El superhombre
Para abordar la doctrina de
Nietzsche acerca del superhombre (Übermensch) es importante tener en cuenta que este
personaje aparece casi exclusivamente en Así habló Zaratustra
(1883-1885), en La genealogía de la moral (1887) y en Ecce
homo (1889). En esta última obra se sorprende de que alguien hubiera
relacionado a este personaje, producto imaginario del propio Nietzsche, con
Parsifal, rendido al cristianismo, y quiso corregir tal barbaridad indicando
que el superhombre podía, si acaso, relacionarse con César Borgia[1]. Resulta
sintomático y tiene interés por ello señalar que, después de esta referencia al
superhombre en las obras mencionadas y teniendo en cuenta el valor que le había
concedido en ellas, apenas volviese a mencionarlo en el resto de sus escritos y
en su lugar emplease otros términos más corrientes, como el de “aristocracia”,
cuyas cualidades, no obstante, serían las mismas anteriormente atribuidas al superhombre.
Por ello, para entender adecuadamente el concepto del superhombre,
desvelando el misterio que podía rodear a este personaje, no hay que buscar
nada nuevo en relación con dicho término después de La genealogía de la
moral, sino, si acaso, en relación con todo lo que se corresponda con esa aristocracia,
término con el que se refirió a una selección de personas especialmente
valiosas desde el punto de vista intelectual y del interés por el arte y por la
cultura en general, personas alejadas de cualquier sometimiento religioso o
moral, con sus valores vitales propios, favorables a la vida terrena y
contrarios a los antivalores de la moral de esclavos.
Posiblemente
en Así habló Zaratustra Nietzsche utilizó el término “superhombre”
(Übermensch) por el hecho de que toda esta obra está escrita en tono poético y
lleno de símbolos, refiriéndose a diversos personajes y grupos sociales de
manera igualmente simbólica. Posteriormente quizá llegó a disgustarle ese
término porque debió de pensar que le daba cierto aire de personaje esotérico y
misterioso que dejó de ser de su agrado.
En sus últimos años
lúcidos –aunque, al parecer, no tan lúcidos en algunos momentos- Nietzsche
relacionó el valor de la vida con la superación del hombre mediante la
creación del superhombre, escribiendo en este sentido
- “…no es mi problema qué reemplazará al ser humano: sino qué tipo de
humano se debe elegir, se debe querer, se debe criar como tipo más valioso”[2].
Este ideal no
era nuevo en sus escritos en sentido estricto, pues en cierto modo a lo largo
de su obra ya se había referido a él en las ocasiones en que había hablado de
los “señores” o de los “nobles”, pero fue en Así habló Zaratustra cuando
se refirió a un ideal muy próximo al representado por aquellos nobles,
sirviéndose en esta obra del término “Übermensch”, traducido normalmente como
“superhombre”. El pasaje citado tiene especial interés porque habla de algo que
luego trataré con mayor amplitud. Se trata de que en él Nietzsche se plantea
“qué tipo de humano se debe […] criar
como tipo más valioso”, frase con la que da una pista muy clara en cuanto
al hecho de que el superhombre no es ningún personaje sobrenatural que
haya de bajar al mundo como una especie de “Superman” sino, como más adelante
se verá, un hombre nuevo que debe surgir como resultado de la aplicación de
métodos eugenésicos al ser humano para lograr su rápida mejora intelectual que
le sirva para superar al actual ser humano más primitivo, que sólo es “una
cuerda tendida entre el animal y el superhombre”[3] y que en su gran mayoría vive
especialmente ligado a lo meramente animal, sin capacidad para valorar los
altos productos del espíritu.
El
superhombre hace referencia al hombre
que, además de poseer una capacidad y una sensibilidad especiales para
disfrutar de los diversos productos de la cultura, deberá poseer igualmente
unas facultades que le capaciten para la creación artística y cultural, así
como una sensibilidad especial para disfrutar de los diversos productos de la
cultura. Y se debe caracterizar especialmente por
- haber superado el
nihilismo derivado de la “muerte de Dios”, convirtiéndose en su propio dios, es
decir, en el creador de sus propios valores,
-
haber superado los valores de la “moral de esclavos” propios del cristianismo,
negadores del valor de la vida terrena; y finalmente por
-
haber asumido, con “amor al destino” (amor fati), la doctrina del eterno retorno, en lo más grande y en lo
más insignificante, y en cada una de las alegrías y tristezas que la vida pueda
depararle.
Hasta tal punto ve
Nietzsche al superhombre como un ser superior desde un punto de vista
psicológico que considera que será merecedor del sacrificio de los hombres
inferiores, llegando a considerar que éstos deberán sacrificarse como
esclavos a fin de que el superhombre pueda llevar a cabo “su tarea
superior”.
En estas consideraciones
Nietzsche estuvo inspirado de manera especial por el evolucionismo de Ch.
Darwin y por la eugenesia de F. Galton -que tenía su precedente más destacado
en el propio Platón de la República- y también por M. Stirner y por su
defensa del egoísmo absoluto, pues efectivamente, en los momentos en que
Nietzsche defiende el sacrificio de la masa para dar paso al superhombre o a
la nueva “aristocracia”, manifiesta de manera muy clara, aunque sólo implícita,
su acuerdo con el egoísmo absoluto defendido por M. Stirner en El
único y su propiedad. Dicho egoísmo serviría de apoyo a su fantasiosa
pretensión de servirse de quienes fueran simplemente masa, en cuanto la
sustitución de la masa por el superhombre -o por la “aristocracia”- le
resultaría especialmente satisfactoria en cuanto supondría la superación de los
antivalores de la moral de esclavos, no sólo distintos sino contrarios a la
vida terrena. De hecho, en Más allá del bien y del mal defiende
directamente el egoísmo, reivindicando el derecho de la aristocracia a tener
sometidos a otros seres humanos. Desde la perspectiva de Nietzsche la masa
tenía un valor negativo en cuanto la implantación de sus valores en el conjunto
de la sociedad había significado una insoportable opresión para los nobles, y,
por ello, lo esencial para lograr un futuro mejor no podía ser la masa sino la
nueva nobleza, la “aristocracia”, o el superhombre.
En
el texto siguiente, casi al comienzo de Así
habló Zaratustra, contrapone el ser del hombre al ser del superhombre,
considerando al hombre como un ser imperfecto cuya plenitud vendrá dada por el
superhombre, que debe ser “el sentido de la tierra”, añadiendo la exhortación a
que los hombres dejen de creer en “esperanzas ultraterrenas”. Escribe en este
sentido:
“El hombre es algo que debe
ser superado.
[……]
El superhombre es el sentido
de la tierra.
[……]
¡Yo
os conjuro, hermanos míos, permaneced
fieles a la tierra, y no creáis a quienes os hablan de esperanzas
ultraterrenas!”[4].
En este pasaje
Nietzsche contrapone el ideal de la vida terrena, propio de la moral de
señores, al de la supuesta vida ultraterrena, propio de la moral de
esclavos, mientras que la aspiración al advenimiento del superhombre puede
contraponerse -como en una especie de burla, según pudo ser la intención de
Nietzsche- a la esperanza cristiana en la nueva venida de Cristo como juez y
como rey triunfal. Tal aspiración muestra igualmente el anhelo de que
finalmente la moral de señores triunfe sobre la moral de esclavos, en cuanto
ésta representa un desprecio a la vida terrena.
No
obstante, en los diversos pasajes de su obra en que hace referencia al superhombre
hay al menos dos maneras de referirse a este personaje: En una de ellas
aparece como un ser que de algún modo rompe con lo que es la realidad humana,
mientras que en la otra aparece sólo como una superación que no implica una
ruptura ni la aparición de un nuevo ser diferente del humano. Así, en el primer
sentido y por lo que se refiere a los orígenes remotos del pensamiento de
Nietzsche acerca del superhombre, pueden encontrarse ya en un pasaje de El
estado griego y en un texto de sus primeros años como filósofo, cuando
escribió El origen de la tragedia y
sentía una especial admiración por R. Wagner. Así, en El estado griego,
un opúsculo del año 1871, aunque publicado póstumamente, escribe:
“A fin de que haya un amplio, profundo y fructífero suelo
terrestre para un desarrollo del arte, la inmensa mayoría tiene que estar
sometida como esclava al servicio de una minoría”.
En esos momentos
Nietzsche todavía no nombra al “superhombre” para referirse a la élite y a ese
personaje tan especial, pero la idea de esclavizar a la masa en favor de “una
minoría” aparece ya con total claridad.
En
ese mismo año, en un prólogo de El origen de la tragedia dedicado a
Wagner, anticipa igualmente la idea del superhombre, aunque sin exponer en esos
momentos cuáles serían las cualidades con que más adelante lo adornaría. Dice
lo siguiente:
“Usted [señor Wagner] sabe
que repudio y aborrezco esa noción errónea de que el pueblo, cuando no el
Estado, ha de ser un “fin en sí mismo”; pero me repugna en no menor grado buscar
el fin de la humanidad en el porvenir de ésta. Ni el Estado ni el pueblo, ni
tampoco la humanidad, existen por sí; el fin está en sus cúspides, en los
grandes “individuos”, los santos[5] y los artistas, es decir,
ni en un futuro ni en pasado alguno, sino en un plano extratemporal. Este fin
apunta decididamente más allá de la
humanidad”[6].
Tiene interés observar cómo en estos primeros momentos, en los que
todavía el autor no habla del superhombre, indica, sin embargo, que “este fin
apunta decididamente ‘más allá de la humanidad’ ”. Con tal expresión
intensifica la idea de lejanía que existiría entre esos “grandes individuos” y
el resto de la humanidad, lo cual no significa que se estuviera refiriendo a
alguna especie no humana que hubiera de surgir como superación del hombre sino
como una profunda evolución del hombre en su manera de encarar la vida,
afirmando el valor de ésta y desechando cualquier ilusión con respecto a otra
“vida mejor”. Igualmente, cuando escribe “en un plano extratemporal”, parece
querer decir que no es cuestión de tiempo el que esos grandes individuos
aparezcan, sino que aparecen ya, de tarde en tarde, aunque no sea en su
plenitud; y habría que darles todas las oportunidades necesarias para
desarrollarse y dar de sí todo lo que potencialmente estuviera en ellos como
grandes hombres, como genios o artistas del tipo que fuera.
Tal
propuesta, sin duda alguna, estaba muy alejada del ideal de quienes defendían
la igualdad entre los seres humanos, y se encuentra asimismo alejada de
la doctrina de la ética kantiana según la cual el hombre, todo hombre, es un
fin en sí mismo y no un simple medio o cosa. Sin embargo, desde la defensa del
valor de lo “aristocrático”, considera Nietzsche que el fin se encuentra en los
“grandes individuos” y no en la humanidad en cuanto tal. La defensa de los
“artistas” la hizo, evidentemente, porque ya en aquellos momentos sentía el
arte –y de manera muy especial la música- de un modo muy intenso como la
solución al nihilismo surgido a raíz de la “muerte de Dios” y de los aspectos
más negativos de la vida, y además porque en aquel tiempo admiraba
profundamente la música de R. Wagner[7], a
quien iba dirigido ese escrito.
Además de
“santos” y de “artistas” de manera genérica, si hubiera querido ser más
explícito, habría incluido a algunas personas concretas a quienes, si no llegó
a considerar como superhombres, sí admiró como hombres auténticamente
superiores, muy por encima de la masa, tales como Heráclito de Efeso, “…en cuya cercanía siento más calor y
me encuentro de mejor humor que en ningún otro lugar”[8] y con cuyo
pensamiento se sintió especialmente identificado; Aristóteles, otro gran genio
filosófico de la antigüedad griega; Alejandro Magno, “ese Dionisos de carne y
hueso”[9]; Julio César, de quien dice
“podría ser mi padre”[10]; César
Borgia[11], que no tuvo escrúpulos en
despre-ciar cualquier supuesto “deber” y en hacer lo que realmente expresaba su
voluntad de poder, “más allá del bien y del mal”, sirviendo de inspiración a
Maquiavelo; B. Spinoza, a quien consideró como un alma gemela y con quien
coincidió en muchas de sus doctrinas; J. W. Goethe, que amó la vida terrena
encontrando en el arte y en la ciencia la única religión asumible; W. A. Mozart,
L. van Beethoven y R. Wagner[12], cuya
música admiró profundamente; Cósima Wagner, “la naturaleza más aristocrática”[13]; Napoleón,
“síntesis de inhumanidad y de superhombre”; J. Burkhart, compañero y amigo en la universidad de Basilea,
a quien siempre respetó de un modo muy especial, llegando a asistir a muchas de
sus clases; y algunos otros “espíritus libres”.
En este sentido en su obra póstuma, ya en 1888,
escribe que “este tipo más fuerte ha existido ya con bastante frecuencia”, pero
indica que ha sido “el más combatido, el más impedido” y que por el
temor que inspiraba “se quiso, se crió, se
alcanzó el animal doméstico, el animal de rebaño, el animal enfermo, el
cristiano”:
“¿Qué tipo reemplazará un día a la humanidad? […] Este
tipo más fuerte ha existido ya con bastante frecuencia, pero como caso
afortunado, como excepción, — nunca como algo querido. Antes bien, justo ese tipo ha sido el mejor combatido, el
más impedido, — él siempre ha
tenido en su contra el número, el instinto de toda especie de mediocridad, más
aún, ha tenido en contra la astucia, la cobardía, el espíritu de los débiles, y
— por tanto — la “virtud”... él fue hasta ahora casi lo temible: y por temor se quiso, se crio,
se alcanzó el animal doméstico, el
animal de rebaño, el animal enfermo, el cristiano”[14].
Tal vez la diferencia entre este “tipo más fuerte” y el superhombre
sería que éste, al que ha dejado de llamar con ese nombre, viviría en plena
libertad y sin estar acorralado por el rencor de la chusma.
Pero su
propuesta resulta realmente sorprendente en cuanto en ningún momento explicó
con claridad por qué o en qué sentido llegó a considerar que la humanidad o una
parte de ella debería sacrificarse
para el advenimiento del superhombre, por muy extraordinario que éste fuera,
teniendo en cuenta además que ya en esa misma obra, Más allá del bien y del mal, había criticado por completo la moral
y, por ello mismo, la idea del deber como
una imposición que el hombre tuviera la obligación de obedecer, por lo que el deber de sacrificarse por lo que fuera no podía tener un sentido
moral. Es muy probable que su deseo de que este ser ideal se hiciera realidad
le llevase a expresarse en diversas ocasiones utilizando el lenguaje de la
moral, como cuando escribe:
“…a la sociedad no le es
lícito existir para la sociedad
misma sino sólo como infraestructura y andamiaje, apoyándose sobre las
cuales una especie selecta seres sea capaz de elevarse hacia su tarea superior
y, en general, hacia un ser superior”[15],
aunque sin
pretender dar a esa frase un sentido moral. De hecho, son más las ocasiones en
que, en lugar de hacer referencia a un supuesto deber de sacrificarse,
habla del anhelo de que el superhombre aparezca ya, anhelo que llevaría
a muchos incluso a dar su vida, pero no por deber sino por el
hiperbólico deseo de la llegada del superhombre, como cuando escribe:
“Yo amo a quienes trabajan e
inventan para construir al Superhombre su morada, y preparan para su venida la
tierra, los animales y las plantas, y dan para eso incluso su vida”[16].
En bastantes ocasiones, al
proclamar su anhelo por la llegada del superhombre, relaciona esta posibilidad
futura con la necesidad del “sacrificio” personal y el del prójimo, aunque sin
explicar qué beneficio iba a representar tal sacrificio para quienes tuvieran
que realizarlo, ni para el mismo superhombre:
“Mi exigencia: crear seres
que estén muy por encima de la especie “hombre”: y a esta meta sacrificarme a
mí mismo y al “prójimo” ”[17].
Nietzsche habla aquí de “crear seres que estén muy por encima
de la especie hombre”, lo cual sugiere la idea de una comparación entre el
hombre y el superhombre similar a la que podría haber hecho entre las demás
especies y el hombre. Y, efectivamente, el pensamiento de Nietzsche estaba de
algún modo obsesionado, si no por la idea de la abrupta ruptura del futuro
superhombre con la especie humana sí por la idea, ins-pirada en Ch. Darwin y en
F. Galton, de aplicar a la humanidad en general, pero sobre todo a la plebe en
particular, algún método evolutivo y eugenésico que sirviera para acelerar en
ella una evolución psicológica que la condujese a superar su mentalidad
primitiva y a ser capaz de abandonar la serie de valores contrarios a la vida
en que se encontraba instalada.
Nietzsche
no explica cómo iba a repercutir el sacrificio de la masa en el advenimiento
del superhombre, pero parece que se refería en unas ocasiones a la necesidad de
que todos, como sier-vos o como esclavos, se pusieran al servicio de este
objetivo mediante las tareas físicas que en la antigüedad griega habían sido
propias de los esclavos, mientras que en otras pudo referirse a la sustitución
progresiva de la masa mediante métodos eugenésicos para dejar paso a
una nueva humanidad de espíritus libres, vencedores del nihilismo y liberados
de la tiranía de los antivalores de la moral de esclavos, siendo por fin los
creadores de sus propios valores, que amarían la vida y su eterno retorno. Esta
nueva situación permitiría que el superhombre o la “aristocracia” se dedicase plenamente
a las elevadas tareas artísticas y culturales, tan alejadas de las
posibilidades de la plebe en su situación actual. De acuerdo con este punto de
vista, escribió:
“Un pueblo es un giro de la
naturaleza para llegar a 5 o 6 grandes hombres”[18],
palabras
con las que quiso reflejar la enorme distancia y desproporción existente entre
el valor de la masa y el del superhombre.
En
cualquier caso, en Así habló Zaratustra Nietzsche
realizó una apología del superhombre y manifestó con un entusiasmo muy llamativo
el deseo de su llegada. El anhelo por el advenimiento del superhombre se
relacionaba en último término con la toma de conciencia de la “muerte de Dios”,
la cual había conducido al nihilismo, cuya superación debía implicar la
superación del vacío dejado por la “muerte de Dios” y, en estos últimos años de
su vida lúcida, el superhombre se convirtió para Nietzsche en el ideal que
podía llenar ese vacío, dando paso a una “nueva humanidad”. Por ello, había que
luchar por su advenimiento a fin de vencer de una vez por todas a los
seguidores de la moral de esclavos, liberando a aristocracia de la opresión
provocada por ellos y por sus antivalores, abriendo un camino de esplendor y
libertad para la humanidad más noble, la aristocracia, para que ocupase en la
sociedad el lugar preponderante que le correspondía.
En
el pasaje que sigue, a fin de destacar la importante ruptura con el pasado que
debía suponer el superhombre, Nietzsche vuelve a presentarlo como la
alternativa a los dioses de las religiones, esos dioses que han muerto o que
deberían haber muerto ya en la conciencia de los hombres, gracias a la valentía
y a la veracidad de algunos:
-“ ‘Muertos están todos los dioses; ahora
queremos que viva el superhombre!’ ―¡Sea
ésta alguna vez, en el gran mediodía, nuestra última voluntad!”[19].
10.1. Crítica de la igualdad
En
cuanto el superhombre -o la aristocracia- se debían encontrar a una enorme
distancia del hombre de su época, Nietzsche criticó duramente la tendencia de
la plebe a rechazar las diferencias existentes y a proclamar que todos
éramos iguales. Veremos a continuación algunos de los motivos y
consideraciones por las que Nietzsche afirma no la igualdad sino la
desigualdad.
A
partir de la revolución francesa de 1789, la burguesía y la masa y diversas
agrupaciones políticas defendieron y proclamaron los ideales de la libertad,
la igualdad y la fraternidad entre todos los hombres. Sin embargo, ninguno de estos ideales se ha
cumplido:
Por lo que se refiere a la libertad son
muchos los condicionantes, tanto políticos como psíquicos y sociales, que la
coartan en una medida muy importante. Respecto a la igualdad parece, de acuerdo con Nietzsche,
que no hay argumentos para defenderla, pues el hecho objetivo es que, aunque todos
o casi todos estamos de acuerdo en que somos seres humanos y en ese sentido
podría decirse que existe un acuerdo sobre la existencia de cierta igualdad, no
parece que exista mucho más en lo que coincidamos, de forma que las diferencias
entre las distintas cualidades y capacidades de las personas provocan a su vez
diferencias abismales de carácter laboral, político, económico y social. Y, si
se tiene en cuenta que la revolución francesa fue una revolución burguesa, se
comprenderá que poco o nada podía esperar la clase baja respecto al
cumplimiento del ideal de “igualdad”. Así que, efectivamente, en los siglos XIX
y XX, con el desarrollo del capitalismo la clase trabajadora ha sufrido un
periodo de enorme sufrimiento, miseria y dificultades de todo tipo como
consecuencia de las abismales diferencias económicas y laborales de la sociedad.
Y, por lo que se refiere a la fraternidad, hay que decir que es un ideal imposible, pues la fraternidad es un
sentimiento y sobre los sentimientos no se manda, se tienen o no se tienen.
Además, si hubiera existido un auténtico sentimiento de fraternidad, habría
conducido, si no a la igualdad plena, sí a una espontánea solidaridad entre los
seres humanos, lo cual está muy lejos de suceder.
Por
su parte, Nietzsche estuvo en total desacuerdo con la idea de la igualdad.
Cuando en Basilea se
trataba de pasar de doce a once horas de trabajo al día, se pronunció
contra la dis-minución de la jornada laboral. Además, defendió el trabajo de
los niños: En Basilea a partir de los doce años se permitían jornadas de diez a
once horas diarias[20].
Pero,
al margen de estos problemas de tipo laboral y económico, Nietzsche se expresó
en diversas ocasiones reflejando la enorme distancia por la que se sentía
alejado de la plebe, distancia no de carácter físico sino intelectual, afectivo
y de sensibilidad, como si se tratase de una distancia insalvable, pues la
plebe no podía aceptar la existencia de “hombres superiores”. En este sentido
escribió:
-
“ “¡Hombres superiores, aprended esto de mí: en el mercado nadie cree en
hombres superiores! Y si os empeñáis en hablar allí, sea en buena hora; pero la
plebe guiñará el ojo y dirá: ¡todos somos iguales!
¡Hombres superiores! –asegura la plebe, haciendo guiños-, ¡no existen
hombres superiores! Todos somos iguales, y un hombre vale lo mismo que otro.
¡Ante Dios –todos somos iguales!”.
Ante Dios. Mas ese Dios ha muerto ya. Y ante la plebe nosotros no
queremos ser iguales, ¡Hombres superiores, alejaos de la plaza del mercado!”[21].
