Los
dirigentes de la secta católica consideran, de acuerdo con la Biblia, que la
homosexualidad es antinatural, y niegan así la omnisciencia y la omnipotencia
de su dios cuando creó la naturaleza humana. Aunque
diversos dirigentes de la secta Católica aceptan la existencia de una tendencia
natural de carácter homosexual, muchos consideran que en el fondo se
trata de una desviación de la Naturaleza
y que, por ello, los
homosexuales deben resignarse a vivir reprimiendo las tendencias de tal
“naturaleza desviada”, en cuanto dejarse llevar por ellas significaría ceder a
un comportamiento “antinatural” y, por ello, intrínsecamente malo. En
consecuencia, condenan la conducta homosexual, negando a los homosexuales el
derecho a vivir de acuerdo con su propia manera de sentir la sexualidad, y el
derecho a contraer una unión jurídica y social como la del matrimonio, con el
mismo valor que esta institución tiene entre parejas heterosexuales. Además y a
pesar de reconocer que las tendencias homosexuales pueden ser consecuencia de
causas naturales, el señor Ratzinger, anterior jefe de la secta católica, no
sólo ha prohibido la ordenación de religiosos y religiosas que se comporten de
acuerdo con tales tendencias homosexuales sino también la de quienes simplemente
las sientan.
A pesar de que en otro tipo de valoraciones morales
la jerarquía católca se ha alejado de las doctrinas del Antiguo Testamento, como sucede con el actual rechazo de la
poligamia, en el tema de la homosexualidad se ha mantenido fiel a aquella
doctrina primitiva en la que el comportamiento homosexual era juzgado de un
modo especialmente negativo, aunque sin explicar las causas de tal valoración.
Dice el Antiguo Testamento en este
sentido:
“No te acostarás con un hombre como se
hace con una mujer; es algo horrible”[1];
El
interés de esta afirmación se encuentra mucho más en lo que calla que en lo que
dice, pues la simple condena de la homosexualidad sin argumento de ninguna
clase sólo puede servir como prueba de que quien escribió tales palabras no
tenía más argumento para condenar la homosexualidad que la simple proclamación
dogmática de tal condena. ¿Por qué era “algo horrible”? Porque, de acuerdo con
los gustos de quien escribió esta frase, así lo sentía él y muy posiblemente
una parte considerable de la sociedad cultural en que se formó. Pero eso, desde
luego, no representa ningún argumento moral ni de ninguna clase sino, todo lo
más, un rechazo a quien es diferente de uno mismo.
Un poco más adelante se señala el castigo que
corresponde a la “abominación” que conllevaría el comportamiento homosexual:
“Si un hombre se
acuesta con otro hombre, como se hace con una mujer, cometen abominación; se
les castigará con la muerte. Ellos serán los responsables de su propia muerte”[2].
Es posible que textos como éste, en cuanto deben ser
aceptados como expresión de la “palabra de Dios”, hayan determinado que los
dirigentes de la secta católica sigan condenando los comportamientos
homosexuales, aunque tímidamente comiencen a aceptar que la homosexualidad
pueda tener causas naturales y aunque entre el clero de su propia organización
exista una porción considerable de homosexuales –así como un elevado número de
casos de pederastia-. Por suerte, la sociedad civil avanza –como siempre- con
mayor sentido común y por ello se dirige progresivamente hacia una aceptación
de la homosexualidad como una forma de ser tan natural como cualquier otra,
que ni es una enfermedad, ni un vicio, ni un comportamiento antinatural.
Por su parte, los
dirigentes de la secta católica presentan, de modo más o menos explícito, como
argumento para criticar la homosexualidad la idea de que, si rechazaran la
“palabra de Dios” y aceptaran la homosexualidad del mismo modo que se aceptan
las diversas peculiaridades físicas de cada persona y las conductas que derivan
de ellas en cuanto no impliquen ningún daño para la sociedad, cometerían una
especie de sacrilegio, a pesar de que ése no sea el auténtico motivo de su
teórico rechazo.
El hecho de que la homosexualidad se castigase en el
Antiguo Testamento con la pena de
muerte, a pesar de que parezca una pena realmente grave, puede verse como
anecdótico si se tiene en cuenta que esta misma pena era la que se aplicaba a
los hijos rebeldes reincidentes, según se indica en Deuteronomio,
21:18-21[3].
Sin embargo, resulta algo chocante que la jerarquía
cató-lica, a la hora de condenar la homosexualidad, haya pasado por alto un
pasaje de la Biblia en el que el rey
David, con ocasión de la muerte de su “amigo” Jonatán, hijo del rey Saúl,
expresa de manera perfectamente clara su amor homosexual hacia él:
“¡Qué angustia me ahoga,
hermano mío, Jonatán!
¡Cómo te quería!
Tu
amor era para mí más dulce
que
el amor de las mujeres”[4].
Y
no es que la jerarquía católica –o israelita- tuviese algún motivo para
condenar estas palabras de lamento o los sentimientos que dejan traslucir,
pues se trata de sentimientos muy nobles y vitalmente enriquecedores. Lo
absurdo es que, cuando se trata de los sentimientos de un rey –como el rey
David al que en otro momento se le califica como “hijo primogénito de Dios”[5]-,
la jerarquía católica tenga el cuidado de silenciarlos de modo hipócrita,
mientras que luego condena el comportamiento homosexual basándose en los
textos que están de acuerdo con esta absurda doctrina sin otra argumentación
que la simple y dogmática afirmación de que se trata de una conducta antinatural,
pontificando acerca de qué es natural y qué es antinatural y considerando
además “lo supuestamente natural” como criterio de moralidad, cuando en
realidad lo que debería haber entendido ese gremio de iluminados es que, tanto
desde la hipótesis de que el dios de los católicos existiera como desde la contraria,
todo lo real es natural y todo lo natural es real, en cuanto todo lo real es
manifestación de la Naturaleza y en cuanto aquello en que la Naturaleza se
manifiesta hay que considerarlo real, sin valoración moral de ninguna clase.
Los ideólogos de la organización católica no parecen
haber reparado en la contradicción consistente en considerar que haya modos de ser “antinaturales”,
pues, desde el momento en que juzgan que dios
es perfecto y que dios es el creador de la Naturaleza,
juzgan de modo implícito que dios se equivocó en algún momento
al crearla y que, en consecuencia, algunos seres humanos habrían nacido
desviados [?] respecto
al modelo que él pretendía obtener. Por ello, tal doctrina implica un insulto
a la sabiduría y a la omnipotencia de su dios en cuanto la jerarquía católica
olvida torpemente que, si su dios existiera y fuera el creador de la
Naturaleza, ésta en ningún momento
habría podido desviarse de los designios divinos, y que, por ello, es
tan natural ser homosexual como
ser heterosexual, ser diestro o ser zurdo, rubio o moreno, blanco o negro, en
el sentido de que hay causas naturales
que determinan el modo de ser de cada persona, modos que por sí mismos
no son ni mejores ni peores desde una perspectiva moral, sino simplemente
distintos.
Por otra parte, hay una soberbia ofensiva en la
actitud dogmática de quienes pretenden establecer qué es lo natural y qué
no lo es, al tiempo que sacralizan lo supuestamente natural considerándolo
como criterio de moralidad. Olvidan en estos casos que el concepto de lo
natural proviene de la metafísica aristotélica –basada a su vez en las doctrinas
platónicas- acerca de qué constituye la esencia y la naturaleza correspondiente
de una sustancia, y qué manifestaciones y actuaciones se corres-ponden con tal naturaleza.
Pero, al margen de que las metafísicas platónica y aristotélica hace ya
muchos siglos que han sido criticadas y superadas adecuadamente –e incluso aunque
hubieran sido correctas-, sólo habrían podido tener un valor orientativo
acerca de qué virtudes y actividades correspondientes eran las más adecuadas
para la proyección del propio ser y para la obtención de la propia felicidad, o qué virtudes y actividades
correspondientes eran las más adecuadas para lograr el bien de la pólis,
tal como lo expuso Aristóteles en su Ética Nicomáquea, pero no qué
formas de conducta eran absolutamente morales o inmorales sin
referencia a la propia felicidad o a la del grupo social[6].
Por otra parte, suponiendo que “lo natural” debiera
servir de criterio para descubrir “lo moral”, en tal caso lo que habría que
tener en cuenta es que para descubrir qué era natural y qué no, habría que
partir de la observación de cómo actúan de hecho los seres humanos para
describir su naturaleza en lugar de partir de una idea preconcebida de
ella para luego señalar cómo se debía actuar desde el punto de
vista de una supuesta obligación moral.
Por otra parte, la soberbia de la jerarquía católica
se extiende hasta la exigencia
igualmente dogmática de que la sociedad amolde sus leyes a los principios que
ella considera “naturales”, como si cada persona no tuviera derecho a vivir de
acuerdo con su propia conciencia y sin que nadie tratase de imponerle nada en
relación con su vida privada. Por ello, resulta hipócrita y ridículo que los
dirigentes católicos, aceptando la existencia de tendencias homosexuales de
carácter natural, defiendan que el homosexual debe resignarse a vivir
aceptándolas pero sin comportarse de acuerdo con ellas.
Cuando se pregunta a los dirigentes católicos por
qué condenan la homosexualidad, responden en otras ocasiones que la
práctica de la homosexualidad es un comportamiento “desordenado” en cuanto el
fin de la sexualidad es la procreación, la cual efectivamente no se
consigue mediante el comportamiento homosexual.
Se trata de un argumento igual de absurdo que el que
utilizan para condenar el uso del preservativo, en cuanto afirman que es
inmoral servirse de la sexualidad con el fin exclusivo de la obtención de
placer en lugar de servirse de ella para la procreación. Y es absurdo porque
ellos no tienen autoridad ni criterio alguno para proclamar cuál sea o deba ser
el fin de la sexualidad y ni siquiera que exista un fin al que deba encaminarse
por encima del que cada uno quiera darle.
Por ello, la crítica realizada en este trabajo a la
condena del disfrute sexual es igualmente aplicable a la condena del comportamiento
homosexual en general, en cuanto cualquier tendencia y forma de disfrute sexual
es tan respetable como las demás, pues en la medida en que el comportamiento de
acuerdo con las propias tendencias naturales no perjudique a nadie, no
tiene ningún sentido la represión de tales tendencias naturales sin
otra justificación que la de la proclamación gratuita de la existencia de
supuestas leyes divinas que así lo ordenan.
La doctrina de la jerarquía católica acerca de la
homosexualidad representa un aspecto más del absurdo carácter represivo de
sus doctrinas en contra de la sexualidad en general, al rechazar el derecho de los homosexuales a vivir
su sexualidad de acuerdo con su propia manera de sentirla, tanto si la entienden
como algo natural como si fuera el resultado de una elección personal,
la cual no dejaría de ser igualmente natural, pues entre lo natural y
lo elegido no existe ninguna diferencia, ya que uno elige de acuerdo con
sus deseos, los cuales son la expresión de la propia individualidad, que a su
vez no puede tener otro carácter que el de natural, por lo que no tiene
sentido considerar que exista nada “antinatural” –ni siquiera el propio
término-.
Por otra parte y por lo que se refiere a las causas
de la homosexualidad en ocasiones se oyen otras interpretaciones absurdas
como la que afirma que no tiene una causa natural sino que se trata de un vicio,
calificativo que implica ya una valoración moral negativa de lo que, si acaso,
podría considerarse como un hábito adquirido. Pues bien, aceptando esta
posibilidad, la pregunta que surgiría a continuación sería: ¿Qué hay de
moralmente perverso en una conducta que a nadie perjudica y que es
enriquecedora de la propia vida y de la de otra u otras personas que tengan
tendencias similares o complementarias? A esa pregunta la jerarquía católica,
anclada perezosamente en doctrinas conservadoras heredadas de una tradición
irracional, ni sabe ni se esfuerza en responder, conformándose con pretender
imponer dogmas irracionales, en los que ni ella misma cree –al menos según
parece indicar el alto porcentaje de curas y obispos con una sexualidad tan
descontrolada que llega hasta la pederastia en una cantidad nada despreciable
de casos, conducta social y jurídicamente condenada por cuanto representa una
violación sexual de la infancia-.
Por ello, la condena de la homosexualidad es
un absurdo más de los dirigentes de la secta católica, anclada en unos dogmas
irracionales que no reconsidera porque calcula que rectificar es una manera de
aceptar su falta de infalibilidad, lo cual no conviene a sus intereses de
dominio sobre sus fieles y sobre la sociedad en general. Sin embargo, puede
llegar un momento, como en muchas otras ocasiones, en que vea menguar su clientela
de manera alarmante, y será entonces cuando, a fin de conservarla, trate de
amoldarse a aquella forma de pensamiento que resulta evidentemente natural para
todos, aunque tenga que buscar alguna manera de interpretar la Biblia de forma que pueda salvar el
obstáculo que representan los textos que condenan la homosexualidad.
Por
lo que se refiere a las causas de la homosexualidad en los últimos
sesenta años se han realizando estudios serios, aunque todavía sin resultados
definitivos. Sin embargo, lo que parece evidente es que nadie elige ser
homosexual sino que todo lo más descubre que lo es, y lo descubre en
general de un modo traumático como consecuencia en una importante medida de la
cizaña introducida en nuestra sociedad, al menos en una importante medida, por
los dirigentes católicos a lo largo de los siglos, al margen de que la causa de
dicha homosexualidad sea genética o ambiental.
Por otra parte y desde una perspectiva científica,
desde la segunda mitad del pasado siglo se habla de la ambivalencia de la
sexualidad humana en el sentido de considerar que en líneas generales los seres
humanos sentirían atracción sexual tanto por personas de su mismo sexo como por
otras del otro sexo. En este sentido y según los estudios de Alfred Kinsey,
entre el 80 y el 90 por cien de las personas serían bisexuales, mientras que
sólo el resto podría tener una heterosexualidad plenamente diferenciada.
Por otra parte y como dirían Freud o Marcuse en
referencia a la motivación sexual en general, es cierto que para la existencia
de la civilización es necesario cierto nivel de represión de los
instintos, pero una cosa es comprender la conveniencia de tal represión, en cuanto contribuya al
mantenimiento del orden social, y otra muy distinta es considerar que
haya tendencias sexuales o de cualquier otro tipo que, consideradas en sí
mismas, deban ser valoradas como moralmente condenables por ser contrarias a una supuesta y
misteriosa “ley sagrada” que hubiera que respetar porque sí o porque así lo
quisiera imponer cualquier agrupación de iluminados como los dirigentes de la
secta católica.
En
este punto así como en cualquier otro que se pretenda aplicar desde la
perspectiva política, social o moral, los únicos criterios que habría que tener
en cuenta son los del respeto a la individualidad ajena, lo cual se resume en el
respeto al derecho de cada persona a vivir como mejor le parezca, con tal que
el uso de su libertad no implique una violación de los derechos y libertades
ajenas y, de manera especial, de los derechos relacionados con la infancia y
con los menores en general.
[1] Levítico,
18:22.
[2] Levítico,
20:13.
[3] Se dice en este pasaje: “Si uno tiene un hijo indócil y rebelde,
que no hace caso a sus padres, y ni siquiera a fuerza de castigos obedece, su
padre y su madre lo llevarán a los ancianos de la ciudad, a la plaza pública, y
dirán a los ancianos de la ciudad: “Este hijo nuestro es indócil y
desobediente, no nos hace caso; es un libertino y un borracho”. Entonces todos
los hombres de la ciudad lo apedrearán hasta que muera”
[4] 2 Samuel, 1:26. La cursiva es mía.
[5] “Y yo lo constituiré en primogénito mío” (Salmos, 89:28).
[6] Aunque en diversos momentos Aristóteles conservó en su obra algunos
planteamientos intuicionistas por los que juzgó que determinadas
acciones eran buenas o malas en sí mismas-.