tal sentimiento –por lo menos ellos mismos,
en cuanto dirigentes- cambiándolo por el de la ambición de poder sobre
las gentes a quienes adoctrinaban, a los que incluso obligaban bajo pena de
muerte a convertirse al cristianismo, y por el de la ambición de riquezas
materiales que tanto parecían despreciar cuando ponían en boca de Jesús sus
palabras tan atrayentes para los pobres o para quienes ponían sus esperanzas en
otra vida mejor, diciéndoles, en este sentido: “bienaventurados los pobres,
porque de ellos es el reino de los cielos” o “mi reino no es de este mundo”,
tal y como puede leerse en los evangelios.
Sus “santas cruzadas” y
su “santa Inquisición” son otros ejemplos de cómo se esforzaron por conseguir
aquellos objetivos de poder y de riquezas materiales por medio de
procedimientos especialmente sanguinarios contra quienes podían representar un
obstáculo para el logro de tales ambiciones materiales.
Al mismo tiempo
descubrieron y practicaron muy adecuadamente el “teatro religioso” en sus
diversas ceremonias, en su vestimenta, en el lujo y en el arte de sus iglesias
y catedrales, como medios al margen de la razón para adoctrinar y someter a la
plebe a fin de lograr sus objetivos de poder en cuanto no disponían de
argumento racional alguno en favor de sus absurdas doctrinas.
En realidad, la iglesia
católica persiguió en todo momento tales objetivos de poder y no sólo en el
Renacimiento –como considera Nietzsche-, aunque en esos años los persiguiera de
manera más abierta y sin complejo alguno, tal como sucedió en los casos de los
papas Inocencio VIII y Alejandro VI, y de algunos de los hijos de este último,
como César y Lucrecia Borgia, y otros “príncipes de la iglesia” (!)[7].
En relación con este
cambio en los fines perseguidos por la iglesia católica a lo largo de gran
parte de su historia, conviene recordar, por otra parte, que en distintos
lugares de su obra considera Nietzsche la moral
de sacerdotes como una de las formas de la moral de señores, siendo la otra la moral de guerreros. Esta última se caracterizaría por la posesión
de “virtudes” especialmente físicas, aptas para la guerra y para enfrentarse
abiertamente contra cualquier peligro y cualquier enemigo que se interpusiera
en su camino; la otra, la moral de sacerdotes, habría surgido como consecuencia
de la debilidad física de aquellos “señores” que, careciendo de fortaleza
física, inventaron el “espíritu” -falsos valores, en cuanto aparentaban de modo
hipócrita un modo de ser basado en el amor, pero que en realidad habían surgido
del resentimiento que pretendían ocultar y que era consecuencia de su debilidad
física para enfrentar la vida. Desde el punto de vista de Nietzsche, fueron
tales valores aparentes -en cuanto ocultaban otros sentimientos muy
diferentes-, como la humildad, la justicia, la paciencia, la castidad, el
ayuno, la compasión, la obediencia, la penitencia, surgidos del resentimiento
y contrarios a la vida, los que permitieran a los sacerdotes triunfar en
su lucha contra la nobleza guerrera y sus valores espontáneos, emanados de la
afirmación de la vida misma, creando así la moral de esclavos.
Escribe Nietzsche que
fueron los judíos –en cuanto pueblo sacerdotal, pueblo en el que, durante una
larga época, de modo directo o indirecto los sacerdotes detentaron el poder-, y
los sacerdotes de todos los tiempos en general quienes tuvieron el papel
principal en el desarrollo de esta moral
de esclavos. Escribe en este sentido:
“—Ya se habrá adivinado la facilidad con que la valoración sacerdotal
puede desarrollarse de la caballeresco-aristocrática y evolucionar hasta
convertirse en su antítesis [...] Los juicios de valor caballeresco aristocráticos
suponen un pleno vigor físico, una salud pletórica, prodigiosa, hasta
desbordante, amén de lo que la conserva, a saber: la guerra, la aventura, la
caza, la danza, torneos, todo cuanto comporta una actividad alegre, ruda y
libre. La valoración sacerdotal-aristocrática [...] descansa en otros supuestos
[...] Los sacerdotes [...] son los enemigos
más malignos; —¿y por qué? Porque son los más impotentes. Su impotencia es
causa de que su odio adquiera proporciones tremendas y terroríficas, suprema sutileza
y carácter de máximo rencor. — Los grandes odiadores de la historia universal,
también los más sutiles, siempre han sido sacerdotes [...] Todo lo que se ha
hecho sobre la tierra contra “los nobles”, “los poderosos”, “los amos”, “los
gobernantes” es muy poca cosa en comparación con lo que han hecho contra ellos
los judíos, ese pueblo sacerdotal que sólo ha sabido vengarse de sus enemigos y
opresores, en definitiva, invirtiendo radicalmente los valores de éstos, es
decir, mediante un acto de venganza de lo
más espiritual. [...] Los judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa
consecuencia osaron invertir la ecuación valorativa aristocrática: bueno =
aristocrático = poderoso = hermoso = feliz = grato a Dios, y defendieron su
inversión con encarnizamiento de odio frenético, proclamando: “¡únicamente los
miserables, los pobres, los impotentes, los humildes son los buenos; únicamente
los atribulados, los agobiados, los enfermos, los feos son los piadosos y
gratos a Dios, y serán los únicos que gozarán de la eterna bienaventuranza; —en
cambio vosotros, los nobles y poderosos, sois para siempre los malignos, los
crueles, los concupiscentes, los insaciables, los impíos, y hasta la
consumación de los siglos seréis los réprobos, los maldecidos y condenados!”...
Sabido es quién ha recogido la herencia de esta inversión judía de los
valores... [...] con los judíos se inicia la sublevación de los esclavos en la moral...[8].
Nietzsche
presenta la moral de esclavos en
contraposición con la moral de señores.
Señala además que la moral de señores se subdivide en dos modalidades,
la moral de guerreros y la moral de sacerdotes. Ambas son
creadoras de valores, pero mientras la moral de guerreros se relaciona
con los valores espontáneos de una naturaleza física fuerte, la moral de
sacerdotes, relacionada con personas físicamente débiles y guiada por el resentimiento,
inventa los “valores del espíritu”, especialmente opuestos a los valores
vitales, propios de la fortaleza física, para poder enfrentarse a la nobleza
guerrera.
Aunque en muchas
ocasiones Nietzsche no se expresa de manera coherente a la hora de establecer y
negar la distinción entre la moral de sacerdotes y la moral de
esclavos, parece son una misma realidad, cuyo origen se encuentra en el resentimiento
como fuerza que la impulsa. La única diferencia entre ellas consistiría en que la
moral de sacerdotes crea valores -o antivalores-, aunque
se trate de valores de carácter nihilista, los “valores del espíritu”,
contrarios a los valores nobles -valores que afirman el valor de la vida
terrena-. Pero esa misma moral de sacerdotes, en cuanto Nietzsche sigue
considerando a los sacerdotes como nobles, pasaría a convertirse en moral
de esclavos cuando simplemente fuera asumida y no creada por quienes
carecen de fuerza y capacidad natural para aceptar los valores relacionados con
la aceptación y exaltación de la vida terrena:
“La sublevación de los
esclavos en la moral se inicia al hacerse creador el resentimiento mismo,
creando valores; —el resentimiento de seres a los que está vedada la reacción
propiamente dicha: la de la acción, y que tienen que contentarse con una
venganza imaginaria. En tanto que toda moral aristocrática surge de una
triunfante autoafirmación, la moral de esclavos de
antemano dice “no” a todo
“exterior”, a todo “no yo”; y este “no”
es su acto creador. Esta inversión de la visual valorativa […] es
característica del resentimiento”[9].
La
incoherencia de Nietzsche se encontraría de manera especial en que considera,
por una parte, que una cualidad esencial de la moral de esclavos
consiste en que su fuerza nace del resentimiento, mientras que la moral de
señores representa la proyección espontánea del propio ser. En
consecuencia, parece que no tiene sentido hablar de la moral de sacerdotes como
una modalidad de la moral de señores en cuanto, como se acaba de ver y
como en tantas ocasiones sucede, Nietzsche considera que
“los grandes odiadores de la historia universal, también los más sutiles, siempre han sido sacerdotes”[10],
...guiados por el resentimiento,
característica propia de la moral de esclavos. La única diferencia que
habría entre los sacerdotes y los demás seguidores de la moral de esclavos
consistiría en que los sacerdotes habrían sido los creadores de esta
moral, mientras que la plebe simplemente sería seducida por los sacerdotes y
sus valores, pasando a formar parte de la masa que habría triunfado, al menos
hasta ahora, sobre los señores, al extender sus antivalores sobre el conjunto
de la sociedad.
