martes, 15 de marzo de 2022

Nietzsche: La voluntad de poder El concepto de “voluntad de poder”, tan esencial en la filosofía de Nietzsche, proviene del concepto de “voluntad” de Schopenhauer, quien había utilizado este término como expresión de la categoría suprema de su propia filosofía para referirse a la fuerza única del Universo, que se manifestaba tanto en las acciones humanas como en todas las manifestaciones del propio Universo en todas sus dimensiones. El uso del término “voluntad” para referirse a esa fuerza parecía un antropomorfismo, ya que el concepto de “voluntad” se utilizaba para hacer referencia a una facultad esencialmente humana, relacionada con los actos realizados por decisiones propias o “voluntarias”. Si durante muchos siglos se había diferenciado radicalmente entre la materia del Universo y la energía o movimiento por el que éste se movía, como si se tratase de realidades diversas, de manera que la energía o el movimiento, como realidades ajenas a la materia, debían unirse de algún modo a dicha materia, inmóvil e inerte por sí misma, a fin de provocar su movimiento y el conjunto de sus cambios, sin embargo, tanto Schopenhauer como Nietzsche pensaron que en el fondo la fuerza que movía dicha materia no era una realidad ajena a dicha materia sino que se identificaba con ella, de manera que el conjunto de sus movimientos y cambios no requerían de ningún tipo de impulso externo sino que la materia del Cosmos era una realidad viva que se caracterizaba por su constante movimiento y sus cambios constantes en cuanto estas propiedades le pertenecían de manera intrínseca, hasta el punto de que se le podía calificar como “voluntad” en cuanto había generado el conjunto de manifestaciones del Universo y, entre ellas, el ser del hombre y la totalidad de sus actos en cuanto derivados de su particular voluntad. Por ello, primero Schopenhauer y después Nietzsche, se refirieron a esa fuerza con el nombre de “voluntad” . Ya en la antigüedad griega Empédocles (484 - 424 a. de n. era) había actuado de manera similar cuando, al referirse a las fuerzas que determinaban la unión o la separación de los diversas formaciones del Universo, se sirvió de los conceptos de “amor” (philótes) y de “odio” o “discordia” (neîkós), sentimientos atribuidos especialmente del ser humano, considerando que podía aplicar tales términos al Universo en general en cuanto se trataba de fuerzas que provocaban la tendencia a la unión o a la separación por lo que se refería a sus diversas formaciones . Al concepto de “voluntad”, pero referido al hombre y a los demás seres vivos, Schopenhauer lo denominó “voluntad de vivir”. La manifestación más evidente de esa “voluntad de vivir” se encontraba en las acciones de los seres vivos encaminadas a satisfacer el instinto de conservación del individuo y de la especie. Por su parte inicialmente, aunque también en Más allá del bien y del mal, Nietzsche asumió el concepto de “voluntad” o de “voluntad de vivir” de Schopenhauer sin modificación alguna, como puede comprobarse en los siguientes pasajes de El origen de la tragedia (1872) y de Mas allá del bien y del mal (1886). Dice el primero: “en todo tiempo la ávida voluntad halla la manera de retener a sus criaturas en la vida y de forzarlas a seguir viviendo, mediante una ilusión tendida sobre las cosas” . Y en Más allá del bien y del mal, ya en 1886, hablando del carácter inexorable de la explotación y habiendo olvidado al parecer su anterior crítica a la “voluntad de vivir” de Schopenhauer, presenta en esos momentos como sinónimos los conceptos de “voluntad de poder” y “voluntad de vida”, escribiendo en este sentido: “[la explotación] forma parte de la esencia de lo viviente, como función orgánica fundamental; es consecuencia de la voluntad de poder, que es la voluntad de vida” . Sin embargo en diversos momentos posteriores a 1872 criticó el uso del término “voluntad” o el de “voluntad de vivir”, olvidando al parecer que inicialmente también él los había utilizado -y que, tal vez inadvertidamente, volvió a utilizar el término “voluntad de vida” como sinónimo de “voluntad de poder” en 1886-, de manera que criticó al pensador de Danzig por este uso, sustituyendo dicho término por el de voluntad de poder al considerar que en cuanto el impulso del ser humano no era simplemente el de vivir, puesto que ya vivía, sino el de adquirir mayor poder, tanto en relación con los miembros de su propia especie como en relación con la Naturaleza en general, en lugar de hablar simplemente de “voluntad” o de “voluntad de vivir” consideró que había que hablar de “voluntad de poder”, y por ello escribió: - “¡Lo que no es no puede querer! Pero lo que tiene existencia, ¿cómo podría “querer existir”?” . - “No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien contra ella lanzó la frase “voluntad de existir”: ¡tal voluntad no existe!” . En cualquier caso, inicialmente Nietzsche entendió la voluntad de poder como la fuerza única y fundamental del Universo cuya tendencia en sus diversas manifestaciones era la de apropiarse de fuerzas más débiles para formar unidades de fuerza mayores y más estructuradas. Pero, como se ha podido ver, el propio Nietzsche había utilizado el término voluntad dándole el sentido que ahora