DIÁLOGO
ENTRE EL DIOS CATÓLICO Y SATÁN
Acerca de la contradicción entre el supuesto amor
infinito del dios católico y el castigo del Infierno, y acerca de otros problemas
de interés relacionados con la dogmática católica.
Paseaba
un día Yahvé por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le saludaba
en tono familiar:
-Buenos días, Yahvé. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Quién te ha dado
permiso para estar en este lugar hablándome con ese atrevimiento?! –le contesto
Yahvé desagradablemente sorprendido ante esa presencia inesperada, y
doblemente molesto porque se había percatado de que el demonio se reía al ver
el sobresalto que había provocado en Yahvé aquel súbito encuentro-.
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se
me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta man-tener las
distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que
te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más
quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y
la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para
enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te
rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que
pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen
que Dios es lo más que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios, en sentido auténtico,
sólo puede haber uno y ése era yo.
-Pues ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber
que se siente siendo Dios. Además, si ése que dicen que es tu hijo dijo “sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”[1],
¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Además, ¿qué
méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar
muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, ¡si ya estoy en el
Infierno!?
-¿Que ya estás en el Infierno? ¡Pues la cosa todavía
podría empeorar! Dame las gracias de que te consienta salir a pasearte por la
Tierra e incluso encontrarte conmigo, o con mi última creación, esos seres
humanos, que casi me han salido tan mal como tú.
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás
pasando? Encima de que me tienes condenado, ¿quieres que te dé las gracias?
¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi
paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que
es infinita.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande,
pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones
en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos
terrenales, que andan bastante perdidos.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo
supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero..., ahora que lo pienso, me
parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de Dios. ¿Tengo razón o
no?
-Pues, para ser sincero debo decirte que también yo
lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de
que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más
humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me
resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser
de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mí
tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que
yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, no lo impediste y luego me
enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, Satán, pero, como Dios que soy, no me
gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da
vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más
sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de
ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo
infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Satán, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan
vengativo!!
-No se trata de venganza, es el castigo que te
mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es
un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, Satán, pues para ser un
mal nacido hace falta haber nacido, pero sabes que yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que
verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de
tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi
amor es infinito”…!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los
hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de
eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu
hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa estupidez de que “los
caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna estupidez! ¡Y no me hagas hablar más
de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mí no me la pegas tú!
Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa
representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-¿Si no quiero que…? ¿Qué más puedes hacerme?
¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decir-te que
eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…una
comedia ridícula y patética.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos
terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con
una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el
sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Qué absurdo!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva.
¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: ¡Los hijos son culpables de lo que
hacen sus padres! ¡Y también los hijos de los hijos! ¡Y los hijos de los hijos
de los hijos! ¡¿No te fastidia?!
-No sé... Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios,
no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los
humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
- ¿Tú? ¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos
eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros,
¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has
creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces
de entender que, por definición, la perfección de un dios como debe ser, tanto
si lo llaman “Padre” como si lo llaman “Hijo” o como si lo quieren llamar
“Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya,
tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien para
engañar a los ingenuos, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si
querías ser infinitamente misericordioso, con tus castigos metiste tu divina
patita hasta el fondo. ¿O no te has dado cuenta todavía de la contradicción que
existe entre ser misericordioso y dedicarte a castigar a diestro y siniestro?
Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son
los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás
insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita
salir del Infierno y regresar al Cielo! ¡Estás tú listo! Y, en cuanto a lo de
mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te prohíba salir del
Infierno durante varios millones de siglos, que, encima de que te consiento que
salgas de vez en cuando, siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los
hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te niego que también quiera que me levantes el
castigo, pero, al margen de mi interés personal, deberías reconocer que lo que
te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los
últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta
misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño
sin que ese daño tenga ninguna utilidad positiva! ¡A ver si te enteras de una
vez!
-¿Tú crees...?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece
que tanta eternidad te haya atrofiado la inteligencia!
-¡No empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu
supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno
como ese del Infierno?! ¡Te has pasado un poco! ¿No te parece? ¡¿Qué padre
condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles
sufrimientos que no sirvieran para otra cosa que para hacerle sentir tu poder y
tu sadismo?! ¡¡¿Es posible que no lo entiendas?!!
-¡Ay, Satán! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos
equivocar-nos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente
a lo largo de tantos siglos se te haya subido a la cabeza y te haya llevado a
confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! ¡Llevo ya
mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y
vengativa! ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo
propio de tiranos psicópatas, como aquél al que los huma-nos llamaban Calígula!
Además, tu propio hijo iba predicando por ahí que había que amar a los
enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy
tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres
humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre esa cuestión,
pero reconozco que lo que dices parece tener algún sentido. Así que por esta
vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aun-que no te prometo nada.
-Bueno, llevo yo tanto tiempo de condena que me
conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con
la razón y no con el capricho de un tirano. Pero antes qui-siera añadir un
argumento más en defensa de la absoluta inocencia mía y de la de esos pobres
humanos con los que te distraes en medio de tu divina soledad.
-Vale, Satán. Di lo que sea, pero date prisa, que
empiezo a cansarme de esta conversación por tu falta de repeto.
-Pues lo que tengo que decirte es muy grave, aunque
la ver-dad es que no te veo con una predisposición adecuada para atenderme y
mucho menos para entenderme.
-¡Me estás impacientando! ¡Di lo que quieras, y no
me hagas perder el tiempo!
-Pues, bien. Allá va: Resulta que, tanto por los
escritos inspirados por ti –según dicen los dirigentes católicos- en ese libro
de los humanos que llaman “La Biblia” y por alguno de tus teólogos, como ese
al que llaman “Santo Tomás de Aquino”, me he dado cuenta de que hay un
argumento decisivo según el cual, si quieres ser coherente con la razón,
deberías abolir por completo cualquiera de los castigos que a lo largo del
tiempo has ido inventando para tu sádico disfrute personal.
-¿A qué vienen esos insultos? ¿Desde cuándo mis
castigos son un simple disfrute para mí? Sabes que eso no es cierto, que mis
castigos son una consecuencia de que tanto tú como tus seguidores os habéis
empeñado en hacer lo que os ha dado la gana en lugar de obedecer mis mandatos.
-No voy a discutir ahora sobre esos mandatos ni
sobre el derecho que tenías a tratar de imponerlos. El problema es mucho más
grave, y, además... ¡sabes muy bien de qué estoy hablando!
-No me vengas con enigmas y suelta de una vez qué es
eso de que quieres hablarme.
-Pues te lo voy a decir, pero la verdad es que me
siento tan indignado que casi me repugna hablarte de este tema.
-Me estas dejando intrigado. ¿Quién iba a decir que
Satán pudiera llegar a sentirse “indignado”? Casi es una novedad para mí.
-Ya sé que para ti no es una novedad, pues como ser
omnisciente imagino que sabes todo lo que voy a decir y a hacer en todo
momento, aunque juegues a hacerte el tonto, como si todo esto fuera
imprevisible y dependiera de mis ocurrencias de cada momento.
-Vale, está bien, Satán. La verdad es que me dais
pena y por eso os sigo el juego y hablo con vosotros como si no supiera de
antemano qué es lo que me vais a decir... Tienes razón, pero no creo que debas
enfadarte por eso.
-¡Pero el asunto es mucho más serio!
-¿Por qué dices eso?
-Pero, ¡si lo sabes...!
-No te hagas el interesante y dime lo que tengas que
decir, que ya me estoy cansando de esta conversación.
-Pues
el problema consiste en que, como te decía antes, me he enterado de que tú no
sólo sabes todo, el pasado, el presente y el futuro, lo cual es ya de por sí
especialmente grave, sino que, según la Biblia
–ese libro que antes he nombrado- y, según teólogos como Tomás de Aquino,
tú no sólo sabes y sabías lo que cada una de tus creaciones humanas y
demoníacas íbamos a hacer o a decir en
cada momento, sino que además ¡fuiste tú quien decidiste que hiciéramos o
dijésemos cada una de las acciones o palabras que dijimos! ¡Y fuiste tú quien
decidiste que sintiéramos el deseo de hacer o de decir aquello que en
apariencia “hicimos” cada uno de nosotros; incluso decidiste que cometiéramos
cada uno de nuestros supuestos delitos! ¡¿Cómo es posible que ahora tengas el
cinismo de castigarnos al fuego eter-no cuando sólo hemos sido los juguetes con
los que te has esta-do entreteniendo?!
-Vale, Satán. Ya veo que has aprendido a razonar un
poco. Sólo te ha faltado descubrir que yo mismo te programé para que justo
ahora realizases estos razonamientos acerca de mi predeterminación absoluta de
todo. Pero ahora no me apetece seguir hablando contigo. Recuerda sólo que yo
soy quien manda y que nada ni nadie está por encima de mí para pedirme cuentas
por lo que hago. Así que déjame en paz. Ya seguiremos hablando en otro momento.
-¡No te apetece seguir hablando porque sabes que
tengo razón y no se te ocurre qué replicarme, por muy Dios que seas!
-No sigas agobiándome. Ya seguiremos en otro
momento. Ahora tengo que dejarte. Me voy a crear unas cuantas galaxias. ¡Ah! ¡Y
sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso! Déjame ya
tranquilo y vete al Infierno, que parece que hayas olvidado que estás castigado.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!
-¡Ja, ja! De nuevo vuelves a decir las palabras que
había programado que dijeras. ¡No te hagas ilusiones, que no puedes escapar a
mi control! ¡Eres una simple marioneta mía y hago contigo lo que me apetece! ¡A
ver si te enteras de una vez!
No hay comentarios:
Publicar un comentario