jueves, 23 de octubre de 2014

Acerca de la homosexualidad


Los dirigentes de la secta católica consideran, de acuerdo con la Biblia, que la homosexualidad es antinatural, y niegan así la omnisciencia y la omnipotencia de su dios cuando creó la naturaleza humana. Aunque diversos dirigentes de la secta Católica aceptan la existencia de una tendencia natural de carácter homosexual, muchos consideran que en el fondo se trata de una desviación de la Naturaleza y que, por ello, los homosexuales deben resignarse a vivir reprimiendo las tendencias de tal “naturaleza desviada”, en cuanto dejarse llevar por ellas significaría ceder a un comportamiento “antinatural” y, por ello, intrínsecamente malo. En consecuencia, condenan la conducta homosexual, negando a los homosexuales el derecho a vivir de acuerdo con su propia manera de sentir la sexualidad, y el derecho a contraer una unión jurídica y social como la del matrimonio, con el mismo valor que esta institución tiene entre parejas heterosexuales. Además y a pesar de reconocer que las tendencias homosexuales pueden ser consecuencia de causas naturales, el señor Ratzinger, anterior jefe de la secta católica, no sólo ha prohibido la ordenación de religiosos y religiosas que se comporten de acuerdo con tales tendencias homosexuales sino también la de quienes simplemente las sientan
A pesar de que en otro tipo de valoraciones morales la jerarquía católca se ha alejado de las doctrinas del Antiguo Testamento, como sucede con el actual rechazo de la poligamia, en el tema de la homosexualidad se ha mantenido fiel a aquella doctrina primitiva en la que el comportamiento homosexual era juzgado de un modo especialmente negativo, aunque sin explicar las causas de tal valoración. Dice el Antiguo Testamento en este sentido:
“No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer; es algo horrible”[1]
        El interés de esta afirmación se encuentra mucho más en lo que calla que en lo que dice, pues la simple condena de la homosexualidad sin argumento de ninguna clase sólo puede servir como prueba de que quien escribió tales palabras no tenía más argumento para condenar la homosexualidad que la simple proclamación dogmática de tal condena. ¿Por qué era “algo horrible”? Porque, de acuerdo con los gustos de quien escribió esta frase, así lo sentía él y muy posiblemente una parte considerable de la sociedad cultural en que se formó. Pero eso, desde luego, no representa ningún argumento moral ni de ninguna clase sino, todo lo más, un rechazo a quien es diferente de uno mismo. 
        Un poco más adelante se señala el castigo que corresponde a la “abominación” que conllevaría el comportamiento homosexual:
“Si un hombre se acuesta con otro hombre, como se hace con una mujer, cometen abominación; se les castigará con la muerte. Ellos serán los responsables de su propia muerte”[2]
Es posible que textos como éste, en cuanto deben ser aceptados como expresión de la “palabra de Dios”, hayan determinado que los dirigentes de la secta católica sigan condenando los comportamientos homosexuales, aunque tímidamente comiencen a aceptar que la homosexualidad pueda tener causas naturales y aunque entre el clero de su propia organización exista una porción considerable de homosexuales –así como un elevado número de casos de pederastia-. Por suerte, la sociedad civil avanza –como siempre- con mayor sentido común y por ello se dirige progresivamente hacia una aceptación de la homosexualidad como una forma de ser tan natural como cualquier otra, que ni es una enfermedad, ni un vicio, ni un comportamiento antinatural. 
Por su parte, los dirigentes de la secta católica presentan, de modo más o menos explícito, como argumento para criticar la homosexualidad la idea de que, si rechazaran la “palabra de Dios” y aceptaran la homosexualidad del mismo modo que se aceptan las diversas peculiaridades físicas de cada persona y las conductas que derivan de ellas en cuanto no impliquen ningún daño para la sociedad, cometerían una especie de sacrilegio, a pesar de que ése no sea el auténtico motivo de su teórico rechazo. 
El hecho de que la homosexualidad se castigase en el Antiguo Testamento con la pena de muerte, a pesar de que parezca una pena realmente grave, puede verse como anecdótico si se tiene en cuenta que esta misma pena era la que se aplicaba a los hijos rebeldes reincidentes, según se indica en Deuteronomio, 21:18-21[3]
Sin embargo, resulta algo chocante que la jerarquía cató-lica, a la hora de condenar la homosexualidad, haya pasado por alto un pasaje de la Biblia en el que el rey David, con ocasión de la muerte de su “amigo” Jonatán, hijo del rey Saúl, expresa de manera perfectamente clara su amor homosexual hacia él:
“¡Qué angustia me ahoga,
hermano mío, Jonatán!
¡Cómo te quería!
Tu amor era para mí más dulce
que el amor de las mujeres[4]

        Y no es que la jerarquía católica –o israelita- tuviese algún motivo para condenar estas palabras de lamento o los sentimientos que dejan traslucir, pues se trata de sentimientos muy nobles y vitalmente enriquecedores. Lo absurdo es que, cuando se trata de los sentimientos de un rey –como el rey David al que en otro momento se le califica como “hijo primogénito de Dios”[5]-, la jerarquía católica tenga el cuidado de silenciarlos de modo hipócrita, mientras que luego condena el comportamiento homosexual basándose en los textos que están de acuerdo con esta absurda doctrina sin otra argumentación que la simple y dogmática afirmación de que se trata de una conducta antinatural, pontificando acerca de qué es natural y qué es antinatural y considerando además “lo supuestamente natural” como criterio de moralidad, cuando en realidad lo que debería haber entendido ese gremio de iluminados es que, tanto desde la hipótesis de que el dios de los católicos existiera como desde la contraria, todo lo real es natural y todo lo natural es real, en cuanto todo lo real es manifestación de la Naturaleza y en cuanto aquello en que la Naturaleza se manifiesta hay que considerarlo real, sin valoración moral de ninguna clase. 
       Los ideólogos de la organización católica no parecen haber reparado en la contradicción consistente en considerar que haya modos de ser “antinaturales”, pues, desde el momento en que juzgan que dios es perfecto y que dios es el creador de la Naturaleza, juzgan de modo implícito que dios se equivocó en algún momento al crearla y que, en consecuencia, algunos seres humanos habrían nacido desviados [?] respecto al modelo que él pretendía obtener. Por ello, tal doctrina implica un insulto a la sabiduría y a la omnipotencia de su dios en cuanto la jerarquía católica olvida torpemente que, si su dios existiera y fuera el creador de la Naturaleza, ésta en ningún momento habría podido desviarse de los designios divinos, y que, por ello, es tan natural ser homosexual como ser heterosexual, ser diestro o ser zurdo, rubio o moreno, blanco o negro, en el sentido de que hay causas naturales que determinan el modo de ser de cada persona, modos que por sí mismos no son ni mejores ni peores desde una perspectiva moral, sino simplemente distintos. 
        Por otra parte, hay una soberbia ofensiva en la actitud dogmática de quienes pretenden establecer qué es lo natural y qué no lo es, al tiempo que sacralizan lo supuestamente natural considerándolo como criterio de moralidad. Olvidan en estos casos que el concepto de lo natural proviene de la metafísica aristotélica –basada a su vez en las doctrinas platónicas- acerca de qué constituye la esencia y la naturaleza correspondiente de una sustancia, y qué manifestaciones y actuaciones se corres-ponden con tal naturaleza. Pero, al margen de que las metafísicas platónica y aristotélica hace ya muchos siglos que han sido criticadas y superadas adecuadamente –e incluso aunque hubieran sido correctas-, sólo habrían podido tener un valor orientativo acerca de qué virtudes y actividades correspondientes eran las más adecuadas para la proyección del propio ser y para la obtención de la propia felicidad, o qué virtudes y actividades correspondientes eran las más adecuadas para lograr el bien de la pólis, tal como lo expuso Aristóteles en su Ética Nicomáquea, pero no qué formas de conducta eran absolutamente morales o inmorales sin referencia a la propia felicidad o a la del grupo social[6]
        Por otra parte, suponiendo que “lo natural” debiera servir de criterio para descubrir “lo moral”, en tal caso lo que habría que tener en cuenta es que para descubrir qué era natural y qué no, habría que partir de la observación de cómo actúan de hecho los seres humanos para describir su naturaleza en lugar de partir de una idea preconcebida de ella para luego señalar cómo se debía actuar desde el punto de vista de una supuesta obligación moral. 
        Por otra parte, la soberbia de la jerarquía católica se extiende hasta la exigencia igualmente dogmática de que la sociedad amolde sus leyes a los principios que ella considera “naturales”, como si cada persona no tuviera derecho a vivir de acuerdo con su propia conciencia y sin que nadie tratase de imponerle nada en relación con su vida privada. Por ello, resulta hipócrita y ridículo que los dirigentes católicos, aceptando la existencia de tendencias homosexuales de carácter natural, defiendan que el homosexual debe resignarse a vivir aceptándolas pero sin comportarse de acuerdo con ellas
        Cuando se pregunta a los dirigentes católicos por qué condenan la homosexualidad, responden en otras ocasiones que la práctica de la homosexualidad es un comportamiento “desordenado” en cuanto el fin de la sexualidad es la procreación, la cual efectivamente no se consigue mediante el comportamiento homosexual. 
        Se trata de un argumento igual de absurdo que el que utilizan para condenar el uso del preservativo, en cuanto afirman que es inmoral servirse de la sexualidad con el fin exclusivo de la obtención de placer en lugar de servirse de ella para la procreación. Y es absurdo porque ellos no tienen autoridad ni criterio alguno para proclamar cuál sea o deba ser el fin de la sexualidad y ni siquiera que exista un fin al que deba encaminarse por encima del que cada uno quiera darle. 
        Por ello, la crítica realizada en este trabajo a la condena del disfrute sexual es igualmente aplicable a la condena del comportamiento homosexual en general, en cuanto cualquier tendencia y forma de disfrute sexual es tan respetable como las demás, pues en la medida en que el comportamiento de acuerdo con las propias tendencias naturales no perjudique a nadie, no tiene ningún sentido la represión de tales tendencias naturales sin otra justificación que la de la proclamación gratuita de la existencia de supuestas leyes divinas que así lo ordenan. 
