domingo, 12 de octubre de 2014

DIÁLOGO ENTRE EL DIOS CATÓLICO Y SATÁN

DIÁLOGO ENTRE EL DIOS CATÓLICO Y SATÁN
Acerca de la contradicción entre el supuesto amor infinito del dios católico y el castigo del Infierno, y acerca de otros problemas de interés relacionados con la dogmática católica.
Paseaba un día Yahvé por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le saludaba en tono familiar:
-Buenos días, Yahvé. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar en este lugar hablándome con ese atrevimiento?! –le contesto Yahvé desagradablemente sorprendido ante esa presencia inesperada, y doblemente molesto porque se había percatado de que el demonio se reía al ver el sobresalto que había provocado en Yahvé aquel súbito encuentro-.
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta man-tener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo más que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios, en sentido auténtico, sólo puede haber uno y ése era yo.
-Pues ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber que se siente siendo Dios. Además, si ése que dicen que es tu hijo dijo “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”[1], ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Además, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, ¡si ya estoy en el Infierno!?
-¿Que ya estás en el Infierno? ¡Pues la cosa todavía podría empeorar! Dame las gracias de que te consienta salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo, o con mi última creación, esos seres humanos, que casi me han salido tan mal como tú.
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? Encima de que me tienes condenado, ¿quieres que te dé las gracias? ¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que es infinita.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales, que andan bastante perdidos.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero..., ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues, para ser sincero debo decirte que también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mí tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, no lo impediste y luego me enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, Satán, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Satán, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!!
-No se trata de venganza, es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, Satán, pues para ser un mal nacido hace falta haber nacido, pero sabes que yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”…!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa estupidez de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna estupidez! ¡Y no me hagas hablar más de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mí no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-¿Si no quiero que…? ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decir-te que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…una comedia ridícula y patética.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Qué absurdo!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: ¡Los hijos son culpables de lo que hacen sus padres! ¡Y también los hijos de los hijos! ¡Y los hijos de los hijos de los hijos! ¡¿No te fastidia?!
-No sé... Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
- ¿Tú? ¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros, ¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces de entender que, por definición, la perfección de un dios como debe ser, tanto si lo llaman “Padre” como si lo llaman “Hijo” o como si lo quieren llamar “Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya, tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien para engañar a los ingenuos, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si querías ser infinitamente misericordioso, con tus castigos metiste tu divina patita hasta el fondo. ¿O no te has dado cuenta todavía de la contradicción que existe entre ser misericordioso y dedicarte a castigar a diestro y siniestro? Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo! ¡Estás tú listo! Y, en cuanto a lo de mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te prohíba salir del Infierno durante varios millones de siglos, que, encima de que te consiento que salgas de vez en cuando, siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te niego que también quiera que me levantes el castigo, pero, al margen de mi interés personal, deberías reconocer que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que ese daño tenga ninguna utilidad positiva! ¡A ver si te enteras de una vez!
-¿Tú crees...?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece que tanta eternidad te haya atrofiado la inteligencia!
-¡No empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno?! ¡Te has pasado un poco! ¿No te parece? ¡¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para otra cosa que para hacerle sentir tu poder y tu sadismo?! ¡¡¿Es posible que no lo entiendas?!!