En relación con el origen
de la moral de esclavos y de sus valores en general, que Nietzsche sitúa
en el resentimiento, conviene señalar
que el hecho de que el pensador alemán haya podido acertar hasta cierto punto
al señalar tal origen no habría que considerarlo como un argumento para
descalificar moralmente dicha moral,
pues resulta evidente que su acertada crítica al valor de la moral en general,
en Más allá del bien y del mal y en tantas otras ocasiones, debería
tener como consecuencia lógica que cualquier planteamiento o cualquier crítica
moral dejase de tener sentido, de manera que cualquier crítica que se
presentase sólo tendría sentido como una simple forma de valoración de las
costumbres según su grado de conveniencia para los intereses del conjunto
social o de una parte de éste, pero en tal caso sólo tendría el valor relativo
propio de los imperativos hipotéticos kantianos: Los fuertes valoran y actúan
desde la base de su fortaleza, y los débiles desde la de su debilidad. Y, si en
la base de la moral de esclavos el resentimiento
juega un papel importante, no hay nada moralmente
objetable en ello, a pesar de las escandalizadas críticas morales de
Nietzsche, en cuanto él mismo había juzgado acertadamente que la moral ha sido
ya superada y en cuanto, además, el comportamiento de los nobles en relación
con los débiles no fue nunca generoso ni comprensivo, sino de una brutal
agresividad espontánea derivada simplemente de su fuerza. Y, por ello mismo,
como resultado de las agresiones recibidas es natural que el débil quiera
defenderse, que el resentimiento surja en él y le impulse a actuar para
compensar su debilidad física, y que por ese motivo invente el espíritu y la serie de “valores”, contrarios a los de
los fuertes, que pueden favorecerle para no ser pisoteado por los señores y
sirviéndose de tales valores para combatir contra ellos, para superarles
incluso por su astucia, por las demás cualidades psíquicas y por la diferencia
de número en favor de los débiles respecto a los fuertes y porque además los
débiles tienden a unirse mientras que los fuertes tienden a separarse. No
obstante y como ya he indicado, veremos más adelante que en esta cuestión los
planteamientos de Nietzsche no fueron ni claros ni coherentes.
Por otra parte, es
evidente que ni la moral de señores
ni la moral de esclavos se
corresponderían con el sentido propio
de una moral absoluta, ya criticada por Nietzsche
acertadamente. La supuesta moral de señores apenas se la podría
calificar de moral, en cuanto se correspondería con simples actuaciones
espontáneas, no sometidas a ningún tipo de “deber”, mientras que la moral
de esclavos tendría un carácter relativo, formada por simples imperativos hipotéticos y tendría
sentido considerarla efectivamente como “moral de esclavos” en cuanto el
principio que regiría las acciones de dicha moral sería heterónomo, es
decir, basado en el supuesto de que el hombre debía someter sus acciones
a deberes provenientes de una realidad ajena a su propio ser, como lo
sería aquel dios cuya existencia había quedado refutada.
1.1. Argumentos contra la existencia
de Dios
Por lo que se refiere a
esta cuestión, Nietzsche no se preocupó de forma especial por presentar
argumentos para refutar la existencia de ese supuesto ser, hasta el punto de
haber llegado a escribir, aunque de forma exagerada:
“el ateísmo, para mí, no es en absoluto un resultado,
y menos un acontecimiento; yo soy ateo por instinto”[11].
En cualquier
caso, pareció considerar que los filósofos de la Ilustración y quienes le
precedieron de modo más inmediato, como Th. Hobbes, B. Spinoza, D. Hume, D.
Diderot, D’Holbach, Stendhal, L. Feuerbach, M. Hess, M. Stirner, K. Marx y A.
Schopenhauer entre otros, hablaron ya con suficiente claridad. No obstante,
fueron varias las ocasiones en que, sin recurrir a planteamientos críticos
anteriores, la “muerte de Dios” se le mostró simplemente como una conclusión
derivada de adoptar una actitud veraz
frente a tal cuestión. En este sentido, en La
gaya ciencia había escrito:
“Se comprende qué fue lo que en realidad venció al
dios cristiano: fue la misma moral cristiana, la veracidad aplicada con rigor
creciente, la conciencia cristiana refinada en los confesionarios, que se
transformó en conciencia científica, en probidad intelectual a toda costa”[12];
y, en este mismo sentido, escribió en
sus escritos póstumos:
- “Es cuestión de probidad, de una probidad muy
modesta y en absoluto digna de admiración, mantenerse alejado de la creencia en
Dios”[13],
- “hemos
evolucionado más allá del cristianismo, no porque hayamos vivido demasiado
alejados de él, sino por haber vivido demasiado cercanos a él, más aún, por
haber surgido de él; —nuestro sentimiento piadoso mismo, hoy, por ser más
estricto y más refinado, nos veda
seguir siendo cristianos-”[14].
Precisamente
este último pasaje, cuando dice “por haber surgido de él” [es decir, del
cristianismo] representa una clara demostración del carácter exagerado de su
anterior afirmación en la que dice “yo soy ateo por instinto”, aunque declara
abiertamente que el hecho de haber sido cristiano le condujo a dejar de serlo,
precisamente para ser consecuente con la veracidad que la moral cristiana le
exigía. Pues, en efecto, el núcleo esencial de estos pasajes se relaciona con
el hecho de que la moral cristiana -de acuerdo con el octavo mandamiento de
Moisés, “no mentirás”- habría favorecido el desarrollo de la veracidad, de la
sinceridad llevada a su grado más extremo. Y fue esa veracidad la que condujo a
Nietzsche a tomar conciencia de la falsedad del cristianismo, la falsedad de la
existencia de su Dios y la falsedad de su moral, en cuanto se suponía impuesta
por esa divinidad inexistente.
Es evidente, por otra
parte, que, al margen de que la veracidad
fuera el motor que le condujo a la negación de Dios, dicha veracidad
necesitaba ir acompañada de algún argumento
suficientemente sólido como para poder extraer una conclusión semejante, aunque
también es verdad que, en sentido estricto, deberían haber sido quienes afirmaron
semejante doctrina, la de la existencia de un dios, quienes aportasen
argumentos en favor de su verdad, en lugar de ser quienes la escuchaban quienes
debieran aportar argumentos en su contra.
En relación con la
aportación de argumentos en contra de la existencia de Dios, observamos que
efectivamente en diversos momentos de su obra Nietzsche esbozó tales argumentos
y que, si no se detuvo a exponerlos con excesivo detalle, fue porque se le
presentaban con tal evidencia que pareció considerar una pérdida de tiempo
dedicarse a su explicación detallada, igual que lo sería para un profesor
universitario dedicar un mes a explicar a sus alumnos que dos más uno fuera
igual a tres. Pero, veamos qué dijo acerca de esta cuestión:
a) En primer
lugar, Nietzsche criticó el hecho de que la idea de Dios había venido tradicionalmente asociada a la de una desvalorización de la vida terrena, y,
en consecuencia, consideró con toda razón como inaceptable la idea de la
existencia de un dios tan radicalmente contrario a los valores de la vida
terrenal. Consecuente con esta
reflexión, escribió:
“…hasta ahora, el concepto de ‘Dios’ ha sido la objeción más grave a la existencia [...]
Nosotros negamos a Dios, negando a Dios negamos la responsabilidad; sólo así
redimimos el mundo”[15].
En otra
crítica anterior Nietzsche habla también de la oposición entre las ideas de Dios
y de la responsabilidad humana, y esta crítica tiene pleno sentido en cuanto el
concepto del dios cristiano -así como el de un auténtico dios como ser perfecto-
va unido al de la omnipotencia de este supuesto ser al que nada escaparía y del
que todo absolutamente dependería. Por ello, la existencia de un ser de tales
características sería incompatible con la simultánea afirmación de la responsabilidad
del hombre, pues tal afirmación implicaría aceptar la existencia de sucesos
que no dependerían de la supuesta omnipotencia divina sino de la libertad y
responsabilidad del ser humano, olvidando además que -como ya señaló el propio
Tomás de Aquino, doctor de la iglesia católica- la misma voluntad humana,
origen de las decisiones y acciones del hombre, habría sido programada o predeterminada
por ese dios desde la eternidad[16].
Consecuente con esta crítica a tan
absurda oposición, declaró también:
“termina la vida allí donde empieza el ‘reino de
Dios’”[17].
De acuerdo
con el pensamiento de Nietzsche, pensemos que los dioses antiguos eran seres
con sus poderes, sus virtudes y sus defectos, pero que para un pensamiento
racional tales dioses no lo serían en realidad en cuanto se entienda por “dios”
un ser perfecto, considerando además que dicha perfección sólo admitiría
cualidades positivas, pero en ningún caso el rechazo del mundo y de los valores
de la vida terrena[18].
Nietzsche
observa que el dios cristiano, en el que había creído durante su infancia y su
adolescencia, es un dios contrario a esta vida terrena; en consecuencia,
ese dios es sólo un fraude que hay que denunciar. La antítesis entre la
existencia del dios cristiano y el valor de la vida terrena representaba por sí
sola una refutación directa de Dios, en cuanto las doctrinas del cristianismo,
supuestamente dictadas por ese dios, representaban de manera inadmisible una
negación del valor de la vida terrena, por lo que resultaba absolutamente
innecesario tratar de buscar otros argumentos para rechazar la existencia de
ese dios. En cualquier caso y por este motivo, Nietzsche escribió:
“el concepto cristiano de Dios [...] es uno de los
conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra; [...] ¡Dios,
degenerado a ser la contradicción de la
vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí! ¡En Dios, declarada la hostilidad a la vida, a la naturaleza, a
la voluntad de vida! [...] ¡En Dios, divinizada la Nada, santificada la
voluntad de nada!”[19].
Y, en cuanto el cristianismo ha
tomado partido en favor de la moral de
esclavos, opuesto al disfrute de la vida terrena y en contra de los valores
vitales de la moral de señores,
ligados al goce terrenal, Nietzsche manifestó su rechazo más absoluto en muy
diversas ocasiones:
“[el cristianismo] ha librado una guerra a muerte a ese tipo humano superior de hombre, él ha proscrito todos los instintos
fundamentales de ese tipo, él ha extraído de esos instintos, por destilación,
el mal, el hombre malvado, −el hombre fuerte considerado como hombre
típicamente reprobable, como ‘hombre réprobo’. El cristianismo ha tomado
partido por todo lo débil, bajo, malogrado; ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de
conservación de la vida fuerte”[20].
Nietzsche presentó con insistencia otras
duras críticas contra el cristianismo por su rechazo a todo lo que de algún
modo podía significar una exaltación y una afirmación del valor de la vida
terrena y de todo lo que contribuyese a darle un significado realmente valioso,
escribiendo en este sentido:
“¿Cuál ha sido, hasta el presente, en la
tierra, el máximo pecado? ¿Acaso no lo fue la palabra de quien dijo:
‘Desgraciados de los que ríen aquí abajo’?
¿Es que no encontró de qué reír sobre la tierra? Mal
buscaría, seguro. Hasta un niño encuentra aquí motivos para reír.
Aquel hombre no amaba bastante: ¡De lo contrario nos
habría amado también a nosotros, los que reímos! Pero nos odió y nos insultó,
nos anunció el llanto y el crujir de dientes [...] No amaba él lo bastante: De
lo contrario no se habría encolerizado tanto porque no se le amase”[21].
En definitiva
y de forma generalizada, teniendo en cuenta la serie de ocasiones en que el
cristianismo ha condenado los diversos valores intrínsecos de la vida terrenal,
Nietzsche juzgó que el cristianismo representaba
“la negación de
la voluntad de vida hecha religión”[22].
Como
explicación de estas críticas, se refirió en diversas ocasiones a la
interpretación del cristianismo según la cual el hombre había sido desterrado del Paraíso como consecuencia
del pecado de Eva y Adán, y su vida terrena debía verse como una condena, como
penitencia y al sacrificio, de manera que el mundo debía ser un valle de lágrimas al que el hombre
había sido desterrado para pagar con su sufrimiento y contribuir así a su
propia redención. Tal castigo implicaba la negación de todos los valores de la
vida terrenal y la condena de los instintos y placeres, mediante cuya
satisfacción el hombre pudiera disfrutar de la vida en lugar de tener que sufrirla.
La religión cristiana
había surgido de la religión de Israel, y Yahvé, el dios de Israel, era un dios
vengativo, caracterizado especialmente por su cólera, que, según los escritos
bíblicos, castigaba las ofensas y desobediencias de manera salvaje, con la
muerte eterna e injusta del transgresor de la ley y de sus descendientes “hasta
la tercera y la cuarta generación”. Hacia el final del Antiguo Testamento los
judíos inventaron el infierno, y posteriormente los creadores del cristianismo,
asumiendo el odio patológico del antiguo Yahvé, asumieron igualmente el morboso
invento del fuego eterno para todo aquél que no creyese en su dios o no
siguiera sus enseñanzas.
El cristianismo era
absurdo por muchos otros motivos, como el de la absurda doctrina sobre la
muerte del “hijo de Dios”, como si tuviera sentido considerar que un dios
inmortal tuviera hijos, como si pudiera morir y como si esta supuesta y absurda
muerte hubiera sido un sacrificio necesario (!) para que el hombre obtuviera el
perdón divino… de una culpa inexistente. Al parecer, su dios no era tan
infinitamente misericordioso como para perdonar sin necesidad de sacrificio de
ninguna clase –al margen de que tal sacrificio sólo podría servir para
satisfacer la sed de venganza del ofendido, el propio Dios (?)-, y al margen de
que la humanidad como tal no hubiera cometido delito alguno.
Por otra parte y respecto
a esta misma cuestión, Nietzsche manifestó también su admiración hacia
Stendhal, quien, ante la contemplación de los grandes desastres y sufrimientos
padecidos en Lisboa como consecuencia del terremoto de 1.755, sólo exculpaba a
Dios a partir de la consideración de que no existía, de manera que, bajo tal
condición, difícilmente hubiera podido hacer algo para provocar o para evitar
tales desastres y sufrimientos. Por ello, refiriéndose al novelista francés,
comentó:
“A lo mejor hasta le tengo envidia. Me ha escamoteado
el mejor chiste ateo, para hacer el cual precisamente yo hubiera sido el hombre
indicado: ‘la única excusa de Dios es que no existe’ [...] Yo he dicho en algún
lugar: ¿cuál ha sido hasta ahora la objeción más grave a la existencia?: Dios”[23].
b)
Complementariamente, el filósofo de Röcken utilizó otros argumentos para criticar la existencia de un dios. Así, por
ejemplo, los siguientes:
b1) En primer lugar, el que tenía en cuenta la
unión contradictoria entre el Dios-Amor,
que habría tenido que amar
incondicionalmente, y el Dios-Juez, que juzga y castiga, y que no ama suficientemente al hombre, sino que sólo es
capaz de un amor condicionado,
llegando incluso a tomar venganza contra quien no cree en él.
Evidentemente, un amor condicionado era incompatible con
la idea que se pretendía dar del dios cristiano, al que se consideraba amor
infinito. Escribe Nietzsche por este motivo:
- “¿Cómo? ¡Un dios que ama a los hombres siempre que crean en él y fulmina con
terribles miradas y amenazas a quien no cree en ese amor! ¿Cómo? ¡Un amor
condicionado, como sentir de un dios todopoderoso! [...] ‘Si yo te amo, ¿a ti qué
te importa? ¿qué tienes tú que ver en ello?’, estas palabras bastan para
refutar a todo el cristianismo”[24].
Y, efectivamente,
no tendría sentido que el teórico amor infinito del dios cristiano viniera
condicionado -y por lo mismo subordinado- a cómo fuera el comportamiento
del hombre.
Por un motivo similar
criticó Nietzsche igualmente la vinculación del dios-amor con el dios que juzga, premia y castiga, pues
efectivamente no tenía sentido hablar de ese dios como amor infinito, teniendo
en cuenta que su actuación con respecto al hombre se hacía depender de cómo se
comportase el hombre –y mucho menos sentido tenía si se tiene en cuenta, como
apoyo al punto de vista de Nietzsche, que, de acuerdo con la doctrina cristiana
y con la supuesta omnipotencia y sabiduría de ese dios, el mismo comportamiento
humano habría sido predeterminado por él desde
la eternidad-. Por ello, escribe:
-“Quien le alaba como Dios de amor no tiene una idea
cabal del amor mismo. Ese Dios ¿no quería también ser juez? Pero quien ama, ama
más allá del castigo y de la recompensa”[25].
Ya antes, en La gaya ciencia, se había expresado en un sentido semejante:
“Si Dios quería llegar a ser objeto de amor, debía
antes renunciar al papel de juez supremo y a la justicia divina”[26].
Desde la
perspectiva cristiana y a fin de justificar los castigos divinos, hay quien
afirma que, aunque Dios ama al hombre infinitamente, el castigo del hombre se
produce porque Dios es también infinitamente justo y la justicia exige ese
castigo como la manera de que el hombre pague por sus pecados. Pero es evidente
que tal argumento no tiene sentido, en cuanto sitúa la justicia como una realidad valiosa
por sí mima y por encima de la omnipotencia divina, de manera que las
actuaciones de ese dios tendrían que estar sometidas a dicha justicia, pero no
reparando en que todo valor y toda virtud –como la de la misma justicia- deberían
estar subordinados al propio dios, en cuanto su omnipotencia sería la causa del
valor de la propia justicia y de cualquier otro valor, de manera que la acción
divina en ningún caso podría estar subordinada o sometida a una justicia valiosa por sí misma y por
encima de su propia voluntad.
b2) En segundo lugar, Nietzsche critica la
concepción cristiana de dios por su incomprensible lejanía, por las muchas
dificultades que encuentra para hacer patente su existencia, cosa ciertamente inconcebible
en un ser omnipotente por definición que, en el caso de que existiera, no
habría jugado a mantener oculta su existencia ni habría tenido dificultad
alguna para lograr que el hombre la reconociera con absoluta claridad. Por
ello, escribe:
“¡Cómo se encolerizaba con nosotros, ese iracundo,
porque no le comprendíamos! Mas, ¿por qué no hablaba más claramente? Y si la
culpa era de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en
nuestros oídos había barro, ¿quién lo puso en ellos?”[27];
b3) Y, en tercer lugar, argumenta en contra de la
existencia de Dios a partir de la consideración de lo absurdo que resultaba su incoherente
actitud vengativa contra sus criaturas, especialmente cuando, desde el
determinismo que Nietzsche defiende, pero también desde la propia teología
cristiana, ese dios habría sido responsable de la naturaleza del hombre en
cuanto habría predeterminado todos sus actos, según proclama la misma “teología
cristiana”, considerando dicha predeterminación una consecuencia de su omnipotencia
a la que nada podría escapar.
Por ello, Nietzsche
critica igualmente la inconsistencia de considerar a dios como un ser
omnipotente y omnisciente, en cuanto la realidad, supuestamente creada por él,
es tan claramente defectuosa en relación con aquello que hubiera creado un dios
que se hubiera encontrado realmente en posesión de tales cualidades. Y, por
ello, escribe de manera sarcástica:
“Demasiadas cosas le salieron mal a ese alfarero que
no había aprendido suficientemente el oficio. Pero eso de vengarse en sus
cacharros y en sus criaturas, porque le habían salido mal a él, eso fue un
pecado contra el buen gusto.
Y también hay un buen gusto en la
piedad. Y el buen gusto acabó por decir: ¡Fuera semejante Dios! ¡Vale más no tener ninguno, vale más que cada cual
se construya su destino con sus propios puños! ¡Vale más ser un loco, o,
mejor, ser Dios uno mismo!”[28].
Ante estas
palabras de Zaratustra-Nietzsche es el propio personaje del papa, jubilado a
raíz de la muerte de Dios, quien reconoce que es la piedad lo que ha conducido
a Zaratustra a ese rechazo de Dios y que es igualmente su honradez lo que le
conducirá a la superación de la moral:
“¿No es tu misma piedad lo que no te permite seguir
creyendo en Dios? ¡Y tu excesiva honradez acabará llevándote más allá del bien
y del mal!”[29].
Nietzsche
contrapone en este pasaje la piedad de ese “último papa” a la absurda venganza
de ese dios; y su honradez, puesta de manifiesto a través de su veracidad, al
ciego despotismo absurdo de ese mismo dios, quien habría olvidado que las
acciones del hombre son la simple manifestación de la naturaleza que él mismo
le habría dado, por lo que en ningún caso sería responsable de nada ni
merecedor de castigo alguno. Igualmente con las palabras finales de ese pasaje
Nietzsche adelanta lo que será la idea fundamental y el título de su siguiente
obra, Más allá del bien y del mal.
Como consecuencia
de lo anterior y a pesar de que la muerte
de Dios desemboca en una nueva modalidad de nihilismo, Nietzsche la considera como una auténtica liberación:
“Nosotros los filósofos, los espíritus libres, ante la
nueva de que el Dios antiguo ha muerto, nos sentimos iluminados por una nueva
aurora; nuestro corazón se desborda de gratitud, de asombro, de expectación y
curiosidad, el horizonte nos parece libre otra vez”[30].
A las
consideraciones de este capítulo conviene añadir que, en sus críticas a la
existencia de Dios, Nietzsche se centra de manera exclusiva en el dios del
cristianismo y, aunque se da por entendido, no llega a plantear crítica alguna
de carácter general en contra de la existencia de cualquier supuesto “Dios”[31]. En
cualquier caso, tales críticas eran innecesarias en cuanto la supuesta perfección absoluta del dios cristiano
era la que habría debido tenerse en cuenta en relación con cualquier teórico
dios para admitir la posibilidad de su existencia. Realmente la existencia de
un dios, como un ser supuestamente perfecto,
habría sido incompatible con la existencia de cualquier imperfección, pero la
existencia misma del sufrimiento en sus múltiples variedades es una
imperfección, lo cual demuestra que no existe ningún dios.
1.2. Jesús y el cristianismo.
Por
lo que se refiere a la relación entre Jesús y la moral de esclavos escribe Nietzsche que del odio judío brotó “la
más profunda y sublime de todas las especies de amor”, pero “ese amor
perseguía las metas de aquel odio”: la victoria, la seducción:
“Ese Jesús de Nazaret,
evangelio viviente del amor, ese ‘redentor’ que trae la bienaventuranza y la
victoria a los pobres [...], ¿no era él precisamente la seducción [...] y el
desvío hacia aquellos valores judíos [...]? A través de Jesús los judíos
alcanzan la meta de “su sublime ansia de venganza”. De la estrategia de esa venganza forma parte esencial el hecho de
que el pueblo judío matase a quien constituía el “auténtico instrumento de su
venganza, a fin de que ‘el mundo entero’ pudiera morder sin recelos ese cebo de
la autocrucifixión de Dios para salvación
del hombre. Bajo el signo de la cruz los judíos han triunfado en su
venganza sobre los ideales más nobles”[32].
Sin embargo y por lo que se refiere a la figura de Jesús,
Nietzsche lo presenta desde puntos de vista contradictorios, pues, aunque en
diversas ocasiones lo elogia de manera extraordinaria refiriéndose
especialmente a la práctica de su vida,
en otras lo presenta como “el más maligno de los hombres”, seguramente por su
posible conexión con aquella moral de
esclavos, negadora de los valores de la vida terrena y, por ello mismo,
negadora de los valores de la moral de
señores. Pero, en cualquier
caso, el artífice fundamental del triunfo de dicha moral de esclavos habría sido Pablo de Tarso, si se tienen en
cuenta, no sólo los aspectos contradictorios del Jesús evangélico sino, además,
que desde un punto de vista rigurosamente histórico ni siquiera se sabe si el
supuesto Jesús existió de verdad o fue una invención de los creadores del
cristianismo.
Pero
veamos algunos ejemplos de estas valoraciones tan contradictorias:
Pasando
por alto toda una serie de pasajes evangélicos contrarios a sus palabras,
escribe Nietzsche:
“No es una “fe” lo que
distingue al cristiano: el cristiano obra, se distingue por un obrar diferente. Él no opone resistencia, ni
con palabras ni en el corazón, a quien es malvado con él [...] La vida del
Redentor no fue otra cosa que esa
práctica [...] Lo que con el evangelio quedó eliminado fue el judaísmo de los conceptos de ‘pecado’, ‘remisión
del pecado’, ‘fe’, ‘redención por la fe’ –la entera doctrina eclesiástica judía queda negada en la
‘buena nueva’ ”[33].
En este punto
Nietzsche se dejó llevar más por las doctrinas recibidas durante su infancia y
su adolescencia que por un conocimiento riguroso de la figura de Jesús, pues
los mismos evangelios -al margen de que carezcan de valor histórico desde el
punto de vista científico- ponen en boca de Jesús palabras de condena y de
venganza, que se encuentran infinitamente alejadas de la idea que Nietzsche
presenta de Jesús en la cita anterior, en la que de manera arbitraria e
incomprensible, entresacó de los evangelios lo que, a su parecer, creyó que pudo
haber sido la figura de Jesús.
Sin embargo y por lo que
se refiere a la valoración del cristianismo,
conviene matizar los puntos de vista de Nietzsche, pues efectivamente consideró
que había una fundamental diferencia entre el cristianismo oficial de la tradición y el cristianismo originario de Jesús.
El filósofo de Röcken,
influido por la figura de su padre, pastor protestante, y por el ambiente
religioso de su propia familia durante su infancia y su adolescencia, mantuvo
puntos de vista contradictorios acerca de la figura de Jesús, presentándolo en
ocasiones como “el hombre más digno de amor” mientras que en otras lo calificó
como “el más maligno de los hombres”, tomando como argumento para cada
valoración pasajes evangélicos contradictorios que podían servir por separado
como justificación de cada uno de estos puntos de vista, pero que lo que en
verdad demostraban era la falta de criterio en el propio Nietzsche a la hora de
hacer una valoración objetiva de la figura de Jesús, motivada en parte al menos
por la dificultad insuperable para presentar una descripción consistente del
supuesto creador del cristianismo como consecuencia de las incoherencias de
quienes elaboraron esos escritos.
En la actualidad y desde la metodología científica
aplicada a la Historia se considera que los evangelios no son una fuente
mínimamente rigurosa ni siquiera como demostración de la existencia del propio
Jesús, y que, al menos hasta el momento actual, no existe ninguna otra fuente
que cumpla ese objetivo. Así que ninguno de los “testimonios” existentes
difícilmente puede servir para ofrecer una descripción objetiva de su supuesta
doctrina, pues el carácter contradictorio de estos escritos conduciría a poder
afirmar de Jesús cualquier cosa, ya que del mismo modo que predica el amor y el
perdón, amenaza con el fuego eterno.
Hay un pasaje especialmente significativo por su
carácter absolutamente contradictorio según qué evangelio leamos. Se trata del
pasaje en el que, si leemos el evangelio de Lucas, Jesús ordena comprar
espadas, mientras que en los evangelios de Mateo y Marcos rechaza
el uso de la espada.
En efecto, en este sentido, se dice
en el evangelio de Lucas:
“Jesús añadió:
-Pues ahora, el que
tenga bolsa, que la tome, y lo mismo el que tenga alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre […].
Ellos le dijeron:
-Señor, aquí hay dos
espadas.
Jesús dijo:
-¡Es suficiente!”[34].
En
esta misma línea nada pacifista, en el evangelio de Juan se dice que, cuando los romanos vinieron a prender a Jesús,
“…Simón Pedro, que
tenía una espada, la desenvainó e hirió con ella a un siervo del sumo
sacerdote, cortándole la oreja derecha”[35],
lo cual sería una
prueba más de que el pacifismo de los discípulos de Jesús no era tan pacífico.
Pero lo más interesante como prueba de esta
incoherencia tan grave de “la palabra de Dios” se muestra cuando se compara el pasaje
anterior del evangelio de Lucas con los textos correspondiente de Ma-teo y de Marcos, en los que se critica el uso de las armas, haciendo decir a
Jesús:
“-Guarda tu espada,
que todos los que empuñan la espada, perecerán a espada”[36].
Resulta
realmente sospechoso, además de contradictorio, que mientras en estos
evangelios Jesús se manifiesta en contra de la violencia y en favor de la
mansedumbre y del perdón a los enemigos, en los pasajes correspondientes de Lucas y de Juan aparezca manifestándose de manera tan claramente favorable al
enfrentamiento armado, aunque sólo sea con un propósito defensivo, pues estas
palabras no encajan para nada con el supuesto mensaje de paz que Jesús habría
dado en los evangelios. Parece que los autores de los evangelios trataron de
dar una imagen pacifista y misericordiosa de Jesús, pero también que en algunas
ocasiones se les escaparon algunas interpretaciones –relacionadas tal vez con
sucesos reales- que no encajaban para nada con aquella imagen y se acercaban
más a la de un Jesús introducido en una organización, como la de los zelotes,
que conspiraba contra el dominio romano de Israel.