        La doctrina de la jerarquía católica acerca de la homosexualidad representa un aspecto más del absurdo carácter represivo de sus doctrinas en contra de la sexualidad en general, al rechazar el derecho de los homosexuales a vivir su sexualidad de acuerdo con su propia manera de sentirla, tanto si la entienden como algo natural como si fuera el resultado de una elección personal, la cual no dejaría de ser igualmente natural, pues entre lo natural y lo elegido no existe ninguna diferencia, ya que uno elige de acuerdo con sus deseos, los cuales son la expresión de la propia individualidad, que a su vez no puede tener otro carácter que el de natural, por lo que no tiene sentido considerar que exista nada “antinatural” –ni siquiera el propio término-. 
        Por otra parte y por lo que se refiere a las causas de la homosexualidad en ocasiones se oyen otras interpretaciones absurdas como la que afirma que no tiene una causa natural sino que se trata de un vicio, calificativo que implica ya una valoración moral negativa de lo que, si acaso, podría considerarse como un hábito adquirido. Pues bien, aceptando esta posibilidad, la pregunta que surgiría a continuación sería: ¿Qué hay de moralmente perverso en una conducta que a nadie perjudica y que es enriquecedora de la propia vida y de la de otra u otras personas que tengan tendencias similares o complementarias? A esa pregunta la jerarquía católica, anclada perezosamente en doctrinas conservadoras heredadas de una tradición irracional, ni sabe ni se esfuerza en responder, conformándose con pretender imponer dogmas irracionales, en los que ni ella misma cree –al menos según parece indicar el alto porcentaje de curas y obispos con una sexualidad tan descontrolada que llega hasta la pederastia en una cantidad nada despreciable de casos, conducta social y jurídicamente condenada por cuanto representa una violación sexual de la infancia-. 
        Por ello, la condena de la homosexualidad es un absurdo más de los dirigentes de la secta católica, anclada en unos dogmas irracionales que no reconsidera porque calcula que rectificar es una manera de aceptar su falta de infalibilidad, lo cual no conviene a sus intereses de dominio sobre sus fieles y sobre la sociedad en general. Sin embargo, puede llegar un momento, como en muchas otras ocasiones, en que vea menguar su clientela de manera alarmante, y será entonces cuando, a fin de conservarla, trate de amoldarse a aquella forma de pensamiento que resulta evidentemente natural para todos, aunque tenga que buscar alguna manera de interpretar la Biblia de forma que pueda salvar el obstáculo que representan los textos que condenan la homosexualidad. 
        Por lo que se refiere a las causas de la homosexualidad en los últimos sesenta años se han realizando estudios serios, aunque todavía sin resultados definitivos. Sin embargo, lo que parece evidente es que nadie elige ser homosexual sino que todo lo más descubre que lo es, y lo descubre en general de un modo traumático como consecuencia en una importante medida de la cizaña introducida en nuestra sociedad, al menos en una importante medida, por los dirigentes católicos a lo largo de los siglos, al margen de que la causa de dicha homosexualidad sea genética o ambiental. 
        Por otra parte y desde una perspectiva científica, desde la segunda mitad del pasado siglo se habla de la ambivalencia de la sexualidad humana en el sentido de considerar que en líneas generales los seres humanos sentirían atracción sexual tanto por personas de su mismo sexo como por otras del otro sexo. En este sentido y según los estudios de Alfred Kinsey, entre el 80 y el 90 por cien de las personas serían bisexuales, mientras que sólo el resto podría tener una heterosexualidad plenamente diferenciada. 
        Por otra parte y como dirían Freud o Marcuse en referencia a la motivación sexual en general, es cierto que para la existencia de la civilización es necesario cierto nivel de represión de los instintos, pero una cosa es comprender la conveniencia de tal represión, en cuanto contribuya al mantenimiento del orden social, y otra muy distinta es considerar que haya tendencias sexuales o de cualquier otro tipo que, consideradas en sí mismas, deban ser valoradas como moralmente condenables por ser contrarias a una supuesta y misteriosa “ley sagrada” que hubiera que respetar porque sí o porque así lo quisiera imponer cualquier agrupación de iluminados como los dirigentes de la secta católica. 
        En este punto así como en cualquier otro que se pretenda aplicar desde la perspectiva política, social o moral, los únicos criterios que habría que tener en cuenta son los del respeto a la individualidad ajena, lo cual se resume en el respeto al derecho de cada persona a vivir como mejor le parezca, con tal que el uso de su libertad no implique una violación de los derechos y libertades ajenas y, de manera especial, de los derechos relacionados con la infancia y con los menores en general.



[1] Levítico, 18:22.
[2] Levítico, 20:13.
[3] Se dice en este pasaje: “Si uno tiene un hijo indócil y rebelde, que no hace caso a sus padres, y ni siquiera a fuerza de castigos obedece, su padre y su madre lo llevarán a los ancianos de la ciudad, a la plaza pública, y dirán a los ancianos de la ciudad: “Este hijo nuestro es indócil y desobediente, no nos hace caso; es un libertino y un borracho”. Entonces todos los hombres de la ciudad lo apedrearán hasta que muera”
[4] 2 Samuel, 1:26. La cursiva es mía.
[5] “Y yo lo constituiré en primogénito mío” (Salmos, 89:28).
[6] Aunque en diversos momentos Aristóteles conservó en su obra algunos planteamientos intuicionistas por los que juzgó que determinadas acciones eran buenas o malas en sí mismas-.