-¡Ay, Satán! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos equivocar-nos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente a lo largo de tantos siglos se te haya subido a la cabeza y te haya llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! ¡Llevo ya mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y vengativa! ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas, como aquél al que los huma-nos llamaban Calígula! Además, tu propio hijo iba predicando por ahí que había que amar a los enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre esa cuestión, pero reconozco que lo que dices parece tener algún sentido. Así que por esta vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aun-que no te prometo nada.
-Bueno, llevo yo tanto tiempo de condena que me conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano. Pero antes qui-siera añadir un argumento más en defensa de la absoluta inocencia mía y de la de esos pobres humanos con los que te distraes en medio de tu divina soledad.
-Vale, Satán. Di lo que sea, pero date prisa, que empiezo a cansarme de esta conversación por tu falta de repeto.
-Pues lo que tengo que decirte es muy grave, aunque la ver-dad es que no te veo con una predisposición adecuada para atenderme y mucho menos para entenderme.
-¡Me estás impacientando! ¡Di lo que quieras, y no me hagas perder el tiempo!
-Pues, bien. Allá va: Resulta que, tanto por los escritos inspirados por ti –según dicen los dirigentes católicos- en ese libro de los humanos que llaman “La Biblia y por alguno de tus teólogos, como ese al que llaman “Santo Tomás de Aquino”, me he dado cuenta de que hay un argumento decisivo según el cual, si quieres ser coherente con la razón, deberías abolir por completo cualquiera de los castigos que a lo largo del tiempo has ido inventando para tu sádico disfrute personal.
-¿A qué vienen esos insultos? ¿Desde cuándo mis castigos son un simple disfrute para mí? Sabes que eso no es cierto, que mis castigos son una consecuencia de que tanto tú como tus seguidores os habéis empeñado en hacer lo que os ha dado la gana en lugar de obedecer mis mandatos.
-No voy a discutir ahora sobre esos mandatos ni sobre el derecho que tenías a tratar de imponerlos. El problema es mucho más grave, y, además... ¡sabes muy bien de qué estoy hablando!
-No me vengas con enigmas y suelta de una vez qué es eso de que quieres hablarme.
-Pues te lo voy a decir, pero la verdad es que me siento tan indignado que casi me repugna hablarte de este tema.
-Me estas dejando intrigado. ¿Quién iba a decir que Satán pudiera llegar a sentirse “indignado”? Casi es una novedad para mí.
-Ya sé que para ti no es una novedad, pues como ser omnisciente imagino que sabes todo lo que voy a decir y a hacer en todo momento, aunque juegues a hacerte el tonto, como si todo esto fuera imprevisible y dependiera de mis ocurrencias de cada momento.
-Vale, está bien, Satán. La verdad es que me dais pena y por eso os sigo el juego y hablo con vosotros como si no supiera de antemano qué es lo que me vais a decir... Tienes razón, pero no creo que debas enfadarte por eso.
-¡Pero el asunto es mucho más serio!
-¿Por qué dices eso?
-Pero, ¡si lo sabes...!
-No te hagas el interesante y dime lo que tengas que decir, que ya me estoy cansando de esta conversación.
-Pues el problema consiste en que, como te decía antes, me he enterado de que tú no sólo sabes todo, el pasado, el presente y el futuro, lo cual es ya de por sí especialmente grave, sino que, según la Biblia –ese libro que antes he nombrado- y, según teólogos como Tomás de Aquino, tú no sólo sabes y sabías lo que cada una de tus creaciones humanas y demoníacas  íbamos a hacer o a decir en cada momento, sino que además ¡fuiste tú quien decidiste que hiciéramos o dijésemos cada una de las acciones o palabras que dijimos! ¡Y fuiste tú quien decidiste que sintiéramos el deseo de hacer o de decir aquello que en apariencia “hicimos” cada uno de nosotros; incluso decidiste que cometiéramos cada uno de nuestros supuestos delitos! ¡¿Cómo es posible que ahora tengas el cinismo de castigarnos al fuego eter-no cuando sólo hemos sido los juguetes con los que te has esta-do entreteniendo?!       
-Vale, Satán. Ya veo que has aprendido a razonar un poco. Sólo te ha faltado descubrir que yo mismo te programé para que justo ahora realizases estos razonamientos acerca de mi predeterminación absoluta de todo. Pero ahora no me apetece seguir hablando contigo. Recuerda sólo que yo soy quien manda y que nada ni nadie está por encima de mí para pedirme cuentas por lo que hago. Así que déjame en paz. Ya seguiremos hablando en otro momento.
-¡No te apetece seguir hablando porque sabes que tengo razón y no se te ocurre qué replicarme, por muy Dios que seas!
-No sigas agobiándome. Ya seguiremos en otro momento. Ahora tengo que dejarte. Me voy a crear unas cuantas galaxias. ¡Ah! ¡Y sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso! Déjame ya tranquilo y vete al Infierno, que parece que hayas olvidado que estás castigado.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!
-¡Ja, ja! De nuevo vuelves a decir las palabras que había programado que dijeras. ¡No te hagas ilusiones, que no puedes escapar a mi control! ¡Eres una simple marioneta mía y hago contigo lo que me apetece! ¡A ver si te enteras de una vez!



[1] Mateo, 5:48.

No hay comentarios: