jueves, 23 de octubre de 2014

DIÁLOGO SOBRE EL ABORTO ENTRE UN CATÓLICO Y UN ATEO

Por lo que se refiere al aborto, parece efectivamente que, si la doctrina actual de la jerarquía católica fuera correcta al considerar que un cigoto fuera ya un ser humano, no tendría ningún sentido su preocupación por su continuidad vital “en este valle de lágrimas”, ya que su aparente muerte no sería otra cosa que un tránsito directo a la vida eterna para unirse definitivamente con Dios, vida en la que dicen creer los dirigentes católicos. Sin embargo, la realidad de lo que sucede en la práctica es muy contraria a estas consideraciones, de manera que los dirigentes de esta secta suelen hablar escandalizados acerca del aborto e incluso, cuando ofician un funeral de algún niño, no manifiestan alegría alguna porque el niño “haya pasado a mejor vida”, sino que suelen manifestar con sus palabras y con sus gestos unos sentimientos de aflicción que no parecen nada congruentes con su teórica creencia en la vida eterna de que va a gozar ese niño a partir del momento de su “muerte aparente”.   
Esta cuestión podría expresarse mediante un hipotético diálogo entre un católico y un ateo, como podría ser el siguiente:
- Pero, ¿acaso no crees en la vida eterna? –podría preguntar el ateo que hubiera realizado las anteriores reflexiones.
-¿Cómo que no creo? ¡Pues claro que sí! –podría responder el católico, un tanto desconcertado.
-Entonces ¿por qué te preocupa el tema del aborto?
- Pues, ¡porque el aborto es un asesinato!
-Bueno. Eso me parece una afirmación precipitada, pues no es lo mismo abortar un embrión que un feto. Habría que averiguar primero si el cigoto, el embrión o el feto son seres humanos, o en qué casos sí y en qué casos no.
-Pues para mí no hay ningún problema. Tanto el cigoto como el embrión y el feto son seres humanos, y, en consecuencia, un aborto voluntario es un asesinato.
-Pero, vamos a ver: Si consideras que el mismo cigoto es ya un ser humano, desde el punto de vista de tu religión su aborto implicaría que desde ese momento comenzaría a gozar de la vida eterna. ¿Es así o no? Y, si es así, ¿no te parece que de ese modo se le estaría haciendo un enorme favor? ¿No te das cuenta de que así se le evitarían los peligros de la vida terrena y los riesgos que ésta conlleva para su eterna salvación? No olvides que, según la doctrina de tu religión, ¡quienes mueren siendo niños van al Cielo! ¡Ni siquiera pasarían por el Limbo, que reciéntemente el papa declaró inexistente, ni por el Purgatorio! ¿No sería ése el mejor regalo que podría hacerse a esos supuestos seres humanos en el caso de que lo fueran de verdad?
-Pero ¿cómo se te ocurre semejante monstruosidad? ¿quién te crees que eres, para arrogarte el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona y de su vida debe estar por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sé que, según tu religión, el aborto es inmoral, pero la verdad es que no entiendo por qué quienes creéis en una vida eterna calificáis de inmoral una acción como ésa, que no significa otra cosa que cambiar esta vida, tan llena de penalidades y de peligros, por esa otra que, según vosotros, implicaría una felicidad plena y eterna. Piensa además que, al menos desde vuestra religión, el aborto ni siquiera implicaría privar de la vida a nadie sino sólo cambiarle esta vida, llena de miseria y de dolor, por la vida auténtica. ¿Conoces el inspirado comienzo de un poema de una de vuestras “santas”, Teresa de Jesús, que dice:
“Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero”?
¿No ves qué bien refleja esa ansia de morir por alcanzar la vida verdadera? ¿Qué otra cosa hace quien aborta, en el caso de que su aborto sea ya de un ser humano, sino proporcionar a ese ser humano una instantánea posesión definitiva de esa vida eterna a la que Teresa de Jesús tanto aspiraba?
-¡No me líes con una simple poesía, por muy de Santa Tere-sa que sea! ¡Sabes muy bien que el aborto es un asesinato y todo asesinato es inmoral!