Resulta curioso que fueran los
cristianos quienes llegaron a defender la idea según la cual “ante Dios todos
somos iguales”, pues lo más sarcástico del asunto es la enorme desigualdad
existente en esa misma iglesia que predica -o llegó a predicar en algún
momento- la igualdad: La jerarquía, por una parte, llena de lujos y de riquezas
materiales, y, por otra, el redil de los fieles, viviendo muchos de ellos en la
miseria más absoluta en espera de “otra vida mejor”. En cualquier caso y en
contra de esa igualdad, predicada al parecer por el propio Jesús, escribe
Nietzsche:
“Cuanto
más llega a prevalecer el sentimiento de unidad con los semejantes, en tanto
mayor grado los hombres se nivelan y tienen toda diferencia por inmoral. Así se
forma, necesariamente, la arena humana: todos muy igualitos, muy pequeñitos,
muy puliditos, muy tratables, muy aburridos”[22]:
Nietzsche debió de sentir muy hondamente esa situación que es
realmente frecuente: El diferente suele ser discriminado, tanto si lo es por
motivos de discapacidad como si lo es por lo contrario; y, en ese caso, no por
lástima sino por desprecio o por envidia acompañada de reproches “al que no se
integra”, pues a éste puede resultarle difícil integrarse con los mediocres o
con “la arena humana”, pues se sentiría especialmente alejado de la reflexión,
de las vivencias estéticas, del estudio de las cuestiones que dan cierto
sentido a su vida y, en definitiva, de su mundo interior. Por ello, insiste en
estas consideraciones:
- “Precisamente la
convicción fundamental de que lo que yo hago no debe ni puede hacerlo ningún otro […] esta convicción fundamental
es la causa del distanciamiento
aristocrático, porque las masas creen en “igualdad” y, por ende, en compensación y “reciprocidad”[23].
-“¡vosotros, predicadores de
la igualdad! ¡Tarántulas sois para
mí, y vengativos ocultos! No quiero ser mezclado ni confundido con esos
predicadores de la igualdad. Pues la justicia me dice: “Los hombres no son iguales” ”[24].
Aquí el punto de vista de Nietzsche
es acertado al afirmar la desigualdad entre los hombres, aunque dicha
desigualdad no lo sea en un sentido absoluto sino sólo en cuanto con tal idea
se pretenda hacer referencia a la diferencia entre quienes viven una vida
esencialmente vegetativa o poco más y quienes demuestran con su obra científica,
artística o filosófica su vocación y su capacidad superior para estas
actividades culturales y creativas.
No obstante, Nietzsche no podía afirmar sin
contradecirse la superioridad absoluta de una clase sobre la otra, si se
tiene en cuenta que ya señaló, como una de las consecuencias del eterno
retorno, que todo era de igual valor. Además, podría haber llegado a
esta misma conclusión a partir del determinismo sobre el que descansa la
misma teoría del eterno retorno, pues, si todo está encadenado y es causa o
consecuencia de la larga cadena de fenómenos en que consiste la realidad, no
tiene sentido fragmentar dicha realidad y considerar unos fragmentos como superiores
a los otros en cuanto todos son interdependientes y forman una unidad absoluta.
En este sentido, pues, más que hablar de superioridad debería haber
hablado simplemente de diferencias entre los seres humanos, lo cual no tenía
por qué implicar una valoración mayor o menor en un sentido absoluto.
Al margen de estas
consideraciones de carácter general, es evidente que en muchas ocasiones los
grandes hombres o los genios pasan desapercibidos o incluso son tenidos por
locos, en cuanto el interés y la capacidad de comprensión de “los mediocres” es
igualmente mediocre. Éstos se sienten felices cuando
se reúnen en grupos muy numerosos para participar en lo que llaman “conciertos
musicales”, que tienen muy poco de música y muy mucho de masas que disfrutan de
sentirse muy iguales en cuanto arropadas por otras masas y por ruidos ensordecedores y
provistos además de drogas y de bebidas alcohólicas que, al parecer, les
suponen la mayor felicidad imaginable desde la anulación de la propia personalidad.
Y, efectivamente, nunca se ve que se reúnan ni diez mediocres para disfrutar de
un concierto de Mozart o de Beethoven, o para asistir entusiasmados a la
conferencia de un gran pensador o de un gran científico. Por un motivo como
éste Nietzsche llegó a escribir:
“La
música buena nunca tiene “público”: nunca es, nunca puede ser ‘pública’;
pertenece a ‘los escogidos’ ”[25].
Como
complemento de estas reflexiones, ante la contemplación de la realidad en que
vivía y ante su vivencia de la soledad, Nietzsche cita una frase de Chamfort
como reflejo de su propia situación, en la que la misantropía aparece como
consecuencia de la decepción sufrida:
“ ‘Quien a los 40 no es un
misántropo es que jamás ha amado a los hombres’ solía decir Chamfort”[26].
Por motivos como los expuestos
Nietzsche critica la idea de la igualdad entre los seres humanos, pues, aunque es evidente la existencia de la
desigualdad en el terreno de las cualidades físicas, desde los planteamientos
de la moral de esclavos se llega a negar la existencia de aquellas diferencias
que, como las de carácter psíquico, podrían ser más difíciles de detectar. Y
así, del mismo modo que el punto de vista de Platón acerca de las diferencias
entre los hombres fue acertado y tal idea le condujo a establecer las tres
clases sociales de su utópica república, igualmente lo fue el de Nietzsche al
señalar esas mismas diferencias, al margen de los efectos prácticos que pudieran derivar de tal
reconocimiento.
En relación con esta cuestión, el pensador alemán
no defendió una aristocracia de carácter plutocrático, sino la relacionada con
las diferencias de inteligencia, de sensibilidad y de creatividad, que
determinaban la mayor o menor capacidad para superar los antivalores de la
moral de esclavos y para investigar, crear, comprender y valorar las grandes
obras científicas y culturales.
El problema con el que se enfrentaba no derivaba de
la existencia de la mediocridad en sí sino del hecho de que el número de
mediocres, “la arena humana”, era tan elevado que llevaba al conjunto de la
sociedad en general y a sus mediocres dirigentes políticos a implantar sus
propios “valores”, los valores de la masa, identificados con la “moral de
esclavos”, rechazando de modo directo o indirecto los valores señoriales de los
“espíritus libres”, de quienes no adoraban, de quienes destacaban por su sensibilidad
estética o por su capacidad intelectual, provocando en el pensador alemán una
insoportable sensación de ahogo que le condujo a despreciar a la masa y a
necesitar mantenerse alejado de ella. En Así habló Zaratustra se refiere a la masa con
la frase “las moscas del mercado” o “moscas venenosas”, expresiones duras que
reflejan el desprecio que le inspiraba por su actitud rencorosa contra todo
aquél que destacaba. Su “sentimiento de la distancia” (“pathos de la
distancia”) respecto a la masa le llevó a remarcar esa distancia entre la masa
y el superhombre, pero no se limitó a hablar de “diferencias” sino de
“superioridad” e “inferioridad”, olvidando que sólo desde su propia
subjetividad podía utilizar tales calificativos, pero no en un sentido absoluto,
del mismo modo que tampoco tendría senti-do hablar de la superioridad o
inferioridad de las demás especies biológicas entre sí, sino sólo de sus diferencias y semejanzas. Sin
embargo, Nietzsche presentó estas diferencias concediéndoles un valor absoluto
y, en este sentido, escribió:
“Yo enseño que hay hombres
superiores y hombres inferiores y que eventualmente un solo individuo justifica
la existencia de milenios enteros, es decir, un hombre cabal pletórico, grande,
íntegro, con respecto a innumerables hombres fragmentados, incompletos”[27].
2. El superhombre como continuidad
superadora de la especie “hombre”
Del
mismo modo que a lo largo del proceso evolutivo el “hombre” había representado
la superación de la capacidad intelectual de las especies anteriores, el
“superhombre” debía representar la superación del “hombre”, aunque no por tratarse
de una nueva especie biológica sino por tratarse de una nueva forma de ser del
hombre y de encarar la vida, desenmascarando la mentira de la existencia de un
Dios a quien el hombre había estado ilusoriamente esclavizado, superando el
nihilismo derivado de la desaparición de aquel ídolo, dirigiendo su vida desde
una voluntad absolutamente autónoma, sin estar sometido a normas y valores
ajenos que tuvieran que regirla, sin buscar “detrás de las estrellas” –en el
“más allá” del cristianismo- razón alguna para encontrar sentido a la vida, y
asumiendo con entusiasmo el eterno retorno de todas las cosas en cuanto
representaba la plena y definitiva afirmación de la vida.
Por
lo que se refiere a la relación entre el hombre y el superhombre, escribe
Nietzsche:
“El hombre es una cuerda
tendida entre el animal y el superhombre […] Yo amo a quienes, para hundirse en
su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que
se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del
superhombre”[28].
En este pasaje Nietzsche compara el sacrificio de quienes
“buscan detrás de las estrellas alguna razón para desaparecer o inmolarse” con
el sacrificio de quienes “se ofrendan a la tierra misma para que algún día ésta
llegue a ser del superhombre”. Es decir, parece que, con la utilización del
término “sacrificio”, haya querido jugar -como lo hace en tantas ocasiones-
comparando el supuesto sacrificio de Jesús por la redención de los hombres
con el sacrificio de los hombres, a la inversa, por la
llegada del superhombre. Pero es evidente que ninguno de estos
sacrificios tendría sentido alguno, que ambos sacrificios habrían sido
igualmente absurdos, y que Nietzsche quiso sustituir, como en una especie de
parodia, un sacrificio por el otro, pero sin reparar en que, si el supuesto
sacrificio de Cristo era absurdo, el sacrificio de la humanidad para el
advenimiento del superhombre era igualmente absurdo, y parecía en el mejor de
los casos un simple ejemplo de su afición a utilizar los textos bíblicos
inspirándose en ellos, pero con la intención de retorcerlos y darles un nuevo
sentido, muy alejado del que tuvieron en aquellos escritos.
10.3.
La eugenesia y el superhombre
En sus
escritos póstumos, entusiasmado con el desarrollo y la popularización de la eugenesia
gracias a Francis Galton (1822-1911), que implicaba la posibilidad
de mejora de las cualidades de la especie humana hasta límites insospechados,
Nietzsche, según ya he indicado antes, desde un cálculo frío que dejaba al
margen las emociones y los sentimientos, y expresando mediante sus palabras
mucho más de lo que realmente sentía, llegó a defender, aunque lo hiciera de
manera conscientemente hiperbólica, tanto la muerte de los niños deformes como
la de gran parte de la humanidad en general en cuanto fuese un obstáculo para
la creación de una humanidad más evolucionada desde el punto de vista psíquico,
cultural y de superación de los antivalores en que actualmente estaba
instalada. Y así escribió:
- “Exterminio de los
malogrados ―para esto es preciso emanciparse de la moral existente”[29].
- “Principio: ser como la
Naturaleza: ser capaz de sacrificar a innumerables seres con el fin de lograr
algo con la humanidad”[30].
-
“…la humanidad en cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una única y más
fuerte especie hombre ⸺eso
sería un progreso”[31].
A partir de la crítica de la moral
absoluta no había argumento alguno por el que se debiera respetar nada,
más allá de las posibilidades materiales de realizarlo, si existía el deseo correspondiente,
de manera que el respeto a la vida humana, si se producía, sería como
consecuencia del deseo de hacerlo, pero no por ningún deber absoluto. Y, en
cuanto Nietzsche deseaba fervientemente el advenimiento del superhombre y en
cuanto consideraba que la masa o la misma humanidad representaba un impedimento
casi absoluto para el cumplimiento de este deseo, la conclusión lógica de estas
premisas era la que él defendió en cuanto quedasen al margen los sentimientos
espontáneos de afecto por el prójimo en general. Por ello, en 1888 llegó a
escribir comentarios como el siguiente:
“Adelantemos nuestra mirada
un siglo, supongamos que mi atentado contra los milenios de contranaturaleza y
de violación del hombre tiene éxito. Aquel nuevo partido de la vida que tiene
en sus manos la más grande de todas las tareas, la cría selectiva de la
humanidad, incluida la inexorable aniquilación de todo lo degenerado y
parasitario, hará posible de nuevo en la tierra aquella demasía de vida de
la cual tendrá que volver a nacer también el estado dionisiaco”[32].
La práctica de la eugenesia y del mismo infanticidio y la
“aniquilación de todo lo degenerado” que aquí propugna Nietzsche se había dado
ya en gran parte de las civilizaciones antiguas. Como buen conocedor de la
filosofía griega, sabía que Platón había sido partidario de la eugenesia
y del sacrificio de los niños deformes[33], y
esta defensa platónica pudo haber influido en que reflexionase sobre ella y
llegase a parecerle razonable. Parece también que su entusiasmo por la eugenesia,
ya defendida por Platón[34] y
popularizada por F. Galton[35] en el
siglo XIX, le animó a considerar como posible
y deseable utilizar las mismas técnicas de selección que se usaban en la
ganadería, pero en este caso para conseguir la procreación de los ejemplares
humanos que tuvieran las mejores cualidades -según su punto de vista-, y así
conseguir la mejora de la humanidad dando lugar a la aparición del superhombre.
Tiene
interés reflejar aquí el punto de vista de C. P. Janz, quien considera que las
ideas de Nietzsche acerca del superhombre estarían relacionadas con el
evolucionismo de Darwin y con las ideas en favor de la eugenesia defendidas por
F. Galton -y mucho antes por Platón-. En efecto, escribe C. P. Janz:
“El
superhombre puede entenderse muy bien como un proyecto racial a fundar científico-naturalmente, en la línea de
Darwin; aunque [siguiendo] la híbrida idea de que el hombre es capaz de dirigir
su futuro corporal, específico, y planificarse a sí mismo.
El postulado del cultivo del superhombre puede ser entendido igualmente
sólo al nivel del espíritu, a saber: con el objetivo de elevar hasta su total y
último nivel […] las potencias y posibilidades del occidente espiritual,
fundado en la filosofía griega y en la idiosincrasia griega en general”[36]
Igualmente, comenta que las investigaciones de Galton, que Nietzsche
conocía y admiraba, …
… “se dirigen a la cuestión
práctica de si es posible promover y modificar de tal modo el proceso de
selección natural, que pueda conseguirse una forma más perfecta de humanidad”[37],
de manera que, en
consecuencia, …
… “Nietzsche encontró aquí,
confirmada por un científico, su idea del cultivo del superhombre”[38].
Estas palabras sirven de apoyo a la consideración de que lo que Nietzsche
deseaba profundamente no podía ser el “sacrificio de la humanidad”, a pesar de
sus palabras tan hiperbólicamente duras en este sentido, sino la superación del
hombre desde un punto de vista biológico y sobre todo intelectual, de manera
que en un plazo de tiempo no muy largo la masa, la “arena humana”, tan
alejada de inquietudes intelectuales y culturales, fuera reemplazada por el superhombre
o por una “aristocracia” con unos valores contrarios a los antivalores de
la masa.
Era
evidente que medidas eugenésicas como la de la procreación programada entre
hombres y mujeres especialmente dotados, física y psíquicamente, serían
contrarias a las normas morales y a las costumbres vigentes, pero esa moral ya
había sido debidamente criticada, por lo que no había por qué descartar una
medida como ésa. Platón había llegado a plantear la conveniencia de la
eugenesia humana hasta el punto de la eliminación de los niños deformes o
simplemente la de quienes no tuvieran valor para la república. En este sentido
había escrito:
“De lo convenido se desprende
-dije- la necesidad de que los mejores [varones] cohabiten con las mejores
[mujeres] tantas veces como sea posible y los peores con las peores, al contrario;
y, si se quiere que el rebaño sea lo más excelente posible, habrá que criar la
prole de los primeros, pero no la de los segundos”[39].
Y, en un
sentido parecido, escribió Nietzsche:
“Los hombres extraordinarios
deberían tener la oportunidad de procrear con varias mujeres; y las mujeres que
tengan condiciones especialmente propicias no deberían por su parte quedar
atadas al azar de un único hombre”[40].
Además de estos procedimientos eugenésicos, el pensador
alemán defendió también que debería fomentarse una “evolución cultural”,
no generalizada al conjunto de la humanidad sino sólo aplicable a la élite, un
grupo selecto de seres humanos. La especie humana había representado el ascenso
máximo respecto al resto de las especies, pero el superhombre, producto de la
eugenesia tal vez o al menos en parte, debía de representar un nuevo y
definitivo ascenso del hombre y su plena reconciliación con la vida terrena.
10.4. El superhombre como “progreso”
Ante esta
valoración tan polarizada positiva o negativamente por lo que se refiere al
superhombre y a la masa, surge la pregunta acerca de qué argumentos llevaron a
Nietzsche a defender que el superhombre representase un progreso. Parece que
pueden señalarse diversos motivos como los siguientes:
- Su toma de conciencia y aceptación de la idea
especialmente importante del siglo XVIII acerca de la existencia de un continuo
progreso de la humanidad en casi todos los aspectos de la vida a lo largo de la
historia. Tanto Hegel como Marx habían presentado el proceso de la historia
desde la perspectiva de ese progreso. En el caso de Hegel (1770-1831) se
trataba de un progreso en la toma de conciencia de lo Absoluto acerca de sí
mismo, lo cual sucedía de manera plena cuando el espíritu, a través de la
Filosofía, llegaba al nivel de la autoconciencia por medio de la conciencia del
hombre. Por su parte, Marx (1818-1883), desde el materialismo histórico,
defendió la tesis de que la sociedad, dividida en clases sociales antagónicas,
sufría una serie de cambios de acuerdo con leyes necesarias que determinaban las
sucesivas estructuras sociales (esclavista, feudal, capita-lista…); estos
cambios representaban un progreso que conduciría necesariamente al
levantamiento del proletariado contra el capitalismo y al establecimiento de
una sociedad sin clases.
Estos planteamientos pudieron llevar a que Nietzsche,
sintiéndose muy decepcionado por la “arena humana” existente a su alrededor, se
plantease también la posibilidad de un progreso pero no de carácter social
igualitario como en el caso de Marx, sino consistente por el contrario en
el triunfo de la aristocracia y de sus valores sobre la masa de “esclavos” y
sus antivalores, que habían dominado en la sociedad europea durante ya
demasiados siglos.
-El evolucionismo de Darwin, expuesto
de manera especialmente definitivo en El origen de las especies en 1859
suponía igualmente un progreso continuo por lo que se refiere a la
transformación de las diferentes especies biológicas, que iban adquiriendo
formas anatómicas especializadas en la lucha por la vida a la hora de
competir con otras en el proceso de adaptación al medio natural para conseguir
su supervivencia, lo cual determinaba el triunfo de las mejor adaptadas al
medio y la correspondiente extinción de las peor adaptadas.
- La eugenesia, existente ya en las culturas antiguas
en el terreno de la ganadería y de la agricultura, podía servir para la mejora
de las cualidades del ser humano, por lo que podía representar un progreso,
siendo de gran utilidad para el proceso evolutivo y eugenésico que convirtiese
al hombre en superhombre.
Cuando escribe que el sacrificio de la humanidad o su mismo
sacrificio sería un progreso, tales palabras podrían tener sentido en el marco
de su alta valoración del evolucionismo y de la eugenesia, pero no en el sentido
de haber defendido tal “sacrifi-cio” en un sentido literal sino desde la
consideración de que debería favorecerse especialmente la procreación de la
élite, de los “hombres superiores”, mediante los procedimientos antes
señalados, relacionados con la eugenesia.
-
La constante vivencia de agobiante opresión sentida por Nietzsche en medio de
una masa que imponía sus antivalores por todos los medios y despreciaba los
valores “nobles” y los intereses artísticos, filosóficos y culturales por los
que guiaba su vida fue sin duda un impulso en favor de este progreso a
nivel individual y social.
- Su admiración hacia los “hombres superiores”, esencialmente
valiosos desde el punto de vista intelectual, como varios de los ya
mencionados, con quienes se sentía especialmente identificado, le llevó a
desear y a considerar como un progreso una sociedad en la que tales
hombres superiores no fueran una excepción sino lo habitual. Nietzsche entendió
que la transvaloración representaba un progreso mediante el cual se recuperaría
la espontaneidad vital perdida y triunfarían los valores de la moral de señores
sobre los de la moral de esclavos. De esta situación provenía su obsesivo deseo
de un nuevo enfrentamiento entre señores y esclavos, y del triunfo de la
aristocracia -o del superhombre- sobre
la masa.
- Su sentimiento de soledad
por sentirse rodeado de gente con quien le resultaba imposible relacionarse por
hallarse a enorme distancia intelectual y sometida a los valores y a la moral
de esclavos le impulsó igualmente a este mismo objetivo, hasta el punto de
ilusionarse con la idea de formar una agrupación de personas selectas que
hubiese superado la moral de esclavos, estableciendo una comunidad al estilo
pitagórico a la que pudiera transmitir su propia filosofía. En relación con
esta idea, escribe C. P. Janz:
“[Nietzsche confía en]
reunir en torno suyo en Niza su cír-culo soñado de “personas superiores” [como
lo serían para él en aquel momento Meta von Salis, Helen Zimmern, Resa von
Schirnhofer, Heinrich von Stein, Paul Lanzky, Heinrich Köselitz, Lou Salomé,
Paul Rée][41].
C. P. Janz
cita además una carta de Nietzsche a Köselitz en la que le manifiesta esta
misma idea:
“Tengo la esperanza para el
futuro de que se formará en Niza una pequeña, pero exquisita, sociedad, de esta
creencia en la gaya ciencia […]”[42].
Hay que decir, por otra parte, que
existen enormes diferencias entre las hiperbólicas expresiones de Nietzsche
exigiendo el sacrificio de la masa, que no hay que tomar al pie de la letra
sino como un recurso estilístico que utilizó en multitud de ocasiones, y su
forma concreta de relacionarse con la gente, pues, aunque su manera de expresar
sus ideas contra la masa fue extremadamente exaltada, en la práctica vivió de
manera moderada y en buena relación con todo tipo de personas. Escribe C.P.
Janz en este sentido:
“En las cartas de Paneth se
encuentra por primera vez la descripción de la personalidad de Nietzsche en el
trato con la gente, tal como lo confirman y alaban todos sus conocidos:
conciliador, de tacto exquisito, sobre todo con las damas, porte tranquilo,
completamente falto de pretensiones, firme convencimiento de su misión
filosófica, pero sin petulancia alguna ni jactancia al hablar de ella, al
contrario, un ser seductoramente modesto”[43].
Por ello, es evidente que Nietzsche no se planteó seriamente
la monstruosidad consistente en el sacrificio de la masa en el sentido literal
de la expresión, de manera que el haber dejado por escrito tal idea pudo
representar simplemente un desahogo verbal, muy frecuente en sus escritos,
respecto a la enorme frustración que sentía al vivir fuertemente oprimido en
medio de una sociedad dominada por los antivalores de la masa[44].
En este mismo sentido es igualmente
reseñable que, según comenta R. Safranski, en una carta a Overbeck en el año
1885, le dijera:
“Para mí la vida consiste
ahora en el deseo de que todas las cosas salgan contra la manera como yo las
entiendo, y de que alguien me haga increíbles mis ‘verdades’ ”[45].
Al parecer Nietzsche estaba realmente
preocupado por las consecuencias que podían deducirse de sus ideas para la vida
real, y, en especial, de la idea del sacrificio de la humanidad en favor del
superhombre en cuanto se la interpretase al pie de la letra.
10.5. Esclavización de la masa
En relación con la llegada del
superhombre Nietzsche se plantea en diversas ocasiones la necesidad de la
“transformación” de la masa para dar paso al superhombre. Habla, por ejemplo,
de su esclavización sometiéndola al dominio de la “aristocracia” a fin de que
se ocupase de las tareas simples para las que estaba capacitada; y también
habla de su sacrificio, aunque en un sentido no literal y en cuanto lo
considera necesario para lograr la llegada del superhombre, es decir, la
llegada de una nueva humanidad formada por auténticos espíritus libres que vivieran
de acuerdo con los nuevos valores de un modo generalizado.