Sin embargo,
Nietzsche, sin detenerse a considerar estas contradicciones evangélicas, se
atreve a defender incomprensiblemente que el cristianismo de Jesús fue un ejemplo de absoluta aceptación de su
propia vida y muerte, sin rencor de ningún tipo a quienes le maltrataban[37], y
llegando al extremo de considerarle en algún momento como
“el hombre más digno de amor”[38].
En relación
con este ideal de cristianismo auténtico
supuestamente representado por Jesús, afirma Nietzsche:
“en el fondo no ha habido más que un cristiano y ése
murió en la cruz”[39],
pues sus discípulos no comprendieron
que lo esencial del mensaje de Cristo era el ejemplo de su propia vida, una
vida de mansedumbre y de aceptación de la vida, en la que el rencor y la
venganza estarían totalmente ausentes.
Por otra parte, Nietzsche
no ve en esas cualidades ningún mérito especial, sino que llega a considerarlas
como manifestaciones de una enfermedad o como propias de una naturaleza
especialmente hipersensible, e incapaz, por ello, de oponer resistencia alguna
a todo tipo de daño que recibiera de los demás:
“La exclusión
instintiva de toda aversión, de toda enemistad, de todas las fronteras y
distancias en el sentimiento: consecuencia de una extremada capacidad de
sufrimiento y de excitación, la cual siente ya como displacer insoportable (es decir, como dañoso, como desaconsejado por
el instinto de autoconservación) todo oponerse, todo tener-que-oponerse, que
únicamente en no oponer ya resistencia a nadie, ni a la desgracia ni al mal,
conoce la bienaventuranza (el placer), ―el amor como única, como última posibilidad de la vida…[40].
Nietzsche
llega a comparar tal naturaleza patológica con la de quien tiene una
sensibilidad hiperdesarrollada del sentido del tacto,
“el cual retrocede […] temblando ante cualquier
contacto, ante cualquier aprehensión de un objeto sólido”[41].
En relación
con esta especie de anomalía y teniendo en cuenta además el modo de ser del
personaje principal de la novela de Dostoievski El idiota, el príncipe
Michkin, Nietzsche se refiere a Jesús con el término “idiota”, pero no en el
sentido vulgar de la palabra sino en el mismo sentido en que Dostoievski
considera al protagonista de su novela, caracterizado también por su
mansedumbre “patológica”.
Pero, como ya he señalado
antes, Nietzsche olvida de manera asombrosa que el propio Jesús –o quienes
escribieron los evangelios- también amenazaba con la venganza mayor que pudiera
imaginarse, la venganza del Infierno eterno, lo cual nada tiene que ver con el
amor ni con la misericordia que debía caracterizarle, al margen de que su
comportamiento en la cruz fuera el de la aceptación resignada de su destino,
sin rencor hacia sus enemigos, aunque sí desconfiando de su propio Dios al
decir: “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado!”[42],
según esos escritos tan incoherentes.
Muy posiblemente quienes
escribieron los evangelios fue-ron severamente incapaces de construir un relato
mínimamente coherente, pero, al parecer, Nietzsche quiso encontrar o suponer
coherencia donde no la había. De ahí sus contradictorios juicios acerca de
Jesús.
Igualmente, el desafiante
final con el que Nietzsche cierra su obra Ecce
Homo:
“Dionisos contra el Crucificado”[43],
no parece tener otro significado que
el que se relaciona con el contexto de crítica al cristianismo oficial de la tradición y no con el de un ataque
personal a la figura de Jesús, al menos en el pasaje de El Anticristo que cito a continuación, donde Nietzsche, pasando por
alto pasajes como el antes citado de Lucas, considera la forma de vida de Jesús
como un ideal de vida absolutamente digno, escribiendo en este sentido:
“Este ‘buen mensajero’ [=Jesús] murió tal como enseñó
—no para ‘redimir a los hombres’, sino para mostrar cómo se ha de
vivir. Lo que él legó a la humanidad es la práctica:
su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores y ante
toda especie de calumnia y burla, —su
comportamiento es la cruz. Él no
opone resistencia, no defiende su derecho [...] Y él ora, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen mal... […] No defenderse, no encolerizarse, no
hacer responsable a nadie... Por el contrario, no oponer resistencia ni
siquiera al malvado, —amarlo...”[44].
Por otra
parte, aunque Nietzsche no defiende aquí las su-puestas doctrinas de Jesús sino su ejemplo de “cómo hay que vivir”, sin
embargo este enaltecimiento de tal forma de vida resulta desconcertante en
cuanto la forma de vida que Nietzsche ensalza en este caso no encaja para nada
con la forma de vida propia de la moral
de señores que defiende de forma generalizada, sino que, si acaso, estaría
más próxima a la moral de esclavos que
critica, aunque sin el resentimiento que caracterizaría a ésta en su
fundamento.
Por ello y para dar una
visión más completa acerca de cómo vio Nietzsche la figura de Jesús -al margen
de esta valoración general positiva que le lleva a presentarlo como símbolo del
amor-, hay que decir que, como estudioso y conocedor de los evangelios -aunque
en diversas ocasiones no lo parezca demasiado-, en algunos momentos lo presenta
desde una perspectiva radicalmente opuesta a la anterior, mostrando su figura
con unas cualidades contrarias a la previamente señalada, y diciendo en este
nuevo sentido:
“Jesús quiere que se crea en él y manda al Infierno a
cuanto se le resiste [...] La bondad junto a lo más opuesto a ella en la misma
alma: he aquí el más maligno de los hombres”[45].
Y,
efectivamente, esta valoración tan negativa de la figura de Jesús tiene un
claro fundamento en distintos pasajes evangélicos donde Jesús se expresa con
palabras que no son precisamente el reflejo de un amor especialmente intenso,
sino todo lo contrario, amenazando del siguiente modo a quienes no le sigan:
-“Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a
separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego”[46]
-“ ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno,
preparado para el diablo y sus ángeles’ […]. E irán éstos al castigo eterno, y
los justos a la vida eterna”[47],
Y, por ello,
tal como Nietzsche indica ahora, la anterior perspectiva habría resultado
excesivamente parcial en sentido positivo, al haber pasado por alto la serie de
ocasiones en que Jesús aparece en los evangelios amenazando con el fuego eterno.
Éste es el motivo principal de que, comparando el cristianismo con el budismo,
juzgue que, aunque ambas religiones son nihilistas[48],
“el budismo es cien veces más realista que el
cristianismo”,
aceptando, por otra parte, de manera
incoherente con los pasajes anteriores, que
“lo que lo distingue radicalmente del cristianismo es
el hecho de que está con el autoengaño de los conceptos morales tras
sí, hallándose [...] más allá del
bien y del mal”[49].
En esta misma
línea de interpretación y teniendo en cuenta no las amenazas de Jesús sino sólo
aquellos matices parciales que más encajaban con su idea preconcebida de la
figura de Jesús, considera que
- “lo que distingue al cristiano [auténtico] no es una
‘fe’: el cristiano obra, se distingue por ‘otro’ modo de obrar”[50].
- “sólo la práctica
cristiana, una vida tal como la vivió el que murió en la cruz, es cristiana…
Todavía hoy esa vida es posible, para
ciertos hombres es incluso necesaria:
el cristianismo auténtico, el originario, será posible en todos los tiempos…”[51].
Tal vez la
influencia inconsciente de su padre y la del ambiente religioso de su infancia
pudieron haberle llevado a ver la figura de Jesús de ese modo, tan alejado del
resentimiento, tan unido al amor y a la mansedumbre, y tan unido a la
aceptación resignada de su fatal destino. Pero, en cualquier caso, resulta
sorprendente que esa influencia se extendiese durante tanto tiempo en la vida
de Nietzsche, hasta el punto de impedirle ver la figura de Jesús de un modo más
objetivo o menos contradictorio –o al menos más de acuerdo con las fuentes de
que disponía, los evangelios, al margen del carácter nada científico de éstos
como fuente para conocer la verdad sobre la supuesta existencia y vida de
Jesús.
Por otra parte y
posiblemente en conexión con esta interpretación del modo de vida de Jesús,
tiene cierto interés reflejar que, aunque en su clasificación de las formas de
moral Nietzsche critique la moral de
esclavos, manifestando su
apoyo a la moral de señores, en algún
momento defendió una moral o una forma de vida similar a la que había atribuido
a Jesús, pues efectivamente, aunque fuera de manera excepcional, llegó a
valorar de forma positiva una forma de vida como la que atribuyó a Jesús. En
este sentido, en Aurora hay un texto
especialmente significativo en el que Nietzsche expone un ideal de vida que se
aproxima bastante a ciertos aspectos de aquel cristianismo auténtico (?) que él
siempre respetó. Dice lo siguiente:
“¡Vivir sin fama, o siendo
objeto de amistosas burlas, demasiado oscuramente para despertar la envidia y
la enemistad, armado de un cerebro sin fiebre, de un puñado de conocimientos y
de un bolsillo lleno de experiencia; ser, en cierto modo, el médico de los
pobres de espíritu; ayudar a éste o al otro [...] sin que el favorecido
advierta que se le ayuda! ¡Ser como una posada modesta, abierta a todos, pero
que se olvida en seguida o inspira burlas! ¡No aventajar en nada, ni en
alimentación mejor, ni en aire más puro, ni en espíritu más alegre, pero dar
siempre, devolver, comunicar, empobrecerse! ¡Saber hacerse pequeño para
volverse accesible a muchos, sin humillar a nadie! ¡Tomar sobre sí muchas
injusticias [...] para poder llegar, por sendas secretas, a lo más íntimo de
muchas almas cerradas! ¡Eso sería una vida, eso sería una razón para vivir mucho
tiempo!”[52].
Pero, frente
a un ideal de vida próximo a éste, Nietzsche consideró que en el cristianismo oficial prevaleció el
sentido menos evangélico, el
resentimiento. Y, por ello, comparando la vida y –en ese momento- la muerte
de Jesús con la actitud posterior del cristianismo, escribe:
“Evidentemente, la pequeña comunidad [de los primeros
cristianos] no comprendió precisamente lo principal, lo que constituía un
modelo en este modo de morir: la libertad, la superioridad sobre todo tipo de
rencor [...] Pero sus discípulos estaban muy lejos de ‘perdonar’ su muerte
[...] Prevaleció el sentimiento menos evangélico: la ‘venganza’”[53].
Complementariamente
considera que el cristianismo oficial
“ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos
de conservación de la vida fuerte”[54].
Ese cristianismo representa la negación de los valores de la
vida terrena por parte de aquellos que no se sienten con fuerzas suficientes
para entregarse a ella y a esa mezcla de placer y dolor que sólo los espíritus
fuertes pueden no sólo soportar sino también amar.
Teniendo
en cuenta estas observaciones, puede entenderse el motivo por el cual juzga
Nietzsche que Jesús fue el cebo
utilizado por los judíos,
“ese cebo de la autocrucifixión de Dios para salvación del hombre”.
La forma de vida de Jesús había sido un auténtico modelo,
aunque no precisamente de los valores
aristocráticos que Nietzsche defendió ni tampoco de los valores de la moral de esclavos sino de aquellos
valores por los cuales Jesús aceptaba la vida y la muerte sin rencor alguno
hacia nadie, y todos sus momentos positivos y negativos.
En
lo que Nietzsche tuvo una grave confusión o incluso contradicción de ideas es
en considerar que en la supuesta vida del Jesús evangélico no hubiera
resentimiento de ningún tipo. Quizá no lo hubiera… pero ¿qué nombre habría que
dar al “sentimiento” que lleva a amenazar con el “fuego eterno” a quien no crea
en las palabras de alguien o no cumpla sus exigencias? El Jesús evangélico, a
pesar y en contra de su mensaje de amor, amenazó precisamente a tales personas
con el fuego eterno. Pero ¿qué le importaba que la gente le creyera o que
siguiera o no sus normas de vida? Es lógico pensar que quien se caracterizó por
una vida de mansedumbre y amor no pudo haber amenazado con esa barbaridad tan
absurda y de una crueldad tan infinita, pero es también un hecho que así consta
en los Evangelios y no parece que Nietzsche tuviera otra fuente para el
conocimiento de Jesús que la de esos evangelios, a pesar de estar tan llenos de
contradicciones. En consecuencia, parece evidente que Nietzsche se precipitó de
manera incomprensible en sus juicios acerca de ese personaje mítico, viéndolo
como “evangelio viviente del amor”.
Desde
entonces un grupo de judíos –aunque Nietzsche habla de los judíos en general-,
los creadores del cristianismo, se sirvieron de él para atacar los valores
aristocráticos y establecer así su propio sistema de valores antivitales y
nihilistas. Y, entre esos judíos, el artífice fundamental del triunfo de dicha moral de esclavos habría sido Pablo de
Tarso.
Aunque
habrá ocasión de insistir, no quiero dejar pasar la ocasión de señalar la
contradicción en que incurre Nietzsche cuando en el pasaje anterior,
perteneciente a La genealogía de la moral, habla de “ideales más
nobles”, pues, si en su anterior obra, Más allá del bien y del mal,
había negado el valor de la moral, diciendo incluso que no había fenómenos
morales, es una incoherencia que hable ahora de ideales más nobles,
en cuanto tal consideración representa una valoración moral. No
obstante, más adelante se analizará esta cuestión con más detalle.
2. El resentimiento en el
cristianismo
Desde la perspectiva de
Nietzsche, el cristianismo oficial reniega de la vida terrenal poniendo sus
esperanzas en otra vida mejor en la que los bienaventurados tendrán, entre
otras satisfacciones, la de disfrutar contemplando los sufrimientos de los
condenados. En apoyo de este juicio, el pensador alemán hace referencia a
determinados escritos de Tertuliano, de Tomás de Aquino y del Apocalipsis, que resultan especialmente
representativos de esta doctrina del rencor y del sadismo.
Respecto a Tomás de
Aquino, cita, aunque de manera no literal, pero captando plenamente su sentido,
una frase de la Suma Teológica según
la cual,
“Los bienaventurados en el reino celestial
contemplarán los castigos de los condenados para que su felicidad más les
complazca”[55].
Evidentemente
es una triste y patológica muestra del resentimiento
de que habla Nietzsche el que una parte al menos de la felicidad de alguien
sea consecuencia de la contemplación del sufrimiento de otro, lo cual, como
indica el pensador alemán, es una clara muestra del resentimiento que él
critica como fuente de la inspiración y de la fuerza del cristianismo. Y, por
lo mismo, es una contradicción que en la supuesta “religión del amor” el odio a
los condenados y la contemplación de sus sufrimientos vaya a formar parte de su
propia felicidad.
Nietzsche cita igualmente
un largo párrafo de Tertuliano, con un sentido similar al de Tomás de Aquino,
en el que su autor se recrea todavía más y de manera más descriptiva ante la
visión gratificante y consoladora (!) del sufrimiento de los condenados.
Y, respecto al Apocalipsis, escribe con acierto que es
“el más salvaje de los atentados escritos que la
venganza tiene sobre su conciencia”[56].
Quien haya
leído este último libro de la Biblia
católica sabe que realmente se trata de un libro terrorífico, a pesar de que,
por su carácter absurdo, puede verse más bien como una obra que sólo puede
servir como guión para una película de terror surrealista o para asustar a
niños y a mayores sin capacidad de reflexión crítica. Desde luego, se trata de
un escrito que para nada sugiere haber sido inspirado por el supuesto dios amor del cristianismo, sino, si
acaso, por un ser sumamente déspota y cruel, dominado por un odio irracional y
asombroso. Parece que el propósito de quien realizó este escrito pudo ser,
precisamente, la de provocar el terror en sus lectores a fin de coaccionarles
para que aceptasen la nueva fe –al margen de que dicha obra manifiesta una
absoluta predilección por los israelitas, de entre los cuales 12.000 miembros
de cada una de las doce tribus de los hijos de Jacob, es decir, 144.000 israelitas, serán marcados “en la frente
con el sello a los servidores de nuestro Dios”[57], de
manera que los no-israelitas quedarían al margen de dicha selección-.
Como consecuencia del resentimiento, tanto latente como
patente, en estos puntos de vista, es comprensible que Nietzsche reflejase en
diversos textos críticas como las siguientes:
a) “Lo que en otro tiempo no era más que algo enfermo
se ha convertido hoy en algo indecente, —es indecente ser cristiano. Y aquí comienza mi náusea [...] Por muy
modesta que sea la probidad exigida, hoy día no se puede menos que saber que
con cada frase que pronuncia un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente [...] También el sacerdote sabe, como todo el mundo, que ya no hay
un ‘Dios’, un ‘pecador’ un ‘Redentor’; que la ‘voluntad libre’, el ‘orden moral
del mundo’ son mentiras”[58].
b) “La Iglesia pertenece al triunfo de lo anticristiano igual que el Estado moderno, el
nacionalismo moderno... La Iglesia es la barbarización del cristianismo”[59].
c) “La Iglesia
es exactamente aquello contra lo cual predicó Jesús y contra lo cual enseñó a
luchar a sus discípulos”[60].
Sin embargo,
su visión dual en torno al cristianismo, pretendiendo ver en el cristianismo oficial una degeneración
del cristianismo de Jesús, no fue acertada, pues, al margen de las
dificultades insuperables para llegar a conocer cuál pudo ser la personalidad y
el pensamiento de Jesús –suponiendo que hubiera existido-, lo que es evidente
es que la figura que de él presentan los evangelios es realmente
contradictoria, en cuanto en ellos Jesús, de mismo modo que defiende la
doctrina del amor, incluso a los
enemigos, proclama igualmente la de la venganza
contra quienes no hayan creído en él.
Por otra
parte y en relación con los últimos textos citados, tiene interés realizar
algún comentario.
a) Así, respecto al texto a, hay quien podría decir que
Nietzsche exagera al afirmar que los dirigentes del cristianismo mienten cuando hablan sobre temas de su
religión, pero ciertamente eso es lo que parece suceder en muchos casos.
No conozco ningún estudio
estadístico acerca de las auténticas creencias de los sacerdotes actuales, pero
en cualquier caso sí parece que Nietzsche se aproxima a la verdad cuando dice
que “un teólogo, un sacerdote, un papa, no yerra, miente…”, pues es la forma de vida de cada persona, más que sus
palabras, lo que muestra cuáles son sus convicciones más íntimas, y en este
sentido la forma de vida de la jerarquía católica en particular no sugiere que
esté guiada por otro ideal que el de amasar poder y riquezas, lo cual
representa el polo opuesto a lo que en teoría constituía el pilar esencial de
las doctrinas de Jesús.