criticaba, pero atribuyéndolo exclusivamente a Schopenhauer. Además, en los dos últimos pasajes citados interpretó de forma inadecuada el punto de vista del pensador de Danzig, pues su sentido no era literalmente el que le dio Nietzsche como simple voluntad de vivir en un ser que ya vivía, sino el de voluntad de seguir viviendo, en cuanto la vida no se mantenía por simple inercia, sino que, para mantenerla, se requería de una voluntad o de un esfuerzo continuo –un activo instinto de conservación- a fin de mantener la vida. De hecho, en la obra antes citada -El origen de la tragedia- el pensador de Röcken se había referido a la voluntad como fuerza para “seguir viviendo”, lo cual es una señal de que la sustitución del término “voluntad” por el de “voluntad de poder” no era necesaria -al menos por el motivo que él adujo-, y, como luego se verá, este cambio terminológico y sobre todo conceptual fue realmente importante, pues llegó a ser un impedimento absoluto para que tal concepto fuera compatible con la doctrina del eterno retorno, asumida posteriormente por Nietzsche, lo cual le condujo a tener que modificarlo, recuperando el concepto anterior, aunque sin reconocer de manera explícita el radical cambio realizado, recobrando, si no el término utilizado por Schopenhauer, sí el mismo concepto. El concepto de “voluntad de poder”, introducido por Nietzsche, no fue acertado, pues del mismo modo que aceptó el postulado de la conservación de la energía –“la energía ni se crea ni se destruye sino que sólo se transforma”-, por lo mismo la voluntad de poder, en cuanto sería el término filosófico equivalente al de dicha energía, tampoco aumentaría ni disminuiría sino sólo aparentemente, por lo que en ningún caso podría darse el “acrecentamiento de poder” que Nietzsche defendía con su concepto de “voluntad de poder” sino que, si acaso, se daría una distribución diversa de la energía en las distintas regiones del Universo-, pero sin que se produjera ningún aumento ni disminución de energía y, por lo mismo, ningún auténtico aumento de poder. Como luego se verá, en determinado momento Nietzsche tuvo que modificar el concepto de voluntad de poder y recuperar el concepto de voluntad de Schopenhauer a fin de que tal concepto fuera compatible con la doctrina del eterno retorno, asumido por Nietzsche en 1881, pero en ningún momento llegó a retractarse de modo explícito de su anterior crítica al concepto de voluntad introducido por Schopenhauer. 1. Un silencioso cambio conceptual en la voluntad de poder En los primeros momentos en que Nietzsche defendió la doctrina del eterno retorno -en 1881-, había dado a la voluntad de poder un sentido exclusivo de “fuerza unidireccional”, viéndola como la energía y la esencia propia de la naturaleza cuya tendencia espontánea consistía en la continua integración de unidades de fuerzas menores en otras cada vez mayores, orientadas hacia la plena integración del Universo en una unidad de fuerza plenamente estructurada, que, según palabras de Nietzsche, suponía un “acrecentamiento de poder”: “...la única realidad es la voluntad de ser más fuerte desde cada centro de fuerza; no conservación, sino voluntad de apropiación, dominación, crecimiento, acrecentamiento de poder [...] La voluntad no es sino voluntad de poder” . Pero, como ya he indicado, dicha voluntad de poder así entendida pudo ser asumida inicialmente por Nietzsche en cuanto la experiencia parecía estar de acuerdo con ella o, por lo menos, no parecía presentar discrepancias. Sin embargo, cuando en 1881 “descubrió” el eterno retorno, más pronto o más tarde debió de tomar conciencia de la incompatibilidad del concepto de voluntad de poder con la doctrina del eterno retorno. Pues, efectivamente, hasta ese momento dicho concepto hacía referencia a una fuerza que se dirigía en una dirección única, la de la progresiva integración de fuerzas menores en una fuerza mayor única, mientras que, a fin de que el eterno retorno fuera posible, se requería que dicha voluntad funcionase en una doble dirección, la de la integración de fuerzas, por una parte, y la de su disgregación, por otra, pues sólo a partir de la culminación de la disgregación de fuerzas podría reiniciarse un nuevo ciclo de integración, y así sucesivamente en un eterno retorno. Sin embargo, parece que inicialmente Nietzsche no reparó en que, como fuerza exclusivamente integradora, dicha voluntad de poder era incompatible con el eterno retorno, ya que, una vez alcanzado el estado de plena integración como consecuencia de la actuación de la voluntad de poder, el Universo habría quedado inmovilizado para siempre, ya que, cuando interpretó la voluntad de poder como una fuerza unidireccional integradora de fuerzas menores, parece que en ese momento no tuvo en cuenta que el tiempo era infinito -a pesar de haberlo afirmado en El origen de la tragedia- y que la energía del Universo era limitada, de manera que, si del mismo modo entendió que el Universo era también limitado, entonces la integración a la que tendía como consecuencia de la acción de la voluntad de poder debía haberse producido por completo y, en consecuencia, debía haber quedado inmovilizado. Ahora bien, como tal situación no se había producido, eso demostraba que el concepto de voluntad de poder como fuerza del Universo únicamente integradora era inadecuado. Y, por ello, cuando comprendió que sin la fase de disgregación el eterno retorno era imposible, parece que comprendió igualmente que o bien debía desechar la doctrina del eterno retorno, o bien debía modificar el concepto de voluntad de poder. Y esto último fue lo que hizo, dando a este término un nuevo significado, entendiéndolo a un tiempo como fuerza integradora y como fuerza disgregadora. Es evidente que esta modificación conceptual se debió a que, cuando en 1881 quedó convencido del valor de la doctrina del eterno retorno, que implicaba la repetición eterna de la serie entera de fenómenos del Universo, debió de comprender igualmente que, para que el eterno retorno pudiera realizarse, era necesario que la voluntad de poder no tuviera exclusivamente el sentido de fuerza integradora sino también el de fuerza disgregadora en relación con las diversas configuraciones del Universo a fin de que no quedase definitivamente inmovilizado al alcanzar la plena integración. Hay que tener en cuenta además que Nietzsche estuvo especialmente preocupado por el nihilismo derivado de “la muerte de Dios” y que, aunque había encontrado diversas formas de superarlo, parece que no llegó a sentirse plenamente satisfecho con ninguna de ellas, de manera que la doctrina del eterno retorno le atrajo de manera especial en cuanto entrañaba de algún modo la seguridad de la inmortalidad personal, sucedáneo de aquella vida eterna defendida en la mitología cristiana en la que había creído durante su infancia y su adolescencia, de manera que tal atractivo pudo influir en que asumiera esta doctrina con mucha mayor seguridad subjetiva que la que objetivamente le correspondía de acuerdo con los datos con que contaba. En definitiva, Nietzsche modificó el significado que inicialmente había dado al concepto de voluntad de poder porque sólo de ese modo era compatible con la doctrina del eterno retorno. En este sentido, escribió un pasaje especial y quizá intencionadamente elocuente relacionado con tal concepto y con ese doble significado, pero sin reconocer que se trataba de un nuevo concepto, muy distinto del que anteriormente había defendido, y expuesto de forma especialmente atractiva como si de ese modo hubiese querido transmitir la idea de que en todo momento lo había utilizado con ese doble significado que, sin embargo, era nuevo y contradictorio con el anterior, como se verá a continuación comparando diversos pasajes, de manera que en unos la voluntad de poder aparece con un valor únicamente integrador de fuerzas, mientras que en otros aparece finalmente con esa dualidad de valores, siendo contradictorio con el anterior en cuanto, si la voluntad de poder se caracterizaba por ser integradora de fuerzas, no podía a un mismo tiempo ser disgregadora de dichas fuerzas, y mucho menos si ya el propio término, voluntad de poder, hacía referencia al carácter exclusivamente integrador de dicha voluntad. Así, como ejemplos del uso del concepto de voluntad de poder con un sentido unidireccional integrador podemos ver pasajes como el antes citado y como los siguientes: - “Todo ser vivo se extiende todo lo que puede con su fuerza y somete a sí mismo a lo más débil: así se satisface.” - “Yo me guardo de hablar de “leyes” químicas: esto tiene un resabio moral. Se trata más bien de una absoluta constatación de las relaciones de poder: lo más fuerte se adueña de lo más débil, en la medida en que éste precisamente no puede imponer su nivel de independencia.” - “La vida misma es esencialmente apropiación, violación, dominación de lo extraño y débil, opresión, dureza, imposición de las propias formas, absorción y, cuando menos en la forma más suave, explotación [...] la vida es voluntad de poder . Es evidente a través de estos ejemplos el valor unidireccional con que Nietzsche presentó inicialmente la voluntad de poder, como imposición de poder de lo fuerte sobre lo débil o del fuerte sobre el débil. Conviene observar igualmente que no aplicó exclusivamente este valor unidireccional de la voluntad de poder al mundo biológico y en especial al humano, sino que lo aplicó al Cosmos en su totalidad, tal como queda de manifiesto en el pasaje antes citado que dice: “Yo me guardo de hablar de “leyes” químicas: esto tiene un resabio moral. Se trata más bien de una absoluta constatación de las relaciones de poder: lo más fuerte se adueña de lo más débil…” Sin embargo, en los dos siguientes pasajes, el segundo de los cuales es especialmente conocido y ambos pertenecen a los escritos póstumos sobre La voluntad de poder, esta fuerza aparece con ese carácter bidireccional antes mencionado, tanto integrador como disgregador de fuerzas. En este sentido, escribe Nietzsche: a) “ambos procesos —el de disgregación y el de concentración— deben entenderse como efectos de la voluntad de poder. Hasta en sus mínimos fragmentos tiene la voluntad de concentrarse. Mas para concentrarse en alguna parte, es forzado a diluirse en alguna otra parte” ; b) “¿Y sabéis qué es para mí “el mundo”? [...] Este mundo: una inmensidad de fuerza, sin comienzo, sin fin, una magnitud sólida y férrea de fuerza, que no aumenta ni disminuye, que no se consume, sino que sólo se