DIÁLOGO SOBRE EL ABORTO ENTRE UN CATÓLICO Y UN ATEO

Por lo que se refiere al aborto, parece efectivamente que, si la doctrina actual de la jerarquía católica fuera correcta al considerar que un cigoto fuera ya un ser humano, no tendría ningún sentido su preocupación por su continuidad vital “en este valle de lágrimas”, ya que su aparente muerte no sería otra cosa que un tránsito directo a la vida eterna para unirse definitivamente con Dios, vida en la que dicen creer los dirigentes católicos. Sin embargo, la realidad de lo que sucede en la práctica es muy contraria a estas consideraciones, de manera que los dirigentes de esta secta suelen hablar escandalizados acerca del aborto e incluso, cuando ofician un funeral de algún niño, no manifiestan alegría alguna porque el niño “haya pasado a mejor vida”, sino que suelen manifestar con sus palabras y con sus gestos unos sentimientos de aflicción que no parecen nada congruentes con su teórica creencia en la vida eterna de que va a gozar ese niño a partir del momento de su “muerte aparente”.   
Esta cuestión podría expresarse mediante un hipotético diálogo entre un católico y un ateo, como podría ser el siguiente:
- Pero, ¿acaso no crees en la vida eterna? –podría preguntar el ateo que hubiera realizado las anteriores reflexiones.
-¿Cómo que no creo? ¡Pues claro que sí! –podría responder el católico, un tanto desconcertado.
-Entonces ¿por qué te preocupa el tema del aborto?
- Pues, ¡porque el aborto es un asesinato!
-Bueno. Eso me parece una afirmación precipitada, pues no es lo mismo abortar un embrión que un feto. Habría que averiguar primero si el cigoto, el embrión o el feto son seres humanos, o en qué casos sí y en qué casos no.
-Pues para mí no hay ningún problema. Tanto el cigoto como el embrión y el feto son seres humanos, y, en consecuencia, un aborto voluntario es un asesinato.
-Pero, vamos a ver: Si consideras que el mismo cigoto es ya un ser humano, desde el punto de vista de tu religión su aborto implicaría que desde ese momento comenzaría a gozar de la vida eterna. ¿Es así o no? Y, si es así, ¿no te parece que de ese modo se le estaría haciendo un enorme favor? ¿No te das cuenta de que así se le evitarían los peligros de la vida terrena y los riesgos que ésta conlleva para su eterna salvación? No olvides que, según la doctrina de tu religión, ¡quienes mueren siendo niños van al Cielo! ¡Ni siquiera pasarían por el Limbo, que reciéntemente el papa declaró inexistente, ni por el Purgatorio! ¿No sería ése el mejor regalo que podría hacerse a esos supuestos seres humanos en el caso de que lo fueran de verdad?
-Pero ¿cómo se te ocurre semejante monstruosidad? ¿quién te crees que eres, para arrogarte el derecho de disponer de la vida de nadie? ¡La dignidad de la persona y de su vida debe estar por encima de cualquier otra consideración!
-Ya sé que, según tu religión, el aborto es inmoral, pero la verdad es que no entiendo por qué quienes creéis en una vida eterna calificáis de inmoral una acción como ésa, que no significa otra cosa que cambiar esta vida, tan llena de penalidades y de peligros, por esa otra que, según vosotros, implicaría una felicidad plena y eterna. Piensa además que, al menos desde vuestra religión, el aborto ni siquiera implicaría privar de la vida a nadie sino sólo cambiarle esta vida, llena de miseria y de dolor, por la vida auténtica. ¿Conoces el inspirado comienzo de un poema de una de vuestras “santas”, Teresa de Jesús, que dice:
“Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero”?
¿No ves qué bien refleja esa ansia de morir por alcanzar la vida verdadera? ¿Qué otra cosa hace quien aborta, en el caso de que su aborto sea ya de un ser humano, sino proporcionar a ese ser humano una instantánea posesión definitiva de esa vida eterna a la que Teresa de Jesús tanto aspiraba?
-¡No me líes con una simple poesía, por muy de Santa Tere-sa que sea! ¡Sabes muy bien que el aborto es un asesinato y todo asesinato es inmoral!
-¡Qué obsesión! Eso de que sea inmoral podría caber en una ética atea como la mía, en cuanto no creamos en otra vida distinta de ésta, pero no entiendo cómo puede caber en la vuestra en cuanto, según parece, no creéis en la muerte, ya que consideráis que una vida viene seguida por la otra sin que exista un tiempo en el que nadie deje de existir, ya que decís que el alma es inmortal. ¿A qué viene, pues, tanto escándalo por colaborar en ese tránsito de una vida terrenal a la vida eterna, sabiendo además que de ese modo el supuesto ser humano abortado pasa a gozar de la vida eterna sin tener que sufrir los daños de ésta y, sobre todo, sin pasar por el riesgo de ser condenado al fuego eterno del Infierno, en cuanto se le libra de la posibilidad de pecar? Supongamos que, como tú dices, la acción de privar de la vida a un feto fuera inmoral. Te insisto en la pregunta: Si con tal acción, consiguiera que ese supuesto ser humano, fuera directamente al Cielo, como afirma vuestra religión, ¿no crees que le haría un favor impagable? Y además, ¿qué clase de inmoralidad habría en una acción así, cuando lo que se conseguiría con ella es la garantía más absoluta de su eterna salvación? ¿No crees que lo que digo es más que razonable?
-¡Lo que creo es que terminarás en un psiquiátrico si sigues  con esos absurdos razonamientos!
-¿Por qué absurdos? Te aseguro que, si yo tuviera la fe que tú dices tener, no me habría importado haber “muerto” como un simple aborto, pues a estas horas hace ya tiempo que estaría gozando de la “vida celestial” a la que todos los católicos decís aspirar.
- Pero, ¡¿cómo puedes hablar tan a la ligera de asesinatos como si fueran obras de caridad?! No puedo creer que estés hablando en serio.
-Pues la verdad es que el argumento que te he dado me parece que no tiene réplica. Pero, si no te parece suficiente, podría añadir que el ejemplo que vuestro dios nos da, según los escritores de lo que vosotros llamáis “palabra de Dios”, sería más que suficiente para obrar de ese mismo modo. ¡Son tantas las ocasiones en que vuestro dios mata por simple ira, por venganza irracional, por crueldad… que me asombra que os escandalicéis de un simple aborto y permanezcáis callados ante la barbarie inefable de vuestro dios! Te repito que hablo en serio, aunque quiero dejar claroque no estoy hablando de lo que yo creo sino de lo que implican las doctrinas que defiende vuestra religión. Y así, si yo creyera firmemente en esas doctrinas, te digo sinceramente que no sabría cómo refutar el argumento que te he expuesto.
-¡Pues yo tengo esas creencias y precisamente por ellas estoy seguro de que tu idea es una monstruosidad!
-Entiendo que la conclusión te parezca a simple vista algo monstruoso, pero creo igualmente que, si la ves así, es porque olvidas que en realidad no hay muerte –al menos según vuestras doctrinas-, que en realidad sólo existe un tránsito de una forma de vida miserable a una vida plena de felicidad.
-¡Por favor! ¡No me digas que hablas en serio!
-¡Pues claro que hablo en serio! ¡¿Acaso he omitido algún punto esencial de vuestras doctrinas?! ¿Acaso mi razonamiento es incorrecto? Y, si no es así, ¿podrías rebatirlo?
-Yo me guío por la fe y por las doctrinas de la iglesia católica. Tú confías con soberbia en el poder de tu razón y así no podemos llegar a ningún acuerdo. 
-Ya sé que al servirme de mi razón puedo equivocarme muchas veces, pero piensa que incluso para seguir una fe o unas doctrinas de esta o de otra religión es mi razón, por limitada que sea, la que tiene que orientarme acerca del valor o falta de valor de los contenidos de cualquier fe y de las doctrinas que me propongan, pues en caso contrario, tendría que tener fe en todas las religiones de que me hablasen.
-¡Allá tú y tu razón!
Seguramente el diálogo podría continuar o terminar así, pues ni la razón proporciona creencias ni la fe proporciona razones, por lo que el diálogo sería inútil mientras el católico quisiera imponer sus creencias y el ateo se empeñase en seguir razonando. 
No obstante y atendiendo a sus actitudes, parece que en el fondo pocos dirigentes de la secta católica creen en la vida eterna de la que tanto hablan, tanto por su actitud tan irracional ante el aborto como por la desolación y tristeza -al menos aparentes- con que realizan sus ritos funerarios, como si el difunto hubiera muerto definitivamente en lugar de haber pasado a mejor vida. Es totalmente insólito ver a algún cura sonriendo lleno de satisfacción en el entierro de un niño pequeño, a pesar de que debería estar contento y felicitar a sus padres por tener en el Cielo, fuera de cualquier peligro, a ese niño al que tanto quieren. Y los mismos padres, en cuanto fueran auténticos católicos, deberían igual-mente sentirse felices en la misma medida en que creyesen en la vida eterna, a pesar de que fuera comprensible que a la vez estuviesen tristes por no contar ya con la presencia física de ese niño que tan felices les hacía, y por no poder estar con él educándolo, dándole de comer y disfrutando de darle cariño y recibiéndolo de él.   

domingo, 12 de octubre de 2014

DIÁLOGO ENTRE EL DIOS CATÓLICO Y SATÁN

DIÁLOGO ENTRE EL DIOS CATÓLICO Y SATÁN
Acerca de la contradicción entre el supuesto amor infinito del dios católico y el castigo del Infierno, y acerca de otros problemas de interés relacionados con la dogmática católica.
Paseaba un día Yahvé por los jardines del Edén, cuando de pronto oyó una voz que le saludaba en tono familiar:
-Buenos días, Yahvé. ¿Qué haces por aquí?
- ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Quién te ha dado permiso para estar en este lugar hablándome con ese atrevimiento?! –le contesto Yahvé desagradablemente sorprendido ante esa presencia inesperada, y doblemente molesto porque se había percatado de que el demonio se reía al ver el sobresalto que había provocado en Yahvé aquel súbito encuentro-.
-¡Carajo! ¡Como si no nos conociéramos! ¡Ah, sí! Se me olvidaba de que presumes de ser Dios y de que te gusta man-tener las distancias.
-¡Pues claro! ¡A ver que te has creído! Además, ¡que te tengo muy visto y no hay forma de que cambies!
-¡Vale, vale! ¡Parece como si estuvieras enfadado!