De hecho, ya Pablo de
Tarso, auténtico fundador del cristianismo, defendió a los ricos en contra del
punto de vista del Jesús evangélico, que los había criticado muy duramente. Y,
efectivamente, la forma de vida de quienes viven de estas historias no se
corresponde en absoluto con lo que predican, al margen de que lo que predican
sea igualmente una serie de auténticas falsedades, como las que Nietzsche
enumera en ese mismo pasaje.
Por lo que se refiere a
la crítica de Nietzsche respecto a la existencia de un “Redentor”, hay que
decir que en efecto se trata de una doctrina ridícula y contradictoria, pues un
dios infinitamente misericordioso no necesitaba de ningún sacrificio
para perdonar y redimir a quien hubiera querido, pero es evidente que en los
tiempos en que se inventó esta doctrina no se concebía la idea de Dios desde
este punto de vista sino como la de un ser sumamente vengativo, tal como
aparece especialmente en el Antiguo Testamento. Y es el colmo del
absurdo que el dios cristiano no sólo fuera impotente
para perdonar a la humanidad sin necesidad de redentor alguno, sino que además dicho redentor tuviera que
ser el supuesto hijo de ese Dios, del
que a la vez se dice que se identifica con ese mismo Dios, por lo que la
redención implicaría la absurda inmolación
de Dios sacrificándose a sí mismo para conceder el perdón a la
humanidad, como si no hubiera podido perdonar directamente sin necesidad de
sacrificio alguno.
Pero, además, ¿de qué
tenía que redimirnos? ¿del pecado original? Evidentemente es absurda la
doctrina que generaliza para toda la descendencia de la especie humana el hecho
de que su mítico primer antepasado desobedeciera una orden de su supuesto
creador. ¡Qué doctrina tan absurda!
c) Igualmente y por lo
que se refiere al “libre albedrío” mostraré, especialmente en el apartado 3.2.,
la serie de acertados argumentos utilizados por Nietzsche para criticar este
pseudo-concepto.
d) Y, por lo que se
refiere al “orden moral”, su crítica tiene diversos fundamentos, cada uno de
los cuales sería suficiente para validarla. Además, ya desde su acertada crítica
al libre albedrío una consecuencia lógica es que la responsabilidad, la moral
del bien y del mal, del mérito y la culpa, del premio y del casti-go, no tienen
sentido alguno.
Respecto a la pregunta
por cuál sería el fundamento que podría justificar dicha moral, nos encontramos
con la respuesta de que, desde la perspectiva de Nietzsche, la toma de
conciencia de la “muerte de dios”, es decir, de su inexistencia, implica la
desaparición del único fundamento que, desde la perspectiva de Nietzsche,
hubiera servido para tratar de fundamentar dicha moral.
Es verdad, por otra
parte, que, si al término “moral” se le da un sentido amplio y relativo,
referido a determinadas normas de convivencia, con valor simplemente humano y
orientativo, en tal caso se podría seguir hablando de moral, pero sin las
absurdas connotaciones y consecuencias que iban ligadas a la “moral absoluta”
que Nietzsche critica.
En relación con el texto b, también acierta Nietzsche si
entendemos que la esencia del cristianismo podría haber consistido en una
doctrina de amor auténtico y universal, pero el cristianismo, ya desde muy
pronto, se convirtió en un formidable negocio compulsivo, movido sobre todo por
la ambición de poder y de riquezas materiales, con la simple tapadera hipócrita
de sus dirigentes, manifestando su preocupación por el amor, la compasión y la
ayuda a los pobres, y disimulando de este modo sus auténticos intereses que
todo el mundo puede conocer bien-do simplemente cómo vive su jerarquía.
Los ideales de Jesús,
aunque diferentes, no representarían precisamente el polo opuesto a los de la
iglesia que dice seguir-le, pues Jesús –o al menos el personaje evangélico
ligado a ese nombre- siguió predicando al margen de toda racionalidad desde el momento en que exigía la fe en sus palabras y el cumplimiento de unas leyes relacionadas con
la misma religión judía, a la vez que amenazaba con el castigo eterno, llegando
a proclamar de manera absurda “quien no está conmigo está contra mí”, o “muchos
son los llamados, pero pocos los escogidos”.
Y, respecto a las
palabras de Nietzsche, cuando dice que “la Iglesia es la barbarización del
cristianismo”, hay que decir que acierta -al menos en parte- en cuanto ese
Jesús evangélico predicó en favor de los pobres y en contra de los ricos,
mientras que Pablo de Tarso justificó a los ricos y abrió el camino a la
Iglesia para que se convirtiera en una potencia económica mundial,
especialmente admirable por la enorme riqueza obtenida a cambio de nada, o, si
se quiere, a cambio de tareas como la protección divina para todos los
dictadores que negociasen con los dirigentes católicos la legitimidad de su gobierno
“por la gracia de Dios”.
Y respecto al
texto c, coherente y consecuente con
el texto b, su consideración es
parcialmente acertada, pues al margen de los ideales de Jesús, de carácter
religioso -y quizá también político-, lo que es evidente es que su forma de
vida, sencilla y próxima especialmente a la gente humilde, habría sido
traicionada por la jerarquía de la iglesia católica, la cual ha estado guiada a
través de los siglos por “ideales” ligados al poder, a la riqueza y a la
ostentación más repugnante de ese poder mediante sus lujos faraónicos que
desmienten su hipócrita defensa de quienes viven y mueren en medio de la más
absoluta miseria sin que la jerarquía plutócrata de la iglesia católica haga
nada por remediar esta situación –o sólo lo estrictamente necesario para
aparentar teatralmente su preocupación y su amor por los pobres-, a pesar de la
inmensa fortuna material que ha amasado a lo largo de los siglos por todos los
métodos imaginables, en especial el robo y la complicidad con gobiernos
injustos, cuyos favores económicos, previamente robados al pueblo, paga con
oraciones y con la exaltación de tales dirigentes, exigiendo a los creyentes su
sometimiento a ellos, en cuanto –según afirmó Pablo de Tarso de manera
plenamente clarividente para la prosperidad de su negocio- el poder de los gobernantes –de todos- proviene de Dios por lo que todos deben someterse a ellos.
Sin embargo,
a pesar de estas críticas al cristianismo
oficial, especialmente al de la jerarquía
católica, las críticas de Nietzsche no lo atacan por su compulsiva obsesión
por las riquezas materiales sino por el resentimiento,
por la sed de venganza que predomina en él contra quienes, dotados de fortaleza
y energía, gozan de la vida sin someterse a otros dictados que a los de sus
propios deseos, y, en definitiva, por su teórico desprecio a los valores de la
vida terrenal, al margen de que en la práctica la jerarquía cristiana, casi
desde sus comienzos, se haya caracterizado especialmente por su hipocresía y
por su insaciable ambición de poder y de bienes materiales –y no por su
desprecio de ellos-.
Jesús había dicho “mi
reino no es de este mundo” y Nietzsche desprecia estas palabras en cuanto
implican un rechazo de los valores de esta vida terrena para poner todo valor
en una vida meramente imaginaria, la “vida eterna”. Por esta misma razón en
otros momentos insistió en la frase según la cual el mayor pecado contra esta vida era la creencia en otra vida mejor.
Por todo ello
y como consecuencia de estas reflexiones, Nietzsche pronuncia su ‘veredicto
final’ contra el cristianismo:
“Declaro
culpable al cristianismo, formulo contra la Iglesia cristiana la acusación
más terrible que ha sido formulada jamás por acusador alguno. Ella es para mí
la más grande de todas las corrupciones imaginables [...] La Iglesia cristiana
[...] ha hecho de todo valor un sin valor, de toda verdad una mentira y de toda
probidad una falsía de alma [...]
El parasitismo es la práctica exclusiva
de la Iglesia; con su ideal de anemia, de ‘santidad’, chupa toda sangre, todo
amor, toda esperanza en la vida; el más allá como voluntad de negación de toda
realidad; la cruz como signo de la conspiración más solapada que se ha dado
jamás, contra la salud, la belleza, la plenitud, la valentía, el espíritu y la bondad del alma; contra la misma vida... […].
Yo llamo al cristianismo la única gran maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de venganza, para el
cual ningún medio es bastante venenoso, sigiloso, subterráneo, pequeño, —yo lo llamo la única inmortal mancha deshonrosa de la
humanidad…”[61]
Por ello, frente
a esta actitud nihilista, dominada
por el resentimiento y la falsedad, propia de este cristianismo oficial, Nietzsche aconseja
tener fortaleza para permanecer fieles a esta tierra, librándonos del espejismo
de la “otra vida”:
“No ocultéis por más tiempo la cabeza en el polvo de
las cosas celestiales; llevad la cabeza erguida, llevad una cabeza de tierra,
que engendre el sentido de la tierra”[62].
ABREVIATURAS DE OBRAS CITADAS DE NIETZSCHE
A: Aurora
AC: El Anticristo
BM: Más allá del bien y del mal
CS: El caminante y su sombra
EH: Ecce Homo
GC: La gaya ciencia
GM: La genealogía de la moral
HH: Humano, demasiado humano
ID: La inocencia del devenir (Tomo V de Obras completas de Nietzsche, Ed.