transforma, inmutable-mente como un todo, una economía sin gastos ni pérdidas, pero asimismo sin crecimiento, sin ingresos, […] un mar de fuerzas que se precipitan sobre sí mismas y se agitan, cambiando eternamente, refluyendo eternamente, con enormes años de retorno, con un flujo y reflujo de sus formas, pasando desde las más sencillas a las más variadas, desde lo más tranquilo, rígido, frío a lo más ardiente, salvaje, contradictorio consigo mismo, y luego de nuevo volviendo desde la plenitud a lo simple, desde el juego de las contradicciones hasta el placer de la armonía [...]: éste es mi mundo dionisíaco del eterno crearse-a-sí-mismo, del eterno des-truirse-a-sí-mismo [...] Este mundo es la voluntad de poder ⸺¡y nada más! Y también vosotros mismos sois esta voluntad de poder —¡y nada más!” . En el primero de estos dos pasajes, el texto a, hablando de la voluntad de poder, escribe: “para concentrarse en alguna parte, es forzado a diluirse en alguna otra parte”. Ahora bien, el hecho de que la expresión “es forzado” aparezca sin un sujeto explícito puede ser especialmente significativo de que Nietzsche encontró en ese momento una seria dificultad para expresar su nuevo concepto de la voluntad de poder, teniendo que modificar su pensamiento, pues, como hasta este momento la voluntad de poder había tenido sólo un sentido integrador y no disgregador, posiblemente por ese motivo no escribió que “la misma voluntad de poder fuera la que activamente se disgregaba” sino sólo que “era forzada” a hacerlo. Pero, si eso hubiera sido así, la pregunta que surgiría a continuación es: ¿Por quién o por qué era forzada? ¿Qué podía forzar a la voluntad de poder o al Universo a diluirse o a disgregarse si la única fuerza existente en él era la voluntad de poder? Evidentemente sólo la misma voluntad de poder, a la que en estos momentos Nietzsche todavía no se atrevió a invocar de manera explícita como causa de la disgregación del Universo. Pero en el pasaje b Nietzsche asumió con la mayor naturalidad –al menos aparente- que la voluntad de poder abarcaba tanto “el eterno crearse-a-sí-mismo” como “el eterno destruirse-a-sí-mismo”, sin la mediación del misterioso personaje que había hecho de sujeto paciente del verbo “es forzado” del pasaje a. Por otra parte y siendo suspicaz, podría pensarse que la llamativa extensión de este último pasaje y su barroquismo poético fuera una manera de intentar llamar la atención sobre este aspecto del escrito para conseguir así que el final del pasaje, en el que se habla del carácter bidireccional de la voluntad de poder, pasara desapercibido, como si ése hubiera sido el punto de vista que hubiera estado defendiendo en todo momento a lo largo de su trayectoria filosófica, lo cual no era cierto. En cualquier caso, parece que a través de pasajes como estos dos últimos Nietzsche quiso solucionar el problema que se planteaba si seguía considerando la voluntad de poder con un carácter unidireccional único, como integradora de fuerzas, y no como una fuerza igualmente disgregadora, pues en tal caso era imposible que el eterno retorno se produjera, ya que no había forma de explicar cómo se completaba el proceso por el cual las formaciones de la voluntad de poder se destruían para dar lugar a un nuevo comienzo en el proceso de integración en una eterna repetición, en un eterno retorno. Parece evidente, pues, que Nietzsche se dio cuenta del problema consistente en cómo hacer compatibles la voluntad de poder y el eterno retorno, y que a partir de entonces y a fin de solucionarlo utilizó el concepto de voluntad de poder de una manera más amplia, abarcando ambos procesos antagónicos, pero sin reconocer su error anterior. Sin embargo y a fin de ser consecuente con su cambio conceptual, debería haber modificado no sólo el concepto de voluntad de poder sino también el término “voluntad de poder”, suprimiendo el añadido “de poder”, en cuanto el significado del término compuesto es el de una fuerza de carácter exclusivamente integradora de fuerzas, y debería haberlo sustituido por otro que abarcase en su significado tanto la integración como la disgregación de fuerzas. Parece, sin embargo, que no lo hizo porque eso habría significado reconocer su error inicial al haber criticado el concepto voluntad de Schopenhauer, pero la humildad no era una virtud para el pensador alemán. Evidentemente, si deseaba dar una explicación del ciclo del eterno retorno, tenía que encontrar una explicación respecto a la causa de los procesos disgregadores del Universo, en cuanto estos eran imprescindibles para completar el ciclo del eterno retorno. Pero lo que entonces quedaba sin explicar era la contradictoria tendencia de la voluntad de poder a integrar y a disgregar las diversas formaciones del Universo, pues el propio término -voluntad de poder- hacía referencia exclusivamente a su carácter integrador y no al disgregador. Quizá por este motivo E. Fink atribuyó erróneamente esta fuerza disgregadora al eterno retorno, a pesar de que éste no representaba ningún tipo de fuerza sino sólo la trayectoria temporal de los cambios que debían producirse en el Universo hasta completar todas sus posibilidades combinatorias para dar lugar a un nuevo ciclo, repetición del anterior, mientras que la