-¡Qué obsesión! Eso de que sea inmoral podría caber en una ética atea como la mía, en cuanto no creamos en otra vida distinta de ésta, pero no entiendo cómo puede caber en la vuestra en cuanto, según parece, no creéis en la muerte, ya que consideráis que una vida viene seguida por la otra sin que exista un tiempo en el que nadie deje de existir, ya que decís que el alma es inmortal. ¿A qué viene, pues, tanto escándalo por colaborar en ese tránsito de una vida terrenal a la vida eterna, sabiendo además que de ese modo el supuesto ser humano abortado pasa a gozar de la vida eterna sin tener que sufrir los daños de ésta y, sobre todo, sin pasar por el riesgo de ser condenado al fuego eterno del Infierno, en cuanto se le libra de la posibilidad de pecar? Supongamos que, como tú dices, la acción de privar de la vida a un feto fuera inmoral. Te insisto en la pregunta: Si con tal acción, consiguiera que ese supuesto ser humano, fuera directamente al Cielo, como afirma vuestra religión, ¿no crees que le haría un favor impagable? Y además, ¿qué clase de inmoralidad habría en una acción así, cuando lo que se conseguiría con ella es la garantía más absoluta de su eterna salvación? ¿No crees que lo que digo es más que razonable?
-¡Lo que creo es que terminarás en un psiquiátrico si sigues  con esos absurdos razonamientos!
-¿Por qué absurdos? Te aseguro que, si yo tuviera la fe que tú dices tener, no me habría importado haber “muerto” como un simple aborto, pues a estas horas hace ya tiempo que estaría gozando de la “vida celestial” a la que todos los católicos decís aspirar.
- Pero, ¡¿cómo puedes hablar tan a la ligera de asesinatos como si fueran obras de caridad?! No puedo creer que estés hablando en serio.
-Pues la verdad es que el argumento que te he dado me parece que no tiene réplica. Pero, si no te parece suficiente, podría añadir que el ejemplo que vuestro dios nos da, según los escritores de lo que vosotros llamáis “palabra de Dios”, sería más que suficiente para obrar de ese mismo modo. ¡Son tantas las ocasiones en que vuestro dios mata por simple ira, por venganza irracional, por crueldad… que me asombra que os escandalicéis de un simple aborto y permanezcáis callados ante la barbarie inefable de vuestro dios! Te repito que hablo en serio, aunque quiero dejar claroque no estoy hablando de lo que yo creo sino de lo que implican las doctrinas que defiende vuestra religión. Y así, si yo creyera firmemente en esas doctrinas, te digo sinceramente que no sabría cómo refutar el argumento que te he expuesto.
-¡Pues yo tengo esas creencias y precisamente por ellas estoy seguro de que tu idea es una monstruosidad!
-Entiendo que la conclusión te parezca a simple vista algo monstruoso, pero creo igualmente que, si la ves así, es porque olvidas que en realidad no hay muerte –al menos según vuestras doctrinas-, que en realidad sólo existe un tránsito de una forma de vida miserable a una vida plena de felicidad.
-¡Por favor! ¡No me digas que hablas en serio!
-¡Pues claro que hablo en serio! ¡¿Acaso he omitido algún punto esencial de vuestras doctrinas?! ¿Acaso mi razonamiento es incorrecto? Y, si no es así, ¿podrías rebatirlo?
-Yo me guío por la fe y por las doctrinas de la iglesia católica. Tú confías con soberbia en el poder de tu razón y así no podemos llegar a ningún acuerdo. 
-Ya sé que al servirme de mi razón puedo equivocarme muchas veces, pero piensa que incluso para seguir una fe o unas doctrinas de esta o de otra religión es mi razón, por limitada que sea, la que tiene que orientarme acerca del valor o falta de valor de los contenidos de cualquier fe y de las doctrinas que me propongan, pues en caso contrario, tendría que tener fe en todas las religiones de que me hablasen.
-¡Allá tú y tu razón!
Seguramente el diálogo podría continuar o terminar así, pues ni la razón proporciona creencias ni la fe proporciona razones, por lo que el diálogo sería inútil mientras el católico quisiera imponer sus creencias y el ateo se empeñase en seguir razonando. 
No obstante y atendiendo a sus actitudes, parece que en el fondo pocos dirigentes de la secta católica creen en la vida eterna de la que tanto hablan, tanto por su actitud tan irracional ante el aborto como por la desolación y tristeza -al menos aparentes- con que realizan sus ritos funerarios, como si el difunto hubiera muerto definitivamente en lugar de haber pasado a mejor vida. Es totalmente insólito ver a algún cura sonriendo lleno de satisfacción en el entierro de un niño pequeño, a pesar de que debería estar contento y felicitar a sus padres por tener en el Cielo, fuera de cualquier peligro, a ese niño al que tanto quieren. Y los mismos padres, en cuanto fueran auténticos católicos, deberían igual-mente sentirse felices en la misma medida en que creyesen en la vida eterna, a pesar de que fuera comprensible que a la vez estuviesen tristes por no contar ya con la presencia física de ese niño que tan felices les hacía, y por no poder estar con él educándolo, dándole de comer y disfrutando de darle cariño y recibiéndolo de él.   

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