Prestigio, B. Aires, 1970).
OI: El ocaso de los ídolos
OT: El origen de la tragedia
VM: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
VP: La voluntad de poder
Z: Así habló Zaratustra
FP: Fragmentos póstumos.
Ed. Tecnos, Madrid, 2008.
SPM: Sabiduría
para pasado mañana. Antología de fragmentos póstumos
(1869-1889); Ed. Tecnos, Madrid, 2009.
Nietzsche: Obras completas: Ed. Prestigio, Barcelona, 1970.
[1] GC, III, parág. 125.
[2] AC, cap. 42.
[3] AC, cap. 38.
[4] Al realizar esta
crítica sólo me refiero al “Jesús de los evangelios”, ya que, según parece, no
hay un conocimiento histórico del supuesto Jesús, ni siquiera de que haya
existido realmente.
[5] AC, cap. 38.
[6] Ibidem.
[7] En el
año 1492, siendo papa Inocencio VIII, llegó a haber corridas de toros en la
plaza de san Pedro en Roma. Resulta curioso que el siglo siguiente, en 1567,
Pío V aprobase una bula prohibiendo las corridas de toros bajo pena de
excomunión. Parece que todavía no se habían puesto de acuerdo acerca del dogma
de la infalibilidad del papa, dogma según el cual las contrarias
actitudes de Inocencio VIII y Pío V habrían sido inaceptables desde un punto de
vista lógico. Evidentemente la explicación de este cambio de actitud no
tuvo nada que ver con motivos teológicos o compasivos con los animales, sino de
temor y preocupación por el avance del protestantismo de Lutero, escandalizado
por la forma de vida de los máximos dirigentes de la Iglesia, tan ligada a los
placeres terrenales y tan alejada de los principios morales que predicaba.
[8] GM, I,
7. Habría que puntualizar que tal sublevación no se inicia con los judíos en
general ni con el pequeño grupo de los creadores del cristianismo, sobre todo,
con Pablo de Tarso desde la moral de
señores en su variante moral de
sacerdotes, sino que el fenómeno de la creación de valores contrarios a los
de los nobles es algo mucho más general y más antiguo, que surge en cualquier
sociedad en la que existan personas inteligentes, astutas y ambiciosas, pero
físicamente débiles, pues cada uno lucha con las armas de que dispone.
[9] GM II
10.
[10] GM I 7.
[11] EH, “Por qué soy tan
inteligente”, parág. 1.
[12] GC V, parág. 357.
[13] ID, parág. 2323. Obras Completas, V, Ed. Prestigio, B. Aires,
1970.
[14] O. c. parág. 2326.
[15] OI, “Los cuatro grandes
errores”, parág. 8.
[16] Así, por ejemplo, en los
capítulos 89 y 90 del libro III de la Suma contra los gentiles, Tomás de
Aquino defiende la tesis de que Dios no sólo es la causa de la existencia de la
voluntad humana como potencia, sino también la causa de las
elecciones concretas de la voluntad:
“Algunos […] decían que Dios
causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la
potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o
aquello. [Pero,] Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú,
Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la
operación”[16].
Así, desde la perspectiva de
teólogos como Orígenes se salvaría la libertad del hombre, pero
no la omnipotencia divina, pero, desde la perspectiva de Tomás de Aquino
se salvaría la omnipotencia divina pero no la libertad humana. Insistiendo en
este mismo punto de vista, añade Tomás de Aquino un poco más adelante:
“Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino
también de nuestro querer”.
O, lo que es lo mismo, Dios es
causa de la existencia de nuestra voluntad o capacidad para tomar las
decisiones que en cada momento tomamos, pero a la vez es causa de que queramos
realizar una acción u otra.
Y en el capítulo siguiente concluye así:
“Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra
elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a
la divina providencia”.
Es decir, en cuanto Dios es causa de la existencia de nuestra voluntad
o capacidad de querer y, en cuanto es causa igualmente de que queramos esto o
aquello, es igualmente la causa de las elecciones concretas que en cada momento
realicemos como consecuencia de nuestro querer –que no es otra cosa que lo que
Dios quiere que queramos-.
[17] OI, “Moral como
antinaturalidad”, parág. 4.
[18] En realidad, un dios
auténtico se identificaría con todo bien imaginable, por lo que sería
contradictorio con su propio ser que deseara crear o hacer cualquier cosa, pues
sólo se desea aquello que no se posee, mientras que, por definición, ese dios
se encontraría identificado con todo lo deseable. Y, en cuanto nada podía
desear por identificarse con todo lo deseable, nada crearía, por lo que
permanecería eternamente inactivo como consecuencia de su absoluta perfección.
[19] AC, cap. 18.
[20] AC, cap. 5.
[21] Z, IV, ‘Del hombre superior’, XVI. Nietzsche alude aquí al evangelio de
Lucas, en el que se dice: “¡Ay de vosotros los que ahora reís, pues lamentaréis
y lloraréis!”.
[22] EH, “El caso Wagner”, parág. 2.
[23] EH, “Por qué soy tan
inteligente”, parág. 3.
[24] GC, III, parág. 141.
[25] Z, IV, “El jubilado”,
parág. 140.
[26] GC, III, parág. 140.
[27] Ibidem.
[28] GC, parág. 289.
[29] Ibidem.
[30] GC, V, parág. 343.
[31] Pero, si el concepto de Dios hace referencia a un ser
absolutamente perfecto, no necesitado de nada, en tal caso podría decirse de
manera categórica que Dios y el Universo, como creación de Dios, son
incompatibles, puesto que la teórica perfección divina implicaría que Dios se
identificaría con el bien y con cualquier valor en una dimensión absoluta, por
lo que no necesitaría nada y, en consecuencia, nada desearía, y, por lo mismo, nada
crearía. Por otra parte, ¿tendría algún sentido la mera existencia de ese ser
absolutamente inactivo? Además, la existencia del Universo, independiente de
ese supuesto dios, representa la objeción más clara a la existencia de tal
supuesto ser.
[32] GM, I, 8.
[33] AC, cap. 33.
[34] Lucas, 22:36. La
cursiva es mía.
[35] Juan, 17:10.
[36] Mateo, 26:52.
[37] AC, cap. 33.
[38] HH, parág. 475.
[39] AC, cap. 39.
[40] AC, cap. 30.
[41] AC, cap. 29.
[42] Marcos, 15: 33-34.
[43] EH, “Por qué soy un
destino”, parág. 9.
[44] AC, cap. 35.
[45] ID, parág. 2303. Obras
Completas, V, Prestigio, B. Aires, 1970. No trato la cuestión de hasta qué
punto se asemeja el “Jesús evangélico” con el “Jesús histórico” por la sencilla
razón de que no se sabe nada de ese supuesto Jesús.
[46] Mateo, 13, 49 - 50.
[47] Mateo, 25, 41- 46.
[48] AC, cap. 20.
[49] Ibídem.
[50] AC, cap. 33.
[51] AC, cap. 39.
[52] A, V, parág. 449.
[53] AC, cap. 40.
[54] AC, cap. 5.
[55] GM I
14. “Beati in regno coelesti videbunt
poenas damnatorum ut beatitudo illis magis complaceat”. Nietzsche cita las palabras de Tomás de Aquino no de manera
literal sino sólo reflejando fielmente su sentido. Las palabras de la Suma Teológica son las siguientes: “Ut
beatitudo sanctorum eis magis complaceat, et de ea uberiores gratias Deo agant,
datur eis ut poenam impiorum perfecte intueantur” (Tomás de Aquino: Summa Theologica, V, Suppl., q.
[56] Las referencias a estos escritos cristianos se encuentran en La genealogía de la moral, I, 14.
[57] Apocalipsis, 7:3-8. Como ya he indicado,
este escrito, el Apocalipsis, debió
de haber sido utilizado en los comienzos del cristianismo para atemorizar a los
posibles cristianos que todavía dudaban y no se decidían a aceptar y a
someterse a las doctrinas que se les trataba de inculcar, de manera que con
amenazas como las que en él se describen se les presionaba a abrazar ciega-mente
la nueva religión por el temor a los terribles castigos anunciados contra los
incrédulos.
[58] AC, cap. 38.
[59] VP, parag. 250,
Prestigio, IV, Barcelona, 1970.
[60] O. c., parág. 221.
[61] AC, parág. 62. Al margen de los motivos
objetivos que Nietzsche tuviera para criticar a la iglesia católica, de nuevo
incurre en la misma contradicción antes señalada, la de criticar el
cristianismo mediante conceptos y expresiones morales, a pesar de que
anteriormente había llegado a la conclusión de que no existen fenómenos
morales. Hubiera tenido sentido que manifestase su antipatía por la forma de
actuar esa institución, pero no lo tenía que la calificase con términos
morales como los de culpable, corrupta,
falsa, el más allá como voluntad de negación de toda realidad; la cruz como
signo de la conspiración más solapada que se ha dado jamás, la única gran
maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de
venganza, la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad. Al parecer
Nietzsche no pudo reprimir su indignación ante la actuación milenaria de la
iglesia, tan contraria a los valores supuestamente predicados por Jesús, pero,
desde que la moral desaparece del escenario, solo queda la descripción de
lo que sucede, igual que en el terreno de la Biología, mostrando el
comportamiento de los animales de toda clase, pero sin condenar moralmente
ninguno de esos comportamientos.
[62] Z, I, “De los de detrás del mundo”.
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