10.5.1. La
esclavización de la masa
Por lo que
se refiere a la esclavización de la masa en favor de la aristocracia y del
desarrollo del arte y de la cultura, se trata de una idea que Nietzsche ya
defendió desde sus primeros tiempos como filósofo. Así, en su opúsculo El
estado griego, del año 1871, había escrito ya:
“A fin de que haya un amplio, profundo y fructífero
suelo terrestre para un desarrollo del arte, la inmensa mayoría tiene que estar
sometida como esclava al servicio de una minoría”.
Es muy
probable que el conocimiento que Nietzsche tuvo de la cultura griega en general
influyese en él hasta el punto de llegar a considerar la esclavitud como una
institución perfectamente natural en cuanto consideraba que había un abismo por
lo que se refiere a las capacidades intelectuales y de sensibilidad artística
respectivas de la masa y de los grandes hombres, de la masa y del superhombre,
de manera que consideró que la esclavitud de la masa era necesaria para que la
aristocracia pudiera dedicarse a sus “tareas superiores”.
Sin
embargo, entendió la esclavitud de un modo muy distinto al de
Aristóteles, según éste la explica en la Política, donde considera
que…
…“el esclavo es una parte del señor, es como una parte
viva de su cuerpo, aunque separada. Y así, entre el dueño y el esclavo, cuando
es la naturaleza la que los ha hecho tales, existe un interés común, una
recíproca benevolencia”[46].
o al que se
refleja en la Odisea, cuando Odiseo se dirige a su esclavo Eumeo
diciéndole…
…“¡Ojalá, Eumeo, fueras tan querido a Zeus Padre como
lo eres para mí…”[47].
Nietzsche
estuvo, en efecto, muy lejos de entender la esclavitud que propugnaba para la
masa de un modo tan humanitario como el que sugieren tanto las palabras de
Aristóteles como las del personaje homérico, pues en caso contrario no habría
tenido sentido que hubiera defendido ideas como la del…
…“sacrificio de un sinnúmero de hombres, los cuales […] tienen
que ser rebajados y disminuidos hasta convertirse en hombres incompletos, en
esclavos, en instrumentos”[48].
Y así,
aunque, al igual que Aristóteles, consideró la esclavitud como algo natural, no
dio al concepto de “natural” el sentido que tenía en la filosofía aristotélica,
y, desde luego, no llegó a considerar al esclavo como parte de la familia con
la que pudiera convivir. Y así como Aristóteles pensaba en el beneficio
recíproco que se debían dar mutuamente el señor y el esclavo, Nietzsche pensaba
esencialmente en el beneficio del superhombre, que, al igual que el señor,
también podría dedicarse a las tareas más altas de la cultura, tareas para las
que juzgaba que el esclavo -o la masa- no estaba capacitado. Igualmente, por lo
que se refiere al trato entre el superhombre y el esclavo, mientras Aristóteles
consideraba que habrá una “recíproca benevolencia” entre señor y esclavo,
Nietzsche sólo habla del “sacrificio de la masa”, desprovista de valor propio.
Por
ello, lo esencial para el solitario de Sils María era allanar el camino para el
advenimiento del superhombre o de la aristocracia, con la pretensión de que
ésta quedase liberada de los trabajos meramente físicos de forma que pudiera
dedicarse a los asuntos más elevados de la cultura. En consecuencia, consideró
de manera realmente extremista que había que reducir a esclavitud a la
“arena humana”, la plebe seguidora de la “moral de esclavos”, sin plantearse la
posibilidad de una convivencia armoniosa entre ellos.
Con su
referencia al sacrificio de la masa Nietzsche llega a hablar en diversos
pasajes de quienes para tal objetivo “dan para eso incluso su vida”, de manera
que la masa, en cuanto no esta-ría capacitada para crear ni para comprender o
ser sensible respecto a los auténticos (?) valores culturales, debería sacrificarse
-o ser sacrificada- convirtiéndose en su esclava.
Comparando el punto de vista de Nietzsche con
el de Platón en La República, se
observa que, mientras en Nietzsche la plebe debía sacrificarse o quedar esclavizada,
en la república platónica las clases inferiores debían ocuparse de
tareas relacionadas con el sostenimiento de la república y, por ello mismo, del sostenimiento de las clases
superiores a fin de que éstas pudiesen ocuparse del gobierno de la república. A
Platón no se le ocurrió defender el sacrificio de las clases inferiores, sino,
por el contrario, su integración en la pólis y la posibilidad de que sus
miembros pudieran ascender de clase social en el caso de que su capacidad y
nivel de preparación fuesen las adecuadas. Y, por ello, llama especialmente la
atención que en El estado griego Nietzsche manifestase su admiración por
la obra platónica y que, sin embargo, se alejase tanto de la idea
integradora platónica según la cual, en una clase social o en otra, todos los
miembros de la república tenían cabida, pues todos podían colaborar al servicio
del bien común. Es evidente, por el contrario, que Nietzsche defendió
que todos debían colaborar, pero no al servicio del bien común sino al servicio
de la “aristocracia”, que sería, según interpretación particular del pensador
alemán, la “partícula divina” que “se debía conservar”. En efecto, escribía Nietzsche en aquel
momento:
“El
verdadero fin del Estado, la existencia olímpica y la génesis y preparación
constante del genio, respecto del cual todos los demás hombres sólo son
instrumentos, medios auxiliares y posibilidades, es descubierto en aquella gran
obra y descrito con firmes caracteres por una intuición poética. Platón hundió
su mirada en el campo espantosamente devastado de la vida del Estado y adivinó
la existencia de algo divino en su interior. Creyó que esta partícula divina se
debía conservar y que aquel exterior rencoroso y bárbaro no constituía la
esencia del Estado; todo el fervor y sublimidad de su pasión política se
condensó en esta fe, en este deseo, en esta divinidad”[49].
Por otra parte, Nietzsche había planteado la idea del sacrificio
de la masa desde dos perspectivas, la voluntaria y la impuesta
por quienes tuvieran la fuerza suficiente para llevarla a cabo. Sin embargo y
por lo que se refiere al sacrificio voluntario, hay que tener en cuenta
que para cada ser humano lo prioritario es su propia vida y no existe argumento
alguno que demuestre que la llegada del superhombre merezca el sacrificio de la
propia vida -y mucho menos la de la humanidad en general, tal como Nietzsche
llegó a imaginar, al margen de la intención con que lo hiciera, cuestión de la
que hablo un poco más adelante-.
En cuanto defendió que la
actividad humana seguía la misma dirección que la de las demás especies,
consistente en la lucha por la vida,
tan tenida en cuenta por él como expresión biológica de la voluntad de
poder, cualquier sacrificio que no fuera el resultado de una
imposición ajena representaría una conducta contradictoria con la tendencia
biológica propia de la lucha por la vida, por lo que no tendría sentido
que nadie se sacrificase voluntariamente -es decir: negando su propia voluntad
de poder- para propiciar el advenimiento de una especie más fuerte de hombre, considerando además tal sacrificio
como “un progreso”. El autosacrificio de la masa estaría en
contradicción con aquella voluntad de poder, relacionada igualmente con la
voluntad de preservación de la propia vida, que ejercería su fuerza tanto sobre
la aristocracia como sobre la masa, según lo expresaba el propio Nietzsche:
“Allí donde he visto vida,
he encontrado voluntad de poder: y hasta en la voluntad del servidor he
encontrado voluntad de poder...”[50].
Algo distinto sería que tal sacrificio fuera una imposición
realizada por la élite contra la masa, lo cual pudo ser un pensamiento de
Nietzsche, pretendiendo la revancha de los “señores” contra los “esclavos” y
confiando en que en esta ocasión fueran los señores quienes triunfasen de
manera definitiva.
Su
punto de vista acerca de la sociedad ideal se asemejaba hasta cierto punto al
que tenemos acerca de una colmena de abejas, en cuanto el fin que todas
ellas pretenden no se relaciona especialmente con la conservación de su propia
vida sino con el cuidado y la protección de la abeja reina, la “superabeja”. En
este mismo sentido, Nietzsche animaba al sacrificio “voluntario” en favor del
superhombre -o de la aristocracia-, pero es evidente que la programación
genética humana es distinta de la de las abejas, de forma que la pretensión de
que la masa se sacrificase “voluntariamente” no tenía sentido, por lo que sólo
quedaba la alternativa de que la “aristocracia” se impusiera por la fuerza a la
masa en cuanto pudiera lograrlo.
10.5.2. El “sacrificio de la humanidad” como un
progreso
Al utilizar expresiones tan hiperbólicas como las
referentes al “sacrificio de la humanidad” la intención de Nietzsche debió de
ser la de llamar la atención acerca de lo insoportable que se le hacía vivir en
medio de aquella mediocridad que se regía por los antivalores de la “moral de
esclavos”, pues tales valores eran especialmente opresores, mientras que los
valores aristocráticos liberadores eran objeto de incomprensión y desprecio por
parte de la masa. Tal situación debió de conducirle a rebelarse y a defender
los valores “nobles” y, en consecuencia, a defender la llegada del
“superhombre” o la de una “aristocracia” vencedora de la masa, que debía
sacrificarse quedando como esclava de dicha aristocracia o siendo pronto
transformada mediante procedimientos eugenésicos para dar paso al “hombre
nuevo”, al “superhombre”.
Respecto
a esta cuestión y su relación con el progreso escribe Nietzsche:
“…la magnitud de un “progreso” se mide […]
por la masa de todo lo que hubo de sacrificarle; la humanidad en cuanto masa,
sacrificada al florecimiento de una única y más fuerte especie hombre ⸺eso sería un progreso”[51].
Esta referencia al “sacrificio de la humanidad” es sólo un ejemplo que por
sí mismo muestra el carácter absolutamente hiperbólico que suelen tener una
gran parte de los escritos de Nietzsche, que, no obstante, presenta esta
propuesta utilizando una forma verbal en modo subjuntivo, “sería”,
equivalente a “podría ser”, como si estuviera pensando en voz alta, y no de
forma categórica. A pesar de todo, es evidente que exageró de manera inefable cuando
habló del sacrificio de la humanidad a fin de dar paso al superhombre,
considerando tal cambio como un progreso. Su punto de vista, a pesar
de lo sorprendente que resulta, si no se tiene en cuenta la costumbre de
Nietzsche de recurrir a toda clase de excesos verbales para llamar la atención
acerca de la importancia de lo que escribe, puede tener diversas explicaciones,
todas ellas complementarias, pero indudablemente alejadas de una interpretación
literal de sus palabras: Es evidente que, al margen de los sufrimientos físicos
que le provocaba su mala de salud, Nietzsche sufría al sentir, día tras día y
año tras año, la opresión de una sociedad dominada por los valores de la “moral
de esclavos”, por los que, según lo percibió personal-mente, tal como lo da a
entender en sus escritos, quienes vivían de acuerdo con aquellos antivalores no
se limitaban a practicarlos respetando a quienes no los compartían, sino que
despreciaban a quienes pretendían vivir de otro modo, de acuerdo con valores
propios y afirmando el valor de la vida terrena. Es evidente la enorme opresión
que Nietzsche sentía provocada por “el rebaño”, por la masa en general y sus antivalores,
tan asfixiantes contra quienes trataban de vivir siendo fieles a esta vida, por
“la arena humana”, que
sólo sirve para pisarla y caminar sobre ella y en la que ni siquiera puede
apreciarse la personalidad de nadie, pues la arena está formada por una
infinidad de granos diminutos, muy iguales entre sí, como lo serían los
individuos pertenecientes a la masa informe en comparación con los de la
aristocracia, o por “moscas venenosas”, según llama a la plebe cuando
escribe:
“ Huye, amigo mío, a tu soledad: Te veo acribillado por
moscas venenosas. ¡Huye allí donde sopla un viento áspero, fuerte!
¡Huye a tu soledad! Has vivido demasiado cerca de los
pequeños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible! Contra ti no son otra
cosa que venganza”[52].
Ante tal frustración no tenía posibilidad alguna de responder con
agresividad física, pero le quedaba la agresividad verbal extrema, que tan bien
supo utilizar en sus escritos. En relación con tal frustración, escribe
Nietzsche a este respecto:
“Toda moral de Europa se
basa, en definitiva, en la conveniencia
del rebaño: la desventura de todo hombre superior, excepcional, reside en
que todo lo que lo distingue entra en su conciencia como algo que lo
empequeñece y degrada”[53].
En apoyo de esta interpretación de las palabras de Nietzsche
desde un punto de vista simplemente eugenésico conviene recordar diversos
pasajes ya citados. Como muestra, recordemos los dos siguientes:
- “Mi exigencia: crear seres
que estén muy por encima de la especie “hombre”: y a esta meta sacrificarme a
mí mismo y al ‘prójimo’ ”[54].
En este pasaje, del año 1883, Nietzsche manifiesta su
obsesión por la creación de seres humanos superiores al hombre actual, llegando
a ofrecer para ello el propio sacrificio. Parece bastante evidente que esa
“creación” sólo podía imaginarla como posible a partir de las ideas del
evolucionismo y, sobre todo, de la eugenesia, a la que me he referido en el
punto 4.2. Es evidente igualmente que tal
objetivo era sólo una utopía que en cierto modo pudo servir a Nietzsche de
consuelo ante las vivencias tan negativas que le provocaba la sociedad en que
vivía.
- “El hombre es una cuerda
tendida entre el animal y el superhombre […] Yo amo a quienes, para hundirse en
su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que
se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del
superhombre”[55].
Este pasaje, perteneciente al prólogo de Así habló
Zaratustra, es enormemente significativo de la importancia de esta
misma problemática, la de la “evolución” o transformación eugenésica del hombre
para dar paso al superhombre, lo cual implicaría de algún modo, en algún
sentido que Nietzsche no precisa, el sacrificio de la humanidad
anterior.
Pero lo que es evidente es que en ningún caso hay que dar
otro sentido a este sacrificio que el de ese cambio que haría que el ser
humano evolucionase desde el punto de vista de sus cualidades mentales dando
paso a una nueva humanidad que superase definitivamente los antivalores de la
“moral de esclavos” y asumiese los valores que afirmaban la vida y los
instintos naturales.
Junto
a esta posibilidad evolutiva pensó también en la necesidad de un nuevo
enfrentamiento contra la masa con la esperanza de que en esta ocasión fuera la
“aristocracia” la que triunfase. El sufrimiento de Nietzsche, provocado por la irrespirable
atmósfera que iba unida a la “moral de esclavos”, le condujo a sentir como
insoportable tal situación y por ello llegó a proclamar:
“¡Hace falta que los hombres
superiores declaren la guerra a la masa!”[56].
Y, en
consecuencia, así como la moral de esclavos había triunfado anteriormente y su
victoria había determinado el sometimiento de los nobles al ambiente sofocante
de los valores de esa masa inepta e incapaz de valorar los insignes productos
del espíritu, se produjera un nuevo enfrentamiento con la esperanza de que en
esta ocasión se produjera finalmente el triunfo de la élite.
Con
esa especie de declaración de guerra el solitario de Sils María manifestaba su
desprecio y su propio resentimiento contra la masa, los “esclavos”, el mismo
resentimiento que les había atribuido a ellos respecto a los nobles, provocado
ahora especialmente por el hecho de que los esclavos habían triunfado y habían
impuesto sus valores a nivel de toda la sociedad. Y, por ello, ante tal
situación, se rebeló manifestando de manera desorbitada la necesidad de la
guerra contra ellos a fin de que se impusieran los valores aristocráticos.
Tiene cierto interés, por otra parte, señalar que
mientras en Así habló Zaratustra Nietzsche se refirió al superhombre sin
asociar dicho personaje consigo mismo como un ejemplo de tal futura realidad
-pues habla del sacrificio de la masa, pero también del sacrificio de sí
mismo[57]-, en Más allá del bien y
del mal, de 1886, no tuviese reparo alguno en incluirse en el
conjunto de “almas aristocráticas” -o de “superhombres”- con derecho a someter
y a esclavizar a quienes pertenecieran a la masa. En este sentido escribe:
“...de la esencia del alma aristocrática forma parte
el egoísmo, quiero decir, aquella creencia inamovible de que a un ser como
“nosotros lo somos” tienen que estarle sometidos por naturaleza otros seres y
tienen que sacrificarse a él”[58].
La expresión “tienen que”, equivalente a “deben”,
suena a esa “moralina” que en tantas ocasiones criticó. Tal vez con tal
expresión quiso dar mayor intensidad a la manifestación de sus propios deseos,
pero habría sido un grave error confundirlos con auténticos “deberes”. Es muy
posible que considerase que, una vez suprimida la moral, no había otra
justificación para lograr el sometimiento de la masa que el simple poder. Y es
evidente que a partir de la desaparición de Dios y de la moral absoluta “todo
estaba permitido” -como diría Dostoievski-, y parece que a Nietzsche se le pasó
por la cabeza la idea de llevar este principio hasta sus últimas consecuencias,
al menos desde el punto de vista teórico y asumiendo un egoísmo absoluto que le
llevó a plantearse la esclavización de la masa para la consecución de un ideal
como el del advenimiento del “superhombre”, tan valorado desde su electrizada
sensibilidad.
Además, en cuanto la moral absoluta
había sido justamente criticada por él y en cuanto tampoco existía un derecho
absoluto que estableciese limitación alguna a la satisfacción de los deseos de
nadie en cuanto tuviera la capacidad para materializarlos, el derecho del
hombre a esclavizar a otros hombres provenía exclusivamente de su poder para
hacerlo, tal como habían defendido Hobbes y Spinoza. En este sentido
Hobbes había escrito:
“El derecho
natural, que los escritores llaman comúnmente ius naturale, es la
libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder, como él quiera, para la
preservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida y, por
consiguiente, de hacer toda cosa que su propio juicio, y razón, conciba como el
medio más apto para aquello”[59]
Con tales antecedentes y con los correspondientes argumentos no era muy
descabellado que Nietzsche llegase a tales resultados en cuanto sus reflexiones
sólo tuvieran en cuenta estas premisas de carácter frío y al margen de
cualquier sentimiento de empatía, de manera que como premisa esencial de su
argumentación le faltó tener en cuenta el lado afectivo del ser humano o la
naturaleza social del hombre, aspectos de la cuestión que posiblemente le
habrían llevado a otro resultado, buscando una solución distinta a la de la
extremista esclavización de la masa, de manera que el triunfo de la
aristocracia fuera compatible con la integración social de aquélla, que,
además, con la ayuda de la eugenesia tal vez podría evolucionar hacia un nuevo
tipo de humanidad.
Por otra parte, resulta sorprendente la enorme
diferencia de estas ideas con respecto a aquel ideal humanitario de Aurora,
de 1881, no tan lejano en el tiempo. ¿Comenzaba ya entonces la enfermedad a
mostrar sus primeros síntomas a nivel de estos escritos? Es una cuestión que
tal vez los biógrafos podrían investigar, pero la verdad es que el paréntesis
de Aurora fue especialmente llamativo y difícilmente explicable desde la
simple coherencia lógica y, de hecho, el propio Nietzsche, nunca dio
explicación alguna acerca de ese paréntesis tan especial que supuso aquel ideal
de vida de Aurora, al que me he referido en otro momento[60].
10.5.3. El
supuesto deber de aspirar a la llegada del superhombre
A
pesar del atractivo que pueda tener la idea del superhombre para la plena
superación del nihilismo y por la decisión que implica de conducir la propia
vida no desde valores impuestos sino desde valores propios, conviene no olvidar
que Nietzsche llega a proponer como un deber la aspiración al
advenimiento del superhombre, a cuyo cumplimiento llega a exhortar
obsesivamente en Así habló Zaratustra. Pero,
como ya he dicho, este punto de vista, en cuanto introduce un concepto como el
de deber, perteneciente al ámbito de la moral, es indudablemente
criticable por ser contradictorio con su proclamación de que “no existen
fenómenos morales”, que implica que no existe ningún deber.
Sin
embargo, son bastantes las ocasiones en que Nietzsche utiliza expresiones de
carácter moral relacionadas con prohibiciones
o deberes, con lo noble o con lo vil, con repudiar al que
meramente goza, o, en definitiva, términos con una connotación moral tales como
“superior”, “merecer”, “tener que”, “deber”. Así sucede cuando escribe:
- “es superior la voluntad de hacer”,
- “¡debemos
tener una meta por la cual amarnos unos a otros!”,
- “¡todas las otras metas merecen
ser destruidas!”[61],
- “...el alma
aristocrática comporta el egoísmo, es decir, esa inconmovible creencia de que a
un ser como “somos nosotros” otros seres tienen que estar naturalmente
subordinados y obligados a sacrificarse”[62], y
- “no
es mi problema qué reemplazará al ser humano: sino qué tipo de humano se
debe elegir, se debe querer, se debe criar como tipo más valioso...[63].
Es evidente que tales pronunciamientos son
ejemplos de contradicciones en cuanto se las entienda en un sentido literal y
se olvide la exagerada afición de Nietzsche al uso de hipérboles a la hora de
expresar sus ideas y sus críticas. En cualquier caso, no es lo mismo aspirar a
algo por simple deseo o satisfacción
personal que tender a ello por una supuesta obligación que
nadie sabe de dónde provendría y que, además, estaría en contradicción con la
serie de acertadas críticas realizadas por Nietzsche en contra de la moral
absoluta.
Por
ello, su hiperbólica consideración según la cual
“la humanidad en
cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una única y más fuerte especie
hombre ⸺eso sería un progreso”[64].
sería contradictoria con su propia
filosofía en cuanto estuviera utilizando el concepto de progreso en un sentido
absoluto y no meramente subjetivo, pues, según el propio pensador declara, …
… “si el devenir es un inmenso ciclo, todo es de igual valor, eterno y necesario”[65].
6. El
superhombre y el nazismo hitleriano
En algunas ocasiones se ha llegado a
considerar, aunque sólo sea por quienes tienen un conocimiento superficial del
pensamiento de Nietzsche, que su concepto del superhombre hacía referencia a
hombres del tipo de la antigua raza aria, a la que menciona en diversas
ocasiones como ejemplo de raza noble,
con su conducta espontánea, impetuosa y libre, comportándose desde valores
propios y no sometidos a supuestos deberes objetivos, en contraposición a la
masa de “esclavos”.
Sin embargo, el superhombre, aunque compartiría
sus valores, al menos en parte, con aquella “raza aria” y con otros pueblos,
representa más un ideal para el futuro que una nostalgia del pasado. Según el
propio Nietzsche, los alemanes de su tiempo nada tenían que ver con aquella
raza, respecto a la cual, al igual que respecto al imperio romano, manifestó su
admiración por su forma de vida realizada desde la libertad más absoluta y
desde el desprecio a cualquier norma externa que frenase sus impulsos
espontáneos, agresivos y dominadores, similares a los que pudiera sentir
cualquier animal predador.
En
la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX, el tiempo de Nietzsche, hubo ya
un movimiento nacionalista alemán con la tendencia a ensalzar a este país desde
un chauvinismo exagerado que quedó plasmada en agrupaciones como la Asociación
Pangermánica, antecesora del posterior partido nazi hitleriano. A dicha
asociación y como un personaje de alguna relevancia perteneció Bernhard
Förster, cuyo matrimonio con Elisabeth, la hermana de Nietzsche, éste desaprobó,
manifestando en diversas ocasiones su antipatía hacia el antisemitismo de esta
agrupación. En relación con la ideología de la Asociación Pangermánica se creó
el himno alemán, que tenía como uno de sus versos
“¡Alemania,
Alemania, sobre todo!”,
que fue utilizado también como
consigna. En relación con ella escribió Nietzsche:
“es quizá la consigna más
estúpida que haya existido jamás”[66].
Además, lejos de ser un fanático defensor de todo lo
alemán, Nietzsche criticó duramente a sus compatriotas, a quienes en cierto
momento definió como “obediencia y piernas largas” y a quienes criticó también
por su exagerada afición a la cerveza.
También
dijo de ellos:
- “Los alemanes
son perezosos y de ahí el que prefieran adaptarse a un modelo; se ahorran el tener
que pensar”[67].
- “…desde hace casi mil años
este pueblo [Alemania] se ha venido entonteciendo paulatinamente; en parte
alguna se ha hecho un uso más vicioso de los dos grandes narcóticos europeos:
el alcohol y el cristianismo […] ¡…cuánta cerveza hay en la inteligencia
alemana!”[68].
En Ecce homo, su última obra,
publicada póstumamente, hay toda una serie de críticas a los alemanes que, a
pesar de ser exageradas, merecen ser recordadas a fin de eliminar cualquier
sospecha que pudiera quedar acerca de un posible enaltecimiento nacionalista
alemán por parte de Nietzsche. Cito a continuación algunos pasajes
especialmente significativos que no requieren de comentario alguno:
- “¡Todos los grandes crímenes contra la cultura en
los últimos cuatro siglos los tienen ellos [ los alemanes] sobre su conciencia!
Y siempre por el mismo motivo, por su profundísima cobardía frente a la
realidad, que es también la cobardía frente a la verdad, por su falta de
veracidad, cosa que en ellos se ha convertido en un instinto”[69].
- “El «espíritu
alemán» es mi aire viciado: me cuesta respirar en la cercanía de esa suciedad
in psychologicis [en asuntos psicológicos] convertida en instinto y que se
revela en cada palabra, en cada gesto de un alemán”[70]
- “Forma incluso parte de mi ambición el ser
considerado como despreciador par excellence [por excelencia] de los alemanes.
La desconfianza contra el carácter alemán la manifesté ya cuando tenía
veintisiete años […]; para mí los alemanes son imposibles. Cuando me imagino
una especie de hombre que contradice todos mis instintos, siempre me sale un
alemán”[71].
- “Pero los
alemanes son canaille [chusma]. Uno se rebaja con el trato con alemanes: el
alemán nivela. Si excluyo mi trato con algunos artistas, sobre todo con Richard
Wagner, no he pasado ni una sola hora buena con alemanes”[72].
En relación con esta cuestión tiene
también interés hacer referencia al sentimiento de Nietzsche respecto a sus
orígenes familiares, pues, lejos de mostrarse orgulloso de sus ascendientes
alemanes, lo estaba de sus posibles ascendientes polacos, hasta el punto de
llegar a escribir:
“Yo soy un aristócrata polaco pur sang [pura sangre],
al que ni una sola gota de sangre mala se le ha mezclado, y menos que ninguna,
sangre alemana”[73].
De hecho, cuenta también que en múltiples ocasiones
los polacos con quienes se encontraba lo saludaban como a un polaco por su
fisonomía.
Y
en sus escritos póstumos había escrito:
“Me han contado
que el origen de mi linaje y de mi nombre se retrotrae a unos nobles polacos
que se llamaban Niëtzky, que hace unos cien años abandonaron la casa y el
título […] Lo que en mí haya de sangre alemana proviene únicamente de mi madre,
de la familia Oehler, y de la madre de mi padre, de la familia Krause, pero me
parece que en lo esencial sigo siendo polaco”[74].
Por otra parte, no tuvo inconveniente alguno en
renunciar a su nacionalidad prusiana (alemana), lo cual habría sido impensable
en alguien que hubiese pretendido enaltecer a su pueblo de manera fanática, al
margen de que también y a pesar de sus críticas afirmase su amor por Alemania.
Además,
a pesar de sentir especial admiración por Goethe y también en determinados
momentos por A. Schopenhauer y por R. Wagner y a pesar de sentir un afecto
natural hacia Alemania, llegó a lamentar haber escrito en alemán su obra Así habló Zaratustra en cuanto tal
detalle pudiera servir de excusa para que se interpretase su pensamiento como
un apoyo a las aspiraciones imperialistas de los gobernantes alemanes:
“El hecho de que esté escrito en alemán es, por lo
menos intempestivo; desearía haberlo escrito en francés, para que no aparezca
como apoyo de algún tipo de aspiración imperial alemana”[75].
Por quien Nietzsche mostró su admiración en diversos
momentos no fue por los alemanes sino por los franceses y por los mismos judíos, a quienes tanto odio manifestó
el partido nazi y contra quienes tantos actos de barbarie realizaron antes y
duran-te la segunda guerra mundial. No obstante, también criticó a los judíos
del pasado, pero no por otro motivo sino porque consideró que habían sido los
creadores de la “moral de esclavos”, basada en el resentimiento, y porque a través del judío Pablo de Tarso habían
creado el cristianismo, con su carácter igualmente nihilista, negador de los
valores de la vida y basado en el resentimiento contra los señores, quienes estaban
dotados de una fuerte vitalidad que les había llevado a afirmar el valor de la
vida terrena y a vivir sin someterse a otro valor o a otra norma que no fuera
la de su propia voluntad.
Por lo que se refiere a su actitud respecto a los judíos, manifestó con absoluta
claridad su admiración hacia ese pueblo, así como la consideración y apoyo a la
idea de que los judíos deseaban sentirse aceptados e integrados en Europa.
Criticó, por ello, a los antisemitas y llegó incluso a pedir su “destierro”.
Sin embargo, hay que matizar lo anterior señalando que en otros momentos fue
especialmente crítico con ellos por su introducción y defensa de la “moral de
esclavos”, y es posible que, como consecuencia de sus duras críticas, se
malinterpretase su pensamiento, considerándolo equivocadamente como racista. En
ese sentido y en relación con la moral judía, escribió:
“Todo lo que se ha hecho sobre la tierra contra “los
nobles”, “los poderosos”, “los amos”, “los gobernantes” es muy poca cosa en
comparación con lo que han hecho contra ellos los judíos, ese pueblo sacerdotal
que sólo ha sabido vengarse de sus enemigos y opresores, en definitiva,
invirtiendo radicalmente los valores de éstos, es decir, mediante un acto de venganza de lo más espiritual. [...] Los
judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa consecuencia osaron invertir la
ecuación valorativa aristocrática (bueno = aristocrático = poderoso = hermoso =
feliz = grato a Dios) y defendieron su inversión con encarnizamiento de odio
frenético, proclamando: “¡únicamente los miserables, los pobres, los
impotentes, los humildes son los buenos; únicamente los atribulados, los
agobiados, los enfermos, los feos son los piadosos y gratos a Dios, y serán los
únicos que gozarán de la eterna bienaventuranza; —en cambio vosotros,
los nobles y poderosos, sois para siempre los malignos, los crueles, los
concupiscentes, los insaciables, los impíos, y hasta la consumación de los
siglos seréis los réprobos, los maldecidos y condenados!”... Sabido es quién ha
recogido la herencia de esta inversión judía de los valores... [...] con los
judíos se inicia la sublevación de los
esclavos en la moral...”[76].
Pero, como ya he indicado, desde una
perspectiva no moral sino sólo hablando de los judíos como pueblo, el punto de
vista de Nietzsche fue de una profunda admiración, tal como queda de manifiesto
en el siguiente pasaje:
“...los judíos son, hoy por hoy, la raza más fuerte,
tenaz y pura en Europa; saben sobrevivir bajo las condiciones más adversas
[...] Es innegable que los judíos, si quisieran -o si se los forzaba, como
parecen proponérselo los antisemitas-, podrían asegurarse ya ahora el
predominio, y aun literalmente el dominio sobre Europa, como lo es, por otra
parte, que no aspiran, no hacen
planes, para tal objetivo. Por ahora, muy al contrario, quieren y desean [...] ser absorbidos, asimilados en Europa, por
Europa; ansían verse por fin firmemente arraigados, admitidos y respetados en
alguna parte y poner término a su existencia trashumante, al ‘judío erran-te’”.
Debiera prestarse atención y apoyo a esta tendencia y aspiración [...], para
cuyo fin sería quizá conveniente y natural desterrar a los gritones
antisemitas. Debiera facili-tarse la asimilación de los judíos”[77].
Como ejemplo de otro pueblo especialmente valioso en
la historia de la humanidad Nietzsche manifestó su admiración no por Alemania
sino por el Imperio Romano, pueblo
organizado que conquistó y estructuró política y culturalmente una gran parte
de los pueblos de Europa y del norte de África. De ellos, entre otras cosas,
escribió Nietzsche:
“Los romanos eran
fuertes y nobles; nunca antes ni después hubo, ni siquiera se soñaron, otros
más fuertes y nobles”[78]
El motivo principal por el que en diversas ocasiones
se haya interpretado su pensamiento como precursor del nazismo se encuentra
especialmente en la actitud de su hermana, quien, aprovechando el estado de
absoluta postración de Nietzsche durante sus últimos años de vida, sumido ya en
la locura, no tuvo escrúpulos en introducir en la obra no publicada de su
hermano una serie de modificaciones de tendencia pronazi. Con posterioridad se
descubrió este falseamiento de sus escritos póstumos, y a raíz de este
descubrimiento se realizaron estudios detallados a fin de conocer qué era lo
escrito realmente por Nietzsche y qué era un falseamiento introducido por su
hermana. Estos estudios dieron finalmente como resultado la publicación en los
años sesenta del pasado siglo de una nueva edición de las obras de Nietzsche a
cargo de Mazzino Montinari y de Giorgio Colli, eliminando de ella las
lamentables falsedades introducidas por su hermana.
Y,
por lo que se refiere a la hipótesis de que su doctrina acerca del superhombre tuviera algo que ver con una
supuesta raza aria, es evidente que
tal concepto no tuvo nada que ver con ese ridículo interés del fanatismo nazi,
a pesar de que la obsesiva idea de Nietzsche de favorecer la llegada del
superhombre le condujese a defender de manera hiperbólica el sacrificio o la
esclavización de la masa, según se ha podido ver, y a pesar de que este “ideal”
del superhombre pudo influir de algún modo en que se interpretase su pensamiento
desde una perspectiva muy alejada de sus auténticas ideas. Por ello, hay que
evitar cualquier interpretación racista,
nacionalista o antisemita de su pensamiento, pues son muchas las ocasiones en las
que abiertamente Nietzsche se pronunció en contra de las tendencias indicadas.
En efecto,
por lo que se refiere al racismo y al
nacionalismo, se pronunció de manera explícita en contra de tales ideologías y en
favor de la unión europea, de la que fue en cierto modo precursor, de
acuerdo con pasajes como los siguientes:
- “Los hombres sin patria somos demasiado múltiples y
heterogéneos en punto a raza y origen, en cuanto “hombres modernos”, y en
consecuencia no estamos dispuestos a
participar de la mendaz y narcisista autoadmiración racial que se exhibe hoy
día en Alemania como signo de “alemanidad” [...] En una palabra — ¡y que
sea nuestra “palabra de honor”! — somos buenos europeos”[79].
- “Me agradaría [...] que
Europa se vea, al fin, obligada [al igual que Rusia] a volverse igualmente
peligrosa, es decir, a aunarse, por obra de una casta nueva, ama de Europa, en
una voluntad única, una denodada y terrible voluntad propia capaz de fijarse
metas a través de milenios; —para que se acabe, por fin, la larga
comedia de su fragmentación en Estados y también de su fragmentación en
voluntades dinásti-cas y democráticas”[80].
- “A causa del divorcio
morboso que la locura nacionalista ha establecido, y establece todavía, entre
los pueblos de Europa, [...] se pasan por alto o se interpretan de una manera
antojadiza y mendaz signos absolutamente inequívocos de que Europa quiere unificarse”[81].
Y
así, de manera más concreta y en relación con el nacionalismo alemán -o con el
de otros pueblos- el punto de vista de Nietzsche fue inequívocamente crítico y
expresamente favorable a la unidad de Europa, pretendiendo, eso sí, para
Europa una hegemonía mundial. En este sentido podría decirse que Nietzsche
defendió un cierto nacionalismo: Se trataría de un nacionalismo europeo,
defendido como antítesis frente a la fragmentación de Europa en diversos
nacionalismos regionalistas. Escribe en relación con esta cuestión:
-
“el nacionalismo, esa enfermedad e insensatez más reñida
con la cultura que darse pueda, esa névrose nationale [neurosis nacional] de que está aquejada Europa, esa perpetuación de la
fragmentación del continente en un mosaico de pequeños estados, de la política mezquina; han despojado a la propia Europa de su
sentido, de su razón,
la han metido en un callejón sin salida…”[82].
- “Estamos en medio del
peligroso carnaval del delirio de las nacionalidades, donde toda fina razón se
ha escabullido y la vanidad de los más groseros pueblos perdidos grita por sus
derechos de existencia separada y de soberanía...”[83].
Refiriéndose al nacionalismo de
diversas regiones de la propia Alemania, Nietzsche se lamentaba igualmente a
causa de esta forma de pensamiento político:
“En ese momento [año 1815]
cayó de pronto la noche sobre el espíritu alemán, que hasta entonces había
tenido un día prolongado y alegre: la patria, las fronteras, el terruño, los
ancestros —todo tipo de estrecheces comenzaron de pronto a reivindicar
sus derechos”[84].
Y ya, en su propia época, le
resultó fácil ver lo absurdo y ridículo que resultaba la exaltación patria,
como si tuviera sentido que cualquier pueblo se creyera el centro del universo
y como una realidad tan especial que no pudiese convivir en paz y armonía con
los demás:
“No somos lo bastante
estúpidos para entusiasmarnos por el principio de “Alemania por encima de todo”
o por el Reich alemán”[85].
En definitiva, resulta evidente
que, en relación con los nacionalismos de pequeños estados o regiones
europeas, Nietzsche los criticó en diversas ocasiones, tanto desde
reflexiones de carácter general como en referencia a la propia Alemania y sus
diversas regiones.
Desde un planteamiento general había
escrito ya mucho antes:
“Es sabido que ciencia y
sentimiento nacional son términos contradictorios”[86].
Respecto
a estas breves palabras, hay que decir que efectivamente desde una perspectiva
científica no hay argumento ninguno que sirva para apoyar los nacionalismos,
sobre todo cuando analizamos los argumentos con que los nacionalistas suelen
defender tales doctrinas, que tienen como base el Rh sanguíneo, la lengua
hablada, la identidad y supuesta superioridad del propio pueblo, los supuestos
orígenes inmemoriales y las incompa-rables virtudes de sus habitantes, aunque
en el fondo y de manera más o menos consciente, sea la mayor riqueza de la
correspondiente región separatista el argumento principal -aunque no
reconocido- por el que los nacionalistas suelen reclamar su inde-pendencia, en
cuanto consideren que sus habitantes, separados del resto, vivirían mejor
todavía.
En relación con el nacionalismo escribe
Nietzsche:
“La simpatía por los que
pertenecen a la comunidad y el odio por el extranjero crecen juntos”[87].
Aquí la
perspicacia de Nietzsche acierta plenamente en cuanto es un hecho fácilmente observable
que cuanto más unidos se sienten quienes apoyan un sentimiento nacionalista,
más crece en ellos el odio contra el diferente o simplemente contra quien
piensa de manera distinta. Y, si se quiere un ejemplo no muy lejano, no hay más
que recordar el de Hitler y lo sucedido en Alemania como consecuencia de su
locura nacionalista y racista.
Por otra parte y en cuanto el nacionalismo racista
de Hitler iba unido a un militarismo extremo, tiene interés reflejar el utópico
punto de vista de Nietzsche, quien acerca de esta cuestión escribió:
“Llegará el día en que el
pueblo de los ejércitos más victoriosos decida la supresión del ejército”[88]
Lo que sí
se puede decir de Nietzsche es que tuvo un pensamiento exageradamente elitista, pues no sólo señaló la existencia de dos tipos de moral, la moral de
señores y la moral de esclavos, sino que habló ampliamente de la existencia de
dos tipos de personas claramente diferenciadas, la “aristocracia” y la “plebe”,
y se pronunció abiertamente en favor de la “aristocracia”, defendiendo además
que la plebe -los “esclavos”- debía realizar las tareas físicas necesarias para
que los “nobles” -los “señores”- pudieran cumplir con su propia misión,
relacionada con la cultura -la filosofía, el arte, la ciencia, la política-,
tareas para las que la plebe no estaba capacitada, ni convenía que lo
estuviera, tanto por el bien de la “plebe” como, sobre todo, por el bien de los
“nobles”, pues, según escribe en relación con esta cuestión,
“En realidad, los sufrimientos y
privaciones aumentan con el crecimiento de la cultura del individuo; las capas
inferiores son las más obtusas; mejorar su situación significa: hacerlas más
aptas para el sufrimiento.
[…] Si la necesidad y el refinamiento de
una formación cultural superior se infiltran en la clase trabajadora, entonces
ésta ya no podrá realizar ese trabajo sin sufrir de una manera
desproporcionada. Un obrero formado hasta ese punto aspira al ocio y no se
limita a reivindicar un alivio de su trabajo, sino la liberación de el mismo, es
decir: quiere endosárselo a otro. Podría pensarse tal vez en una satisfacción
de sus deseos y en una importación masiva de poblaciones bárbaras de Asia y
África, de forma que el mundo civilizado tuviese permanentemente a su servicio
al mundo no civilizado, y de esta manera se considerase propiamente la
incultura como motivo forzoso de servidumbre”[89].
Estas palabras pueden parecer duras
y crueles contra la plebe, pero pensemos en que, de hecho, dentro de la
sociedad actual el trabajo más o menos especializado requiere de una formación
que determina que los mejor preparados y más aptos intelectualmente tengan
tales trabajos y una remuneración bastante superior a la de quienes se ocupan
de tareas más simples que sólo exigen un bajo nivel de formación. Esta realidad
económico-laboral no parece muy distinta de la que Nietzsche propone.
Sin embargo, a diferencia del punto de vista de Platón
sobre estos trabajos y sobre la permeabilidad de las clases sociales de su
utópica república, Nietzsche no consideró una medida positiva la formación
cultural de la masa trabajadora, que podría permitirle mejorar su estatus
laboral, sino que, por el contrario, sólo pensó que dicha formación podría
perjudicar a la clase trabajadora en cuanto sólo sería causa de sufrimiento
para ella, pues pensó que la vida de un esclavo con un nivel cultural alto
sería mucho más dura que si estaba simplemente adaptado al trabajo rutinario de
cada día. En consecuencia, no se planteó la posibilidad de que el proletario o
una parte de él pudiera dejar de serlo para ascender a un trabajo de categoría
superior.
Igualmente
y en relación con la formación de la infancia y de la juventud, y como una
consecuencia de su elitismo, no fue partidario de generalizar la enseñanza para
todas las personas y clases sociales sino que, a diferencia de Platón, defendió
un sistema de clases absolutamente separadas, llegando a condenar a la clase
trabajadora a permanecer eternamente en su bajo estatus económico-laboral, al
margen de cuáles fueran sus capacidades para ascender a una clase más acorde
con tales capacidades y a fin de que la élite siempre dispusiera de esclavos,
pues…
…“si se quiere esclavos
[...] no se los ha de educar para señores”[90].
Consecuente
con el punto de vista manifestado en el pasaje anterior, pero de manera más
dura, Nietzsche, según escribe R. Safranski, estuvo en contra de las medidas
que se planteaban en Basilea para mejorar la vida de los trabajadores, como la
reducción de la jornada laboral, y apoyó igualmente el trabajo infantil. Sin
embargo, parece que en algunos momentos defendió que las condiciones laborales
del trabajador fueran soportables[91], aunque
esta defensa estaba en contradicción con su falta de apoyo a las medidas que no
apoyó y que podrían haber hecho más tolerables tales condiciones.
Posiblemente
el ambiente de su época así como el de su vida, alejada del conocimiento
directo de la vida tan miserable del proletariado del siglo XIX, centrada en
sus problemas de salud y en su vocación por cuestiones filosóficas y culturales
de otro tipo así como su exagerado elitismo le impidieron ponderar
adecuadamente cómo eran en realidad esas condiciones de vida de los
trabajadores, y tal desconocimiento pudo condicionar en una medida importante
su falta de sensibilidad respecto a este problema tan grave, aunque, por otra
parte, su elitismo pudo conducirle a creer que el trabajador no debía hacer
otra cosa que trabajar, de manera que, teniendo cubiertas sus necesidades
básicas elementales, no cayese en la tentación de tratar de salir de su estatus
de “esclavo” al servicio de los “nobles”.
No obstante
y en relación con esta cuestión, conviene recordar también que anteriormente,
en 1881, había mantenido todavía un punto de vista social mucho más humanista,
a diferencia de su esclavismo posterior, llegando en aquellos momentos a
criticar el capitalismo en cuanto implicaba una esclavitud para los trabajadores,
a los que se utilizaba como “tornillos de una máquina”[92].
[1] EH, “Por qué escribo tan buenos libros”, 1.
[2] SPM,
Noviembre de 1887 - Marzo de 1888, p. 324. La cursiva en la expresión repetida
“se debe” es mía. En relación con este y con otros pasajes similares resulta
contradictorio -o al menos hiperbólico, en cuanto ésa haya sido la intención de
Nietzsche- que se plantee como un “deber” el obrar de determinada manera
respecto al superhombre en cuanto, ya antes había llegado a la conclusión de
que “no hay fenómenos morales” y de que, por lo tanto, no existía deber alguno.
[3] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[4] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 3.
[5] La
cursiva es mía. Llama la atención que en este texto incluya entre los grandes
individuos a los “santos”, pues resulta difícil saber en qué contexto los
santos podrían tener un auténtico valor para Nietzsche. Parece que con esa
expresión se refería a personajes como el ermitaño que aparece en Así habló
Zaratustra, o a los místicos que viven tan intensamente la vida
desde una contemplación estética y extática que apenas necesitan de nada más
para gozar de una plenitud vital. Por su parte y en relación con esta cuestión
escri-be R. Safranski: “El genio y el santo eran para Nietzsche la «cúspide del
arrobamiento» del mundo; eran ascetas, extáticos, hombres ingeniosos y
creadores, pero todavía no tipos como César Borgia, no eran héroes de la
vitalidad ni naturalezas vigorosas ni atletas de la amoralidad” (R. Safranski; Nietzsche.
Biografía de su pensamiento, p. 319-320; Ed. Círculo de lectores,
Barcelona, Año…….::::::: ).
[6] OT, Prólogo a Richard Wagner, originalmente proyectado en febrero
de 1871. La cursiva es mía.
[7] A propósito de la música de Wagner Nietzsche había escrito: “No
logro comportarme con frialdad crítica frente a esta música; se estremece en mí
cada fibra, cada nervio; durante mucho tiempo no he tenido semejante
sentimiento duradero de arrobamiento” (27 de octubre de 1868) (citado por R.
Safranski en Nietzsche, biografía de su
pensamiento, p. 58).
[8] “La afirmación del fluir y del aniquilar, que es lo decisivo en
la filosofía dionisiaca, el decir sí a la antítesis y a la guerra, el devenir,
el rechazo radical incluso del concepto mismo de «ser»; en esto tengo que
reconocer, en cualquier circunstancia, lo más afín a mí entre lo que hasta
ahora se ha pensado” (Ecce Homo, “Por qué escribo tan buenos libros”, El
origen de la tragedia, 3).
[9] EH, “Por qué soy tan
sabio”, 3.
[10] Ibidem.
[11] Escribe en Ecce homo: “a una persona a quien le
soplé al oído que debería buscar un Cesare Borgia más bien que un Parsifal, no
dio crédito a sus oídos” (Ecce Homo, “Por qué escribo tan buenos
libros”, 1.
[12] “…afirmo que Richard Wagner ha sido, con
mucho, el hombre más afín a mí” (Ecce Homo: “Por qué soy tan sabio”, 3).
[13] “La señora Cósima Wagner es, con mucho, la naturaleza más
aristocrática” (Ecce Homo, “Por qué soy tan sabio”, 3).
[14] SPM, Primavera de 1888, p. 351.
[15] BM, IX, 258).
[16] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[17] SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179.
[18] SPM, Verano-Otoño de 1882, p. 172.
[19] Z, I, “De la virtud dadivosa”, 3.
[20] Safranski: O. c., p.
158.
[21] Z,
IV, “Del hombre superior”, I.
[22] ID, parag, 1695; Prestigio.
[23] VP, parag. 557.
[24] Z, II, “De las
tarántulas”.
[25] ID, 426, VII, p. 173.
[26] SPM, Otoño de 1881, p. 166.
[27] VP, IV, 545; Prestigio.
[28] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[29] ID, parág. 2110. Ed.
Prestigio.
[30] ID, parág. 2111. Ed.
Prestigio.
[31] GM, II, 12.
[32] EH, “El origen de la tragedia”, 3. La cursiva es mía.
[33] Platón: La
República, V, cap. IX.
[34] Platón: La República,
V, cap. VIII y IX. Consideradas estas palabras de Platón, es evidente que
Galton no dijo nada esencialmente nuevo acerca de la eugenesia, al
margen de que fuera un entusiasta de estas ideas y consiguiera popularizarlas.
[35] En relación con esta cuestión escribe C. P. Janz: “Entre los libros que Nietzsche me dio para que hojeara
[cuenta Resa von Schirnhofer], uno de los primeros fue la obra […] de Francis
Galton, el fundador de la eugenesia: ‘Inquiries into Human Faculty and
Development’. Mientras yo hojeaba el libro… Nietzsche me explicaba […] los
problemas tratados en él, y los resultados conseguidos en el campo de la
trasmisión hereditaria, y la evolución, siguiendo a Darwin y refutando en parte
sus teorías.” (C. P. Janz: Friedrich Nietzsche, III, p. 218-219).
[36] C. P. Janz: F.
Nietzsche, III, p. 190.
[37] C. P. Janz: F.
Nietzsche, III, p. 219.
[38] Ibidem.
[39] Platón: República, V, cap. IX, 459.
[40] FP, II, 11, Primav. -
Otoño de 1881.
[41] C. P. Janz: F. Nietzsche, III, p. 264-265.
[42] C.P. Janz: O. c., III, p. 265.
[43] Curt Paul Janz: O. c.,
III, p. 204.
[44]
Pensemos en una madre encolerizada por la conducta de sus hijos, que se dirige
a ellos gritando fuera de sí y les dice: “¡Os voy a matar!”. A los cinco
minutos ni ella ni sus hijos se acordarán de tal amenaza. Una situación similar
pudo ser la que llevó a Nietzsche a expresarse tan duramente contra la masa y
contra la misma humanidad, aunque no lo hiciera con la momentánea exaltación de
aquella madre, pero sí con un constante sentimiento depresivo y de indignación
ante tal situación tan enormemente frustrante.
[45] R. Safranski: O.c., p.
325-326.
[46] Aristóteles: Política I, 3-7.
[47] Homero: Odisea,
XV, 341.
[48] BM, IX, 258.
[49] EG.
[50] SPM, Junio-Julio de 1883, p. 194.
[51] GM, II, 12.
[52] Z, I, “De las moscas
del mercado”.
[53] VP, II, 85; p. 472; Prestigio.
[54] SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179.
[55] Z, I, Prólogo de Zaratustra, 4.
[56] VP, IV, 622; Ed. Prestigio.
[57] Por ejemplo en SPM, Primavera-Verano de 1883, p. 179.
[58] BM, IX, 265.
[59] Th. Hobbes: Leviatán, cap. XIV, De las leyes naturales
primera y segunda, y de los contratos.
[60] Véase el punto 6.1.7. La insólita defensa de
un ideal humanista.
[61] ID, parág. 2601. Prestigio. La cursiva es mía.
[62] BM,
IX, 265. La cursiva es mía. Es evidente que aquí la expresión “tiene que” es
equivalente a “deben”, de carácter moral.
[63] SPM,
Noviembre de 1887-Marzo de 1888, p. 324. La cursiva es mía.
[64] GM, II, 12.
[65] VP, II, parág. 131. La cursiva es mía.
Prestigio.
[66] SPM, Principios de 1884, pág. 209. Con esa letra y, en especial,
con las palabras «Deutschland, Deutschland über alles» se pretendía fortalecer el
sentimiento de unidad de Alemania, que por entonces (1841) todavía no era
fuerte. Por cierto, se trata de una consigna muy parecida a la consigna
elec-toral utilizada por D. Trump “¡America first!” (“¡América primero!”).
[67] SPM, Finales de
1880, pág. 149.
[68] OI, “Lo que falta a los
alemanes”, 2.
[69] EH, “El caso Wagner”, 2.
[70] EH, “El caso Wagner”, 3.
[71] EH, “El caso Wagner”, 4.
[72] EH, “El caso Wagner”, 4.
[73] EH, “Por qué soy tan sabio”, 3.
[74] FP, II, 21 [2]; verano de 1882.
[75] SPM,
Verano de 1887, p. 300.
[76] GM, I, parágrafo 7.
[77] BM, parág. 251. La
cursiva es mía.
[78] GM, I, 16.
[79] GC, parág. 377. La
cursiva es mía.
[80] BM, parág. 208.
[81] BM, parág. 255.
[82] EH, “El caso Wagner”, 2.
[83] SPM,
Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 251.
[84] SPM, Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 251.
[85] ID, parág 2514.
[86] SPM, Otoño de 1878, p. 126.
[87] SPM, Verano de 1883.
[88] SPM, Julio-agosto de 1879, p. 127.
[89] SPM, pág. 121-122; Otoño de 1877.
[90] SPM,
Noviembre de 1887-Marzo de 1888, p. 310.
[91] Safranski, R.: O. c., p. 158.
[92] A, II, parág. 206.
Nietzsche: El nihilismo y su superación
Autor: Antonio García Ninet
Desde
las vivencias personales del propio Nietzsche la creencia en Dios,
especialmente durante su infancia y su adolescencia, daba cierto sentido a la
realidad y a la vida, aunque se tratase de un sentido especialmente devaluado y
pobre en cuanto se trataba de un castigo por el pecado de Adán y Eva, de manera
que no había que buscar en ella la plena realización y felicidad de la vida
humana sino que todas las aspiraciones del hombre debían estar dirigidas al
“más allá”, a una “vida eterna” cuyo carácter dependía en último término de lo
que ese Dios hubiera dispuesto.
Sin embargo, la “muerte de Dios”,
aunque implicaba una liberación respecto a las fantasías relacionadas con ese “Dios”
y con la “vida eterna”, significaba igualmente la toma de conciencia de que
estamos solos, de que desconocemos el sentido de las cosas y de la propia vida,
si es que lo tienen. Y esa vivencia de soledad y de carencia de sentido de
todas las cosas es lo que Nietzsche denominó “nihilismo”, una crisis radical de
todos los valores, en cuanto implicaba la reducción de todo valor a una nada de valor:
“Un
nihilista es un hombre que juzga que el mundo, tal como es no debería existir,
y que el mundo tal como debería ser, no existe; por consiguiente, la existencia
[...] no tiene sentido”[1].
Conviene precisar, por otra parte,
que Nietzsche presenta el nihilismo
desde enfoques algo diversos:
a) en primer lugar y como ya se ha
dicho, el nihilismo se le muestra
como la negación radical de todos los valores. En ese primer sentido general, aunque más propiamente centrado
en el ser humano, Nietzsche manifiesta su fuerte tentación hacia este nihilismo
pesimista, haciendo referencia al absurdo de la vida humana y de la realidad en
general, y, en este sentido, escribe:
“El
hombre -una especie pequeña y engreída que afortunadamente es de duración
limitada-, la vida toda sobre la tierra es un instante, un incidente, una
excepción sin consecuencias, algo que carece de significación para el carácter
total de la Tierra; la Tierra misma, como todos los astros, es un hiato entre
dos nadas, un acontecimiento sin plan, razón, voluntad ni conciencia de sí
mismo, la forma peor de lo necesario, la necesidad absurda”[2].
Esta forma de nihilismo aparece
también en aquellos momentos en los que Nietzsche se deja llevar por el
pesimismo y llega a considerar al ser humano como un error o como una enfermedad de la Naturaleza, tal como se
da a entender en el siguiente pasaje:
“La
tierra tiene una piel, y esta piel padece enfermedades. Una de estas
enfermedades, por ejemplo, se llama ‘hombre’”[3].
Resulta evidente que, aunque en estos
pasajes no se menciona el nihilismo de manera explícita, nos encontramos ante
reflexiones de carácter radicalmente nihilistas en relación con el papel del
hombre en el Universo, a la falta de sentido de su vida sobre la Tierra y a la falta
de sentido del mismo Universo.
b) En segundo lugar, el nihilismo se
le presenta como una actitud humana relacionada sólo con quienes se
caracterizan por el resentimiento contra
la vida, actitud propia del cristianismo
y de su rechazo de los valores vitales. Es en este sentido en el que Nietzsche rechaza
el nihilismo considerando que el mayor
peca-do contra esta vida es la creencia en otra vida mejor. Esta forma de
nihilismo es la que le conduce a asociar esta vivencia con el sentimiento de
que nada tiene sentido, de que todo es absurdo, incluyendo especialmente en ese
todo las creencias y doctrinas acerca del dios cristiano -o de cualquier otro- y
acerca de los valores cristianos. Escribe en este sentido:
“La
parodia más seria que yo he oído es ésta: En el principio ‘era’ el absurdo, y
el absurdo era en Dios, y Dios […] era el absurdo”[4].
Nietzsche juzga que los valores cristianos –así como los de
otras religiones como el budismo- y los de pensadores como el mismo
Schopenhauer- son valores nihilistas en cuanto son negadores de los valores vitales y surgen como consecuencia del resentimiento de los débiles en general
en contra de los fuertes, en contra de quienes afirman el valor de la vida
desde su propia fuerza, desde su propio sentimiento de plenitud vital. Los débiles
crean los antivalores, calumniando
los valores que afirman y que expresan diversas formas de vitalidad, y
contraponen a ellos los ideales ascéticos
de carácter nihilista: el ayuno, la penitencia, la abstinencia sexual, la
humildad, la compasión, la obediencia, la pobreza, la resignación, la esperanza
en otra vida mejor, valores que se oponen y representan el rechazo de aquellos
otros de carácter vitalista, basados en la espontaneidad y en la glorificación
de los instintos vitales como
impulsos naturales del ser humano.
c) Y, en tercer lugar, el nihilismo
adopta un nuevo sentido a partir de la “muerte de Dios” por cuanto, a pesar de
los decadentes ideales del cristianismo, el hombre occidental estaba acostumbrado
a ver en el Dios cristiano el sentido y fundamento último de la vida y de todos
los valores. Por ello, la toma de conciencia de la inexistencia de Dios puede
conducir, en principio, a la insoportable vivencia de que todo es absurdo, de
que la vida no tiene sentido, de que “flotamos en una nada infinita”. Y, por
ello también, en relación con esta decadencia
de la interpretación cristiana de la existencia, tenida hasta entonces como
la única interpretación que podía dar sentido a la vida, escribe Nietzsche:
“El
nihilismo adviene ahora, no porque haya aumentado la aversión por la
existencia, sino porque se ha llegado a desconfiar de todo ‘sentido’ del mal, y
aun de la existencia. Se ha desmoronado una
interpretación; pero como se la tenía por la
interpretación, parece que la existencia careciese de todo sentido, que todo
fuese en vano [...] La desconfianza que suscitan en nosotros nuestras
valoraciones tradicionales se acrecienta hasta el extremo de llevarnos a
sospechar que todos los ‘valores’ sean cebos en que la farsa se prolonga”[5].
Complementariamente,
presenta igualmente dos formas de enfocar el nihilismo: Como nihilismo pasivo y como nihilismo activo:
El nihilismo pasivo es sólo la expresión de la decadencia del
espíritu, incapaz de luchar y hundido en la resignación; su “modalidad más
famosa es el budismo”[6], que
aspira al cese de cualquier deseo –el “nirvana”-, a la negación de la “voluntad
de poder”. Esta forma de nihilismo estaría representada también por aquel nihilismo de carácter general,
caracterizado por la impresión de que todo es absurdo, y por el cristianismo, en cuanto representa una
consideración pesimista respecto al valor de la vida terrena, considerada como
un valle de lágrimas, como un destierro y como un lugar de penitencia.
Por su parte, el nihilismo activo, a pesar de representar la crisis de los valores
tradicionales, “puede ser un síntoma de fuerza” en cuanto representa un crecimiento del
espíritu hasta el punto de que le resultan inadecuadas las metas tradicionales.
Sin embargo, puede representar una fuerza insuficiente,
incapaz de fijarse nuevas metas, nuevos ideales. El nihilismo activo vendría representado por la crisis que proviene de la “muerte de Dios” y el correspondiente sentimiento
de profunda desorientación por no disponer todavía
de un ideal que confiera sentido a la vida, más allá de aquel ideal dependiente
de la creencia en Dios.
1. La superación del nihilismo
El
“nihilismo”, el sentimiento de
la falta de valor de la existencia derivado de “la muerte de Dios”, y la toma
de conciencia de la falta de justificación de todos los valores, quedaron
pronto superados tanto en la vida como en la obra de Nietzsche. Sin embargo, la
superación del nihilismo no implicó una recuperación de los valores morales
relacionados con teóricos deberes absolutos, supuestamente derivados de aquel dios
mítico del cristianismo -ni de cualquier otro-, sino la toma de conciencia de
que debía ser el hombre, cada hombre, a partir de la proyección de su esencia
más propia, quien estableciera sus propios valores y tratase de realizarlos no
desde la perspectiva de un supuesto deber objetivo sino desde la afirmación
de su propio querer y de su propio ser.
Desde las reflexiones
de Nietzsche la superación del nihilismo se produjo a partir de planteamientos
diversos a medida que su pensamiento fue evolucionando, de manera que en un
primer momento fue el sentimiento de lo dionisíaco lo que le sirvió como
solución a este problema vital (2.); pero al mismo tiempo fue especialmente la
contemplación de la vida desde la perspectiva estética (3.) la que
valoró en casi todo momento como forma esencial para la superación del nihilismo,
a pesar de que, en la época en que escribió Humano, demasiado humano, influido
por el positivismo de A. Comte, consideró que la ciencia era el valor supremo
en la evolución cultural del ser humano y, por ello mismo, llegó a considerar
el conocimiento como una realidad auténticamente valiosa que daba pleno sentido
a la vida (4.), aunque no por ello dejó de valorar en todo momento la enorme
importancia del arte; finalmente, la suma de la visión estética de la realidad
junto con la convicción del valor de la doctrina del eterno retorno (5.),
doctrina que implicaba la repetición eterna de todo y, por ello mismo, de la propia
vida individual, le permitieron superar el nihilismo de manera más plena y definitiva.
Presento a
continuación una exposición detallada de cada uno de estos momentos:
2. El sentimiento de lo dionisiaco
En un primer momento,
Nietzsche asumió como realmente decisiva para la superación del nihilismo la concepción dionisiaca de la vida, propia –según su interpretación- de la
tragedia griega, cuyo significado consistía en la toma de conciencia de formar
parte de la Naturaleza, considerada como un todo unitario –que estaría
representado por Dionisos, figura de la mitología griega, de quien
habrían surgido como realidades aparentemente separadas las diversas manifestaciones
de la Naturaleza -el mundo
apolíneo- y, entre ellos, el mismo
ser humano.
Como complemento de lo dionisiaco,
Nietzsche menciona a Apolo y lo apolíneo, que hacen referencia a
la errónea impresión que todos tenemos de ser realidades separadas e independientes de ese todo dionisiaco del que en realidad formamos parte.
En su libro El origen de la tragedia Nietzsche
había descubierto esta interpretación de la realidad en la cultura griega, y
vio en la figura mítica de Edipo –en la tragedia de Sófocles Edipo en
Colono- la expresión teatral más lograda de esta forma de superación del
nihilismo. En esta obra de Sófocles considera a Edipo como un paradigma por lo
que se refiere a la afirmación del valor de la vida, a pesar de la larga serie
de desgracias por las que habría tenido que pasar.
2.1. Lo dionisiaco y lo apolíneo
La obra de Nietzsche El origen de la
tragedia, publicada en 1872,
representó una interpretación revolucionaria de la cultura griega de la época
presocrática, que en su momento provocó el rechazo de la mayor parte de los
filólogos contemporáneos, con la excepción de su amigo y compañero de estudios,
Erwin Rhode.
Nietzsche consideró
que el género literario de la tragedia griega constituía la auténtica y más
profunda esencia del arte, y que era a través del arte trágico como se podía alcanzar el conocimiento más profundo de la realidad.
Sin embargo, en esos
momentos fue incoherente con su altísima valoración del arte, pues, aunque en
esta misma obra había expresado su punto de vista según el cual
“sólo como fenómeno
estético se justifican
eternamente la existencia y el mundo”[7],
en el mismo
prólogo entiende el arte no como un fin
en sí mismo, que daría sentido a la vida, sino como una “actividad metafísica” por
cuya mediación el hombre lograría penetrar en la visión de la unidad de toda la realidad, visión esta que daría sentido a la vida. En
consecuencia, en este momento el arte
no aparece propiamente como el fin de la
vida por sí mismo sino sólo como
un medio –la actividad metafísica- por el
que el hombre alcanza la visión extática de la realidad dionisiaca, visión que constituye el fin perseguido a través del arte de la tragedia, respecto al cual
escribe Nietzsche:
“…yo concibo el arte como tarea suprema y actividad
propiamente metafísica de la vida”[8].
Pero, al
margen de la imposibilidad de la Metafísica como conocimiento, ya señalada
especialmente por Hume y por Kant, la pretensión de Nietzsche había sido la de
trascender los conocimientos sensibles aparentes para alcanzar una realidad más
profunda, más esencial, en donde se encontrase el sentido de las meras
apariencias apolíneas, las conocidas mediante nuestra forma fragmentada de
percibir la realidad. Y ése fue el valor inicial que en esos momentos encontró
Nietzsche en el arte, aunque su pensamiento se mostró vacilante y, por ello,
llegó a afirmar al mismo tiempo el valor
absoluto del arte, y no sólo como vehículo
para alcanzar aquella visión dionisiaca
de la realidad en la que parecía haber encontrado la superación del nihilismo y
el sentido de la vida.
En El origen de la
tragedia Nietzsche interpreta que tanto el sentido de lo dionisíaco como
el de lo apolíneo se encontraban en la cultura griega, estimando que el
concepto de lo dionisíaco hacía referencia al carácter unitario y
fluyente de la realidad, mientras que el de lo apolíneo se
correspondía con una interpretación fragmentada, individualizada y estática
de dicha realidad, juzgando tales particularidades como si tuvieran una existencia propia, independiente y separada
respecto a la totalidad de la que formaban parte.
El género literario
de la tragedia griega –expresada, según Nietzsche- de manera culminante
en la obra Edipo en Colono, de Sófocles, y en el personaje de Edipo-
habría representado el medio a
través del cual los griegos que asistían a la representación teatral
correspondiente alcanzaban la visión dionisíaca de la realidad,
mientras que la visión apolínea se
habría encontrado especialmente en el pensamiento de Sócrates,
quien a través de su mundo conceptual, por el que trataba de “definir” o “delimitar” las diversas
cualidades morales, impulsó la comprensión fragmentada y no unitaria de
la realidad, lo cual, aunque resultaba especialmente útil y necesario para la
existencia del hombre, conducía sin embargo a una visión deformada y muerta de
dicha realidad, que dejaba de mostrarse con aquel carácter unitario para
aparecer como un conjunto de elementos aislados e independientes los unos de
los otros, mostrando las apariencias apolíneas como realidades
auténticamente desgajadas del todo dionisíaco, y definidas mediante conceptos
fijos y estáticos. Tal interpretación socrática era incompatible con el flujo
continuo y con la unidad que caracterizaba de manera esencial al todo del
universo dionisíaco.
La utilización de los
símbolos de Dionisos y Apolo proviene, como es natural, del valor que tales
divinidades habrían tenido en la mitología griega. Así, por lo que se
refiere a Dionisos, refiriéndose a dicha mitología, escribe Nietzsche:
“maravillosos
mitos cuentan que [Dionisos] de muchacho fue despedazado por los titanes y que
ahora es venerado en ese estado como Zagreo, insinuando que este despedazamiento,
el sufrimiento propiamente dionisíaco, es como una transmutación en
aire, agua, tierra y fuego; que en consecuencia hemos de considerar el estado
de individuación como la fuente y raíz de todo sufrimiento, como algo en sí
reprobable. De la sonrisa de este Dionisos habrían nacido los dioses olímpicos,
y de sus lágrimas, los hombres [...]. Esperaban los rapsodas la regeneración de
Dionisos, la que ahora hemos de intuir como el fin de la individuación; para
exaltar a este tercer Dionisos por venir entonaban los rapsodas, jubilosos, su
canto ditirámbico. Y sólo en virtud de esta esperanza brilla un rayo de alegría
en la faz del mundo desgarrado, fragmentado en individuos, tal como lo
simboliza el mito por medio de Deméter sumida en eterna tristeza que por
primera vez vuelve a conocer la alegría cuando se le dice que puede dar
a luz otra vez a Dionisos”[9].
………………………………………..………………………….
Dionisos
Dionisos à {Dionisos (Zagreo), despedazado por los
titanes, representa el mundo de la individuación apolínea: Tierra, agua,
aire, fuego; dioses y hombres} à Deméter da a luz al nuevo Dionisos, que representa la unidad
restaurada.
………………………………………………………………………….
Añade
que estas creencias implican ya
“el
conocimiento fundamental de la unidad de todo lo que existe; el concepto de que
la individuación es la raíz del mal; el arte como esperanza alborozada de que
podrá ser rota la cadena de la individuación, como vislumbre de la unidad
restaurada”[10].
La tragedia
griega representa para Nietzsche el momento en que lo dionisíaco se
conoce a sí mismo a través de lo apolíneo; en la tragedia se descubre
que las bellas apariencias (= lo apolíneo) son el juego que eternamente es
producido por el fondo último del ser (= lo dionisíaco).
Dionisos y Apolo no
representan categorías contrapuestas sino complementarias. Dionisos, como dios del vino, estaba asociado con el sentimiento de
unidad del conjunto de la realidad y
con la pérdida del sentimiento de la propia individualidad, que en mayor o
menor medida acompaña al estado de embriaguez.
Por su parte, Apolo tiene el
significado contrario, en cuanto representa el orden y la medida que intenta singularizarse frente al torrente
imprevisible de la Vida.
A pesar de esta
radical diferencia y aunque pueda parecer una contradicción, Nietzsche
considera que la misma realidad dionisiaca es la vida primordial que genera, en un
juego interminable, la belleza del mundo y de su diversidad de manifestaciones apolíneas.
Lo que se opone a
esta intuición trágico-dionisíaca de la realidad es la perspectiva que se
habría iniciado con Sócrates, quien, a través de la fijación
conceptual de la realidad propició la desaparición de la cultura trágica,
basada en la captación de la realidad como perpetuo fluir, tal y como filosóficamente había sido expresada por Heráclito
de Éfeso.
Nietzsche considera que tanto Apolo como
Dionisos simbolizan dos instintos estéticos de los griegos:
Apolo
simboliza el instinto figurativo; es el dios de la luz, de la medida, de
la belleza armoniosa, pero, por ello mismo, proporciona una visión estática,
de la realidad, expresada por un arte como el de la escultura, en el que las figuras quedan inmovilizadas de modo intemporal.
Dionisos es,
por el contrario, el dios de lo caótico y desmesurado, de lo informe, del
oleaje de la vida y de la sexualidad, es el dios de la noche y, en
contraposición a Apolo, es el dios de la música,
arte que expresa mejor que ningún otro dicho carácter fluyente de la realidad a
través de sus melodías, continuamente cambiantes, que, al tiempo que se
manifiestan, desaparecen para dejar paso a otras nuevas, igualmente sometidas
al proceso incesante del tiempo en el que se deslizan a la vez que se
extinguen.
Desde el punto de
vista humano, Nietzsche compara la esencia de estas dos divinidades con los
fenómenos del sueño y de la embriaguez: El sueño, en
paralelo con lo apolíneo, crea un mundo de imágenes y proporciona
a la mente la felicidad de la contemplación de las bellas apariencias,
mientras que la embriaguez, en paralelo con lo dionisiaco, se caracteriza especialmente por el sentimiento de
la pérdida de la propia individualidad y el de una unión indiferenciada con el
conjunto del Universo del que la aparente realidad individual forma parte
inseparable.
Nietzsche proyecta
inmediatamente esta situación humana a su interpretación de la naturaleza como
una unidad primordial en la que todas las barreras y separaciones entre los
diversos seres se rompen y desaparecen:
“Por
obra del hechizo de lo dionisíaco no sólo se restaura la alianza entre los
hombres, sino que hasta la Naturaleza enajenada, hostil o sojuzgada, se
reconcilia con su hijo pródigo, el hombre. Espontáneamente brinda la tierra sus
dones y acércanse mansas las fieras de las rocas y del desierto. Flores y
coronas cubren el carro de Dionisos, tirado por panteras y tigres”[11].
Este pasaje tiene un tono poético, muy
ligado a la fantasía y al sentimiento de la unidad
dionisiaca de toda la realidad, pero, como el propio Nietzsche podría
reconocer más adelante, no es nada afortunado como interpretación objetiva de
la realidad en que vivimos, donde la lucha por la vida es incompatible con ese
mundo idílico en el que las fieras dejarían de ser fieras para convertirse en
mansos animales que, por ello mismo, morirían al perder los instintos de la lucha
por la vida que les permiten sobrevivir.
Tanto en esta
interpretación del mundo fenoménico como una suma de apariencias
engañosas como en la consideración del mundo como realidad unitaria siempre
fluyente, englobando el conjunto de sus manifestaciones, los puntos de vista de
Schopenhauer y de Nietzsche tienen una semejanza notable. La diferencia más
importante entre ellos consiste en que Schopenhauer tuvo una visión
especialmente pesimista de la realidad, mientras que Nietzsche intentó por
todos los medios superar el pesimismo nihilista de Schopenhauer, el admirado
filósofo que impulsó inicialmente su propia actividad filosófica. Otra
diferencia importante entre ellos consiste en que para Schopenhauer lo verdaderamente
real es “el mundo como voluntad”, que determina el cambio constante de
todo, mientras que “el mundo como representación” es una apariencia que tiene valor tan sólo a
nivel del entendimiento humano. Para Nietzsche, por el contrario, es aquella
realidad primordial misma -a la que Schopenhauer se refiere como “Voluntad”- la
que produce el fenómeno; éste es un
producto artístico del impulso estético de aquélla; pero, además, el fenómeno –la “representación” en
Schopenhauer- proporciona la posibilidad de que la Voluntad tome
conciencia de sí misma[12]. Y, desde la perspectiva de Nietzsche, es
precisamente en el arte de la tragedia donde se produce este reencuentro de la
Voluntad consigo misma; es en la tragedia donde lo apolíneo toma conciencia de ser sólo
una manifestación de lo dionisíaco y donde el individuo
se reconoce como parte de la totalidad, aceptando en consecuencia la
muerte como un retorno a aquel fondo unitario del que había emergido.
Desde la perspectiva
de Nietzsche, la visión trágica de la realidad se puede contraponer a la
cristiana, por cuanto ésta, a través de la idea de la redención, lleva
implícita una negación del valor de esta vida, y, en definitiva, representa una
actitud nihilista por esa misma
actitud negativa que mantiene acerca del valor de la vida terrena. En el mundo trágico dionisíaco rige, por otra parte,
únicamente la ley inexorable de la decadencia de todo aquello que, desde el
fundamento del ser en su dimensión absoluta, había surgido a la existencia
particularizada, desgajándose como simple apariencia de la vida fluyente del Todo.
El sentimiento trágico no se identifica, por ello, ni con los
planteamientos cristianos, que niegan el valor de la vida terrena y tratan de consolar
al hombre con la esperanza de otra vida mejor, ni con un pesimismo –igualmente nihilista- como el asumido
por Schopenhauer, que se dejó vencer por los aspectos negativos de la vida,
sino que significa, por el contrario, su afirmación incondicional, con la mezcla inseparable de
aspectos positivos y negativos, de placeres y de sufrimientos, de alegrías y de
tristezas. Dicha aceptación se fundamentaba en el conocimiento de que todas las
manifestaciones concretas de la realidad sólo eran olas momentáneas en la
incesante marea de la vida y de que la desaparición de cada ser individual no
significaba su aniquilación total, sino el regreso de esa vida individual al
fondo dionisiaco de la Vida, de la que había surgido todo lo aparentemente
individualizado.
El sentimiento
trágico se supera, pues, mediante el conocimiento de que “todo es uno” y de
que el constante fluir de ese Todo exige la reintegración en él de sus diversas
manifestaciones individuales apolíneas, aparentemente separadas de esa realidad
absoluta, del “Todo Unitario”, para dejar paso a nuevas manifestaciones vitales
continuamente renovadas.
2.2. El coro y los personajes
El género literario
de la antigua tragedia griega constaba de dos elementos básicos: el coro
y los personajes, pero Nietzsche considera que, en cuanto a su origen
histórico,
“la tragedia griega se ha desarrollado del
coro trágico, y originariamente no fue más que coro”[13].
Dicho coro narraba musicalmente los sufrimientos de Dionisos.
Como caracterización del coro añade:
-
“El coro es el ‘espectador ideal’, en cuanto es el único que ve, el que
ve el mundovisión de la escena [...] A la luz de lo que antecede, cabe definir
el coro [...] como un auto-reflejo del hombre dionisíaco”[14] [...],
-
“el coro ditirámbico es un coro de seres enajenados que se han olvidado por
completo de su respectivo pasado civil y posición social, habiéndose
transformado en adeptos intemporales de su dios [Dionisos], más allá de todo
orden social”[15],
-“el escenario, junto con la acción,
era concebido originariamente y en el fondo tan sólo como visión; [...]
la única ‘realidad’ es el coro, el que genera la visión, y de ella habla
apelando al simbolismo integral de la danza, del sonido y de la palabra. Este
coro alcanza a ver, en su visión, a su amo y maestro Dionisos”[16].
La misión del coro ditirámbico
consiste en
“llevar
el estado de ánimo de los oyentes a tal exaltación dionisíaca que cuando entre
en escena el protagonista trágico les parezca ver, no al hombre disfrazado en
forma extravagante, sino a una figura visionaria nacida, en cierto modo, del
éxtasis del que ellos están penetrados”[17].
En una etapa posterior, en la evolución de
la tragedia griega habrían aparecido los personajes de la escena -Edipo,
Prometeo...- como manifestaciones aparentemente diversas de ese mismo dios.
Todas las tragedias revelaban la doctrina de los misterios, a saber:
“el
conocimiento básico de la unidad de todo lo existente, la consideración de la
individuación como fondo primordial del mal, el arte como la alegre esperanza
de que había que romper el hechizo de la individuación, como el presentimiento
de la unidad restablecida”[18].
Entre las antiguas tragedias considera
Nietzsche que tal vez la obra de Sófocles Edipo en Colono sea la que
mejor expresa el sentimiento dionisíaco que ayuda al héroe a acercarse a la
muerte sin temor, pues el significado de ésta no es otro que el de un regreso a la unidad del Ser[19].
Según indica Nietzsche, la vida trágica de
Edipo es una muestra de cómo el sentimiento dionisiaco de unidad había proporcionado
a Edipo la fuerza para soportar toda esa serie de desgracias personales, pues
Edipo no muere por la desesperación ante las continuas desgracias de su vida,
sino que muere con un sentimiento de valoración
positiva de la vida, a pesar de todas aquellas desgracias y experiencias,
tan angustiosas y absurdas.
En definitiva, pues,
mediante el sentimiento dionisíaco se logra una visión unitaria de la
Vida y del Ser en un
sentido global, absoluto, y el pensamiento de que no es en
las formaciones individuales apolíneas donde se ha de buscar el sentido
último de la vida, sino en esa unidad del Ser, que juega, como ya Heráclito
había manifestado, el eterno juego de la construcción y la destrucción, con la
inocencia y la alegría de un niño:
“También
el arte dionisíaco quiere persuadirnos del eterno goce de la existencia; sólo
que debemos buscar ese goce no en las apariencias, sino detrás de ellas. Hemos
de percatarnos de que todo lo que nace debe estar pronto al doloroso perecer
[...] Por breves instantes somos, en efecto, el propio Ser primario y
experimentamos su frenética ansia y goce de existir; y entonces la lucha, la
agonía y la destrucción de las apariencias se nos antojan, en cierto modo,
necesarias, dada la superabundancia de innumerables formas de existencia que
irrumpen en tropel en la vida”[20].
Como puede observarse, esta manera de
superar el nihilismo, aunque se presentase a Nietzsche como adecuada y suficiente
en esos primeros momentos de su actividad filosófica, posteriormente sería
complementada por otra en la que la individualidad de cada ser, tanto del
hombre como de cualquier otra realidad, ya no se perdería confundida en la
unidad del Todo sino que se conservaría para siempre gracias al eterno retorno,
doctrina cuyo valor esencial consiste precisamente en que representa el
argumento según el cual el Universo se encuentra en constante movimiento de
forma que finalmente todos los movimientos y disposiciones posibles de la
materia-energía se completan, por lo que deberá comenzar un nuevo ciclo, en el
que todo se repetirá hasta en sus más mínimos detalles, y así indefinidamente.
El conocimiento del carácter dionisiaco de la realidad,
aunque parece inspirado hasta cierto punto en el concepto de “voluntad” de
Schopenhauer, Nietzsche lo presenta con ocasión de su estudio acerca del origen
del género literario de la tragedia griega y en estrecha relación con
ésta.
Escribe en este
sentido:
“el
efecto más inmediato de la tragedia dionisíaca consiste en que [...] los
abismos que separan entre sí a los hombres ceden el paso a un irresistible
sentimiento de fusión que conduce de vuelta al seno de la Naturaleza. El
consuelo metafísico [...] de que en definitiva la vida [...] es irreductiblemente
poderosa y rica en placer”[21].
Este pasaje tiene el interés de mostrar
que, cuando el pensador alemán habla de “consuelo”, es porque considera la limitación de la vida individual, la
muerte, como algo en sí negativo. Sin embargo, entiende también que ya los
antiguos griegos superaron ese sentimiento negativo mediante la consideración
de que la muerte significaba el retorno desde la aparente individualidad
apolínea a la fusión con ese todo
unitario del que procedía toda vida individual y del que continuamente
emergían nuevas manifestaciones a lo largo de un tiempo infinito.
Sin embargo, el
inconveniente de tal interpretación de la realidad consistía en que, aunque
tras la muerte tales manifestaciones quedasen fusionadas en ese todo unitario, éstas, es decir, el ser y
la vida individual, se perdían para
siempre como tales individualidades como consecuencia de dicha fusión.
No obstante, el
conocimiento del carácter dionisíaco de la realidad y el jubiloso “sentimiento
oceánico” de fusión con dicha realidad absoluta fueron modificados por Nietzsche como consecuencia de su
aceptación de la doctrina del eterno retorno.
3. El arte
Ante las constantes afirmaciones
de Nietzsche acerca del valor del arte conviene señalar un aspecto realmente
importante: Si en El origen de la
tragedia el arte –concretamente, el género literario de la tragedia griega- había sido el instrumento
mediante el cual el hombre alcanzaba el conocimiento de la unidad
absoluta del mundo dionisiaco al que, con la muerte, todos debíamos
reintegrarnos, de manera que el valor del
arte, a pesar de ser extraordinario,
estaba subordinado al conocimiento que se obtenía por su mediación, desde
sus nuevos planteamientos Nietzsche valora las ilusiones del arte por sí
mismas, al margen de que conduzcan a aquella visión extática de la unidad
dionisia-ca de la realidad. Así que desde esta nueva perspectiva el arte no es
un mero instrumento para conducirnos
a un conocimiento que debería
llevarnos a la superación del nihilismo, sino que se convierte en el auténtico sentido de la vida,
conduciendo por sí mismo a la superación del nihilismo.
Conviene observar
igualmente que la doctrina de lo dionisiaco en su formulación inicial, que no
dejaba a salvo la individualidad personal en cuanto después de la muerte ésta
se disolvía en la unidad dionisiaca, quedó sustituida o al menos corregida en
cierto modo por la doctrina del eterno retorno a partir del verano de 1881
–cuando Nietzsche asumió dicha doctrina-, la cual implicaba la supervivencia
eterna de la individualidad personal.
Recordemos que
Nietzsche había sido educado en el cristianismo, que, a pesar de su carácter
nihilista, defendía la existencia de una vida
eterna más allá de la vida terrenal, y que el deseo y la posibilidad de
mantener la identidad personal después de la muerte pudo influir en cierto modo
en que dejase de valorar de un modo tan especial la doctrina de la unidad
dionisiaca del universo, según la cual con la muerte se perdía para siempre la
propia identidad personal, y se sintiera especialmente atraído por la doctrina
del eterno retorno, doctrina que sí implicaba la permanencia de dicha identidad
a la largo de sucesivas e infinitas repeticiones. Sin embargo, esta doctrina,
como veremos más adelante, plantea dificultades insuperables que llevan a
concluir que, en el mejor de los casos, no tiene valor científico y que sólo
podría defenderse como una remota hipótesis sin posibilidad de contrastación
empírica.
3.1. El arte y el sentimiento dionisiaco
Ambos planteamientos, el dionisiaco y
el estético, aparecían ya en El origen de la tragedia y se mantuvieron a
lo largo de las diversas etapas de su pensamiento, aunque fue especialmente el
valor del arte el que definitivamente se le presentó como el valor esencial
para superar el nihilismo.
Ahora bien, si el
conocimiento de esa realidad unitaria dionisiaca pudiera producirse por otro
camino que el de su representación por medio del arte de la tragedia, éste sería innecesario en cuanto ese otro
camino condujese al mismo resultado. Esto significa de manera especial que en
este enfoque el arte –la tragedia griega- no quedaba valorado por sí mismo
sino sólo como medio: Era el medio
por el que el individuo llegaba a comprender de manera especialmente intensa y
vívida que su ser más auténtico no era su realidad apolínea individualizada sino su realidad
dionisiaca integrada en la totalidad,
de manera que, aunque su ser individual se perdiera, siempre se conservaría el
Ser unitario, del que formaba parte, y sus continuas manifestaciones vitales.
No obstante, en
cuanto son muy numerosas las ocasiones en que Nietzsche valora el arte por sí mismo y no sólo como
medio para alcanzar el conocimiento del carácter dionisiaco de la existencia,
en esa medida puede entenderse que fue especialmente la transfiguración de la
realidad por medio del Arte, al
margen de su utilidad para entrar en trance y vivir intensamente el sentimiento
dionisíaco, aquello en lo que Nietzsche insistió de modo incesante
hasta los últimos años de su vida lúcida como fuerza esencial mediante la que
se superaba el nihilismo. Así, en los escritos póstumos de 1887-88, había
escrito:
“El
arte y nada más que el arte. El arte es el gran posibilitador de la vida, el
gran seductor para la vida, el gran estimulante para vivir...”[22]
3.2. La vida como juego
Siguiendo el ejemplo
de Simónides, Nietzsche defiende igualmente la vida entendida como juego,
que al fin y al cabo es una forma de arte. Resulta evidente que el juego es una de las manifestaciones de
la capacidad de ilusión estética y transfiguradora de la realidad, pues,
mientras jugamos, fantaseamos y nos ilusionamos con el juego mismo,
especialmente mientras hemos sido niños, sin buscarle una finalidad que vaya
más allá del jue-go mismo –al menos cuando no va unido a un premio económico
que desvirtúe el valor del juego como actividad que da un valor inmanente a la
vida, sin necesidad de buscarle una finalidad trascendente-. Por este motivo,
asimilando el juego a una modalidad de arte, indica Nietzsche:
“Simónides
aconsejaba a sus compatriotas que tomasen la vida como un juego [...], sabían
que sólo por medio del arte podía convertirse la miseria misma en un goce”[23].
Y, por ello, comparando la vida del niño
con la del adulto, escribe también:
“Creemos
que los cuentos y los juegos son cosas de la infancia. ¡Qué miopes somos! ¡Cómo
podríamos vivir, en cualquier edad de la vida, sin cuentos y sin juegos! Es
ver-dad que damos esos nombres a todo esto y que lo consideramos desde otro
punto de vista; pero esto precisamente prueba que se trata de una misma cosa,
pues el niño también considera su juego como un trabajo, y el cuento como una
verdad”[24].
Estas
palabras reflejan cierta actitud que de hecho tienen un amplio número de
personas, que, efectivamente, se refugian en su propio trabajo, en el opio de
su religión, en su música, en sus deportes –contemplados o practicados-, en sus
películas, que les trasladan a un mundo distinto liberándoles de la monotonía
de la vida real, en la lectura de una novela apasionante, en sus diversas
distracciones para hacer agradable su vida, sin otra finalidad que la
satisfacción intrascendente de esa serie de momentos en los que no piensan en otra
cosa que en esa satisfacción, pues así consiguen disfrutar de una vida que
tiene algún sentido para ellos, aunque para otras personas esos objetivos sean
esencialmente insuficientes, personas más exigentes que quisieran encontrar un
sentido más pleno a esa vida que en principio se les presenta como vacía e
insignificante con aquellos pequeños placeres del momento.
Para esas personas no es suficiente el arte
entendido como juego, ni vale el arte como alienación por la música, el teatro,
el cine o la literatura, aunque no dejen de valorar esos grandes productos de
la cultura, pues tales productos en el fondo nos muestran de algún modo,
consciente o inconsciente, ciertos aspectos de lo que desearíamos como real y
auténtico, y no sólo como ficción vivida durante un corto tiempo para
enfrentarnos después a la cruda realidad representada por la limitación y el
hastío de la vida que realmente vivimos y por la toma de conciencia de que no
existe un fin auténticamente valioso que confiera a la vida un sentido y un
valor plenos.
Por esto mismo, cuando Nietzsche habla del
valor del arte para la vida, aunque en algunas ocasiones se conforma con ese
sentido meramente lúdico, en otras, como cuando habla del sentido de la tragedia griega, considera que por medio
de ella los hombres adquieren conciencia de una verdad que iría más allá de las ilusiones
del arte. Y, en este sentido, aunque en un primer momento, en El origen de la tragedia, encontró en la
tragedia griega presocrática una solución positiva al problema del sentido de
la vida, sin embargo, más adelante, a pesar de su constante valoración del
arte, encontró en la doctrina del eterno retorno una teoría complementaria que
le sirvió para rellenar el profundo vacío que seguía sintiendo por lo que se
refiere a la desaparición del individuo con su muerte física.
Desde una perspectiva distinta, se considera
que, aunque algunas o muchas personas viven una vida satisfactoria con la ayuda
de todas esas pequeñas o grandes manifestaciones del arte, hay pensadores que
consideran que lo principal para sentirse satisfecho en la vida es gozar de una
buena salud y un bienestar de carácter puramente fisiológico, de manera que
luego, a partir de dicho bienestar, es cuando surge la capacidad de gozar
estéticamente de la vida, mientras que difícilmente se daría el proceso
inverso, consistente en que uno pudiera gozar del arte sin gozar de condiciones
fisiológicas aceptables y que, como consecuencia de ese goce estético, pudiera
recuperar la salud puramente corporal. En definitiva, parece que la
contemplación y el goce estético pueden ayudar a dar sentido a la vida, pero
también que, si la salud física no acompaña, es difícil encontrarle sentido.
3.3. Arte y veracidad
Como ya se ha visto a
lo largo de estas páginas, la veracidad representó para Nietzsche un valor
extraordinario y esencial en la tarea del filósofo, hasta el punto de que, como
consecuencia, surge la siguiente cuestión: ¿Qué fue más importante para él,
dicha veracidad, como virtud esencial del pensador, o la bella mentira del arte, como forma de
superación del nihilismo? Además, siendo así que la veracidad conduce a la
búsqueda de la verdad, sea ésta como sea, agradable o desagradable, mientras
que el arte pretende ir más allá de la verdad objetiva para crear un mundo de
ilusiones que nos proteja de los aspectos más horribles de la verdad, la
pregunta que surge es la siguiente: ¿Es realmente posible vivir a un mismo
tiempo con la mente dirigida hacia la búsqueda de la verdad y hacia la búsqueda
de las mentiras o ilusiones del arte?
Es un hecho que la
labor intelectual de Nietzsche estuvo guiada por la veracidad en todo momento a
lo largo de su producción filosófica, pero también lo es que en ella dedicó
mucho tiempo a “alienarse” mediante las ilusiones del arte, especialmente el
arte de la música, de la que no sólo disfrutó como oyente de las obras de
Mozart, de Beethoven, de Wagner, de Bizet y de otros grandes compositores sino
que incluso él mismo llegó a componer algunas obras –como su Himno a la vida-, aunque sin los
resultados que hubiera deseado obtener como compositor.
Estos hechos son por
sí mismos una demostración de que, aunque la veracidad y el arte no pueden
convivir juntos a un mismo tiempo y en una misma persona, sin embargo sí pueden
hacerlo cuando el pensador dotado de sensibilidad estética consigue alternar
los momentos en los que se dedica a utilizar el impulso de la veracidad para
profundizar en el conocimiento de la realidad y aquellos otros mecanismos
mediante los cuales pretende descansar de esa actividad y se refugia en el
mundo de las ilusiones del arte, creando o recreando una nueva realidad mediante
sus creaciones y vivencias estéticas. Por ello, situándose bajo la perspectiva
del arte, Nietzsche considera, de acuerdo con aquella valoración de la vida de
la época presocrática, que
“sólo
como fenómeno estético se justifican eternamente la existencia y el
mundo”[25].