-¿Enfadado yo? ¡Que te crees tú eso! ¡Qué más quisieras! Lo único que pasa es que empiezo a cansarme de ti.
-Ése es tu problema. Yo no te pedí que me creases. Y la verdad es que no entiendo que, ¡con tu gran sabiduría!, me creases para enviarme al Infierno. ¡Y, encima, para siempre!
-¡Cuidado! ¡No vengas echándome las culpas! ¡Tú te rebelaste contra mí y ahora pagas las consecuencias!
-Pero, ¡¿no te parece que exageras?! Yo lo único que pretendí fue ser lo que tú eres. No veo qué delito hay en eso, pues todos dicen que Dios es lo más que se puede ser.
-Sí, pero tú sabías que Dios, en sentido auténtico, sólo puede haber uno y ése era yo.
-Pues ya te lo he dicho: Sentía curiosidad por saber que se siente siendo Dios. Además, si ése que dicen que es tu hijo dijo “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”[1], ¿qué tiene de malo que yo haya querido ser perfecto como tú? Además, ¿qué méritos hiciste tú para ser Dios?
-¡Mucho cuidado con lo que dices, que lo vas a pagar muy caro!
-¿Aún te parece poco caro, ¡si ya estoy en el Infierno!?
-¿Que ya estás en el Infierno? ¡Pues la cosa todavía podría empeorar! Dame las gracias de que te consienta salir a pasearte por la Tierra e incluso encontrarte conmigo, o con mi última creación, esos seres humanos, que casi me han salido tan mal como tú.
-¿Darte las gracias yo? ¿No te parece que te estás pasando? Encima de que me tienes condenado, ¿quieres que te dé las gracias? ¡Qué cinismo!
-¡Cuidado con ese lenguaje, que vas a agotar mi paciencia!
-Pues, ¡vaya paciencia la tuya! Y eso que dicen que es infinita.
-Bueno, es un decir. Mi perfección es muy grande, pero, como ya somos viejos conocidos, te contaré un pequeño secreto: Hay ocasiones en que no consigo permanecer inmutable, a pesar de lo que digan mis teólogos terrenales, que andan bastante perdidos.
-¡Vaya cuentos me cuentas ahora! ¡Como si no lo supiera! ¡A ver, si no, por qué estoy yo aquí! Pero..., ahora que lo pienso, me parece que eso de que pierdas los nervios no es propio de Dios. ¿Tengo razón o no?
-Pues, para ser sincero debo decirte que también yo lo había pensado, hasta el punto de que he llegado a dudar de mi perfección.
-Pues, ¡piensa, piensa! ¡Que ya va siendo hora de que te bajes de tu pedestal, tan lleno de orgullo, y comiences a ser más humilde, que todos tenemos defectos y también tú!
-La verdad es que esto de ser Dios a veces me resulta aburrido. No me gusta ser tan frío ni tan “inmutable” como debería ser de acuerdo con mi perfección.
-¿Sabes que te digo? ¡Que me parece muy bien! A mí tampoco me gustaba eso de ser un ángel tan sumiso y por eso me rebelé.
-Creo que te comprendo.
-¡Pues no lo parece! ¡Si eres Dios, tú ya sabías que yo iba a intentar lo que intenté y, sin embargo, no lo impediste y luego me enviaste al Infierno! ¡¿No crees que la broma dura ya demasiado tiempo?!
-Te comprendo, Satán, pero, como Dios que soy, no me gusta cambiar mis decisiones y que luego me critiquen por ser tan voluble.
-Lo que dices es impropio de ti. ¡¿No te da vergüenza estar pendiente de las opiniones ajenas, cuando te consideras el más sabio?!
-¡Ya lo sé! Pero, ¿qué quieres que haga?
-¡Joder! ¿A ti que te parece? ¡Pues que me saques de ese maldito Infierno de una puñetera vez! ¿No te parece un acto de sadismo infinito tenerme ahí castigado por toda la eternidad? ¿A quién beneficia eso?
-¡Menos humos, Satán, aunque vengas del Infierno!
-¡¿Menos humos…?! ¡¡Vergüenza debería darte ser tan vengativo!!
-No se trata de venganza, es el castigo que te mereces por tu desobediencia.
-¡¿Qué castigo ni que cuentos?! ¡Tú lo que eres es un mal nacido!
-Ahí sí que te equivocas, Satán, pues para ser un mal nacido hace falta haber nacido, pero sabes que yo soy eterno.
-¡No vayas presumiendo tanto, que eso habría que verlo!
-Bueno, me estoy cansando de esta conversación y de tu mala educación.
-¡Y yo de tus mentiras! ¡Tanto presumir diciendo “mi amor es infinito”…!
-¿Acaso no envié a mi hijo para salvar a los hombres?
-¡Vaya absurdo! Pero ¿cómo puedes vanagloriarte de eso? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta de que no necesitabas enviar a tu hijo para nada?
-¡Qué sabrás tú de mis proyectos y de mis caminos!
-¡Ah, sí! ¡Ya he oído esa estupidez de que “los caminos de la Providencia son inescrutables”!
-¡No es ninguna estupidez! ¡Y no me hagas hablar más de la cuenta!