voluntad de poder habría sido la única fuerza, el auténtico motor, sujeto agente y paciente de todos los procesos, y, por ello mismo, la fuerza única que habría determinado la trayectoria temporal cíclica de los fenómenos del Universo. En cualquier caso, quedarían sin responder algunas preguntas como las siguientes: a) ¿Son compatibles entre sí ambas tendencias de la voluntad de poder? En principio no lo parecen, pues evidentemente integrar es lo contrario de disgregar, y, si la voluntad de poder equivalía a voluntad de integración, no podía ser a un mismo tiempo voluntad de disgregación. Así que por mucho que Nietzsche afirmase finalmente que la voluntad de poder tendría esas dos formas de actuar, no ofrece en ningún momento una explicación de cómo podían derivar de la misma voluntad de poder, o, lo que viene a ser lo mismo, de la voluntad de integración. Esas dos fases de actuación de la voluntad de poder no serían sucesivas sino simultáneas, de manera que, mientras en determinada región del espacio la realidad se comportaba integrando, en otra lo haría disgregando lo antes integrado, pero sin buscar un fin de manera consciente, como pudo imaginar Hegel, y sólo desde la necesidad de las leyes naturales -leyes sin legislador, como precisaría Nietzsche-. En cualquier caso, el problema de cómo hacer compatibles una tendencia integradora y otra disgregadora en la misma voluntad de poder seguiría sin estar resuelto. 8.2. Críticas a E. Fink y a J. Habermas, y acuerdo parcial con W. Kaufmann Por lo que se refiere a la relación entre la voluntad de poder y el eterno retorno, y hasta cierto punto al menos como consecuencia de la propia incoherencia de Nietzsche respecto al cambio de significado asignado a la voluntad de poder, hay interpretaciones incorrectas, como las que se dan en los casos de E. Fink y J. Habermas, y una interpretación más acertada, la de W. Kaufmann, que me parece conveniente comentar: a) E. Fink (1905-1975), posiblemente por haber interpretado el concepto de voluntad de poder en el primer sentido que Nietzsche le dio, es decir, como una fuerza integradora, se equivoca al afirmar: “la voluntad de poder y el eterno retorno están relacionados por una extraña contradicción que no afecta a su verdad, sino que es precisamente la verdad radical de la vida, la contradicción de la vida misma [...] La voluntad de poder quiere forma. El eterno retorno destroza todas las formas. La voluntad de poder se proyecta al futuro; el eterno retorno convierte todo futuro en repetición y, por tanto, en pasado [...] La voluntad de poder y el eterno retorno se relacionan entre sí... como lo apolíneo y lo dionisíaco [...] Todos los productos de la voluntad de poder son en verdad ‘apariencia’. No hay cosas; sólo existe el devenir, la vida” . Cuando Fink concede al eterno retorno la facultad de destrozar todas las formas, se equivoca. Su error se debe especialmente a que sigue entendiendo la voluntad de poder en aquel sentido unidireccional integrador que había tenido dicho concepto a lo largo de gran parte de la producción filosófica de Nietzsche, y, por tal motivo, necesitaba encontrar alguna otra realidad que fuera capaz de realizar la inversa labor disgregadora del Universo. Sin embargo, no era el eterno retorno el que destruía las diversas formas o centros de fuerza construidos por la voluntad de poder, sino que, según el propio Nietzsche afirma, era esta misma voluntad de poder la que, precisamente como consecuencia del nuevo concepto bidireccional, integrador y disgregador, que el pensador alemán finalmente le atribuyó, generaba todos los procesos del Universo, tanto integradores como disgregadores de fuerzas. Por otra parte, aunque resulte atractiva la idea de establecer un paralelismo entre los conceptos de lo dionisiaco y lo apolíneo por una parte, y los de “voluntad de poder” y “eterno retorno” por otra, tal paralelismo resulta inaceptable, pues, aunque la “voluntad de poder” sí podría equipararse con lo dionisiaco, como fondo unitario del que surgen sus diversas manifestaciones apolíneas, el “eterno retorno” nada tiene que ver con el concepto de lo apolíneo, en cuanto sólo hace referencia al interminable proceso temporal en el que las diversas configuraciones del Universo se realizan, configuraciones limitadas, a pesar de su enormidad, como consecuencia de que el Universo también es limitado, para a continuación disgregarse y repetir infinitas veces los mismos procesos de integración y disgregación, en cuanto la fuerza que la impulsa nunca se pierde y en cuanto las configuraciones de dicha fuerza, por muy numerosas que sean, acaban por agotarse como consecuencia del carácter limitado de las posibles configuraciones del Universo. Además, conviene tener presente que Nietzsche se sirvió de los conceptos de lo apolíneo y lo dionisiaco ya hacia 1872, mientras que su aceptación del Eterno Retorno sólo se produjo a partir de 1881 y nada tuvo que ver con su referencia a las efímeras realidades apolíneas, manifestaciones de la realidad dionisiaca, del mismo modo que las realidades fenoménicas del Universo sólo eran la expresión de la voluntad de poder en cada momento del tiempo. Parece que Fink asumió el primer concepto de voluntad de poder en el que ésta tenía un carácter exclusivamente integradora de fuerzas y no llegó a tomar conciencia de los textos en que Nietzsche modificó dicho concepto, que pasó a hacer referencia a esas dos fuerzas antagónicas, la integradora y la disgregadora, y por este motivo atribuyó al eterno retorno la tarea disgregadora que el pensador alemán inicialmente había dejado sin asignar a fuerza alguna hasta que finalmente la asignó a la voluntad de poder, en cuanto no existía ninguna otra fuerza en el Universo y en cuanto comprendió que sin la fase de disgregación el eterno retorno era imposible. b) Una opinión similar a la de E. Fink fue la defendida por J. Habermas (1929), quien hizo referencia a… …“la relación dialéctica que guardan entre sí estas dos tesis, [la de la voluntad de poder y la del curso cíclico de la naturaleza] al parecer, inconciliables” . En este caso concreto la opinión de Habermas acerca del supuesto carácter “inconciliable” entre la voluntad de poder y el eterno retorno puede ser comprensible en cuanto, efectivamente, en un primer momento Nietzsche entendió la voluntad de poder como fuerza únicamente integradora de fuerzas menores, por lo que, de acuerdo con tal concepto, la voluntad de poder y el eterno retorno eran “inconciliables”, puesto que la voluntad de poder se dirigía en una única dirección, integradora de fuerzas, y, en consecuencia, no había forma de explicar el proceso de disgregación de esas mismas fuerzas para que dieran lugar a un nuevo ciclo. Ahora bien, si se tiene en cuenta que, de hecho, aunque sin previo aviso del motivo, Nietzsche modificó su concepto de voluntad de poder, atribuyéndole tanto la integración como la disgregación de fuerzas, en tal caso la voluntad de poder y el eterno retorno dejaban de ser “inconciliables”. No obstante, seguiría presentándose el problema de cómo explicar que una misma y única fuerza, la voluntad de poder, cuyo sentido, según Nietzsche, había sido el de la integración de fuerzas, actuase de pronto de esa nueva manera, tan opuesta a la anterior, integrando y disgregando los diversos centros de fuerza del Universo. En cualquier caso, los conceptos de voluntad de poder y eterno retorno serían compatibles, siempre que la voluntad de poder se entendiera en el sentido último que le dio Nietzsche, y al margen de que la doctrina del eterno retorno fuera o no acertada por sí misma, aunque por otros motivos. Así que parece que o bien Habermas -por extraño que pueda parecer- no conocía los textos póstumos de Nietzsche, en los que utilizó el concepto de voluntad de poder en ambos sentidos, como integradora y como disgregadora de fuerzas, o bien no se percató del cambio conceptual introducido por Nietzsche. Pero, si Habermas hubiera entendido que desde el cambio de enfoque introducido por Nietzsche la voluntad de poder poseía ambas cualidades, la de integración y la de disgregación de fuerzas, habría comprendido que en tal caso la voluntad de poder era compatible con el eterno retorno. c) Por su parte y en relación con esta misma cuestión, W. Kaufmann (1921-1980) presentó una interpretación distinta a las de Fink y Habermas, considerando acertadamente que en los últimos años de su actividad filosófica Nietzsche habría defendido la voluntad de poder como único principio fundamental: “La diferencia fundamental entre las teorías anterior y posterior de Nietzsche es que su filosofía última se basa en la aceptación de un único principio básico [...] Cuando Nietzsche introdujo la voluntad de poder en su pensamiento, todas las tendencias dualistas que había aceptado anteriormente pudieron reducirse a meras manifestaciones de este impulso básico” . Y, efectivamente, el punto de vista de W. Kaufmann resulta más acertado que los anteriores, pues desde la perspectiva de Nietzsche la única fuerza que determina los cambios del Universo es la voluntad de poder, que se identifica además con el mismo Universo, mientras que el eterno retorno no representa fuerza alguna sino sólo la trayectoria temporal de carácter circular relacionada con los cambios del Universo, en el que la voluntad de poder determinaría la serie total de sus posibles disposiciones integradoras y disgregadoras. Por ello, Kaufmann acierta cuando afirma que la filosofía última de Nietzsche “se basa en la aceptación de un único principio básico”, la voluntad de poder, pues el eterno retorno no era un “principio básico” sino sólo el carácter sucesivo de aquellas disposiciones del Universo. En definitiva, cuando Nietzsche afirma que este mundo es “una inmensidad de fuerza, sin comienzo, sin fin, [...] con un flujo y reflujo de sus formas, pasando desde las más sencillas a las más variadas, desde lo más tranquilo, rígido, frío a lo más ardiente, salvaje, contradictorio consigo mismo, y luego de nuevo volviendo desde la plenitud a lo simple, [...] éste es mi mundo dionisíaco del eterno crearse-a-sí-mismo, del eterno destruirse-a-sí-mismo [...]” , al menos consigue presentar como compatibles la voluntad de poder y el eterno retorno, aunque no alcance a explicar las leyes que regirían en ese misterioso proceso eterno, con su doble y contrapuesto movimiento. Pues se trata de un movimiento contrapuesto porque, si el resultado integrador último de los cambios efectuados por la voluntad de poder da