Esta valoración absoluta del arte alcanza
su máxima expresión a medida que avanza su obra, hasta el punto de que finalmente
llega a considerar el arte como un valor superior al de la veracidad,
la cual, como los barcos de Hernán Cortés, quemados al llegar a México, había
sido la fuerza que le había impulsado a realizar aquella crítica sin piedad
contra los valores decadentes del cristianismo y de la civilización occidental,
pero que, sobrepasado este momento y a pesar de haber sido un valor especialmente
útil para criticar los valores de la moral de esclavos, y en cuanto por sí
misma habría dejado al hombre sumido en el nihilismo, debía ceder su categoría
de valor supremo al de la capacidad estética y transfiguradora de la
realidad.
En consecuencia, ante
la contemplación de la serie de adversidades que la fría realidad presentaba,
escribía en Huma-no, demasiado humano:
“Un medio capital de hacer más ligera la vida es idealizar
sus acontecimientos”[26].
Igualmente y de manera más detallada, en La gaya ciencia insistía en esta misma
consideración, siendo consciente de la contraposición entre la veracidad y la
contemplación estética de la realidad, y escribiendo en este sentido:
“La
veracidad nos conduciría al tedio y al suicidio. Pero hay una potencia
contraria que se opone a nuestra sinceridad y nos ayuda a liberarnos de
consecuencias tales: es el arte como buena voluntad de la ilusión [...] La
existencia nos parece soportable como fenómeno estético y el arte nos da ojos y
manos, y sobre todo tranquilidad de conciencia para poder engendrar nosotros
mismos ese fenómeno. De vez en cuando necesitamos descansar de nosotros mismos,
mirarnos desde lo alto, en la lejanía del arte, para reír y llorar por
nosotros...”[27].
Y, de nuevo, en esta misma obra:
“¿De
qué medios disponemos para conseguir que las cosas se vuelvan bellas,
atractivas y apetecibles para nosotros cuando no lo son?... y yo creo que en sí
mismas no lo son jamás. En este punto los médicos pueden enseñarnos algo,
cuando atenúan el amargor de sus drogas poniendo vino y azúcar, pero más
todavía los artistas que continuamente están dedicados a este género de invenciones
y habilidades. Alejarnos de las cosas hasta no verlas del todo, hasta el punto
de que tengamos que poner mucho todavía de nuestra parte para seguir viéndolas,
o contemplar las cosas de perfil para no ver más que su contorno, o mirarlas a
través de un cristal de color o iluminadas por la claridad del sol poniente
[...] todo eso debemos aprender de los artistas [...] nosotros queremos ser los
poetas de nuestra vida hasta en las cosas más menudas”[28].
En este mismo sentido, en sus escritos
sobre La voluntad de Poder, comentando su obra El origen de la
tragedia, vuelve a declarar:
“¡El arte, nada más que el arte! Él es el magno elemento
que hace posible la vida, seduce a la vida, estimula la vida.
El arte como única contrafuerza superior a toda voluntad de
repudio de la vida, como lo anticristiano, antibudista, antinihilista por
excelencia.
El arte como redención del cognoscente, del hombre que
percibe, quiere percibir, el carácter pavoroso y problemático de la existencia,
del hombre trágicamente cognoscente.
[......]
Como se ve, en ese
libro el pesimismo, o más exactamente el nihilismo es considerado como la “verdad”.
Mas la verdad no es considerada como el supremo criterio de valor, ni menos
como la potencia suprema. La voluntad de apariencia, de ficción [...] es
reputada en él más profunda, más primaria, más “metafísica” que la voluntad de
verdad”[29].
Y en un sentido similar, en Más allá del bien y del mal afirmaba igualmente:
“Eso de que la verdad vale más que la
apariencia es un prejuicio moral, más aún, es la hipótesis peor demostrada que
pueda darse”[30].
A través de estas palabras se observa con
total claridad que finalmente Nietzsche llegó a la conclusión de que entre la verdad
y el arte no existía una correspondencia plena sino, por el contrario,
una clara oposición, y que, en ese sentido, el arte era necesario para
superar la insuficiencia de la verdad desnuda a fin de hacer soportable la
vida.
Posteriormente, en La voluntad de poder, escribió:
“el arte es esencialmente afirmación,
exaltación, divinización de la existencia”[31].
Y, finalmente y de manera generalizada en
esta misma obra póstuma siguió expresando esta contraposición entre la verdad y el arte, defendiendo la necesidad
y la prioridad absoluta del arte sobre la veracidad desde el punto de vista
vital:
“La
verdad es fea. Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad”[32].
La defensa y valoración del arte
representa en definitiva una defensa del autoengaño, de la alienación como
forma de escapar al nihilismo a que conduce la veracidad y, como hemos visto
por los pasajes citados, como reconocimiento de la dificultad que Nietzsche
experimentó para encontrar un sentido a los sufrimientos y a la limitación de
la vida humana.
A través de esta
defensa del arte Nietzsche parece “traicionar” de algún modo su exaltada valoración
del “espíritu libre”, caracterizado especialmente por su radical defensa de
la veracidad y de la verdad por encima de todo. En estos mismos pasajes se
plantea la necesidad de reflexionar y de dejar atrás su defensa tan radical del
hombre veraz, del “espíritu libre”, y resulta evidente que tuvo que hacerlo
como medio para superar el nihilismo, al que le había conducido la veracidad.
En relación con estas consideraciones,
parece evidente que, de acuerdo con el pensador de Sils-María, el arte, la
fantasía y la transfiguración estética de la realidad son elementos sin los cuales
la vida sería difícilmente soportable para el ser humano, en cuanto llega a
considerar que su propio carácter limitado elimina la pretensión de encontrarle
un valor positivo y objetivo. La conciencia de su falta de valor, de su
carácter absurdo por su misma finitud intrascendente, condujo a Nietzsche a la
valoración de la fantasía del arte, el cual satisfizo su necesidad vital de
imaginar y soñar una nueva realidad, distinta de la que le ofrecía el conocimiento
del absurdo con que se le presentaba la vida.
A lo largo de todas
sus experiencias vitales el ser humano necesita proyectar esa fantasía como un mecanismo
de defensa sin el cual la vida por la vida misma, sin otro objetivo que el
de su reproducción sin sentido, se le puede presentar como un absurdo
insoportable.
Es cierto, por otra
parte, que para las personas que tienen problemas económicos y laborales
especialmente graves, éstos se convierten en prioritarios y, por suerte, no
tienen tiempo ni ganas de pensar acerca del sentido de la vida. En cualquier
caso, el refrán “de ilusión también se vive” podría sustituirse por otro más
preciso que dijera “sin ilusión la vida sería insoportable”, y ése parece haber
sido el punto de vista de Nietzsche.
De acuerdo con él, si
se hiciera un análisis de las diversas actividades en las que el ser humano
proyecta su fantasía –lo cual no es objeto del presente trabajo- se podría
tomar conciencia de hasta qué punto es la fuerza que permite llevar a cabo las
diversas tareas que llenan nuestra vida sin que perdamos “la ilusión” por
seguir viviendo.
Sin embargo, y por lo que se refiere a la
relación entre la veracidad y la visión estética de la realidad, la
verdad y la “bella mentira” del Arte, no parece fácil hacer compatibles ambas
actitudes, y, desde luego, es imposible si se pretende conseguir este objetivo de
forma simultánea, pues, efectivamente, la veracidad
conduce hacia una visión lúcida de la
realidad en la que ningún aspecto ilusorio
–y, por ello mismo, falso-
tendría cabida, mientras que el arte representa la “buena voluntad de la
ilusión”. Parece que la ilusión como tal sólo puede vivirse mediante la alienación
respecto a la contemplación racional y fría de la cruda realidad, y, en este
sentido, la veracidad y la ilusión sólo resultan compatibles en
cuanto se las viva de modo sucesivo, en distintos momentos del día o de
la vida en general.
En líneas generales y
en contradicción con aquella valoración tan alta de la veracidad o de la vida dedicada al conocimiento, en la generalidad
de sus reflexiones Nietzsche considera que semejante empeño en buscar la verdad
podría ser especialmente negativo desde un punto de vista vital, de manera que
la búsqueda de la verdad “podría ocultar afán de muerte”. En este
sentido, escribe en La gaya
ciencia:
“[La
búsqueda de la verdad” podría compararse [...] a una especie de quijotismo, a
una sinrazón entusiástica, mas podría ser algo peor todavía: un principio
destructor que hiciera peligrar la vida. El afán de verdad podría ocultar afán
de muerte”[33].
Por esto, hablando en su obra póstuma
acerca de El origen de la tragedia y sospechando acerca del valor antivital de la veracidad, llega a escribir que esta obra…
“…cree
en el Arte sobre el fondo de otra creencia, y es la de que no es posible
vivir con la Verdad; de que la ‘voluntad de verdad’ es ya un síntoma de
degeneración”[34].
Estas
reflexiones acerca del valor o de la falta de valor de la búsqueda del conocimiento
por sí mismo no representó ninguna contradicción en el pensamiento de
Nietzsche, sino una simple evolución relacionada con sus intentos de superar el
nihilismo en que había caído a raíz de la “muerte de Dios”, la muerte de quien
anteriormente, durante su infancia y su adolescencia, le había parecido ser la
garantía del valor eterno de la vida.
Evidentemente todos estos pensamientos
hubieran sido contradictorios si se hubieran producido simultáneamente, pero
no fue esto lo que sucedió sino que, como sabemos por lo que fue la vida de
Nietzsche, supo hacer compatibles las largas horas y paseos dedicados a la
reflexión en busca de la verdad, y
las que dedicó al Arte -a la música
especialmente-, tanto para disfrutar de la música de los grandes compositores
como para intentar crearla por su parte, hasta el punto de llegar a escribir:
“Sin
música la vida sería un error”[35].
7.3.4. El lenguaje como materia del arte
También y a pesar de
las críticas que en otras ocasiones presenta Nietzsche respecto al lenguaje,
considerándolo una herramienta útil para la vida pero no para expresar un
conocimiento objetivo de la realidad, en Así habló Zaratustra
manifiesta su glorificación del lenguaje
como un material especial-mente valioso para plasmar con él una determinada
forma de arte, ese arte por el
cual, como bien saben los poetas, se consigue recrear y transfigurar la vida y
la realidad gracias a la magia de las palabras, trabajadas y recreadas por el
poeta, que juega con ellas, apoderándose de algún modo de las cosas que representan
y recreándose con su musicalidad y con los diversos recursos de la poesía. En
consecuencia, el lenguaje aparece como una de las formas mediante las cuales se
redimen, en par-te, los aspectos negativos de la existencia. Por ello, en Así habló Zaratustra escribe:
“¡Qué agradable es que existan palabras y sonidos!
Palabras y sonidos, ¿no son acaso arcos iris y puentes de ilusión tendidos
entre seres eternamente separados?
[…]
Nombres y sonidos, ¿no han sido regalados a las cosas para
que el hombre se recree en ellas? El hablar ¿no es una dulce locura? Al hablar,
el hombre baila por encima de todas las cosas.
¡Qué dulces son todo hablar y todas las mentiras de los
sonidos! Los sonidos hacen bailar nuestro amor sobre arcos iris multicolores”[36].
7.3.5. Arte y religión
Finalmente, en Más
allá del bien y del mal, Nietzsche vuelve a insistir en el valor del arte
como actividad mediante la cual superar los aspectos negativos de la vida,
considerando además que para determinadas personas la religión, en cuanto es también otra forma de
falseamiento de la realidad inspirada por el miedo, cumpliría igualmente
ese papel:
“[los
artistas] no encuentran ya el goce de la vida más que en el propósito de falsear
la imagen de ésta (...): el grado en que la vida se les ha hecho odiosa podría
averiguarse por el grado en que desean ver falseada, diluida, allendizada, divinizada
la imagen de aquella, —a los homines religiosi se les podría contar
entre los artistas, como su categoría suprema. El miedo profundo y
suspicaz a un pesimismo incurable es el que constriñe a milenios enteros a
aferrarse con los dientes a una interpretación religiosa de la existencia”[37].
Esta
referencia a los “homines religiosi” conviene entenderla en su justo valor,
pues hay una gran mayoría de “homines religiosi” que sólo lo son de nombre, en
cuando simplemente están integrados en una organización de la que obtienen su
medio material de vida, su “modus vivendi”, sin que sientan ningún tipo de
vivencia religiosa ni crean en otra cosa que en los bienes materiales que les
proporciona su teatral tarea, cumpliendo simplemente y de forma rutinaria con
el “trabajo” que les mandan sus superiores[38].
Conviene precisar,
por ello, que la referencia a esos “homines religiosi” va dirigida sin duda a
aquellos hombres que, sobrepasando el ámbito de lo meramente estético, penetran
en el de lo místico y en el de las
creencias religiosas vividas como reflejo de una supuesta realidad auténtica más acogedora que la de esta vida
terrena, que por diversos motivos se les presenta como triste y dolorosa.
Motivos como éste
condujeron a Nietzsche a considerar que “el mayor pecado contra esta vida [era]
la creencia en otra vida mejor” y, por ello, criticaba a quienes, a partir de
esa actitud nihilista, rechazaban desde el resentimiento el valor de la vida
terrena, refugiándose “en el polvo de las cosas celestiales”[39].
Y, desde luego, a
quienes no alude Nietzsche con su referencia a los “homines religiosi” es a los
hombres que han utilizado las “creencias religiosas” de sus fieles para
construir un imperio económico, creado a partir de su complicidad con los
gobernantes políticos, los cuales les permiten abusar de la inocencia de la infancia
y de mucha gente ingenua, a quienes adoctrinan o imponen por la fuerza la idea
de una vida mejor y la renuncia a encontrar la felicidad en ésta. En este
sentido, la jerarquía de la Iglesia
Católica –aunque no necesariamente sus fieles- se encontraría en el polo
más opuesto respecto al pequeño grupo de “homines religiosi”, en cuanto dicha
jerarquía se caracteriza más por su ambición de amasar riquezas que por la
creencia en unas ideas ridículas, que utilizan para adoctrinar a la plebe, pero
en las que, en la mayoría de los casos, ni ellos mismos creen, aunque algunos
no lleguen a tomar conciencia de su propia incredulidad respecto a aquellas
doctrinas que tanto poder político y social, y tanto lujo material les han
reportado a lo largo de los siglos, en cuanto pueden llegar a reprimir al
inconsciente dicha incredulidad.
En relación con estas
consideraciones conviene recordar que la religión
fue el origen del teatro, una de las
manifestaciones más importantes del arte en el caso de la cultura griega
y en relación con el culto a Dionisos, del que habla Nietzsche en El origen de la tragedia, y la esencia
del “trabajo” que realizan los curas para captar a su rebaño y mantenerlo en su
redil no es otra que puro teatro acompañado de absurdas mentiras, horribles en
ocasiones, y en otras simplemente fantásticas.
A lo largo de los
siglos hasta la actualidad, la jerarquía católica ha procurado la pervivencia
de ese teatro con sus pomposas y ostentosas ceremonias, pues, no disponiendo de
razones, sólo podía valerse de estas patéticas ceremonias, impactantes para la
vista y el oído, pero no para la inteligencia, a fin de mantener despierta la
fe de su rebaño. Precisamente en relación con cuestiones como ésta escribió
Nietzsche:
“Lo que la plebe aprendió a
creer sin razones; ¿quién podría destruírselo con razones?”[40].
Conviene añadir, por otra parte, que,
aunque la jerarquía católica no encaja en esa categoría de los “homines
religiosi”, a pesar de su participación en las teatrales ceremonias, eso no fue
para Nietzsche un motivo de descalificación de dicha jerarquía sino que, por el
contrario, consideró que el alto clero pertenecía a la clase noble y no a la de la plebe, pues, como ya se ha indicado
antes, los “nobles” están constituidos por quienes lo son desde la perspectiva
de las cualidades relacionadas con la fortaleza física pero también por quienes
lo son desde la de sus cualidades “espirituales”, cualidades que les permiten
gobernar a los auténticos esclavos, que reniegan del valor de esta vida y
asumen valores contrarios a la vida terrena. Recordemos cuánto valoró Nietzsche
el Renacimiento en la Iglesia por sus lujos, por su capacidad para disfrutar de
la vida terrena y por su mismo escepticismo religioso, aspectos de su vida muy
alejados de los valores de la “moral de esclavos” que predicaban, en los que la
jerarquía católica actuó como auténticamente aristocrática, aunque más adelante
tuvo que ocultar ese lujo ante el resentimiento que provocó en una parte
importante del redil cristiano, representado especialmente por Lutero y sus
seguidores. En este sentido escribió Nietzsche:
“Es
verdad que el Renacimiento presenció un magnífico y pasmoso resurgimiento del
ideal clásico, de la valoración aristocrática de todas las cosas […] Pero
enseguida volvió a triunfar Judea [es decir, la moral de esclavos], en virtud
de ese movimiento radicalmente plebeyo del resentimiento (alemán e inglés) que
se denomina la Reforma [es decir, Lutero contra la vida lujosa de la corte
papal y sus esplendores terrenales]”[41].
3.6. El arte como alienación
En relación con esta difícil unión entre fantasía y conocimiento objetivo, la superación del nihilismo mediante la
transfiguración de la realidad a través de su contemplación estética plantea
una nueva dificultad desde perspectivas sociológicas como la representada por
el marxismo, en cuanto a partir de la consideración del hombre como una
realidad social –como también lo consideraba Aristóteles-, Marx juzgó que el individualismo,
despreocupado de los problemas sociales, implicaba una alienación del hombre respecto a su propia esencia, en cuanto para
encerrarse –o alienarse- en el mundo
del arte el hombre tenía que
desentenderse de la miseria que rodeaba
la vida de una gran parte de sus semejantes, sometidos al yugo de la explotación
capitalista.
Sin duda, un hombre totalmente individualista
podría despreocuparse de tales problemas y llegar a amar la vida tal como se le
presentase, aunque adornándola con sus fantasías; pero podría plantearse la
pregunta de hasta qué punto el ser humano, naturalmente consciente de tales
problemas, podría refugiarse en ese mundo fantástico, despreocupándose y siendo
feliz, indiferente ante la contemplación de las miserias ajenas. Por ello, desde
el punto de vista socialista o marxista ese amor a la vida a partir de su
transfiguración estética debería ir acompañado de algún tipo de praxis relacionada con el interés por la
mejora de las condiciones de vida de la sociedad, en cuanto ésta es el sustrato
a partir del cual se hace posible la plena realización del individuo, incluso
para que le sea posible disfrutar de la contemplación estética de la realidad.
Sin embargo, el elitismo de Nietzsche le mantuvo
muy alejado de la “plebe”, hasta el punto de considerar a ésta como la
responsable de la derrota de los “nobles”, por lo que difícilmente podía estar
preocupado por ella, que despreciaba los “valores nobles” y que, por su
resentimiento, sólo defendía los valores de la “moral de esclavos” y, entre
ellos, el de la “igualdad”, no aceptando la existencia de “hombres superiores”,
caracterizados por sus altos valores culturales, tanto a nivel científico como
filosófico y artístico, por haber superado el nihilismo y por vivir sin estar
sometidos a valores impuestos, sino regidos por sus propios valores. En
relación con esta cuestión Nietzsche critica el auge de la moral de esclavos en
cuanto va unido a una degradación y a un desprecio de los valores nobles:
“Toda
moral de Europa se basa, en definitiva, en la conveniencia del rebaño: la
desventura de todo hombre superior, excepcional, reside en que todo lo que lo
distingue entra en su conciencia como algo que lo empequeñece y degrada”[42].
3.7. El valor de la vida y el placer
pasivo: Crítica al utilitarismo
Tiene interés señalar
que la valoración de la vida por parte de Nietzsche no quedó asociada
con la idea de la felicidad en un sentido meramente hedonista y
de goce pasivo de la existencia, tal como la asumieron los utilitaristas
ingleses a quienes él critica, sino que, del mismo modo que Aristóteles
entendía que el placer iba unido a la felicidad pero también
que ésta no consistía en un mero estado de goce
placentero sino en una actividad relacionada con la vida
teorética, Nietzsche entendió igualmente que el valor de la vida estaba
unido a una actividad relacionada en
algunos momento con la búsqueda del conocimiento, igual que en Aristóteles,
pero siempre con el Arte –y de manera especial, con el de la música-.
Por otra parte,
además, Nietzsche considera que el ser humano no actúa movido por la búsqueda
del placer sino por la voluntad de poder, es decir, por la consecución
de objetivos que implican un sentimiento de mayor poder. Y será la consecución
de tales objetivos lo que, como consecuencia, pero no como fin realmente
buscado, le proporcione el placer:
“El
ser humano no busca el placer y no evita el displacer [...] Placer y
displacer son meras consecuencias, meros fenómenos concomitantes, — lo que el
ser humano quiere, lo que quiere cada una de las partes de un organismo vivo,
es un plus de poder. Al esforzarse
por conseguirlo se produ-cen tanto el placer como el displacer”[43].
Ejemplos como el de la escalada de una
alta montaña, como el del investigador científico, que permanece en su
laboratorio largas horas olvidándose de la comida, o como el del pintor, que, a
pesar del frío o del calor, sale a pintar un paisaje, pueden servir para
comprender qué quiere decir Nietzsche:
A lo largo de las
sucesivas etapas que puede durar la escalada del Everest no parece que los
escaladores hagan otra cosa que esforzarse por ir subiendo la montaña con grandes
penalidades -e incluso con la muerte en algunos casos-, y en esas largas etapas
no piensan en el placer de que disfrutarán al final de su aventura sino que su
“voluntad de poder” -como diría Nietzsche- les conduce a asumir el desafío de
alcanzar la cima, cueste lo que cueste. Si finalmente su esfuerzo viene
culminado por el éxito, entonces, como consecuencia, pero no como finalidad
de su actividad, tendrán una vivencia de intenso placer y satisfacción por
haber triunfado en el desafío que se habían impuesto.
Igualmente, mientras
se juega un deporte de competición -si no se hace por dinero-, uno se esfuerza
de manera muy concentrada, intensa y agotadora incluso, y es sólo cuando se ha
conseguido la victoria cuando surge el sentimiento de placer, que no se buscaba
por él mismo pero que surge como consecuencia de la victoria conseguida, la
cual es una manifestación de aquella voluntad de poder en cuanto ha culminado
con éxito un desafío.
Desde planteamientos
como los de los ejemplos anteriores, el punto de vista de Nietzsche en contra
del utilitarismo inglés tiene sentido, pero sólo en cuanto no represente una
condena moral[44] de la búsqueda del placer
sino sólo un análisis de cómo de hecho se produce una parte muy considerable de
los actos humanos, en los que, efectivamente, la finalidad no es el placer,
sino que éste es sólo una consecuencia del fin perseguido y conseguido.
Lo que, sin embargo,
no tiene sentido es la condena moral que Nietzsche pronuncia contra el
utilitarismo, en cuanto, si la moral ya había sido criticada por él, lo único
que podía hacer era manifestar su antipatía por esa forma de vivir, sin otro
objetivo que el placer. Los utilitaristas hubieran podido replicar que no había
diferencias entre su punto de vista y el de Nietzsche, en cuanto desde ambas
posturas se trataba de actuar de acuerdo con lo que a cada una le parecía más
satisfactorio. Y, desde luego, no parece que los utilitaristas se hubieran
conformado con una vida ligada exclusivamente al simple goce del placer, sino
que, como seres humanos, habrían sentido la necesidad de actuar rea-lizando
obras que implicarían determinado esfuerzo, pero que hubieran conducido a la
satisfacción y el placer por el buen final obtenido.
Así que, en el fondo,
el punto de vista de Nietzsche y el de los utilitaristas no difieren tal como
el propio Nietzsche pretendió, aunque los utilitaristas lo expresaron de un
modo más simplificado que Nietzsche, como si se pudiera disfrutar continuadamente
de la vida sin plantearse ningún fin ajeno al del placer buscado por sí mismo.
4. El valor del conocimiento
En relación con las
consideraciones encaminadas a encontrar un sentido a la vida de forma que el
nihilismo quedase definitivamente superado, hay que decir que respecto a la
valoración suprema del arte hubo al menos dos momentos de incertidumbre en el
pensamiento de Nietzsche:
En primer lugar y
como ya he comentado antes, un primer momento se da cuando el arte aparece no
como el sentido indiscutible de la vida sino como medio a través del cual –a través de la tragedia griega- el hombre alcanza la visión extática del mundo
como unidad dionisiaca, de manera que
el fin es esa visión, mediante la
cual el hombre asumiría la realidad mostrada por ese conocimiento como
auténticamente valiosa, y alcanzaría así la superación del nihilismo.
Ciertamente la vida personal se perdía para siempre con la muerte, pero siempre
podía quedar como satisfacción última la conciencia de que la vida individual
era una manifestación de aquella realidad única a la que regresábamos para dar
paso a otra serie de manifestaciones vitales nuevas.
Y, un segundo momento
se da más adelante, en el periodo que va desde que escribió Humano, demasiado humano (1876-1879),
cuando Nietzsche consideró que en los estadios culturales de la humanidad el Arte no ocupaba el lugar supremo, sino
un lugar inferior al de la Ciencia,
que aparecía situada en el nivel supremo de la cultura humana, hasta el tiempo
en que escribió Aurora (1881) y La gaya ciencia (1882).
No obstante, en esta
misma obra y en general en todas, tanto en las anteriores como en las
posteriores y con los matices indicados, Nietzsche consideró de manera
definitiva que la superación del nihilismo se producía gracias a la bella mentira del arte, de manera
que, en líneas generales y de manera persistente, a lo largo de toda su
producción filosófica, con cortos momentos de excepción, no dejó de considerar
el arte como el valor supremo con el que se superaba el nihilismo y con el que
la vida adquiría pleno sentido.
En cualquier caso y por lo que se refiere
al valor de la ciencia y de la metafísica, la postura de
Nietzsche fue claramente escéptica a lo largo de su
trayectoria filosófica, a excepción del período en que escribió Humano, demasiado humano (1876-1879),
obra en la que se mostró con un acusado optimismo respecto al valor de la
ciencia, llegando en ella incluso, a la manera de Comte, a señalar la
existencia de una serie de estadios culturales en el
individuo: el religioso, el metafísico, el artístico
y el científico. En efecto, escribe en esta obra:
“Las fases habituales de la cultura intelectual
alcanzadas en el curso de la historia son logradas por los hombres cada vez más
de prisa. Comienza actualmente a entrar en la cultura en calidad de niños
animados de movimiento religioso, y llegan, hacia el décimo año, a la mayor
vivacidad de sentimientos; pasan luego a formas más débiles (panteísmo),
mientras que se aproximan a la ciencia; dejan detrás de ellos a Dios, la
inmortalidad, etcétera, pero ceden a la magia de una filosofía metafísica. Al
cabo, esta última se les hace increíble; en cambio lo que parece adquirir mayor
importancia es el arte [...] Sin embargo, el sentimiento científico se va
haciendo más imperioso y conduce al hombre a la ciencia de la Naturaleza y a la
investigación histórica, entre otras, a los métodos de conocimiento más
rigurosos, mientras que el arte toma una significación cada vez más débil y
modesta”[45].
El paralelismo con Augusto Comte
resulta casi completo: éste había señalado la existencia de tres estadios:
teológico, metafísico y positivo (o científico), de manera que la única diferencia
con el planteamiento de Nietzsche se encontraría en la inclusión, por parte de
éste, de un estadio artístico, que
sólo en este periodo se sitúa, en momentos como éste, en un rango inferior de
valoración con respecto al estadio
científico. Si acaso, habría que matizar que la inferioridad de rango del estadio
artístico sólo hay que
entenderla desde la perspectiva del conocimiento,
pero no desde la perspectiva de su importancia vital, pues en esta misma obra son varias las ocasiones en que, a
pesar de lo dicho, Nietzsche seguirá entendiendo que “el mundo sólo se puede justificar como fenómeno estético”, y
que, en su pequeña obra del año 1872 Sobre
verdad y mentira en sentido extramoral, ya había tomado conciencia del
valor subjetivo y relativo, tanto del lenguaje como de la ciencia, por lo que hay que reconocer que la
valoración de la ciencia en este período no supuso un olvido de la importancia
vital del arte.
4.1. La búsqueda del conocimiento
Por otra parte, aunque su punto de
vista acerca del valor de la veracidad pudo ser acertado cuando se
refirió a la consideración del arte como potencia transfiguradora, contrapuesta a la verdad fría, que se le
había mostrado incapaz de conducirle a la superación del nihilismo, no lo fue
plenamente en cuanto el conocimiento
del carácter unitario de la realidad y el carácter aparencial de las realidades
individuales no era una aportación del arte sino que había sido el resultado de
aquel mismo funcionamiento de la veracidad, sin ayuda de consideración
estética alguna, igual que había sucedido en la filosofía de Heráclito con su
reconocimiento de la unidad de todo
lo existente, aunque luego tal conocimiento, en el caso de Nietzsche, quedase adornado
con su personal interpretación del arte de la tragedia griega, relacionada con la mitología y en especial con
Dionisos y Apolo como expresión de aquellas ideas aparentemente contrapuestas
acerca de la unidad del Ser y de su disgregación en individuos que parecían
alejarse de aquella unidad, pero que al morir se reintegraban en ella para dar
lugar a nuevas e incesantes manifestaciones vitales.
Por otra parte, la
posibilidad de afirmar el valor de la vida individual desde una perspectiva
distinta a la de Nietzsche, es decir, no necesariamente subordinada a la transfiguración esté-tica de la realidad
sino sólo a la búsqueda de su
conocimiento, había sido afirmada por pensadores como Aristóteles, que valoró la vida
teorética como actividad suprema mediante la cual el hombre se realizaba
conforme a su esencia racional propia,
consiguiendo así su felicidad, entendida como su plena realización personal,
acompañada de un placer puro.
En este mismo sentido se
pronunciaron, entre otros, con absoluta claridad y afirmando el valor de la
vida J. W. Goethe, A. Einstein y B. Russell, con su valoración positiva
de la vida dedicada al arte y
a la búsqueda del conocimiento como
fin último y realización satisfactoria de la vida humana, a pesar de su
carácter limitado.
En
efecto, en los últimos siglos, la búsqueda del conocimiento y la visión
estética de la realidad han seguido siendo importantes ideales de vida
entre los grandes pensadores, artistas y científicos, ideales que en algunas
ocasiones han estado unidos a cierto sentimiento místico panteísta.
Así, en
la segunda mitad del siglo XVIII, J. W.
Goethe, asocian-do el conocimiento
con el arte, consideró ambas
manifestaciones del espíritu como condiciones para la superación de la religión, la cual sólo sería necesaria
para quienes, careciendo de aptitudes para el arte y para la ciencia,
encontrasen en la religión un sentido a la vida, motivo por el cual escribió:
“Quien posee ciencia y arte
ya tiene religión;
quien no posee una ni otra,
tenga religión”[46]
Por su parte, en el pasado siglo A. Einstein vivió su tarea científica desde una perspectiva próxima
a la presentada aquí por Goethe y por Nietzsche, aunque tal vez ligada a cierto
sentimiento panteísta –o simplemente estético- relacionado con la “Razón”, como
algo especialmente ligado a la contemplación científica acompañada de un sentimiento
de maravillado asombro ante el carácter misteriosamente racional de la
naturaleza. En este sentido escribió:
“Ni
puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física;
dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan
en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la eternidad de la
vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo
real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy
pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza”[47].
A lo largo de la historia de
la cultura se han producido algunos planteamientos similares, aunque no
idénticos, al que Nietzsche observó en la tragedia griega como sentimiento dionisiaco, tan valorado por él en El origen de la tragedia. Un punto de
vista muy similar al de Nietzsche por lo que se refiere a ese sentimiento
oceánico o de fusión del
individuo con el conjunto de la realidad, aunque sin destacar de manera
especial su valor estético, tan apreciado por el pensador alemán, fue el
adoptado por B. Russell en sus reflexiones acerca del sentido de la
vida, quien en este sentido escribió:
“Una existencia humana
individual debería ser como un río: al principio pequeña, estrechamente
limitada por las márgenes, fluyendo apasionadamente sobre las piedras y
arrojándose por las cascadas. Lentamente el río va haciéndose más ancho, las
márgenes se apartan, las aguas corren mansamente y, por último, sin ningún
sobresalto visible se funden con el mar y pierden, sin dolor, su ser
individual. El hombre que, en su vejez, sea capaz de considerar su vida de esta
manera, no sufrirá el temor a la muerte, pues las cosas que él estima seguirán
existiendo [...] Yo desearía morir en pleno trabajo, sabiendo que otros
continuarán lo que yo ya no pueda hacer, y contento al pensar que se hizo todo
lo que fue posible hacer”[48].
Por su parte y como ya he indicado, en Humano,
demasiado humano, pero también en Aurora y en La gaya ciencia,
a pesar de haber destacado la enorme importancia del arte para “embellecer la
vida”[49],
Nietzsche había llegado a valorar la
ciencia por encima del arte, afirmando en este sentido, en la primera parte
de Humano, demasiado humano:
- “el
hombre de ciencia es el desarrollo ulterior del artista”[50].
- “No hay más dulce miel que la del conocimiento
[...] la misma vida que termina en la vejez termina también en la sabiduría,
goce constante del espíritu en esta dulce luz del sol [...] Deja, sin
indignarte, que las brumas de la muerte se acerquen. Hacia la luz, tu último
movimiento; un hurra de conocimiento, tu último grito[51].
Poco
después, en Aurora, Nietzsche vinculaba esta valoración de la
vida a una síntesis entre el arte y el conocimiento, es
decir, a la consideración de que el conocimiento
no se opone, sino que puede verse como íntimamente ligado a la vivencia estética, y así escribe:
“Creen
[...] que la realidad es fea y no advierten que el conocimiento de la realidad
más fea es, sin embargo, bello, y que el que conoce con frecuencia y mucho,
acaba por hallarse muy distante de encontrar feo el conjunto de la realidad que
tanto placer le proporciona. ¿Hay algo que sea bello en sí? El placer de los
que conocen aumenta la belleza del mundo [...] El conocimiento no sólo envuelve
las cosas en su belleza, sino que también introduce su belleza, de un modo
duradero en las cosas [...] [Platón y Aristóteles hallaban] la felicidad en el
conocimiento, en la actividad de la razón, ejercitada en investigar y en descubrir”[52].
Y en La gaya ciencia escribe:
“¡No,
la vida no me ha engañado! Al revés, de año en año la encuentro más apetecible
y misteriosa desde el día en que me visitó la gran emancipadora: la idea de que
la vida podía ser un experimento del que persigue el conocimiento, y no un
deber, ni una fatalidad, ni un engaño [...] La vida es un medio para el
conocimiento: llevando esta máxima en el corazón se puede vivir no sólo con
valor, sino con alegría, y reír alegremente”[53].
Finalmente, y coincidiendo de nuevo con
Aristóteles en su valoración de la vida
teorética (theoría), muy por
encima de la dedicada al trabajo físico
(póyesis), de nuevo en La gaya ciencia escribe:
“…ahora
nos avergonzamos del reposo; la meditación prolongada casi produce
remordimientos [...] Se vive como si se temiera dejar de hacer algo. ‘Más vale
hacer cualquier cosa que no hacer nada’; esta máxima es un ardid para dar el
golpe de gracia a todas las aficiones superiores [...] Sí; se llegará pronto a
no ceder a la inclinación a la vida contemplativa (es decir, a pasearse en compañía
de pensamientos y de amigos), sin despreciarse a sí mismo y sentir tranquila la
conciencia. Pues bien; antes sucedía lo contrario: el trabajo era quien no
tenía tranquila la conciencia. Un hombre de noble origen se ocultaba para
trabajar, cuando a ello le forzaba la pobreza [...] Hacer [frente a pensar y a tratar de conocer y comprender la realidad] era
despreciable”[54].
Sin embargo, esta valoración tan alta del
conocimiento, hasta el punto de considerarlo suficiente incluso para superar el
nihilismo, fue finalmente rechazada cuando Nietzsche llegó a la convicción de
que la verdad a que aspiraba el conocimiento no resultaba vitalmente
satisfactoria y, por eso, el hombre necesitaba forjarse una realidad nueva, la
que le proporcionaba la bella mentira del arte. Por ello, escribe finalmente a
propósito de esta antítesis entre la verdad y el arte:
“La
verdad es fea. Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad”.
5. El eterno retorno.
Finalmente, ese
sentido positivo de la vida adquirió un valor ya definitivo cuando llegó a la
convicción de que la doctrina del eterno retorno era verdadera, por lo
que la vida adquiría un valor absoluto en cuanto debía repetirse eternamente.
En efecto, si el
sentimiento dionisiaco se relacionaba con la doctrina según la cual, tras la
disolución de lo individual apolíneo o tras la muerte de cada ser humano,
habría una disolución definitiva de su ser apolíneo para ser absorbido
por el todo dionisíaco, tal como
Nietzsche había asumido en El origen de la tragedia, la doctrina del eterno retorno implicaba que,
con la culminación de cada ciclo temporal o “gran Año” del Universo, se abría
uno nuevo en el que todos los acontecimientos, tanto vitales como inorgánicos, y
cada una de las manifestaciones apolíneas de cada persona volverían a repetirse
incesantemente, del mismo modo que, ya ahora, el propio ser en cada momento había
que considerarlo como una repetición de una serie infinita de manifestaciones anteriores
de ese mismo ser, pues la rueda del eterno retorno giraba eternamente, tanto
desde un pasado infinito como hacia un futuro igualmente infinito, de manera
que por ello afirmó Nietzsche que la vida de cada ser humano quedaba recuperada
para siempre, con todas sus particularidades, tanto positivas como negativas.
Más adelante, en el
capítulo en que hablo del eterno retorno, presento una exposición más
amplia, pero también crítica, de esta cuestión.
En cualquier caso y
como doctrina esencial relacionada con la superación del nihilismo, hay que insistir
en que a lo largo de casi toda su producción filosófica Nietzsche recurrió en
todo momento, con las oscilaciones mencionadas, a la bella mentira del arte, a la transfiguración estética de la realidad.
ABREVIATURAS DE OBRAS CITADAS DE NIETZSCHE
A: Aurora
AC: El Anticristo
BM: Más allá del bien y
del mal
CS: El caminante y su
sombra
EH: Ecce Homo
GC: La gaya ciencia
GM: La genealogía de la
moral
HH: Humano, demasiado
humano
ID: La inocencia del
devenir (Tomo V de Obras completas
de Nietzsche, Ed. Prestigio, B. Aires, 1970).
OI: El ocaso de los
ídolos
OT: El origen de la
tragedia
VM: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
VP: La voluntad de
poder
Z: Así habló Zaratustra
FP: Fragmentos póstumos.
Ed. Tecnos, Madrid, 2008.
SPM: Sabiduría
para pasado mañana. Antología de frag-mentos póstumos
(1869-1889); Ed. Tecnos, Madrid, 2009.
Nietzsche: Obras completas: Ed. Prestigio, Barcelona, 1970.
[1] VP, parág. 582-A, Ed.
Aguilar. B. Aires, 1966.
[2] VP, II, parág. 121. Prestigio, Barcelona, 1970.
[3] Z, II, ‘De los grandes acontecimientos’.
[4] HH, II, 1ª, parág. 22.
Parodia relacionada evidentemente con el comienzo del evangelio de Juan el
Anciano: “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat
Verbum”, donde “Verbum” –la Razón- es sustituido por “el Absurdo”.
[5] VP, I, parág. 75.
Prestigio, B. Aires, 1970.
[6] VP, I, parág. 26. Prestigio, B. Aires,
1970.
[7] OT,
cap. 5. Más adelante, entre 1885-86 y hasta el final de su vida lúcida,
Nietzsche se siguió expresando con palabras casi idénticas, escribiendo en su
obra póstuma: “Sólo estéticamente hay una justificación del mundo” (SPM, Otoño
de 1885 - Otoño de 1886; pág. 258. Tecnos, Madrid, 2009).
[8] OT, Prologo a Richard Wagner, 1871.
[9] OT, parág. 10.
[10] Ibídem.
[11] OT,
I.
[12] Posiblemente fuera éste el motivo por el cual
Nietzsche llegó a criticar el aspecto de esta obra según el cual, del mismo
modo que en Hegel, lo Absoluto alcanzaba su autoconocimiento mediante el hombre
y en especial mediante la Filosofía como última y plena autorrecuperación
racional de dicho Absoluto, en cuanto “nóesis noéseos” –tal como lo había
expresado Aristóteles refiriéndose a la supuesta esencia y actividad divina-.
Por ello, en Ecce homo,
comentando su obra El origen de la tragedia, llega a decir de
ella: “Huele repugnantemente a Hegel”. No obstante, una diferencia entre ambos
pensadores consiste en que mientras Hegel habla de la Razón como de una
misteriosa fuerza trascendente que determina todos los cambios de la Naturaleza
a todos los niveles, tomando finalmente posesión de sí misma a través del
hombre, Nietzsche entiende que la autoposesión plena de la realidad se produce
cuando esa razón viene unida de manera necesaria al arte dionisíaco por el que
el hombre toma conciencia de ser sólo una manifestación de dicha
realidad absoluta.
[13] O. c., parág. 7.
[14] O. c., parág. 8.
[15] Ibidem.
[16] Ibidem.
[17] Ibidem.
[18] OT, parág. 10.
[19] El personaje de
Edipo es el prototipo de la vida trágica: Edipo, hijo de Layo, rey de
Tebas, y de Yocasta, fue abandonado por su padre, pues un oráculo había
predicho que su hijo le mataría. Unos pastores lo encontraron y fue criado por
los reyes de Corinto. Más tarde Edipo visitó
al Oráculo de Delfos, que le auguró que mataría a su padre y
luego se casaría con su madre. Entonces Edipo decidió no regresar a Corinto
para escapar a su destino. Emprendió un viaje y, en el camino hacia Tebas, se
encontró con Layo. El heraldo de Layo le ordenó que le cediera el paso, pero,
ante la demora de Edipo, el heraldo mató uno de sus caballos. Edipo se
encolerizó y mató a Layo sin saber que era su propio padre. Más tarde resolvió
un acertijo de “la Esfinge”, y fue nombrado salvador de Tebas y, como premio,
fue nombrado rey y se casó con Yocasta, su verdadera madre, teniendo con ella
cuatro hijos (Polinices, Eteocles, Ismene
y Antígona). Al poco tiempo, una plaga cayó sobre
la ciudad como consecuencia de que el asesino de Layo no había pagado por su
crimen y contaminaba la ciudad con su presencia. Edipo,
gracias a Tiresias, descubrió que en realidad era hijo de Yocasta y Layo, y que
era él mismo quien había matado a Layo, su propio padre. Al saber Yocasta que Edipo era en realidad su hijo, se
dio muerte, ahorcándose en el palacio. Edipo se quitó los ojos y se exilió de
Tebas, acompañado por su hija Antígona para servirle de guía. Una vez en Colono, fue acogido por Teseo y allí murió.
[20] OT, cap.
17.
[21] OT,
parág. 7.
[22] SPM,
Noviembre de 1887 - Marzo de 1888, p. 325-326. Tecnos, Madrid, 2009.
[23] HH, I, parág. 154.
[24] HH, II, parág. 270.
[25] OT, cap. 5.
[26] HH, parág. 279.
[27] GC, parág.
107.
[28] GC, IV, parág. 299.
[29] VP,
parág. 503, II; Obras completas IV, Prestigio, B. Aires, 1970. La cursiva es
mía.
[30] BM,
parág. 34. La cursiva es mía.
[31] VP, parág. 521, Prestigio, IV, B. Aires, 1970.
[32] VP, parág. 821, Ed. Aguilar. Buenos Aires, 1966.
[33] GC, V, 344.
[34] ID,
parág. 1271; Obras Completas, V, Ed. Prestigio, B. Aires, 1970. Sin embargo, en
otros momentos su pensamiento fue oscilante, pues consideró, por una parte, que
la “voluntad de verdad” es una manifestación de la “voluntad de poder”: “La
voluntad de verdad como voluntad de poder” (SPM, Verano de 1887, p. 288), y,
por otra, que “la voluntad de apariencia, de ilusión, de engaño, de devenir y
cambiar es más profunda, más “metafísica” que la voluntad de verdad, de
realidad, de ser” (SPM, Primavera de 1888, III, p. 326-327. Tecnos, Madrid,
2009).
[35] OI, “Sentencias”, 33.
[36] Z, III,
“El convaleciente”, II.
[37] BM, secc.
III, parág. 59.
[38] Recuerdo haber hablado
con un cura que –a pesar de saber que yo era ateo- se me quejaba indignado de
que, a causa de la enfermedad de otro colega, sus autoridades le habían
encargado de oficiar la misa que le correspondía al cura enfermo. Desde luego
no parece que este cura estuviese incluido entre esos “homines religiosi” de
que habla Nietzsche, pues, si lo hubiera estado, habría agradecido el privilegio
de poder estar en contacto más directo con su dios durante ese tiempo que se le
concedía –con una nueva misa-, que hubiera debido agradecer como un regalo
divino.
[39] Z, I, “De los de detrás del mundo”.
[40] Z, IV, “Del hombre
superior”, IX.
[41] GM I 16.
[42] La voluntad de Poder,
II, 85; Obras Completas, IV, Prestigio, B. Aires, 1970, pag. 472.
[43] SPM, Primavera de 1888, p. 342. Tecnos, Madrid, 2009.
[44] Como luego se verá, ninguna condena moral tiene sentido en cuanto
previamente se haya defendido que “no existen fenómenos morales”, que es lo que
Nietzsche proclama en muy diversas ocasiones, como en Más allá del bien y
del mal.
[45] Humano, demasiado humano, I, 5ª parte, parág. 272.
[46]
“Wer Wissenschaft und Kunst besitzt,
Hat auch Religion;
Wer jene beiden nicht besitzt,
Der
habe Religion”.
[47]A. Einstein: Sobre la teoría
de la relatividad y otras aportaciones científicas, p. 198-199. Ed. SARPE,
Madrid, 1983.
[48] B. Russell: Retratos de memoria y otros ensayos, p. 57. Madrid, Al. Ed., 1976.
[49] HH, parág. 174.
[50] HH, parág. 222.
[51] HH, parág. 292.
[52] A, V, parág. 550.
[53] GC, parág. 324.
[54] GC, IV, 329. Se trata de la superioridad de la theoría frente
a la póyesis. Esta última sería más bien propia de esclavos, de hombres
considerados no aptos para la actividad intelectual.