-¿Qué no te haga hablar? ¡A mí no me la pegas tú! Nos conocemos hace ya demasiado tiempo. ¡Sabes perfectamente que esa representación teatral fue un montaje absurdo!
-¿Por qué dices que fue absurdo?
-¡¿Pero acaso eres tonto?!
-¡Cuida ese lenguaje, si no quieres que…!
-¿Si no quiero que…? ¿Qué más puedes hacerme? ¿Añadir leña al fuego? ¡Estoy acostumbrado! Además, sólo quería decir-te que eso de enviar a tu hijo para que muriese en una cruz fue una tontería,…una comedia ridícula y patética.
-¡¿Qué sabrás tú?!
-Pues sí. Te comportaste como esos tiranos terrenales que exigen sacrificios para perdonar. Y encima no te conformaste con una sencilla petición de perdón, no. ¡Querías un sacrificio digno de ti, el sacrificio de tu hijo hecho hombre! ¡Qué absurdo!
-¡Me habían desobedecido!
-¡¿Quién te había desobedecido?! Sólo Adán y Eva. ¿Qué tenían que ver los demás?
-¡Eran sus hijos!
-Y, claro está: ¡Los hijos son culpables de lo que hacen sus padres! ¡Y también los hijos de los hijos! ¡Y los hijos de los hijos de los hijos! ¡¿No te fastidia?!
-No sé... Tal vez me precipité. Cuando uno es Dios, no tiene al lado a nadie que le aconseje.
-¡Pues podías haberme consultado a mí! Hasta los humanos dicen que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.
- ¿Tú? ¿Qué podrías haberme dicho que yo no supiera?
-Pues muy sencillo: Que tu venganza y tus castigos eran contradictorios con tu fama de misericordioso. Además y entre nosotros, ¡cómo les tomaste el pelo con la comedia de tu hijo sufriendo en la cruz! Has creado a los humanos tan cortitos de inteligencia que ni siquiera son capaces de entender que, por definición, la perfección de un dios como debe ser, tanto si lo llaman “Padre” como si lo llaman “Hijo” o como si lo quieren llamar “Espíritu Santo”, es incompatible con el sufrimiento. Así que esa comedia tuya, tomando la apariencia del que luego han llamado “tu Hijo”, te salió bien para engañar a los ingenuos, pero realmente es una comedia estúpida, pues, si querías ser infinitamente misericordioso, con tus castigos metiste tu divina patita hasta el fondo. ¿O no te has dado cuenta todavía de la contradicción que existe entre ser misericordioso y dedicarte a castigar a diestro y siniestro? Debías haber comprendido y haber perdonado a esos seres inconscientes que son los hombres... y también a mí mismo.
-¡Ah, ya se descubrió el pastel! ¡Por eso estás insistiendo en eso de la misericordia! ¡Tú lo que quieres es que te permita salir del Infierno y regresar al Cielo! ¡Estás tú listo! Y, en cuanto a lo de mi Hijo, procura no meterte en mis asuntos si no quieres que te prohíba salir del Infierno durante varios millones de siglos, que, encima de que te consiento que salgas de vez en cuando, siempre vas metiendo tu veneno para hacer que los hombres piensen, en lugar de someterse y creer en mi palabra.
-No te niego que también quiera que me levantes el castigo, pero, al margen de mi interés personal, deberías reconocer que lo que te digo tiene mucha más lógica que lo que tú has hecho.
-¡Qué sabrás tú de Lógica!
-¡Pues sí, he aprendido mucha a lo largo de los últimos siglos! ¡Y te digo que existe una contradicción total entre tu supuesta misericordia y el castigo eterno del Infierno, que sólo sirve para causar daño sin que ese daño tenga ninguna utilidad positiva! ¡A ver si te enteras de una vez!
-¿Tú crees...?
-¿Cómo puedes dudarlo? ¡Piensa un poco, que parece que tanta eternidad te haya atrofiado la inteligencia!
-¡No empieces otra vez con ataques personales!
-Te lo diré por última vez: ¡¿No entiendes que tu supuesta misericordia y amor infinitos son incompatibles con un castigo eterno como ese del Infierno?! ¡Te has pasado un poco! ¿No te parece? ¡¿Qué padre condenaría a un hijo a tenerle alejado para siempre en medio de horribles sufrimientos que no sirvieran para otra cosa que para hacerle sentir tu poder y tu sadismo?! ¡¡¿Es posible que no lo entiendas?!!
-¡Ay, Satán! Casi consigues que me sienta culpable.
-¡Pues reconsidera tu actitud! Todos podemos equivocar-nos, incluso tú, aunque seas Dios. Quizá la adoración de tanta gente a lo largo de tantos siglos se te haya subido a la cabeza y te haya llevado a confiar excesivamente en tu sabiduría. ¡Pero sabes que tengo razón! ¡Llevo ya mucho tiempo sufriendo y asándome por una decisión tuya desproporcionada y vengativa! ¡No seas tan orgulloso y comprende que ese castigo es absurdo y sólo propio de tiranos psicópatas, como aquél al que los huma-nos llamaban Calígula! Además, tu propio hijo iba predicando por ahí que había que amar a los enemigos… ¿Cómo se come eso con tu actitud? ¿Dónde está tu amor por mí, que soy tu supuesto “enemigo” a quien también deberías amar?
-Llevo tanto tiempo ocupado con los desastres humanos que no me había detenido a reflexionar a fondo sobre esa cuestión, pero reconozco que lo que dices parece tener algún sentido. Así que por esta vez te haré caso y pensaré un poco en ello, aun-que no te prometo nada.
-Bueno, llevo yo tanto tiempo de condena que me conformo con que pienses en lo que te he dicho y con que seas consecuente con la razón y no con el capricho de un tirano. Pero antes qui-siera añadir un argumento más en defensa de la absoluta inocencia mía y de la de esos pobres humanos con los que te distraes en medio de tu divina soledad.
-Vale, Satán. Di lo que sea, pero date prisa, que empiezo a cansarme de esta conversación por tu falta de repeto.
-Pues lo que tengo que decirte es muy grave, aunque la ver-dad es que no te veo con una predisposición adecuada para atenderme y mucho menos para entenderme.
-¡Me estás impacientando! ¡Di lo que quieras, y no me hagas perder el tiempo!
-Pues, bien. Allá va: Resulta que, tanto por los escritos inspirados por ti –según dicen los dirigentes católicos- en ese libro de los humanos que llaman “La Biblia y por alguno de tus teólogos, como ese al que llaman “Santo Tomás de Aquino”, me he dado cuenta de que hay un argumento decisivo según el cual, si quieres ser coherente con la razón, deberías abolir por completo cualquiera de los castigos que a lo largo del tiempo has ido inventando para tu sádico disfrute personal.
-¿A qué vienen esos insultos? ¿Desde cuándo mis castigos son un simple disfrute para mí? Sabes que eso no es cierto, que mis castigos son una consecuencia de que tanto tú como tus seguidores os habéis empeñado en hacer lo que os ha dado la gana en lugar de obedecer mis mandatos.
-No voy a discutir ahora sobre esos mandatos ni sobre el derecho que tenías a tratar de imponerlos. El problema es mucho más grave, y, además... ¡sabes muy bien de qué estoy hablando!
-No me vengas con enigmas y suelta de una vez qué es eso de que quieres hablarme.
-Pues te lo voy a decir, pero la verdad es que me siento tan indignado que casi me repugna hablarte de este tema.
-Me estas dejando intrigado. ¿Quién iba a decir que Satán pudiera llegar a sentirse “indignado”? Casi es una novedad para mí.
-Ya sé que para ti no es una novedad, pues como ser omnisciente imagino que sabes todo lo que voy a decir y a hacer en todo momento, aunque juegues a hacerte el tonto, como si todo esto fuera imprevisible y dependiera de mis ocurrencias de cada momento.
-Vale, está bien, Satán. La verdad es que me dais pena y por eso os sigo el juego y hablo con vosotros como si no supiera de antemano qué es lo que me vais a decir... Tienes razón, pero no creo que debas enfadarte por eso.
-¡Pero el asunto es mucho más serio!
-¿Por qué dices eso?
-Pero, ¡si lo sabes...!
-No te hagas el interesante y dime lo que tengas que decir, que ya me estoy cansando de esta conversación.
-Pues el problema consiste en que, como te decía antes, me he enterado de que tú no sólo sabes todo, el pasado, el presente y el futuro, lo cual es ya de por sí especialmente grave, sino que, según la Biblia –ese libro que antes he nombrado- y, según teólogos como Tomás de Aquino, tú no sólo sabes y sabías lo que cada una de tus creaciones humanas y demoníacas  íbamos a hacer o a decir en cada momento, sino que además ¡fuiste tú quien decidiste que hiciéramos o dijésemos cada una de las acciones o palabras que dijimos! ¡Y fuiste tú quien decidiste que sintiéramos el deseo de hacer o de decir aquello que en apariencia “hicimos” cada uno de nosotros; incluso decidiste que cometiéramos cada uno de nuestros supuestos delitos! ¡¿Cómo es posible que ahora tengas el cinismo de castigarnos al fuego eter-no cuando sólo hemos sido los juguetes con los que te has esta-do entreteniendo?!       
-Vale, Satán. Ya veo que has aprendido a razonar un poco. Sólo te ha faltado descubrir que yo mismo te programé para que justo ahora realizases estos razonamientos acerca de mi predeterminación absoluta de todo. Pero ahora no me apetece seguir hablando contigo. Recuerda sólo que yo soy quien manda y que nada ni nadie está por encima de mí para pedirme cuentas por lo que hago. Así que déjame en paz. Ya seguiremos hablando en otro momento.
-¡No te apetece seguir hablando porque sabes que tengo razón y no se te ocurre qué replicarme, por muy Dios que seas!
-No sigas agobiándome. Ya seguiremos en otro momento. Ahora tengo que dejarte. Me voy a crear unas cuantas galaxias. ¡Ah! ¡Y sal fuera de mi jardín, al que, por cierto, has entrado sin mi permiso! Déjame ya tranquilo y vete al Infierno, que parece que hayas olvidado que estás castigado.
-¡Al Infierno te vas tú, hijoputa!
-¡Ja, ja! De nuevo vuelves a decir las palabras que había programado que dijeras. ¡No te hagas ilusiones, que no puedes escapar a mi control! ¡Eres una simple marioneta mía y hago contigo lo que me apetece! ¡A ver si te enteras de una vez!



[1] Mateo, 5:48.