lugar finalmente a la misma estructura “inicial” de un pasado remoto, la única explicación (?) de ese proceso sería la de que su actividad habría sido tanto integradora como disgregadora, a no ser que, desechando ambos conceptos, se hablase exclusivamente de una actividad simplemente ciega que habría dado lugar a múltiples y diversas combinaciones sucesivas hasta que su totalidad se hubiera completado, dando lugar a continuación a la repetición de todas ellas en un eterno retorno, de forma que el Universo sería la única máquina de “movimiento continuo” en cuanto nada existiría fuera de él por donde pudiera escapar su energía. Por otra parte, sin embargo, resulta sorprendente que Kaufmann no mencionase en ningún momento el cambio tan radical que Nietzsche introdujo en el concepto de la voluntad de poder a fin de explicar el proceso del eterno retorno. Y resulta curioso que precisamente esta nueva manera de entender la voluntad de poder se acerque de nuevo a –o incluso llegue a identificarse con- aquel concepto de “voluntad”, anteriormente utilizado por Schopenhauer e inicialmente por el propio Nietzsche, corrigiéndolo después para luego tener que recuperarlo de nuevo. Tal vez, el bochorno ante la toma de conciencia de su propia evolución de ida y vuelta, en cuanto inicialmente había aceptado el concepto de voluntad de Schopenhauer para luego criticarlo y para finalmente volverlo a asumir, le frenó por completo a la hora de reconocer de manera explícita estos cambios conceptuales tan importantes en su pensamiento cosmológico. Por otra parte, desde esta nueva perspectiva habría mayor afinidad entre los planteamientos de Nietzsche y los de científicos como Richard Tolman, que plantean la hipótesis de un universo oscilante –y por lo mismo cíclico- como alternativa a la de quienes defienden la hipótesis del Universo como una realidad que habría comenzado de manera absoluta (!) a partir del big bang, como el mismo papa Juan Pablo II se atrevió a proclamar, pretendiendo dar lecciones a científicos como Stephen Hawkins y otros, y advirtiéndoles de que “estaba bien estudiar la evolución del universo después del big bang, pero que no debíamos indagar en el big bang mismo, porque se trataba del momento de la Creación y por lo tanto de la obra de Dios” . Pero dejando a un lado las atrevidas opiniones dogmáticas de este señor pontificando desde la ignorancia, seguimos adelante con el pensamiento de Nietzsche. Desde el cambio conceptual producido, no habría contradicción en el pensamiento de Nietzsche por lo que se refiere a la compatibilidad entre la voluntad de poder y el eterno retorno, pero el problema consistía en que en una gran parte de sus escritos la voluntad de poder aparecía con el único sentido de fuerza integradora, lo cual dejaba sin explicar cuál era la causa de la disgregación de los centros de fuerza previamente integrados. Además, el hecho de que, frente al simple concepto de voluntad, afirmado por Schopenhauer para referirse a la fuerza que originaba todas las formaciones del Universo, Nietzsche introdujera su voluntad ‘de poder’, especificando para dicha voluntad una determinada dirección, cerraba el paso para introducir de manera consistente una variación conceptual nueva que fuera compatible con la cualidad contraria, es decir, como voluntad ‘disgregadora’, ya que, en tal caso, habría sido no sólo superfluo sino además contradictorio entenderla como voluntad ‘de poder’, término que sólo guardaba afinidad con el carácter integrador de dicha fuerza, de acuerdo con las explicaciones del propio Nietzsche y que, por ello mismo, podría haber llamado también voluntad ‘de integración’, pero que resultaba inadecuado para hacer referencia a la fase “disgregadora” de dicha voluntad de poder. En cualquier caso, cuando en el pasaje antes citado de La voluntad de poder escribe Nietzsche: “éste es mi mundo dionisíaco del eterno crearse-a-sí-mis-mo, del eterno destruirse-a-sí-mismo [...] Este mundo es la voluntad de poder —¡y nada más!”, esta contraposición entre el crearse-a-sí-mismo y el destruirse-a-sí-mismo podría haber sido aceptable si el propio Nietzsche no hubiera utilizado en tantas ocasiones el concepto de voluntad de poder en el exclusivo sentido unidireccional de integración de fuerzas a que había hecho referencia en tantas ocasiones, o si, en el caso de modificar el concepto de voluntad de poder, al menos hubiera advertido de manera explícita del cambio conceptual realizado y de la justificación de dicho cambio. Sin embargo, en ningún momento presentó una explicación del motivo de este cambio, y, además, resulta sintomático que los pasajes citados en que defiende ese doble valor de la voluntad de poder pertenezcan ambos a su obra póstuma. Parece que el motivo de que no diera una explicación de este cambio conceptual pudo relacionarse con la vehemencia con que anteriormente había defendido el carácter exclusivamente integrador de la voluntad de poder, hasta el punto de renegar del término “voluntad de vivir” que Schopenhauer había dado a dicha fuerza referida al mundo biológico, pero que luego, al comprender la incompatibilidad de tal sentido de la voluntad de poder con el eterno retorno, lo modificó para que fuera compatible con esta otra teoría. Es posible que tuviera un fuerte reparo en reconocer su error anterior, y que, por ello, no se decidiera a dar una explicación del motivo de dicho cambio conceptual. Por otra parte, hay que hacer todavía una puntualización que resulta bastante sintomática: Cuando Nietzsche introdujo su cambio conceptual de la “voluntad de poder”, lo hizo especialmente a nivel cosmológico, refiriéndolo a la tendencia del Uni-verso a integrar, pero también a disgregar, los distintos centros de fuerza en unidades cada vez mayores o menores. Sin embargo, no generalizó de hecho este cambio conceptual aplicándolo también a cuestiones de carácter biológico y humano, a pesar de que tal fuerza no debería haber tenido excepción de ninguna clase, ya que había rechazado que en estos dos planos de la realidad, el cosmológico y el biológico, la voluntad de poder actuase de distinto modo por la sencilla razón de que juzgó acertada-mente que en realidad no se trataba de dos planos excluyentes sino de un único plano, y, en este sentido y de acuerdo con el hilozoísmo presocrático, había escrito de forma explícita: “la voluntad de poder gobierna también el mundo inorgánico, o mejor dicho […] no existe ningún mundo inorgánico” . Parece que, si no aplicó al ser humano este cambio conceptual, fue por la sencilla razón de que el único cambio que le interesaba era el necesario para presentar como compatibles la voluntad de poder y el eterno retorno, cambio que era especialmente importante desde la perspectiva cosmológica en cuanto desde ella era mucho más fácil tomar conciencia de la compatibilidad o de la falta de compatibilidad entre ambos conceptos, mientras que a nivel simplemente humano el cambio conceptual habría sido especialmente llamativo en cuanto había habido una serie de situaciones y de cambios históricos que Nietzsche había interpretado de acuerdo con aquel primer concepto de voluntad de poder, por lo que habría resultado especialmente llamativo explicarlos después desde el nuevo concepto, tan opuesto al anterior. Sin embargo, tal como se ha visto en el pasaje anterior, el propio Nietzsche proclama que no existen diferencias entre ambos planos de la realidad por la sencilla razón de que no hay dos planos sino uno solo, de manera que todo se debería regir por una misma voluntad de poder en cuanto no existían diferencias esenciales sino sólo aparentes en esa unidad que constituye el Universo y, por ello, era una incongruencia con su cambio conceptual que considerase los procesos históricos como manifestaciones de la voluntad de poder a nivel humano desde la perspectiva exclusivamente integradora de la voluntad de poder. Otra respuesta a este problema podría ser la de que el nuevo concepto de voluntad de poder era también aplicable a los sucesos humanos, pero que, como éstos ocupaban un lapso temporal minúsculo al lado del amplísimo ciclo cósmico, no podía percibirse el momento del ciclo en el que todas las conquistas biológicas y humanas se derrumbaban para volver a integrarse y a disgregarse eternamente como el resto de fenómenos cósmicos. Es verdad, por otra parte, que a lo largo de la historia biológica no observamos ningún momento en el que ninguna especie haya buscado su disgregación o destrucción, sino que todas -y la humana entre ellas- han luchado siempre por sobrevivir y triunfar en su lucha por la vida de acuerdo con la voluntad de poder en su exclusivo sentido integrador, al margen de que por diversos motivos muchas de ellas se hayan ido quedando en el camino. Y, aunque en el mundo biológico la lucha por la vida represente el modo de actuación de la voluntad de poder desde una perspectiva integradora, conviene tener presente que las fuerzas del Universo pueden oponerse entre sí y, en este sentido, diversos fenómenos astronómicos han podido determinar la extinción de la vida en diversas regiones del universo, pues la voluntad de poder no actúa de forma inteligente y armoniosa buscando determinado fin sino de forma ciega, aunque al parecer sometida a la necesidad, que lo mismo le conduce a la integración que a la disgregación de las diversas configuraciones que provoca en el Universo, pues la inteligencia no es una cualidad del Universo en cuanto tal -como suponía Hegel- sino sólo de diversos seres vivos, como la especie humana. Hay, además, otros problemas a los que Nietzsche no se enfrenta: En primer lugar, cuando dice que este mundo, impulsado –o incluso constituido- por la “voluntad de poder”, “se crea a sí mismo eternamente y eternamente a sí mismo se destruye”, afirma, pero no demuestra, la necesidad constante que presidiría estos movimientos del Universo, demostración que, por otra parte, era imposible. En relación con esta cuestión conviene recordar que ya Hume señaló acertadamente que la experiencia sólo nos presenta hechos, pero no la necesidad por la que tendemos a suponer que estarían conectados, por muchas veces que hayamos observado su sucesión permanente. Por ello, la afirmación de Nietzsche acerca de la necesidad que preside los cambios del Universo puede aceptarse sólo como una hipótesis, pero nunca como una tesis demostrable y, por ello, en el mejor de los casos la doctrina del eterno retorno sólo podría tener ese mismo carácter de simple hipótesis.

No hay comentarios: